31 de agosto, domingo XXII del Tiempo Ordinario
7 de septiembre, domingo XXIII del Tiempo Ordinario
14 de septiembre, domingo XXIV del Tiempo Ordinario
21 de septiembre, domingo XXV del Tiempo Ordinario
28 de septiembre, domingo XXVI del Tiempo Ordinario
5 de octubre, domingo XXVII del Tiempo Ordinario
12 de octubre, domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
19 de octubre, domingo XXIX del Tiempo Ordinario
26 de octubre, domingo XXX del Tiempo Ordinario
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Domingo
XXII del Tiempo Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Jer 20,7-9) "Me sedujiste,
Señor, y me dejé seducir"
(Rm 12,1-2) "Transformaos por
la renovación de la mente"
(Mt 16,21-27) "Si uno quiere
salvar su vida la perderá"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en Alatri (2-IX-1984)
---La Iglesia, comunidad
de fe y amor
---Entrega de uno mismo
---Adhesión a la Palabra
de Dios. De la fe nace el amor
---La Iglesia, comunidad de fe y amor
“Dios, Padre todopoderoso, de quien procede todo
don perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y reaviva
nuestra fe”.
El programa para la vida de Fe nos lo traza San
Pablo: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que
ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal
será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis
distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo
perfecto" (Rm 12:1-2).
La fe cristiana es ante todo ofrenda de sí mismo
como sacrificio viviente: porque Dios, antes que nada pide nuestro corazón. Nos
espera a nosotros, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos. Así se ejercita el
sacerdocio real, a lo que el Concilio Vaticano II ha invitado a todos, incluido
los laicos. Y efectivamente, hablando de la función de los laicos en la
Iglesia, ha puesto de relieve que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas
apostólicas... el trabajo cotidiano, el descanso del cuerpo y del alma, si son
hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se
sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales,
agradables a Dios por Jesucristo” (Lumen Gentium 34).
De este modo, nuestra vida, aunque oculta,
monótona, insignificante a los ojos de los hombres, se hace extraordinariamente
preciosa ante Dios: se hace adhesión a Él, a su palabra de verdad y a su
mensaje evangélico; convencida adhesión a la Santa Iglesia y a su Magisterio;
sacrificio continuo en unión con el de Jesús: firme repulsa de errores y
concepciones que van contra la Palabra de Dios, oponiéndose con los valores
eternos a los pseudo-valores que “la mentalidad de este mundo” quisiera
contraponer a la indefectiblemente Revelación, en contra de la santidad de las
costumbres, del respeto a la vida humana en todas sus formas, ya desde la
concepción, en contra de la indisolubilidad y sacralidad del matrimonio, etc.
“No os ajustéis...sino transformaos”, nos exhorta
San Pablo: y así la fe se traduce en práctica afectiva, coherente, decisiva, al
“discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo
perfecto”.
De la fe nace el amor: he aquí este segundo polo
insustituible de la “comunidad de amor”.
Las lecturas de la Misa de este domingo nos
ofrecen una enseñanza fortísima sobre la totalidad del amor que Dios nos pide.
El profeta Jeremías, en el pasaje recién leído al que se ha denominado sus
“confesiones”, reconoce en términos dramáticos la fuerza del amor de Dios, que
lo ha llamado a profetizar para la conversión de su pueblo: “Me sedujiste,
Señor, y me dejé seducir... Era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en
los huesos; intentaba contenerlo, y no podía” (Jer 20,7,9). El profeta
respondió plenamente a la llamada de Dios, que también lo hacía signo de
contradicción, se dejó “aferrar” por Dios, a quien se adhirió con todas sus
fuerzas.
---Entrega de uno mismo
Lo mismo nos pide Jesucristo, Hijo del Padre: “El
que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y
me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por
mí, la encontrará... ¿Qué podrá dar el hombre para recobrar su vida?” (Mt 16,24
ss.).
Debemos seguir a Cristo con la fuerza del amor.
Debemos dar amor por amor. Porque Él nos amó primero: por amor nuestro se
encaminó por la senda de la cruz, previendo con anticipación todos los detalles
dolorosos, y oponiéndose resueltamente a las interpretaciones seductoras y a
los consejos de prudencia humana que incluso Pedro intentaba darle. ¿Quién ha
sido más privilegiado por Cristo que Pedro? Y sin embargo, lo llama hasta
“satanás”, cuando intenta desviar al Maestro del camino real de la cruz. He
aquí cuánto nos ha amado Jesucristo: a precio de su misma sangre, con la
obediencia ofrecida al Padre, sin pedir nada para sí.
También a cada uno pide Jesús la totalidad del don
de sí mismo: nos pide seguirle por nuestro “Via Crucis” cotidiano, no negarle
las conquistas, conseguidas a veces a precios de heroísmos ocultos, que Él
exige a quien quiere permanecer fiel siempre y a cualquier costa; nos pide
llevar la cruz de nuestra vida cotidiana, sin retroceder, agarrándonos a Él
para no caer por desconfianza o cansancio; y, desde luego, sin traicionarle
jamás, en la perspectiva del juicio final: “Porque el Hijo del hombre -así
termina el Evangelio de hoy- vendrá con la gloria de su Padre... y entonces
pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). Y como se ha dicho seremos
juzgados de amor.
---Adhesión a la Palabra de Dios. De la fe nace el
amor
Amor de Dios “con todo el corazón, con toda el
alma, con toda la mente” (cfr. Mt 22,37): el amor al hermano como a nosotros
mismos (ib., 22,39), “Por lo cual el amor de Dios y del prójimo es el primero y
el mayor mandamiento -ha vuelto a afirmar el Vaticano II-... Más aún, el Señor
Jesús, cuando ruega al Padre que 'todos sean uno, como nosotros somos uno' (Jn
17,21),sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza
demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí
mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí
mismo a los demás” (Gaudium et Spes 24).
“Dios, Padre todopoderoso, infunde en nuestros
corazones el amor y reaviva nuestra fe”.
¡Sed fieles.../ Fieles siempre, sin ajustaros a la
mentalidad de este mundo./ Fieles siempre, transformando vuestra mente, y
siendo un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.
Fieles en seguir la luz de Cristo./ En poner a
Dios en primer lugar. “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo,/ mi alma está
sedienta de Ti;/ mi carne tiene ansia de Ti.../ Tu gracia vale más que la
vida,/ te alabarán mis labios./ Toda mi vida te bendeciré/ y alzaré las manos
invocándote” (Salmo responsorial).
