Homilía

07 de febrero, Domingo 5º del Tiempo ordinario
14 de febrero, Domingo 6º del Tiempo ordinario
17 de febrero, Miércoles de Ceniza
21 de febrero, Domingo 1º de Cuaresma
28 de febrero, Domingo 2º de Cuaresma
07 de marzo, Domingo 3º de Cuaresma
14 de marzo, Domingo 4º de Cuaresma
21 de marzo, Domingo 5º de Cuaresma
28 de marzo, Domingo Domingo de Ramos

Domingo V del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Isa 6,1-2a.3-8) "Aquí estoy, mándame"
(1 Cor 15,1-11) "Cristo murió por nuestros pecados"
(Luc 5,1-11) "Apártate, Señor, de mí que soy un pecador"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Parroquia de San Timoteo (10-II-1980)

---Acercarse a Dios
---Sentido del pecado y humildad
---Apostolado cristiano

---Acercarse a Dios

Estoy contento de volver a descubrir y profundizar con vosotros en los textos de la liturgia de este domingo, la fundamental vocación-misión del cristiano que, como los Profetas, como los Apóstoles, está llamada a desarrollar el ministerio de anunciar y evangelizar a Cristo, haciéndolo actual mediante el propio testimonio vivo.

A propósito de esta vocación, el Evangelio de hoy nos ofrece abundante materia de reflexión y todas las lecturas de la liturgia dominical nos permiten comprender aún más a fondo su contenido.

He aquí el cuadro más frecuente en el Evangelio: Cristo enseña. Enseña a cuantos “se agolpan” en torno “para oír la palabra de Dios” (Lc 5,1). Primero enseña en la orilla del lago de Genesaret, luego “subió a una de las barcas, que era la de Simón”, y rogándole que se alejase un poco de la tierra, continuó enseñando a la multitud desde la barca (cfr. Lc.5,3). Cuando terminó de hablar, se alejó de la muchedumbre y mandó a Simón hacerse a la mar y echar las redes para la pesca (cfr. Lc. 5,4).

El acontecimiento, que podría parecer ordinario, toma de allí a poco un carácter extraordinario. En efecto, la pesca resulta especialmente abundante, lo que sorprende a Simón y a los otros pescadores, cuya fatiga precedente, que duró toda la noche, no había dado resultado alguno: “Toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada” (Lc. 5,5), dice Simón, cuando Jesús le pide echar las redes. Lo hacen únicamente por respeto a las palabras de Jesús, movidos por un motivo de estima y obediencia.

La inesperada, abundantísima pesca, que incluso exige la ayuda de los compañeros de la otra barca, suscita en Simón Pedro una reacción típica de él. Se echa a los pies de Jesús y dice: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador” (Lc. 5,8).

Los otros testigos del acontecimiento milagroso, los hermanos Santiago y Juan, no reaccionan del mismo modo, pero también se llenan de estupor por la extraordinaria pesca realizada (cfr. Lc 5,9).

Entonces, Jesús dirige a Simón las palabras que dan el significado profético a todo el acontecimiento: “No temas; en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc. 5,10).

En diversos pasajes podemos comprobar que el Señor Jesús enseña a todos los que se acercan para oír su palabra; sin embargo, Él se propone instruir de modo particular a los Apóstoles, para introducirlos en los “misterios del reino”, que ellos sobre todo deben conocer, para creer en la propia misión. Jesús los educa en la tarea de futuros testigos de su potencia y de maestros seguros de esa verdad que Él ha traído al mundo desde el Padre, de la verdad que es Él mismo.

El pasaje evangélico de hoy nos muestra uno de los momentos particulares de esa solicitud, mediante la cual Jesús confirma a los Apóstoles y ante todo a Simón Pedro en la propia vocación. El método que usa el Maestro divino sobrepasa la simple enseñanza, el anuncio de la Palabra y su explicación. Para que penetre en profundidad, Jesús confirma la verdad de la Palabra anunciada con la revelación de su potencia sobrehumana y sobrenatural de Dios, que se dirige directamente a todo el hombre.

---Sentido del pecado y humildad

Frente a la revelación de esta potencia, la reacción del hombre es siempre la que manifestó Simón Pedro: la toma de conciencia de la propia indignidad y el estado pecaminoso. ¿No decimos nosotros siempre, antes de la santa comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa...”? Pedro, a su vez, afirma, “apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc. 5,8). San Pablo movido por el mismo sentimiento, escribirá: “No soy digno de ser llamado Apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios” (1 Cor. 15,9). Así Isaías se defiende de la llamada del Señor, que querría eludir oponiendo la impureza de los propios labios, indignos de pronunciar la palabra del Señor (cfr. Is. 6,5).

Este profundo sentido de estado pecaminoso personal y de indignidad permite actuar a Dios mismo, permite a su gracia -gracia a la llamada divina- hacerse eficaz.

Los labios de Isaías, tocados por un carbón encendido, se vuelven puros y el profeta puede decir: “Heme aquí, envíame a mí” (Is. 6,8). Pablo, convertido de perseguidor en Apóstol, afirma: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no ha sido estéril” (1 Cor. 15,10). En cambio, Simón Pedro escucha de labios de Cristo las palabras confortadoras: “No temas; en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc. 5,10).

En las lecturas de hoy se encierra una profunda lección que demuestra nuestra verdadera relación personal con Dios. Ante todo es necesario que tengamos un sentido profundo de su santidad y a la vez un vivo sentido de nuestra culpa e indignidad. Cuanto más caigamos en la cuenta de esto último, tanto más se nos revela lo primero: Dios en la Majestad inefable de su potencia y de su amor; Creador y Redentor del hombre; Sabiduría, Justicia, Misericordia; Dios Omnipresente, Omnisciente, Omnipotente.

Cristo no manifiesta con su enseñanza este misterio inescrutable de Dios y, al mismo tiempo, nos lo acerca, hablando el lenguaje de los hombres sencillos, haciendo presente la potencia de Dios mismo con signos visibles, como, por ejemplo, la pesca del lago de Genesaret.

Reflexione cada uno de nosotros si su relación interior con Dios tiene los rasgos que se manifiestan en el comportamiento de Simón Pedro, de Pablo de Tarso, del profeta Isaías; si nuestra relación con Dios no es demasiado superficial, unilateral, interesada. ¿Tenemos miedo del pecado, por no ofender al Padre y al Hijo, su Unigénito, que ha aceptado por nosotros la pasión y la muerte en la cruz? ¿O más bien nos falta esa conciencia de profunda indignidad en relación con el que es él solo y único Santo?

Comprometámonos en este sentido.

---Apostolado cristiano

Además de esto, las lecturas de hoy contienen pensamientos e indicaciones importantes para la vida de toda parroquia, como unidad del pueblo de Dios.

Cristo dijo a Pedro: “En adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc. 5,10); esta pesca misteriosa corresponde a la misión incesante de la Iglesia, de cada una de las comunidades en la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Llevar a los hombres vivos, a las almas humanas la luz de la fe y a la fuente del amor; mostrarles el Reino de Dios presentes en los corazones y en el designio de la historia de la humanidad; reunir a todos en esa unidad, cuyo centro es Cristo: he aquí la misión continua de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha dado en su enseñanza, la expresión plena de esta misión.

Y como en los tiempos de Jesús, así también hoy, esta misión exige un constante anuncio que prepare y facilite la acogida de la verdad divina y del amor fraterno. Exige que cada una de las personas, de los grupos, de los ambientes “se aparten a veces de la tierra” para “alejarse”. Es necesario para esta penetración más profunda del Evangelio y de los misterios divinos. Es necesaria particularmente una intimidad familiar, exclusiva, ferviente con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, para que maduren los Apóstoles, es decir, los cristianos perfectos, prontos a dar a los demás, sacando de la propia plenitud, para que la gracia de Dios en ellos no sea estéril (cfr. 1 Cor. 15,10; 2 Cor. 6,1).

“Maestro... porque tú lo dices echaré las redes” (Lc. 5,5). Vuestra comunidad, vuestros Pastores, todas las almas apostólicas... todos los feligreses no cesen de pensar así, animados por este mismo espíritu de fe, y no cesen de actuar en consecuencia. ¡El Maestro y Señor está constantemente presente en nuestra barca!

La vocación del cristiano se realiza sustancialmente, además de en la vida de gracia, en el testimonio de amor y de solidaridad, que requiere obviamente una apertura a los demás, acogidos como tales, y apremia a salir de sí mismos, de los propios miedos y defensas, de la tranquilidad del bienestar propio, para comunicar y al mismo tiempo construir un tejido de relaciones recíprocas, orientadas al bien espiritual, moral y social de todos.

DP-41 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Jesús fue inculcando a los suyos, con numerosas lecciones prácticas, la necesidad de contar con Él. Pero será a Pedro, la piedra elegida como fundamento de su Iglesia, a quien proporcionará la importante lección de no confiarlo todo a la experiencia profesional a través de una asombrosa pesca después de una noche infructuosa.

Este episodio representará para los discípulos la toma de conciencia de que la Palabra de Jesús debe anteponerse a lo que aparece a sus ojos más sensato. A pesar de que parece inútil ponerse a pescar ahora, Pedro lo intenta de nuevo confiando en la indicación del Maestro. El resultado fue tal que el asombro y un temor sagrado se apoderó de todos. “Pedro, explica Ratzinger, había hecho algo más que llevar a cabo un trabajo manual. Este suceso se convirtió para él en un camino interior, cuya extensión describe Lucas con dos palabras. El evangelista, en efecto nos cuenta que, antes de la pesca milagrosa, Pedro había llamado al Señor Epistáta, es decir, Maestro, el que enseña. Al volver, en cambio, se arroja a los pies de Jesús, y ya no le llama Rabí, sino Kyrie, Señor; es decir, se dirige a él con el nombre reservado a Dios” El Señor lo tranquiliza y le llama para que se dedique a otra clase de pesca. Pedro y los demás, “dejándolo todo, lo siguieron”.

“Confía tu camino al Señor y Él actuará”, dice el Salmista (36). Todos somos vulnerables a la tentación del desánimo motivado tal vez por unos esfuerzos cuyos frutos no acaban de llegar, una situación económica apurada que no se soluciona, una atmósfera familiar conflictiva que en lugar de mejorar empeora a pesar de nuestro empeño, y, sobre todo, cuando al querer influir cristianamente en los demás, palpamos lo difícil que es modificar modos de ser y de pensar o movilizar a las personas. Confiar en Dios no es cerrar los ojos a la realidad, pero tampoco abandonarse al derrotismo de quienes todo lo examinan con criterios exclusivamente humanos.

A nuestro lado hay personas a las que un drama íntimo o alguna experiencia negativa, un malentendido, les ha apartado de la fe pero conservan la nostalgia de la verdad. También hay muchos escépticos que han visto cómo muchas utopías se han derrumbado y el desencanto es el compañero de sus vidas. Pero si alguien allegado a ellos les hablara con respeto, con la ayuda de Dios, recuperarían la fe y la alegría.

Siempre hay que echar las redes de nuevo, confiados en la palabra del Señor, aún cuando nos parezca que va a ser inútil, porque Dios podría estar esperando ese nuevo intento para que, los esfuerzos baldíos de anteriores gestiones, se tornen en un éxito que nos llene ás confianza en Dios.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Vuestra vocación es la libertad

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 6, 1-2a. 3-8: Aquí estoy, mándame
Sal 137,1-2a,2bc-3.4-5.7c-8: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor
1 Co 15, 1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído
Lc 5, 1-11: Dejándolo todo, lo siguieron

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Por su obediencia hasta la muerte, Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia para que vencieran en si mismos, con la propia renuncia y una vida santa al reino del pecado» (908).

«Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costrumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes» (909).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de si mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona» (San Ambrosio) (908).

«Lo seglares también pueden sentirse llamados a ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles» (Pablo VI) (910).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

La vocación del profeta es una elección de Dios a pesar de su fragilidad humana.

La vocación de los primeros discípulos de Jesús tiene en San Lucas el prólogo de la «pesca milagrosa»; con este signo Jesús llama la atención de aquellos hombres, y ellos responden con prontitud, dejándolo todo.

Comienza la parte de la 1.a carta a los Corintios dedicada a responder a las preguntas de los corintios sobre la resurrección de los muertos. San Pablo escribe un texto fundamental del Nuevo Testamento: el testimonio de los testigos de la resurrección.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

 La fe:
La Iglesia, pueblo sacerdotal, profético y real: 783-786.
La misión real de Cristo: 908-913.

La respuesta:
La participación de los laicos en la misión real de Cristo: 908-913.

C. Otras sugerencias

El profeta y el apóstol es un hombre limitado pero tiene una gran misión: así se describe en la vocación del profeta Isaías y en la revelada en el Evangelio. Reconocer la propia limitación es aceptar el don de la vocación y la tarea que la misión implica.

La vocación cristiana es el seguimiento de Cristo. Seguimiento total, de toda la persona, capaz de ser libre, rey, y transformar el mundo con esa libertad regia.

Los cristianos son capaces, con la gracia de Dios, de ser transformadores del mundo, pescadores de hombres, remando mar adentro de cualquier estructura social humana.

