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31 de agosto, domingo XXII del Tiempo Ordinario

7 de septiembre, domingo XXIII del Tiempo Ordinario

14 de septiembre, domingo XXIV del Tiempo Ordinario

21 de septiembre, domingo XXV del Tiempo Ordinario

28 de septiembre, domingo XXVI del Tiempo Ordinario

5 de octubre, domingo XXVII del Tiempo Ordinario

12 de octubre, domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

19 de octubre, domingo XXIX del Tiempo Ordinario

26 de octubre, domingo XXX del Tiempo Ordinario

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Jer 20,7-9) "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir"

(Rm 12,1-2) "Transformaos por la renovación de la mente"

(Mt 16,21-27) "Si uno quiere salvar su vida la perderá"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en Alatri (2-IX-1984)

---La Iglesia, comunidad de fe y amor

---Entrega de uno mismo

---Adhesión a la Palabra de Dios. De la fe nace el amor

---La Iglesia, comunidad de fe y amor

“Dios, Padre todopoderoso, de quien procede todo don perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre y reaviva nuestra fe”.

El programa para la vida de Fe nos lo traza San Pablo: "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12:1-2).

La fe cristiana es ante todo ofrenda de sí mismo como sacrificio viviente: porque Dios, antes que nada pide nuestro corazón. Nos espera a nosotros, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos. Así se ejercita el sacerdocio real, a lo que el Concilio Vaticano II ha invitado a todos, incluido los laicos. Y efectivamente, hablando de la función de los laicos en la Iglesia, ha puesto de relieve que “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas... el trabajo cotidiano, el descanso del cuerpo y del alma, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (Lumen Gentium 34).

De este modo, nuestra vida, aunque oculta, monótona, insignificante a los ojos de los hombres, se hace extraordinariamente preciosa ante Dios: se hace adhesión a Él, a su palabra de verdad y a su mensaje evangélico; convencida adhesión a la Santa Iglesia y a su Magisterio; sacrificio continuo en unión con el de Jesús: firme repulsa de errores y concepciones que van contra la Palabra de Dios, oponiéndose con los valores eternos a los pseudo-valores que “la mentalidad de este mundo” quisiera contraponer a la indefectiblemente Revelación, en contra de la santidad de las costumbres, del respeto a la vida humana en todas sus formas, ya desde la concepción, en contra de la indisolubilidad y sacralidad del matrimonio, etc.

“No os ajustéis...sino transformaos”, nos exhorta San Pablo: y así la fe se traduce en práctica afectiva, coherente, decisiva, al “discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.

De la fe nace el amor: he aquí este segundo polo insustituible de la “comunidad de amor”.

Las lecturas de la Misa de este domingo nos ofrecen una enseñanza fortísima sobre la totalidad del amor que Dios nos pide. El profeta Jeremías, en el pasaje recién leído al que se ha denominado sus “confesiones”, reconoce en términos dramáticos la fuerza del amor de Dios, que lo ha llamado a profetizar para la conversión de su pueblo: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir... Era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía” (Jer 20,7,9). El profeta respondió plenamente a la llamada de Dios, que también lo hacía signo de contradicción, se dejó “aferrar” por Dios, a quien se adhirió con todas sus fuerzas.

---Entrega de uno mismo

Lo mismo nos pide Jesucristo, Hijo del Padre: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará... ¿Qué podrá dar el hombre para recobrar su vida?” (Mt 16,24 ss.).

Debemos seguir a Cristo con la fuerza del amor. Debemos dar amor por amor. Porque Él nos amó primero: por amor nuestro se encaminó por la senda de la cruz, previendo con anticipación todos los detalles dolorosos, y oponiéndose resueltamente a las interpretaciones seductoras y a los consejos de prudencia humana que incluso Pedro intentaba darle. ¿Quién ha sido más privilegiado por Cristo que Pedro? Y sin embargo, lo llama hasta “satanás”, cuando intenta desviar al Maestro del camino real de la cruz. He aquí cuánto nos ha amado Jesucristo: a precio de su misma sangre, con la obediencia ofrecida al Padre, sin pedir nada para sí.

También a cada uno pide Jesús la totalidad del don de sí mismo: nos pide seguirle por nuestro “Via Crucis” cotidiano, no negarle las conquistas, conseguidas a veces a precios de heroísmos ocultos, que Él exige a quien quiere permanecer fiel siempre y a cualquier costa; nos pide llevar la cruz de nuestra vida cotidiana, sin retroceder, agarrándonos a Él para no caer por desconfianza o cansancio; y, desde luego, sin traicionarle jamás, en la perspectiva del juicio final: “Porque el Hijo del hombre -así termina el Evangelio de hoy- vendrá con la gloria de su Padre... y entonces pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). Y como se ha dicho seremos juzgados de amor.

---Adhesión a la Palabra de Dios. De la fe nace el amor

Amor de Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente” (cfr. Mt 22,37): el amor al hermano como a nosotros mismos (ib., 22,39), “Por lo cual el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento -ha vuelto a afirmar el Vaticano II-... Más aún, el Señor Jesús, cuando ruega al Padre que 'todos sean uno, como nosotros somos uno' (Jn 17,21),sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes 24).

“Dios, Padre todopoderoso, infunde en nuestros corazones el amor y reaviva nuestra fe”.

¡Sed fieles.../ Fieles siempre, sin ajustaros a la mentalidad de este mundo./ Fieles siempre, transformando vuestra mente, y siendo un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios.

Fieles en seguir la luz de Cristo./ En poner a Dios en primer lugar. “Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo,/ mi alma está sedienta de Ti;/ mi carne tiene ansia de Ti.../ Tu gracia vale más que la vida,/ te alabarán mis labios./ Toda mi vida te bendeciré/ y alzaré las manos invocándote” (Salmo responsorial).

