Meditación para cada día
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11 de mayo, domingo de PENTECOSTÉS
18 de mayo, LA SANTÍSIMA TRINIDAD
25 de mayo, SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Pentecostés. Ciclo A
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Hch 2,1-11) "Empezaron a hablar en lenguas extranjeras"
(1 Cor 12,3b-7.12-13) "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común"
(Jn 20,19-23) "Recibid el Espíritu Santo"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la clausura del XX Congreso Eucarístico Nacional de Italia, en Milán (22-V-1982)
---El origen de la Iglesia
---La Eucaristía
---Continua asistencia del Paráclito
---El origen de la Iglesia
“Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.
Así grita la Iglesia en la liturgia de la solemnidad de Pentecostés.
Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.
Potente es el soplo de Pentecostés. Eleva, con la fuerza del Espíritu Santo, la tierra y todo el mundo creado a Dios, por medio del cual existe todo lo que existe.
Por esto, cantamos con el Salmista:
“¡Cuántas son tus obras, Señor! la tierra está llena de tus criaturas” (Sal 103/104,24).
Miramos el orbe terrestre, abarcamos la inmensidad de la creación y continuamos proclamando con el Salmista: “Les retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103/104,29-30).
Profesamos la potencia del Espíritu Santo en la Obra de la creación: el mundo visible tiene su origen en la invisible Sabiduría, Omnipotencia y Amor. Y, por esto, deseamos hablar a las criaturas con las palabras que ellas oyeron a su Creador en el Comienzo, cuando vio que eran “buenas”, “muy buenas”. Y, por esto cantamos: “Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres!... Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras” (Sal 103/104,1.31).
En el templo grande e inmenso de la creación queremos festejar hoy el nacimiento de la Iglesia. Precisamente por esto repetimos: “¡Señor, envía tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra!”.
Y repetimos estas palabras reuniéndonos en el Cenáculo de Pentecostés: efectivamente, allí el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos con la Madre de Cristo, y allí nació la Iglesia para servir a la renovación de la faz de la tierra.
---La Eucaristía
Al mismo tiempo, entre todas las criaturas, que han venido a ser obra de las manos humanas, elegimos el Pan y el Vino. Los llevamos al altar. En efecto, la Iglesia, que nació el día de Pentecostés de la potencia del Espíritu Santo, nace constantemente de la Eucaristía, donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Y esto ocurre también gracias a la potencia del Espíritu Santo.
Nos encontramos en el Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés. Pero simultáneamente la liturgia de esta solemnidad nos lleva al Cenáculo “la tarde de la resurrección”. Precisamente allí, a pesar de que las puertas estaban cerradas, vino Jesús a los discípulos reunidos y todavía atemorizados.
Después de mostrarles las manos y el costado, como prueba que era el mismo que había sido crucificado, les dijo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y diciendo esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20,21-23).
Así, pues, la tarde del día de la resurrección, los Apóstoles, encerrados en el silencio del Cenáculo, recibieron el mismo Espíritu Santo, que descendió sobre ellos cincuenta días después, a fin de que, inspirados por su fuerza, se convirtiesen en testigos del nacimiento de la Iglesia: “Nadie puede decir 'Jesús es Señor', si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
La tarde del día de la resurrección de los Apóstoles, con la fuerza del Espíritu Santo, confesaron con todo el corazón: “Jesús es el Señor”, la potencia del Espíritu Santo puso en sus manos la Eucaristía -El Cuerpo y la Sangre del Señor-; la Eucaristía que en el mismo Cenáculo, durante la última Cena, Jesús les había entregado, antes de su pasión.
Entonces dijo, mientras les daba el pan: “Tomad y comed todos de él: esto es mi cuerpo, entregado en sacrificio por vosotros”.
Y a continuación, dándoles el cáliz del vino dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Y después de haber dicho esto, añadió: “Haced esto en memoria mía”.
Cuando llegó el día de Viernes Santo, y luego el Sábado Santo, las palabras misteriosas de la última Cena se cumplieron mediante la pasión de Cristo. He aquí que su Cuerpo había sido entregado. He aquí que su Sangre había sido derramada. Y, cuando Cristo resucitó, se colocó en medio de los Apóstoles la tarde de Pascua, sus corazones latieron, bajo el soplo del Espíritu Santo, con nuevo ritmo de fe.
¡He aquí que ante ellos está el Resucitado!
