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La metafísica afronta las cuestiones perennes por más moderno que sea el hombre

11 noviembre 2012. Leopoldo Prieto Article Rating

ZENIT.org (Entrevista de José Antonio Varela Vidal)

La filosofía es el afán de la verdad; en ese sentido es una alta responsabilidad de toda persona pensar verdaderamente qué son las cosas, el mundo, quién es uno mismo

      Entrevista a D. Leopoldo Prieto, presbítero de la archidiócesis de Madrid y catedrático de la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid, con ocasión del V Congreso Mundial de Metafísica, celebrado en Roma del 8 al 10 de noviembre de 2012.

¿Qué dice la metafísica al hombre de hoy, hijo de esta sociedad moderna, nihilista…?

      La metafísica afronta las cuestiones perennes, que son el fundamento e inicio de la filosofía. Por más moderno o nihilista que sea el hombre no deja de ser eso… hombre. En la metafísica, en primer lugar, hay una teoría de la realidad, que es una teoría del ente. Así es como Aristóteles concibe esta ciencia, a la que no le da el nombre de metafísica, sino que la llama la ciencia primera. Las demás ciencias tienen su apoyo precisamente en esta ciencia y por eso Aristóteles las llamaba ciencias segundas. Al ser la metafísica el estudio del ente en cuanto tal, le corresponde elaborar una teoría general de las cosas en aquello que son, a lo que clásicamente se llama la esencia de algo. Por relación a la esencia, la metafísica clásica estudia una serie de nociones especiales a las que da el nombre de categorías o predicamentos.

¿Allí empieza el campo de interés de la metafísica o aún antes?

      Antes de la esencia, a la metafísica interesa estudiar el ser del ente y las propiedades comunes que todo ente tiene por el hecho de ser tal. Tales propiedades comunes reciben el nombre de transcendentales. De manera que el estudio del ente al que se dedica la metafísica se divide en el estudio del ser y de las propiedades transcendentales anejas a éste y el estudio de la esencia y las propiedades especiales que se derivan de ésta, las categorías. Posteriormente la metafísica estudia la actividad de los entes, que en sus diversas modalidades constituye lo que se llama la causalidad. Se podría decir, por tanto, que la metafísica se construye, en última instancia, sobre dos coordenadas: una que estudia el ‘ente en su constitución’ (esencia-categorías y ser-transcendentales) y otra estudia el ‘ente en su operación’, y esto es la causalidad.

¿Qué otros aportes ofrece?

      Hay que ampliar algo más a algunos aspectos antes referidos. Como acabo de mencionar, la metafísica aporta también por medio de la doctrina de las categorías, una teoría de los modos específicos o particulares de ser de las cosas, que es lo que los griegos decían categorías. Creo que esto sigue siendo una gran aportación de la filosofía clásica, pero a la que se han hecho muchas críticas, no siempre justas. Luego la metafísica aporta una ‘teoría de los modos trascendentales del ente’, en la que se encuentran algunas de las cuestiones más densas y ricas de la filosofía, como son: la unidad, la verdad, la bondad, la belleza. A partir de ellas la metafísica se demuestra como ciencia primera y fundamento de otras ciencias, dado que por medio de la unidad se ponen los fundamentos de la teoría del continuo y del número para la matemática (al menos la clásica); por medio de la verdad, la metafísica establece el fundamento de la teoría del conocimiento; por medio de la belleza, el fundamento de la estética; por medio de la bondad, el fundamento de la ética.

En aquel famoso mensaje del Concilio Vaticano II a los pensadores, se les dijo que "pensar es una responsabilidad y es un deber", ¿cómo entender esto hoy?

      Se entiende que la teoría antecede y orienta la práctica y que solo son humanas las acciones realizadas con conocimiento. El hombre, al menos el hombre cabal, no obra a ciegas. De este modo conocimiento y teoría orientan racionalmente sus actos. O dicho de otro modo, si no se está en la verdad no se puede obrar el bien. Se podrá tener buena intención, pero la acción realizada no es la conducente al fin propuesto. Por consiguiente, no solo es responsabilidad del hombre el pensar, sino el pensar con verdad las cosas, pensar la verdad de las cosas, no inventarlas y vivir en la verdad. Inventar es muy bueno: es el campo de la fantasía, del arte y de la técnica, pero no el de la filosofía. La filosofía no debe disolverse en literatura o teatro o demás cosas de este género. La filosofía es el afán de la verdad. En ese sentido es una alta responsabilidad de toda persona pensar verdaderamente qué son las cosas, el mundo, quién es uno mismo.