DP-247 1984

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

Seguir a Jesucristo no se reduce a escuchar una enseñanza y tratar de ajustar nuestros pasos a ella solamente. Es, recuerda el Papa Juan Pablo II, “algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino” (Veritatis Splendor, 19). Y esto, como ocurre en el amor humano auténtico o con la entrega a una causa grande y noble, es inseparable del sacrificio, del olvido de sí mismo. En-amorarse, es salir del estrecho círculo del yo y comprometerse, meterse en-el-otro/a, en-amorarse.

Seguir a Jesucristo, no haciendo ascos al sacrificio que puede comprometer la salud, el descanso, tal vez el futuro..., es un don, una luz de Dios que transforma radicalmente al alma que comprende que de nada “sirve ganar el mundo entero si malogra su vida” (Ev.). Es ese don que llevó a afirmar al Bautista: “conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30), y que S. Pablo nos propone en la 2ª Lectura de hoy: abandonar los dictados de la concepción mundana y convertirse “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno”.

“En el amor de amistad, enseña Sto Tomás, el amante está en el amado en cuanto juzga como suyos los bienes o males del amigo, y la voluntad de éste con la suya; de modo que parece sufrir en su amigo los mismos males y poseer los mismos bienes” (S. Th I-II,q. 48). El seguimiento de Jesucristo implica una identificación total con su persona, de modo que llegue un momento en que, con la ayuda de lo alto, podamos afirmar que Cristo vive, piensa, habla, quiere y actúa en nosotros.

Amar a Jesús y, por Él, a quienes nos rodean esforzándonos por extender su reinado en el mundo, no es renuncia sino ganancia. Es poner el corazón en Dios, en la Iglesia, en la suerte temporal y eterna de la Humanidad y no en proyectos egoístas. Este modo de vivir conduce -como a los enamorados- a la alegría, la satisfacción profunda de estar gastando la vida en un proyecto divino que engloba el deseo de un mundo más humano y mejor. Incluso la experiencia de la propia debilidad que, en ocasiones, protesta interior o exteriormente por el peso de esta tarea, no empaña esa alegría de fondo del que se sabe una sola cosa con Jesucristo. “Con gusto, decía S. Pablo, me gloriaré en mis flaquezas, para que haga morada en mí el poder de Dios. Por cuya causa yo siento alegría en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las angustias por amor de Cristo; pues cuando estoy débil, entonces soy más fuerte” (2 Cor 12,9-10).

Por contra, “Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona -y aun a una sociedad entera- es esa búsqueda ansiosa de bienestar, el intento incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La vida presenta mil facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas, fáciles quizá en apariencia otras. Cada una de ellas comporta su propia gracia, es una llamada original de Dios: una ocasión inédita de dar el testimonio divino de la caridad” (S. Josemaría Escrivá).

Preguntémonos al hilo de estas consideraciones: ¿Hago míos los intereses de Jesucristo y de la Iglesia o tienen prioridad los exclusivamente míos? ¿Qué estoy haciendo en concreto y todos los días para que el Señor sea conocido y amado? ¿Me preocupa la ignorancia y la indiferencia religiosa que palpo a mi alrededor y procuro con mi ejemplo y mi conversación conjurarla? “Hermanos: os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable”. Atendamos este llamamiento que nos hace hoy S. Pablo en la 2ª Lectura.

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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Ez 33,7-9) "Te he puesto de atalaya en la casa de Israel"

(Rm 13,8-10) "Amar es cumplir la ley eterna"

(Mt 18,15-20) "Si tu hermano peca, repréndelo a solas"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo IV

---La oración en familia es muy grata a Dios

---Algunas prácticas de piedad en el hogar

---El Santo Rosario

---La oración en familia es muy grata a Dios

Jesús manifiesta con frecuencia que la salvación y la unión con Dios es, en último extremo, asunto personal: nadie puede sustituirnos en el trato con Dios. Pero Él también ha querido que nos apoyemos unos en otros y nos ayudemos en el caminar hacia la meta definitiva. Esta unión, tan grata al Señor, se ha de poner especialmente de manifiesta entre aquellos que tienen los mismos vínculos de espíritu o de la sangre. Esta unidad que exige poner en juego tantas virtudes, es tan deseada por el Señor, que ha prometido, como un don especial, concedernos más fácilmente aquello que le pidamos en común. Así lo leemos en el Evangelio de la Misa: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,19-20).

La Iglesia ha vivido desde siempre la práctica de la oración en común, que no se opone ni sustituye a la oración personal privada por la que el cristiano se une íntimamente a Cristo. Muy grata al Señor es, de modo particular, la oración que la familia reza en común; es uno de los tesoros que hemos recibido de otras generaciones para sacar abundante fruto y transmitirlo a las siguientes.

---Algunas prácticas de piedad en el hogar

“Hay prácticas de piedad ‑pocas, breves y habituales‑ que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos juntos... las oraciones personales al levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas, según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y natural, sin beaterías.

“De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (Conversaciones 103).

“Estas plegarias -enseña JP II comentando este pasaje del Evangelio- tiene como contenido "la misma vida familiar" (...): alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, etc. señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de petición, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los Cielos. Además, la dignidad y responsabilidad de la familia cristiana en cuento Iglesia doméstica solamente puede ser vivida con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración” (Famili. Consor. 59).

La oración fomenta el sentido sobrenatural, que permite comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y en el seno de la familia, y nos enseña a ver que nada es ajeno a los planes de Dios: en toda ocasión se nos muestra como un Padre que nos dice que la familia es más suya que nuestra.

"Si alguno no cuida de los suyos y principalmente de su casa, ha negado la fe y es peor que un infiel" (1 Tim 5,8), escribe San Pablo a Timoteo, recordando la obligación que todos tenemos hacia aquellos que el Señor nos ha encomendado.

“La Sagrada Escritura nos habla de esas familias de los primeros cristianos ‑la Iglesia doméstica, dice San Pablo‑, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida. En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir ‑más que enseñar‑ esa piedad a los hijos” (Conversaciones 103).

"Ubi caritas et amor, Deus ibi est", “donde hay caridad y amor, allí está Dios”, canta la liturgia del Jueves Santo. Cuando los cristianos nos reunimos para orar entre nosotros se encuentra Cristo, que escucha complacido esa oración fundamentada en la unidad. Así hacían también los Apóstoles: "Perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres y con María, la Madre de Jesús" (Act 1,14). Era la nueva familia de Cristo.