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Domingo VI del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Jer 17,5-8) "Bendito quien confía en el Señor"
(1 Cor 15,12.16-20) "Cristo resucitó de entre los muertos"
(Lc 6,17.20-26) "Dichoso los pobres, porque es el reino de Dios"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes (13-II-1983)

---El apego a los bienes materiales
---Efectos del acercamiento a Dios
---Sentido positivo de las contrariedades

---El apego a los bienes materiales

En la primera lectura el Profeta Jeremías nos presenta la imagen de un hombre a quien denomina “maldito”, y después otro, al que llama “bendito”.

Del mismo modo en el Evangelio de Lucas, escuchamos primero la palabra “bienaventurado”, y luego: “¡Ay de vosotros!”. También aquí hay contraposición evidente.

No podemos olvidar que el Evangelio emplea el duro “¡ay de vosotros!” refiriéndolo a la tradición del Antiguo Testamento. También nosotros debemos recibir esta severa palabra de la Buena Noticia y meditar en ella.

San Lucas escribe: “¡Ay de vosotros los ricos...”, “¡ay de vosotros los que estáis saciados!...”, “¡ay de los que ahora reís...”, “¡ay si todo el mundo habla bien de vosotros...!” (Lc 6,24-26).

¿Acaso significa esto que recibir elogios, reír, saciar el apetito o llegar a ser rico es algo malo y digno de condenación?

Parece que la respuesta a esta pregunta nos viene del Profeta Jeremías. Llama “maldito” al hombre que confía en el hombre y considera que su fuerza está en la carne, y “aparta el corazón del Señor” (Jer 17,5). Por tanto, el mal de que habla el Profeta y el Evangelista no reside en la riqueza en sí, ni en la satisfacción del apetito, ni en la alabanza humana. El mal al que se refiere el “¡ay de vosotros!” de San Lucas está en el apego exclusivo a unos u otros bienes temporales y, a la vez, en el alejamiento de Dios del corazón.

Lo que he dicho se refiere a la parte negativa de esta contraposición que evidencian las lecturas de la liturgia de hoy.

---Efectos del acercamiento a Dios

La parte positiva es más rica y está más explicitada.

El profeta Jeremías llama “bendito” el hombre que “confía en el Señor y en el Señor pone su confianza” (17,7).

El Profeta lo compara al árbol plantado junto a la corriente de agua, de modo que las raíces están siempre regadas y ello hace que tenga verdes las hojas incluso en la estación del calor. No cesa de dar fruto ni siquiera en tiempo de sequía (cfr. 17,8).

Casi la misma imagen del hombre “bienaventurado” se ve delineada en el primer Salmo: es “como un árbol/ plantado al borde de la acequia:/ da fruto en su sazón,/ y no se marchitan sus hojas;/ y cuanto emprende tiene buen fin” (v.3).

Un hombre así “no sigue el consejo de los impíos” ni “entra por la senda de los pecadores”, sino que “su gozo es la ley del Señor” y la “medita día y noche” (cf. vv.1-2).

Después de aludir a esta hermosa metáfora que se encuentra en el libro del Profeta Jeremías y en el primer Salmo, pasemos ahora a buscar la respuesta a la pregunta: ¿Qué es este torrente, esta agua vivificante donde el hombre justo y “bendito” ahonda sus raíces?

Como se deduce del Salmo, ésta es justamente la “ley del Señor”.

Pero continuando con la lectura de hoy del Evangelio de Lucas, podemos afirmar que el torrente vivificador es la Palabra de Dios, la Buena Noticia. Precisamente ésta encierra en sí el código de las bienaventuranzas que leemos en Lucas.

---Sentido positivo de las contrariedades

No escapa a nuestra atención el hecho de que el enunciado de cada una de estas bienaventuranzas está construido de modo significativo. Por ejemplo, “bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (6,20).

La primera habla de la vida temporal; la segunda, habla sobre todo del futuro eterno. La vida temporal está cargada de innumerables fatigas, padecimientos, o sea, de lo que el hombre suele llamar “el mal”: el mal de la pobreza, el mal del hambre, el mal que se manifiesta en lágrimas de sufrimiento, el mal de las persecuciones “por causa del Hijo del Hombre”.

Pero según hemos afirmado antes, el Señor Jesús nos advierte que un “bien” como la riqueza, saciedad, alabanzas y todo bien temporal puede ser “un mal” si aleja nuestro corazón de Dios. Y revela también que un “mal”, todos los males enumerados en el Evangelio de hoy, pueden tener significado salvífico, de bienaventuranza: puede resultar un “bien” si llevan nuestro corazón a Dios. En efecto, la pobreza, la privación, los sufrimientos, las persecuciones nos preparan a la intimidad eterna con El y a participar de su reino.

Este es el código de las bienaventuranzas, núcleo mismo, por así decir, de la Buena Noticia. Esta es precisamente el “torrente” de agua viva en que ahonda las raíces el hombre justo a quien el Profeta Jeremías llama “bendito”.

Por ello San Pablo recuerda, en la segunda lectura de hoy, que “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (1 Cor 15,20). Y a la vez nos invita a tener confianza en Cristo no sólo para esta vida temporal, sino para toda la eternidad (cf.1 Cor 15,19).

En realidad la resurrección de Cristo es garantía de toda la Buena Noticia y seguridad de las bienaventuranzas evangélicas. El hombre que construye su vida sobre este cimiento “confía en el Señor y pone en el Señor su confianza” de verdad (Jer 17,7). La liturgia de hoy califica de “bienaventurado” a este hombre.

“Alegraos... y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Lc 6,23). Estas palabras resuenan en la liturgia de hoy y son espejo de sus ideas principales.

Nuestra Señora de Lourdes os recuerde incesantemente... estas palabras evangélicas, esta afirmación de Cristo: “Alegraos y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

DP-45 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

"Maldito quien confía en el hombre y en la carne pone su fuerza, apartando su corazón del Señor... Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza". Las Lecturas de hoy están unidas por una mima idea: el sano desprendimiento de los bienes de esta vida empleándolos como enseña S. Agustín: "con la templanza de quien los usa, no con el afán de quien pone en ellos el corazón".

Hemos de pedir a Dios que sepamos usar de tal modo de los bienes presentes, con los que Él no deja de favorecernos, que merezcamos alcanzar los eternos. "Por muy brillantes que sean el sol, el cielo y las nubes, recordaba a sus fieles Newman, por muy verdes que estén las hojas de los campos; por muy dulce que sea el canto de los pájaros, sabemos que no todo está ahí y que no tomaremos la parte por el todo. Estas cosas proceden de un centro de amor y de bondad que es el mismo Dios; pero estas cosas no son su plenitud; hablan del cielo, pero no son el cielo; en cierto modo son solamente rayos extraviados, un débil reflejo, son migajas de la mesa".

El desprendimiento cristiano no es un desprecio de los bienes de esta vida ni desafecto por las personas; es colocarse a la suficiente distancia de ellas para valorarlas en su justa medida, sin subestimarlas ni idolatrarlas. Es hacer realidad aquel consejo de Jesús: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura" (Mt 6, 33); porque los atractivos de este mundo pasan" (1 Cor 7, 31).

"Acostúmbrate, ya desde ahora, dice S. Josemaría Escrivá, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la incomprensión, la deshonra...".

¡Desprendimiento que lleve a moderar los gastos caprichosos o de pura ostentación, que son una afrenta para los que carecen de lo más elemental para vivir, empleando ese dinero en aliviar tanta necesidad! ¡Desprendimiento de la comodidad para estrujar bien las horas sin quejas egoístas cuando el trabajo pesa o se amontonan los contratiempos! Quien vive así, no anda deslumbrado por paraísos temporales que suponen un fraude para las aspiraciones humanas más hondas, sino que se abre a esa plenitud eterna con la que el corazón humano sueña y para la que fue creado por

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Vida o muerte. !Bienaventurados! o !Malditos!

I. LA PALABRA DE DIOS

Jr 17,5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor
Sal 1, 1-2.3.4 y 6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor
1 Co 15,12.16-20: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido
Lc 6, 17.20-26: Dichosos los pobres: !ay de vosotros, los ricos!

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan su vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostiene la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (1717).

«Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios» (1726).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Sólo Dios sacia» (Sto. Tomás de Aquino) (1718).

«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje institivo la multitud, la masa de los hombres... y la notoriedad es otro..., el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo» (Newman) (1723).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

El profeta Jeremías y el Salmo 1 señalan los «dos caminos para la vida y la muerte del hombre: el de la confianza en Dios o en el hombre respectivamente».

El evangelista San Lucas recoge un discurso semejante al «sermón de la montaña» recogido por San Mateo, aunque más breve. Los dichos de Jesús abren una reflexión sobre la vida del cristiano, la vida moral que sigue el esquema de «los dos caminos».

San Pablo proclama que la fe en la resurrección de los muertos no se basa en razonamientos filosóficos sobre la inmortalidad sino que es consecuencia de la fe en la resurrección de Jesucristo.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
«Los dos caminos»: 1696.
El camino de la Bienaventuranza cristiana: 1716-1717.
La Bienaventuranza cristiana: 1718-1729.

La respuesta:
Las opciones morales: 1723-1724; 1728

C. Otras sugerencias

El «primer catecismo» o «Didajé» dice: «Hay dos caminos: uno de la vida y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos. El discurso que recoge el evangelista S. Lucas y que se va a proclamar en este y próximos domingos se inicia con cuatro bienaventuranzas del camino de la vida y cuatro lamentaciones del camino de la muerte».

El camino de la bienaventuranza no es otro que la vida de Cristo. Esa es la vida moral cristiana. Las «bienaventuranzas» lo expresan con plenitud.

La elección moral cristiana tiene hoy en el dinero y en el poder o «notoriedad» la tentación del camino de la muerte... y no sólo para los que ejercen cargos públicos.

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Miércoles de Ceniza

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Joel 2,12-18) "Convertios a Mí con todo vuestro corazón”
(2 Cor 5,20-6,2) "He aquí el día de la salvación"
(Mt 6,1-6.16-18) "Tu Padre, que ve en lo escondido, te premiará"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía del Miércoles de Ceniza, en Santa Sabina (20-II-1985)

---Interioridad
---Amor de Dios al hombre
---"Rasgar el corazón"

---Interioridad

“Rasgad los corazones, no las vestiduras” (Joel 2,13).

La Iglesia pronuncia hoy las palabras del Profeta Joel anunciando al mismo tiempo el comienzo de la Cuaresma.

En un tiempo, la invitación al ayuno tenía que ir unida a la advertencia de no rasgar las vestiduras, sino el corazón.

Era el tiempo de Joel.

Y parecido a éste fue el tiempo de Jesús de Nazaret: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos...

“Por tanto, cuando hagas limosnas, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas...

“Cuando recéis, no estéis en las esquinas para que os vea la gente...

“Y cuando ayunéis, no andéis cabizbajos para hacer ver a la gente que ayunáis” (cfr. Mt 6,1.2.5.16).

Hubo un tiempo en que al anunciar la Cuaresma, la Iglesia debía poner en guardia respecto a la ostentación: de la hipocresía del ayuno, de la oración y de la limosna.

Hoy no parece que hay peligro de ello.

El riesgo está en otro factor: en el hecho de que la proclamación de la Cuaresma pueda ser para muchos “voz del que clama en el desierto” (cfr. por ejemplo Mc 1,3).

Sí. hoy se rechaza la ostentación, se rechaza lo que expresa (o simula) el ayuno por fuera; pero con frecuencia los hombres no descubren en sí mismos lo que es el ayuno “por dentro” ni procuran descubrirlo: lo que es el contenido y sustancia de la Cuaresma según el Evangelio.

Falta ahora la “celda” interior en la que se debe entrar para estar a solas con Dios que es santidad, amor y misericordia. Con Dios que es realidad que penetra.

---Amor de Dios al hombre

“Que el Señor sienta celos por su tierra y perdone a su pueblo” (Joel 2,18).

La Cuaresma es una llamada a actuar: oración, limosna y ayuno; pero es más, es una llamada a descubrir el amor celoso” de Dios, que va unido a la misericordia.

El amor de Dios está celoso de la criatura, del hombre, a causa del pecado que es traición al amor y a quien ama. Pero al mismo tiempo el amor es misericordia a causa del pecado...

Comenzar la Cuaresma, acoger la llamada de la ceniza, quiere decir recobrar la sensibilidad respecto de todo lo que es pecado...

Recobrar esta sensibilidad quiere decir exactamente “rasgar el corazón”, según las palabras del Profeta.

Negación de la Cuaresma es que el corazón humano se cierre en sí mismo hasta la saturación; es conciencia insensible, falsa.

Este “rasgar el corazón” -o sensibilidad de la conciencia- debe imitar la conversión de David:

“Reconozco mi culpa,/ tengo siempre presente mi pecado./ Contra ti, contra ti sólo pequé -Tibi solo peccavi!-,/ lo que es malo a tus ojos/ yo lo he hecho” (Sal 50/51, 5-6).

El amor de Dios es celoso a causa del pecado disfrazado al que no se llama por su nombre, escondido en los meandros de la conciencia para no encontrarse ante Dios en pecado.

El amor de Dios sólo quiere la sinceridad y la verdad interior de la confesión de David porque ésta es capaz de “crear en el hombre (en el pecador) un corazón puro” y de “renovar con espíritu firme..., afianzar con espíritu generoso” (Sal 50/51, 12.14).

Es fuerte este amor, es omnipotente ante el pecado, porque precisamente este amor hace que “al que no conocía pecado (a Cristo, Hijo de la misma sustancia del Padre), le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios” ( 2 Cor 5,21).

