Homilía

21 de junio, Domingo 12º del Tiempo ordinario
28 de junio, domingo 13º del Tiempo ordinario
29 de junio, Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles
05 de julio, domingo 14º del Tiempo ordinario
12 de julio, domingo 15º del Tiempo ordinario
19 de julio, domingo 16º del Tiempo ordinario
26 de julio, domingo 17º del Tiempo ordinario
02 de agosto, domingo 18º del Tiempo ordinario

Domingo XII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: Basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Job 38,1.8-11) "El Señor habló a Job desde la tormenta"

(2 Cor 5,14-17) "Cristo murió por todos"

(Mc 4,35-40) ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo III

---Valor de las dificultades

---Poder de Dios

---Confiar en Dios

---Valor de las dificultades

Cristo se reposó en la popa reposando la cabeza sobre un cabezal. ¡Cómo contemplaría los ángeles del Cielo a su Rey y Señor apoyado en la dura madera, restaurando sus fuerzas! ¡El que gobierna el Universo está rendido de fatiga!

Mientras tanto sus discípulos, hombres de mar muchos de ellos, presienten la borrasca. Y la tempestad se precipitó muy pronto, con un ímpetu formidable: las olas se echaban encima de manera que se inundaba la barca. Hicieron frente al peligro pero el mar se embravecía más y más y el naufragio parecía inminente. Entonces, como definitivo recurso, acuden a Jesús. Le despertaron con un grito de angustia: ¡Maestro, que perecemos!

No fue suficiente la pericia de aquellos hombres habituados al mar, y tuvo que intervenir el Señor. Y levantándose increpó a los vientos y dijo al mar: ¡calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza. La paz llegó también a los corazones de aquellos hombres asustados.

Algunas veces se levanta la tempestad a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y nuestra pobre barca parece que ya no aguanta más. En ocasiones puede darnos la impresión de que Dios guarda silencio; y las olas se nos echan encima: debilidades personales, dificultades profesionales o económicas que nos superan, enfermedad, problemas de los hijos o de los padres, calumnias, ambiente adverso, infamias...; pero "Si tienes presencia de Dios, por encima de la tempestad que ensordece, en tu mirada brillará siempre el sol; y, por debajo del oleaje tumultuoso y devastador, reinarán en tu alma la calma y la serenidad" (Forja 343).

Nunca nos dejará solos el Señor; debemos acercarnos a Él, poner los medios que se precisen... y, en todo momento, decirle a Jesús, con la confianza de quien le ha tomado por Maestro, de quien quiere seguirle sin condición alguna: ¡Señor no me dejes! Y pasaremos junto a Él las tribulaciones, que dejarán entonces de ser amargas, y no nos inquietarán las tempestades.

---Poder de Dios

Jesús se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate! Este milagro quedó para siempre en el alma de los Apóstoles; sirvió para confirmar su fe y para preparar su ánimo en vista e las batallas, más duras y difíciles que les aguardaban. Años más tarde aquel recuerdo debió devolver muchas veces la serenidad a estos hombres cuando se enfrentaron a todas las pruebas que el Señor les iba anunciando.

En otra ocasión camino de Jerusalén, les había dicho que se iba a cumplir lo que habían vaticinado los profetas acerca del Hijo del Hombre; les dijo: "Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará" (Lc 18,31-33).

Y a la vez les advierte que también ellos conocerán momentos duros de persecución y de calumnia, porque "No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo" (Mt 10,24).

Jesús quiere persuadir a aquellos primeros y también a nosotros de que de entre Él y su doctrina y el mundo como reino del pecado no hay posibilidad de entendimiento; les recuerda que no deben extrañarse de ser tratados así: si el mundo os aborrece, sabed que antes que a vosotros me aborreció a mí. Y por eso explica San Gregorio: "La hostilidad de los perversos demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto resultamos molestos a quienes no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo". Por consiguiente, si somos fieles habrá vientos y oleaje y tempestad, pero Jesús podrá volver a decir al lago embravecido: ¡Silencio, cállate!

---Confiar en Dios

En los comienzos de la Iglesia, los Apóstoles experimentaron pronto, junto a frutos muy abundantes, las amenazas, las injurias, la persecución. Pero no les importó el ambiente, a favor o en contra, sino que Cristo fuera conocido por todos, que los frutos de la redención llegaran hasta el último rincón de la tierra. La predicación de la doctrina del Señor, que humanamente hablando era escándalo para unos y locura para otros, fue capaz de penetrar en todos los ambientes, transformando las almas y las costumbres.

Han cambiado desde entonces muchas circunstancias, pero otras siguen siendo las mismas, y aun peores: el materialismo, el afán desmedido de comodidad y de bienestar, de sensualidad, la ignorancia, vuelven a ser viento furioso y fuerte marejada en muchos ambientes. A esto se ha de unir el ceder a la tentación de adaptar la doctrina de Cristo a los tiempos, con graves deformaciones de la esencia del Evangelio. Es probable que haya parientes cercanos que no nos entiendan.

Con la serenidad y la fortaleza que nacen del trato íntimo con Dios seremos roca firme para muchos.

"Las tres concupiscencias (cfr. 1 Jn 2,16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas" (San Josemaría. Escrivá de Balaguer, Carta II-74, n.10). Y vemos sin pesimismos ni apocamientos, que (...) estas fuerzas han alcanzado un desarrollo sin precedentes y una agresividad monstruosa, hasta el punto de que "toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales" (Ib). Ante esta situación no es lícito quedarse inmóviles. Nos apremia el amor de Cristo..., nos dice San Pablo en la segunda lectura de la Misa.

"Caminad (...) in nomine Domini, con alegría y seguridad en el nombre del Señor. ¡Sin pesimismos! Si surgen dificultades, más abundante llega la gracia de Dios; si aparecen más dificultades, del Cielo baja más gracia de Dios; si hay muchas dificultades, hay mucha gracia de Dios. La ayuda divina es proporcionada a los obstáculos que el mundo y el demonio pongan en la labor apostólica. Por eso, incluso me atrevería a afirmar que conviene que haya dificultades, porque de este modo tendremos más ayuda de Dios: donde abunda el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,20)". (A. del Portillo. Carta 31-V-1987, n 22).

Aprovechemos la ocasión para purificar la intención, para estar más pendientes del Maestro, para fortalecernos en la fe. Nuestra actitud ha de ser la de perdonar siempre y permanecer serenos, pues está el Señor con cada uno de nosotros. "Cristiano en tu nave duerme Cristo -nos recuerda San Agustín-, despiértale, que Él increpará a la tempestad y se hará calma". Todo es para nuestro provecho y para el bien de las almas. La inquietud, el temor y la cobardía nacen cuando se debilita nuestra oración.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Tanto en la vida de la Iglesia como en la nuestra se desencadena en ocasiones una tormenta que amenaza con hundirla como a la barca de Pedro en el lago. Cuando, como a Job, nos visita el dolor, la desgracia; cuando la muerte nos arrebata a un ser querido; cuando sentimos la mordedura de la injusticia, la traición de colaboradores y amigos; cuando la Iglesia y su misión redentora del mundo es azotada por el mar enfurecido de las críticas y las burlas y parece que Dios duerme ajeno al peligro, brota esta queja: "¿Señor, no te importa que nos hundamos?"

Hay toda una literatura que resume las voces de quienes, si no rechazan a Dios, sí a ese mundo creado por Él y atravesado por tantos sufrimientos. El uso equivocado del don divino de la libertad humana, que es la causa de tantos dramas, se convierte en argumento para inculparle. Es inútil dirigirse a Dios -dicen- porque Dios calla o duerme y no se entera de lo que ocurre aquí en la Tierra; peor aún: o no quiere o no puede hacer nada contra el mal. El ateísmo o la falta de criterio cristiano se encrespan de modo blasfemo e histérico diciendo: exista o no Dios, más le valiera no existir así no tendría que avergonzarse de su incapacidad o imposibilidad ante nuestros problemas.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos pide que no tengamos miedo y no perdamos la fe y la esperanza. "Al finalizar este segundo milenio, afirma Juan Pablo II, tenemos quizá más que nunca necesidad de estas palabras de Cristo resucitado: ‘¡No tengáis miedo!’... Tienen necesidad de esas palabras los pueblos y las naciones del mundo entero. Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza la certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa; Alguien que tiene las llaves de la muerte y de los infiernos (cf Ap 1,18); Alguien que es el Alfa y el Omega de la historia del hombre (cf Ap 22,13), sea la individual como la colectiva. Y ese Alguien es Amor... ‘¡No tengáis miedo!’.

Jesús dormido en la barca de Pedro es un signo de la Pasión de Cristo en la que la Iglesia y quienes pertenecemos a ella debemos participar en alguna medida porque el discípulo no es mayor que su maestro (cf Jn 15,20). Pero su despertar calmando con una sencilla orden la galerna que ponía en peligro de muerte a los suyos verifica el señorío de su Resurrección. El paso de la tempestad a la calma, es como una pascua singular, el paso de la tribulación al gozo de su Iglesia que navega entre las tormentas de esta vida.

¡Firmes en la fe! Dios nos quiere serenos y esperanzados en las dificultades, en el dolor, en el trabajo, en las decisiones que debemos tomar cada día, en el esfuerzo por ser mejores, en la vida y en la muerte, persuadidos de que Él está en la barca de la Iglesia con nosotros. Entonces, si le llamamos como los discípulos, al miedo o la inquietud ante el peligro sucederá un religioso asombro: ¿quién es este que domina las fuerzas desencadenadas del mal?