---El Santo Rosario

La plegaria familiar por excelencia es el Santo Rosario. “La familia cristiana -enseña el Papa Juan Pablo II- se encuentra y consolida su identidad en la oración. Esforzaos por hallar cada día un tiempo para dedicarlo juntos a hablar con el Señor y a escuchar su voz. ¡Qué hermoso resulta que en nuestra familia se rece, al atardecer, aunque sea una sola parte del Rosario!

“Una familia que reza unida, se mantiene unida; una familia que ora, es una familia que se salva.

“¡Actuad de manera que vuestras casas sean lugares de fe cristiana y de virtud, mediante la oración rezada todos juntos!”.

El Rosario y el rezo del Angelus -señalaba en otra ocasión el Pontífice- “deben ser para todos los cristianos y aún más para las familias cristianas como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para tomar valor y confianza”. “¡Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia!”.

El Santo Rosario es considerado como “una plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero. Es un buen soporte en el que se apoya la unidad familiar”.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

“Repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Una indicación del Señor que tiene la hondura de las cosas sencillas y el aroma de la caridad. Lo que separa en la Iglesia al hermano del extraño o del enemigo radica justamente en este: “repréndelo a solas”. Mientras los que no aman a la Iglesia airean las debilidades y errores de los que pertenecemos a Ella hablando o escribiendo lo que no deben, como no deben y donde no deben, Jesús pide que, a solas, como a un hermano o a un amigo a quien se quiere bien pero anda equivocado, se le alerte delicadamente del mal que puede ocasionarse y ocasionar a la Iglesia.

“A solas”. Es toda una invitación a la delicadeza, al tacto más exquisito, a la amistad verdadera, y que trae a la memoria, además, todo un arsenal de virtudes: la caridad que es la que mueve a la corrección soltando o frenando la lengua según los casos; la prudencia que busca el momento y la palabra oportuna, la que no hiere; la humildad que elige el tono justo propio de quien no ignora que también nosotros debemos ser corregidos; la fortaleza y la veracidad que delatan al hombre recio y entero, al cristiano auténtico. A solas. Los padres deben evitar reñir delante de los hijos. Y otro tanto deben hacer los superiores, los educadores..., todos. A solas, en un diálogo sincero y respetuoso.

La Sagrada Escritura nos enseña que antaño Dios se servía de los profetas, gente llena de fortaleza y de caridad, para advertir a los hombres, incluso a reyes y príncipes, cuando equivocaban el camino. “¿Quién más inteligente que David?, escribe S. Juan Crisóstomo; y sin embargo, no se dio cuenta de que había pecado gravemente... Necesitó la luz del profeta y que sus palabras le hicieran caer en la cuenta de su falta. El Señor quiere que haya quienes vayan al pecador y le hablen de lo que ha hecho” (In Mt. hom. 60).

El amor sincero a quienes pertenecen a la Iglesia, debe superar con fortaleza cristiana un falso temor a contristar o a que la corrección no sea bien recibida; que se produzca un distanciamiento, se pierda una amistad o el crearse enemigos; la conciencia de que también nosotros incurrimos con frecuencia en la misma falta o no poseemos la ciencia y la experiencia de quien debe ser advertido. Justamente porque está movida por el amor y hecha con la delicadeza del que se sabe también pecador, todos, pero especialmente los padres, los maestros y educadores, quienes tienen una responsabilidad sobre los demás, deben procurar mirar más el bien de la Iglesia y de los demás que el temor a contristar.

“Si te hace caso...” Debemos aceptar con agradecimiento la corrección fraterna que, sin duda, es siempre más costosa para quien la hace que para quien la recibe. “Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando Él te reprenda; porque el Señor corrige al que ama... ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos... Toda corrección no parece de momento agradable sino penosa, pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan” (Heb 12, 4-12).

La gran lección de la Liturgia de hoy es que la conversión continua, debida a la ayuda a quien equivoca el camino, es posible cuando existe un amor sincero, humilde y fuerte para aceptar la corrección o para practicarla. Quien corrige o es corregido, si es sencillo y fuerte, se sabe querido, ayudado y no criticado, y “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, nos dice hoy el Señor.

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Eccli 27,33-28,9) "Perdona la ofensa a tu prójimo"

(Rm 14,7-9) "En la vida y en la muerte somos del Señor"

(Mt 18,21-35)"Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía durante la Misa en Westover Hills, en San Antonio (Estados Unidos) (13-IX-1987)

---Las postrimerías

---La experiencia del pecado

---El Sacramento del perdón

---Las postrimerías

Hoy es domingo: día del Señor. Hoy es como el “séptimo día” del cual el libro del Génesis dice que “descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera (Gen 2,2). Habiendo completado la obra de la creación, Él “descansó”. Dios se complació en su obra: “y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gen 1,31). “Y bendijo el día séptimo y lo santificó” (Gen 2,3).

En este día estamos llamados a reflexionar más profundamente sobre el misterio de la creación, y por lo tanto sobre nuestras propias vidas. Estamos llamados a “descansar” en Dios, el Creador del universo. Nuestro deber es alabarlo: “Bendice, alma mía, al Señor... bendice, alma mía al Señor y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103, 1-2). He aquí la tarea de todo hombre. Sólo la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es capaz de elevar un himno de alabanza y de acción de gracias al Creador. La tierra, con todas sus criaturas, y el universo entero, invitan al hombre a ser su portavoz. Sólo la persona humana es capaz de elevar desde lo profundo de su ser ese himno de alabanza, proclamado sin palabras por toda la creación: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 102/103,1).

¿Cuál es el mensaje de la liturgia de hoy? San Pablo nos dice: "Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos” (Rm 14,7-8).