He aquí que Jesús es el Señor. He aquí que Jesús el Señor les ha dado su Cuerpo como pan y su Sangre como vino “para la remisión de los pecados”. Les ha dado la Eucaristía.
---Continua asistencia del Paráclito
He aquí que el Resucitado dice: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
He aquí que los envía con la fuerza del Espíritu Santo con la palabra de la Eucaristía y con el signo de la Eucaristía, puesto que realmente ha dicho: “Haced esto en memoria mía”
“Jesucristo es Señor”.
He aquí que envía a sus Apóstoles con la memoria eterna de su Cuerpo y de su Sangre, con el sacramento de su muerte y de su resurrección: Él, Jesucristo, Señor y Pastor de su grey para todos los tiempos.
La Iglesia nace el día de Pentecostés. Nace bajo el soplo potente del Santísimo Espíritu, que ordena a los Apóstoles salir del Cenáculo y emprender su misión.
La tarde de la resurrección Cristo les dijo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. La mañana de Pentecostés el Espíritu Santo hace que ellos emprendan esta misión. Y así ellos van a los hombres y se ponen en camino por el mundo.
Antes de que ocurriese esto, el mundo -el mundo humano- había entrado en el Cenáculo. Porque he aquí que: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4). Con este don de lenguas entró a la vez en el Cenáculo en el mundo de los hombres, que hablan las diversas lenguas, y a los cuales hay que hablar en varias lenguas para ser comprendidos en el anuncio de las “maravillas de Dios” (Hch 2,11).
El día de Pentecostés nació la Iglesia, bajo el soplo potente del Espíritu Santo. Nació de cien maneras, en todo el mundo habitado por los hombres, que hablan diversas lenguas. Nació para ir a todo el mundo, enseñando a todas las naciones con las diversas lenguas.
Nació a fin de que, enseñando a los hombres y a las naciones, nazca siempre de nuevo mediante la palabra del Evangelio; para que nazca siempre de nuevo en ellos en el Espíritu Santo, por la potencia sacramental de la Eucaristía.
Todos los que acogen la palabra del Evangelio, todos los que se alimentan del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía, bajo el soplo del Espíritu Santo, profesan: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).
Y así, bajo el soplo del Espíritu Santo, comenzando desde el Pentecostés de Jerusalén, crece la Iglesia.
En ella hay diversidad “de carismas”, y diversidad “de ministerios”, y diversidad “de operaciones”, pero “uno solo es el Espíritu”, pero “uno solo es el Señor”, pero “uno solo es Dios”, “que obra todo en todos” (1 Cor 12,4-6).
En cada hombre,
en cada comunidad humana,
en cada país, lengua y nación,
en cada generación,
La Iglesia es concebida de nuevo y de nuevo crece.
Y crece como cuerpo, porque, como el cuerpo une en uno muchos miembros, muchos órganos, muchas células, así la Iglesia une en uno con Cristo muchos hombres.
La multiplicidad se manifiesta, por obra del Espíritu Santo, en la unidad, y la unidad contiene en sí la multiplicidad: “Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13).
En la base de esta unidad espiritual que nace y se manifiesta cada día siempre de nuevo, está el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre, el gran memorial de la Cruz y de la Resurrección, el Signo de la Nueva y Eterna Alianza, que Cristo mismo ha puesto en las manos de los Apóstoles y ha colocado como fundamento de su misión.
En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como Cuerpo mediante el Sacramento del Cuerpo. En la potencia del Espíritu Santo se construye la Iglesia como pueblo de la Nueva Alianza mediante la Sangre de la nueva Alianza.
Es inagotable en el Espíritu Santo la potencia vivificante de este Sacramento. La Iglesia vive de él, en el Espíritu Santo, con la vida misma de su Señor. “Jesús es Señor”.
Es el Cenáculo de Pentecostés, pero es, a la vez, el Cenáculo mismo del encuentro pascual de Cristo con los Apóstoles, es el Cenáculo mismo del Jueves Santo.
Un día llegó al Cenáculo de Pentecostés todo el mundo a través del don de lenguas: fue como un gran desafío para la Iglesia, grito por la Eucaristía y petición de la Eucaristía.
La Iglesia se convierte, mediante la Eucaristía, en la medida de la vida y en la fuente de la misión de todo el pueblo de Dios, que ha venido hoy al cenáculo hablando con la lengua de los hombres contemporáneos.