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Homilía III: Basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

En el libro de Job, se van desmontando uno a uno los argumentos con los que los amigos de Job le habían atormentado. Los considera como personas que no saben lo que dicen, ya que han pretendido entrar en un círculo que es exclusivo de Dios.

La mención de la barca en medio de la tempestad es una clara alusión a la Iglesia y los avatares que habría de sufrir en la historia. Pero, sobre todo, había que subrayar la permanente presencia de Jesús en su favor.

San Mateo emplea el mismo término usado entre los profetas como turbación o desasosiego en el seno de Israel para describir la tempestad. Puede aplicarse a la Iglesia mediante el símil de la barca sacudida por las olas.

De vez en cuando llegan a nuestros oídos expresiones pesimistas y casi apocalípticas, en relación con la Iglesia y hasta hay amenazas de desmoronamiento por los pecados de los que la formamos. Es verdad que somos pecadores, que damos una imagen distorsionada o deforme de la Iglesia. Pero el mantenimiento en pie de la Iglesia no depende sólo de nosotros. Probablemente habría que interpelar a los pronosticadores de calamidades con la pregunta de Jesús: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?"

El Reino, objeto de los ataques de los poderes del mal:
"El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado  «con gran poder y gloria» (Lc 21,27) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido, y  «mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios» (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican:  «Ven, Señor Jesús»" (671).

Los cristianos y la venida del Reino:
"Mediante un vivir según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios,  «Reino de justicia, de verdad y de paz» (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Sin embargo, no abandonan sus tareas terrenas; fieles al Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor" (2046; cf. 2610).

"Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos:  «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?» (Ap 6,10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!" (Tertuliano, or. 5) (2817).

Temer por la Iglesia es no fiarse de la fuerza del Espíritu que Jesús nos dio; temer por nosotros mismos es fiarse sólo de la gracia.

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Solemnidad de San Pedro y San Pablo. (29-VI)

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Hch 12,1-11) "El Señor ha enviado a su ángel"
(2 Tm 4,6-8.17-18) "He mantenido la fe"
(Mt 16,13-19) "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Misa de imposición del palio a 28 arzobispos metropolitanos (29-VI- 1997)

--- La Iglesia, comunidad de los que proclaman la única fe apostólica
--- San Pedro y San Pablo, testigos de Cristo y mártires
--- La fe supera las pruebas y dificultades

---La Iglesia, comunidad de los que proclaman la única fe apostólica

“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt16 18).

La liturgia de la Palabra en esta solemnidad de san Pedro y san Pablo presenta dos elementos que aparentemente se contradicen, pero que en realidad se complementan recíprocamente. En efecto, por una parte, tenemos la extraordinaria vocación de los apóstoles Pedro y Pablo; y, por otra, las dificultades que tuvieron que afrontar en el cumplimiento de la misión que les confió el Señor.

En el pasaje evangélico, Jesús dirige a Simón Pedro, en las cercanías de Cesarea de Filipo, estas palabras: “Te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desata do en el cielo” (Mt 16,19). Cristo anuncia de esta manera la institución de la Iglesia, fundándola en el ministerio de Pedro, que para ella reviste, en consecuencia, un significado esencial y permanente.

Cuando Jesús preguntó: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”, los Apóstoles le refirieron varias opiniones que circulaban entre los judíos. Pero cuando les preguntó directamente: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16,15), Pedro respondió, en nombre de los Doce: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Pedro hizo su profesión de fe en Cristo y esa fe constituye el sólido fundamento del pueblo de la nueva alianza. La Iglesia no es, ante todo, una estructura social; es la comunidad de los que comparten la misma fe de Pedro y de los Apóstoles; la comunidad de los que proclaman la única fe apostólica. Esta profesión común de fe representa la auténtica razón de ser de la Iglesia como institución visible: motiva y sostiene todos sus proyectos e iniciativas.

---San Pedro y San Pablo, testigos de Cristo y mártires

Hemos escuchado de nuevo estas palabras de Jesús en el día en que recordamos con veneración a los santos apóstoles Pedro y Pablo. Los santos Padres solían compararlos con dos columnas, sobre las que se apoya la construcción visible de la Iglesia. Siguiendo la antigua tradición, la liturgia los celebra juntos, recordando el mismo día su glorioso martirio: Pedro, cuya tumba se encuentra en esta colina Vaticana, y Pablo, cuyo sepulcro se venera en la vía Ostiense. Ambos sellaron con su sangre el testimonio que dieron de Cristo con la predicación y el ministerio eclesial.

La liturgia de hoy subraya muy bien este testimonio, y también permite vislumbrar la razón profunda por la cual convenía que la fe profesada por los dos Apóstoles con sus labios fuera coronada asimismo con la prueba suprema del martirio.

Esa razón se manifiesta en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de proclamar, así como en el salmo responsorial y en la lectura tomada de la carta a Timoteo, y la recuerda de modo sintético el estribillo del salmo responsorial: “jBendito el Señor, que libra a sus amigos!” (cf. Sal 33,5).

La primera lectura recuerda la liberación milagrosa de Pedro de la cárcel de Jerusalén, donde había sido encerrado por el rey Herodes. En la segunda lectura, san Pablo, casi resumiendo toda su actividad apostólica y misionera, afirma: “El Señor me libró de la boca del león” (2 Tm 4,17). Esos testimonios muestran en cierto sentido, el camino común que recorrieron los dos Apóstoles. Ambos fueron enviados por Cristo a anunciar el Evangelio en un ambiente hostil a la obra de la salvación. Pedro experimentó esta resistencia ya en Jerusalén, donde Herodes, para granjearse el favor de los judíos, lo encarceló con la intención de “ejecutarlo en público” (Hch, 12,4). Pero fue librado milagrosamente de las manos de Herodes, y así pudo llevar a término su misión evangelizadora, primero en Jerusalén y luego en Roma, poniendo todas sus energías al servicio de la Iglesia que nacía.

También san Pablo, enviado por el Resucitado a muchas ciudades y poblaciones paganas, pertenecientes al Imperio romano, encontró fuertes resistencias tanto por parte de sus compatriotas como de las autoridades civiles. Sus cartas son un testimonio espléndido de esas dificultades y del gran combate que tuvo que librar por la causa del Evangelio.

Al final de su misión, pudo escribir: “Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He librado bien mi combate he corrido hasta la meta, he mantenido la fe” (2 Tm, 4,6-7).

San Pedro y san Pablo, cada uno con su historia personal y eclesial, testimonian que, aun en medio de durísimas pruebas, el Señor no los abandonó nunca. Estuvo con Pedro para librarlo de las manos de sus enemigos en Jerusalén, estuvo con Pablo en sus continuos esfuerzos apostólicos, para darle la fuerza de su gracia, a fin de convertirlo en intrépido heraldo del Evangelio para bien de los gentiles (cf. 2 Tm, 4,17).

La Iglesia está llamada a profundizar su vínculo con el testimonio de los apóstoles Pedro y Pablo. Al celebrar esta solemnidad litúrgica, las comunidades cristianas de todo el mundo fortalecen entre sí los vínculos de unidad fundados en la profesión de la misma fe en Cristo y en la caridad fraterna. Signo elocuente de esa comunión eclesial es el rito de la imposición del sagrado palio por parte del Sucesor de Pedro a los nuevos arzobispos metropolitanos procedentes de diversas naciones.

---La fe supera las pruebas y dificultades

El testimonio de fe y el arduo combate que tuvieron que librar los apóstoles Pedro y Pablo a causa del Evangelio, si los consideramos sólo desde una perspectiva humana, terminaron con una derrota. También en esto siguieron fielmente el modelo de Cristo. En efecto, siempre hablando humanamente, la misión de Cristo, condenado a muerte y crucificado, terminó con una derrota.

Sin embargo, ambos Apóstoles, teniendo su mirada fija en el misterio pascual, no dudaron de que precisamente esa aparente derrota a los ojos del mundo, constituía en realidad el inicio de la realización del plan de Dios. Era la victoria sobre las fuerzas del mal que obtuvo primero Cristo y, luego, sus discípulos, mediante la fe. La comunidad entera de los creyentes se basa en el firme cimiento de la fe apostólica y da gracias a Cristo por la sólida roca, sobre la que están construidas tanto su vida como su misión.

El Señor, que hoy nos alegra con el glorioso recuerdo de los apóstoles Pedro y Pablo, nos conceda escuchar con corazón dócil, conservar con devoción y transmitir con fidelidad su enseñanza, para que el anuncio evangélico llegue a todos los confines de la tierra. Amén.

DP106-1997

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Pedro y Pablo, dos hombres llamados por Dios en circunstancias vitales diversas pero unidos por un temperamento parecido, una misma fe y un desenlace terreno también común. Parece que aquellos que se han propuesto confesar su fe en Jesucristo y difundirla deben ir familiarizándose con la idea de que no van a recibir la aprobación de todo el mundo, que encontrarán dificultades y rechazos y, algunos, como estos dos apóstoles, el martirio.

Pero, ¿de dónde le viene a Pedro esa convicción tan arraigada a la palabra de Jesucristo y esa firmeza hasta el martirio en otro tiempo desarticulada por unos sirvientes de casa grande? ¿Qué fue lo que originó que Pablo, el enemigo más enconado de la Iglesia naciente, una verdadera pesadilla para los primeros cristianos, se convirtiera en uno de los más ardientes propagadores de la fe cristiana? Pedro y Pablo fueron regalados con una gracia de lo alto, la fe, que transformó radicalmente sus vidas. La fe es un don de Dios que hay que pedir. Ella se obtiene cuando, a la oración humilde y confiada, se unen unas ansias sinceras de conocer a Dios. El Evangelio de la Misa de hoy lo recuerda con estas palabras: “¡Dichoso tu, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo!”