DP-247 1984
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
Seguir a Jesucristo no se reduce a escuchar una enseñanza y tratar de
ajustar nuestros pasos a ella solamente. Es, recuerda el Papa Juan Pablo II,
“algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su
vida y su destino” (Veritatis Splendor, 19). Y esto, como ocurre en el amor
humano auténtico o con la entrega a una causa grande y noble, es inseparable
del sacrificio, del olvido de sí mismo. En-amorarse, es salir del estrecho
círculo del yo y comprometerse, meterse en-el-otro/a, en-amorarse.
Seguir a Jesucristo, no haciendo ascos al sacrificio que puede comprometer
la salud, el descanso, tal vez el futuro..., es un don, una luz de Dios que
transforma radicalmente al alma que comprende que de nada “sirve ganar el mundo
entero si malogra su vida” (Ev.). Es ese don que llevó a afirmar al Bautista:
“conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30), y que S. Pablo nos
propone en la 2ª Lectura de hoy: abandonar los dictados de la concepción
mundana y convertirse “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir
lo que es la voluntad de Dios, lo bueno”.
“En el amor de amistad, enseña Sto Tomás, el amante está en el amado en
cuanto juzga como suyos los bienes o males del amigo, y la voluntad de éste con
la suya; de modo que parece sufrir en su amigo los mismos males y poseer los
mismos bienes” (S. Th I-II,q. 48). El seguimiento de Jesucristo implica una
identificación total con su persona, de modo que llegue un momento en que, con
la ayuda de lo alto, podamos afirmar que Cristo vive, piensa, habla, quiere y
actúa en nosotros.
Amar a Jesús y, por Él, a quienes nos rodean esforzándonos por extender su
reinado en el mundo, no es renuncia sino ganancia. Es poner el corazón en Dios,
en la Iglesia, en la suerte temporal y eterna de la Humanidad y no en proyectos
egoístas. Este modo de vivir conduce -como a los enamorados- a la alegría, la
satisfacción profunda de estar gastando la vida en un proyecto divino que
engloba el deseo de un mundo más humano y mejor. Incluso la experiencia de la
propia debilidad que, en ocasiones, protesta interior o exteriormente por el
peso de esta tarea, no empaña esa alegría de fondo del que se sabe una sola
cosa con Jesucristo. “Con gusto, decía S. Pablo, me gloriaré en mis flaquezas,
para que haga morada en mí el poder de Dios. Por cuya causa yo siento alegría
en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las angustias por
amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte” (2 Cor
12,9-10).
Por contra, “Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona -y aun a
una sociedad entera- es esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento
incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil facetas,
situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en apariencia otras. Cada
una de ellas comporta su propia gracia, es una llamada original de Dios: una
ocasión inédita de dar el testimonio divino de la caridad” (S. Josemaría
Escrivá).
Preguntémonos al hilo de estas consideraciones: ¿Hago míos los intereses de
Jesucristo y de la Iglesia o tienen prioridad los exclusivamente míos? ¿Qué
estoy haciendo en concreto y todos los días para que el Señor sea conocido y
amado? ¿Me preocupa la ignorancia y la indiferencia religiosa que palpo a mi
alrededor y procuro con mi ejemplo y mi conversación conjurarla? “Hermanos: os
exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia
viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable”. Atendamos este
llamamiento que nos hace hoy S. Pablo en la 2ª Lectura.
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Domingo XXIII del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Ez 33,7-9) "Te he puesto de
atalaya en la casa de Israel"
(Rm 13,8-10) "Amar es cumplir la ley eterna"
(Mt 18,15-20) "Si tu hermano
peca, repréndelo a solas"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con
Dios" Tomo IV
---La oración en familia
es muy grata a Dios
---Algunas prácticas de
piedad en el hogar
---El Santo Rosario
---La oración en familia es muy grata a Dios
Jesús manifiesta con frecuencia que la salvación y
la unión con Dios es, en último extremo, asunto personal: nadie puede
sustituirnos en el trato con Dios. Pero Él también ha querido que nos apoyemos
unos en otros y nos ayudemos en el caminar hacia la meta definitiva. Esta
unión, tan grata al Señor, se ha de poner especialmente de manifiesta entre
aquellos que tienen los mismos vínculos de espíritu o de la sangre. Esta unidad
que exige poner en juego tantas virtudes, es tan deseada por el Señor, que ha
prometido, como un don especial, concedernos más fácilmente aquello que le
pidamos en común. Así lo leemos en el Evangelio de la Misa: “Os aseguro también
que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo
que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt
18,19-20).
La Iglesia ha vivido desde siempre la práctica de
la oración en común, que no se opone ni sustituye a la oración personal privada
por la que el cristiano se une íntimamente a Cristo. Muy grata al Señor es, de
modo particular, la oración que la familia reza en común; es uno de los tesoros
que hemos recibido de otras generaciones para sacar abundante fruto y
transmitirlo a las siguientes.
---Algunas prácticas de piedad en el hogar
“Hay prácticas de piedad ‑pocas, breves y
habituales‑ que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo
que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos juntos... las
oraciones personales al levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres
diversas, según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún
acto de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla
y natural, sin beaterías.
“De esa manera, lograremos que Dios no sea
considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a
la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en medio
del hogar, porque, como ha dicho el Señor, donde están dos o tres congregados
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (Conversaciones 103).
“Estas plegarias -enseña JP II comentando este
pasaje del Evangelio- tiene como contenido "la misma vida familiar"
(...): alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños,
aniversarios de la boda de los padres, etc. señalan la intervención del amor de
Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento
favorable de acción de gracias, de petición, de abandono confiado de la familia
al Padre común que está en los Cielos. Además, la dignidad y responsabilidad de
la familia cristiana en cuento Iglesia doméstica solamente puede ser vivida con
la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con
humildad y confianza en la oración” (Famili. Consor. 59).
La oración fomenta el sentido sobrenatural, que
permite comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y en el seno de la
familia, y nos enseña a ver que nada es ajeno a los planes de Dios: en toda
ocasión se nos muestra como un Padre que nos dice que la familia es más suya
que nuestra.
"Si alguno no cuida de los suyos y
principalmente de su casa, ha negado la fe y es peor que un infiel" (1 Tim
5,8), escribe San Pablo a Timoteo, recordando la obligación que todos tenemos
hacia aquellos que el Señor nos ha encomendado.
“La Sagrada Escritura nos habla de esas familias
de los primeros cristianos ‑la Iglesia doméstica, dice San Pablo‑, a las que la
luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida. En todos los ambientes
cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y
sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El
niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales
afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende
a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la
gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a
ser sinceramente piadosos, para poder transmitir ‑más que enseñar‑ esa piedad a
los hijos” (Conversaciones 103).
