Homilía

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Sab 9,13-18) "¿Qué hombre conoce el designio de Dios?
(Flm 9-10.12-17) "Recíbelo a él como a mí mismo"
Lc 14,25-33 "El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en Valletri (7-IX-1980)

---Jesucristo, centro de la existencia
---Proteger y cuidar a la familia
---Trabajar para el bien común

--- Jesucristo, centro de la existencia

Las lecturas bíblicas, que nos propone la liturgia de este domingo se centran en torno al concepto de la Sabiduría cristiana que cada uno de nosotros está invitado a adquirir y profundizar. Por esto el versículo del salmo 89 dice: "Danos, Señor, la Sabiduría del corazón. Sin ella, ¿cómo sería posible plantear dignamente nuestra vida, afrontar sus muchas dificultades y, más aún, conservar siempre una actitud profunda de paz y serenidad interior? Pero para hacer eso, como enseña la primera lectura, es necesaria la humildad, es decir, el sentido auténtico de los propios límites, unido al deseo intenso de un don de lo alto, que nos enriquezca desde dentro. El hombre de hoy, en efecto, por una parte encuentra arduo abrazar y entender todas las leyes que regulan el universo material, que también son objeto de observación científica, pero, por otra parte, se atreve a legislar con seguridad sobre las cosas del espíritu, que por definición escapan a los datos físicos: “Si apenas adivinamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance; ¿quién, entonces, ha rastreado lo que está en los cielos?

Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?” (Sab 9,16-17).

Aquí se configura la importancia de ser verdaderos discípulos de Cristo porque, mediante el bautismo, Él se ha convertido en nuestra sabiduría (cfr. 1 Cor 1,30), y por lo mismo la medida de todo lo que forma el tejido concreto de nuestra vida. El Evangelio pone en evidencia que Jesucristo es necesariamente el centro de nuestra existencia. Lo refleja con tres frases:1) Si no lo ponemos a Él por encima de nuestras cosas mas queridas.2) Si no nos disponemos a ver nuestras cruces a la luz de la suya. 3) Si no tenemos el sentido de la realidad de los bienes materiales. Entonces no podemos ser sus discípulos, esto es, llamarnos cristianos. Se trata de interpelaciones esenciales a nuestra identidad de bautizados; sobre ellos debemos reflexionar siempre mucho.

--- Proteger y cuidar a la familia

La familia es el primer ambiente vital que encuentra el hombre al venir al mundo, y su experiencia es decisiva para siempre. Por esto es importante cuidarla y protegerla, para que pueda realizar adecuadamente las tareas específicas que le son reconocidas y confiadas por la naturaleza y por la revelación cristiana. La familia es el lugar del amor y de la vida, más aún, el lugar donde el amor engendra la vida, porque ninguna de estas dos realidades sería auténtica si no estuviese acompañada también por la otra. He aquí por qué el cristiano y la Iglesia las defienden desde siempre y las colocan en mutua correlación. A este respecto sigue siendo verdadero lo que mi predecesor, el gran Papa Pablo VI, proclamaba ya en su primer radiomensaje de Navidad de 1963: se está “a veces tentado a recurrir a remedios que se deben considerar peores que la enfermedad, si consisten en atentar contra la fecundidad misma de la vida con medios que la ética humana y cristiana ha de calificar de ilícitos: en vez de aumentar el pan en la mesa de la humanidad hambrienta, como lo puede hacer hoy el desarrollo productivo, moderno, piensan algunos en disminuir, con procedimientos contrarios a la honradez, el número de los comensales. Esto no es digno de la civilización”. Hago plenamente mías estas palabras.

--- Trabajar para el bien común

En segundo lugar... la Iglesia, como sabéis, dedica sus atenciones más solícitas a los problemas del trabajo y de los trabajadores. En mis viajes apostólicos no he dejado de trazar las líneas maestras de esta primera solicitud pastoral; y vosotros recordáis además cómo el Concilio Vaticano II ha afirmado que el trabajo “procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad” (Gaudium et Spes 67). Jamás será lícito, desde un punto de vista cristiano, someter a la persona humana ni a un individuo ni a un sistema, de modo que se la convierta en mero instrumento de producción. En cambio, siempre es considerada superior a todo provecho y a toda ideología; jamás al revés.

DP-232 1980

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Una de las cosas que separa al cristianismo de cualquier ideología es la adhesión a la persona de Jesucristo, prefiriéndola a cualquier otra criatura, incluso a la propia vida. Mientras los que siguen la doctrina de Aristóteles, Kant, Hegel, o cualquier otro pensador, la persona de éste no interesa, o interesa en la medida en que pueda ayudar a una mejor comprensión de sus propuestas, en el cristianismo la persona de Jesucristo es lo nuclear, la verdad, el camino, la vida (Cf Jn 14,6). Dios ha salido al encuentro del hombre para establecer una alianza con él. Dios busca un trato de corazón a corazón.

"Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre..., no puede ser discípulo mío". Preguntémonos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi corazón y en mi actuación diaria? ¿Cumplo los mandamientos? ¿Procuro no dispensarme de acudir con frecuencia a la Eucaristía y los demás Sacramentos con excusas de falta de tiempo, de ganas o de cualquier otra índole? ¿Realizo mi trabajo con honestidad y sentido de la justicia? ¿Tengo a Dios presente a lo largo del día como tiene presente quien ama a los suyos aún en medio de sus afanes, viajes, etc.? ¿Vuela mi pensamiento de modo espontáneo hacia el Señor como quien ama a su mujer, su marido, sus hijos? ¡Pidamos a Dios en esta celebración dominical que esa naturalidad con la que los que se quieren bien piensan en sus seres queridos en toda circunstancia, sea también un hábito nuestro!

¿De qué serviría la fatiga de toda una vida si ella no nos lleva a construir la torre que nos permita alcanzar la vida eterna? Esa persona -dice el Señor- "empezó a construir y no ha sido capaz de acabar". Hay que dar a Dios la prioridad en todo porque Él es quien nos ha dado la vida y quien nos ha rescatado de la muerte. ¡Señor!, pedimos hoy en el Salmo Responsorial, "enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato" y " haga prosperar las obras de nuestras manos".

Si nos esforzamos a diario en leer unas páginas del Evangelio y tratamos de incorporar esas enseñanzas a nuestra vida: si rezamos con devoción el Rosario contemplando los misterios; si nos confesamos con dolor sincero de los pecados y nos determinamos, con la ayuda de Dios, a enmendar la vida; si participamos con frecuencia en la Santa Misa y procuramos hacer de nuestra vida una Misa, esto es: nos sacrificamos por los demás viviendo la caridad, llegaremos a amar a Dios por encima de todo y seremos amados eternamente por Él.

Nadie ha hecho y sigue haciendo por nosotros más que Dios. Él nos ha dado la vida temporal que disfrutamos ahora y nos dará una eternidad dichosa. Cuando preferimos a Dios sobre todas las cosas estamos dando al corazón lo que él va buscando aún cuando no siempre lo sepa. “Nos hiciste, Señor, para Ti -confiesa S. Agustín después de haber buscado la felicidad en otras fuentes-, y ón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Déjalo todo... Sígueme»

I. LA PALABRA DE DIOS

Sb 9, 13-19: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Sal 89, 3-4.5-6.12-13.14 y 17: Señor, tus has sido nuestro refugio de generación en generación
Flm 9b-10.12-17: Recíbelo no como esclavo, sino como hermano querido
Lc 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío

II. LA FE DE LA IGLESIA

«La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre ``los dos caminos'' y la práctica de las palabras del Señor; está resumida en la regla de oro: ``Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la Ley y los porfetas'' (Mt 7,12).» (1970).

«Más allá de sus preceptos, la ley nueva contiene los consejos evangélicos» (1973). «Los consejos evangélicos manifiestan la plenitud de una caridad que nunca se sacia» (l974)

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no quiere que cada uno observe todos los consejos, sino solamente los que son convenientes según la diversidad de las personas, los tiempos, las ocasiones, y las fuerzas, como la caridad lo requiera. Porque es ésta la que, como reina de todas las virtudes, de todos los mandamientos, de todos los consejos, y en suma de todas las leyes y de todas las acciones cristianas, la que da a todos y a todas rango, orden, tiempo y valor» (San Francisco de Sales) (1974).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

En el camino hacia Jerusalén, Jesús hizo un alto para clarificar a sus muchos seguidores las condiciones que pedía para aceptarlos como discípulos: debían estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas y al propio egoísmo. Dura renuncia para quienes confiaban en Jesús como el futuro rey que los llenaría de prosperidad y libertad, pero que es posible comprender, como señala la primera lectura, cuando se es iluminado por la fe con la gracia del Espíritu Santo.

Sólo este domingo se lee un pasaje de la carta más breve de San Pablo; en ella se exhorta a tratar a los esclavos como hermanos, poniendo las bases para la abolición de ese sistema degradante, pero tan arraigado en la antigüedad.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
La ley nueva o ley evangélica: 1965-1972.

La respuesta:
os consejos evangélicos: 1973-1974; 915-919.

C. Otras sugerencias

Seguir a Jesucristo es la ley del cristiano, ley nueva o ley evangélica: cumple, supera y lleva a su perfección la ley antigua. Es ley de amor, de gracia y de libertad. Exige renuncia: vivir en Cristo.

No es una invitación sólo para religiosos. Cada uno, en la medida de sus distintas condiciones ha de vivir como Cristo y en Cristo, sin más intereses absolutos: riquezas, reconocimiento social, gratificación afectiva...

En la pluralidad de carismas, ministerios y servicios en la Iglesia se expresa una comunidad que sigue al Señor, único Camino, Verdad y Vida.

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Ex 32,7-11.13-14 "Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo"
Tim 1,12-7 "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores"
Lc 15,1-32 "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en el Parque del Danubio, Viena (11-IX-1983)

--- La conversión
--- La misericordia de Dios
--- Confesión y Santa Misa

--- La conversión

"Me levantaré e iré a mi padre" (Lc 15,18). En esta profunda parábola de Cristo se contiene de hecho todo el eterno problema del hombre: el drama de la libertad, el drama de la libertad mal utilizada.

El hombre ha recibido de su Creador el don de la libertad. Con su libertad puede organizar y configurar esta tierra, realizar las maravillosas obras del espíritu humano de las cuales está lleno este país y todo el mundo.

