Sumario del Curso
Presentación–Introducción:
1. El concepto de virtud en la tradición filosófica y teológica
2. Las virtudes humanas
3. Las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo
4. El conocimiento del bien: sindéresis, sabiduría, prudencia y fe
5. Para que el bien sea posible: fortaleza y esperanza
6.Amar y realizar el bien: amor, justicia, caridad
7. El dominio de sí para poder amar: la templanza
Curso sobre las virtudes: La perfeción de la persona (3 de 7)
Sumario
1. La vocación del cristiano
1.1.
La unión con Cristo por la gracia
a)
El bautismo
b)
La filiación divina
c) Gracia, virtudes y dones
1.2.
Seguimiento e identificación con Cristo
a)
Conformarse con Cristo
b) Identificación con Cristo y Eucaristía
1.3.
El don del Espíritu Santo
1.4.
Las virtudes sobrenaturales y los dones
2. Las virtudes teologales
3. Los dones del Espíritu Santo
4. La relación de las virtudes
humanas y sobrenaturales
a)
El organismo cristiano de las virtudes
b)
Unión, no yuxtaposición ni confusión, de las virtudes humanas y sobrenaturales
c)
Las virtudes humanas y las sobrenaturales se necesitan mutuamente
d)
Unidad de vida y santidad en la vida ordinaria
5. La Iglesia, ámbito de la
adquisición y educación de las virtudes
Bibliografía
Notas
El fin último al
que todo hombre está llamado es único: el fin sobrenatural, la participación en
la vida íntima de la Trinidad como hijos en el Hijo.
La vocación del
cristiano (y de todo hombre) es la identificación con Cristo (1), en quien
somos injertados en el Bautismo por la gracia, con la que también recibimos las
virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo (1.1.).
La vida nueva del
cristiano, hijo de Dios, consiste en seguir, imitar e identificarse con el Hijo
por naturaleza, es decir, en vivir de acuerdo con el don de la filiación
divina, fundamento ontológico de toda la vida cristiana (1.2.).
Esta vida es
posible gracias al Don del Espíritu Santo, que habita en el alma del cristiano
(1.3.).
Después de la
reflexión general sobre la vocación cristiana y los medios sobrenaturales para
vivirla, estudiaremos las características de las virtudes teologales (2) y los
dones (3), lo que ayudará a comprender mejor un tema siempre difícil: las
relaciones entre las virtudes humanas y sobrenaturales, que es un aspecto
particular de las relaciones entre naturaleza y gracia (4).
Por último, expondremos
algunas reflexiones sobre la Iglesia como ámbito de la recepción y educación en
las virtudes (5).
1. La vocación del cristiano
La vocación del
hombre está claramente señalada por San Pablo en la Carta a los Efesios: Dios nos eligió en Cristo «antes de la creación del mundo
para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos
predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de
su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos
en el Amado, en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de
los pecados, según las riquezas de su gracia» (Ef 1, 4-7).
La doxología final
de las plegarias eucarísticas constituye la síntesis de la vocación a la que
todos los hombres están llamados: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre
omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria
»
Dar gloria al
Padre, siendo hijos en el Hijo, mediante el Espíritu Santo: he aquí en pocas
palabras el verdadero sentido de la vida del hombre.
1.1. La unión con
Cristo por la gracia
a) El bautismo
Dios ha revelado su
voluntad de salvar a los hombres en Cristo. Esta voluntad obra eficazmente en
el Bautismo, por el que «somos liberados del pecado y regenerados como hijos de
Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»[1].
Por el Bautismo, el
creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y resucita con Él: «¿No
sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados
para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el
bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en
una vida nueva» (Rm 6, 3-4).
El hombre renacido
en el Bautismo es una nueva criatura (cf. 2Co 5, 17). Se trata,
en efecto, de un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 3) por el que la persona
adquiere una nueva vida -la vida sobrenatural-, la cual debe crecer y
desarrollarse hasta poder afirmar con San Pablo: «No soy yo el que vive, es
Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).
b) La filiación
divina
El Bautismo no solo
purifica de todos los pecados, sino que hace del hombre un hijo adoptivo de
Dios (cf. Ga 4, 5-7), «partícipe de la naturaleza divina» (2P 1,
4), miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo (cf. 1Co
6,19)[2].