Estas palabras son concisas pero encierran un mensaje conmovedor. “Vivimos” y “morimos”. Vivimos en este mundo material que nos rodea, limitados por los horizontes de nuestra peregrinación terrena a través del tiempo. Vivimos en este mundo, con la perspectiva inevitable de la muerte, ya desde el momento de la concepción y el nacimiento. Y, sin embargo, debemos mirar más allá del aspecto material de nuestra existencia terrena. Sin duda, la muerte corporal es un paso necesario para todos nosotros; pero también es cierto que lo que desde su propio principio ha nacido a imagen y semejanza de Dios no puede volver completamente a la materia corruptible del universo. Esta es una verdad y una actitud fundamental de nuestra fe cristiana. Con las palabras de San Pablo “si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos”. Vivimos para el Señor, y también el morir es para nosotros vida en el Señor.

Os invito a no olvidar nuestro destino inmortal: la vida después de la muerte, la eterna felicidad del cielo, o la terrible posibilidad del castigo eterno, la separación eterna de Dios en lo que la tradición cristiana ha llamado infierno (cfr. Mt 25,41; 22,13; 25,30). No puede haber una vida verdaderamente cristiana sin una apertura a esta dimensión trascendente de nuestras vidas. “En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14,8).

La Eucaristía que celebramos constantemente confirma nuestro vivir y morir “en el Señor”: “Te entregaste a la muerte y, resucitando, destruiste la muerte, y nos diste vida nueva”. En efecto, San Pablo escribió, “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Sí, ¡Cristo es el Señor!

El misterio pascual transforma nuestra existencia humana para que no siga estando bajo el dominio de la muerte. En Jesucristo, nuestro Redentor, “vivimos para el Señor” y “morimos para el Señor”. Por Él, con Él y en Él pertenecemos a Dios en la vida y en la muerte. Existimos no sólo “para morir” sino “para Dios”. Por esta razón, en este día “que hizo Yavé” (Sal 117/118,24), la Iglesia por todo el mundo da su bendición desde las mismas profundidades del misterio pascual de Cristo: “Bendice... y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103,1-2).

---La experiencia del pecado

“¡No olvides!”. La lectura de hoy del Evangelio de San Mateo nos da un ejemplo de un hombre que ha olvidado (cfr. Mt 18,21-35). Ha olvidado los favores que le ha dado su Señor, y, en consecuencia, se ha mostrado cruel y despiadado con su prójimo. De esta manera la liturgia nos presenta la experiencia del pecado que se ha desarrollado desde el principio de la historia del hombre paralelamente a la experiencia de la muerte.

Morimos corporalmente cuando todas las energías de nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en su alma y crece. Por esta razón Cristo exclama, “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). La llamada al amor es una llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente de esa victoria es la cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección.

De nuevo, en la Eucaristía, nuestras vidas quedan afectadas por la victoria radical de Cristo sobre el pecado, pecado que es la muerte del alma y -en definitiva- la razón de nuestra muerte corporal. “Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos” (cfr. Rm 14,9), para que pudiera dar vida nuevamente a los que están muertos en el pecado o por el pecado.

Por eso la Eucaristía comienza con el rito penitencial. Confesamos nuestros pecados para obtener el perdón por medio de la cruz de Cristo y así participar en su resurrección de entre los muertos. Pero si nuestra conciencia nos reprocha por algún pecado mortal, nuestra participación en la Misa sólo puede ser totalmente fructífera si antes recibimos la absolución en el sacramento de la penitencia.

---El Sacramento del perdón

El misterio de la reconciliación es una parte fundamental de la vida y la misión de la Iglesia. Sin pasar por alto ninguna de las muchas maneras en las cuales la victoria de Cristo sobre el pecado se hace una realidad en la vida de la Iglesia y del mundo, considero importante hacer hincapié en que es sobre todo en el sacramento del perdón y la reconciliación donde el poder de la sangre redentora de Cristo se hace eficaz en nuestras vidas personales.

En diferentes partes del mundo existe una gran negligencia del sacramento de la penitencia. Ello va a menudo asociado a un oscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, a una pérdida del sentido del pecado o a una carencia de instrucción adecuada sobre la importancia de este sacramento en la vida de la Iglesia de Cristo. A veces la negligencia surge porque no tomamos en serio nuestra falta de amor y de justicia y el correspondiente ofrecimiento de Dios de misericordia reconciliadora. A veces hay una duda o una renuncia a aceptar con madurez y responsabilidad las consecuencias de las verdades objetivas de la fe. Por estas razones es necesario recalcar una vez más que “sobre la esencia del sacramento ha quedado siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que, por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la penitencia” (Reconciliatio et Paenitentia 30).

Pido a todos los obispos y sacerdotes que hagan todo lo posible para que la administración de este sacramento sea un aspecto primario de su servicio al Pueblo de Dios. Nada puede sustituir los medios de gracia que Cristo mismo ha puesto en nuestras manos. El Concilio Vaticano II nunca intentó que este sacramento de la penitencia fuera practicado con menor frecuencia. Lo que el Concilio expresamente pidió fue que los fieles pudieran entender más fácilmente los signos sacramentales y recurrieron a los sacramentos con mayor deseo y frecuencia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 59). Y precisamente porque el pecado toca muy de cerca a la conciencia individual, comprendemos por qué la absolución de los pecados debe ser individual y no colectiva, salvo en circunstancias extraordinarias aprobadas por la Iglesia.

Os pido que no veáis la Confesión como un mero intento de liberación psicológica -por más legítimo que esto pueda ser- sino como un sacramento, un acto litúrgico. La Confesión es un acto de honradez y valentía: un acto de entrega a nosotros mismos, más allá del pecado, a la misericordia de un Dios que ama y perdona. Es un acto del hijo pródigo que regresa a su Padre y es recibido por él con un beso de paz. Es fácil entender por qué “cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado” (Reconciliatio et paenitentia 31).

El potencial de una renovación auténtica y vibrante de toda la Iglesia católica a través de un uso más fiel del sacramento de la penitencia es inconmensurable. ¡Fluye directamente del corazón amoroso de Dios mismo! Esta es una certeza de fe que ofrezco a cada uno de vosotros y a toda la Iglesia en Estados Unidos.