Si la fe del centurión, de la cananea, y de tantos que se encontraron con Jesucristo en su tiempo provocó la admiración del Señor, la confesión de Pedro, que demuestra que ha detectado la grandeza divina que Jesucristo vela con su Humanidad, provocó un verdadero torrente de elogios y promesas. Pero, ¿y yo?, preguntémonos hoy por esa fe en la que se apoya el Señor para fundar y extender su Iglesia. ¿Sé yo descubrir el valor, la grandeza, la verdad que esconde todo aquello que el Señor me ha revelado? ¿Oigo sus palabras sin que mi vida se transforme?

En la solemnidad que hoy celebramos, Jesús nos formula la misma pregunta que hizo a los suyos: “Y tú, ¿quién dices que soy yo? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (cf 16,21-24). Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecido por el inmenso coro de las respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares” (Juan Pablo II).

La Iglesia y el Papado no son una invención humana sino algo querido por Dios. El hecho de que Cristo llame piedra de escándalo a quien minutos antes ha llamado roca, nos debe hacer comprender que no son los hombres los que sostienen la Iglesia sino el Señor a través de esos hombres, y, a veces, a pesar de ellos. La afirmación de Jesús: Yo edificaré mi Iglesia, ¡Yo, el Señor! subrayan esta verdad. ¡Fe, pues, a las enseñanzas del Romano Pontífice! Quien por miedo a la posibilidad que los hombres tienen de errar retirara a Pedro y sus sucesores el poder conferido por Cristo, “no anuncia a un Dios más grande, sino más bien lo empequeñece, pues Él manifiesta el poder de su amor justamente en la paradoja de la impotencia humana, permaneciendo así fiel a ley de la ón” (J. Ratzinger).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Herodes, que sabía que Pedro se había evadido ya antes de la cárcel (cf. 5,19), manda poner una guardia extraordinariamente severa. Alguien ha dicho que por vez primera en la historia, la Iglesia oraba "pro pontifice".

San Pablo, previendo un resultado adverso en la sentencia que sobre él habría de pronunciarse, se muestra más cercano a la muerte que en la primera ocasión de cárcel. Incluso en medio del proceso confiesa: "Me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje". Y al final la condena no se produjo aún.

Jesucristo entrega a Pedro "las llaves" y se le nombra "jefe de la Iglesia". La misión se amplía y especifica más aún con "lo que ates... lo que desates". Además se le llama "roca" en razón de la fe que acaba de mostrar confesando a Jesús como Hijo del Dios vivo.

Una cosa es que alguien no acepte un mensaje y otra muy distinta que niegue a quien habla el derecho a hacerlo. Hay quien no acepta que el Papa pueda decir lo que como Pastor universal le compete. Algo está quedando muy claro en este pontificado: que la causa del Papa es el hombre, todos los hombres. Porque el hombre es la causa de Jesucristo; por eso, no habla sólo para los católicos.

"La única Iglesia de Cristo..., Nuestro Salvador, después de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran Pedro y los obispos en comunión con él (LG 8)" (816; cf. 834).

"Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al pueblo de Dios (UR 3)" (816).

"El romano pontífice y los obispos como  «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar" (2034; cf. 2036-2040).

"El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Ésta se extiende a todo el depósito de la revelación divina; se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser guardadas, expuestas u observadas" (2035; cf. 2036-2040).

"Entre los apóstoles, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia. Por ello, en cuanto él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras:  «Te daré las llaves del Reino de los cielos». Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo:  «Yo te entrego», tratándose de algo que ha sido entregado a todos" (San Agustín, Serm 295, 1-2..4).

Buscar la unidad de la Iglesia es hacerlo por los mismos y únicos caminos que Cristo determinó.

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Domingo XIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Sab 1,13-15;2,23-24) "Dios creó al hombre para la inmortalidad"
(2 Cor 8,7.9.13-15) "Al que recogía mucho no le sobraba"
(Mc 5,21-43) "Hija, tu fe te ha curado"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía durante la Misa en la “Residenzplatz” de Salzburgo (Austria) (26-VI-1988)

---Creados para la incorruptibilidad

---Plenitud de vida en Cristo

---Sin miedo a la vida

---Creados para la incorruptibilidad

“Dios creó al hombre para la incorruptibilidad” (Sab 2,23). Esta gozosa confesión de fe del libro de la Sabiduría campea como un grito de esperanza en la solemne liturgia de este domingo. Es la respuesta a las perennes preguntas fundamentales del hombre, que vuelve a plantearse hoy con especial intensidad. El Concilio Vaticano II las formuló de este modo: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que continúan presentes en nuestra vida a pesar de todo el progreso? ¿Para qué esas victorias conseguidas a tan alto precio? ¿Qué viene después de esta vida terrena? (Gaudium et Spes, 10).

Sí, el anhelo de una vida indestructible, vivo en cada uno de nosotros, halla su realización plena en la obra redentora de Jesucristo. En el Evangelio de la Misa festiva de hoy lo encontramos en una circunstancia conmovedora. Un hombre llamado Jairo, jefe de sinagoga, se postra a sus pies y le suplica ayuda: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva” (Mc 5,23).

En esta súplica se escucha el anhelo profundo de todo padre y de toda madre... Pero también se expresa en ella la fe fuerte del judío Jairo, que confía en que Jesús, el mensajero de Dios, salve a su hija de la muerte y le devuelva su vida y su salud. Cuando le llega la noticia de que la muchacha había muerto ya, Jesús se conforma con recordar a Jairo esa fe: “No temas; solamente ten fe” (V.36). Luego el Señor, con potestad divina vivificadora, dice a la hija muerta: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. Y el evangelista añade: “La muchacha se levantó al instante y se puso a andar” (V.42).

Podemos imaginar que el jefe de la sinagoga dio gracias de todo corazón al Dios omnipotente por ese don inaudito; y tal vez lo hizo con las palabras del Salmo responsorial de hoy: “Señor, socórreme./ Cambiaste mi luto en danza./ Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Sal 30/29,11-13).

En este acontecimiento de vida y muerte reconocemos cómo el Señor confirma en su persona las palabras del libro de la Sabiduría: “No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Él todo lo creó para que subsistiera. Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, lo hizo imagen de su misma naturaleza” (Sab 1,13 s; 2,23).

---Plenitud de vida en Cristo

Para testimoniar esa verdad, devolvió Jesús la vida a aquella muchacha difunta. Sí, Él esta dispuesto a ser condenado por la increencia de los hombres a una muerte ignominiosa y a morir en la cruz para manifestar luego en su resurrección el poder de la vida, que es Él mismo. Como se dice hoy en la segunda lectura de la carta a los Corintios, el Señor se hizo “pobre” hasta el desprendimiento completo de la cruz. Se hizo pobre para hacernos ricos a nosotros, ricos de vida eterna. Cristo ha sembrado la respuesta de la vida, su propia vida divina, en la historia del hombre, que tiene que morir como exige la ley de la muerte. Su resurrección a una vida nueva y definitiva sigue presente y actuando desde entonces en el devenir del mundo; se ha convertido para siempre en fuente inagotable de esperanza. Cuanto hay de caduco y moribundo, comienza a revivir en la proximidad de Jesús, contagiado por su poderoso amor a la vida. El pobre y el ciego, el poseído y el leproso, todos ellos vuelven a ponerse en camino llenos de confianza, porque experimentan la fuerza vivificadora que sale del Señor. Quien piensa que ya no tiene salida es asumido por Cristo, que lo devuelve a la vida con su palabra salvadora. Su promesa se aplica a todos nosotros: “Yo vivo, y también vosotros viviréis” (cf. Jn 14,19).

Esta frase del Señor se refiere a la vida en su forma suprema: la participación en la vida de Dios, que, como verdad y amor creador, es el único que es vida en sentido ilimitado. Cuando Cristo dice : “Yo vivo y también vosotros viviréis” esto constituye un reto y una promesa al mismo tiempo. Esa frase quiere decir: seréis como Dios, semejantes a Dios. En esta ocasión, tales palabras no proceden de la boca del tentador, sino del Hijo. Mediante ellas no se priva a la vida humana de ninguno de sus valores. Se presupone todo aquello que constituye la vida humana en su afán y en su belleza: poder pensar y entender; sentir alegría y dolor, amor y tristeza; asumir tareas y poder desempeñarlas; distinguir el bien y el mal. Y además, poder mirar más allá de nosotros, mirar a los demás la vida solo es total y plena si dejamos que Dios entre en contacto con nosotros por la fe y recibimos de Él la gracia del amor, que alcanza hasta la eternidad y hace que seamos ya “reino de Dios”.

---Sin miedo a la vida

La mayoría de nosotros es dolorosamente consciente de las muchas amenazas que pesan hoy sobre la vida. Y por eso se distingue el hombre que se da cuenta de tales amenazas y se opone a ellas.

Nosotros los cristianos, estamos llamados a afrontar este temor a la vida que se halla tan extendido y a ponerle diques de contención, proclamando y testimoniando el sí de Dios a la vida. Me refiero al miedo de hacerse viejo y disminuir en el ritmo de trabajo; al miedo ante las peligrosas posibilidades del hombre para la violencia y la destrucción; al miedo ante la muerte y la nada. Esos miedos están esperando ser compensados o incluso sanados por los valores positivos y esperanzadores de nuestra fe.