¿Y por qué se dijo que pensar es un deber?

      Es un deber porque el hombre vive en un nivel de realidad en el que, satisfechas sus necesidades orgánicas, todavía queda insatisfecho y se abre entonces a un ámbito infinito. Tiene una vida que lo lleva a conocer las cosas como son en sí mismas, y de acuerdo a este conocimiento, puede conducir su vida con libertad y, por tanto, con responsabilidad. Por eso, no sólo los filósofos de profesión, sino la gente debe ser consciente de la importancia de tener alguna formación en filosofía según sus intereses y disponibilidad de tiempo.

¿La gente laica vuelve a estudiar filosofía?

      Yo me congratulo viendo cómo un número creciente de personas, con estudios y profesiones de alto nivel de formación, llegan a nuestra universidad a estudiar filosofía… Y se admiran de una nueva visión de la realidad, de una nueva manera de mirar las cosas, más fundamental, más radical, a la que no habían tenido acceso antes, porque han estudiado ciencias particulares, y ven el campo inmenso que la filosofía les abre. Inmenso, en verdad, porque además de estudiar el mundo, el conjunto de realidades físicas que nos rodean, la filosofía se hace cargo del hombre… y de Dios en lo que está al alcance de la razón.

A otros quizás se les hace más difícil encontrar la importancia de los primeros años de formación filosófica… Me refiero a los que la estudian para luego seguir con la teología.

      La Iglesia nunca ha dejado de valorar la buena filosofía y es cada vez más consciente del papel insustituible de la razón en la fundamentación de la fe. La Iglesia es hoy la gran valedora de la razón en un mundo que se despide de la racionalidad. Prueba de lo que digo es la encíclica Fides et Ratio, de Juan Pablo II, donde se llamaba la atención sobre el valor insustituible de la razón para la fe, en dos posiciones. Primero, en la elaboración sistemática del dato revelado; y segundo, en el intento de indagar y escrutar, en la medida de lo posible al hombre, la hondura abismal del misterio revelado.

Cumple un rol importante, entonces...

      Dicho de otro modo, en la Iglesia siempre se ha entendido que la tarea filosófica, es decir, el trabajo de la razón organizado sistemáticamente y aplicado al estudio del dato revelado, es imprescindible. San Anselmo de Canterbury definía por eso la teología como la fe que quiere la luz de la comprensión (fides quaerens intellectum). Un gran teólogo del siglo XVII dice a este propósito: “Es imposible llegar a ser un buen teólogo si antes no se han sentado sólidamente los fundamentos de la metafísica”.

¿Una teología con fundamento, como dice el Papa actual?

      En la fe existe una tensión hacia la comprensión. Nadie como san Agustín ha entendido esta tensión de la fe. Naturalmente que es menester evitar los escollos del racionalismo. A la pregunta de a qué nos ayuda la filosofía en relación con la fe hay que responder que a servirnos de la luz de la razón, puesta por Dios en nosotros, que debe convivir armoniosamente con la otra luz, la de la fe, mientras somos viatores, caminantes por el mundo, porque en el cielo esta tensión de la fe desaparecerá y se resolverá en la visión facial ante Dios. En este sentido la expresión clásica consideraba a la filosofía como sierva de la teología (ancilla theologiae). Ahora bien, por más que sea modesta, la sierva es necesaria a la señora.

Hay que estudiarla en serio, ¿no?

      Aquí, in statu viae, mientras caminamos por este mundo, tenemos necesidad de estudiar y de penetrar racionalmente, en la medida de lo posible, el contenido de la fe. Y esto es lo que hace la teología. La teología tiene dos grandes partes: una es la teología positiva en la que se recibe el dato revelado, la revelación, que se acoge en la fe, y que está de algún modo vinculada especialmente a la patrística y a la historia de los concilios, que van elaborando progresivamente el contenido de este dato revelado.

¿Y la otra parte?

      Luego hay un momento especulativo, que es la teología dogmática, en la que se trata de elaborar racionalmente, si es lícito hablar así, el misterio del Dios que se revela como Uno en su naturaleza y Trino en sus Personas, una de las cuales, precisamente el Hijo, se encarnó llegada la plenitud de los tiempos. Pues bien, en la elaboración de estas afirmaciones contenidas explícita o implícitamente en el Evangelio, resulta ineludible recurrir a la filosofía, como de hecho hicieron los padres y los primeros concilios de la Iglesia, para tratar de formular la fe y dar razón de la misma, como el propio san Pedro pedía en una de sus epístolas. Siempre, por tanto, desde los primeros padres de la Iglesia, los llamados padres apologistas, y los primeros concilios (especialmente Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia), la Iglesia ha buscado para la fe el apoyo y la compañía de la filosofía.