Hago esta llamada a todos los que han estado alejados del sacramento de la reconciliación y del amor clemente: ¡Regresad a esta fuente de gracia; no tengáis miedo! Cristo mismo os espera. ¡Él os sanará y vosotros estaréis en paz con Dios!

A todos los jóvenes de la Iglesia les hago una invitación especial a recibir el perdón de Dios y su fuerza en el sacramento de la penitencia. Es un signo de grandeza ser capaces de decir: he cometido un error; he pecado, Padre; te he ofendido, mi Dios; estoy arrepentido: te pido perdón; lo intentaré nuevamente, porque confío en tu fuerza y creo en tu amor. Y sé que el poder del misterio pascual de tu Hijo -la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo- es más grande que todas mis flaquezas y que todos los pecados del mundo. ¡Iré y confesaré mis pecados, seré curado y viviré tu amor!

DP-138 1987

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Estas palabras del Salmo Responsorial resumen la enseñanza que la Iglesia nos recuerda en este Domingo: perdonar de corazón a quienes nos ofenden como el Señor perdona nuestras faltas.

¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir al Señor la salud? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? (1ª Lect.). También la pregunta de Pedro: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” La contestación de Jesús: ¡Siempre!, nos recuerda que no hay excusas para cerrarse a la compresión de las debilidades ajenas. Además, la exagerada diferencia entre los dos deudores que el Maestro dibuja refuerza esta doctrina.

Al convivir en el hogar, en el trabajo, en los lugares de diversión o descanso, es inevitable que se produzcan pequeños o grandes roces: desaires, ingratitudes, olvidos, críticas..., que Dios quiere que perdonemos. “Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti” (S. Josemaría Escrivá, Camino 452).

¡No adoremos el altar de la venganza y el desquite aunque sea en pequeñas dosis! En ese altar no está Dios. Él está en la Cruz con los brazos abiertos para acoger a todos, amigos y enemigos, y dar la vida por ellos. ¡Hemos de pedir al Señor que nos haga abiertos, comprensivos, tolerantes.., que nos dé un corazón lo más parecido al Suyo! Cristo es realista, toma al hombre como es. No tiene de él una visión seráfica ni una imagen pesimista, cree en la capacidad de mejora que en él puede operarse si se le ayuda con la disculpa o un dolorido silencio, con afecto sobrenatural y humano.

Las heridas que la vida familiar, profesional y social ha podido producir en nosotros, no cicatrizarán con el desquite o la venganza. Ese modo de conducirse -aunque adopte ese prolongado silencio acusatorio con el que pretendemos que los demás adviertan que su conducta no nos ha gustado- produce más heridas y agranda las ya existentes en una espiral sin freno. Es el amor en forma de perdón el que debe vendarlas para que cicatricen y curen. S. Pablo recuerda que el amor “no lleva cuentas del mal” (1 Cor 13,4-7).

Es importante que comprendamos que el gran perjudicado cuando nos negamos a perdonar, somos nosotros mismos. Si guardamos rencor, vivimos fuera de la esfera de Dios, no estamos en el círculo de los que Él ama y, además cultivamos en el fondo del alma un foco de pus, de odio y de resentimiento, que, como un cáncer, amargará nuestra existencia y nos llevará a la muerte, “porque el juicio será sin misericordia para el que no la practicó. La misericordia (en cambio) se ríe del juicio” (St 2,13).

Necesitamos convertirnos. Jesús espera un cambio en el modo de sentir y de vivir que nos libere de la ira y el enfado provocado por la ofensa, logrando que el alma pueda respirar a pleno pulmón. Entonces, el dolor y el daño sufrido, si persiste, convivirá con el sosiego interior, una paz y una alegría que es la resultante que, al perdonar, tienen los que se saben también perdonados por Dios.

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Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Is 55,6-9) "Vuestros caminos no son mis caminos"

(Fil 1,20c-24.27a) "Para mi la vida es Cristo, y una ganancia morir”

(Mt 20,1-16) "Id también vosotros a mi viña"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el Ángelus (20-IX-1981)

---El trabajo como deber y derecho humano

---Servicio

---Dimensión eterna

---El trabajo como deber y derecho humano

“El reino de los cielos es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajustar obreros para su viña…” (Mt 20,1).

Con estas palabras comienza el pasaje evangélico de la liturgia de hoy. La tan conocida parábola de los trabajadores de la viña contiene en sí muchos temas. Entre éstos es fundamental la idea de que es Dios quien llama al hombre al trabajo y que el trabajo debe contribuir a la plasmación continua del mundo según el proyecto del mismo Dios. Todo tipo de trabajo humano, todas sus variantes, están incluidas en la parábola evangélica.

En el punto de partida esta parábola incluye la llamada al hombre a redescubrir el significado del trabajo, teniendo presente el designio salvífico de Dios.

¿Qué es el trabajo humano?

A este importante interrogante hay que dar una respuesta articulada. Ante todo es una prerrogativa del hombre-persona, un factor de plenitud humana que ayuda precisamente al hombre a ser más hombre. Sin el trabajo no solo no puede alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a su dimensión verdadera. En segundo lugar y consecuentemente, el trabajo es una necesidad, un deber que da al ser humano, vida, serenidad, interés, sentido. El Apóstol Pablo advierte severamente, recordémoslo: “el que no quiera trabajar, no coma" (2 Tes 3,10). Por consiguiente cada uno está llamado a desempeñar una actividad sea al nivel que fuere, y el ocio y el vivir a costa de otros quedan condenados. El trabajo es, además, un derecho, “es el grande y fundamental derecho del hombre”.

---Servicio

El trabajo llega a ser igualmente un servicio, de tal modo que “el hombre crece en la medida en que se entrega por los demás". Y de esta armonía se beneficia no sólo el individuo sino también la misma sociedad.

