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Iniciación a la fe

27 noviembre 2012. Eduardo Peláez López Article Rating

Los hijos conocen bastante bien a los padres, tanto en lo bueno como en lo menos bueno. No podemos menospreciar su perspicacia, aunque parezcan pequeños e ingenuos. Todo lo que los padres dicen o hacen o dejan de hacer es un mensaje que forma o deforma. Es preciso que encuentren en la familia ‘modelos’ que atraigan y sirvan de referencia. Los padres parten con todo a favor para lograrlo

      Charla a padres de niñas del Colegio Guadalaviar, de Valencia, interesados en la iniciación a la fe de los más pequeños.

El mejor legado

      La fe es el mejor legado que se puede dejar en herencia a los hijos. Benedicto XVI recordaba en Valencia que la familia es el elemento fundamental para transmitir la fe y vivir el amor. Pero ¿cómo hacerlo? Procuraré dar algunas orientaciones sirviéndome de anécdotas, hechos concretos o experiencias vividas, todas sencillas, que hará, así lo espero, más comprensivo y práctico los puntos que deseo resaltar, que con una exposición conceptual. Ante todo una idea básica. Los padres son los primeros educadores. Por eso no olvidan que aunque la elección de los colegios para sus hijos haya sido acertada no pueden descargar en ellos su responsabilidad. Ellos siguen siendo los principales educadores. Y éste es el criterio que dio San Josemaría: “en el colegio son, primero los padres; después, los profesores; y luego los alumnos, en unidad de intenciones, de alegrías y de sacrificios gustosos”. Por otra parte si bien el papel de la madre en un hogar es imprescindible no es menos el del padre. Quizás hoy se hace más necesario que nunca defenderlo. No ejercitarlo además es fuente de desequilibrios en la familia y en la sociedad.

El papel del padre

      En la transmisión de la fe una de las verdades fundamentales que hay que enseñar es que Dios es nuestro Padre. Que el bautismo nos ha hecho hijos suyos. Sin embargo, esto que es tan elemental, no hay que dar por supuesto de que se entiende correctamente. Y es que a comienzos del siglo XXI nos encontramos con corrientes de pensamiento muy influyentes que desconfían del papel del padre y del valor de su autoridad (que naturalmente ha de compartir con la madre), originando en gran parte de la sociedad una crisis en la relación paterno-filial.

      No todo uso de la autoridad es un abuso autoritario de ésta. El autoritarismo es claramente un mal sistema educativo. Un caso llevado al extremo es el que denuncia Franz Kafka. En una larga carta que dirige a su padre y publicada después de su muerte, comienza diciendo: “Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo”. Después de dibujarnos un rostro severo, exigente y amenazador de su padre le reprocha: “Yo era un niño tímido, pero seguramente también terco, como deben ser los niños; sin duda mi madre me mimaba también, pero no puedo creer que fuera tan difícil tratarme que una palabra cariñosa, un silencioso asirme de la mano, una mirada dulce no hubieran podido obtener de mí lo que quisieran”. En este contexto no es difícil pensar que si a Kafka le dijésemos que Dios es Padre no le ayudaríamos a formarse una imagen adecuada de Dios.

      Pero no es necesario llegar al caso patológico de este escritor para afirmar que para muchos la paternidad de Dios resulte compatible con la imagen de un ser inmenso y temible, un ser todopoderoso y lejano que gobierna arbitrariamente el mundo. Se han forjado la idea que entre la autoridad-potestad y la paternidad no puede haber verdadera afinidad. Quizá por todo esto el Catecismo, saliendo al paso de equívocos, afirma:

      “Dios es Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades; por la adopción filial que nos da (“yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso, 2Co 6,18); finalmente, por su misericordia infinita, pues muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados” (CIC n.270). Su omnipotencia es modo alguno arbitraria.