La vida del hombre se graba, mediante la Eucaristía, en el misterio del Dios viviente. En este misterio el hombre supera los límites de la contemporaneidad, encaminándose hacia la esperanza de la vida eterna. He aquí que la Iglesia del Verbo Encarnado hace nacer, mediante la Eucaristía, a los habitantes de la eterna Jerusalén.
¡Te damos gracias, oh Cristo! Te damos gracias, porque en la Eucaristía nos acoges a nosotros, indignos, mediante la potencia del Espíritu Santo en la unidad de tu Cuerpo y de tu Sangre, en la unidad de tu muerte y de tu resurrección.
¡Gratias agamus Domino Deo nostro!
¡Te damos gracias, oh Cristo!
Te damos gracias, porque permites a la Iglesia nacer siempre de nuevo en esta tierra, y porque le permites engendrar hijos e hijas de esta tierra como hijos de la adopción divina y herederos de los destinos eternos.
¡Gratias agamus Domino Deo nostro!
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo a vosotros” (Jn 20,21).
¡Y da a estas palabras el soplo potente de Pentecostés!
Haz que estemos dondequiera Tú nos envíes..., porque el Padre te envió a Ti.
DP-158 1983
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
“Todos los discípulos estaban juntos...” (1ª lect). En esta atmósfera de oración y de reflexión por los acontecimientos pascuales vividos hasta el día de la Ascensión, irrumpe la fuerza de lo Alto que el Señor había prometido a los suyos. El Espíritu de Verdad que procede del Padre, el Consolador, el alma de la Iglesia, su secreto y su fuerza en medio de tantas rebeliones a bordo y de tantas tormentas como la barca de Pedro ha tenido que soportar a lo largo de su dilatada singladura.
Fue el Espíritu Santo quien dio comienzo a esa colosal empresa evangelizadora y santificadora que es la Iglesia, y es Él también, quien con su aliento divino, continúa esta tarea hasta que, cuando se cumpla la última hora de la Historia, de nuevo Cristo vuelva. Y es con este mismo aliento divino -que recuerda el gesto de Dios al crear al hombre (Cfr Gn 2,7)- como debemos nosotros seguir navegando. Por eso rezamos hoy así: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo..., mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento...” (Secuencia).
Es realmente llamativo el contraste entre la postración en que Jesús encuentra a sus discípulos: puertas cerradas, miedo, ocultación (3ª lect) y el arrojo, la seguridad y el vigor de la proclamación de la verdad cuando han recibido su Espíritu. En su inesperada aparición, Jesús les da su Paz, su Espíritu, su Poder de perdonar los pecados, su misión, que Él había recibido del Padre. Aquí está la razón profunda de este cambio.
“La acción del Espíritu Santo que opera en la Iglesia y en quienes formamos parte de Ella desde el día del Bautismo, puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y obscurece los dones divinos” (S. Josemaría Escrivá). Con todo, lo decisivo es lo que hace el Señor. También ahora “se devuelve la vista a los ciegos, que habían perdido la capacidad de mirar al cielo y de contemplar las maravillas de Dios; se da la libertad a cojos y tullidos, que se encontraban atados por sus apasionamientos y cuyos corazones no sabían ya amar; se hace oír a sordos, que no deseaban saber de Dios; se logra que hablen los mudos, que tenían atenazada la lengua porque no querían confesar sus derrotas; se resucita a muertos, en los que el pecado había destruido la vida. Comprobamos una vez más que “la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de dos filos” (Heb 4,12) y, lo mismo que los primeros fieles cristianos, nos alegramos al admirar la fuerza del Espíritu Santo y su acción en la inteligencia y en la voluntad de sus criaturas” (Beato Josemaría Escrivá).
La Iglesia es un signo visible de esta acción del Espíritu de Dios en el mundo. Ella tiene “una antigüedad de casi dos mil años. Frente a ella, todas las instituciones sociales del Occidente, sus estados y confederaciones de pueblos, son de ayer. Los estados, en los que se estableció la Iglesia y por los que aparentemente estaba sostenida, han caído; las culturas, con las que parecía fusionada, se han deshecho; sobrevinieron extraordinarias tempestades y conmociones en las naciones en que la Iglesia estaba implantada, y sólo ella permaneció inmutable en el cambio de los tiempos. Sobrevivió a la ruina del Imperio romano con todas sus crisis; no fue barrida por las invasiones de los pueblos bárbaros; no pudo ser vencida por la interna debilidad del papado, ni por la fuerza externa del emperador y el nacionalismo francés, ni por los pecados y deficiencias humanas del Humanismo y la Reforma, ni por las extraordinarias revoluciones de la Ilustración, la Revolución francesa, el capitalismo, el socialismo y la técnica moderna. En todas las crisis y tempestades se ha afirmado victoriosa y, en tal grado, que su esencia íntima, sus dogmas, su culto y su derecho permanecieron inmutables” (A. Lang).
