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Textos litúrgicos

  

Homilía: Domingo de la semana 6 de Pascua; ciclo C


Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica 

(Hch 15,1-2.22-29) "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables"
(Ap 21,10-14.22-23) "Su santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero"
(Jn 14,23-29) "La paz os dejo, mi paz os doy"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Santa Mónica (Ostia) (8-V-1983)

--- Fidelidad al Evangelio
--- La función del Espíritu Santo
--- El Espíritu Santo, “morada en las almas”

--- Fidelidad al Evangelio

La lectura de hoy del Evangelio de San Juan hace referencia al discurso de adiós del Cenáculo el Jueves Santo, cuando Cristo anunció su partida a los Apóstoles para prepararles a este hecho.

Al anunciar su marcha de esta tierra a los Apóstoles, Cristo dice así: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Pensad en el significado y fuerza de la enseñanza que transmitió Cristo durante su misión mesiánica en la tierra. Dicha enseñanza nos une perennemente no sólo a nuestro Redentor, sino también al Padre: “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14,24).

Por tanto con la fuerza de esta enseñanza el Padre viene a quienes la siguen, viene a la Iglesia el Hijo junto con el Padre y el Padre junto con el Hijo.

La fidelidad a la enseñanza que nos ha transmitido Cristo es la fuente de la relación vivificante con el Padre a través del Hijo.

Dejada la tierra, Cristo sigue en unión constante con su Iglesia a través de la enseñanza transmitida a los Apóstoles.

Por esto precisamente es tan fundamental para la Iglesia observar con fidelidad dicha enseñanza. De este empeño rinde testimonio el primer Concilio Apostólico. El afán de los sucesores de los Apóstoles no es otro que el de que la Iglesia se mantenga en la enseñanza que Cristo le transmitió y que a través de la fidelidad a la enseñanza “moren” en la comunidad de los fieles el Padre junto con el Hijo.

--- La función del Espíritu Santo

El segundo pensamiento del Evangelio de hoy está relacionado con el Espíritu Santo: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

De modo que por segunda vez oímos hablar de “enseñanza”. Sabemos ya cual es el significado de esta enseñanza verdadera transmitida por Cristo a la Iglesia a fin de unirla con el Padre y el Hijo. Esta enseñanza y esta doctrina han sido confiadas a los Apóstoles y a sus sucesores. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo que manda el Padre en nombre del Hijo custodia a la manera divina la misma doctrina y su misma enseñanza. El Espíritu enseña a la Iglesia de modo invisible y conserva en la memoria y en la enseñanza de la Iglesia todo lo que Cristo transmitió a los hombres de parte del Padre.

Por medio de lo que es el Espíritu Santo junto a la Iglesia y a través de la ayuda que El presta a su enseñanza, el Padre y el Hijo pueden “morar” siempre en las almas de los fieles.

--- El Espíritu Santo, “morada en las almas”

El tercer pensamiento del Evangelio nos habla de la marcha del Maestro que podía levantar inquietud y temor en el corazón de los Apóstoles. Cristo sale al encuentro de tal inquietud y temor diciendo: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Y al mismo tiempo les da seguridad:

“Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

Les da la paz cuando son ya inminentes los acontecimientos que les iban a sacudir hondamente.

Les da esa paz que el “mundo no puede dar”, precisamente gracias al hecho de que Él se va al Padre. Esta marcha es el comienzo de la nueva venida del Espíritu Santo:

“Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14,28).

Esta separación marca el comienzo de la venida permanente de Cristo en el Espíritu Santo.

A quien sigue sus enseñanzas viene el Padre junto con el Hijo y ambos establecen su morada en ellos.

Y el Espíritu Santo, custodiando esta enseñanza en la inteligencia y en el corazón de los discípulos, hace que Cristo esté siempre con su Iglesia. Y el Padre está siempre con ella por medio de Cristo.

Precisamente en esto reside la fuente de la paz de la Iglesia aun en las experiencias, sobresaltos y persecuciones más fuertes. A veces el corazón humano se altera y teme, pero la Iglesia se mantiene en la paz divina que le dio Cristo a la hora de partir.

Y todos los días en la Santa Misa, la Iglesia recuerda esta paz. Pide esta paz para sí y para los hombres.