"Ubi caritas et amor, Deus ibi est",
“donde hay caridad y amor, allí está Dios”, canta la liturgia del Jueves Santo.
Cuando los cristianos nos reunimos para orar entre nosotros se encuentra
Cristo, que escucha complacido esa oración fundamentada en la unidad. Así
hacían también los Apóstoles: "Perseveraban unánimes en la oración, con
las mujeres y con María, la Madre de Jesús" (Act 1,14). Era la nueva familia de Cristo.
---El Santo Rosario
La plegaria familiar por excelencia es el Santo
Rosario. “La familia cristiana -enseña el Papa Juan Pablo II- se encuentra y
consolida su identidad en la oración. Esforzaos por hallar cada día un tiempo
para dedicarlo juntos a hablar con el Señor y a escuchar su voz. ¡Qué hermoso
resulta que en nuestra familia se rece, al atardecer, aunque sea una sola parte
del Rosario!
“Una familia que reza unida, se mantiene unida;
una familia que ora, es una familia que se salva.
“¡Actuad de manera que vuestras casas sean lugares
de fe cristiana y de virtud, mediante la oración rezada todos juntos!”.
El Rosario y el rezo del Angelus -señalaba en otra
ocasión el Pontífice- “deben ser para todos los cristianos y aún más para las
familias cristianas como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para
tomar valor y confianza”. “¡Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el
Rosario en familia!”.
El Santo Rosario es considerado como “una plegaria pública y
universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia
santa, de las naciones y del mundo entero. Es un buen soporte en el que se
apoya la unidad familiar”.
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
“Repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu
hermano”. Una indicación del Señor que tiene la hondura de las cosas sencillas
y el aroma de la caridad. Lo que separa en la Iglesia al hermano del extraño o
del enemigo radica justamente en este: “repréndelo a solas”. Mientras los que
no aman a la Iglesia airean las debilidades y errores de los que pertenecemos a
Ella hablando o escribiendo lo que no deben, como no deben y donde no deben,
Jesús pide que, a solas, como a un hermano o a un amigo a quien se quiere bien
pero anda equivocado, se le alerte delicadamente del mal que puede ocasionarse
y ocasionar a la Iglesia.
“A solas”. Es toda una invitación a la delicadeza, al tacto más exquisito,
a la amistad verdadera, y que trae a la memoria, además, todo un arsenal de
virtudes: la caridad que es la que mueve a la corrección soltando o frenando la
lengua según los casos; la prudencia que busca el momento y la palabra
oportuna, la que no hiere; la humildad que elige el tono justo propio de quien
no ignora que también nosotros debemos ser corregidos; la fortaleza y la
veracidad que delatan al hombre recio y entero, al cristiano auténtico. A
solas. Los padres deben evitar reñir delante de los hijos. Y otro tanto deben
hacer los superiores, los educadores..., todos. A solas, en un diálogo sincero
y respetuoso.
La Sagrada Escritura nos enseña que antaño Dios se servía de los profetas,
gente llena de fortaleza y de caridad, para advertir a los hombres, incluso a
reyes y príncipes, cuando equivocaban el camino. “¿Quién más inteligente que
David?, escribe S. Juan Crisóstomo; y sin embargo, no se dio cuenta de que había
pecado gravemente... Necesitó la luz del profeta y que sus palabras le hicieran
caer en la cuenta de su falta. El Señor quiere que haya quienes vayan al
pecador y le hablen de lo que ha hecho” (In Mt. hom. 60).
El amor sincero a quienes pertenecen a la Iglesia, debe superar con
fortaleza cristiana un falso temor a contristar o a que la corrección no sea
bien recibida; que se produzca un distanciamiento, se pierda una amistad o el
crearse enemigos; la conciencia de que también nosotros incurrimos con frecuencia
en la misma falta o no poseemos la ciencia y la experiencia de quien debe ser
advertido. Justamente porque está movida por el amor y hecha con la delicadeza
del que se sabe también pecador, todos, pero especialmente los padres, los
maestros y educadores, quienes tienen una responsabilidad sobre los demás,
deben procurar mirar más el bien de la Iglesia y de los demás que el temor a
contristar.
“Si te hace caso...” Debemos aceptar con agradecimiento la corrección
fraterna que, sin duda, es siempre más costosa para quien la hace que para
quien la recibe. “Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te
desanimes cuando Él te reprenda; porque el Señor corrige al que ama... ¿qué
hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que
todos han recibido, seríais bastardos y no hijos... Toda corrección no parece
de momento agradable sino penosa, pero luego produce fruto apacible de justicia
en los que en ella se ejercitan” (Heb 12, 4-12).
La gran lección de la Liturgia de hoy es que la conversión continua, debida a la ayuda a
quien equivoca el camino, es posible cuando existe un amor sincero, humilde y
fuerte para aceptar la corrección o para practicarla. Quien corrige o es
corregido, si es sencillo y fuerte, se sabe querido, ayudado y no criticado, y
“donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos”, nos dice hoy el Señor.
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Domingo XXIV del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Eccli 27,33-28,9) "Perdona la
ofensa a tu prójimo"
(Rm 14,7-9) "En la vida y en
la muerte somos del Señor"
(Mt 18,21-35)"Señor, si mi
hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía durante la Misa en Westover Hills, en San
Antonio (Estados Unidos) (13-IX-1987)
---Las postrimerías
---La experiencia del
pecado
---El Sacramento del
perdón
---Las postrimerías
Hoy es domingo: día del Señor. Hoy es como el
“séptimo día” del cual el libro del Génesis dice que “descansó Dios el séptimo
día de cuanto hiciera (Gen 2,2). Habiendo completado la obra de la creación, Él
“descansó”. Dios se complació en su obra: “y vio Dios ser muy bueno cuanto
había hecho” (Gen 1,31). “Y bendijo el día séptimo y lo santificó” (Gen 2,3).
En este día estamos llamados a reflexionar más
profundamente sobre el misterio de la creación, y por lo tanto sobre nuestras
propias vidas. Estamos llamados a “descansar” en Dios, el Creador del universo.
Nuestro deber es alabarlo: “Bendice, alma mía, al Señor... bendice, alma mía al
Señor y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103, 1-2). He aquí la tarea de todo
hombre. Sólo la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es capaz
de elevar un himno de alabanza y de acción de gracias al Creador. La tierra,
con todas sus criaturas, y el universo entero, invitan al hombre a ser su
portavoz. Sólo la persona humana es capaz de elevar desde lo profundo de su ser
ese himno de alabanza, proclamado sin palabras por toda la creación: “Bendice,
alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 102/103,1).
¿Cuál es el mensaje de la liturgia de hoy? San
Pablo nos dice: "Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como
tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si
morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor
somos” (Rm 14,7-8).