Esta permanencia, sin precedentes en la historia, tiene su explicación en la asistencia continua del Espíritu Santo, alma de la Iglesia.
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La Santísima Trinidad. Ciclo A
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Ex 34,4b-6.8-9) "Tómanos como heredad tuya"
(2 Cor 13,11-13) "Tened un mismo sentir y vivid en paz"
(Jn 3,16-18) "El que cree en Él no será juzgado"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de ordenación sacerdotal en Sión, Suiza (17-VI-1984)
---Misterio de Dios Uno y Trino
---Amor de Dios
---Sacerdocio real
---Misterio de Dios Uno y Trino
“Sursum corda”: ¡”Levantemos el corazón”!
Hoy el corazón de la Iglesia reacciona con un fervor particular ante esta invitación que introduce la plegaria eucarística. Hoy podemos responder con una intensidad de fe muy especial: “Habemus ad Dominum”: ¡”Lo tenemos levantado hacia el Señor”!
Contemplemos en la fe el misterio de Dios. Nuestra fe se vuelve precisamente hacia Él. Un misterio insondable. Dios es Dios, el Ser más allá de todo lo que podemos concebir, más grande de lo que pueda imaginarse el hombre. La revelación cristiana sólo en parte levanta el velo que oculta su vida íntima, pero guía nuestra fe hasta los umbrales de un misterio más profundo: la unidad de la Trinidad. El que es Dios único es al mismo tiempo Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las personas divinas es increada, inmensa, eterna, todopoderosa, Señor; y, sin embargo, no hay más que un Dios increado, inmenso, todopoderoso, Señor. “El Padre no ha sido hecho por nadie; no es ni creado, ni engendrado; el Hijo viene sólo del Padre; no ha sido hecho ni creado, sino engendrado; El Espíritu Santo viene del Padre y del Hijo; no ha sido hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede de ellos”. Así se expresa una antigua profesión de fe (el llamado símbolo de San Atanasio). Este Dios de infinita majestad que se manifiesta a Moisés y se mantiene dentro de la misteriosa nube, este Dios trascendente que revela su insondable vida, la ternura de su infinito amor, nos permite acercarnos a Él, le adoramos, prosternados ante Él. En la fe se nos ha dado la dicha de contemplar en Él a la Santísima Trinidad, antes de la plena visión de su gloria.
---Amor de Dios
“Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1,3). “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Mediante su Hijo, no sólo ha revelado su nombre, su gloria como en una epifanía de Dios que le manifiesta de manera única, sino que ha mostrado para con nosotros su ternura, su misericordia, su amor, su fidelidad, bastante más allá de lo que Moisés podía entrever: “Nos ha destinado por adelantado a ser hijos por Jesucristo”, “a ser su pueblo” (cf. Ef 1,5.11). Nuestra adoración, nuestro canto de alabanza es al mismo tiempo una acción de gracias por este “don gratuito del que nos ha colmado en su Hijo bien amado”. Pues “el primer don hecho a los creyentes” es el del Espíritu, que continúa la obra del Hijo y “lleva a la perfección toda santificación” (cf. Plegaria Eucarística IV), el Espíritu que confiere a la Iglesia la unidad del Cuerpo, la llama a manifestar a los hombres la salvación, pues por Él la habita la presencia de Dios.
---Sacerdocio real
“Tú harás de nosotros un pueblo que te pertenezca” (Ex 34,9).
“Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y ensalzado por los siglos” (Dan 3,52). La luz de la fe nos permite elevarnos hoy con el espíritu y el corazón al misterio inescrutable de Dios, a su inaferrable unidad trinitaria. Del seno de esa Trinidad Santísima vino el Hijo de Dios a la humanidad: La Palabra eterna de Dios se hizo hombre, hijo de la Virgen María. Por su muerte en la cruz y por su resurrección descendió sobre los Apóstoles y permanece ahora presente en la Iglesia el Espíritu de Santidad.