Pero la libertad tiene un precio. Todos los que son libres deberían preguntarse: ¿hemos conservado nuestra dignidad en la libertad? Libertad no significa capricho. El hombre no puede hacer todo lo que puede o le agrada. No hay libertad sin lazos. El hombre es responsable de sí mismo, de los hombres y del mundo. Es responsable ante Dios. Una sociedad que convierte en bagatela la responsabilidad, la ley y la conciencia hace tambalear los fundamentos de la vida humana. El hombre sin responsabilidad se precipitará en los placeres de esta vida y, como el hijo pródigo, caerá en dependencias, perdiendo su patria y su libertad. Abusará con egoísmo desconsiderado de los otros hombres o se aferrará insaciablemente a bienes materiales. Donde no se reconocen el ligamen con los valores últimos, fracasan el matrimonio y la familia, se minusvalora la vida del otro, sobre todo de los que aún no han nacido, de los ancianos y de los enfermos. De la adoración a Dios se pasa a adorar el dinero, el prestigio o el poder.

¿No es también toda la historia de la humanidad una historia de la libertad mal usada? ¿No siguen muchos también hoy el camino del hijo pródigo? Se encuentran ante una vida rota, amores traicionados, miseria culpable, llenos de miedo y de dudas. "Han pecado y han perdido la gloria de Dios" (Rom 3,23). Se preguntan: ¿Donde he caído? ¿Dónde hay una salida?

--- La misericordia de Dios

En la parábola de Cristo, el hijo pródigo es el hombre que ha utilizado mal su libertad -es decir, ha pecado-: las consecuencias que pesan sobre las conciencias del individuo así como las que van en perjuicio de la vida de las diferentes comunidades humanas y en su entorno, en perjuicio, incluso, de los pueblos y de la entera humanidad (cfr. G et S 13). El pecado significa una depreciación del hombre: contradice su auténtica dignidad y deja, además, heridas en la vida social. Ambas oscurecen la visión del bien y arrebatan a la vida humana la luz de la esperanza.

Con todo, la parábola de Cristo no permite que nos quedemos en la triste situación del hombre caído en pecado con toda la postración que ello comporta. Las palabras "me levantaré e iré a mi padre" nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible. En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros, dado que todo hombre y la entera humanidad pueden levantarse conjuntamente e ir al Padre. Esta es la verdad que está en el núcleo de la Buena Nueva.

Las palabras "Me levantaré e iré a mi padre"  revelan la conversión interior. Pues el hijo pródigo continúa: "Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lc 15,18). En el centro de la Buena Nueva aparece la verdad sobre la metanoia, la conversión: la conversión es posible; y la conversión es necesaria.

¿Y por qué esto es así? Porque aquí se revela lo que hay en lo más profundo del alma de cada hombre y que, a pesar del pecado, incluso mediante el pecado, continúa vivo y en acción: Ese hambre insaciable de verdad y de amor que testimonia cómo el espíritu del hombre tiende hacia Dios por encima de todo lo creado. Este es el punto de partida de la conversión por parte del hombre.

--- Confesión y Santa Misa

A él corresponde el punto de partida por parte de Dios. En la parábola se presenta ese punto de partida con una sencillez impresionante y, al mismo tiempo, con una gran fuerza de convicción. El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver. El padre sale a las calles por donde podría regresar el hijo. Quiere salir a su encuentro.

En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Ef 1,4-5). El amor que, oculto desde toda la eternidad en el corazón del Padre, se ha manifestado en nuestros días a través de Jesucristo. La cruz y la resurrección constituyen el punto culminante de esa revelación.

En el signo de la cruz continúa siempre presente el punto de partida divino en cada una de las conversiones que acontezcan en la historia del hombre y de la humanidad. Pues en la cruz ha descendido a la humanidad de una vez para siempre el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; un amor que nunca se agota. Convertirse significa entrar en contacto con ese amor y acogerlo en el propio corazón; significa construir sobre la base de ese amor nuestra conducta futura.

Es esto precisamente lo que ocurrió en la vida del hijo pródigo cuando decidió: "Me levantaré e iré a mi padre". Pero al propio tiempo tuvo conciencia clara de que, al volver al padre, debía reconocer su falta: "Padre he pecado" (Lc 15,18). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados. Reconocer los propios pecados significa dar testimonio de la verdad de que Dios es Padre; un padre que perdona. A quien testimonia esta verdad al reconocer su pecado lo vuelve a acoger el Padre como hijo suyo. El hijo pródigo es consciente de que sólo el amor paternal de Dios puede perdonarle los pecados. En esta parábola la perspectiva de la esperanza está estrechamente unida al camino de la conversión. Meditad todo aquello que forma parte de este camino: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia. Renovad en vosotros la valoración de este sacramento, denominado también "sacramento de la reconciliación". Se halla estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía, sacramento del amor: la confesión nos libera del mal; la Eucaristía nos otorga el don de la comunión con el bien supremo.