---Dimensión eterna

Estos son solamente algunos pensamientos sobre el tema acerca de la naturaleza del trabajo humano. Los ponemos juntos aquí haciendo referencia a la llamada del amo de casa que sigue saliendo a contratar obreros para su viña para la jornada, como dice la parábola evangélica. Recordemos que en su mismo punto de partida esta parábola contiene la invitación al hombre a que encuentre su significado último en el designio salvífico de Dios, sea cual fuere el tipo de trabajo que desarrolle. Y oremos para que crezca y se ahonde en cada hombre la conciencia de este significado. Pues según el designio de Dios, con el trabajo no sólo debemos dominar la tierra, sino también alcanzar la salvación. Por tanto, al trabajo está vinculada no sólo la dimensión de la temporalidad, sino también la dimensión de la eternidad.

DP-172 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

La gratuidad y la grandeza de la recompensa que Dios reserva a los que trabajan por la extensión del cristianismo, forma parte de los pensamientos de Dios que, se nos dice en la 1ª Lectura, no coinciden con los nuestros. No hay arbitrariedad en la conducta de Dios al igualar a todos con un denario porque “El Señor es bueno con todos”, leemos en el Salmo Responsorial, y porque el denario es un tesoro inmenso: la vida eterna.

La recompensa divina, un denario, excede de tal manera el esfuerzo realizado por nosotros, que quien ha sido llamado al alba no puede pensar que tiene más méritos que quien fue convocado a mediodía o en el crepúsculo de su vida. Este último, no debe creer tampoco que es demasiado tarde para rehacer su vida cristiana. Un buen hijo no debe pensar que su padre le debe algo porque cumplió lo que le mandó: “cuando hayáis cumplido todo lo que se os mandó, habéis de decir: somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos obligación de hacer” (Lc 17,10).

Escribiendo a los cristianos de Filipo, S. Pablo les decía: “Para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir” (2ª Lect). Trabajar porque Jesucristo sea conocido y amado debe ser para nosotros también un honor, la razón de nuestra vida. No un peso sino un gustoso deber. Si hay quien tiene el orgullo y la satisfacción de trabajar en puestos de alta dirección política o financiera, de gestión empresarial o deportiva, etc. ¿no produciría extrañeza el considerar gravoso el empeño por el Reino de Cristo?

“Id también vosotros a mi viña”. Ninguno de nosotros tiene derecho a pensar que nadie le ha contratado. La Iglesia nos llama en esta hora del mundo. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, incluso los niños, como recuerda el Concilio Vaticano II (Cfr A. A.,12), ¡todos! son útiles para las faenas de cuidar la viña: ararla, abonarla, protegerla de las plagas, podarla, recolectar los racimos con los que elaborar el vino que alegra del corazón, anticipo del que el Señor servirá al final, como en Caná, premiando nuestro modesto servicio.

Preguntémonos al hilo de estas enseñanzas de Jesús: ¿Hago míos los objetivos de la Iglesia? ¿Me preocupa la gente, su confusión doctrinal, su vacío, su tristeza? ¿Procuro ayudar material y espiritualmente a quienes veo necesitados o me he ido acostumbrando a sus deficiencias como si fuera lo normal o algo irremediable? El Señor nos llama. No quiere vernos parados y diciendo que nadie nos ha contratado. Hoy, en esta celebración dominical, Jesús se dirige a cada uno de nosotros: Id también vosotros a mi viña.

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Ez 18,25-28) "Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida"

(Fil 2,1-11) "Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre"

(Mt 21,28-32) "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el Ángelus (27-IX-1981)

---Colaborar con Dios

---Cooperación entre los hombres

---Respuesta personal a Dios

---Colaborar con Dios

“¿Qué os parece?” -pregunta Cristo en el Evangelio escrito por Mateo y leído en este domingo- “Qué os parece?” “Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo : Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: Voy, señor. Pero no fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” (Mt 21,28-31).

Cristo comienza y termina con una pregunta. La respuesta a esta pregunta es fácil. Los oyentes responden que “el último” ha realizado la voluntad del padre.

Así pues, este domingo escuchamos algunas palabras evangélicas sobre la viña y el trabajo.

¿Qué es el trabajo?

Contestemos una vez más a esta pregunta, recordando ante todo que es colaboración con Dios en el perfeccionamiento de la naturaleza, según el precepto bíblico de someter la tierra (cfr. Gen 1,28). El Creador quiso al hombre explorador, conquistador, dominador de la tierra y de los mares, de sus tesoros, de sus energías, de sus secretos, de manera que el hombre recupere su auténtica grandeza de “partner de Dios”. Por eso el trabajo es noble y sagrado: es el título de la soberanía humana sobre la creación.

---Cooperación entre los hombres

El trabajo, además, es medio de unión y de solidaridad, que hace a los hombres hermanos, los educa en la cooperación, los fortalece en la concordia, los estimula a la conquista de las cosas, pero sobre todo de la esperanza, de la libertad, del amor. Mediante las divisiones funcionales de la producción el trabajo puede crear un tejido de colaboración consciente y compacto, y hace a la sociedad más armónicamente operante hacia la meta de un orden justo para todos. Por todo esto la Iglesia lo estimula y lo bendice.

---Colaborar con Dios

Nos hacemos la pregunta sobre la naturaleza del trabajo en relación con el Evangelio de la liturgia de hoy. Cada uno de nosotros es uno de los que sienten la llamada del Padre dirigida a los dos hermanos: “Ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,28). Y cada uno de nosotros, después de haber oído esta llamada, puede comportarse como el primero o como el segundo de ellos.

La parábola evangélica enseña que en el trabajo se contiene una respuesta, que el hombre da a Dios con toda su vida y su comportamiento. El trabajo tiene su sentido no sólo en la construcción de la "ciudad terrestre" sino también en la construcción del Reino de Dios.

DP-175 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

No basta la buena voluntad, las palabras educadas, sino el cumplimiento del querer de Dios aunque resulte costoso, nos dice el Señor con el ejemplo del hijo que inicialmente se negó al deseo del Padre pero, luego, arrepentido, lo secundó. “Señor −pedimos en el Salmo Responsorial− enséñame tus caminos y haz que camine con lealtad”.

