Buscador de textos litúrgicos

 

Textos litúrgicos

  

Homilía: Domingo de la semana 18 de tiempo ordinario; ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Is 55,1-3) "Oíd, sedientos todos, acudid por agua"
(Rm 8,35.37-39) ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?
(Mt 14,13-21) "Dadles vosotros de comer"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo IV

--- Solicitud de Cristo por los hombres

--- Disponibilidad con los demás

--- La Eucaristía

--- Solicitud de Cristo por los hombres

"Nos ha dado, el Señor, Pan del Cielo que encierra en sí toda delicia" (Is 55,1-3).

El Evangelio de la Misa relata cómo el Señor se alejó en una barca (Mt 14,13-21), Él solo, hacia un lugar desierto. Pero muchos se enteraron y le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio a esta multitud que le busca y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Los sana sin que se lo pidan, porque para muchos llegar hasta allí, llevando incluso enfermos impedidos, ya era suficiente petición y expresión de una fe grande. San Marcos señala, a propósito de este pasaje, que Jesús se detuvo largamente enseñando a esta multitud que le sigue, porque andaban como ovejas sin pastor, de tal manera que se hizo muy tarde. Se le pasa el tiempo al Señor con aquellas gentes, y los discípulos, no sin cierta inquietud, se sienten movidos a intervenir, porque la hora es avanzada y el lugar desierto: despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos, le dicen. Y Jesús les sorprende con su respuesta: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. Y obedecen los Apóstoles; hacen lo que pueden: encuentran cinco panes y dos peces. Es de notar que eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jesús realizará un portentoso milagro con estos pocos panes y peces, y con la obediencia de quienes le siguen.

--- Disponibilidad con los demás

Después de mandar que se acomodaran en la hierba, Jesús, tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a sus discípulos, y los discípulos a la gente. El Señor cuida de los suyos, de quienes le siguen, también en las necesidades materiales cuando es necesario, pero busca nuestra colaboración, que es siempre pobre y pequeña. "Si le ayudas, aunque sea con una nadería, como hicieron los Apóstoles, Él está dispuesto a obrar milagros, a multiplicar los panes, a cambiar las voluntades, a dar luz a las inteligencias más oscuras, a hacer -con una gracia extraordinaria- que sean capaces de rectitud los que nunca lo han sido… Todo esto..., y más, si le ayudas con lo que tengas" (Forja 675).

Entonces comprendemos mejor lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8:35.38 39).

Ni las adversidades en la vida personal (pequeños o grandes fracasos, dolor, enfermedad...), ni las dificultades que podamos encontrar en el apostolado (resistencia de las almas en ocasiones a recibir la doctrina de Cristo, hostilidad de un ambiente que huye de la Cruz y del sacrificio...) podrán separarnos de Cristo, nuestro Maestro, pues en Él encontramos siempre la fortaleza.

--- La Eucaristía

El milagro, además de ser una muestra de la misericordia de Dios con los necesitados, es figura de la Sagrada Eucaristía, de la cual hablará el Señor poco después, en la sinagoga de Cafarnaún. Así lo han interpretado muchos Padres de la Iglesia. El mismo gesto de Señor -elevar los ojos al cielo- lo recuerda la liturgia en el Canon Romano de la Santa Misa: et elevatis oculis in caelum, ad Te Deum Patrem suum omnipotentem... Al recordarlo nos preparamos para asistir a un milagro mayor que la multiplicación de los panes: la conversión del pan en su propio Cuerpo, que es ofrecido sin medida como alimento a todos los hombres.

El milagro de aquella tarde junto al lago manifestó el poder y el amor de Jesús a los hombres. Poder y amor que hará posible también que encontremos el Cuerpo de Cristo bajo las especies sacramentales, para alimentar, a todo lo largo de la historia, a las multitudes de los fieles que acuden a Él hambrientas y necesitadas de consuelo.

Esta multitud que acude al Señor revela la fuerte impresión que su Persona había producido en el pueblo, pues tantos, se disponen a seguir a Jesús hasta las alturas desiertas, a gran distancia de los caminos importantes y de las aldeas. Suben sin provisiones, no quieren perder el tiempo por ir a procurárselas por miedo a perder de vista al Señor. Un buen ejemplo para cuando nosotros tengamos alguna dificultad para visitarle o recibirle. San Juan nos indica que el milagro causó un gran entusiasmo en aquella multitud que se había saciado. “Si aquellos hombres, por un trozo de pan ‑aun cuando el milagro de la multiplicación sea muy grande‑, se entusiasman y te aclaman, ¿qué deberemos hacer nosotros por los muchos dones que nos has concedido, y especialmente porque te nos entregas sin reserva en la Eucaristía?” (Forja 304).

 “Los ojos de todos te están aguardando,/ tú les das la comida a su tiempo;/ abre las manos/ y sacias de favores a todo viviente”, leemos en el Salmo responsorial (Sal 144,15-16),

Jesús realmente presente en la Sagrada Eucaristía, da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita. Jesús no nos da algo de lo suyo, se nos da Él mismo, uniéndonos a Él, identificándonos con Él. Y nosotros, que le buscamos con más deseo y más necesidad que aquellas gentes que se olvidan incluso del alimento para hallarle, le encontramos cada día el la Sagrada Comunión. Él nos espera, a cada uno. No aguarda a que le pidamos: nos cura de nuestras flaquezas, nos protege contra los peligros, contra las vacilaciones que pretenden separarnos de Él, y aviva nuestro andar. Cada Comunión es una fuente de gracias, una nueva luz y un nuevo impulso que, a veces sin notarlo, nos da fortaleza para la vida diaria, para afrontarla con garbo humano y sobrenatural, y para que nuestros quehaceres nos lleven a Él.