El conocimiento de Dios no lo obtenemos solo por la fe

A principios del año pasado, se dio un cambio en los programas de estudios de los seminarios, en referencia a la filosofía. ¿Qué se modificó y por qué fue necesario hacerlo?

      La constitución apostólica Sapientia Christiana, que regulaba la actividad de las universidades eclesiásticas y de los seminarios, donde se forman los aspirantes al sacerdocio, establecía un determinado número de años de filosofía y de teología, con unas pautas que en lo esencial permanecen invariadas. Sin embargo, la Iglesia ha observado que quizás en estos años no se ha prestado suficiente atención —y este me parece que es el aspecto más llamativo del documento del 28 de enero del año pasado, presentado por la Congregación para la Educación Católica—, al valor irrenunciable de la filosofía según la mente de Tomás de Aquino. Esta observación de la Iglesia ha ido tomando cuerpo claramente, llamando la atención sobre el papel imprescindible de santo Tomás, no solo como maestro en general de doctrina, sino como maestro en particular de determinadas cuestiones filosóficas.

Entonces se pone un nuevo énfasis en la filosofía de Tomás de Aquino...

      Sí, llamando en particular la atención sobre algunos criterios fundamentales de su filosofía: la existencia de una realidad independiente del hombre, dotada de un modo propio de ser, cuyo estudio compete a la metafísica; la capacidad del espíritu humano de conocer con verdad, aunque gradualmente, qué y cómo son las cosas, etcétera. En definitiva, se reitera que el conocimiento del mundo, del hombre y de Dios se puede alcanzar con una sana orientación realista, inspirada fundamentalmente en la filosofía de santo Tomás, aunque no cerrada a otras corrientes sanas que aporten elementos válidos de pensamiento y reflexión. El conocimiento de Dios no solo lo obtenemos de la fe. Que Dios existe y que de un cierto modo lo conocemos por la razón. A partir de esos datos (existencia divina y ciertos atributos racionalmente conocidos por el hombre) prosigue la fe. Otro aspecto colindante con la fe, pero perteneciente al patrimonio de la razón es que —y esto es importante decirlo en nuestro tiempo—, si bien existe un mundo que es estudiado en detalle por la ciencia experimental, el hombre no pertenece en exclusiva a este mundo material, sino que tiene un espíritu en virtud del cual es imagen viviente de Dios. Por eso el hombre es ciudadano de dos mundos, el físico y el espiritual.

¿Y qué filósofos han sido importantes en el siglo XX?

      Los filósofos que mayor influjo han tenido en el siglo XX son dos. El primero es Edmund Husserl. Es el fundador de la fenomenología, una escuela que pretende un nuevo modo de hacer filosofía para, liberándose del idealismo y del psicologismo, retornar a las cosas mismas y que éstas hablen. De hecho las cosas hablan. Solo hay que estar atento a su lenguaje. Pues bien, el lenguaje de las cosas es su manifestarse, su mostrarse o darse a conocer. Mostración o manifestación se dice fenómeno. De ahí el término fenomenología. La fenomenología pretende ser una descripción de las cosas de acuerdo a su modo de presentarse o dársenos a conocer. Es interesante indicar que Husserl, que había sido inicialmente un matemático y que pretendía hacer de la filosofía una ciencia estricta, introduce un nuevo modo de considerar la naturaleza de la filosofía que es muy sano, aunque en su propia andadura el tono inicialmente realista se fue progresivamente transformando en una filosofía de tipo idealista.

Habló de dos filósofos…

      Sí. El otro gran filósofo, imprescindible para comprender el siglo XX, es Martin Heidegger, un pensador brillante en sus análisis históricos, pero carente de sistematicidad (por exigencias de su propia filosofía) desde el punto de sus elaboraciones teóricas. Heidegger, que había sido discípulo de Husserl, se distanció del maestro y terminó convirtiendo la fenomenología en un análisis de la existencia humana. Dio así origen al llamado existencialismo. Aunque no es muy riguroso, y creo que en una entrevista puede decirse, la fenomenología era una suerte de platonismo y el existencialismo —como filosofía atenta a lo individual, concreto e irrepetible de cada hombre—, sería una suerte de aristotelismo. Asistimos así en el siglo XX con Husserl y Heidegger a la reproposición de las eternas figuras del idealista y del realista, de Platón y Aristóteles redivivos.