Este hijo supo sobreponerse a la pereza ante el deber diario que el Padre le recordó. Si faltara esta lucha contra la comodidad, la voluntad se iría tornando cada vez más blanda y podría llegar a asustarnos con sus delirios y con cambios bruscos y repentinos de dirección, con caprichos y parálisis que agostarían el amor que Dios infundió el día del Bautismo en nuestros corazones. Entonces, seríamos tiranizados por el cuerpo, los instintos, la sensibilidad, la imaginación..., convirtiendo nuestra vida en un repertorio de gestos anodinos y sin sentido que desembocarían en el arenal del desencanto y el tedio. “El Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven dándose todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos” (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur?, 21).

Hay que decidirse a plantearle una seria batalla a la pereza que tantas cosas buenas malogra en nuestra vida. Sin esta lucha diaria, la voluntad debilitada sólo encontraría disgusto en lo que Dios indica y, en cambio, se vuelve pura codicia para todo lo que es regalo de oscuras apetencias. Esta lucha contra la comodidad egoísta, no consiste en multiplicar el número de nuestras tareas −ésa podría ser una pretensión de la soberbia− o en cerrarse a toda satisfacción o gozo: “no quieras ser demasiado riguroso” (Eccl. 7,16). Pero sí esforzarnos por desempeñar con más amor nuestras obligaciones con Dios y con los demás.

“Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere... Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Convendría alguna vez recordar que un cristiano que desdeña el propio vencimiento que el espíritu cristiano exige, no es en modo alguno un águila que se cierne libre y dominadora sobre la inmensidad del cielo. Se parece, más bien, al perro callejero que, escapado de su domicilio, va errante y amenazado entre el tumulto de la ciudad. Puede ir donde le plazca, pero no está por ello menos perdido.

El amor se nutre y hace fuerte con el sacrificio, doblegando −como el primer hijo del Evangelio de hoy− esa astenia inicial en el servicio de Dios y de los demás. “Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas” (S. Josemaría Escrivá).

Por lo demás, Dios ha hecho que la felicidad sea imposible para el egoísta. Cada uno lo sabe y puede recordar cuáles han sido los momentos más venturosos de su vida: coincidieron justamente con las horas de mayor generosidad. Cuando no nos conformamos con las formas más bastas y superficiales de la dicha y quisimos ahondarla y hacerla más rica y duradera, aprendimos esto: la felicidad es como el fuego, que se apaga si no se propaga.

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Is 5,1-7) "Espero justicia, y ahí tenéis: lamentos"

(Fil 4,6-9) "Y el Dios de la paz estará con vosotros"

(Mt 21,33-43) "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la beatificación de Marcelo Callo, Pierina Morosini y Antonia Mesina

---La viña del Señor y los viñadores

---Lucha por la santidad

---Llamada universal a la santidad

---La viña del Señor y los viñadores

“La viña del Señor es la casa de Israel” (Is 5,7).

¡Nosotros somos la viña del Señor! ¡Somos su pueblo, convocado a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida! ¡Su pueblo, reunido en la unidad y variedad de los dones del Espíritu!

La viña: Ésta es la palabra central de la liturgia de hoy, la imagen que une el fragmento de Isaías, el Salmo responsorial y el Evangelio de Mateo.

Hoy resuena una vez más en nuestros oídos el canto de la viña, cántico de amor y parábola de juicio. Isaías canta el amor de Dios, dueño y agricultor, a “su plantel preferido”: “¿Qué más cabía hacer por mi viña, que yo no lo haya hecho?” (Is 5,4). Pero es el mismo Profeta quien manifiesta la desilusión de Dios ante los agrazones, ante la violencia física y moral que habita en la casa de Israel (cfr. Is 5,7 y 3,14). Y por eso, éste es el juicio; Dios está dispuesto a dejar abandonado este terreno que ha cultivado: sin su protección volverá a ser un terreno inhóspito.

Pero precisamente entonces se levanta un grito de turbación y al mismo tiempo de confianza: “¿Por qué has derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes?” (Sal 79,13). El Salmista es quien pide con insistencia la atención de Dios, invoca su presencia: “Vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa” (Sal 79,15-16). En este grito y en este aumento de invocaciones, se encuentra en el Evangelio el pasaje de Isaías.

En la parábola de Mateo, la viña ya es sólo el fondo del drama. Se ponen en primer plano los que la cultivan. El centro de atención se coloca en una nueva justicia: ya no es el rechazo del trabajo, sino el rechazo de entregar los frutos al Señor de la viña.

La relación de alianza es despreciada por los viñadores, quienes, en el “tiempo de la vendimia” (Mt 21,34), no reconocen a otro patrón más que a sí mismos.

Hay más. Los viñadores van más lejos, hasta el punto de apalear a los enviados del Dueño, a sus siervos fieles, los Profetas. Y cuando él manda a su Hijo, como palabra definitiva para mediar y convencerles, ellos “lo agarraron y lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,39). Al Hijo, a quien se le debía tener todo el respeto (cfr. Mt 21,37), se le trata como a los blasfemos en Israel.

A partir de este momento la parábola se convierte en anuncio de los acontecimientos pascuales. Comienza el drama del Hijo de Dios, de la Alianza en su sangre (cfr. Mt 26,28). Jesús dice de Sí mismo: “La piedra que desecharon los arquitectos”, precisamente esa piedra “es ahora la piedra angular” (Mt 21,24).

---Lucha por la santidad

“La viña del Señor es la casa de Israel...”.

Por medio del misterio pascual aparece claro que el Dios de la Alianza construye su casa, en la historia del hombre, en Cristo: la piedra desechada se convierte, en el Calvario, en la piedra angular de la construcción divina en la historia del mundo. Desde ese momento la cruz se convierte en el comienzo de la resurrección en virtud del Espíritu Santo.

En la Eucaristía que celebramos, la hora del Hijo de Dios se hace hora de la Iglesia, de un Pueblo nuevo que tiene en Cristo su piedra angular.

La viña del Señor está hoy de fiesta. “Yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16). La santidad es la vocación principal de todo el Pueblo de Dios.