Tomad en serio la invitación que os dirige la Iglesia con carácter obligatorio a participar todos los domingos en la Santa Misa. Aquí debéis encontrar continuamente, en medio de la comunidad, al Padre y recibir el don de su amor, la santa comunión, el pan de nuestra esperanza. Configurad todo el domingo con esa fuente de energía como un día consagrado al Señor. Pues a Él pertenece nuestra vida; a Él se debe nuestra adoración. Así podrá permanecer viva en al existencia cotidiana vuestra unión con Dios y convertirse todas vuestras acciones en testimonio cristiano,

Todo esto significan también las palabras: "Me levantaré e iré a mi padre". Un programa de nuestra esperanza, más profundo y simple que el cual no puede imaginarse otro (cfr. "Dives in Misericordia" 5 y 6).

DP-248 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Todo conocimiento de Dios ha de arrancar de esta gozosa realidad: Dios es mi Padre. Un Padre que no se incomoda con la inconsciencia y las debilidades humanas, sino que está siempre dispuesto a abrir sus brazos paternales a sus hijos rebeldes o protestones.

Detengámonos un poco en esta consoladora realidad al hilo de esta soberbia parábola que acabamos de escuchar centrando nuestra atención en el comportamiento del Padre con estos dos hijos, porque en ella Jesús nos ofrece un retrato fiel del Corazón de Dios. Lo primero que llama la atención es que el amor del Padre por sus hijos es total. Total y absoluto, como se observa tanto en el diálogo con el mayor que ha vivido protegido por ese amor sin valorarlo, como en su comportamiento con el menor. El mayor está a su lado, ciertamente, pero lo que en el fondo desea es divertirse con sus amigos. El menor ha tirado la mitad de la hacienda y perdido la dignidad.

La alegría del Padre por el retorno de su hijo menor nos humedece los ojos. Antes de que el hijo abra la boca para disculparse ha corrido a su encuentro y lo ha cubierto de besos. "Tú temes una reprensión, y Él te devuelve tu dignidad, comenta S. Ambrosio, temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete". Es realmente consolador. Pero, ¿y su comportamiento con el mayor, no es, si cabe, aún más conmovedor? Recordemos que al volver de su trabajo y ver la fiesta, la música, el banquete por el regreso de su hermano se irrita y se niega a participar en la fiesta. Piensa, tal vez, que su fidelidad no ha sido valorada y es víctima de un agravio comparativo. Con una ternura inmensa el Padre se dirige también a él: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; debería alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". ¡Qué distinto es Dios de nosotros! ¡De qué forma tan otra se conduce cuando nos portamos mal con Él!

Pascal decía que "el corazón tiene razones que la mente no comprende". ¿No sentimos latir aquí el Corazón de Dios? Sí, Dios nos ama a pesar de que nosotros no lo hagamos, o lo hagamos de un modo poco entusiasta, como el hijo mayor. Es preciso reconsiderar muchas veces todo esto para que no desesperemos ante nuestras rebeldías y protestas, porque "quien ha sido objeto de la compasión divina -dice Juan Pablo II- no se siente humillado sino revalorizado".

Pidamos hoy esto: Señor, inculca esta verdad no sólo en mi cabeza y mi corazón sino en mi vivir diario. Que ante los reveses de la vida no pierda la serenidad, consciente de que nada ocurre que no sea para bien y oiga siempre en el fondo del corazón: tú eres mi hijo muy amado, en quien me complazco; hijo ío en mi Hijo.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Perdónanos... como personamos»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 32,7-11.13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado
Sal 50, 3-4.12-13.17 y 19: Me pondré en camino a donde está mi padre
1 Tm 1,12-17: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores
Lc 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»: «Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña. Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero todo es posible para Dios» (2841).

«Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia» (2840)

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano) (2845)

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

En el Antiguo Testamento la misericordia de Dios, que da una nueva oportunidad a los pecadores, se designa con el término tan humano de «arrepentimiento», poco acorde con la idea filosófica de la inmutabilidad de Dios.

En el evangelio se leen tres parábolas sobre la misericordia de Dios, que son propias del Evangelio según S. Lucas. En las tres destaca la alegría por la reconciliación de los alejados, en contraste con el descontento de los fariseos.

Como segunda lectura comienza la proclamación de una de las cartas pastorales de S. Pablo. EL apóstol es buena muestra de la generosa misericordia de Dios que le perdonó su pasada vida de perseguidor de la Iglesia.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
El perdón de Dios en Cristo: 1425-1426.
El perdón del hombre: 2842-2843.

La respuesta:
El arrepentimiento: 2838-2841.
El perdón al hermano: 2844-2845.

C. Otras sugerencias

La tres parábolas de la misericordia se exponen ante la actitud cerrada de los que no son capaces de acoger al pecador. Dios siempre acoge.

En la oración del Señor hay una petición sorprendente que es el mejor comentario a estas parábolas: pedimos el perdón de Dios como nosotros perdonamos.

Audacia en la petición. Confianza en la misericordia divina. Compromiso muy serio de ser como el Padre misericordioso y no como los fariseos.

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Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Am 8,4-7) "Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones"
(1 Tim 2,1-8) "Dios quiere que todos los hombres se salven"
(Lc 16,1-13) "El que es de fiar en lo poco también lo es en lo mucho"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Visita pastoral a Kazajstán
Homiliía del Santo Padre Juan Pablo II

Astana- Plaza de la Madre Patria
Domingo 23 de septiembre de 2001

1. "Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos" (1 Tm 2, 5).