      También hemos de considerar que, dentro de esta crisis en las relaciones paterno-filiales, se ha dado en muchos progenitores una reacción contraria a todo lo que en tiempos anteriores pudiera considerarse como autoritarismo o dominio despótico, de tal manera que ahora “buen padre” es el que “deja hacer”, no pone límites o encauza la libertad del hijo. Del modelo de “padre dominante” se ha pasado a la del “padre complaciente”. Pero es fácil apreciar que los extremos se tocan, y que ambos están equidistantes de la verdadera paternidad. Veámoslo con el ejemplo recogido en el guión de la película “Indiana Jones y la última cruzada”. Indiana y su padre después de muchas peripecias huyen de los nazis a bordo de un zeppelín. El Dr. Jones le dice a Indi que ha sido un buen padre: “¿Alguna vez te dije que te comieras toda la comida del plato? ¿Que te fueras a la cama? ¿Que te limpiaras las orejas? No. Respeté tu privacidad y te enseñé a confiar en ti mismo”. A lo que Indi contesta: “Lo único que me enseñaste es que era menos importante para ti que gente que llevaba muerta quinientos años y en otros países. Y lo aprendí tan bien que apenas hemos hablado en veinte años

      Es fácil de advertir la importancia de la dedicación de los padres. Ya Juan Pablo II alentaba: “sobre todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto a la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible” (Familiaris consortio n.25).

      Los padres que creen que cumplen sus obligaciones porque sufragan todos los gastos y caprichos que exigen sus hijos, pero sin dedicarles el tiempo que éstos necesitan ¿qué imagen del padre puede tener un niño o una niña que crece en estas condiciones? La figura paterna que resulta de este planteamiento es la de un padre distante, atento a satisfacer las necesidades materiales, débil y falto de autoridad, entre otras cosas porque cree que el modo de querer a sus hijos consiste en no imponerse y dejar que éstos hagan siempre su voluntad. El padre “complaciente” encubre bajo este calificativo una falta de compromiso con su papel de progenitor.

      Lo que nos interesa a nosotros ahora es poner de relieve qué concepto de la paternidad de Dios tiene o va adquiriendo el niño que crece en esa situación. Lo habitual será que nos encontremos con dos actitudes antitéticas: el niño que, ante la falta de unos padres que se preocupen afectivamente de él, encuentra en Dios un padre más cariñoso y fuerte que el suyo; o lo que posiblemente sea más frecuente, la proyección en la figura de Dios de los aspectos negativos que encuentra en su padre, con lo que Dios no se caracterizaría por el atributo del amor, sino que se identificaría con el padre ausente. El niño crecería con la idea de un Dios lejano cuando no se sentiría movido a vivir como si Dios no existiese.

      Resulta fácil de entender que para quien no ha experimentado de pequeño, la solicitud amorosa de un padre físico, sea impensable acceder a la idea de Dios Padre. No es posible, ni siquiera, recurrir a la analogía, porque el concepto de padre que tienen estos hijos es algo frío, despojado de toda o casi toda relación afectiva, desprovisto de calor personal. El resultado es que la palabra “paternidad”, aplicada a Dios, no significa nada, porque carece de referente, está desposeída de significado, de contenido conceptual. (M. Viejo)

      En esta misma línea conviene que no olvidemos lo que también nos enseña el Catecismo: “Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios”.

      Qué distinto es el caso del niño o la niña que ha tenido la experiencia tan humana de saberse hijo querido de verdad: comprendido y exigido a la vez. Se siente seguro junto a las personas que lo aman. El niño sabe abandonarse a la mirada atenta del padre. Una experiencia así la narra Víctor Frankl de cuando él era niño: “Debía de tener yo cinco años, cuando desperté una soleada mañana durante nuestro veraneo en Hainfeld. Mientras tenía los ojos aún cerrados, me embargó una indescriptible sensación que me llenaba de alegría y felicidad: me sentía seguro, vigilado, protegido. Cuando abrí los ojos, mi padre estaba inclinado sonriente junto a mí”. De este modo, además, es más fácil descubrir que Dios no nos mira con la mirada de un tribunal examinador o de un juez implacable, como sostiene erróneamente en una de sus obras Sartre. La mirada de Dios es como la mirada de aquellos padres y de aquellas personas que nos aman, unas miradas que nos transforman para que vayamos dando lo mejor de nosotros mismos, precisamente porque nos aman.

Aprender a arrodillarse ante Dios

      Prosiguiendo en el itinerario de la fe, los niños han de aprender a reconocer a Dios Padre Creador. Nosotros somos criaturas. Él nos ha hecho. Y la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador es la adoración (cfr. CIC n. 2628). Es reconocer a Dios como Dios. Un modo de manifestarla es arrodillarnos en su presencia, dirigiéndonos a Él con sencillez, “sabiéndonos nada” (cfr. CIC n. 2097), pero escuchados siempre en nuestras súplicas (2628), pues es  Amor infinito y misericordioso (2096). “Arrodillarse —comenta Chevrot— es la expresión sensible de la adoración. Nos empequeñecemos en cierto modo para confesar la grandeza de Dios; al estar más cerca del suelo, actualizamos nuestra condición de criaturas ante la majestad de Aquel que nos sacó del limo de la tierra para unirnos a Él. Jesús se hincó de rodillas en Getsemaní”. Allí mantuvo un coloquio filial con el Padre, llamándole abbá, sabiéndose escuchado. Santo Tomás enseña que “la adoración exterior se hace a causa de la interior, para que mediante signos de reverencia, que corporalmente hacemos, se excite nuestro afecto a Dios”, y aprendamos a quererlo.