Estas palabras son concisas pero encierran un
mensaje conmovedor. “Vivimos” y “morimos”. Vivimos en este mundo material que
nos rodea, limitados por los horizontes de nuestra peregrinación terrena a
través del tiempo. Vivimos en este mundo, con la perspectiva inevitable de la
muerte, ya desde el momento de la concepción y el nacimiento. Y, sin embargo,
debemos mirar más allá del aspecto material de nuestra existencia terrena. Sin
duda, la muerte corporal es un paso necesario para todos nosotros; pero también
es cierto que lo que desde su propio principio ha nacido a imagen y semejanza
de Dios no puede volver completamente a la materia corruptible del universo.
Esta es una verdad y una actitud fundamental de nuestra fe cristiana. Con las
palabras de San Pablo “si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, para el
Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos”. Vivimos para
el Señor, y también el morir es para nosotros vida en el Señor.
Os invito a no olvidar nuestro destino inmortal:
la vida después de la muerte, la eterna felicidad del cielo, o la terrible
posibilidad del castigo eterno, la separación eterna de Dios en lo que la
tradición cristiana ha llamado infierno (cfr. Mt 25,41; 22,13; 25,30). No puede
haber una vida verdaderamente cristiana sin una apertura a esta dimensión
trascendente de nuestras vidas. “En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm
14,8).
La Eucaristía que celebramos constantemente
confirma nuestro vivir y morir “en el Señor”: “Te entregaste a la muerte y,
resucitando, destruiste la muerte, y nos diste vida nueva”. En efecto, San
Pablo escribió, “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Sí, ¡Cristo es el Señor!
El misterio pascual transforma nuestra existencia
humana para que no siga estando bajo el dominio de la muerte. En Jesucristo,
nuestro Redentor, “vivimos para el Señor” y “morimos para el Señor”. Por Él,
con Él y en Él pertenecemos a Dios en la vida y en la muerte. Existimos no sólo
“para morir” sino “para Dios”. Por esta razón, en este día “que hizo Yavé” (Sal
117/118,24), la Iglesia por todo el mundo da su bendición desde las mismas
profundidades del misterio pascual de Cristo: “Bendice... y no olvides sus
beneficios” (Sal 102/103,1-2).
---La experiencia del pecado
“¡No olvides!”. La lectura de hoy del Evangelio de
San Mateo nos da un ejemplo de un hombre que ha olvidado (cfr. Mt 18,21-35). Ha
olvidado los favores que le ha dado su Señor, y, en consecuencia, se ha
mostrado cruel y despiadado con su prójimo. De esta manera la liturgia nos
presenta la experiencia del pecado que se ha desarrollado desde el principio de
la historia del hombre paralelamente a la experiencia de la muerte.
Morimos corporalmente cuando todas las energías de
nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en
nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en
su alma y crece. Por esta razón Cristo exclama, “Os doy un mandamiento nuevo:
que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis
también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). La llamada al amor es una
llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente
de esa victoria es la cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección.
De nuevo, en la Eucaristía, nuestras vidas quedan
afectadas por la victoria radical de Cristo sobre el pecado, pecado que es la
muerte del alma y -en definitiva- la razón de nuestra muerte corporal. “Para
esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos” (cfr. Rm
14,9), para que pudiera dar vida nuevamente a los que están muertos en el
pecado o por el pecado.
Por eso la Eucaristía comienza con el rito
penitencial. Confesamos nuestros pecados para obtener el perdón por medio de la
cruz de Cristo y así participar en su resurrección de entre los muertos. Pero
si nuestra conciencia nos reprocha por algún pecado mortal, nuestra
participación en la Misa sólo puede ser totalmente fructífera si antes
recibimos la absolución en el sacramento de la penitencia.
---El Sacramento del perdón
El misterio de la reconciliación es una parte
fundamental de la vida y la misión de la Iglesia. Sin pasar por alto ninguna de
las muchas maneras en las cuales la victoria de Cristo sobre el pecado se hace
una realidad en la vida de la Iglesia y del mundo, considero importante hacer
hincapié en que es sobre todo en el sacramento del perdón y la reconciliación
donde el poder de la sangre redentora de Cristo se hace eficaz en nuestras
vidas personales.
En diferentes partes del mundo existe una gran
negligencia del sacramento de la penitencia. Ello va a menudo asociado a un
oscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, a una pérdida del sentido
del pecado o a una carencia de instrucción adecuada sobre la importancia de
este sacramento en la vida de la Iglesia de Cristo. A veces la negligencia
surge porque no tomamos en serio nuestra falta de amor y de justicia y el
correspondiente ofrecimiento de Dios de misericordia reconciliadora. A veces
hay una duda o una renuncia a aceptar con madurez y responsabilidad las
consecuencias de las verdades objetivas de la fe. Por estas razones es
necesario recalcar una vez más que “sobre la esencia del sacramento ha quedado
siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que,
por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la
absolución sacramental, dada por los ministros de la penitencia” (Reconciliatio
et Paenitentia 30).
Pido a todos los obispos y sacerdotes que hagan
todo lo posible para que la administración de este sacramento sea un aspecto
primario de su servicio al Pueblo de Dios. Nada puede sustituir los medios de
gracia que Cristo mismo ha puesto en nuestras manos. El Concilio Vaticano II
nunca intentó que este sacramento de la penitencia fuera practicado con menor
frecuencia. Lo que el Concilio expresamente pidió fue que los fieles pudieran
entender más fácilmente los signos sacramentales y recurrieron a los
sacramentos con mayor deseo y frecuencia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 59). Y
precisamente porque el pecado toca muy de cerca a la conciencia individual,
comprendemos por qué la absolución de los pecados debe ser individual y no
colectiva, salvo en circunstancias extraordinarias aprobadas por la Iglesia.
Os pido que no veáis la Confesión como un mero
intento de liberación psicológica -por más legítimo que esto pueda ser- sino
como un sacramento, un acto litúrgico. La Confesión es un acto de honradez y
valentía: un acto de entrega a nosotros mismos, más allá del pecado, a la
misericordia de un Dios que ama y perdona. Es un acto del hijo pródigo que
regresa a su Padre y es recibido por él con un beso de paz. Es fácil entender por qué
“cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual,
canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado,
un mundo reconciliado” (Reconciliatio et paenitentia 31).
El potencial de una renovación auténtica y
vibrante de toda la Iglesia católica a través de un uso más fiel del sacramento
de la penitencia es inconmensurable. ¡Fluye directamente del corazón amoroso de
Dios mismo! Esta es una certeza de fe que ofrezco a cada uno de vosotros y a
toda la Iglesia en Estados Unidos.