En esta expresión del apóstol san Pablo, tomada de la primera carta a Timoteo, está contenida la verdad central de la fe cristiana. Me alegra poder anunciárosla hoy a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas de Kazajstán. En efecto, estoy entre vosotros como apóstol y testigo de Cristo; estoy entre vosotros como amigo de todo hombre de buena voluntad. A todos y cada uno vengo a ofrecer la paz y el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Conozco vuestra historia. Conozco los sufrimientos que habéis padecido muchos de vosotros, cuando el régimen totalitario anterior os arrancó de vuestra tierra de origen y os deportó en condiciones de grave malestar y privación. Me alegra poder estar aquí hoy entre vosotros para deciros que el corazón del Papa está cerca de vosotros. (...)

2. "Dios es uno". El Apóstol afirma ante todo la absoluta unicidad de Dios. Los cristianos han heredado esta verdad de los hijos de Israel y la comparten con los fieles musulmanes: es la fe en el único Dios, "Señor del cielo y de la tierra" (Lc 10, 21), omnipotente y misericordioso.

En el nombre de este único Dios, me dirijo al pueblo de Kazajstán, que tiene antiguas y profundas tradiciones religiosas. Me dirijo también a cuantos no se adhieren a una fe religiosa y a los que buscan la verdad. Quisiera repetirles las célebres palabras de san Pablo, que tuve la alegría de volver a escuchar el pasado mes de mayo en el Areópago de Atenas: "Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 27-28). Me viene a la mente lo que escribió vuestro gran poeta Abai Kunanbai: "¿Se puede dudar de su existencia, si todo sobre la tierra es su testimonio?" (Poesía 14).

3. "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús". Después de referirse al misterio de Dios, el Apóstol dirige su mirada a Cristo, único mediador de salvación. Una mediación -subraya san Pablo en otra de sus cartas- que se realiza en la pobreza: "Siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9, citado en el Aleluya).

Jesús "no hizo alarde de su categoría de Dios" (Flp 2, 6); no quiso presentarse a nuestra humanidad, que es frágil e indigente, con su abrumadora superioridad. Si lo hubiera hecho, no habría obedecido a la lógica de Dios, sino a la de los poderosos de este mundo, criticada sin ambages por los profetas de Israel, como Amós, de cuyo libro está tomada la primera lectura de hoy (cf. Am 8, 4-6).

La vida de Jesús fue coherente con el designio salvífico del Padre, "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2, 4). Él testimonió con fidelidad esta voluntad, ofreciéndose "en rescate por todos" (1 Tm 2, 6). Al entregarse totalmente por amor, nos consiguió la amistad con Dios, perdida a causa del pecado. También a nosotros nos recomienda esta "lógica del amor", pidiéndonos que la apliquemos sobre todo mediante la generosidad hacia los necesitados. Es una lógica que puede unir a cristianos y musulmanes, comprometiéndolos a construir juntos la "civilización del amor". Es una lógica que supera cualquier astucia de este mundo y nos permite granjearnos amigos verdaderos, que nos acojan "en las moradas eternas" (cf. Lc 16, 9), en la "patria" del cielo.

4. Amadísimos hermanos, la patria de la humanidad es el reino de Dios. Es muy elocuente para nosotros meditar en esta verdad precisamente aquí, en la plaza dedicada a la Madre Patria, ante este monumento que la representa simbólicamente. Como enseña el concilio ecuménico Vaticano II, existe una relación entre la historia humana y el reino de Dios, entre las realizaciones parciales de la convivencia civil y la meta última, a la que, por libre iniciativa de Dios, está llamada la humanidad (cf. Gaudium et spes, 33-39).

El décimo aniversario de la independencia de Kazajstán, que celebráis este año, nos lleva a reflexionar en esta perspectiva. ¿Qué relación existe entre esta patria terrena, con sus valores y sus metas, y la patria celestial, en la que, superando toda injusticia y todo conflicto, está llamada a entrar la familia humana entera? La respuesta del Concilio es iluminadora: "Aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios" (ib., 39).

5. Los cristianos son, a la vez, habitantes del mundo y ciudadanos del reino de los cielos. Se comprometen sin reservas en la construcción de la sociedad terrena, pero permanecen orientados hacia los bienes eternos, siguiendo un modelo superior, trascendente, para realizarlo cada vez más y cada vez mejor en la vida diaria.

El cristianismo no es alienación del compromiso terreno. Si en algunas situaciones contingentes a veces da esta impresión, se debe a la incoherencia de muchos cristianos. En realidad, el cristianismo auténticamente vivido es como levadura para la sociedad: la hace crecer y madurar en el plano humano y la abre a la dimensión trascendente del reino de Cristo, realización plena de la humanidad nueva.

Este dinamismo espiritual encuentra su fuerza en la oración, como nos acaba de recordar la segunda lectura. Y es lo que, en esta celebración, queremos hacer orando por Kazajstán y por sus habitantes, a fin de que este gran país, dentro de la variedad de sus componentes étnicos, culturales y religiosos, progrese en la justicia, la solidaridad y la paz; para que progrese especialmente gracias a la colaboración de cristianos y musulmanes, comprometidos cada día, juntos, en la humilde búsqueda de la voluntad de Dios.