      La tradición cristiana lo ha enseñado desde el comienzo y los hijos de familias cristianas lo han aprendido de los padres desde pequeños. Un ejemplo de cómo crece de esta manera la semilla de la fe en los niños lo da Aimé Duval al explicar poco después del Concilio, junto con otros insignes sacerdotes, el origen de su vocación sacerdotal:

      “Era el quinto hijo de una familia de nueve hermanos. Me precedían Lucía, María, Elena y Marcelo. Detrás de mí vinieron René, Raimundo, Susana y Andrés. En casa, nada de piedad expansiva y solemne. Sólo cada día la oración de la noche en común, pero es algo que recuerdo claramente y lo recordaré mientras viva. Mi hermana Elena recitaba las oraciones. Demasiado largas para los niños —un cuarto de hora—; poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollándose, abreviando, hasta que mi padre le decía «vuelve a empezar». Y entonces yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente.

      Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él, que por sus trabajos en el campo o por el acarreo de madera siempre estaba cansado, que no se avergonzaba de manifestarlo al volver a casa, después de cenar se arrodillaba, los codos sobre una silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin toser, sin impaciencia. Y yo pensaba : «Mi padre que es tan valiente, que manda en casa y tan bien entiende a los dos grandes bueyes, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, los ricos y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Él! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante Él y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa»

      “En cambio, a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus brazos, el vestido negro hasta los tacones, los hermosos cabellos castaños caídos sobre su cuello, y todos nosotros a su alrededor, muy cerquita de ella. Musitaba las oraciones de punta a cabo, sin perder una sílaba, todo en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de miramos, uno tras otro, una mirada para cada uno, más larga para los más pequeños. Nos miraba pero no decía nada. Nunca, aunque los pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: «Debe ser muy sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta». Las manos de mi padre, los labios de mi madre, me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo. Dios es una persona. Muy cercana. A la que se habla con gusto después del trabajo”.

      Todo esto se traducirá en la práctica en rezar con confianza y en arrodillarse delante del  Sagrario de un oratorio o de una iglesia (cfr. CIC n. 1378) para adorar con fe al Señor o en el momento de rezar las oraciones de la noche y acabar el día dando gracias. Buen momento para rezar con los hijos enseñándoles a comportarse con devoción.

El testimonio personal

      Los hijos conocen bastante bien a los padres —como explica Alfonso Aguiló—, tanto en lo bueno como en lo menos bueno. No podemos menospreciar su perspicacia, aunque parezcan pequeños e ingenuos. Todo lo que los padres dicen o hacen o dejan de hacer es un mensaje que forma o deforma. Es preciso que encuentren en la familia modelos que atraigan y sirvan de referencia. Los padres parten con todo a favor para lograrlo.

      Del beato Juan Pablo II sabemos cómo se quedó sólo con su padre en la familia, con doce años de edad, pues su madre y su hermano fallecieron antes. De su padre contaba cómo le enseñó a ser piadoso también con el ejemplo, y narraba que en cierta ocasión se despertó a media noche y vio a su padre de rodillas rezando. Aquello no solo no se le olvidó sino que germinó profundamente en su alma. San Josemaría aconsejaba en el colegio Retamar de Madrid en 1972: ...que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”. Ejemplos que hay que llevar a la práctica en la normalidad de la vida diaria.

Pero no basta ser ejemplar

      Se requiere además desarrollar con los hijos un ambiente de confianza y de amistad. La confianza no puede imponerse sino que se inspira, con una actitud afable, serena, cercana, asequible, que sabe escuchar, ser leal. Los padres han de hacerse amigos de los hijos, amigos cercanos, y de esta manera se facilita la sinceridad, que cuenten sus inquietudes y sentimientos, que consulten sus problemas. Para esto, como repetía San Josemaría “Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso”. Y de este modo podrán formar la conciencia de sus hijos, de modo particular cuando son aún pequeños.