Hago esta llamada a todos los que han estado
alejados del sacramento de la reconciliación y del amor clemente: ¡Regresad a
esta fuente de gracia; no tengáis miedo! Cristo mismo os espera. ¡Él os sanará
y vosotros estaréis en paz con Dios!
A todos los jóvenes de la Iglesia les hago una
invitación especial a recibir el perdón de Dios y su fuerza en el sacramento de
la penitencia. Es un signo de grandeza ser capaces de decir: he cometido un
error; he pecado, Padre; te he ofendido, mi Dios; estoy arrepentido: te pido
perdón; lo intentaré nuevamente, porque confío en tu fuerza y creo en tu amor.
Y sé que el poder del misterio pascual de tu Hijo -la muerte y resurrección de
nuestro Señor Jesucristo- es más grande que todas mis flaquezas y que todos los
pecados del mundo. ¡Iré y confesaré mis pecados, seré curado y viviré tu amor!
DP-138 1987
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia”. Estas palabras del Salmo Responsorial resumen la enseñanza que la
Iglesia nos recuerda en este Domingo: perdonar de corazón a quienes nos ofenden
como el Señor perdona nuestras faltas.
¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir al Señor la salud? No
tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? (1ª Lect.).
También la pregunta de Pedro: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces
le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” La contestación de Jesús:
¡Siempre!, nos recuerda que no hay excusas para cerrarse a la compresión de las
debilidades ajenas. Además, la exagerada diferencia entre los dos deudores que
el Maestro dibuja refuerza esta doctrina.
Al convivir en el hogar, en el trabajo, en los lugares de diversión o
descanso, es inevitable que se produzcan pequeños o grandes roces: desaires,
ingratitudes, olvidos, críticas..., que Dios quiere que perdonemos.
“Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el
primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te
hagan, más te ha perdonado Dios a ti” (S. Josemaría Escrivá, Camino 452).
¡No adoremos el altar de la venganza y el desquite aunque sea en pequeñas
dosis! En ese altar no está Dios. Él está en la Cruz con los brazos abiertos
para acoger a todos, amigos y enemigos, y dar la vida por ellos. ¡Hemos de
pedir al Señor que nos haga abiertos, comprensivos, tolerantes.., que nos dé un
corazón lo más parecido al Suyo! Cristo es realista, toma al hombre como es. No
tiene de él una visión seráfica ni una imagen pesimista, cree en la capacidad
de mejora que en él puede operarse si se le ayuda con la disculpa o un dolorido
silencio, con afecto sobrenatural y humano.
Las heridas que la vida familiar, profesional y social ha podido producir
en nosotros, no cicatrizarán con el desquite o la venganza. Ese modo de
conducirse -aunque adopte ese prolongado silencio acusatorio con el que
pretendemos que los demás adviertan que su conducta no nos ha gustado- produce
más heridas y agranda las ya existentes en una espiral sin freno. Es el amor en
forma de perdón el que debe vendarlas para que cicatricen y curen. S. Pablo
recuerda que el amor “no lleva cuentas del mal” (1 Cor 13,4-7).
Es importante que comprendamos que el gran perjudicado cuando nos negamos a
perdonar, somos nosotros mismos. Si guardamos rencor, vivimos fuera de la
esfera de Dios, no estamos en el círculo de los que Él ama y, además cultivamos
en el fondo del alma un foco de pus, de odio y de resentimiento, que, como un
cáncer, amargará nuestra existencia y nos llevará a la muerte, “porque el
juicio será sin misericordia para el que no la practicó. La misericordia (en
cambio) se ríe del juicio” (St 2,13).
Necesitamos convertirnos. Jesús espera un cambio en el modo de sentir y de
vivir que nos libere de la ira y el enfado provocado por la ofensa, logrando
que el alma pueda respirar a pleno pulmón. Entonces, el dolor y el daño
sufrido, si persiste, convivirá con el sosiego interior, una paz y una alegría
que es la resultante que, al perdonar, tienen los que se saben también
perdonados por Dios.
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Domingo XXV del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Is
55,6-9) "Vuestros caminos no son mis caminos"
(Fil
1,20c-24.27a) "Para mi la vida es Cristo, y una ganancia morir”
(Mt
20,1-16) "Id también vosotros a mi viña"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En el Ángelus
(20-IX-1981)
---El
trabajo como deber y derecho humano
---Servicio
---Dimensión
eterna
---El trabajo
como deber y derecho humano
“El reino de los
cielos es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajustar obreros
para su viña…” (Mt 20,1).
Con estas
palabras comienza el pasaje evangélico de la liturgia de hoy. La tan conocida
parábola de los trabajadores de la viña contiene en sí muchos temas. Entre
éstos es fundamental la
idea de que es Dios quien llama al hombre al trabajo y que el trabajo debe
contribuir a la plasmación continua del mundo según el proyecto del mismo Dios.
Todo tipo de trabajo humano, todas sus variantes, están incluidas en la
parábola evangélica.
En el punto de
partida esta parábola incluye la llamada al hombre a redescubrir el significado
del trabajo, teniendo presente el designio salvífico de Dios.
¿Qué es el
trabajo humano?
A este importante
interrogante hay que dar una respuesta articulada. Ante todo es una
prerrogativa del hombre-persona, un factor de plenitud humana que ayuda
precisamente al hombre a ser más hombre. Sin el trabajo no solo no puede
alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a su
dimensión verdadera. En segundo lugar y consecuentemente, el trabajo es una
necesidad, un deber que da al ser humano, vida, serenidad, interés, sentido. El
Apóstol Pablo advierte severamente, recordémoslo: “el que no quiera trabajar,
no coma" (2 Tes 3,10). Por consiguiente cada uno está llamado a desempeñar
una actividad sea al nivel que fuere, y el ocio y el vivir a costa de otros
quedan condenados. El trabajo es, además, un derecho, “es el grande y
fundamental derecho del hombre”.
---Servicio
El trabajo llega
a ser igualmente un servicio, de tal modo que “el hombre crece en la medida en
que se entrega por los demás". Y de esta armonía se beneficia no sólo el
individuo sino también la misma sociedad.
---Dimensión
eterna
Estos son
solamente algunos pensamientos sobre el tema acerca de la naturaleza del
trabajo humano. Los ponemos juntos aquí haciendo referencia a la llamada del
amo de casa que sigue saliendo a contratar obreros para su viña para la
jornada, como dice la parábola evangélica. Recordemos que en su mismo punto de
partida esta parábola contiene la invitación al hombre a que encuentre su
significado último en el designio salvífico de Dios, sea cual fuere el tipo de
trabajo que desarrolle. Y oremos para que crezca y se ahonde en cada hombre la
conciencia de este significado. Pues según el designio de Dios, con el trabajo
no sólo debemos dominar la tierra, sino también alcanzar la salvación. Por
tanto, al trabajo está vinculada no sólo la dimensión de la temporalidad, sino
también la dimensión de la eternidad.