Esta paz es también un gustar anticipado de la paz perfecta y felicidad de la Ciudad Santa de que se habla en la segunda lectura. Dicha Ciudad Santa, la Jerusalén que desciende de Dios, contiene en sí la plenitud de la gloria divina. Es asimismo el destino eterno del hombre y la realización cumplida de la Iglesia terrena.

Oremos ardientemente con las palabras del Salmista: “El Señor tenga piedad y nos bendiga,/ ilumine su rostro sobre nosotros;/ conozca la tierra tus caminos,/ todos los pueblos tu salvación” (Sal 66(67)).

DP-137 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

No hay amor sincero a Dios allí donde no se cumplen sus mandamientos. Esta es también la condición para que el Espíritu del Señor more en nosotros: "El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él". Estamos invitados a vivir inmersos en la claridad de la gloria de Dios un día, y ya ahora sostenidos por la fuerza de su presencia dentro de nosotros.

"Dios nos ha dado, enseña S. Cirilo de Jerusalén, un gran protector... Él no se cansa de buscar a cuantos son dignos de Él, y derrama sobre ellos sus dones". El Espíritu Santo que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo "será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho", dice el Señor. El nos hablará  silenciosa y respetuosamente al corazón despertando nuestra conciencia adormecida, clarificando la inteligencia y robusteciendo la voluntad para transitar por la senda auténtica, la que conduce a la paz verdadera, no "la del mundo", la mundana, sanchopancesca y perecedera.

Si fuéramos más sensibles a esta callada y amorosa presencia del Espíritu Santo en nosotros, nos sentiríamos más seguros y fuertes, más generosos, más pacientes y serviciales, más alegres, más libres, porque "donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Co 3,17). "¿Por qué sentirnos solos, si el Espíritu Santo nos acompaña? ¿Porqué sentirnos inseguros o angustiados, si el Paráclito está pendiente de nosotros y de nuestras cosas?" (F. F. Carvajal).

Quien se sabe protegido por esta misteriosa Presencia irá poco a poco beneficiándose de sus frutos: "caridad, alegría, paz, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gal 5,22-23). ¡No estamos solos! "Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12,13). Entramos así en comunión con la Iglesia de todos los tiempos y lugares, beneficiándonos de los méritos ganados por tantos hermanos nuestros y sintiéndonos obligados, como miembros de un misma familia.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«El Espíritu Santo os irá recordando lo que os he dicho»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hch 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables
Sal 66,2-3.5.6 y 8: ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben 
Ap 21, 10-14.22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo
Jn 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

II. LA FE DE LA IGLESIA

«El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama mdice el Señor guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23)» (260).
«Jesús promete la venida del Espíritu Santo... El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús... El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre... nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo» (729).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«... Sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo se logra por el Espíritu Santo (San Ireneo)» (683).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

Tres consignas en este Domingo para el tiempo de la Iglesia: 
El cumplimiento de la Palabra y la inhabitación de la Trinidad: El Padre amó al mundo en la encarnación del Hijo y lo sigue amando al habitar con el Hijo y el Espíritu en la Iglesia y en los fieles.
El Don del Espíritu: para comprender y penetrar en el Evangelio. El Espíritu es «el maestro interior». «Entra hasta el fondo del alma/... Mira el vacío del hombre/ Si tú le faltas por dentro».
La paz en la ausencia visible del Resucitado: la «paz» evangélica es más que sosiego; refleja, además, plenitud y felicidad («bienaventuranza»).

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:

La acción trinitaria en el hombre: 257-260; 265; 1996-1999; 2003-2005.
«El Espíritu Santo intérprete de la Escritura»: 1093-1095; 1099-1103.
La paz (felicidad) del corazón, don divino: 1720-1724; 2302-2306.

La respuesta:

La bendición, la adoración y la alabanza a la Stma. Trinidad: 2626-2628; 2639.
La comprensión de la Palabra, «según el Espíritu»: 111-117; 128-130; 134; 137 y 140.

C. Otras sugerencias

Necesitamos más del gozo pascual que de la abnegación cuaresmal, aun cuando ésta sea imprescindible para aquélla.
El Tiempo de Pascua es el Tiempo de la consolación de Dios, si el fiel bebe reposadamente en la espiritualidad de la Iglesia.

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