En Cristo encontramos la imagen de Dios, de acuerdo con la cual fuimos creados y que debe orientar cada vez más perfectamente nuestra vida terrena.

DP-84 1988 

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Como Jairo ante su hija gravemente enferma, muchos ven que nuestro mundo familiar, laboral, social, está también enfermo. El tejido social ha sido invadido por el cáncer del utilitarismo. Ya no hay principios. La falta de escrúpulos en los negocios, la corrupción política, jurídica, policial...; la mentira, la vulgaridad se adueñan de la situación.

¿Qué hacer para que el avance del mal no produzca una metástasis mortal? Acudir, como Jairo, a Cristo. “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva”. En el camino hacia la casa de la enferma llegaron con esta noticia: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?”.

¿No tenemos a veces la impresión de que hay obstáculos que no podremos superar nunca? Hay momentos en que parece que todo se derrumba. ¡Es inútil! ¡Esto no tiene arreglo. Con este marido, con esta mujer, con estos hijos, en este ambiente..., no hay nada que hacer; para qué molestarse! “Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo a Jairo: “No temas; basta que tengas fe”. Es la condición que pone el Señor para la solución de muchos de nuestros problemas. No perder la confianza en Dios.

Ya en casa de Jairo, encontró el Señor un gran alboroto y los lloros de los que llenaban la casa, y les dijo: “la niña no está muerta, está dormida”.A los ojos de Dios las cosas no son como las vemos desde nuestra postración espiritual, con una mirada exclusivamente humana y, menos aún, catastrofista. ¡No todo está podrido, ni carente de solución en nuestro mundo!

Dice el evangelista que “se reían de él”. No es fácil en las horas bajas de la vida evitar una mueca burlona y escéptica: ¡Hombre, no me hagas reír! ¡Esto no tiene solución! ¿Quién no ha mirado con ironía o con lástima a quien ofrece una visión optimista ante una catástrofe? Se reían de Él. Pero Jesús, tomando de la mano a la niña, la levantó y se llenaron de asombro. ¡Fe en Dios y en la Iglesia, y pondremos de pie muchas cosas que han sido abatidas!

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

El autor de Sabiduría habla aquí de la muerte espiritual, de la separación definitiva de Dios, y también de la existencia sin fin junto a Dios; es decir, de la inmortalidad bienaventurada.

El acercamiento de la mujer enferma a Jesús, no tiene una motivación mágica aunque lo parezca. El evangelista descubre enseguida la verdad de su actitud: la "fuerza" que había en Él era algo escondido para el no creyente. La mujer no se ve salvada por haber tocado, sino por la fe. Y en el segundo caso, frente a la creencia generalizada de que Jesús no lo puede todo ("Tu hija ya se ha muerto"), Jesús destaca la fidelidad de Jairo: "Basta que tengas fe".

Hoy se produce un fenómeno paradójico: nunca la sociedad ha alcanzado límites de secularismo como en nuestros días; y pocas veces ha llegado a extremos el uso de toda clase de elementos mágicos como ahora. El ocultismo y las "ciencias" adivinatorias ocupan hoy mucho espacio en los medios de comunicación. Y no digamos de las publicaciones de "Oraciones al Espíritu Santo", a san Judas Tadeo, etc. Mientras lo mágico no se confunda con la fe, allá cada cual. La fe nunca ha de ser un elemento de manipulación.

"La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros" (166; cf. 150-152).

"Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en ponerse con confianza en las manos de la Providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto. La imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad" (2115).

"Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar las potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo _aunque sea para procurar la salud_, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro o recurren a la intervención de los demonios" (2117).

"Cuando los apóstoles decían al Señor que la turba le apretujaba, Él contestó:  «Alguien me ha tocado» . Unos aprietan y la otra le toca. Muchos aprietan desagradablemente el cuerpo del Señor y pocos le tocan saludablemente. ¿Quién me ha tocado? Como si dijera el Señor: Busco a los que me tocan, no a los que me aprietan. Ahora ocurre lo mismo, porque el Cuerpo de Cristo es su Iglesia, y, mientras la toca la fe de unos pocos, la aprieta una turba inmensa... La carne empuja, la fe toca... Levantad, pues, los ojos de la fe y tocad la orla externa de su vestido, que eso basta para la salud" (San Agustín, serm 77).

El que cree nunca utiliza a Dios; el que no cree, tal vez lo intente; pero Dios nunca utiliza ni a uno ni a otro.

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Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Ez 2,2-5) "Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas"
(2 Cor 12,7b-10) "Te basta mi gracia"
(Mc 6,1-6) "Y se extrañó de su falta de fe"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el Ángelus (4-VII-1982).

• En la vida corriente • Fortaleza • Colaborar con la gracia de Dios • La Virgen.

1. «A ti levanto mis ojos, oh Dios» (Sal 123 (122), 1).

La Iglesia pronuncia estas palabras en la liturgia del domingo de hoy. En ellas se expresa algo así como un ritmo interior de nuestra intimidad con Dios: levantamos los ojos a Dios con la oración. Lo hacemos interrumpiendo el trabajo tres veces al día a lo largo de la jornada y rezando el Angelus.

Y así hacemos muchas veces cuando (como dice el mismo Salmo en el v. 4) «estamos saciados de sufrimientos, incertidumbres y penas. Entonces buscamos el apoyo de Dios. Comenzamos a orar hasta sin palabras: elevamos los ojos a Dios, elevamos el alma y todo nuestro ser. Con la oración se expresa enteramente la modalidad cristiana de nuestra existencia.

2. En la liturgia de este domingo nos habla el Apóstol Pablo y sus palabras merecen una reflexi6n de parte nuestra. « Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mi la fuerza de Cristo... Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 9-10).

Así escribe de sí mismo un hombre que experimentó personalmente y de modo particular el poder de la gracia de Dios. Orando en medio de las dificultades de la vida, oyó estas palabras del Señor: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12, 9).

La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios.

Este es el ritmo auténtico de la vida interior del cristiano. El Señor nos habla a cada uno como habló al Apóstol: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad».

3. Cuando rezamos el Angelus, meditamos sobre el momento supremo de la colaboración con la gracia de Dios en la historia del hombre. Maria, al decir: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí segun tu palabra» (Lc 1, 38) y aceptar la maternidad del Verbo encarnado, une de modo particularísimo su debilidad humana con el poder de la gracia. Por ello, cuando manifiesta sus temores humanos, oye estas palabras: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).

4. Al rezar el Angelus admiramos la plenitud de la gracia y la plenitud de la colaboración con la gracia en la Virgen de Nazaret. AI recitar el Angelus, pidamos colaborar constantemente con la gracia de Dios.

Pidámoslo para nosotros mismos y para cada hombre sin excepción. “¿Qué aprovecha al hombre (a todo hombre) ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

La Liturgia de la Palabra de hoy nos recuerda los dos grandes obstáculos a superar al dar a conocer a Jesucristo: la incredulidad y la propia debilidad. “Te envío para que les digas: Esto dice el Señor... te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”, Y en la 2ª Lectura continúa S. Pablo su labor evangelizadora sobreponiéndose a su debilidad y apoyado en la gracia de Dios.

También el Señor al comienzo de su ministerio público encontró una gran resistencia para que aceptaran su mensaje. Los prejuicios pudieron más que la evidencia: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María...? Y desconfiaban de él”. También hoy se mira con desconfianza a Jesucristo, a su Iglesia y a sus enseñanzas. Esta reserva inicial que es una dura prueba para nuestra fe, no debe ni retraernos de seguir difundiéndola entre nuestros familiares y amigos ni acomodarla para hacerla más atractiva a una mentalidad permisiva.

“¿Cómo callar, dice Juan Pablo II, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia?”.

Debemos pedir al Señor que nos ayude a sobreponernos a la tentación del desaliento al detectar las resistencias o la débil respuesta que la verdad de Jesucristo encuentra tanto en nosotros mismos como en quienes nos rodean. La verdad tiene un enorme poder de convocatoria. Ella se abre paso por sí sola en la cabeza y el corazón de quienes la buscan sinceramente. Tomemos ejemplo del Señor en Nazaret donde sus paisanos le miran con desconfianza, como acabamos de oír en el Evangelio de la Misa de hoy, o en aquella entrevista con Pilato donde parece derrotado y frente a un mandatario escéptico: “Yo para esto he nacido y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37).

No nos dejemos impresionar por los obstáculos que encontremos en el camino. El futuro es de los que no se desaniman y continúan difundiendo entre sus iguales la doctrina salvadora de Cristo. Habrá dificultades, incomprensiones y hasta rechazos violentos, pero el éxito final está asegurado. “En el mundo tendréis tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Llamado a ser profeta en medio de un pueblo obstinado y rebelde, Ezequiel es denominado "hijo de hombre", destacando la debilidad humana, frente a la grandeza de Dios. Parece desprenderse de la expresión: "Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos", que hubiera alguna queja en el pueblo contra Dios.

Mientras Jesús va dándose a conocer, se suceden ocasiones de hostilidad. Al principio, en esta su tierra, hay "asombro" y "extrañeza"; luego, enemistad. Por eso el poder milagroso de Cristo parece quedar sin efecto ante la incredulidad de sus paisanos. Lo que san Marcos describe como "no pudo", san Mateo lo suaviza con un "no hizo"; pero por idéntico motivo.