¿Y en la segunda mitad del siglo XX?

      La filosofía de los años cincuenta en adelante está muy fragmentada, y está de algún modo, desde su interior, positivamente deconstruida. El panorama filosófico desde entonces asiste al espectáculo desolador de la disolución de la razón y de la realidad en las llamadas filosofías posmodernas, en las que ha hecho presa un movimiento de desconfianza —y desesperanza diría—, progresiva de la razón, una vez que la grandilocuencia de ciertos paradigmas de la filosofía moderna (racionalismo, idealismo...) cayeron en descrédito, porque habían pretendido —quizás con un excesivo entusiasmo—, abarcar más de lo que podían contener. A la apoteosis de la razón siguió el fracaso; y al fracaso la desolación, la desconfianza y el recelo hacia toda forma de teoría filosófica. Estos filósofos posmodernos —se hace difícil llamar filósofos a personas que sustentan tales ideas—, afirman que no cabe más que una nueva actitud ante la realidad, que es más lúdica que teórica, más estética que descriptiva, más histórica que especulativa. En definitiva, tal pose filosófica depone toda pretensión de saber y decir qué son las cosas.

¿Se desarrolló acaso una filosofía cristiana en el siglo pasado?

      La cuestión misma de filosofía cristiana es difícil. Hubo una discusión a inicios del siglo XX dentro y fuera de la Iglesia, a propósito de la expresión filosofía cristiana. Por ejemplo, dentro de la iglesia los dominicos y fuera de ella Heidegger, no aceptaron la expresión “filosofía cristiana”, y creo que con razón, porque la filosofía es un estudio de la realidad en el que la fe no es un momento interior suyo. Es como decir que hay una “medicina cristiana”... Es verdad que la teología contiene siempre una filosofía, pero no a la inversa. La verdadera filosofía cristiana es la teología.

Entonces, mejor no hablar mucho de ‘filosofía cristiana’…

      Es verdad, y esto lo mantuvo Gilson, como filósofo y como cristiano, que se podría emplear la expresión “filosofía cristiana” solo para referirnos a un modo de razonar que supone al menos, implícitamente, las grandes ideas que por medio de la revelación nos han sido entregas: Dios Creador, Dios providente, Dios padre; y que este estilo de filosofía ha tenido una relevancia histórica, especialmente en la edad media. Pero hasta el día de hoy la cuestión sigue siendo discutida. Hay un cierto movimiento que ha retomado esta cuestión, sobre todo en círculos de la Iglesia, que es el personalismo, fundado por Mounier. Luego han surgido una multitud de personalismos en simbiosis con la fenomenología e incluso con el existencialismo, lo que vuelve particularmente rica, pero también especialmente confusa, la cuestión de qué es el personalismo...

Hay un tema ético, donde sí se presentan a discutir los filósofos cristianos más prácticos ¿no?

      Sí, sin duda, y creo que se está aportando mucho en materia de bioética. Porque ante cosas tan aberrantes como las sugeridas por Peter Singer, por poner el ejemplo más clamoroso, según el cual hay seres humanos que no son personas (los que carecen por cualquier razón de autoconciencia) y personas que no son seres humanos (los animales de psiquismo más rico). En consecuencia con los primeros, hay una relación de legítimas acciones tales como el aborto, el infanticidio y la eutanasia; por lo que la bioética ha venido a ser uno de los campos en que la filosofía —primero especulativamente como antropología y después prácticamente como ética—, puede servir y de hecho está sirviendo seriamente a la humanidad. En este campo la Iglesia está aportando muchísimo a la bioética en términos generales. Y no precisamente con una argumentación de fe, sino de razón.

Finalmente ¿qué campo está explorando e investigando usted?

      Bueno, mis intereses fundamentales se centran en la historia de la filosofía, específicamente de la filosofía moderna. Mis campos de investigación actuales son los siguientes: la filosofía tardomedieval y la llamada segunda escolástica, en particular Francisco Suárez, como campo del que surgen motivos e ideas importantes para la filosofía moderna; la historia de la ciencia moderna, sin la cual es cada vez más claro que no se conoce la filosofía moderna a fondo, acompañada y estimulada de continuo por la llamada revolución científica (de Copérnico a Newton, pasando por Galileo, Descartes, Leibniz, etcétera); la cuestión de la ley natural, frente a la invasión positivista que padece la actividad legislativa de los distintos órganos legislativos occidentales y como único criterio válido de racionalidad práctica transnacional en un mundo global como el nuestro… En fin, ¡tantas cosas! Ars lunga, vita brevis

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