Esta omnipotencia del amor de Dios se llama redención. Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia recuerda todo el misterio de la redención. Manifiesta la inmensidad de la gracia que se encierra en ella.

Sólo de una cosa tiene cuidado, por una cosa únicamente tiembla como administrador celoso de su deber; como madre amorosa está atenta a “no recibir en vano la gracia de Dios” (2 Cor 6,1).

A no desperdiciarla.

---”Rasgar el corazón”

De aquí nace el signo litúrgico de hoy -precristiano, veterotestamentario, perenne-: la “ceniza” que impone la Iglesia en la cabeza de todos sus hijos e hijas.

Este signo contiene en sí toda esta invitación profunda y penetrante: “Rasgad los corazones, no las vestiduras...”, para que se revele en cada uno de nosotros hasta el fin, hasta el fondo, la realidad de la redención. La verdad del amor celoso de Dios que abraza la cruz y la muerte para vencer la muerte y el pecado, para hacer florecer la vida.

¿Incluso la cruz va a ser la voz del que clama en el desierto? Con la liturgia de la ceniza la Iglesia suplica que el “desierto” sea tierra fértil, que los hijos e hijas de esta tierra descubran otra vez la Cuaresma “Cual tiempo de salvación”.

DP-52

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

El rito de la imposición de la ceniza y las palabras que lo acompañan tomadas de la Sagrada Escritura: Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás, son un recordatorio de que nuestra existencia terrena es inevitablemente corta, un sueño del que despertaremos para disfrutar eternamente del encuentro con nuestro Padre-Dios o para sufrir por su pérdida definitiva.

Es, pues, una advertencia maternal de la Iglesia para que no pongamos todas nuestras esperanzas en los asuntos temporales, convirtiéndolos en metas absolutas, sino que, iluminados por la esperanza en Jesucristo, trasciendan la provisionalidad de las cosas de este mundo. Porque, como dice San Josemaría Escrivá: “Quizá no exista nada más trágico en la vida de los hombres que los engaños padecidos por la corrupción o por la falsificación de la esperanza, presentada con una perspectiva que no tiene como objeto el Amor que sacia sin saciar.”

Sin embargo, la esperanza no es sinónimo de pasividad, una suerte de asidero para vivir sin el empeño de trabajar por la extensión del Reino de Dios, que está ya en este mundo –intra vos est-, dentro de nosotros, poniendo en juego los talentos que Dios nos ha concedido a cada uno. Ese interés por mejorar personalmente y extender también esa mejora a la sociedad, estará atravesado por una serena alegría, ya que la vida eterna dependerá del esfuerzo por rectificar –con la ayuda de Dios- lo que de torcido haya en nuestra conducta; por alcanzar metas nobles, y sobre todo, por identificarnos con el querer de Dios. En pocas palabras, practicando ese espíritu de penitencia que la Iglesia nos propone en este inicio de la Cuaresma.

Espíritu de penitencia, sobre todo, en la vida corriente, sin descartar otros modos más propios de quienes han consagrado su vida a Dios en un monasterio, un convento, etc. Como enseña San Josemaría Escrivá: “La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo..., es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufran, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos... La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que te sirven, sin importunar con caprichos. Penitencia para los padres y, en general para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.”

Naturalmente, no se trata de olvidar las grandes penitencias, sino de saber que todas se hacen grandes por el amor con que se ejercen, y que cuando se practican las del día a día en la familia, en los lugares de trabajo, en cualquier circunstancia, eso supone una penitencia constante que lleva a vivir la caridad con todos.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Por el momento no existe esta homilía.

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Domingo I de Cuaresma. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Dt 26,4-10) "Te postrarás en presencia del Señor, tu Dios"
(Rm 10,8-13) "Nadie que cree en él quedará defraudado"
(Lc 4,1-13) "No tentarás al Señor tu Dios"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Santa María de la Merced y San Adrián Mártir (20-II-1983)

---La tentación
---Los medios para luchar: sacrificio y oración
---Mirar a la eternidad

---La tentación

Hemos empezado la Cuaresma para seguir el ejemplo de Cristo que, al inicio de su actividad mesiánica en Israel, “durante 40 días fue tentado por el diablo” (Lc 4,1), y “todo aquel tiempo estuvo sin comer” (Lc 4,2).

Nos lo dice el Evangelista Lucas en este primer domingo de Cuaresma, y después de haber dicho que Cristo “fue tentado por el diablo” (Lc 4,2), describe detalladamente esta tentación.

Nos hallamos ante un acontecimiento que nos afecta profundamente. La tentación de Jesús en el desierto ha constituido para muchos hombres, santos, teólogos, escritores, artistas, un tema fecundo de reflexión y creatividad. ¡Tan profundo es el contenido de este acontecimiento! Dice mucho de Cristo: el Hijo de Dios que se ha hecho verdadero hombre. Hace meditar mucho a cada hombre.

La descripción de la tentación de Jesús, que volvemos a leer este domingo de Cuaresma, tiene una elocuencia especial. Efectivamente, en este período, incluso más que en cualquier otro, el hombre debe hacerse consciente de que su vida discurre en el mundo entre el bien y el mal. La tentación no es más que dirigir hacia el mal todo aquello de lo que el hombre puede y debe hacer buen uso.

Si hace mal uso de ello, lo hace porque cede a la triple concupiscencia: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y orgullo de la vida. La concupiscencia, en cierto sentido, deforma el bien que el hombre encuentra en sí y alrededor de sí, y falsea su corazón. El bien, desviado de este modo, pierde su sentido salvífico y, en vez de llevar al hombre a Dios, se transforma en instrumento de satisfacción de los sentidos y de vanagloria.

No se trata ahora de someter a un análisis detallado la descripción de la tentación de Cristo, sino de llamar la atención sobre el deber que tiene cada uno de meditarla convenientemente. Es preciso, sobre todo, que en le tiempo de Cuaresma cada uno entre en sí mismo y se dé cuenta de cómo siente él específicamente esta tentación. Y que aprenda de Cristo a superarla.

---Los medios para luchar: sacrificio y oración

La tentación nos aparta de Dios y nos dirige de modo desordenado a nosotros mismos y al mundo. Y, por esto, juntamente con la lectura del Evangelio de hoy, tratamos de comprender también otras lecturas de esta liturgia.

La primera lectura del libro del Deuteronomio invita a ofrecer a Dios en sacrificio las primicias de los frutos de la tierra. Si la tentación nos dirige de modo desordenado hacia nosotros mismos y hacia el mundo, tenemos que superar este modo desordenado precisamente con el sacrificio. Cultivando el sacrificio, o mejor, el espíritu del sacrificio, no permitimos a la tentación que prevalezca en nuestro corazón, sino que mantenemos a éste en clima de interioridad y de orden.

El Salmo responsorial nos enseña la confianza en Dios y a abandonarnos en su santa Providencia. Se trata del maravilloso Salmo 90(91), que debemos conocer bien procurando orar de vez en cuando con sus palabras:

“Tú que habitas al amparo del Altísimo,/ que vives a la sombra del Omnipotente,/ di al Señor: "refugio mío, alcázar mío,/ Dios mío confío en ti"“ (Sal 90(91), 1-2).

Así dice el hombre, y Dios responde:

“Se puso junto a mí: lo libraré;/ lo protegeré porque conoce mi nombre,/ me invocará y lo escucharé./ Con él estaré en la tribulación,/ lo defenderé, lo glorificaré” (Sal 90(91), 14-15).

Las lecturas de la liturgia de hoy parecen decir: si no quieres ceder a las tentaciones, si no quieres dejarte guiar por ellas hacia caminos extraviados, ¡Sé hombre de oración! Ten confianza en Dios, y manifiéstala con la oración.

---Mirar a la eternidad

Y aún nos dice más la liturgia cuaresmal de hoy: ¡Sé hombre de fe profunda y viva!

Escuchad las palabras de la carta de San Pablo a los Romanos: “Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: la tienes en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación” (Rm 10,8-10).

Por lo tanto, ¡Sé hombre de fe! Sobre todo, ahora, en el tiempo de Cuaresma, renueva tu fe en Jesucristo: crucificado y resucitado.

¡Medita la enseñanza de la fe! ¡Medita sus verdades divinas!

Y principalmente: penetra con la fe tu corazón y tu vida (“Por la fe del corazón llegamos a la justicia”).

Profesa esta fe con la mente y con el corazón; con la palabra y con las obras: (“por la profesión de los labios llegamos a la salvación”).

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Efectivamente, debemos orar cada día por el pan cotidiano. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir para la eternidad.

DP-52 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Empieza la Cuaresma con la imposición de la ceniza el pasado Miércoles y con una enérgica llamada por parte de la Iglesia a la preparación de la Pascua que se avecina y a la definitiva en el Cielo. En esta espera que es nuestra vida terrena, seremos conducidos como Jesús al desierto. El Tentador aprovechará nuestra hambre de éxito y bienestar para sus engañosas ofertas. Como Jesús debemos responder que no sólo de eso vive el hombre.

Hay en nosotros impulsos perversos que el Diablo aprovecha para excitarlos: la comodidad, la sensualidad, la codicia, la envidia, que desata la lengua y vierte en los demás el veneno de la crítica, la agresividad y el deseo inmoderado de imponernos a los demás... Todo un elenco de malicia que dañan a quienes nos rodean y también a nosotros mismos.

Como suele decirse, sentir estas perversiones no debe desorientarnos o desanimarnos, lo que hemos de procurar, con la ayuda de Dios, es no consentirlas. Es más, las tentaciones desempeñan un importante papel en la madurez que el cristiano está llamado a alcanzar. "Nuestra vida, enseña S. Agustín, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado". "Dichoso el varón que soporta la tentación porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió" (Sant 1,12).

En uno de sus Sermones, el Santo Cura De Ars decía: "Si preguntáis a ese parroquiano de la taberna si el demonio le tienta, os responderá que no, que nada le inquieta. Interrogad a esa joven vanidosa cuáles son sus luchas, y os contestará riendo que no sostiene ninguna, ignorando totalmente en qué consiste ser tentado. Ésta es la tentación más espantosa de todas: no ser tentado; este es el estado de aquellos que el demonio guarda para el infierno. Me atreveré a deciros que se guarda bien de tentarlos ni atormentarlos acerca de su vida pasada, temiendo no abran los ojos ante sus pecados". Aunque Dios no deja de inquietar la conciencia de sus criaturas, entendemos bien lo que el santo de Ars quiere decir.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

La tentación y la victoria de Cristo

I. LA PALABRA DE DIOS

Dt 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo escogido
Sal 90, 1-2.10-11.12-13.14-15: Acompáñame, Señor, en la tribulación
Rm 10, 8-13: Profesión de fe del que cree en Jesucristo
Lc 4, 1-13: El Espíritu le iba llevando por el desierto, mientras era tentado

II. LA FE DE LA IGLESIA

«La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto» (540).

«... el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El ``diablo''[``dia-bolos''] es aquel que se atraviesa en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo» (2851).

La lucha y la victoria contra el Tentador y las tentaciones «sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio... y en el último combate de su agonía... Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya... La vigilancia es ``guarda del corazón''... El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia...» (2849).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«... El Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia, por las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros, gracias a estos Misterios...» (S. Juan Eudes) (521).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

La Cuaresma comienza siempre con el panorama yermo y atractivo, al mismo tiempo, del desierto (cf Os 1, 16), decisivo en la historia de la salvación, por el paso de Israel «durante cuarenta años». Oscuro en la perícopa envangélica por el Tentador. Pero luminoso, pascual, por la victoria de Cristo.

Después del Bautismo de Cristo e inmediatamente antes de las tentaciones, S. Lucas coloca la genealogía de Jesús, que arranca en Adán, el hombre que viene de las manos de Dios (cf 3, 23-38). En el bautismo, Jesús es presentado por el Padre como «mi Hijo querido», sobre el que ha descendido en plenitud el Espíritu Santo de Dios. Por una parte, Jesús pertenece a la raza de Adán (genealogía), a la raza humana. Por eso, como todo hombre, desde el primero, será tentado. Por otra parte, como el Hijo del Padre, lleno del Espíritu Santo de Dios, vencerá la tentación, allí donde sucumbieron el primer hombre y sus hijos. Comienza, pues, con Jesús una nueva humanidad.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Las tentaciones y la victoria de Jesús sustentan nuestra respuesta: 538-540.
Meditación sobre la situación del hombre, débil e inclinado al mal, pero «no lo abandonaste al poder de la muerte»: 402-412 (también 1707; puede completarse con el paradigma del primer pecado, 385-401).

La respuesta:
«No nos dejes caer en la tentación»: 2846-2849.
«Y líbranos del mal» [«del Malo»]: 2850-2854.
La lucha y la victoria contra los malos deseos del corazón: 2514-2519; 2534-2543.

C. Otras sugerencias

Si no hay «ejercicio cuaresmal», no hay renovación pascual.

El bautizado vive el misterio de la tentación de Jesús en la celebración litúrgica y en las tentaciones que padece. Así, anticipa con Jesús la victoria pascual.

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Domingo II de Cuaresma. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Gen 15,5-12.17-18) "Yo soy el Señor que te sacó de Ur"
(Fil 3,17-4,1) "Somos ciudadanos del cielo"
(Lc 9,28b-36) "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Parroquia de San Roberto Belarmino (2-III-1980)

---La Transfiguración
---Escuchar al Señor
---Hacia el cielo

---La Transfiguración

“Éste es mi Hijo elegido, escuchadle”.