6. La oración siempre debe ir acompañada por obras coherentes. La Iglesia, fiel al ejemplo de Cristo, no separa nunca la evangelización de la promoción humana, y exhorta a sus fieles a ser en todo ambiente promotores de renovación y de progreso social.

Amadísimos hermanos y hermanas, ojalá que la "madre patria" de Kazajstán encuentre en vosotros hijos devotos y solícitos, fieles al patrimonio espiritual y cultural heredado de vuestros padres, y capaces de adaptarlo a las nuevas exigencias.

De acuerdo con el modelo evangélico, distinguíos por la humildad y la coherencia, haciendo fructificar vuestros talentos al servicio del bien común y privilegiando a las personas más débiles y desvalidas. El respeto a los derechos de cada uno, aunque tengan convicciones personales diferentes, es el presupuesto de toda convivencia auténticamente humana.

Vivid un profundo y efectivo espíritu de comunión entre vosotros y con todos, inspirándoos en lo que los Hechos de los Apóstoles atestiguan de la primera comunidad de los creyentes (cf. Hch 2, 44-45; 4, 32). Testimoniad en el amor fraterno y en el servicio a los pobres, a los enfermos y a los excluidos, la caridad, que alimentáis en la mesa eucarística. Sed artífices de encuentro, reconciliación y paz entre personas y grupos diferentes, cultivando el auténtico diálogo, para que prevalezca siempre la verdad.

7. Amad la familia. Defended y promoved esta célula fundamental del organismo social; cuidad de este primordial santuario de la vida. Acompañad con esmero el camino de los novios y de los matrimonios jóvenes, para que sean ante sus hijos y ante toda la comunidad signo elocuente del amor de Dios.

Amadísimos hermanos, con alegría y emoción deseo dirigiros a vosotros, aquí presentes, y a todos los creyentes que están unidos a nosotros la exhortación que en muchas ocasiones estoy repitiendo en este inicio de milenio: Duc in altum!

Te abrazo con afecto, pueblo de Kazajstán, y te deseo que realices plenamente todo proyecto de amor y de salvación. Dios no te abandonará. Amén.

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

"¿Por qué puso el Señor esta parábola?, se preguntaba S. Agustín. No porque el siervo aquel fuera un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación".

Quiere el Señor que pongamos en los asuntos de nuestra alma, el empeño, la ilusión y la habilidad que muchos ponen en lo que les interesa, en lo que les es más entrañable y querido. El cristiano no debe tener un tiempo para Dios y otro para los negocios de este mundo, no debe tener "dos señores" sino solamente uno y a Él hay que servir, también en los afanes diarios, con toda el alma. "Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón... Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado" (Dt 6,4-7).

Los hijos de la luz han de poner todo su empeño por estar presentes en aquellos lugares en que se trabaja por el bien común colaborando con todos con dedicación e ingenio para hallar soluciones que hagan más humana y cristiana la sociedad en que viven. Como aquellos primeros cristianos que escribían: "no dejamos de frecuentar el foro, el mercado, los baños, las tiendas, las oficinas, las hosterías y ferias; no dejamos de relacionarnos, de convivir con vosotros en este mundo. Con vosotros navegamos, vamos a la milicia, trabajamos la tierra y de su fruto hacemos comercio" (Tertuliano).

La enseñanza, la defensa de la vida y el medio ambiente, la justa distribución de las riquezas, la familia, los medios de comunicación, la libertad, la igualdad de derechos y ante la ley, la transparencia en los negocios y en la política, el acceso de todos a la cultura..., todo aquello que atañe al bien común, debe ser objeto de nuestros desvelos, de forma que esas realidades vayan impregnándose del espíritu de Cristo.

El cristiano no debe buscar el éxito personal como único objetivo: "No podéis servir a Dios y al dinero", nos recuerda el Evangelio de hoy; sino que hemos de servir a Dios con el dinero, el prestigio profesional, con la iniciativa y responsabilidad que el Señor elogia al referirse a los hijos de este mundo.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«Dios... o el dinero»

I. LA PALABRA DE DIOS

Am 8, 4-7: Contra los que compran por dinero al pobre
Sal 112, 1-2.4-6.7-8: Alabad al Señor, que ensalza al pobre
1 Tm 2, 1-8: Pedid por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven
Lc 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero

II. LA FE DE LA IGLESIA

«El décimo mandamiento prohibe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañare al prójimo en sus bienes materiales» (2536).

«El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios» (2548).

 «La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre» (2541).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Agustín) (2539).

«La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir» (S. Gregorio de Niza) (2548).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

El profeta Amós es conocido por su denuncia a los ambiciosos para quienes su especulación les lleva al abuso de los más pobres e indefensos.

Jesús expone en el evangelio la parábola del administrador infiel, que tiene un colorario: nadie puede servir a Dios, si tiene como dios al dinero.

La primera carta a Timoteo es un escrito pastoral, en el que el apóstol recomienda la oración por todos los hombres, pues la voluntad salvífica universal de Dios enseña a los cristianos a no olvidar a nadie.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Dios, Bien Supremo y fuente de todo bien. La pobreza de corazón: 2541-2550.

La respuesta:
La codicia y concupiscencia por los bienes: 2534-2540.