DP-172 1981
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
La gratuidad y la grandeza de la recompensa que Dios reserva a los que
trabajan por la extensión del cristianismo, forma parte de los pensamientos de
Dios que, se nos dice en la 1ª Lectura, no coinciden con los nuestros. No hay
arbitrariedad en la conducta de Dios al igualar a todos con un denario porque
“El Señor es bueno con todos”, leemos en el Salmo Responsorial, y porque el
denario es un tesoro inmenso: la vida eterna.
La recompensa divina, un denario, excede de tal manera el esfuerzo
realizado por nosotros, que quien ha sido llamado al alba no puede pensar que
tiene más méritos que quien fue convocado a mediodía o en el crepúsculo de su
vida. Este último, no debe creer tampoco que es demasiado tarde para rehacer su
vida cristiana. Un buen hijo no debe pensar que su padre le debe algo porque
cumplió lo que le mandó: “cuando hayáis cumplido todo lo que se os mandó,
habéis de decir: somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos
obligación de hacer” (Lc 17,10).
Escribiendo a los cristianos de Filipo, S. Pablo les decía: “Para mí, la
vida es Cristo y una ganancia el morir” (2ª Lect). Trabajar porque Jesucristo
sea conocido y amado debe ser para nosotros también un honor, la razón de
nuestra vida. No un peso sino un gustoso deber. Si hay quien tiene el orgullo y
la satisfacción de trabajar en puestos de alta dirección política o financiera,
de gestión empresarial o deportiva, etc. ¿no produciría extrañeza el considerar
gravoso el empeño por el Reino de Cristo?
“Id también vosotros a mi viña”. Ninguno de nosotros tiene derecho a pensar
que nadie le ha contratado. La Iglesia nos llama en esta hora del mundo.
Jóvenes y viejos, ricos y pobres, incluso los niños, como recuerda el Concilio
Vaticano II (Cfr A. A.,12), ¡todos! son útiles para las faenas de cuidar la
viña: ararla, abonarla, protegerla de las plagas, podarla, recolectar los
racimos con los que elaborar el vino que alegra del corazón, anticipo del que
el Señor servirá al final, como en Caná, premiando nuestro modesto servicio.
Preguntémonos al hilo de estas enseñanzas de Jesús: ¿Hago míos los
objetivos de la Iglesia? ¿Me preocupa la gente, su confusión doctrinal, su
vacío, su tristeza? ¿Procuro ayudar material y espiritualmente a quienes veo
necesitados o me he ido acostumbrando a sus deficiencias como si fuera lo
normal o algo irremediable? El Señor nos llama. No quiere vernos parados y
diciendo que nadie nos ha contratado. Hoy, en esta celebración dominical, Jesús
se dirige a cada uno de nosotros: Id también vosotros a mi viña.
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Domingo XXVI del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Ez 18,25-28) "Cuando el
malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia,
él mismo salva su vida"
(Fil 2,1-11) "Jesucristo es
Señor, para gloria de Dios Padre"
(Mt 21,28-32) "Hijo, ve hoy a
trabajar en la viña"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En el Ángelus (27-IX-1981)
---Colaborar con Dios
---Cooperación entre los
hombres
---Respuesta personal a
Dios
---Colaborar con Dios
“¿Qué os parece?” -pregunta Cristo en el Evangelio
escrito por Mateo y leído en este domingo- “Qué os parece?” “Un hombre tenía
dos hijos. Se acercó al primero y le dijo : Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.
Él le contestó: Voy, señor. Pero no fue. Se acercó al segundo y le dijo lo
mismo. Él le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. ¿Quién de
los dos hizo lo que quería el padre?” (Mt 21,28-31).
Cristo comienza y termina con una pregunta. La
respuesta a esta pregunta es fácil. Los oyentes responden que “el último” ha
realizado la voluntad del padre.
Así pues, este domingo escuchamos algunas palabras
evangélicas sobre la viña y el trabajo.
¿Qué es el trabajo?
Contestemos una vez más a esta pregunta,
recordando ante todo que es colaboración con Dios en el perfeccionamiento de la
naturaleza, según el precepto bíblico de someter la tierra (cfr. Gen 1,28). El
Creador quiso al hombre explorador, conquistador, dominador de la tierra y de
los mares, de sus tesoros, de sus energías, de sus secretos, de manera que el
hombre recupere su auténtica grandeza de “partner de Dios”. Por eso el trabajo
es noble y sagrado: es el título de la soberanía humana sobre la creación.
---Cooperación entre los hombres
El trabajo, además, es medio de unión y de
solidaridad, que hace a los hombres hermanos, los educa en la cooperación, los
fortalece en la concordia, los estimula a la conquista de las cosas, pero sobre
todo de la esperanza, de la libertad, del amor. Mediante las divisiones
funcionales de la producción el trabajo puede crear un tejido de colaboración
consciente y compacto, y hace a la sociedad más armónicamente operante hacia la
meta de un orden justo para todos. Por todo esto la Iglesia lo estimula y lo
bendice.
---Colaborar con Dios
Nos hacemos la pregunta sobre la naturaleza del
trabajo en relación con el Evangelio de la liturgia de hoy. Cada uno de
nosotros es uno de los que sienten la llamada del Padre dirigida a los dos
hermanos: “Ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,28). Y cada uno de nosotros,
después de haber oído esta llamada, puede comportarse como el primero o como el
segundo de ellos.
La parábola evangélica enseña que en el trabajo se
contiene una respuesta, que el hombre da a Dios con toda su vida y su
comportamiento. El trabajo tiene su sentido no sólo en la construcción de la
"ciudad terrestre" sino también en la construcción del Reino de Dios.
DP-175 1981
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
No basta la buena voluntad, las palabras educadas, sino el cumplimiento del
querer de Dios aunque resulte costoso, nos dice el Señor con el ejemplo del
hijo que inicialmente se negó al deseo del Padre pero, luego, arrepentido, lo
secundó. “Señor −pedimos en el Salmo Responsorial− enséñame tus caminos y haz
que camine con lealtad”.
Este hijo supo sobreponerse a la pereza ante el deber diario que el Padre
le recordó. Si faltara esta lucha contra la comodidad, la voluntad se iría
tornando cada vez más blanda y podría llegar a asustarnos con sus delirios y
con cambios bruscos y repentinos de dirección, con caprichos y parálisis que
agostarían el amor que Dios infundió el día del Bautismo en nuestros corazones.