Oímos estas palabras en el momento en que Pedro, Juan y Santiago, los Apóstoles elegidos por Cristo, se encuentran en el monte Tabor; en el momento de la Transfiguración: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente. Y he aquí que dos varones hablaban con Él, Moisés y Elías” (Lc 9,29-30).

Se trata, pues, de un momento único. Momento en que Cristo, en cierto sentido, desea decir a los Apóstoles elegidos todavía algo más sobre Sí mismo y sobre su misión. Y no olvidemos que se trata de los mismos tres Apóstoles  a quienes Él, después de algún tiempo, llevará consigo a Getsemaní, a fin de que puedan ser testigos cuando se encuentre en la angustia del espíritu y aparezca sobre su rostro el sudor de sangre (cfr. Mc 14,33; Lc 22,44). Sin embargo, en el monte Tabor somos testigos con ellos de la exaltación, de la glorificación de Cristo en su aspecto humano, en el que pudieron verle en la tierra los Apóstoles y las muchedumbres.

“Éste es mi Hijo, escuchadle”.

Estas palabras resuenan sobre Cristo por segunda vez. Por segunda vez da testimonio de Él desde lo Alto: en este testimonio el Padre habla del Hijo, de su Predilecto, Eterno, que es la misma sustancia que el Padre, del que es Dios de Dios y Luz de Luz, y se hizo hombre semejante a cada uno de nosotros.

La primera vez este testimonio fue pronunciado en el Jordán, en el momento del bautismo de Juan. Juan dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Y una voz del cielo: “Éste es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias” (Mt 3,17).

Esto sucedió en el Jordán -al mismo tiempo de la misión mesiánica de Cristo-. Ahora sucede en el monte Tabor, ante la pasión que se acerca: ante el Getsemaní, el Calvario. Y al mismo tiempo en testimonio de la futura resurrección.

Cuando el Padre viene, en esta misteriosa voz de lo Alto, da testimonio del Hijo y, a la vez, nos hace conocer que por Él y en Él -por Él y en Él- se encierra la nueva y definitiva Alianza con el hombre. Esta Alianza había sido realizada antiguamente con Abraham, que es padre de nuestra fe (como dice San Pablo, cfr. Rom 4,11): y éste fue el comienzo de la Antigua Alianza. Sin embargo, la Alianza se había hecho antes aún con Adán, con el primer Adán (como lo llama San Pablo, cfr. 1 Cor 15,45) y no mantenida después por los progenitores, esperaba a Cristo, el segundo “el último Adán” (1 Cor 15,45), para adquirir en Él y por Él -por Él y en Él- su definitiva forma perfecta.

Dios-Padre realiza la Alianza con el hombre, con la humanidad, en su Hijo. Éste es el culmen de la economía de la salvación, de la revelación del amor divino hacia el hombre. La Alianza se ha realizado para que en Dios-Hijo los seres humanos se conviertan en hijos de Dios. Cristo nos “ha dado poder de venir a ser hijos de Dios” (Jn 1,12), sin mirar la raza, lengua, nacionalidad, sexo. “No hay judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,38).

Cristo revela a cada uno de los hombres la dignidad de hijo adoptivo de Dios, dignidad a la cual está unida su vocación suprema: terrestre y eterna. “Nuestra patria está en los cielos -escribirá San Pablo a los Filipenses-, de donde esperamos un salvador: al Señor Jesucristo, que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a Sí todas las cosas” (3, 20-21).

Y esta obra de la Alianza: la obra de llevar al hombre a la dignidad de hijo adoptivo (o de hija) de Dios, Cristo la realiza de modo definitivo a través de la cruz. Esta es la verdad que la Iglesia, en el presente período de Cuaresma, desea poner de relieve de modo particular: sin la cruz de Cristo no existe esa suprema elevación del hombre.

De aquí las duras palabras del Apóstol en la segunda lectura de hoy acerca de los que “andan... como enemigos de la cruz de Cristo”; su dios es el vientre (cfr. Fil. 3,18-19) (quiere decir que lo temporal es sólo lo que tiene valor de provecho material y de utilidad). El Apóstol habla de ésos “con lágrimas en los ojos” (Fil. 3,18). Tratemos de preguntarnos si esta lágrimas del Apóstol de las Gentes no se refieren también a nosotros, a nuestra época histórica, al hombre de nuestro tiempo. Pensemos sobre esto y preguntémonos si también en nuestra generación no crece una cierta hostilidad hacia la cruz de Cristo, hacia el Evangelio; quizá sólo se trate de una indiferencia que, a veces, es peor que la hostilidad.

---Escuchar al Señor

La voz de lo Alto dice: “Éste es mi Hijo elegido, escuchadle”.

¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de plantearse un cristiano. Ni su razón. Ni su conciencia. ¿Qué significa escuchar a Cristo?.

Toda la Iglesia debe dar siempre una respuesta a esta pregunta en las dimensiones de las generaciones, de las épocas, de las condiciones sociales, económicas y políticas que cambian. La respuesta debe ser auténtica, debe ser sincera, así como es auténtica y sincera la enseñanza de Cristo, su Evangelio, y después Getsemaní, la cruz y la resurrección.

Y cada uno de nosotros debe dar siempre una respuesta a esta pregunta: si su cristianismo, si su vida son conformes con la fe, si son auténticos y sinceros. Debe dar esta respuesta si no quiere correr el riesgo de tener como dios al propio vientre(cfr. Fil. 3,19), y de comportarse como enemigo “de la cruz de Cristo” (Fil. 3,19).

La respuesta será cada vez un poco diversa: diversa será la respuesta del padre y de la madre de familia, diversa la de los novios, diversa la del niño, diversa la del muchacho y la de la muchacha, diversa la del anciano, diversa la del enfermo clavado en el lecho del dolor, diversa la del hombre de ciencia, de la política, de la cultura, de la economía, diversa la del hombre del duro trabajo físico, diversa la de la religiosa o del religioso, diversa la del sacerdote, del pastor de almas, del obispo y del Papa.

Y aun cuando estas respuestas deben ser tantas cuantos son los hombres que confiesan a Cristo, sin embargo, será única en cierto sentido, caracterizada con la semejanza interna con Aquél a quien el Padre celeste nos ha recomendado escuchar (“escuchadle”). Tal como dice de nuevo San Pablo: “Sed imitadores míos...” (Fil. 3,17), y en otro lugar añade, “como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1).

Ahora permitidme, queridos hermanos y hermanas, que me detenga aquí para recordaros esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo? Y con esta pregunta os dejaré durante toda la Cuaresma. No os doy la respuesta demasiado pormenorizada, sólo os pido que cada uno de vosotros se plantee constantemente esta pregunta: ¿qué significa escuchar a Cristo en mi vida?

Y ahora añado -siguiendo la liturgia de hoy- que escuchar a Cristo, que es el Hijo predilecto del eterno Padre, es al mismo tiempo la fuente de esa esperanza y alegría, de la que habla espléndidamente el Salmo de la liturgia de hoy:

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26(27),1).

---Hacia el cielo

De aquí nace el constante motivo de la aspiración espiritual:

“Escúchame, Señor, no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo”(Sal. 26(27) 7-8).

Buscar el rostro de Dios: he aquí la dirección que da Cristo a la vida humana:

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo” (Sal. 26(27) 8-9).

Continuando en esta dirección, el hombre no se cierra en los límites de lo temporal. Vive con la gran perspectiva.

“Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal. 26(27) 13-14).

Sí. Espera en el Señor.

DP-64 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

"Cristo nuestro Señor, enseña S. León Magno, manifestó su gloria a unos testigos predilectos; y les dio a conocer en su cuerpo, en todo semejante al nuestro, el resplandor de su divinidad. De esta forma, ante la proximidad de su Pasión, fortaleció la fe de los apóstoles para que sobrellevaran el escándalo de la cruz; y alentó la esperanza de la Iglesia al revelar, en sí mismo, la claridad que brillará un día en todo el Cuerpo que le reconoce como Cabeza suya".

"Escuchadle". Fue la voz que escucharon los discípulos en esta portentosa revelación de la divinidad de su Maestro. Si siempre debemos orar sin desanimarnos (Cf Lc 18,1 y ss.), con mayor motivo en los momentos de crisis para reafirmarnos en el camino y que la esperanza no decaiga.

Oración es hablar con Dios, pero también escucharle. Hay distintos modos de orar: alabando a Dios, pidiéndole ayuda o perdón, dándole gracias por los beneficios recibidos de Él. Pero la oración tiene también el claro objetivo de escuchar a Dios para conocerlo y amarle más y así "transforme nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa", como reza la 2ª Lectura de hoy.

La Transfiguración del Señor nos impulsa también a nosotros a mostrar su rostro mientras caminamos hacia la Pascua eterna. "Nosotros, enseña S. Pablo, reflejamos la gloria de Dios y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente... Dios ha brillado en nuestros corazones para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios reflejada en Cristo" (2 Co 3,18;4,6). Hemos de reflejar a Cristo con nuestro comportamiento, nuestra conversación, nuestra mirada, nuestra sonrisa... ¡Qué impacto tan beneficioso ejerce en los demás la persona que irradia paz y no siembra discordias; que es alegre aunque palpe las asperezas de la vida; que es servicial, generosa, comprensiva, atenta, cortés... Cuando un cristiano se conduce así, deja traslucir algo de la gloria del Señor y los que le tratan la perciben.

"Escuchadle". Escuchamos a Cristo cuando participamos en la Santa Misa y estamos atentos y receptivos a las Lecturas; cuando secundamos la voz del Espíritu Santo que resuena en nuestra conciencia animándonos a ser mas generosos en todo o recriminándonos nuestra desidia, nuestro egoísmo; cuando tenemos el hábito de leer con frecuencia el Evangelio y grabamos en el corazón esas palabras; cuando escuchamos la voz de la Iglesia, tanto del Papa y los Obispos, como de quienes recibimos un consejo espiritual acertado.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«!Maestro, qué bien se está aquí!»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gn 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con el fiel Abrahán
Sal 26, 1.7-8a.8b-9abc.13-14: El Señor es mi luz y mi salvación
Flp 3, 17-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso
Lc 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Una visión anticipada del Reino: La Transfiguración... Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ``entrar en su gloria'' (Lc 24, 27), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la montaña; la ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: ``Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa'' (Santo Tomás)» (554-555).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

Pedro no había comprendido... cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir? (S. Agustín)» (556).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

En los tres sinópticos, la transfiguración está estrechamente vinculada al primer anuncio de la pasión y en Lucas a la oración de Jesús: «mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió». La transfiguración es una experiencia mística de la humanidad de Cristo, compartida con los tres discípulos predilectos. Estos, no habituados, «se asustaron al entrar en la nube».

En Lucas se destaca el binomio gloria-muerte. La gloria de la transfiguración está patente en los tres sinópticos. Pero, al mismo tiempo, Moisés y Elías «hablaban de su muerte [su éxodo], que iba a consumar en Jerusalén» (lo propio de Lucas). Y todo quedaba envuelto en el misterio del «secreto mesiánico: ``guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie''. Pasión y Gloria, secreto mesiánico, anuncian y anticipan en este mundo de muerte lo que no es de él, el Misterio Pascual.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Jesús es el «Hijo único de Dios»: 444; 441-445.
La gracia transfigura ya a los hombres: 1996-2005.
Por los sacramentos: 556.
La transfiguración, avance de la Segunda Venida y «esperanza de los cielos nuevos y de la nueva tierra»: 1042-1050.

La respuesta:
La transfiguración del bautizado por la oración: 2559-2565.
La transfiguración del bautizado por la vida moral: 1691-1698.
La transformación de los deseos: 2520-2533; 2544-2550.

C. Otras sugerencias

Se ha de grabar en el corazón del cristiano la ley pascual, de muerte-vida. Implantada en el bautismo, puede desarrollarse o amortiguarse. Debiéramos sentir miedo a otras formas de vivir.

La Transfiguración tuvo lugar durante la oración de Jesús. No hay vida cristiana sin oración, sin tiempo «perdido» para Dios. La Cuaresma es el tiempo para decidirse a entrar en la vida de oración. «Oigo en mi corazón, buscad mi rostro» (Ant. de entrada).

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Domingo III de Cuaresma. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Ex 3,1-8a.13-15) "Soy el que soy"
(1 Cor 10,1-6.10-12) "El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga"
(Lc 13,1-9) "Si no os convertís, todos pereceréis"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en el “Metro Centro” de San Salvador (6-III-1983)

---El pecado, la raíz del mal
---La Cruz de Cristo sobre el mal
---El perdón

---El pecado, la raíz del mal

El cristiano cree en el triunfo de la vida sobre la muerte. Por eso la Iglesia, comunidad pascual del Resucitado, proclama siempre al mundo: “No busquéis entre los muertos al que vive” (Lc 24,5). Por eso halla en Él, en Cristo, el secreto de su energía y esperanza. En Él, que es “Príncipe de la Paz” (Is 9,6), que ha derribado los muros de la enemistad y ha reconciliado mediante su cruz a los pueblos divididos (cfr. Ef. 2,16).