No es fácil reconocer que alguien, cuyos orígenes y pasos sean conocidos, intente un día enseñarnos algo. Sobre todo si ha ascendido de categoría social. Nuestra ramplona visión se retrotrae en el tiempo. Y, dejando de ver lo que tenemos ante los ojos, preferimos recordar lo que tenemos en la memoria. A Jesús le dolió la falta de fe de la gente de su tierra. Pero también le dolería que le trataran despectivamente con los títulos más "humillantes" que encontraron. Y no por Él, sino por María y José.

"Cristo viene de la traducción griega del término hebreo  «Mesías» que quiere decir  «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey" (436; cf. 3783, 1241).

"Cuando Jesús confía abiertamente a sus discípulos el misterio de la oración al Padre, les desvela lo que deberá ser su oración, y la nuestra, cuando haya vuelto, con su humanidad glorificada, al lado del Padre. Lo que es nuevo ahora es  «pedir en su Nombre» (Jn 14,13). La fe en Él introduce a los discípulos en el conocimiento del Padre porque Jesús es  «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). La fe da su fruto en el amor: guardar su Palabra, sus mandamientos, permanecer con Él en el Padre que nos ama en Él hasta permanecer en nosotros. En esta nueva Alianza, la certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús" (2614).

"Cristo, que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a los discípulos. Cierto que apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para ejercer coacción sobre ellos. Cierto que reprobó la incredulidad de los que le oían, pero dejando a Dios el castigo para el día del Juicio. Al enviar a los Apóstoles al mundo, les dijo:  «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que que no creyere, se condenará» (Mc 16,16)" (DH 11).

No ser reconocido como profeta en su tierra no significó para Cristo dejar de serlo. No ser reconocida la Iglesia como la voz legítima de Cristo, no quiere decir que no lo sea.

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Domingo XV del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Am 7,12-15) "Ve y profetiza a mi pueblo Israel"
(Ef 1,3-14) "Él nos eligió en la persona de Cristo"
(Mc 6,7-13) "Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía al Movimiento “Comunión y Liberación” (15-VII-1979)

---Qué somos. Qué debemos hacer

---Apostolado

---Fidelidad

---Qué somos. Qué debemos hacer

San Pablo en la Carta a los Efesios dice: somos los elegidos por Dios en Jesucristo. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef 1,3-6).

Ésta es la respuesta que nos da hoy San Pablo a la pregunta “¿quien soy?”. Y la desarrolla en las restantes palabras del mismo texto de la Carta a los Efesios.

He aquí la ulterior etapa de esta respuesta: Somos redimidos; estamos colmados por la remisión de los pecados y llenos de gracia; estamos llamados a la unión con Cristo y, luego, a unificar todos en Cristo.

Y no es ése todavía el final de esta respuesta paulina: Estamos llamados a existir para gloria de la Majestad divina; participamos de la palabra de la verdad, en el Evangelio de la salvación; estamos marcados por el sello del Espíritu Santo; somos partícipes de la herencia, en espera de la completa redención, que nos hará propiedad de Dios.

Tal es la respuesta paulina a nuestra pregunta. Hay mucho que meditar en ella. El eco de las palabras de la Carta a los Efesios no puede quedarse en los límites de una lectura, no basta escuchar una sola vez. Deben permanecer en nosotros. Deben seguir con nosotros. Son palabras para toda una vida. A medida de eternidad.

El sacrificio en que participamos, la Santa Misa, nos da también cada vez la respuesta a esa pregunta fundamental: “¿quiénes somos?”.¿Qué debemos hacer? Quizá la respuesta a esta pregunta no surge, de la liturgia de la Palabra divina de hoy, con la misma fuerza de la referente a la pregunta “¿quiénes somos?”. Pero también es una respuesta fuerte y decisiva. Dios dice a Amós: “Ve a profetizar a mi pueblo, Israel” (Am 7,15).

---Apostolado

Cristo llama a los doce y comienza a enviarlos de dos en dos (cfr. Mc 6,7). Y les ordena que entren en todas las casas y de ese modo den testimonio. El Concilio Vaticano II ha recordado que todos los cristianos, no sólo los eclesiásticos, sino también los laicos, forman parte de la misión profética de Cristo. No hay duda alguna, por tanto, respecto a “qué es lo que debemos hacer”.

Sigue siendo siempre actual, la pregunta ¿cómo debemos hacerlo? El salmo responsorial de hoy nos asegura que “la misericordia y la verdad se encontrarán...”. “La verdad florecerá sobre la tierra”.Sí; la verdad debe florecer en cada uno de nosotros; en cada corazón.

---Fidelidad

Sed fieles a la verdad.

Fieles a vuestra vocación.

Sed fieles a Cristo que libera y une.

Como un rayo de luz de la liturgia de hoy: A fin de que el Señor Nuestro, Jesucristo, penetre en nuestros corazones con su propia luz y nos haga comprender cuál es la esperanza de nuestra vocación (cfr. Ef. 1,17-18).

Que se realice este deseo por intercesión de la Virgen, ante la cual hemos meditado la Palabra divina de la liturgia de hoy para poder continuar celebrando el sacrificio eucarístico.

DP-242 1979

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Ellos salieron a predicar la conversión”. El Espíritu Santo a través de nuestros pastores nos llama a una conversión constante, porque ¿quién puede asegurar honradamente que su conciencia no le acusa de nada o que no ha de vigilar para no deslizarse por la pendiente de la desconfianza en Dios y en los demás, de la pereza, la envidia, la sensualidad...; en una palabra: del egoísmo? Todos venimos de Adán, procedemos de la misma raíz contaminada y arrastramos sus debilidades.

“Es bueno -afirma Juan Pablo II- que la Iglesia dé este paso con la clara conciencia de lo que ha vivido en el curso de los últimos diez siglos. No puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y dificultades de hoy” (T. M. A., 33).

Pero, ¿es posible la conversión? ¿Puede ese corazón agobiado por el peso de tantas infidelidades y malos hábitos acumulados durante años recuperar la confianza y liberarse? Una pregunta parecida hizo con asombro un doctor de Israel a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” Pero Jesús contesta más asombrado todavía: “¿Tú eres maestro en Israel e ignoras estas cosas?” (Jn 3,4-10).

“Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. Sí, en el Sacramento de la Reconciliación, la gracia de Dios, como en un segundo Bautismo, purifica nuestras suciedades, estrenamos un traje nuevo y tenemos acceso al banquete de la Eucaristía, anticipo del que nos aguarda en el Reino, ahuyentado también ese complejo de culpa que graba la conciencia y lleva a concluir, con tristeza y desesperación, que es imposible vivir como Dios pide. La culpabilidad que se abre confiadamente al perdón de Dios, lejos de torturar el corazón al no cerrarse en sí mismo sino que mira a Dios, es testigo de su inmensa benevolencia cuyo resplandor disipa cualquier sombra de inquietud. Como aseguraba Sta Teresa de Lisieux: “Podría creerse que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Decid muy claramente que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza. Sé que toda esa muchedumbre de ofensas sería como una gota de agua arrojada a un brasero encendido”. No olvidemos que la paciencia y las ingeniosidades de Dios para que no nos desviemos del camino son infinitamente mayores que nuestras debilidades y malicias”.

A través del Sacramento de la Penitencia saneamos el alma, curándola de sus dudas, rebeldías y egoísmos. El hombre viejo y cansado siente otra vez la dicha de vivir, la alegría de los hijos de Dios. El escéptico y resentido recupera la capacidad de asombro. El creyente pasa del temor a la confianza y su fe antes indecisa y rutinaria le permite ahora ver con más claridad la absoluta novedad del Evangelio.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Amós certifica que su carisma viene de Dios. Sólo Yavé le ha llamado y sólo por haber sido llamado ejerce de profeta. Poco más tarde, Amasías tendrá la oportunidad de comprobar que lo que decía Amós, venía de Dios.

Cristo en el Evangelio señala más que recomendaciones prácticas para el camino las características de su Reino. Sobre todo que no descansaría nunca sobre poderes o fuerzas de este mundo, ni en el equipaje de los testigos, sino en la fuerza del Espíritu de Cristo porque en Él se hacen verdad aquellas palabras de Joel: "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas". Por la fuerza de este Espíritu todo bautizado se hace heraldo del Evangelio, profeta anunciador de la inmensa bondad de Dios.

Para quienes desde la mentalidad contemporánea, siempre dispuesta a preverlo y planificarlo todo, proyectan planes con todo rigor, el nacimiento de la Iglesia es sorprendente. Pero el futuro que Jesús preveía descansaba en su Espíritu. Es una invitación a descubrir que las obras de Dios desbordan cualquier previsión humana. Por eso, es arriesgado juzgar todo por los mismos criterios.

"Sanad a los enfermos":
"Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz. Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación:  «Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,12-13)" (1506; cf. 1507-1508).

La Iglesia se apoya en la elección de los Doce y Pedro como Cabeza:
"El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza; puesto que representan a las doce tribus de Israel, ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén. Los Doce y los otros discípulos participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia" (765).

"Los bautizados vienen a ser  «piedras vivas» para  «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son  «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9).  «El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles»" (1268).

"Sólo un corazón puro puede decir con seguridad:  «¡Venga a nosotros tu Reino!» Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir:  «Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal» (Rm 6,12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios:  «¡Venga tu Reino!»" (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst 5,13) (2819).

La grandeza del testigo no afecta al Reino de Dios; la grandeza del Reino de Dios hace grandes hasta a los más débiles.

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Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Jer 23,1-6) "El Señor es nuestra justicia"
(Ef 2,13-18) "Ahora estáis en Cristo Jesús"
(Mc 6,30-34) "Eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

• Confianza del cristiano  • Rezar por los pastores de la lglesia • Renovación espiritual • Oración por los que sufren.