Entonces, seríamos tiranizados por el cuerpo, los instintos, la sensibilidad,
la imaginación..., convirtiendo nuestra vida en un repertorio de gestos
anodinos y sin sentido que desembocarían en el arenal del desencanto y el
tedio. “El Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven dándose
todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos” (Clemente de
Alejandría, Quis dives salvetur?, 21).
Hay que decidirse a plantearle una seria batalla a la pereza que tantas
cosas buenas malogra en nuestra vida. Sin esta lucha diaria, la voluntad
debilitada sólo encontraría disgusto en lo que Dios indica y, en cambio, se
vuelve pura codicia para todo lo que es regalo de oscuras apetencias. Esta
lucha contra la comodidad egoísta, no consiste en multiplicar el número de
nuestras tareas −ésa podría ser una pretensión de la soberbia− o en cerrarse a
toda satisfacción o gozo: “no quieras ser demasiado riguroso” (Eccl. 7,16).
Pero sí esforzarnos por desempeñar con más amor nuestras obligaciones con Dios
y con los demás.
“Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere... Si
recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no
morirá”. Convendría alguna vez recordar que un cristiano que desdeña el propio
vencimiento que el espíritu cristiano exige, no es en modo alguno un águila
que se cierne libre y dominadora sobre la inmensidad del cielo. Se parece, más
bien, al perro callejero que, escapado de su domicilio, va errante y amenazado
entre el tumulto de la ciudad. Puede ir donde le plazca, pero no está por ello
menos perdido.
El amor se nutre y hace fuerte con el sacrificio, doblegando −como el primer
hijo del Evangelio de hoy− esa astenia inicial en el servicio de Dios y de los
demás. “Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, en la esperanza y en
la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de
sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas” (S. Josemaría
Escrivá).
Por lo demás, Dios ha hecho que la felicidad sea imposible para el egoísta.
Cada uno lo sabe y puede recordar cuáles han sido los momentos más venturosos
de su vida: coincidieron justamente con las horas de mayor generosidad. Cuando
no nos conformamos con las formas más bastas y superficiales de la dicha y
quisimos ahondarla y hacerla más rica y duradera, aprendimos esto: la felicidad
es como el fuego, que se apaga si no se propaga.
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Domingo XXVII del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Is
5,1-7) "Espero justicia, y ahí tenéis: lamentos"
(Fil
4,6-9) "Y el Dios de la paz estará con vosotros"
(Mt
21,33-43) "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra
angular"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la
beatificación de Marcelo Callo, Pierina Morosini y Antonia Mesina
---La
viña del Señor y los viñadores
---Lucha
por la santidad
---Llamada
universal a la santidad
---La viña del
Señor y los viñadores
“La viña del
Señor es la casa de Israel” (Is 5,7).
¡Nosotros somos
la viña del Señor! ¡Somos su pueblo, convocado a la mesa de la Palabra y del Pan
de Vida! ¡Su pueblo, reunido en la unidad y variedad de los dones del Espíritu!
La viña: Ésta es
la palabra central de la liturgia de hoy, la imagen que une el fragmento de
Isaías, el Salmo responsorial y el Evangelio de Mateo.
Hoy resuena una
vez más en nuestros oídos el canto de la viña, cántico de amor y parábola de
juicio. Isaías canta el amor de Dios, dueño y agricultor, a “su plantel
preferido”: “¿Qué más cabía hacer por mi viña, que yo no lo haya hecho?” (Is
5,4). Pero es el mismo Profeta quien manifiesta la desilusión de Dios ante los
agrazones, ante la violencia física y moral que habita en la casa de Israel
(cfr. Is 5,7 y 3,14). Y por eso, éste es el juicio; Dios está dispuesto a dejar
abandonado este terreno que ha cultivado: sin su protección volverá a ser un
terreno inhóspito.
Pero precisamente
entonces se levanta un grito de turbación y al mismo tiempo de confianza: “¿Por
qué has derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes?” (Sal 79,13).
El Salmista es quien pide con insistencia la atención de Dios, invoca su
presencia: “Vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la
cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa” (Sal 79,15-16). En este
grito y en este aumento de invocaciones, se encuentra en el Evangelio el pasaje
de Isaías.
En la parábola de
Mateo, la viña ya es sólo el fondo del drama. Se ponen en primer plano los que
la cultivan. El centro de atención se coloca en una nueva justicia: ya no es el
rechazo del trabajo, sino el rechazo de entregar los frutos al Señor de la
viña.
La relación de
alianza es despreciada por los viñadores, quienes, en el “tiempo de la vendimia”
(Mt 21,34), no reconocen a otro patrón más que a sí mismos.
Hay más. Los
viñadores van más lejos, hasta el punto de apalear a los enviados del Dueño, a
sus siervos fieles, los Profetas. Y cuando él manda a su Hijo, como palabra
definitiva para mediar y convencerles, ellos “lo agarraron y lo empujaron fuera
de la viña y lo mataron” (Mt 21,39). Al Hijo, a quien se le debía tener todo el
respeto (cfr. Mt 21,37), se le trata como a los blasfemos en Israel.
A partir de este
momento la parábola se convierte en anuncio de los acontecimientos pascuales.
Comienza el drama del Hijo de Dios, de la Alianza en su sangre (cfr. Mt 26,28).
Jesús dice de Sí mismo: “La piedra que desecharon los arquitectos”,
precisamente esa piedra “es
ahora la piedra angular” (Mt 21,24).
---Lucha por la
santidad
“La viña del
Señor es la casa de Israel...”.
Por medio del
misterio pascual aparece claro que el Dios de la Alianza construye su casa, en
la historia del hombre, en Cristo: la piedra desechada se convierte, en el
Calvario, en la piedra angular de la construcción divina en la historia del
mundo. Desde ese momento la cruz se convierte en el comienzo de la resurrección
en virtud del Espíritu Santo.
En la Eucaristía
que celebramos, la hora del Hijo de Dios se hace hora de la Iglesia, de un
Pueblo nuevo que tiene en Cristo su piedra angular.
La viña del Señor
está hoy de fiesta. “Yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis
y deis fruto” (Jn 15,16). La santidad es la vocación principal de todo el
Pueblo de Dios.
En la santidad de
todo bautizado se revela la potencia de la piedra sobre la que se apoya la
construcción divina. El misterio pascual -anunciado en el Evangelio de hoy-
obra incesantemente con la fuerza del Espíritu de Santidad, engendra siempre
nuevos Santos.
---Llamada
universal a la santidad
“Por lo demás,
hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable,
de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo
en cuenta” (Fil 4:8).