C. Otras sugerencias

El dinero siempre ha sido y es un peligroso ídolo. Es absorvente de los intereses y preocupaciones del hombre.¿Cuantas personas han caido en sus redes y han sido esclavizadas por él?. La corrupción, la desconfianza familiar y social, las rupturas de amistades... tienen muchas veces como causa el señorío del dinero sobre las personas.

Frente a este ídolo Jesús establece una oposición radical para el servidor de Dios. No se puede servir a dos señores.

Entre los mandamientos de la Ley de Dios, el décimo habla de poner el corazón o en Dios o en los bienes ajenos. Pocas veces se habla de los deseos del corazón, pero es ahí donde se elevan altares: o a Dios o al dinero.

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

(Am 6,1a.4-7) "¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria!"
(1Tim 6,11-16) "Combate el buen combate de la fe"
(Lc 16,19-31) "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía para la Asociación de Santa Cecilia (25-IX-1983)

--- La oración gozosa
--- El himno de Cristo a Dios Padre
--- El canto en el Nuevo Testamento

--- La oración gozosa

"Los que cantáis al son del Salterio y creéis imitar a David usando instrumentos musicales..." (Am 6,45).

Esta palabras están dirigidas por el profeta Amós "a los que nadáis en la abundancia en medio de Sión y a los que vivís sin ningún recelo en el monte de Samaría" y que, por el contrario, están ya al borde de la derrota y a las puertas de la deportación y del exilio.

En la nueva Alianza los cristianos, renacidos a la nueva vida, somos los verdaderos David, que alabamos a Dios con un canto nuevo, el canto de la redención. Junto con el Salmista cantamos al Padre: "Escucha Señor, mi voz... A ti habla mi corazón; buscad su rostro, tu rostro, oh Señor, yo busco. No me escondas tu rostro" (Sal 26/27,7-9).

Estas vibrantes invocaciones expresan el anhelo del alma hacia las realidades sobrenaturales, según la viva recomendación de San Pablo: "Buscad las cosas de arriba... Pensad en las cosas de arriba" (Col 3,15); anhelo que se traduce en la oración del corazón. En el cristiano que goza de la vida nueva y en el que vive en el mismo Cristo -Verbo del Padre- tal oración asume un tan gran fervor que se expresa y exalta en el canto.

--- El himno de Cristo a Dios Padre

Esta oración, en la forma más perfecta, es levantada por Cristo al Padre. Cristo, en efecto, como desde la eternidad, también después de su encarnación, resurrección y ascensión, continúa cantando, en cuanto mediador e intérprete de la humanidad, las alabanzas y la gloria del Padre, y también las aspiraciones y los deseos de los hombres.

Como el Espíritu es quien da a nuestras frágiles fuerzas la capacidad de exclamar: "Abba-Padre" (cfr. Rm 8,15) este mismo Espíritu nos da también la capacidad de hacer plena nuestra plegaria, haciéndola estallar de gozo santo con la alegría del canto y de la música, según la exhortación de San Pablo: "Llenaos del Espíritu, entreteniéndoos con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando y loando al Señor con todo vuestro corazón" (Ef 5,19).

Consecuencia de esta actividad exterior son: el hombre nuevo que debe revestir la imagen del Creador y cantar "un cántico nuevo"; una nueva vida cantando a Dios con todo corazón y con gratitud (cfr. Col 3,16). Comentando las palabras del Salmo 32: "Cantad al Señor un cántico nuevo", San Agustín exhortaba así a sus fieles y también a nosotros: "Desde el hombre nuevo, un Testamento Nuevo, un cántico nuevo. El nuevo canto no se destina a hombres viejos. No lo aprenden sino los hombres renovados, por medio de la gracia, de lo que era viejo: hombres pertenecientes ya al Nuevo Testimonio, que es el reino de los cielos. Todo nuestro amor a Él suspira y canta un cántico nuevo. Elevemos, sin embargo, un cántico nuevo no con la lengua sino con la vida".

--- El canto en el Nuevo Testamento

En la nueva Alianza el canto es típico de aquellos que han resucitado con Cristo. En la Iglesia sólo quien canta con estas disposiciones de novedad pascual -es decir, de renovación interior de vida- es verdaderamente un resucitado. Así, mientras en el AT la música podía tal vez oírse en el culto ligado a los sacrificios materiales, en el NT llega a ser "espiritual", análogamente al nuevo culto y a la nueva liturgia, de la que es parte importante y es escuchada a condición de que inspire devoción y recogimiento interiores.

"Cantad al Señor un cántico nuevo". Cristo es el Himno del Padre y, con la Encarnación, ha entrado a la Iglesia este mismo Himno, es decir, a sí mismo, para que lo perpetuase hasta su retorno. Ahora todo cristiano está llamado a participar en este Himno y a hacerse él mismo en Cristo "Cántico nuevo" al Padre celestial.

Naturalmente, tal cántico nuevo, que resuena en mí y en vosotros como prolongación del Himno eterno que es Cristo, debe estar en sintonía con la perfección absoluta, con que el Verbo se dirige al padre, de modo que en la vida, en la fuerza de los afectos y en la belleza del arte se realicen completamente la unidad entre nosotros, miembros vivos, con Cristo, nuestra cabeza. "Cuando alabáis a Dios, alabadlo con todo vuestro ser; cante la voz, cante el corazón, cante la vida, canten las obras" es también la incisiva recomendación de San Agustín.