            1.La figura del Buen Pastor ocupa el centro de la liturgia de este domingo. Es una figura particularmente simpática en el Evangelio; por ello, la lglesia habla frecuentemente de ella.

Hoy lo hace, recurriendo a la parábola evangélica, pero citando antes las palabras del Salmo:

“Es Yahvé mi pastor; nada me falta” (Sal 22 (23), 1).

En la liturgia renovada estas palabras las sentimos muy cercanas. Nos gusta cantarlas, comprendiendo bien el significado de la metáfora que aparece en las palabras del Salmo:

“Me hace recostar en verdes pastos / y me lleva a frescas aguas. / Recrea mi alma, / me guía por las rectas sendas / por amor de su nombre” (Sal 22 (23), 2-3).

Cantamos frecuentemente estas palabras para abrir ante el Señor toda nuestra alma y todo lo que la atormenta:

 “Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, / no temo mal alguno, / porque tu estás conmigo...” (Sal 22 (23), 4). Nuestra peregrinación terrena no es un andar errantes por caminos intransitables. Hay un Pastor que nos conduce, que quiere nuestro bien y nuestra salvación, no sólo en esta vida, sino también en la eternidad:

“Sólo bondad y benevolencia me acompañan / todos los días de mi vida; / y moraré en la casa de Yahvé / por dilatados días” (Sal (23),.6).

2. La liturgia de este domingo dirige al mismo tiempo nuestra atención hacia los que el Señor llama a una especial participación en su solicitud pastoral por el hombre.

El Profeta Jeremías habla con palabras fuertes de la gran responsabilidad que tienen los Pastores de cada una de las naciones. He aquí por qué nace en nosotros, reunidos para el Angelus dominical, la necesidad de rezar por los Pastores de la lglesia en el mundo.

Que el “báculo pastoral” sea un “consuelo” para todo el rebaño confiado a los Pastores.

Que se realicen esas palabras proféticas quo tan frecuentemente sentimos y cantamos:

“Tú dispones ante mi una mesa / enfrente de mis enemigos, / Derramas el ó1eo sobre mi cabeza, / y mi cáliz rebosa” (Sal: (23), 5).

Que se cumplan estas palabras.

Que los Pastores -dignos discípulos del Buen Pastor- pueda preparar en todo el mundo “un banquete de la Palabra Divina” y un “banquete eucarístico”.

Que en los sacramentos, mediante la unción con los santos óleos, transmitan las “riquezas de su gracia” (cfr. Ef 1, 7) a cuantos están en camino hacia la patria eterna.

3. Jesús, en el Evangelio de hoy, dice a los Apóstoles: “Venid, retirémonos a un lugar desierto para que descanséis un poco” Mc 6,31). Encomendemos a la solicitud del Buen Pastor a todos aquellos que descansan estos días, aprovechando las vacaciones del trabajo.

Recemos sobre todo al Señor por aquellos que buscan los lugares solitarios para renovarse espiritualmente. Por aquellos que -precisamente durante las vacaciones- buscan el recogimiento y hacen los ejercicios espirituales.

Que se realicen sobre ellos las promesas de la liturgia de hoy ligada a la figura del Buen Pastor.

4. En las intenciones de nuestras plegarias, no podemos olvidar a los que sufren, a los hermanos que padecen calamidades, enfermedades y sobre todo los horrores do la guerra. Pensemos en las numerosas víctimas del conflicto entre Irán e Irak que se ha desencadenado de nuevo estos días. Recordemos los sufrimientos de la población de Beirut, asediada desde hace varias semanas bajo frecuentes bombardeos y privada de lo necesario.

Recemos al Señor, por intercesión de María, para que alivie tantos dolores y consuele a los que se encuentran en la angustia y en el peligro.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

¡Necesitas descansar! ¡Tómate unos días de asueto!, nos aconsejan familiares, amigos, el médico, cuando la fatiga va haciendo mella en nuestro modo crispado de afrontar los trabajos y los problemas diarios. La existencia se ha convertido en una suerte de tobogán por el que nos deslizamos sin control. No dominamos las situaciones sino que son ellas las que lo hacen. No vamos, nos llevan.

 “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer”, nos dice el Señor en el Evangelio de hoy.

Descansando se recuperan las fuerzas, nos reponemos y evitamos que la salud se resienta, lo que iría en detrimento de la atención a los nuestros: hijos, familiares, amigos, compañeros de trabajo. Quien descuidara este deber elemental con el pretexto de no tener tiempo, acabaría enfermando y no teniendo tiempo para dedicarse a ese quehacer que tanto le absorbe.

Vivir no consiste en ir a la deriva, sin mantener un rumbo frente al oleaje y las tormentas de la vida. Todos los objetivos que nos proponemos nacen siempre en nuestro interior, y ese interior, esa hoja de ruta, debe trazarse con el necesario descanso, que no consiste en un dolce far niente, sino en dedicar tiempo a nuestra formación humana, tanto física como espiritual. El camino de todo logro valioso comienza enriqueciendo  nuestro universo interior, ese laboratorio donde se integran los datos y experiencias que van madurando poco a poco a la persona y capacitándola para analizar y unificar la compleja realidad en la que vive.

En este episodio evangélico se nos recuerda que el descanso, buscar “un sitio tranquilo y apartado”, no implica una huída de los demás y de los asuntos de cada día, es, más bien, lo que nos permitirá afrontar con más serenidad y eficacia nuestras obligaciones. Al llegar al lugar de descanso,“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. El descanso permite vivir con alma y con calma.

En el Salmo Responsorial se dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquiles y repara mis fuerzas”. La solicitud del Señor con nosotros es encomiada con esta alabanza del salmista. El descanso es el Tercer Mandamiento del Decálogo.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Jeremías lanza sus invectivas contra los dirigentes de Israel. Mientras tuvieron buenos "pastores", caminaron sin peligro por cualquier lugar; ahora que no tienen, andan errantes y sin rumbo. Por eso es necesario un nuevo pastor. El "Yo mismo reuniré el resto... y las volveré a traer a sus dehesas", es una forma de anunciar la restauración y la vuelta del destierro; pero también de proclamar Dios mismo por su profeta que no se fiaba nada de los que antes habían sido nombrados pastores.

Poner en común la experiencia de su primera misión, por corta o meramente experimental que fuera, debió resultar muy interesante para ellos. Si no se detienen los evangelistas en ello es por no rebajar la verdadera misión, la de después de Pentecostés. En estas primeras tareas los discípulos anunciaban la conversión y el arrepentimiento ante la inminencia del Reino.

Aun en el mismo lenguaje están desapareciendo poco a poco términos que hacen relación a mando, dominio, autoridad... y proliferan expresiones que nos recuerdan lo colectivo, lo igualitario, lo paritario, etc. Es como si ya no se necesitaran personas que llamen, orienten y guíen. Y, sin embargo, cuando aparecen fracasos, nos quejamos de la falta de líderes, de personas con iniciativa capaces de tomar decisiones en un momento dado.

La Iglesia es apostólica:
"La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles... Fue y permanece edificada sobre  «el fundamento de los apóstoles» (Ef 2,20; Hch 21,14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo...  «Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio»" (MR, Prefacio de los apóstoles) (857).

"Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza. Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece (en ella) la imagen (de Dios), la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza" (1589).

"Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu rostro y que ofrezca los dones de tu santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los apóstoles; que te agrade por su dulzura y su corazón puro, ofreciéndote un perfume agradable por tu Hijo Jesucristo..." (San Hipólito, Trad. Ap. 3) (1586).

El rebaño conoce la verdad, porque el Pastor es la Verdad; el rebaño sabe el camino porque el Pastor sube el Camino; el rebaño tiene vida porque el Pastor es la Vida.

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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(2 Re 4,42-44) "Comerán y sobrará"
(Ef 4,1-6) "Un Señor, una fe, un bautismo"
(Jn 6,1-15) "Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía a los empleados de Castelgandolfo (29-VII-1979)

---Hombre de Dios

---El Pan y la Palabra

---Alimento cotidiano

---Hombre de Dios

“¿Dónde podemos comprar pan para que éstos puedan comer?”.

Ante la multitud que le había seguido desde las orillas del mar de Galilea hasta la montaña para escuchar su palabra, Jesús da comienzo, con esta pregunta, al milagro de la multiplicación de los panes, que constituye el significativo preludio al largo discurso en el que se revela al mundo como el verdadero pan de vida bajado del cielo (cfr. Jn 6,41).

Hemos oído la narración evangélica: con cinco panes de cebada y dos peces, proporcionados por un muchacho, Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil hombres. Pero éstos, no comprendiendo la profundidad del “signo” en el cual se habían visto envueltos, están convencidos de haber encontrado finalmente al Rey-Mesías, que resolverá los problemas políticos y económicos de su nación. Frente a tan obtuso malentendido de su misión, Jesús se retira, completamente solo, a la montaña.

También nosotros hemos seguido a Jesús. Pero podemos y debemos preguntarnos: ¿Con qué actitud interior? ¿Con la auténtica de la fe, que Jesús esperaba de los Apóstoles y de la multitud cuya hambre ha saciado, o con una actitud de incomprensión? Jesús se presentaba en aquella ocasión algo así -pero con más evidencia- como Moisés, que en el desierto había quitado el hambre al pueblo israelita durante el éxodo; se presentaba algo así -y también con más evidencia- como Eliseo, el cual con veinte panes de cebada y de álaga, había dado de comer a cien personas. Jesús se manifestaba, y se manifiesta hoy a nosotros, como quien es capaz de saciar para siempre el hambre de nuestro corazón: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí ya no tendrá más hambre y el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6,35).