Herida la humanidad por el pecado, fue desgarrada nuestra unidad interior. Alejándose de la amistad de Dios, el corazón del hombre se volvió zona de tormentas, cambio de tensiones y de batallas. De ese corazón dividido vienen los males a la sociedad y al mundo. Este mundo, escenario para el desarrollo del hombre, padece la contaminación del “misterio de la iniquidad” (cfr. Gaudium et spes, 103; cf. 2 Tes 2,7).

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, con definida vocación de trascendencia, de búsqueda de Dios y de fraterna relación con los demás, atormentado y dividido en sí mismo, se aleja de sus semejantes.

Y sin embargo, no es el plan original de Dios que el hombre sea enemigo, lobo para el hombre, sino su hermano. El designio de Dios no revela la dialéctica del enfrentamiento, sino la del amor que todo lo hace nuevo. Amor sacado de esa roca espiritual que es Cristo, como nos indica el texto de la epístola de esta Misa (cfr.1 Cor 10,4).

---La Cruz de Cristo sobre el mal

Si Dios nos hubiera abandonado a nuestras propias fuerzas, tan limitadas y volubles, no tendríamos razones para esperar que la humanidad viva como familia, como hijos de un mismo Padre. Pero Dios se nos ha acercado definitivamente en Jesús; en su cruz experimentamos la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio. La cruz antes símbolo de afrenta y amarga derrota, se vuelve manantial de vida.

Desde la cruz mana a torrentes el amor de Dios que perdona y reconcilia. Con la sangre de Cristo podemos vencer al mal con el bien. El mal que penetra en los corazones y en las estructuras sociales. El mal de la división entre los hombres, que han sembrado el mundo con sepulcros con las guerras, con esa terrible espiral del odio que arrasa, aniquila en forma tétrica e insensata.

El perdón de Cristo despunta como una nueva alborada, como un nuevo amanecer. Es la nueva tierra, “buena y espaciosa”, hacia la que Dios nos llama, como hemos leído antes en el libro del Éxodo (Ex 3,8). Esa tierra en la que debe desaparecer la opresión del odio y dejar el puesto a los sentimientos cristianos: “Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,12).

---El perdón

El amor redentor de Cristo no permite que nos encerremos en la prisión del egoísmo que se niega al auténtico diálogo, desconoce los derechos de los demás y los clasifica en la categoría de enemigo que hay que combatir.

Es el momento de escuchar la invitación del Evangelio de este domingo: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13,3.5). Sí, convertirse y cambiar de conducta, porque -como hemos escuchado en el Salmo responsorial- Yavé “hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos” (Sal 102,6). Por eso el cristiano sabe que todos los pecadores pueden ser rescatados: que el rico -despreocupado, injusto, complacido en la egoísta posesión de sus bienes- puede y debe cambiar de actitud; que quien acude al terrorismo, puede y debe cambiar.

El sermón de la montaña es la carta magna del cristiano: “Bienaventurados los artesanos de la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

DP-67 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

"Tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala". Hay un rechazo por parte de Dios y de los demás hacia la ineficacia. Tampoco nosotros la soportamos. Podemos aceptar el desprecio, el sufrimiento y también la muerte, pero admitir que somos unos inútiles no. Dar fruto, servir a Dios y a los demás es, junto a una satisfacción humana, un mandato divino.

Sin embargo, hay en nosotros como un principio de oposición que tiende a la exaltación del propio yo y a la comodidad. Este dictador egoísta y vanidoso, regalón y holgazán, va cancelando compromisos, limitando ese servicio a aquellas tareas que le reportan alguna ventaja o satisfacción personal. Pero sabemos que dentro de nosotros hay también un ser que reconoce que en servir está su mejor ganancia y que debe sobreponerse al comodón y egoísta. "Aprendamos a servir, dice S. Josemaría Escrivá, no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad".

¡Cuántas ocasiones para servir al Señor en la vida familiar, profesional y social que nos santifican y contribuyen a crear un ámbito de bienestar tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Preguntémonos: ¿Vivo encerrado en mis intereses personales, ajeno a las necesidades de quienes me rodean? ¿Me intereso por lo que pueda inquietar a mi mujer, a mi marido, a mis hijos, a los demás miembros de mi familia? ¿Soy sensible y lo demuestro con hechos a los apuros de mis amigos, los compañeros de trabajo, los enfermos, los pobres? ¿Me escudo en la falta de tiempo o en que también yo estoy agobiado con problemas y no puedo cargar con los de los demás?

Todo esto es posible cuando no sofocamos lo que en nosotros hay de más cálido y mejor por vivir en una atmósfera interior dominada por el tic-tac del reloj, cuando sabemos que el Señor nos espera en esos detalles de servicio y cuando hay un amor sincero, afectivo y efectivo a Cristo en los demás. No basta con que lamentemos ciertas desgracias, debemos preguntarnos qué podemos hacer para remediarlas.

Hay una maldición para esa comodidad egoísta que nos torna inútiles. "Córtala. ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde?" Pero hay también una recompensa muy grande, un tesoro inaudito en el cielo, para los que contribuyen a aliviar las cargas de los demás y hacerles más llevadera la vida con nuestros pequeños servicios: "Bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: pasa al banquete de tu señor" (Mt 25,23). Esto dirá ús a quien hizo fructificar sus talentos.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Fue a buscar fruto... y no lo encontró»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 3, 1-8a. 13-15: ``Yo soy'' me envía a vosotros
Sal 102, 1-2.3-4.6-7.8 y 11: El Señor es compasivo y misericordioso
1 Co 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro
Lc 13, 1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera

II. LA FE DE LA IGLESIA

«... la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos [después del bautismo]. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que ``recibe en su propio seno a los pecadores'' y que siendo ``santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación''» (1428).

«El olvido de la Ley y la infidelidad de la Alianza llevan a la muerte: el exilio, aparente fracaso de las Promesas, es en realidad fidelidad misteriosa del Dios Salvador y comienzo de una restauración prometida, pero según el Espíritu. Era necesario que el Pueblo de Dios sufriese esta purificación; el Exilio lleva ya la sombra de la Cruz en el designio de Dios y el Resto de pobres que vuelven del Exilio es una de las figuras más transparentes de la Iglesia» (710).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«... Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que El quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor» (313).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

Nos faltan datos para determinar, aun aproximadamente, la represión de Pilato. Lo más probable es que el Procurador romano, en venganza a una revuelta, matara a bastantes galileos.

Jesús saca la conclusión: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». El Maestro aplica la enseñanza desprendida de la higuera estéril, que será cultivada, a ruegos del viñador, «a ver si da fruto. Si no, al año que viene la cortarás».

La perícopa plantea el juicio de Dios a los pecadores, ya en este mundo. Pone delante la imagen de un Dios justo y que castiga. Imagen muy popular y que plantea interrogantes a la fe.

La justicia es atributo necesario de Dios, que la sola inteligencia del hombre no acierta a conciliar con su bondad y ternura. Pero justicia y misericordia se afirman en: el NT, la profesión de fe de la Iglesia y la experiencia cristiana de los fieles, porque Dios no puede menos de superar nuestros esquemas sobre su modo de ser. El castigo de Dios en este mundo se comprende como castigo pedagógico: Dios sólo permite los males para sacar de ellos mayores bienes (cf Hb 12, 5-11; también 311b, 324).

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Necesidad constante de conversión: 1425-1429.
Fe en los caminos de la Providencia: 309-314.

La respuesta:
La constante «conversión de los bautizados», por la formación de la conciencia: 1783-1789.
La conversión de la sociedad: 1423; 1886-1889.

C. Otras sugerencias

El juicio en este mundo del Dios que nos ama ofrece un avance, sujeto a revisión, del juicio definitivo. Por esto, el juicio de Dios en este mundo busca nuestra conversión. Hay que adherirse a los caminos de la providencia de Dios, que busca la purificación de nuestros corazones, bajo la sombra de la Cruz, en comunión con el Cristo paciente (Ver 618).

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Domingo IV de Cuaresma. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Jos 5,9a.10-12) "Hoy os he despojado del oprobio de Egipto"
(2 Cor 5,17-21)  "Os pedimos que os reconciliéis con Cristo"
(Lc 15,1-3.11-32) "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la Parroquia de San Ignacio de Antioquía, en Roma (16-III-1980)

---Necesidad de la confesión
---Itinerario del Hijo pródigo
---La misericordia de Dios

---Necesidad de la confesión

Si somos verdaderamente discípulos y confesores de Cristo, que ha reconciliado al hombre con Dios, no podemos vivir sin buscar, por nuestra parte, esta reconciliación interior. No podemos permanecer en el pecado y no esforzarnos para encontrar el camino que llega a la casa del Padre, que siempre está esperando nuestro retorno.

En el curso de la Cuaresma, la Iglesia nos llama a la búsqueda de este camino: “Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios” (2 Cor 5,20). Sólo reconciliándonos con Dios en nombre de Cristo, podemos gustar “qué bueno es el Señor” (Sal 33(34),9), comprobándolo, por decirlo así, experimentalmente.

No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesionario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la confesión no podrán encontrar en otra parte. Efectivamente, nadie tiene el poder de librarnos de nuestros pecados, sino solo Dios. Y el hombre que consigue esta remisión, recibe la gracia de una vida nueva del espíritu, que sólo Dios puede concederle en su infinita bondad. “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias” (Sal 33(34),7).

Por medio de la parábola del hijo pródigo, el Señor ha querido grabar y profundizar esta verdad, espléndida y riquísima, no sólo en nuestro entendimiento, sino también en nuestra imaginación, en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Cuántos hombres en el curso de los siglos, cuántos de los de nuestro tiempo pueden encontrar en esta parábola los rasgos fundamentales de la propia historia personal. Son tres los momentos claves de la historia de este hijo, con el que se identifica, en cierto sentido, cada uno de nosotros, cuando se da al pecado.

---Itinerario del Hijo pródigo

Primer momento: el alejamiento. Nos alejamos de Dios, como se había alejado ese hijo del Padre, cuando empezamos a comportarnos respecto a cada uno de los bienes que hay en nosotros, tal como él hizo con la parte de los bienes recibidos en herencia. Olvidamos que ese bien nos lo ha dado Dios como deber, como talento evangélico. Al operar con él, debemos multiplicar nuestra herencia, y, de este modo, dar gloria a  Aquel de quien la hemos recibido. Por desgracia, nos comportamos, a veces, como si ese bien que hay en nosotros, el bien del alma y del cuerpo, las capacidades, las facultades, las fuerzas, fuesen de nuestra propiedad exclusiva, de la que podemos servirnos y abusar de cualquier manera, derrochándola y disipándola.

Efectivamente, el pecado es siempre un derroche de nuestra humanidad, el derroche de nuestros valores más preciosos. Esta es la auténtica realidad, aun cuando pueda parecer a veces, que precisamente el pecado nos permite conseguir éxitos. El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad, y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia.

El segundo momento en nuestra parábola es el del retorno a la recta razón y del proceso de conversión. El hombre debe encontrar de nuevo dolorosamente lo que ha perdido, aquello de que se ha privado al cometer el pecado, al vivir en el pecado, para que madure en él ese paso decisivo: “Me levantaré e iré a mi Padre” (Lc 15,18). Debe ver de nuevo el rostro de ese Padre, al que ha vuelto las espaldas y con quien ha roto los puentes para poder pecar “libremente”, para poder derrochar “libremente” los bienes recibidos. Debe encontrarse con el rostro del Padre, dándose cuenta, como el joven de la parábola, de haber perdido la dignidad de hijo, de no merecer acogida alguna en la casa paterna. Al mismo tiempo, deberá desear ardientemente retornar. La certeza de la bondad y del amor que pertenecen a la esencia de la paternidad de Dios, deberá conseguir en él la victoria sobre la conciencia de la culpa y de la propia dignidad. Más aún, esta certeza deberá presentarse como el único camino de salida, para emprenderlo con ánimo y confianza.

Finalmente el tercer momento: el retorno. El retorno se desarrollará como habla Cristo de él en la parábola. El Padre espera y olvida todo el mal que el hijo ha cometido, y no tiene en consideración todo el derroche de que es culpable el hijo. Para el Padre sólo hay una cosa importante: que el hijo ha sido encontrado; que no ha perdido hasta el fondo la propia humanidad; que, a pesar de todo, vuelva con el propósito de vivir de nuevo como hijo, precisamente en virtud de la conciencia adquirida de la indignidad y de la culpa.

“Padre, he pecado..., no soy digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21).

---La misericordia de Dios

La Cuaresma es el tiempo de una espera especialmente amorosa de nuestro Padre en relación con cada uno de nosotros, que, aun cuando sea el más pródigo de los hijos, se haga, sin embargo, consciente de la dilapidación perpetrada, llame por su nombre al propio pecado, y finalmente se dirija hacia Dios con plena sinceridad.

Este hombre debe llegar a la casa del Padre. El camino que allí conduce, pasa a través del examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda. Como en la parábola del hijo pródigo, estas son las etapas de la conversión. Cuando el hombre supere en sí mismo, en lo íntimo de su humanidad, todas estas etapas, nacerá en él la necesidad de la confesión. Esta necesidad quizá lucha en lo vivo del alma con la vergüenza, pero cuando la conversión es verdadera y auténtica, la necesidad vence a la vergüenza: la necesidad de la confesión, de la liberación de los pecados es más fuerte. Los confesamos a Dios mismo, aunque en el confesionario los escucha el hombre-sacerdote. Este hombre es el humilde y fiel servidor de ese gran misterio que se ha realizado entre el hijo que retorna y el Padre.