      Conviene no olvidar que una de las señas de identidad de este inicio de siglo es un fuerte mimetismo acrítico; desde niños se observa una acusada tendencia a imitar modelos que ofrecen los distintos medios de comunicación que imponen estilos de vida en ocasiones poco convenientes o deformantes. Todo esto con una publicidad agresiva, con modas y modos que influyen a través de la música, las redes sociales, las series de la televisión, el cine, etc. Es decisivo enseñar a tener criterio propio y un comportamiento coherente con quien se sabe hijo de Dios. Para lograrlo hay que hacer pensar, aprender a ser reflexivos, dando los argumentos adecuados a su edad.

      La formación de la conciencia —distinguir el bien del mal— pasa por reconocer el mal moral: el pecado. También cuando son pequeños, a la vez que se les enseña a amar la virtud. El pecado es una ofensa voluntaria a Dios. Pero a Dios, como Padre bueno, dejándonos obrar en libertad, lo que le duele es vernos por caminos que nos apartan de la verdadera felicidad. Una verdad que queda reflejada en la parábola del hijo pródigo. Así por otra parte lo enseña Santo Tomás: “Dios no es ofendido por nosotros, sino en aquello mismo en que actuamos en contra de nuestro propio bien” (CG, 122). Como orientación puede servir una pequeña enumeración de algunas de esas faltas en las que pueden caer los menores de edad: no cumplir los deberes, no rezar las oraciones, portarse mal en la Iglesia, no obedecer a los padres, ser caprichosos a la hora de comer, enfados, rebeldías, ser egoístas con sus cosas, pegarse con sus hermanos, envidias, insultar, hacer rabiar, falta de compañerismo, perezas, mentiras... 

      A los cinco o seis años comienzan a ser conscientes de la “seriedad” de algunas faltas y han de empeñarse en evitarlas y dolerse de ellas. San Josemaría cuando aún era niño, rezaba el “Señor mío Jesucristo”. Sabía que debía pedir perdón por sus faltas y ponía todo su esfuerzo infantil para recitar esa oración con piedad. Al llegar a las palabras “me propongo la enmienda de nunca más pecar”, confundía “enmienda” con “almendra”; y añadía que las almendras le gustaban mucho: “por lo tanto —comentaba—, que cosa más lógica que dar algo que me gustaba mucho por el propósito de no pecar nunca más, porque verdaderamente mis padres me enseñaron a no querer ofender nunca al Señor, y esa insistencia caló ya entonces en mi alma”.

      Progresivamente hay que ayudarles a que se conozcan a sí mismos, comenzando por sus cualidades pero a la vez con sus faltas. Es un gran paso que reconozcan lo que han hecho mal y pidan perdón. Una anécdota lo ilustra bien (I. Juez). Un matrimonio había insistido a sus hijos en que todas las noches hicieran una breve revisión de la jornada. Pensaban con acierto que así aprenderían a ser reflexivos, a corregirse y a buscar el agrado de Dios. Poco a poco el examen de conciencia había pasado a ser una costumbre familiar, de grandes y chicos. Los protagonistas de este episodio —rondaban la edad de la Primera Comunión— hacían su examen de una manera singular que llamaban rebobinar. El día en que sucedió esta anécdota, la pequeña se había portado realmente mal durante la comida, con una rabieta de campeonato. Esa noche, después de cenar se fue con su hermana a la habitación para rebobinar y acostarse. Como siempre, la mayor dirigía las operaciones:

Por la mañana, nada más despertar, rezamos. ¿Lo ves?

—Si, lo veo

—Después el desayuno y la salida hacia el colegio. ¿Lo ves?

—Sí, lo veo

—Al mediodía volvimos a casa. ¿Lo ves?

—Sí, lo veo.

—Luego vino la comida, ¿lo ves?

—...(Silencio)

—¿Lo ves?

—...(Más silencio)

(La mayor maliciosa) ¿No lo ves?

(La pequeña, compungida) Se me ha roto el video...

      La educación moral —que es educación en la libertad y en la verdad— se transmite a los hijos vinculada a las creencias religiosas, si no se reduciría todo a unas reglas de educación, sin fundamentación alguna. Para ello han de aprender a vivir la unidad de vida: es decir que la fe informe la vida diaria. Por otra parte la lucha por mejorar ha de ser positiva y alentadora: se trata de que vayan adquiriendo hábitos y virtudes. Como son: la amabilidad, la laboriosidad, la sinceridad, la pureza, la obediencia, la generosidad: dar y compartir, saber perdonar, el orden, la alegría, la fortaleza frente a la pereza y para no quejarse por una molestia, la sobriedad, el servicio a los demás, el compañerismo... En definitiva ir pareciéndose a Jesús que es nuestro modelo.