«Insertado
en Cristo, el cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1Co 12, 13. 27). Bajo el impulso del Espíritu, el Bautismo
configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y
resurrección, lo reviste de Cristo (cf. Ga 3,27): Felicitémonos y
demos gracias dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados-: hemos llegado a
ser no solamente cristianos sino el propio Cristo (
). Admiraos y regocijaos:
¡hemos sido hechos Cristo![3]»[4].
El cristiano, el
hombre injertado en Cristo, está divinizado, es verdaderamente hijo de
Dios por participación, hermano de Cristo: pertenece en el sentido más
auténtico a la familia de Dios (domestici Dei: Ef 2,19); por la
gracia es introducido en la vida íntima de la Santísima Trinidad.
La filiación de
Cristo y la del cristiano son distintas: la de Cristo es eterna, inmutable y
plena; la del cristiano tiene un comienzo y es perfectible, su modelo es
Cristo, Primogénito además de Unigénito. Pero, aunque se trate de una filiación
distinta, el cristiano está incorporado realmente a Cristo. No se trata de una
adopción meramente legal, sino de una verdadera participación en la naturaleza
divina. Por eso, se puede decir que el cristiano unido a Cristo es ipse
Christus, el mismo Cristo.
c) Gracia, virtudes
y dones
La vida nueva en
Cristo está llamada a crecer y fortalecerse, y a dar fruto para la vida eterna:
«Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben
cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la
perfección de la caridad»[5].
Para poder vivir
como hijo de Dios, el cristiano recibe, con la gracia, las virtudes
sobrenaturales y los dones. La gracia de la justificación que la Santísima Trinidad otorga al bautizado, lo capacita, mediante las virtudes teologales,
para creer en Dios, esperar en Él y amarlo; mediante los dones del Espíritu
Santo, le concede poder vivir y obrar bajo sus mociones e inspiraciones; y
mediante las virtudes morales, le permite crecer en el bien. El
bautizado es así un hombre nuevo, dotado de un organismo sobrenatural gracias
al cual puede vivir una nueva vida: la vida divina, la vida de hijo de Dios[6].
1.2. Seguimiento e
identificación con Cristo
¿Qué implica la
unión del cristiano con Cristo, la filiación divina? El nuevo ser comporta un
nuevo obrar: vivir como hijos de Dios, es decir, imitar a Cristo, seguir a
Cristo e identificarse con Él. No se trata de un aspecto accidental de la vida
del cristiano, sino de su esencia. «Seguir a Cristo es el fundamento
esencial y original de la moral cristiana»[7].
Si el cristiano es,
por la gracia, el mismo Cristo, la vida del cristiano debe ser prolongación de
la vida terrena de Cristo; debe pensar, sentir y actuar como Cristo, hasta que
sea conforme con la imagen del Hijo (cf. Rm 8, 29).
Cristo no solo es
el Salvador, sino también el modelo humano-divino de todo hombre; es el
maestro de la vida moral, de todas las virtudes y de su culminación en el amor,
manifestado especialmente en su pasión y muerte en la Cruz; es la Persona a la que el hombre tiene que seguir y con la que debe identificarse para
vivir la vida de hijo de Dios, para la gloria del Padre, en el Espíritu Santo.
Por tanto, solo en
la contemplación amorosa de la vida de Cristo se descubre en plenitud el
sentido de las diversas virtudes y el valor moral de las acciones: solo Cristo
«manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de
su vocación»[8].
«Seguir
a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él,
como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No
tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos
hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom XIII, 14). Se refleja el
Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá
el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas:
y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo»[9].