El hombre, especialmente el de estos tiempos, tiene hambre de muchas cosas: hambre de verdad, de justicia, de amor, de paz, de belleza; pero sobre todo, hambre de Dios. “¡Debemos estar hambrientos de Dios!”, exclamaba San Agustín. ¡Es Él, el Padre celestial, quien nos da el verdadero pan!

---El Pan y la Palabra

Este pan, de que estamos tan necesitados, es ante todo Cristo, el cual se nos entrega en los signos sacramentales de la Eucaristía y nos hace sentir, en cada Misa, las palabras de la última Cena: “Tomad y comed todos de él; porque éste es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. Con el sacramento del pan eucarístico -afirma el Concilio Vaticano II- “se presenta y realiza la unidad de los fieles, que constituyen un solo Cuerpo en Cristo (cfr. 1 Cor 10,17). Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo que es Luz del mundo; de Él venimos, por Él vivimos, hacia Él estamos dirigidos” (Lumen Gentium 3).

El pan que necesitamos es, también, la Palabra de Dios, porque, “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; Dt 8,3). Indudablemente también los hombres pueden pronunciar y expresar palabras de tan alto valor. Pero la historia nos muestra que las palabras de los hombres son, a veces, insuficientes, ambiguas, decepcionantes, tendenciosas; mientras que la Palabra de Dios está llena de verdad (cfr. 2 Sam 7,28; 1 Cor 17,26); es recta (Sal 33,4); es estable y permanece para siempre (cfr. Sal 119,89; 1 Pe 1,25).

Debemos ponernos continuamente en religiosa escucha de tal Palabra; asumirla como criterio de nuestro modo de pensar y de obrar; conocerla, mediante la asidua lectura y personal meditación. Pero, especialmente, debemos hacerla nuestra, llevarla a la práctica, día tras día, en toda nuestra conducta.

Por último, el pan que necesitamos es la gracia, que debemos invocar y pedir con sincera humildad y con incansable constancia, sabiendo bien que es lo más valioso que podemos poseer.

---Alimento cotidiano

El camino de nuestra vida, trazado por el amor providencial de Dios, es misterioso, a veces humanamente incomprensible y casi siempre duro y difícil. Pero el Padre nos da “el pan del cielo” (cfr. Jn 6,32), para ser aliviados en nuestra peregrinación por la tierra.

Quiero concluir con un pasaje de San Agustín, que sintetiza admirablemente cuanto hemos meditado: “Se comprende muy bien... que tu Eucaristía sea alimento cotidiano. Saben, en efecto, los fieles lo que reciben y está bien que reciban el pan cotidiano necesario para este tiempo. Ruegan por sí mismos, para hacerse buenos, para perseverar en la bondad, en la fe, en la vida buena... La Palabra de Dios, que cada día se os explica y, en cierto modo, se os reparte, es también pan cotidiano”.

DP-250 1979

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Le seguía mucha gente”. “Paradójicamente, el mundo, que a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, pide a los evangelizadores que le hablen de Dios” (Pablo VI). Jesús se conmueve ante esa multitud que le busca. Nosotros, que debemos tener en el corazón idénticos deseos que Cristo Jesús (cf Fil 2,5), hemos de sentir “la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación  sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra” (C. Vaticano II, A. A.)

“Con qué compraremos panes para que coman estos”, dijo Jesús para tantear a sus discípulos aunque bien sabía Él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios...” Y Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es eso para tantos?”

Todos somos vulnerables a la tentación de que es muy poco lo que puede hacerse frente al olvido del sentido eterno de la vida en un número creciente de personas que viven junto a nosotros. Hoy se escriben libros de bolsillo y se editan revistas, se graban vídeos, se emiten noticias que suprimen cualquier frontera. Si hubo un tiempo en que las ideas o ciertas corrientes de pensamiento quedaban encerradas en el recinto de un reducido grupo de personas, hoy esos planteamientos son asimilados por centenares de millones de criaturas en un programa de radio o televisión, y no una vez ni dos, sino a diario y de un modo tan penetrante como amable: en una comedia de humor, en la entrevista a un famoso del deporte, del arte, de la política, de las ciencias. ¿Qué supone mi palabra ante el poder omnipresente de los medios de difusión?

¿No se trata de una competencia desigual? Cuando se trata de influir cristianamente en la vida de quienes nos rodean, no podemos juzgar de modo cuantitativo los medios con que contamos, porque ellos, en las manos del Señor, se multiplican de forma maravillosa. Por lo demás, ¿no tenemos los cristianos, junto al auxilio divino, idénticos medios? ¿Quién nos impide propagar la verdad de Jesucristo por los canales actuales de difusión a no ser nuestra desidia o la falta de imaginación?

“Confía tu camino al Señor y Él actuará” (S. 37). No ignoramos la resistencia de un ambiente permisivo, ni la débil respuesta que el mensaje cristiano encuentra a veces en nosotros y en quienes nos rodean; o la enorme dificultad de cambiar modos de pensar, comportamientos en las relaciones familiares, sociales, comerciales..., que están en claro contraste con la doctrina cristiana; pero debemos confiar que allí donde no llegan nuestros recursos humanos el Señor suple con creces esa carencia. Aquella muchedumbre, como nos narra el Evangelio de hoy, después de haber saciado su hambre y viendo que había sobrado, quisieron proclamar rey a Jesús.

Tenemos derecho, fiados en las promesas del Señor, a confiar en una mejora personal y de quienes nos rodean en la vida, persuadidos de que Dios tiene más interés que nosotros en que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf 1 Tim 2,4).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Los panes hechos con la más reciente cosecha, con las primicias, eran una forma de sacrificio, de oblación a Dios. La expresión "así dice el Señor" se introduce siempre que va a cumplirse algo previamente determinado.

Algunos llaman "signos de vida" a siete acciones de Cristo, comenzando por el "agua de vida" del pasaje de la Samaritana. El que se lee este domingo es el cuarto. Cuando san Juan dice que "estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos" no lo hace en vano porque piensa en la Eucaristía. Usa el término "dijo la acción de gracias" en lugar de "alabó o bendijo" que emplean los sinópticos en la primera multiplicación.

El entusiasmo final de las gentes, fruto del signo inmediato aunque lejos de la profundidad del mismo, hace que se marche al monte Él solo. Probablemente hasta los mismos discípulos participarían del clamor popular.

Al comprobar algunos males que aquejan al mundo de hoy (hambre, guerras, injusticia, incultura...) sentimos desaliento e impotencia. Creemos que tiene que haber una salida, pero no sabemos cuál. Hasta nos desentendemos porque pensamos que la solución a tan grandes problemas no depende de nosotros. En el Evangelio no se llama a nadie a hacer milagros. Esa solución es sólo de Jesús. Pero el hombre de Betsaida y el muchacho de los peces dieron lo que tenían.

"Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía. El signo del agua convertida en vino en Caná anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo convertido en Sangre de Cristo" (1335).

" «¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!» Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados  «de toda bendición celestial y gracia», la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial" (1402).

"La presentación de las ofrendas: entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena,  «tomando pan y una copa»... La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. Él es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios... Los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad" (1350-1351).

"No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas" (San Juan Crisóstomo. Prod. Jud. 1,6) (1375).

Cristo multiplicó los panes, signo de la Eucaristía, para que nosotros compartamos su Reino y los bienes con los demás.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Ex 16,2-4.12-15: "Yo haré llover pan del cielo"
Sal 77,3 y 4bc.23-24.25 y 54: "El Señor les dio un trigo celeste"
Ef 4,17.20-24: "Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios"
Jn 6,24-35: "El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Santa Misa para el "Centro Italiano della Solidarità", Castelgandolfo, Domingo 5 de agosto de 1979

Queridísimos:

Estamos aquí reunidos en torno al altar del Señor, el único que puede iluminarnos sobre el misterio de nuestra vida, drama de amor y de salvación, y el único que puede darnos la fuerza para no caer, o para levantarnos de nuevo; y, sobre todo, para vivir de manera conforme a las exigencias y a los ideales del cristianismo.

Este es precisamente, según me parece, el tema central de la liturgia de este domingo, en la que Jesús, pan de vida, se nos presenta como único y verdadero significado de la existencia humana.

1. En nuestro tiempo, por desgracia, el racionalismo científico y la estructura de la sociedad industrial, caracterizada por la ley férrea de la producción y del consumo, han creado una mentalidad cerrada dentro de un horizonte de valores temporales y terrenos, que quitan a la vida del hombre todo significado trascendente.

El ateísmo teórico y práctico que serpea ampliamente; la aceptación de una moral evolucionista desvinculada totalmente do los principios sólidos y universales de la ley moral natural y revelada, pero vinculada a las costumbres siempre variables de la historia; la insistente exaltación del hombre como autor autónomo del propio destino y, en el extremo opuesto, su deprimente humillación al rango de pasión inútil, de error cósmico, de peregrino absurdo de la nada en un universo desconocido y engañoso, han hecho perder a muchos el significado de la vida y han empujado a los más débiles y a los más sensibles hacia evasiones funestas y trágicas.

El hombre tiene necesidad extrema de saber si merece la pena nacer, vivir, luchar, sufrir y morir, si tiene valor comprometerse por algún ideal superior a los intereses materiales y contingentes, si, en una palabra, hay un "porqué" que justifique su existencia.

Esta es, pues, la cuestión esencial: dar un sentido al hombre, a sus opciones, a su vida, a su historia.