La práctica de los sacramentos

      Estamos hablando de padres que tienen hijos aún pequeños; en algunos casos que no han hecho aún la Primera Comunión, ni por tanto la Primera Confesión, sin embargo esto no quiere decir que no puedan empezar a calibrar el valor de los sacramentos y fomentar la ilusión de recibirlos cuando llegue el momento. Una manera de prepararse es verlo en hermanos o compañeros del colegio. Es lo que le sucedió a un hijo de José María López Barajas según cuenta en una obra colectiva sobre las enseñanzas de San Josemaría sobre la familia: “En sus escritos habíamos leído que era conveniente llevar a los hijos a confesar desde pequeñitos: porque no les causa trauma alguno y, en cambio, les hace mucho bien a sus almas. Pues recuerdo que un día estaba ayudando a preparar la confesión de mis hijos mayores, de ocho y siete años, cuando se nos unió el tercero, Manolo, que no había cumplido los seis. Estábamos sentados en un banco de la iglesia, justo frente al sacerdote, y les hacía preguntas sencillas apropiadas para su edad:

—¿Habéis obedecido a mamá?

Y mientras los mayores, en su reflexión interior, callaban, Manolo respondió:

—Yo sí

Le expliqué que la pregunta no era para él, y que no tenía edad de discernimiento. Añadió una nueva pregunta:

—¿Habéis dicho alguna mentira?

De nuevo los mayores callaron, y Manolo arrancó:

—Yo sí

Como a la tercera pregunta volviera a contestar afirmativamente, recordé la enseñanza del Fundador y le dije que, si quería, también él podía confesarse. Así lo hizo, y regresó feliz del confesionario, después de haber hecho sonreír con sus faltas al sacerdote que le impuso de penitencia tomar una dulce golosina”.

      De la misma manera pueden ir aprendiendo a amar la Eucaristía —tener familiaridad con Jesús— y ambicionar el deseo de recibirle un día en la Comunión. Jesús nos enseñó: “Es mi Padre el que os da el verdadero Pan del Cielo”. Según cuentan sus biógrafos, Tolkien, autor de “El Señor de los anillos”, obra llevada magistralmente al cine, en los últimos años de su vida asistía a diario a Misa y comulgaba. Ese descubrimiento cada vez mayor del valor del sacramento le llevó a “idear” el pan de los Elfos, “las lembas”, que daba fuerzas renovadas para acometer el proyecto de realizar el bien y combatir el mal. Cómo no recordar que la Iglesia llama Pan de los Ángeles a la Eucaristía, en uno de sus himnos litúrgicos, con palabras de un salmo. Era una manera de hablar de ella para la imaginación infantil de sus hijos.

La fuerza del ambiente

      Junto con la piedad y la virtud, se precisa atender a la doctrina y el ambiente para transmitir la fe (A. Aguiló). Los hijos pueden ir haciendo su pequeña biblioteca, donde haya un devocionario con las principales oraciones, un pequeño catecismo, libros sencillos sobre santos, alguna película de Historia Sagrada o sobre un santuario conocido de la Virgen como Fátima, etc. Pero aunque haya piedad, doctrina y virtud, el ambiente tiene una enorme fuerza de arrastre. Por eso es clave crear un ambiente que facilite el crecimiento de la fe y la virtud; como sucede en un jardín: nosotros no hacemos crecer a las plantas, proporcionamos la ayuda y el ambiente adecuado para que crezcan.

      Una parte muy importante de ese ambiente se refleja en el modo de vivir el domingo. La prioridad que se da a la asistencia a Misa, aunque suponga un sacrificio, por estar de viaje o cualquier otro motivo. Participando toda la familia junta si es posible. Sería un contrasentido que en el colegio se les ayude a valorarlo con particular relieve y luego no lo vean así en casa. Claro que son muchos los detalles que integran un ambiente cristiano, ya hemos comentado algunos, pero se podrían añadir otros: rezar cuando se realiza un viaje, bendecir la mesa, el cariño a los ancianos y los enfermos, el valor del sacrificio, la preocupación por los demás, los lugares donde se veranean, los amigos... cada uno de ellos van creando el estilo de vida propio de un hijo de Dios.