En la santidad de todo bautizado se revela la potencia de la piedra sobre la que se apoya la construcción divina. El misterio pascual -anunciado en el Evangelio de hoy- obra incesantemente con la fuerza del Espíritu de Santidad, engendra siempre nuevos Santos.

---Llamada universal a la santidad

“Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Fil 4:8).

Con San Pablo nos recuerdan el deber de asumir todo lo que hay de positivo en cualquier cultura, en cualquier situación histórica, en cualquier persona. Y con San Pablo añaden: “y cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros” (Fil 4:9).

DP-151 1987

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

Tomando la imagen de la viña con la que en el AT los profetas comparaban al pueblo de Dios, la Iglesia, Jesús nos dice que este mundo es como una viña entregada por Dios a unos labradores en un país lejano para que la cultiven y recoger el fruto a su tiempo. Como el dueño está lejos, los viñadores acaban por considerarse propietarios. Todos los que son enviados por Dios para pedir cuentas son maltratados e incluso asesinados. Por fin, es enviado el Hijo al que matan con la ilusión de ser los únicos dueños.

Éste es también nuestro pecado, muchas veces. Creemos que la vida es nuestra y que podemos diseñar nuestro futuro sin injerencias, apartando de nuestra vista las indicaciones divinas. Hay quienes ven a Dios, que es nuestro Padre, Sabiduría y Bondad infinita, que no quiere sino el bien de sus hijos, no como el garante de nuestro bienestar sino como el que lo impide o lo torna difícil al tener que estar sujeto a sus mandamientos. Se olvida así aquella lúcida afirmación de S. Agustín que, al hablar de la Ley de Dios, decía que Él “escribió en las Tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones” (In Salm 57, 1).

No deberíamos olvidar la facilidad que tenemos los humanos para divinizar lo que no es Dios: el poder, el dinero, el éxito, el sexo... Dios, con sus indicaciones, quiere librar al hombre del peligro de esa adoración desviada que es la idolatría. Estar en las manos de Dios, comprender que somos suyos, es un consuelo porque “si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios −recuerda Juan Pablo II−, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: “mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre” (Ps 131/130, 2) (Ev. Vitae, 39).

Pero todos llevamos dentro un dictador orgulloso que antepone con frecuencia su criterio y su voluntad a las instancias divinas. ¡A mí nadie me tiene que decir lo que debo o no hacer! ¡En mi vida mando yo! Y junto a él, un ser regalón y holgazán siempre atento a eliminar todo lo que supone esfuerzo. Depongamos esa tendencia a apartar de nuestra vista lo que Dios y la Iglesia nos piden “Aprendamos a servir: no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad” (S. Josemaría Escrivá).

¡Dar fruto! ¡Hacer rendir los talentos recibidos! Esto pide el Señor. “Servir al Señor con alegría” (S. 92), especialmente en el hogar y en todos esos lugares que frecuentamos. ¡Cuántas ocasiones en la vida del hogar para servir al Señor, que nos hacen agradable a sus ojos y contribuyen a ese bienestar íntimo tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Ese olvidarnos de nosotros mismos y esforzarnos por hacer grata la convivencia con pequeños servicios: adelantándonos a responder al teléfono, a abrir la puerta, cambiar una bombilla, limpiar un cenicero... El procurar que nadie se sienta solo. El conocer los gustos de los demás para, con naturalidad, hablar de temas de su agrado. El ceder con elegancia y hasta con sentido del humor cuando surja un roce sin excesiva importancia, pero que el egoísmo y la falta de inteligencia convierten en una montaña... Todo esto y tantas cosas más es posible cuando no sofocamos lo que de más cálido y mejor hay en nosotros y, sobre todo, cuando no vivimos en una atmósfera dominada por el egoísmo.

No somos los propietarios de nuestra vida sino sus cultivadores. Si la vivimos como Jesucristo quiere, “la paz de Dios que sobrepasa todo juicio −nos dice S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy− custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba

(Is 25,6-10a) "El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros"

(Fil 4,12-14.19-20) "Todo lo puedo en aquel que me conforta"

(Mt 22,1-14) "Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Catelgandolfo (11-X-1981)

---Buscar la riqueza de Dios

---Fe y obras

---Buscar la riqueza de Dios

La liturgia de hoy, con las palabras del Salmo 23, habla del Señor que es el Pastor de su pueblo, Pastor de cada una de las almas: realmente el Buen Pastor.

Él es quien garantiza a su grey, que somos nosotros, la abundancia y la seguridad de los pastos de su gracia. Por esto, el Señor es la fuente de nuestra alegría: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23,4). Bajo su guía estamos tranquilos y avanzamos decididamente por el camino de nuestra vida y de nuestras responsabilidades.

San Pablo en la Carta a los Filipenses traduce, en cierto sentido, el texto del antiguo Salmo a la lengua del Nuevo Testamento, cuando escribe: “En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús” (Fil 4,19).

¡Os exhorto a vivir la misma fe del Apóstol! ¡Busquemos esta riqueza que Dios ofrece a los hombres en Jesucristo! Sepamos repetir con el Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13)

Por desgracia, hoy, muchos hombres no parecen tener el sentido de las riquezas espirituales que se derivan de la comunión con el Señor. Muchos son reducidos por una actitud materialista y laicista que no quiere darse cuenta de esta dimensión superior del hombre. Es necesario estar en guardia ante esta perspectiva secularizante. Por esto es necesario una conversión continua de la mente y del corazón. Sólo así las riquezas de Dios ofrecidas a los hombres en Cristo, se revelan cada vez más plenamente a la mirada de nuestras almas.

---Fe y obras

Deseo a cada uno de vosotros y a todos que, ante la invitación al “banquete de la boda de su hijo”, no os comportéis como hemos escuchado en el Evangelio.

Efectivamente, los primeros invitados no quisieron ir (Mt 22,3); después otros no hicieron caso (Ib., 22,5); otros hasta insultaron o mataron a los criados que llevaban la invitación (Ib., 22,6). Todos ellos “no se lo merecían” probablemente porque con inaudita presunción y autosuficiencia juzgaron el banquete inútil