2. Jesús tiene la respuesta a estos interrogantes nuestros; El puede resolver la "cuestión del sentido" de la vida y de la historia del hombre. Aquí está la lección fundamental de la liturgia de hoy. A la muchedumbre que le ha seguido, desgraciadamente sólo por motivos de interés material, al haber sido saciada gratuitamente con la multiplicación milagrosa de los panes y de los peces, Jesús dice con seriedad y autoridad: "Procuraos no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os da" (Jn 6, 27).

Dios se ha encarnado para iluminar, más aún, para ser el significado de la vida del hombre. Es necesario creer esto con profunda y gozosa convicción; es necesario vivirlo con constancia y coherencia; es necesario anunciar y testimoniar esto, a pesar de las tribulaciones de los tiempos y de las ideologías adversas, casi siempre tan insinuantes y perturbadoras.

Y, ¿de qué modo es Jesús el significado de la existencia del hombre? El mismo lo explica con claridad consoladora: "Mi Padre os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo... Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre y el que cree en mí, jamás tendrá sed" (Jn 6, 32-35). Jesús habla simbólicamente, evocando el gran milagro del maná dado por Dios al pueblo judío en la travesía del desierto. Es claro que Jesús no elimina la preocupación normal y la búsqueda del alimento cotidiano y de todo lo que puede hacer que la vida humana progrese más, se desarrolle más y sea más satisfactoria. Pero la vida pasa indefectiblemente. Jesús hace presente que el verdadero significado de nuestro existir terreno está en la eternidad, y que toda la historia humana con sus dramas y alegrías debe ser contemplada en perspectiva eterna.

También nosotros, como el pueblo de Israel, vivimos sobre la tierra la experiencia del Éxodo; la "tierra prometida" es el cielo. Dios, que no abandonó a su pueblo en el desierto, tampoco abandona al hombre en su peregrinación terrena. Le ha dado un "pan" capaz de sustentarlo a lo largo del camino: el "pan" es Cristo. El es ante todo la comida del alma con la verdad revelada y después con su misma Persona presente en el sacramento de la Eucaristía.

¡El hombre tiene necesidad de la trascendencia! ¡El hombre tiene necesidad de la presencia de Dios en su historia cotidiana! ¡Sólo así puede encontrar el sentido de la vida! Pues bien, Jesús continúa diciendo a todos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6); "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida" (Jn 8, 12); "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré" (Mt 11, 28).

3. La reflexión ahora recae sobre cada uno de nosotros. En efecto, depende de nosotros captar el significado que Cristo ha venido a ofrecer a la existencia humana y "encarnarlo" en nuestra vida. Depende del interés de todos "encarnar" este significado en la historia humana. ¡Gran responsabilidad y sublime dignidad! Es necesario, para este fin, un testimonio coherente y valiente de la propia fe. San Pablo, escribiendo a los Efesios, traza, en este sentido, un programa concreto de vida:
— es necesario, ante todo, abandonar la Mentalidad mundana y pagana: "Os digo, pues, y testifico en el Señor que no os portéis como se conducen los gentiles, en la unidad de su mente";
— después, es necesario cambiar la mentalidad mundana y terrestre en la mentalidad de Cristo; "Dejando, pues, vuestra antigua conducta, despojaos del hombre viejo, viciado por las concupiscencias seductoras";
— finalmente, es necesario aceptar todo el mensaje de Cristo, sin reducciones de comodidad, y vivir según su ejemplo: 'Renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 17. 20-24).

Queridísimos, como veis, se trata de un programa muy comprometido, bajo ciertos aspectos podría decirse, desde luego, heroico; sin embargo, debemos presentarlo a nosotros y a los demás en su integridad, contando con la acción de la gracia, que puede dar a cada uno la generosidad de aceptar la responsabilidad de las propias acciones en perspectiva eterna y para el bien de la sociedad.

Id, pues, adelante con confianza y con interés generoso, buscando cada día nuevo impulso y alegría en la devoción a Jesús Eucarístico y en la confianza en María Santísima.

Me complace concluir citándoos un pensamiento de mi venerado predecesor Pablo VI de quien mañana celebramos el primer aniversario de su piadoso tránsito: "Ante el arreciar de intereses contrastantes, dañosos para el auténtico bien del hombre, hay que proclamar de nuevo bien alto las formidables palabras del Evangelio que son las únicas que han dado luz y paz a los hombres en análogas convulsiones de la historia" (Discurso a los cardenales, 21 de junio de 1976; cf. Pablo VI, Enseñanzas al Pueblo de Dios, pág. 292).

Así, pues, queridísimos hijos, con la luz y con la paz que nos vienen de estas palabras eternas, nosotros continuemos serenamente nuestro camino.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna”. El Señor hace un llamamiento a no fatigarse exclusivamente por los bienes materiales de este mundo ya que no pueden colmar las expectativas del corazón del hombre. Cuando la criatura humana se entrega a la adoración del consumo y el bienestar puramente material, el dinero, el poder, el éxito a cualquier precio, se arrodilla ante realidades que son menores que él, somete su corazón a una estafa y su sed de eternidad queda frustrada.

¡Busquemos a Dios! ¡No le demos la espalda cifrando nuestra alegría con los dones con que Él nos ha rodeado en este mundo, lo que representaría una ingratitud y un error! Esos dones no son mayores que nosotros ni más gratificantes que quien los ha creado y nos los ofrece como provisiones para el camino de esta vida cuya meta es el cielo.

Vivir es la máxima aspiración humana. Vivir sin sobresaltos y sin todas esas cosas que hacen fatigosa amarga la existencia. Pero ¿qué entiende ordinariamente el hombre por vivir y vivir con abundancia? La gente, por lo general, piensa que la vida es dichosa cuando se goza de buena salud, cuando se tiene un trabajo no demasiado enojoso y bien retribuido, cuando se tiene un capital importante en un banco y un buen seguro de vida, cuando se dispone de una casita en el campo o en la playa, un buen coche..., y cosas semejantes, cuando todo marcha sobre ruedas, como suele decirse. El Señor no quiere que renunciemos a los bienes que nos ha dado en la vida, lo que desea es que no los pongamos al servicio del egoísmo y la comodidad y, sobre todo, que nos alejen de Él, olvidándole.

No deberíamos entender el cristianismo como enemigo del cuerpo, esto es, de todo lo que es alegría, bienestar... Jesucristo se ha hecho hombre, ha vivido en un cuerpo de carne y hueso como el nuestro. Él se sentó gustoso a la mesa de ricos y pobres, participó en muchas de las fiestas de su pueblo, en una de ellas, en Caná, hizo su primer milagro. Iba bien vestido y se rodeó de colaboradores que no todos eran pobres sino gente que pertenecía a lo que podríamos llamar la burguesía de su tiempo. Sí, Cristo tuvo un cuerpo como el nuestro, lo ha resucitado y se lo ha llevado a la gloria, a la que comparó a un gran banquete de bodas al que se debe asistir de etiqueta. Nadie ha hecho tanto por el cuerpo como Él. Pero quiere que seamos felices no unos años sino toda una eternidad. El pan de esta vida alimenta unos años, el pan de Dios es el que “da la vida al mundo”.

¿Y cómo llegar a tener vida eterna, una felicidad que colme sobreabundante las expectativas humanas? Tratando a Dios en el Pan y en la Palabra: en la Santa Misa y en la escucha atenta de su Palabra “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios’, dijo el Señor. -¡Pan y palabra!: Hostia y oración. Si no, no vivirás vida sobrenatural” (S. Josemaría Escrivá).

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Ante las dificultades surgidas en su camino hacia la Tierra Prometida, la ayuda divina no pudo ser más espectacular y eficaz: "Hizo llover sobre ellos carne como una polvareda, y volátiles como la arena del mar". La sorpresa quedaría definitivamente plasmada en el "nombre" de la nueva ayuda: ¿Qué es esto? ("Manhú"). Así quedó en las mejores tradiciones de Israel: "Hizo llover sobre ellos maná, les dio trigo celeste".

El discurso que Jesús pronuncia después de la multiplicación de los panes intenta desvelar el profundo significado de lo que ha hecho. Pero el lector advierte en seguida que hay dos niveles: uno, el de las palabras de Jesús; otro, el que la gente quiere entender. Y son paralelos, de modo que no entenderán casi nada. Mientras Jesús habla del "pan que da la vida eterna", ellos no pasan de entender el pan que dio Moisés en el desierto.

Los contemporáneos de Jesús, con tal de no aceptarlo como Mesías, buscaban mil y una explicaciones para no creer en Él. No lo aceptaban y era por razones religiosas, es decir, comparaban a Jesús con Moisés o con otro y siempre quedaba Jesús por debajo. Hoy las cosas van por otro camino. Se trata de primar la razón positiva para desentrañar cualquier "misterio". Pero un método así, se cierra él mismo las puertas de la verdad.

"Sobre esta armonía de los dos Testamentos se articula la catequesis pascual del Señor, y luego la de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis  «tipológica», porque revela la novedad de Cristo a partir de  «figuras» (tipos) que la anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son explicadas. Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo, y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo; el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía  «el verdadero Pan del Cielo» (Jn 6,32)" (1094; cf. 1334).

El banquete pascual:
"El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.  «¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?», dice san Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar:  «El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar» (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones" (1383; cf. 1382).

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua "eucaristizados", "llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo" (San Justino, Apol. 1,66,1-2) (1355).

"Se anuncia ya en figura, cuanto fue ofrecido por Isaac, o es tenido como Cordero Pascual, o cuanto se da como maná a nuestros padres" (Himno "Lauda Sion").

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