La belleza de la devoción mariana

      Entre los grandes amores de un cristiano se encuentra la Virgen María. Se trata de un amor de correspondencia, pues, desde que Jesús nos la dio en la Cruz, nos sabemos amados por un corazón materno; un amor —el de María— que nos muestra la proximidad con cada uno de nuestro Padre Dios. En  uno de sus libros Alexandra Borghese escribe: “Como su amado predecesor, Karol Wojtyla, también Joseph Ratzinger es un Papa con un fuerte sello mariano. Como ha declarado, para él, “María es la expresión de la cercanía de Dios... es conmovedor el hecho de que el Hijo de Dios tenga una madre humana, y que todos nosotros hayamos sido confiados a esta Madre”. La relación de nuestro Papa con María ha crecido con los años, como él mismo ha explicado: “a medida que envejezco, me resulta más querida e importante la Madre de Dios”.

      Resulta lógico que unos padres cristianos fomenten la devoción a Santa María, como es el uso del Escapulario y el rezo del rosario en familia, y si son pequeños algún misterio, aunque dejando libertad para que lo hagan. Algunas de las hijas quizás llevarán como nombre alguna advocación mariana. Y en la casa se encontrarán imágenes suyas, junto el Crucifijo, particularmente en la habitación de los más pequeños. Será fácil de esta manera, saludarla, mantener un coloquio filial con Ella, invocarla pidiendo su ayuda.

El horizonte de un hijo de Dios

      Dios nos llama a todos a la santidad. Esto vale también para los niños. También a ellos los veremos en los altares. En 1981, la Congregación para la Causas de los Santos abolió la restricción según la cual el ejercicio heroico de las virtudes debiera darse por un “periodo duradero”. Con ese paso se abrió la vía al reconocimiento canónico de la santidad de los niños no mártires por parte de la Iglesia. La medida liberadora llevó después, en el Jubileo de 2000, a la beatificación de los dos pastorcillos de Fátima, Jacinta y Francisco Marto. Más reciente en el tiempo, el Papa Benedicto XVI presentaba como ejemplo a una niña italiana, Antonia Meo, que falleció, de un tumor en los huesos, con olor de santidad, en 1937 si haber cumplido los siete años. Antes fue recibiendo los sacramentos: hizo su Primera Confesión y su Primera Comunión a la que se preparó con gran ilusión. También se confirmó y recibió los santos óleos. El 17 de diciembre de 2007 Benedicto XVI autorizaba la promulgación de un decreto en el que se reconocían las virtudes heroicas de esta niña. “Espero que su causa de beatificación pueda clausurarse pronto con éxito” confesó el Papa. Para ello se necesita el reconocimiento de un milagro atribuido a la intercesión de la niña. “Su existencia, tan sencilla y al mismo tiempo tan importante, demuestra que la santidad es para todas las edades: para los niños y los jóvenes, para los adultos y los ancianos” explicó el Papa.

      El cuerpo de Antonia descansa ahora en una pequeña capilla adyacente a la que conserva las reliquias de la pasión de Jesús, dentro de la basílica de la Santa Cruz en Jerusalén, en la que fue bautizada y que se encuentra en el barrio de Roma en el transcurrió su breve vida.

      Con el paso de los años veremos a muchos niños en los altares ejemplo para todos pero especialmente cercano para los más pequeños.

Conclusiones

      No se ha pretendido ser exhaustivo en un tema tan capital como la iniciación a la fe de los niños en la infancia, sino ilustrar con ejemplos algunos de los pasos más fundamentales. Es evidente que esta tarea requiere en los padres un deseo eficaz de formarse como padres para realizar del mejor modo esta función. Entre los puntos tratados se encuentran: 

• la imagen que se forman de Dios depende en buena medida del ejemplo y la dedicación de los padres

• un primer deber para el cristiano es adorar a Dios y darle gracias

• para transmitir la fe se precisa no sólo ayudarles a rezar sino rezar con los hijos

• fomentar hábitos y virtudes cristianas

• formar la conciencia moral, en primer lugar con el ejemplo y haciéndoles personas de criterio

• hacer amar los sacramentos

• centralidad del domingo con la participación en la Misa.

• ir adquiriendo la doctrina adecuada a su edad

• cuidar el ambiente donde se desarrollan como personas e hijos de Dios

• aspirar a la santidad

• amor a la Virgen

Eduardo Peláez López

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