En el período de Cuaresma esperan los confesonarios: esperan los confesores; espera el Padre. Podríamos decir que se trata de un período de especial solicitud de Dios para perdonar y absolver los pecados: el tiempo de la reconciliación.

Nuestra reconciliación con Dios, el retorno a la casa de Padre, se realiza mediante Cristo. Su pasión y muerte en la cruz se colocan entre cada uno de los pecados humanos, y el infinito amor del Padre. Este amor, pronto a aliviar y perdonar, no es otra cosa que la misericordia. Cada uno de nosotros en la conversión personal, en el arrepentimiento, en el firme propósito de la enmienda, finalmente en la confesión, acepta realizar una personal fatiga espiritual, que es prolongación y reverbero lejano de esa fatiga salvífica, que emprendió nuestro Redentor. He aquí cómo se expresa el Apóstol de la reconciliación con Dios: “A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios” (2 Cor 5,21). Por lo tanto, emprendamos nuestros esfuerzos de conversión y de penitencia por Él, con Él y en Él. Si no lo emprendemos, no somos dignos del nombre de Cristo, no somos dignos de la herencia de la redención.

“El que es de Cristo se ha hecho criatura nueva, y lo viejo pasó, se ha hecho nuevo. Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación” (2 Cor. 5,17-18).

Que este amor (el amor de Cristo) haga brotar en nuestros corazones la misma confianza profunda que brotó en el corazón del hijo de la parábola de hoy: “Me levantaré e iré a mi Padre y le diré: Padre he pecado”.

DP-72 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Acabamos de escuchar uno de esos relatos evangélicos que nos hablan de la benevolencia de Dios con sus hijos y son como un bálsamo para el corazón dolido por el vergonzoso comportamiento con nuestro Dios. Uno de esos relatos que, una vez oído, ya no se pueden olvidar y que deben ser considerados a solas muchas veces porque su riqueza espiritual es inmensa.

Detengamos la mirada en el Padre que Jesús nos ha revelado. "Cuando todavía estaba lejos (el hijo menor), su padre lo vio". "El padre esperaba al hijo, estaba ansioso por él. No sólo le perdona su cruel insistencia en reclamarle derechos: "Dame la parte de la herencia que me corresponde". Sino que lo ama hasta el extremo de quererlo a su lado de nuevo. Cuando, por fin, el hijo aparece en el horizonte, de ningún modo piensa en castigarle... Se diría que no le interesa la sumisión del hijo perdido ni su autoacusación y humillación que podrían parecer obligadas por razones de pedagogía y orden. Al contrario, corre a su encuentro, se le echa al cuello y le besa. Le hace ponerse el traje mejor, un anillo en el dedo y calzado en los pies; y ordenan que maten el ternero cebado a fin de celebrar la fiesta. El Padre es así; así nos lo muestra Jesús. Para cada uno de nosotros es el Tú que siempre espera y siempre está dispuesto a abrirnos sus brazos de Padre, sea lo que fuere lo sucedido" (Juan Pablo II).

La alegría del Padre por el retorno del hijo menor nos humedece los ojos. Pero, ¿y el comportamiento con el mayor, no es conmovedor también? Al volver de su trabajo y ver la fiesta, el banquete, la música, por el regreso de su hermano se irrita y no quiere participar en la fiesta. Piensa, tal vez, que su fidelidad no ha sido valorada y es víctima de un agravio comparativo y critica a su padre de modo insolente. Con una ternura inmensa se dirige también a él el Padre: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado" ¡Deberías alegrarte! ¡Qué distinto es Dios de nosotros! Si el corazón tiene razones que la mente no comprende, decía Pascal, ¿no sentimos latir aquí el Corazón de Dios? Es un alivio ver que el Padre no se incomoda con estos dos hijos en quienes estamos retratados todos, sino que razona con el mayor cuando no entiende el sacrificio que el servicio de Dios comporta y perdona al menor sus locuras.

Somos gente intensamente querida, amadas con esa verdad con la que sólo el Absoluto puede hacerlo. Vigilemos para que este amor tan desproporcionado como gratuito no se convierta en pasaporte para la impunidad. ¡Cuánta gente que tranquiliza su conciencia diciéndose frívolamente: Dios es muy bueno! Dios es Padre. La Sagrada Escritura desenmascara esta indulgencia desordenada así: "Si yo soy vuestro Padre, ¿donde está mi honra?, y si soy el Señor, ¿donde está el honor que me debéis?" (Mal 1,6). Recordemos que en el hijo menor la experiencia de la bondad del Padre coincide con el conocimiento de sí mismo, el arrepentimiento y la conversión. Preparémonos a la Pascua que se avecina confesión.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»

I. LA PALABRA DE DIOS

Jos 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua al entrar en la tierra prometida
Sal 33, 2-3.4-5.6-7: Gustad y ved qué bueno es el Señor
2 Co 5, 17-21: Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo
Lc 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: ``No he venido a llamar a justos sino a pecadores''... Les invita a la conversión» (545).

«... la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón... Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado» (1848).

«Perdona nuestras ofensas... aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de apartarnos de Dios... Nuestra petición empieza con una ``confesión'' en la que afirmamos, al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia» (2839).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«El que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también te acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador son por así decirlo, dos realidades: cuando oyes hablar del hombre es Dios quien lo ha hecho; cuando oyes hablar del pecador, es el hombre mismo quien lo ha hecho. Destruye lo que tú has hecho para que Dios salve lo que El ha hecho... Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces tus obras buenas comienzan porque reconoces tus obras malas. El comienzo de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz (S. Agustín)» (1458).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

La misericordia y la alegría de Dios Padre son los dos rasgos más destacados por S. Lucas en las parábolas del perdón.

A las ideas judías de justicia y pecado, obediencia o desobediencia a las órdenes del Padre (vers. 29), muy presentes en el hijo mayor de la parábola, Jesús opone otro modo de ver las relaciones del hombre con Dios: la rectitud consiste en comportarse como hijo y el pecado en dejar de proceder como tal, por esto, el hijo menor se aleja del Padre y de su casa. Esto equivale a morir y el retorno a vivir (vers. 24 y 32).

El pródigo recupera los privilegios del hijo: «el mejor traje» (más exactamente «el primer traje»); el anillo y las sandalias, propios de los hombres libres y se le festeja con el ternero cebado, reservado para las grandes ocasiones.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
La realidad del pecado y su proliferación: 386-387; 1865-1869.
La necesidad de un sacramento del perdón: 979-983.

La respuesta:
La penitencia del corazón: 1430-1433.
La confesión de los pecados: 1455-1458.
Las obras de satisfacción: 1459-1460.

C. Otras sugerencias

El perdón de Dios no alcanza al hombre, mientra éste no se vuelva a El, mientras no se convierta, porque Dios no puede menos de respetar la libertad de la criatura. Esta retorna por la decisión del corazón, bajo la gracia del Dios que espera y llama al sacramento de la penitencia y del perdón.

«El cristiano que quiere purificarse de su pecado... no está solo... En la comunión de los santos... la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás». Esta es la base de las Indulgencias, que completan el sacramento de la penitencia y cuya práctica se debe recuperar (cf 1474).

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Solemnidad de San José. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(2 Sm 7,4-5.12-14.16) "Yo estableceré para siempre el trono de su reino"
(Rm 4,13.16-18.22) "Yo te he constituido padre de muchas gentes"
(Mt 1,16.18-21.24) "Él salvará a su pueblo de sus pecados"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la plaza de Juan Pablo II en Térmoli (19-III-1983)

---S. José, Padre de Jesús
---Relación padres e hijos
---Intercesión de S. José

---S. José, Padre de Jesús

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88,1).

Hoy la Iglesia celebra a San José, el “hombre justo” que, en la humildad del taller de Nazaret, proveyó con el trabajo de las propias manos al sustentamiento de la Sagrada Familia.

San José está ante vosotros como hombre de fe y de oración. La liturgia le aplica la Palabra de Dios en el Salmo 88: “Él me invocará: Tú eres mi padre,/ mi Dios, mi roca salvadora” (v.27). Ciertamente, ¡cuántas veces, durante las largas jornadas de trabajo, José habrá elevado su pensamiento a Dios para invocarlo, para ofrecerle su fatiga, para implorar luz, ayuda, consuelo! ¡Cuántas veces! Pues bien, este hombre, que con toda su vida parecía gritar a Dios: “Tú eres mi padre”, obtuvo esta gracia particularísima: el Hijo de Dios en la tierra lo trató como padre. José invoca a Dios con todo el ardor de su espíritu de creyente: “Padre mío”, y Jesús, que trabajaba a su lado con las herramientas del carpintero, se dirigía a él, llamándole “padre”.

Misterio profundo: Cristo que, en cuanto Dios, tenía directamente la experiencia de la Paternidad divina en el seno de la Santísima Trinidad, vivió esta experiencia, en cuanto hombre, a través de la persona de José, su padre putativo. Y José, a su vez, en la casa de Nazaret, ofreció al niño que crecía a su lado el apoyo de su equilibrio viril, de su clarividencia, de su valentía, de las dotes propias de todo buen padre, sacándolas de esa fuente suprema “de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15).

---Relación padres e hijos

Alguien ha dicho que hoy estamos viviendo la crisis de una “sociedad sin padres”.

Queridos padres: en Dios, fuente de toda paternidad, en su modo de actuar con los hombres, como nos revela la Sagrada Escritura, podéis encontrar el modelo de una paternidad capaz de incidir positivamente en el proceso educativo de vuestros hijos, no sofocando, por una parte, su espontaneidad, ni abandonando, por otra, su personalidad aún inmadura, a las experiencias traumatizantes de la inseguridad y de la sociedad.

José y su Esposa castísima, la Virgen María, no abdicaron de la autoridad que les competía como padres. El Evangelio dice significativamente de Jesús: “...estaba bajo su autoridad” (Lc 2,51). Era una sumisión “constructiva” aquella de la que fueron testigos las paredes de la casa de Nazaret, ya que dice el Evangelio que, gracias a ella, el Niño “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (ib.,52).

En este crecimiento humano José guiaba y sostenía al Niño Jesús, introduciéndolo en el conocimiento de las costumbres religiosas y sociales del pueblo judío, y encaminándolo en la práctica del oficio de carpintero, del que durante tantos años de ejercicio, él había asimilado todos los secretos. San José enseñó a Jesús el trabajo humano, en el que era experto. El divino Niño trabajaba junto a él, y escuchándolo y observándolo aprendía a manejar los instrumentos propios del carpintero con la diligencia y la dedicación que el ejemplo del padre putativo le transmitía.

En el trabajo hay un específico valor moral con un significado preciso para el hombre y para su realización. En la Encíclica Laborem exercens, he hecho notar precisamente que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido se hace más hombre" (n.9).

---Intercesión de S. José

“Te hago padre de muchos pueblos” (Rm 4,17), se proclama en la primera lectura. Las palabras que Dios dirige a Abraham, ya anciano y todavía sin descendencia, la liturgia se las aplica hoy a San José, el cual no tuvo en absoluto descendencia carnal; Después de haber sido un instrumento particular de la Providencia divina para con Jesús y María, sobre todo durante la persecución de Herodes, San José continúa desempeñando su providencial y “paterna” misión en la vida de la Iglesia y de todos los hombres.

“Padre de muchos pueblos”: la devoción con que los cristianos de todas las partes del mundo, animados en esto por la liturgia, se dirige a San José para confiarle las propias penas y para implorar su protección, confirma el hecho singular de esta paternidad sin límites.

“El me invocará: Tú eres mi padre”. Como San José, invocad también vosotros con una oración asidua y fervorosa al Padre celestial y también vosotros experimentaréis, como él, la verdad de las siguientes palabras del Señor: “Le mantendré eternamente mi favor/ y mi alianza con él será estable” (Sal 88,29).

DP-85

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

La figura de S. José, que hoy contemplamos, se agiganta cuando vemos que Jesús, siendo el hijo de Dios a quien el cielo y la tierra están sujetos, quiso estar bajo la autoridad de José. La sublimidad de esta obediencia honra a S. José más que todos los elogios que la piedad cristiana pueda dedicarle.

Dios puso en manos de S. José lo que más quería: su Hijo y su Madre. “Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es S. José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular. José viene a ser el broche del AT, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa” (S. Bernardino de Siena).

De ahí que la Iglesia rece así: “¡Oh, feliz varón, bienaventurado José, a quien le fue concedido no sólo ver y oír al Dios a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo! Ruega por nosotros, bienaventurado José”.

Uno de los rasgos más llamativos de S. José es, sin duda, el silencioso discurrir de su existencia terrena Es realmente impresionante y ejemplar, la vida sencilla, modesta y laboriosa de un hombre que ha recibido de Dios luces tan extraordinarias, testigo de excepción junto con María de la Encarnación del Hijo de Dios -y en cierto modo protagonista-, y no siente la necesidad de encaminar sus pasos por un sendero llamativo que atraiga la atención de sus contemporáneos. “Para él los trabajos, las responsabilidades, los riesgos, los afanes de la singular y pequeña familia sagrada. Para él el servicio, el trabajo, el sacrificio en la penumbra del cuadro evangélico en el cual nos complace contemplarlo y, ahora que nosotros lo sabemos todo, llamarlo dichoso, bienaventurado” (Pablo VI).

“Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: éste es José. Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret” (San Josemaría Escrivá).

El recurso a S. José debería ser tan confiado y frecuente como lo ha sido y lo es en las almas que le profesan una gran devoción. ¡Id a José! Los Sumos Pontífices han aconsejado a los padres de familia, a los trabajadores, a los emigrantes, a los exiliados, a los adoradores de Dios en el silencio de los templos y de los  monasterios y conventos, a los afligidos, a los agonizantes, a los que confiesan su fe y luchan por los derechos de Dios, a todo el pueblo católico, que acudan confiados a S. José. “No me acuerdo de haberle pedido cosa que la haya dejado de hacer, decía Sta. Teresa. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este santo; los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma. Que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer una necesidad, mas este glorioso santo tengo experimentado que socorre en todas y que quiere darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hará cuanto le pida”.

Es seguro, que quien recibió de Dios la misión de custodiar la frágil y amenazada infancia de Jesús, continuará protegiendo el también frágil y amenazado Cuerpo Místico de Cristo y cada uno de los miembros del mismo que somos cada uno de nosotros.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Creyó contra toda esperanza»

I. LA PALABRA DE DIOS

2 S 7,4-5.12-14.16: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre
Sal 88, 2-3.4-5.27 y 29: Su linaje será perpetuo
Rm 4,13.16-18.22: Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza
Mt 1, 16.18-21.24: José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

II. LA FE DE LA IGLESIA

«La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana» (533).

«La sumisión cotidiana de Jesús a José y a María anunciaba y anticipaba la sumisión del Jueves Santo: ``No se haga mi voluntad...''» (532).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio ... Una lección de silencio ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e inestimable ... Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable ... Una lección de trabajo. Nazaret, oh casa del ``Hijo del Carpintero'', aquí es donde querríamos comprender y celebrar la ley severa y redentora del trabajo humano ...; cómo querríamos, en fin, saludar aquí a todos los trabajadores del mundo entero y enseñarles su gran modelo, su hermano divino» (Pablo VI) (533).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

La promesa sobre el linaje de David recogida en la primera lectura,la ve la Iglesia realizada en Jesucristo, que fue acogido por «José, hijo de David». El Evangelio proclama el relato del nacimiento de N.S. Jesucristo donde aparece el papel de S. José como representante legal y responsable de la Sagrada Familia.

Como Abrahán, S. José es modelo de «obediente en la fe»: creyó, contra toda esperanza.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
La obediencia de la fe: 144-165.

La respuesta:
La familia de Nazaret, modelo de obediencia de la fe: 531-533.

C. Otras sugerencias

Ninguna palabra, sólo un pensamiento. Ningún relato con S. José de protagonista. Un solo calificativo «José... que era justo». Así tratan los evangelistas a S. José. Pocas palabras que describen a un gran santo, patrono de la Iglesia universal.

Es modelo para el creyente. Con María, su esposa, y como nuevo Abrahán, es modelo en la «obediencia de la fe».

¿Hay mayor justicia que ser obediente en la fe? José era justo, obediente en la fe.

Imitemos su ejemplo y pidamos su protección.

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Domingo V de Cuaresma. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Is 43,16-21) "Abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas"
(Fil 3,8-14) "Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo"
(Jn 8,1-11) "Tampoco yo te condeno"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en Norcia (23-III-1980)

---Agradecimiento a Dios
---Bautismo
---Oración y trabajo

---Agradecimiento a Dios

Gloria a ti, Cristo, Verbo de Dios.

Gloria a ti cada día en este período bendito que es la Cuaresma. Gloria a ti hoy, día del Señor y V domingo de este período.

Gloria a ti, Verbo de Dios, que te has hecho carne y te has manifestado con tu vida y has realizado en la tierra tu misión con la muerte y la resurrección.

Gloria a ti, Verbo de Dios, que penetras lo íntimo de los corazones humanos y les muestras el camino de la salvación.

Gloria a ti en todo lugar de la tierra.

Gloria a ti, Verbo de Dios, Verbo de la Cuaresma, que es el tiempo de nuestra salvación, de la misericordia y de la penitencia.

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, que intercale estas expresiones de veneración y agradecimiento en las palabras de la liturgia cuaresmal de hoy. La veneración y el agradecimiento constituyen el motivo de nuestra presencia hoy aquí, de mi peregrinación junto a vosotros al lugar del nacimiento de san Benito, al cumplirse mil quinientos años de la fecha de este nacimiento.

---Bautismo

Sabemos que el hombre nace al mundo gracias a sus padres. Confesamos que, habiendo venido al mundo por sus procreadores, que son el padre y la madre, renace a la gracia del bautismo sumergiéndose en la muerte de Cristo crucificado, para recibir la participación en esa vida que Cristo mismo ha revelado con su resurrección. Mediante la gracia recibida en el bautismo, el hombre participa en el nacimiento eterno del Hijo del Padre, puesto que se hace hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo.

Juntamente con San Benito nacía en cierto sentido una época nueva, una nueva Italia, una nueva Europa. El hombre siempre viene al mundo en determinadas condiciones históricas; incluso el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre en cierto periodo de tiempo, y en él dio comienzo a los tiempos nuevos que han venido después de Él.

El año en que, según la tradición, vino a la luz Benito, el 480, sigue muy de cerca de una fecha fatídica, o mejor, fatal, para Roma: aludo a ese 476 después de Cristo, en el cual, con el envío a Constantinopla de las insignias imperiales, el Imperio Romano de Occidente, después de un largo periodo de decadencia, tuvo su fin oficial. Se derrumbaba ese año una estructura política, esto es, un sistema que había condicionado, poco a poco, casi por un milenio, el camino y el desarrollo de la civilización humana en el área de todo el litoral del Mediterráneo.

Pensemos: Cristo mismo vino al mundo según las coordenadas --tiempo, lugar, ambiente, condiciones políticas, etc.-- creadas por este mismo sistema. Y también la cristiandad, en la historia gloriosa y doliente de la “Ecclesia primaeva”, tanto en la época de las persecuciones, como en la sucesiva libertad, se desarrolló en el marco del “ordo Romanus”, más aún, se desarrolló, en cierto sentido, “a pesar” de este “ordo”, en cuanto ella tenía una dinámica, propia que le hacía independiente de él y le consentía vivir una vida “paralela” a su desarrollo histórico.

Tampoco el llamado edicto de Constantino, en el 313, hizo depender a la Iglesia del Imperio: si le reconocía la justa libertad “ad extra” después de las sangrientas represiones de la época anterior, no fue él quien le confirió esa igualmente necesaria libertad “ad intra” que, en conformidad con la voluntad de su Fundador, le viene indefectiblemente del impulso de vida que le comunica el Espíritu. Incluso después de este importante acontecimiento, que selló la paz religiosa, el Imperio Romano continuó su proceso de desintegración: mientras en Oriente el sistema imperial se pudo reforzar, también con notables transformaciones, en Occidente se debilitó progresivamente por una serie de causas internas y externas, entre las cuales el choque de las migraciones de los pueblos, y en un determinado momento no tuvo ya la fuerza de sobrevivir.

De hecho, cuando aquí en Nursia vino al mundo San Benito, no sólo “el mundo antiguo se encaminaba al fin” (Krasinski, Irydion), sino que en realidad este mundo ya había sido transformado: habían subintrado los “Christiana tempora”. Roma, que en un tiempo había sido el testigo principal de la potencia en la ciudad del más grande esplendor del Imperio, se había convertido en la Roma cristiana. En cierto sentido había sido realmente la ciudad con la que se había identificado el Imperio. La Roma de los Césares ya se había desvanecido. Quedaba la Roma de los Apóstoles. La Roma de Pedro y de Pablo, la Roma de los mártires, cuya memoria todavía estaba relativamente fresca y viva. Y, mediante esta memoria estaba viva la conciencia de la Iglesia y el sentido de la presencia de Cristo, del que tantos hombres y mujeres no habían vacilado en dar su testimonio, mediante el sacrificio de la propia vida.

Así, pues, nace en Nursia Benito y madura en ese clima particular, en el que el fin de la potencia terrena, la mayor de las potencias que se han manifestado en el mundo antiguo, habla al alma con el lenguaje de las realidades últimas, mientras, al mismo tiempo, Cristo y el Evangelio hablan de otra aspiración, de otra dimensión de la vida, de otra justicia, de otro Reino.

Benito de Nursia crece en este clima. Sabe que la verdad plena sobre el significado de la vida humana lo ha expresado San Pablo, cuando ha escrito en la Carta a los Filipenses: “dando al olvido a lo que ya queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, mirando hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (FiI. 3, 13-14).

Estas palabras las había escrito el Apóstol de las Gentes, el fariseo convertido, que así daba testimonio de su conversión y de su fe. Estas palabras reveladas contienen también la verdad que retorna a la Iglesia y a la humanidad en las diversas etapas de la historia. En esa etapa, en la que Cristo llamó a Benito de Nursia, estas palabras anunciaban el comienzo de una época que sería precisamente la época de la gran aspiración “hacia lo alto” en pos de Cristo crucificado y resucitado. Tal como escribe San Pablo: “para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándose a Él en su muerte, por si logro alcanzar la resurrección de los muertos”.

Así, pues, más allá del horizonte de la muerte que sufrió todo el mundo construido sobre la potencia temporal de Roma y del Imperio, emerge esta nueva aspiración: la aspiración “hacia lo alto”, suscitada por el desafío de la nueva vida, el desafío que Cristo trajo al hombre juntamente con la esperanza de la futura resurrección. El mundo terrestre --el mundo de las potencias y de las derrotas del hombre-- se convierte en el mundo visitado por el Hijo de Dios, el mundo sostenido por la cruz en la perspectiva del futuro definitivo del hombre, que es la eternidad: el Reino de Dios.

Benito fue para su generación, y aún más para las generaciones sucesivas, el apóstol de ese Reino y de esa aspiración. Y sin embargo, el mensaje que él proclamó mediante toda su Regla de vida, parecía --y parece incluso hoy-- ordinario, común y como menos “heroico” que el que dejaron los apóstoles y los mártires sobre las ruinas de la Roma antigua.

---Oración y trabajo

En realidad es el mismo mensaje de vida eterna, revelado al hombre en Cristo Jesús, el mismo, aun cuando dicho con el lenguaje de tiempos ya diversos. La Iglesia lee siempre de nuevo el mismo Evangelio --Palabra de Dios que no pasa-- en el contexto de la realidad humana que cambia. Y Benito supo ciertamente interpretar con perspicacia, los signos de los tiempos de entonces, cuando escribió su Regla en la cual la unión de la oración y del trabajo se convertía en el principio de la aspiración a la eternidad, para aquellos que la habrían de aceptar. “Ora et labora” era, para el gran fundador del monaquismo occidental, la misma verdad que el Apóstol proclama en la lectura de hoy, cuando afirma que lo ha dejado todo por Cristo: “Todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en Él” (FiI. 3,8-9).

Benito, al leer los signos de los tiempos, vio que era necesario realizar el programa radical de la santidad evangélica, expresado con las palabras de San Pablo, de una forma ordinaria, en las dimensiones de la vida cotidiana de todos los hombres. Era necesario que lo heroico se hiciese normal, cotidiano, y que lo normal, cotidiano, se hiciese heroico.

De este modo él, padre de los monjes, legislador de la vida monástica en Occidente, vino a ser también indirectamente el precursor de una nueva civilización. Dondequiera que el trabajo humano condicionaba el desarrollo de la cultura, de la economía, de la vida social, allí llegaba el programa benedictino de la evangelización, que unía el trabajo a la oración, y la oración al trabajo.

Hay que admirar la sencillez de este programa y, al mismo tiempo, su universalidad. Se puede decir que este programa ha contribuido a la cristianización de los nuevos pueblos del continente europeo y, a la vez, se ha encontrado también en la base de su historia nacional, de una historia que cuenta con más de un milenio.

De este modo, San Benito se convierte en el Patrono de Europa durante el curso de los siglos: mucho antes de ser proclamado como tal por el Papa Pablo VI.

Él es Patrono de Europa en esta época nuestra. Lo es no sólo por sus méritos particulares hacia este continente, hacia su historia y su civilización. Lo es, además, por la nueva actualidad de su figura en relación con la Europa contemporánea.

El trabajo se puede separar de la oración y hacer de él la única dimensión de la existencia humana. La época contemporánea lleva consigo esta tendencia. Esta época se diferencia de los tiempo de Benito de Nursia, porque entonces Occidente miraba hacia atrás, inspirándose en la gran tradición de Roma y del mundo antiguo. Hoy Europa tiene a sus espaldas la terrible segunda guerra mundial y los consiguientes cambios importantes en el mapa del globo, que han limitado la dominación de Occidente sobre otros continentes. Europa, en cierto sentido, ha retornado dentro de sus propias fronteras.

Y sin embargo, lo que está a nuestras espaldas no es el objeto principal de la atención y de la inquietud de los hombres y de los pueblos. El objeto no cesa de ser lo que está ante nosotros.

¿Hacia dónde camina toda la humanidad, ligada con los múltiples vínculos de los problemas y de las reciprocas dependencias, que se extienden a todos los pueblos y continentes? ¿Hacia dónde camina nuestro continente y, apoyados en él, todos esos pueblos y tradiciones que deciden de la vida y de la historia de tantos países y de tantas naciones?

¿Hacia dónde camina el hombre?