DP-265 1983

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Hay que comer para vivir y no vivir para comer como el rico Epulón del que nos habla Jesús, el cual parece que no tiene otro dios que el vientre y no piensa "más que en las cosas de la tierra" como se quejaba S. Pablo (Cf Flp 3,19).

Este modo de conducirse va embotando poco a poco la conciencia volviéndola torpe y casi incapaz para los bienes del espíritu: "El hombre animal no capta las cosas del Espíritu de Dios; para él son necedad. Y no las puede entender, porque sólo pueden ser juzgadas espiritualmente" (1 Cor 2,14).

"La sensualidad, afirma J. Green, prepara el lecho a la incredulidad". La tendencia a no valorar sino lo que se puede tocar y resulta placentero, el excesivo afán de comodidad y lujo, conduce al olvido de Dios y de los demás originando una suerte de inflamación del egoísmo. "Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, enseña S. Josemaría Escrivá, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales". Esto queda ilustrado por Jesús en la petición que pone en boca del rico cuando descubre que el infierno es verdad, que si se vive según la carne, en expresión de S. Pablo, no se alcanzará la inmortalidad dichosa, pero, si con el espíritu se moderan las malas inclinaciones del cuerpo, se alcanzará esa meta (Cf Rm 8,13).

Es más, cuando el rico insiste para que Lázaro vaya a casa de su padre y alerte a sus cinco hermanos a fin de que "no vengan también ellos a este lugar de tormento", Jesús se muestra escéptico ante la posibilidad de que un milagro les abra los ojos y los oídos a quienes piensan que con la muerte se acaba todo y viven en un egoísmo sin corazón y sordos a la palabra de Dios.

"Si no escuchan a Moisés y los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto". Quien no se inclina ante la palabra de Dios, tampoco lo hará ante el mayor de los milagros. La petición de señales prodigiosas como una aparición, es una escapatoria que, por otra parte, siempre se podría explicar como una ilusión de nuestra fantasía, una alucinación, para seguir anclados en una vida de regalo y de insolidaridad. Esto queda confirmado con esta sentencia: "Esta generación mala y adúltera pide una señal, pero no se le dará" (Mt 16,4; Mc 8,12). Jesús condena aquí el materialismo que se cierra al espíritu, viviendo como si Dios no existiera y no hubiera insistido en que no somos dueños de los bienes de la tierra sino administradores. "La pobreza, afirma S. Agustín, no condujo a Lázaro al Cielo, sino su humildad; y las riquezas no impidieron al rico entrar en el ísmo y su insensibilidad".

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

Amor a los pobres

I. LA PALABRA DE DIOS

Am 6, 1.4-7: Los que lleváis una vida disoluta, iréis al destierro
Sal 145, 7.8-9a.9bc-10: Alaba alma mía, al Señor
1 Tm 6,11-16: Guarda el Mandamiento, hasta la venida del Señor
Lc 16, 19-31: Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras que tú padeces

II. LA FE DE LA IGLESIA

«Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprende a los que se niegan a hacerlo: "A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda" (Mt 5,42). "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva "anunciada a los pobres" (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo» (2443).

«El amor de la iglesia a los pobres pertenece a su constante tradición. está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de "hacer partícipe al que se halle en necesidad" (Ef. 4,28). No abarca solo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa» (2444).

III. TESTIMONIO CRISTIANO

«Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo porque en ellos servimos a Jesús» (Sta. Rosa de Lima) (2449).

IV. SUGERENCIAS PARA EL ESTUDIO DE LA HOMILÍA

A. Apunte bíblico-litúrgico

El profeta Amós destaca en el Antiguo Testamento por la dureza de los términos con que condena el egoísmo y el ansia de placer de los ricos.

La parábola que se proclama en el Evangelio la recoge sólo S. Lucas y es una crítica de Jesús a los ricos que no se preocupan de los necesitados. Quien tiene embotados los sentidos del alma por el excesivo bienestar no escucha la Palabra de Dios, ni le sirven los milagros.

El resumen de las recomendaciones pastorales contenidas en esta carta es el fidelidad a Cristo y a sus mandamientos, que es el entero depósito de la fe confiado al sucesor del apóstol.

B. Contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica

La fe:
Dios bendice, en Jesucristo, a los que aman a los pobres: 525; 544; 2443.
El amor de la Iglesia a los pobres: 2444-2446.

La respuesta:
La obras de misericordia: 2447-2449.
Justicia y solidaridad entre las naciones: 2437-2442.

C. Otras sugerencias

Hoy se ve más la pobreza y la miseria. Los medios de comunicación han roto las fronteras de nuestros pueblos y vemos el hambre y la muerte por pobreza en muchos países. Sin embargo, como el rico de la parábola, en medio de las comodidades podemos no ver nada ni a nadie.

El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia es claro: el amor a los pobres es una exigencia del discípulo de Jesús. Y para amarlos hay que verlos. La Pobreza es una situación concreta que afecta a personas concretas, cercanas, quizá. Todos son cercanos, pues todos son prójimos.

Sólo se ama lo que se ve, y para ver hay que dejar la vida cómoda que embota la sensibilidad, de ahí la denuncia del profeta.

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