La participación de estos beneficios depende de las disposiciones en que se los recibe. El amor nos llevará a una honda piedad eucarística. “Ésta -señalaba Juan Pablo II en su primer viaje a España- os acercará cada vez más al Señor; y os pedirá el oportuno recurso a la Confesión sacramental, que lleva a la Eucaristía, como la Eucaristía lleva a la Confesión” (Juan Pablo II, 31-X-82).

"¿Has pensado en alguna ocasión cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida? (Forja 828).

Agradezcamos a Dios la facilidad que tenemos para acercarnos a Él, pero... hemos de agradecérselo preparándonos muy bien, para recibirle. "A quienes has alimentado con este Pan del Cielo, Señor, protégelos con tu auxilio y concédeles alcanzar la redención eterna" (Oración después de la comunión).

Subir

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Los cuatro evangelistas nos cuentan, en seis relatos, este milagro cargado de simbolismo que acabamos de escuchar. Se advierte el impacto que ejerció en los discípulos y la dimensión cultual que la Iglesia apostólica le concedió como prueba de que los tiempos mesiánicos se habían cumplido con la llegada de Jesucristo.

Este milagro tiene un trasfondo viejotestamentario que destaca además la superioridad de Jesús sobre Moisés y los Profetas. Tanto el maná con que Moisés alimentó al pueblo en el desierto (Ex 16), como la multiplicación del aceite y la harina por Elías en Sarepta (1 R 17,7-16), así como la multiplicación de los panes de cebada por Eliseo en Gilgal (2 R 4,42-44), son un anticipo de esta abundancia que Jesús reparte y que, a su vez, es el preludio de la que disfrutaremos en el banquete definitivo en el Reino de los Cielos. La alusión sacramental a la Eucaristía queda patente en el gesto de Jesús antes de operar el milagro: “Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente”. San Juan, al narrar este milagro, pondrá de manifiesto su dimensión eucarística con el discurso del pan de vida. La iconografía cristiana de los primeros siglos utilizará los panes y los peces como símbolos de la Eucaristía en pinturas, relieves, mosaicos..., en los lugares dedicados al culto.

Jesús ve el hambre de todos los hombres de todos los tiempos en aquel gentío que se agolpa a su alrededor. Hambre de una plenitud que en esta vida no puede ser satisfecha. Hambre de Dios, aunque no lo sepan. Y se apresura a calmarla ofreciendo un alimento que, además de saciar, resulta sobrante: doce cestos llenos. ¿Es necesario recordar que en esta vida no hay campos ni fuentes que puedan calmar el hambre y apagar la sed de infinito que toda criatura siente?  Sólo en Dios encontramos la plenitud que el corazón humano anhela. Una plenitud desbordante.

En Jesucristo tenemos la respuesta a las más altas expectativas de nuestro corazón, un profundo anhelo de vida que, si no se viera cumplido, convertiría nuestra existencia en un rompecabezas maldito. ¡Vivir! ¡Vivir sin la amenaza constante de la muerte! “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,54). El Cuerpo y la Sangre del Señor, es lo que nos permite traspasar el umbral de esta vida sin congoja e ingresar allí donde Dios mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, porque todo eso ya ha pasado (Cfr Apoc 21,4).

Subir

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

"La «poca fe» y «los dones de Dios»"

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 55,1-3: «Daos prisa y comed»
Sal 144, 8s.15s.17s.: «Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores»
Rm 8,35.37-39: «Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo»
Mt 14,13-21: «Comieron todos hasta quedar satisfechos»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

Las personas: Jesús sintió «lástima» del gentío y multiplicó los panes (1.ª Lect.). Sus gestos y oración son los de la institución de la Eucaristía: «tomando los cinco panes... pronunció la bendición, partió los panes y se los dio...». Los discípulos tenían «poca fe», aconsejaron despedir a la multitud, pero obedecieron al Maestro. El pueblo también tenía «poca fe», buscaba ante todo el pan de la tierra (cf Jn 6,26s), pero recibieron el don de Dios.

El suceso: Destacan los contrastes entre «la multitud» y la escasez de recursos: cinco panes y dos peces; y entre estos recursos y el resultado: «quedaron satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras». Desde los comienzos, ya en las catacumbas, la gran Tradición contempló en el suceso un anuncio del banquete mesiánico al fin de los tiempos. Y entre el prodigio evangélico y el fin, se sitúa la Eucaristía, avance del banquete del Reino.

III. SITUACIÓN HUMANA

¿Qué hacer para que nuestras celebraciones y comuniones sean más hondas? También la perícopa evoca hoy el pavoroso problema del hambre en el mundo y nuestras celebraciones eucarísticas.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– "La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos... «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo»... De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la nueva tierra... no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía... remedio de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre (S. Ignacio de Antioquía...)" (1404-1405).

– Vinculación de la Eucaristía con el hambre en el mundo: «Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos» (1397).

La respuesta
– Participar de la Eucaristía bien dispuestos, para gustar el Pan de Vida: «... «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual...» (1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (1385).

– Pero se requiere más, la humildad de corazón: "Ante la grandeza de este sacramento el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión...: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa»..." (1386).

El testimonio cristiano
– «... Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubiérais dado a mis miembros algo, eso habráía subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poséis nada en Mí» (San Agustín, serm. 18, 4, 4).

La Eucaristía: el gran don de Dios nos remite al Banquete del Reino, a la Otra Vida, la nueva creación. Para gustar la Eucaristía y ya ahora la Otra Vida, hay que acercarse a participar con el corazón bien dispuesto y la mano tendida.

Subir

Sitio web DNN por DOTWARE