Las sociedades y los hombres, en el curso de estos quince siglos que nos separan del nacimiento de San Benito de Nursia, han llegado a ser los herederos de una gran civilización, los herederos de sus victorias, pero también de sus derrotas, de sus luces, pero también de sus sombras.

Se tiene la impresión de que prevalece la economía sobre la moral, de que prevalece la temporalidad sobre la espiritualidad.

Por una parte, la orientación casi exclusiva hacia el consumo de los bienes materiales, quita a la vida humana su sentido más profundo. Por otra parte, el trabajo está volviéndose en muchos casos casi una coacción alienante para el hombre, sometido al colectivismo, y se separa, casi a cualquier precio, de la oración, quitando a la vida humana su dimensión ultra-temporal.

Entre las consecuencias negativas de una semejante actitud de cerrarse a los valores transcendentes, hay una de ellas que hoy preocupa de modo especial: consiste en el Clima cada vez más difundido de tensión social, que degenera tan frecuentemente en episodios absurdos de feroz violencia terrorista. La opinión pública está profundamente impresionada y turbada por ella. Sólo la conciencia recuperada de la dimensión trascendente del destino humano puede conciliar el compromiso por la justicia y el respeto a la sacralidad de cada una de las vidas humanas inocentes. Por esto la Iglesia italiana se recoge hoy particularmente en apremiante oración.

No se puede vivir para el futuro sin intuir que el sentido de la vida es mayor que la temporalidad, que está sobre ella. Si la sociedad y los hombres de nuestro continente han perdido el interés por este sentido, deben encontrarlo de nuevo. Con esta finalidad, ¿pueden volver quince siglos atrás, al tiempo en que nació San Benito de Nursia?

No, no pueden volver atrás. Deben encontrar de nuevo el sentido de la vida en el contexto de nuestro tiempo. De otro modo no es posible. Ni deben ni pueden volver atrás, a los tiempos de Benito, pero deben volver a encontrar el sentido de la existencia humana según la medida de Benito. Sólo entonces vivirán para el futuro. Y trabajarán para el futuro. Y morirán en la perspectiva de la eternidad.

Si mi predecesor Pablo VI ha proclamado a San Benito de Nursia el Patrono de Europa, es porque él podrá ayudar en esto a la Iglesia y a las naciones de Europa. Deseo de corazón que esta peregrinación de hoy al lugar de su nacimiento pueda constituir un servicio a esta causa.

DP-77 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Jesús protege a esta mujer del acoso a que estaba siendo sometida por un grupo de fanáticos e hipócritas, instándole, al mismo tiempo que le perdona, a que, en adelante, se esfuerce por llevar una vida limpia. Se palpa aquí la verdad de aquellas palabras suyas: "Misericordia quiero y no sacrificio" (Mt 9,13).

Jesús es realista, no peca de angelismo como los ingenuos, ni se escandaliza como los hipócritas ante las debilidades humanas. Siempre está de parte de quienes más ayuda necesitan: los enfermos de cuerpo y alma; los marginados por los que se tienen a sí mismos por la flor y nata de la aristocracia espiritual o social. Él acepta lo que hay en la criatura humana de grandeza y de fragilidad, aunque es implacable con los cínicos.

Hoy nos parece una monstruosidad emprenderla a pedradas con una mujer hasta matarla por un pecado de adulterio. Pero, ¿qué habría que pensar de esos linchamientos a los que puede verse sometida una persona o una institución por medios de comunicación sin escrúpulos? La saña de ciertos fariseos actuales convierte a éstos del tiempo de Jesús en unos pobres diablos. Ellos además tuvieron el decoro de quitarse de en medio cuando fueron situados frente a sus conciencias, lo que hoy no se produce siempre.

"No juzguéis y no seréis juzgados" (Lc 6,37). Si queremos que Dios sea indulgente con nosotros el día del Juicio, hemos de practicar esa indulgencia con los errores o abusos de los demás; lo contrario, no es cristiano y ni siquiera humano.

Con todo, el verdadero acusado aquí es Jesús. La mujer es simplemente utilizada, así como la Ley de Moisés. Esto no impresiona a Jesús, Él calla inicialmente. Sólo cuando ellos insisten les contestará confundiéndolos y proporcionándoles la limosna del silencio: "Inclinándose de nuevo, escribía en tierra". No nos dejemos impresionar por esas campañas de intoxicación contra la Iglesia. Si Ella "fuera obra de hombres se desvanecería por sí misma; pero si es de Dios, no podréis acabar con ella" (Act 5,38-39). "Carísimos, no se os oculte una cosa: un día ante Dios es como mil años, y mil años como un día" (2 Pet 3,8). Al hilo de estas ñor es lo permanente.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Mujer, tampoco yo te condeno, anda y no peques más»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo
Sal 125, 1-2ab.2cd-3.4-5.6: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres
Fl 3,8-14: Todo lo estimo pérdida, comparado con Cristo, configurado, como estoy, con su muerte
Jn 8, 1-11: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra

II. LA FE DE LA IGLESIA

«``¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?'' (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios» (589).

«Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros. La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas» (1847).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín)» (983).

La liturgia bizantina posee expresiones diversas de absolución ...: «Que el Dios que por el profeta Natán perdonó a David cuando confesó sus pecados, y a Pedro cuando lloró amargamente y a la pecadora cuando derramó lágrimas sobre sus pies, y al fariseo, y al pródigo, que este mismo Dios, por medio de mí, pecador, os perdone en esta vida y en la otra y que os haga comparecer sin condenaros en su temible tribunal. El que es bendito por los siglos de los siglos. Amén» (1481).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

Los redactores del leccionario litúrgico de este año han optado por esta perícopa de Juan, porque hay testimonios extrínsecos e intrínsecos para su atribución a Lucas.

La escritura de Jesús en el suelo parece ser una manera, frecuente en la literatura árabe, de abstenerse de tomar parte en un asunto espinoso. Pero Jesús termina tomando parte y muy habilmente. La perícopa no se ha de examinar desde la casuística, posible quizá, sino desde Jesús y su mensaje cuestionados: pretendían «comprometerlo y poder acusarlo». Jesús se muestra fiel al mensaje de misericordia y fiel a la Ley, que también viene del Padre. Por eso, perdona a la mujer y le exhorta al arrepentimiento: «en adelante no peques más». La palabra de exhortación, palabra viva, es gracia que la mujer acoge. En otra ocasión, el mismo Jesús había perfeccionado las exigencias de la Ley, más allá de la letra, apelando al espíritu, prohibiendo el adulterio del corazón (cf Mt 5, 27s.).

La misericordia mayor y la exigencia mayor descubren el paso del AT al NT.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Sacramento de la penitencia y de la reconciliación: 1440-1445.
Los dones del sacramento: 1468-1470.

La respuesta:
Actitudes-actos del penitente y gracia del sacramento: 1490-1498.
La respuesta del ministro del sacramento: 1465-1467.

C. Otras sugerencias

Los pecados se perdonan por el sacramento pero no se destruyen todas sus consecuencias (= penas temporales, 1472). La penitencia que se impone en el sacramento y la que nosotros mismos nos impongamos ha de ser la medicina para «recobrar la plena salud espiritual» (cf 1459-1460)).

La práctica del sacramento de la penitencia depende del convencimiento personal del pecado, fruto del Espíritu cuya misión es convencer del pecado (cf Jn 16, 8) y del deseo de encontrarse con el Cristo de la misericordia.

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Domingo de Ramos. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Is 50,4-7) "No retiré mi rostro de los que me injuriaban"
(Fil 2,6-11) "Se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo"
(Lc 22,14-23,56) "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en el Domingo de Ramos (30-III-1980)

---Entrada “solemne”
---Comienzo de la Pasión
---Obediencia al Padre

---Entrada “solemne”

Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel, que en esta semana, precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán el animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. A los que preguntan por qué desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19,31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Las palabras de veneración según el Evangelio de San Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38).

El hecho de que Jesús sube hacia Jerusalén con sus discípulos asume un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19,37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en Él al Mesías.

Jesús al subir de este modo hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los ancianos de los representantes de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua.

---Comienzo de la Pasión

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que Él sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, que a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19,37), como a esos Doce más cercanos a Él. A estos últimos, el amor por Cristo no les permite admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16,22).

En cambio, para Jesús las palabras del Profeta son claras hasta el fin, y se revelan con toda la plenitud de su verdad; y Él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is.50,5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50,6).

“Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza... me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21(22),8.17-19).

En medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en Él al Mesías, sólo Él, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre Él han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en Él con la verdad interior de su alma. Él, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, Él es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil.2,8).

---Obediencia al Padre

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo que es de naturaleza divina, se despoja de Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cfr. Fil. 2,6-8). Y permanece en este abatimiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. ÉL, Hijo del hombre, va, con esta aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado del propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncien el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

En cierto momento se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19,39-40).

En esta ciudad (Roma) no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital del mundo antiguo.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que ellas.

DP-86 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Acabamos de escuchar con religiosa emoción el relato de la Pasión de Cristo que constituye la expresión más elocuente de su amor por los hombres. Para el interés histórico profano, la muerte de Jesús no pasó de ser un drama de odios y celos provincianos, de crueldad y mezquindades de gente fanática que habitaba en una pequeña región alejada de las grandes rutas de entonces. A los ojos de Dios, verdadero artífice de la Historia, era el acontecimiento hacia el que converge todo y del cual irradia todo.

Todo pecado tiene -como el de Adán y Eva- su raíz en la soberbia, en el equivocado deseo de independencia. Jesús, en cambio y como nuevo Adán, se hizo obediente "hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz" (2ª Lectura). De esta forma  y como reza la Liturgia: "de donde salió la muerte de allí surgió la vida; y el que venció en un árbol fue en un árbol vencido" (Prefacio de la Sta Cruz).

Se roza aquí un misterio insondable que, no obstante pone de relieve la gravedad del pecado y la hondura del amor de Dios. Amor que brota, como un río caudaloso de arrolladora fuerza, del Corazón de Cristo y que llevó a escribir al Apóstol: "Después de esto, ¿qué diremos ahora? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado, dejará de darnos cualquier otra cosa? Y ¿quién puede acusar a los elegidos de Dios? Dios mismo es el que los justifica. ¿Quién osará condenarlos? (Rom 8,31).

"Es el amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte", afirma S. Josemaría Escrivá, y añade: "Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un crucifijo, se te vengan las lágrimas a los ojos. No te domines... Pero procura que ese llanto acabe en un propósito".

Esta increíble manifestación del Amor de Dios por nosotros está reclamando por nuestra parte algo más que un desleído entusiasmo por la causa del Evangelio. Quien no se entregara de corazón a Dios y a los demás por Él pondría de manifiesto que tiene un interior muy rústico y se haría merecedor de aquella acusación de Séneca: "No ha producido la tierra peor planta que la ingratitud".

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Murió por nuestros pecados, según las Escrituras»

I. LA PALABRA DE DIOS

Procesión de Ramos: Lc 19, 28-40: Bendito el que viene en nombre del Señor
Misa: Is 50, 4-7: No oculté el rostro a insultos; y sé que no quedaré avergozado
Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp. 2, 6-11: Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo
Lc 22, 14-23, 56: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas

II. LA FE DE LA IGLESIA

«La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del reino, que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección...» (560).

«La Iglesia en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que ``los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor''. Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos, con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos» (598).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando se hizo hombre recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán... lo recuperamos en Cristo Jesús (S. Ireneo...)» (Cf 469).

«La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son estos tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús los que su Espíritu (y no la ``carne que es débil'') hace vivir en la contemplación. Es necesario aceptar el ``velar una hora''...» (2719).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

En la entrada en Jerusalén, Lucas destaca, por un lado, el recibimiento triunfal y, por otro, las lágrimas de Jesús sobre la ciudad (cf Lc 19, 28-42).

La lectura de la Pasión, que comienza en la última Cena, invita a interpretar los dos acontecimientos en mutua referencia. Lucas subraya el carácter sacrificial de la Cena: sacrificio expiatorio (cf Lc 22, 19 e Is 53, 4-12); sacrificio de la Nueva Alianza (cf Lc 22, 19 y Ex 24, 8); sacrificio memorial de la Nueva Pascua (cf Lc 22, 14-19 y Ex 12, 14).

La Pasión en Lucas presenta, entre otras, las siguientes variantes: en el huerto, «el sudor a goterones, como de sangre»; en el proceso, Jesús ante Herodes; en el camino de la cruz, el lamento de las hijas de Jerusalén y las palabras de Jesús que anuncian el juicio de Dios; en la cruz, como en la vida pública, el evangelio del perdón para los verdugos y el ladrón arrepentido; y en la muerte, la oración con «gran voz» «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
La subida a Jerusalén y la entrada mesiánica: 557-560.
La muerte de Jesús designio divino de salvación: 599-605.
La ofrenda de Cristo por nuestros pecados: 606-617.

La respuesta:
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo: 618.
participación sacramental: 1227; 1362-1372
participación contemplativa: 2718-2719
participación constante: 2028s.
participación en la muerte: 1005-1014.

C. Otras sugerencias

Todo bautizado debe decir en las pruebas de la vida: «Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24).

S. Ignacio de Antioquía dice que la Muerte del Señor fue un misterio resonante que sucedió «en el silencio de Dios». Para adentrarnos en ese Misterio, la Iglesia celebra el Santo Triduo Pascual, en el que todo bautizado debe participar cordialmente.

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