De esta misión del Padre y del Espíritu brota la misión salvífica de la Iglesia. De la misión del Hijo, el Siervo de Dios, que recibió la unción profética, nace, en el Espíritu santo, el “sacerdocio real” de todos los bautizados.
Por su ministerio de servicio todo el Pueblo de Dios participa en el sacerdocio de Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres
DP-206 1984
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Si hay algo innombrable y grande, eso es el misterio que celebramos hoy. Cuando la teología busca palabras para ilustrarnos la esencia divina: Dios Uno y Trino, experimenta la angustia de ser muda. Se diría que esta realidad nos ha sido revelada más para adorarla que para comprenderla. “Tibi laus, tibi gloria...”, ¡A Ti la alabanza, la gloria y el agradecimiento, oh Trinidad Beatísima! (Trisagio angélico). Gloria a Dios en el cielo...; Santo, Santo, Santo, cantan eternamente los ángeles y los bienaventurados sin cansarse ante la majestad de Dios, como sin cansarse se dicen cosas encendidas los que se aman.
Dios Uno y Trino es un misterio absoluto que se aleja infinitamente de las posibilidades del conocimiento humano. Dios es incomprensible, aunque no incognoscible (Conc. de Letrán). Sin embargo, ese Dios que trasciende infinitamente al hombre, es tremendamente cercano al hombre: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Dios inaccesible y cercano al mismo tiempo. Dios que ha hecho del hombre su templo, un sagrario. “Desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad” (Catecismo n 260).
Es ésta una razón poderosa para tratar con un inmenso respeto el misterio de nuestro cuerpo y el de los demás, llevando una vida limpia y recta que glorifique y ame a Dios. Aquí radica también el fundamento de la dignidad de todo ser humano y del respeto con que debe ser tratado. Quien atropella a los demás ofende también a Dios.
La revelación de la Santísima Trinidad nos recuerda “que Dios, en su misterio íntimo no es soledad, sino como una familia que lleva, en Sí mismo, paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el Amor” (Juan Pablo II). A esa Familia divina está llamado el hombre que, al ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se convierte en hijo de Dios. “domestici Dei” (Efes 2,19), de la familia de Dios. “No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres” (S. Josemaría Escrivá).
Retengamos en esta Solemnidad esto: Nadie nos ama ni nos ha dado tanto como Dios. Nos ha dado la vida, la salud, la inteligencia, también las penas que son una ayuda inestimable para no olvidar que esta vida no es la definitiva y, en consecuencia, hagamos un uso sensato de la libertad. Nos ha dado a su Hijo, y Él, su Espíritu, para que seamos aquí en la tierra familia, Iglesia. Nos ha dado la Eucaristía, Memorial de su Muerte y Resurrección, el Corazón de la Iglesia.
¿Qué podemos hacer ante esta epifanía del Amor de Dios? La gloria y la alabanza y la acción de gracias (S. Responsorial), son las únicas palabras dignas y humildes que podemos dedicar a Dios, y con ellas, el amor afectivo y efectivo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a todas las criaturas que han salido de sus manos. Que así sea.
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Corpus Christi. Ciclo A
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
(Dt 8,2-3.14b-16a) "No te olvides del Señor"
(1 Cor 10,16-17) "Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos un mismo pan"
(Jn 6,51-58) "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía del Corpus Christi, en San Juan de Letrán (21-VI-1984)
---Glorificar al Dios viviente
---Iglesia y Eucaristía
---Comunión
---Glorificar al Dios viviente
“Iglesia santa, glorifica a tu Señor” (cf. Sal 147,12).
Esta exhortación, que resuena en la liturgia de hoy, responde casi como un eco lejano a la invitación que el Salmista dirigió a Jerusalén: “Glorifica al Señor, Jerusalén;/ alaba a tu Dios, Sión,/ que ha reforzado los cerrojos de tus puertas/ y ha bendecido a tus hijos dentro de ti” (Sal 147,12-13).
La Iglesia creció en Jerusalén y en lo más profundo de su corazón trae esta invitación a glorificar al Dios viviente. Hoy desea responder a esta invitación de modo particular. Este día -jueves después del domingo de la Santísima Trinidad- se celebra la solemnidad del Corpus Domini: del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
La Iglesia creció desde la Jerusalén de la Antigua Alianza como Cuerpo bien compacto en unidad mediante la Eucaristía. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor 10,17).
“Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10,16).
Jesucristo dice: (Jn 6,56-57) “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”.
---Iglesia y Eucaristía
Esta es la vida de la Iglesia. Se desarrolla en el ocultamiento eucarístico. Lo indica la lámpara que arde día y noche ante el tabernáculo. Esta vida se desarrolla también en el ocultamiento de las almas humanas, en lo íntimo del tabernáculo del hombre.
La Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, rodeando de la máxima veneración este misterio, que Cristo ha establecido en su Cuerpo y en su Sangre; este misterio que es la vida interior de las almas humanas. Lo hace con toda la sagrada discreción que merece este sacramento.
Pero hay un día, en el que la Iglesia quiere hablar a todo el mundo de este gran misterio suyo. Proclamarlo por las calles y plazas. Cantar en alta voz la gloria de su Dios. De este Dios admirable, que se ha hecho Cuerpo y Sangre: comida y bebida de las almas humanas. “...y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).
Es necesario, pues, que el mundo lo sepa. Es necesario que “el mundo” acoja este día solemne el mensaje eucarístico: el mensaje del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Deseamos, pues, rodear con un cortejo solemne a este “pan”, por medio del cual nosotros -muchos- formamos un solo “Cuerpo”.
Queremos caminar y proclamar, cantar, confesar: He aquí a Cristo -Eucaristía- enviado por el Padre./ He aquí a Cristo, que vive por el Padre./ He aquí a nosotros, en Cristo:/ a nosotros, que comemos su Cuerpo y su Sangre,/ a nosotros, que vivimos por Él: por medio de Cristo-Eucaristía./ Por Cristo, Hijo Eterno de Dios.
---Comunión
“El que come su Carne y bebe su Sangre tiene la vida eterna... Cristo lo resucitará el último día” (cf. Jn 6,54).
A este mundo que pasa,/ a esta ciudad, que también pasa, aunque se le llame “ciudad eterna”,/ queremos anunciarles la vida eterna, que está, mediante Cristo, en Dios:/ la vida eterna, cuyo comienzo y signo evangélico es la Resurrección de Cristo;/ la vida eterna, que acogemos como Eucaristía: sacramento de vida eterna.
DP-209 1984
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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alba
Ocho veces emplea Jesús el verbo comer al prometer en la sinagoga de Cafarnaúm la Eucaristía. Tal vez para despejar cualquier interpretación metafórica de sus palabras y que tuviéramos así la certeza de que en Ella está su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad. El Verbo que pone su tienda, su tabernáculo entre nosotros (Cfr Jn 1,14).
La Eucaristía, por la que entramos en comunión con Dios y escapamos de la muerte (Evang.), escandalizó a los discípulos de Jesús como ocurrió con el anuncio de la Pasión. La Eucaristía y la Cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio. “¿También vosotros queréis marcharos?” “Esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene palabras de vida eterna y que acoger en la fe el don de la Eucaristía es acogerlo a Él mismo” (CEC, 1336). ¡Miremos con ojos de fe esta prueba del amor del Señor que se queda con nosotros! Porque “la palabra de Cristo -enseña S. Ambrosio-, que pudo hacer de la nada lo que no existía ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía” No es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela”. (Myst. 9, 50.52).
En este misterio de fe y de amor está la “fuente y la cima de toda la vida cristiana” (L. G., 11). Una antigua oración confiesa bellamente esta verdad: “Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!” S. Ireneo de Lyón, se hace eco de la transfiguración que se operará en nuestro cuerpo gracias a la Eucaristía: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (Haer. 4, 18, 4-5).
“El pan que partimos ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?” (2ª lect.) “El Cuerpo real y sacramental del Señor alimenta y hace vivir de su Espíritu al Cuerpo espiritual y social, que somos nosotros en la Iglesia... La Eucaristía se convierte en la gran fuente del amor fraterno... Incluso de aquel prójimo que carece todavía de comunión de fe, de esperanza, de caridad, de unión eclesial” (Pablo VI).
“Jesús no es una idea ni un sentimiento ni un recuerdo. Jesús es una persona viva siempre y presente entre nosotros. Amad a Jesús presente en la Eucaristía” (Juan Pablo II). “Os diré que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marte, María y Lázaro” (S. Josemaría Escrivá).
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