Con San Pablo nos
recuerdan el deber de asumir todo lo que hay de positivo en cualquier cultura,
en cualquier situación histórica, en cualquier persona. Y con San Pablo añaden:
“y cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y
el Dios de la paz estará con vosotros” (Fil 4:9).
DP-151 1987
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez
Sánchez de Alba
Tomando la imagen de la viña con la que en el AT
los profetas comparaban al pueblo de Dios, la Iglesia, Jesús nos dice que este
mundo es como una viña entregada por Dios a unos labradores en un país lejano
para que la cultiven y recoger el fruto a su tiempo. Como el dueño está lejos,
los viñadores acaban por considerarse propietarios. Todos los que son enviados
por Dios para pedir cuentas son maltratados e incluso asesinados. Por fin, es
enviado el Hijo al que matan con la ilusión de ser los únicos dueños.
Éste es también nuestro pecado, muchas veces.
Creemos que la vida es nuestra y que podemos diseñar nuestro futuro sin
injerencias, apartando de nuestra vista las indicaciones divinas. Hay quienes
ven a Dios, que es
nuestro Padre, Sabiduría y Bondad infinita, que no quiere
sino el bien de sus hijos, no como el garante de nuestro bienestar sino como el
que lo impide o lo torna difícil al tener que estar sujeto a sus mandamientos.
Se olvida así aquella lúcida afirmación de S. Agustín que, al hablar de la Ley
de Dios, decía que Él “escribió en las Tablas de la Ley lo que los hombres no leían
en sus corazones” (In Salm 57, 1).
No deberíamos olvidar la facilidad que tenemos los
humanos para divinizar lo que no es Dios: el poder, el dinero, el éxito, el
sexo... Dios, con sus indicaciones, quiere librar al hombre del peligro de esa
adoración desviada que es la idolatría. Estar en las manos de Dios, comprender
que somos suyos, es un
consuelo porque “si es cierto que la vida del hombre está en
las manos de Dios −recuerda Juan Pablo II−, no lo es menos que sus manos son
cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño:
“mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su
madre” (Ps 131/130, 2) (Ev. Vitae, 39).
Pero todos llevamos dentro un dictador orgulloso
que antepone con frecuencia su criterio y su voluntad a las instancias divinas.
¡A mí nadie me tiene que decir lo que debo o no hacer! ¡En mi vida mando yo! Y
junto a él, un ser regalón y holgazán siempre atento a eliminar todo lo que
supone esfuerzo. Depongamos esa tendencia a apartar de nuestra vista lo que
Dios y la Iglesia nos piden “Aprendamos a servir: no hay mejor servicio que
querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el
orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que
somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único
triunfo ha de ser el de la humildad” (S. Josemaría Escrivá).
¡Dar fruto! ¡Hacer rendir los talentos recibidos!
Esto pide el Señor. “Servir al Señor con alegría” (S. 92), especialmente en el
hogar y en todos esos lugares que frecuentamos. ¡Cuántas ocasiones en la vida
del hogar para servir al Señor, que nos hacen agradable a sus ojos y
contribuyen a ese bienestar íntimo tan necesario para hacer más llevadero el
peso de los días! Ese olvidarnos de nosotros mismos y esforzarnos por hacer
grata la convivencia con pequeños servicios: adelantándonos a responder al
teléfono, a abrir la puerta, cambiar una bombilla, limpiar un cenicero... El
procurar que nadie se sienta solo. El conocer los gustos de los demás para, con
naturalidad, hablar de temas de su agrado. El ceder con elegancia y hasta con
sentido del humor cuando surja un roce sin excesiva importancia, pero que el
egoísmo y la falta de inteligencia convierten en una montaña... Todo esto y
tantas cosas más es posible cuando no sofocamos lo que de más cálido y mejor
hay en nosotros y, sobre todo, cuando no vivimos en una atmósfera dominada por
el egoísmo.
No somos los propietarios de nuestra vida sino sus
cultivadores. Si la vivimos como Jesucristo quiere, “la paz de Dios que
sobrepasa todo juicio −nos dice S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy− custodiará
vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
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Domingo XXVIII del Tiempo
Ordinario. Ciclo A
Homilía I: con textos de
homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo
Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Is
25,6-10a) "El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros"
(Fil
4,12-14.19-20) "Todo lo puedo en aquel que me conforta"
(Mt
22,1-14) "Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos"
Homilía I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la
parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Catelgandolfo (11-X-1981)
---Buscar
la riqueza de Dios
---Fe
y obras
---Buscar la
riqueza de Dios
La liturgia de
hoy, con las palabras del Salmo 23, habla del Señor que es el Pastor de su
pueblo, Pastor de cada una de las almas: realmente el Buen Pastor.
Él es quien
garantiza a su grey, que somos nosotros, la abundancia y la seguridad de los
pastos de su gracia. Por esto, el Señor es la fuente de nuestra alegría:
“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal
23,4). Bajo su guía estamos tranquilos y avanzamos decididamente por el camino
de nuestra vida y de nuestras responsabilidades.
San Pablo en la
Carta a los Filipenses traduce, en cierto sentido, el texto del antiguo Salmo a
la lengua del Nuevo Testamento, cuando escribe: “En pago, mi Dios proveerá a
todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo
Jesús” (Fil 4,19).
¡Os exhorto a
vivir la misma fe del Apóstol! ¡Busquemos esta riqueza que Dios ofrece a los
hombres en Jesucristo! Sepamos repetir con el Apóstol: “Todo lo puedo en aquel
que me conforta” (Fil 4,13)
Por desgracia,
hoy, muchos hombres no parecen tener el sentido de las riquezas espirituales
que se derivan de la comunión con el Señor. Muchos son reducidos por una
actitud materialista y laicista que no quiere darse cuenta de esta dimensión
superior del hombre. Es necesario estar en guardia ante esta perspectiva
secularizante. Por esto es necesario una conversión continua de la mente y del
corazón. Sólo así las riquezas de Dios ofrecidas a los hombres en Cristo, se
revelan cada vez más plenamente a la mirada de nuestras almas.
---Fe y obras
Deseo a cada uno
de vosotros y a todos que, ante la invitación al “banquete de la boda de su
hijo”, no os comportéis como hemos escuchado en el Evangelio.
Efectivamente,
los primeros invitados no quisieron ir (Mt 22,3); después otros no hicieron
caso (Ib., 22,5); otros hasta insultaron o mataron a los criados que llevaban
la invitación (Ib., 22,6). Todos ellos “no se lo merecían” probablemente porque
con inaudita presunción y autosuficiencia juzgaron el banquete inútil