La nueva vida y la
conciencia de saberse hijo de Dios, que es la verdad más radical e íntima sobre
la propia identidad, proporciona al cristiano un nuevo modo de ser y de
estar en el mundo, cualesquiera que sean sus circunstancias, muy distinto
al de quien solo se supiese criatura de Dios. Configura toda su existencia, su
visión de la realidad y su conducta, el trabajo, el descanso y las relaciones
con los demás hombres, sus hermanos.
a) Conformarse con
Cristo
La imitación y
seguimiento de Cristo no consisten en «una imitación exterior, porque afecta al
hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse
conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la
cruz (cf. Flp 2,5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del
creyente (cf. Ef 3,17), el discípulo se asemeja a su Señor y se
configura con Él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia
operante del Espíritu Santo en nosotros»[10].
Al pensar en la
imitación de Cristo es preciso evitar un peligro no poco frecuente,
especialmente en algunas épocas: considerar a Jesús solo como un modelo humano;
muy elevado, pero, a fin de cuentas, humano. Jesús es Dios y, por tanto, está
por encima de todo modelo humano. Precisamente por eso puede pedir al hombre,
no que le imite como se imita a un modelo externo, sino que se conforme
ontológica y moralmente con Él, que se una a Él, que viva su misma vida
divina y que participe de su misión real, profética y sacerdotal. Y para que
tal identificación sea posible, le concede la gracia y las virtudes
sobrenaturales y dones que la acompañan.
Ser
Cristo implica vivir la vida de Cristo: su misión y su destino. Concretamente,
la identificación con Cristo lleva a corredimir con Él, a participar en su
misión redentora: «No es posible separar en
Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y
vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant (cf. I Tim II, 4), para
salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y limitaciones personales,
somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los
hombres»[11].
b) Identificación
con Cristo y Eucaristía
La inserción en
Cristo alcanza su vértice, desde el punto de vista sacramental, en la Eucaristía. «La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 23-29), es el culmen de la
asimilación a Cristo, fuente de vida eterna (cf. Jn 6, 51-58),
principio y fuerza del don total de sí mismo, del cual Jesús según el
testimonio dado por Pablo- manda hacer memoria en la celebración y en la vida
»[12].
En la celebración
eucarística, Cristo renueva su sacrificio por todos los hombres, y, como
primogénito de toda criatura, hace de la asamblea litúrgica, signo de la Iglesia, co-víctima con Él al Padre. Participar en la celebración significa consentir ser
introducidos, por el Espíritu Santo, en la santa Oblación de Cristo, es decir,
participar sacramentalmente en su muerte y resurrección.
Pero la celebración
no es una realidad cerrada sobre sí misma, sino abierta a la vida. Con la
despedida del celebrante: «Glorificad a Dios
con vuestras vidas. Podéis ir en paz», comienza la misión. De la lex orandi
se pasa a la lex vivendi. Entonces, el cristiano debe proseguir
existencialmente lo que el Espíritu Santo ha hecho de él sacramentalmente: una
sola víctima con Cristo al Padre. Se trata de ser «sacerdotes
de nuestra propia existencia»[13].
Con esta expresión se alude a que todas las circunstancias de la vida son
ocasión para vivir la propia vocación como don a Dios y a los demás, a
imitación de Cristo que «se entregó por
nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios» (Ef 5, 2b).
La vida moral del
cristiano debe ser, por tanto, una prolongación del sacrificio de Cristo,
viviendo en todo momento el mandamiento del amor. Y puede serlo gracias,
precisamente, a la donación de Dios al hombre en el mismo sacrificio. Se entiende
así que la Santa Misa sea «el centro y la raíz
de la vida espiritual del cristiano»[14].
En consecuencia, se puede afirmar también que la Eucaristía es el fundamento y la raíz de la moral cristiana[15].
1.3. El don del Espíritu Santo
La filiación divina
es obra del Espíritu Santo. «Hijos de Dios
son, en efecto, como enseña el Apóstol, los que son guiados por el Espíritu
de Dios (cf. Rm 8, 14). La filiación divina nace en los hombres
sobre la base del misterio de la Encarnación, o sea, gracias a Cristo, el
eterno Hijo. Pero el nacimiento, o el nacer de nuevo, tiene lugar cuando Dios
Padre ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo. Entonces,
realmente recibimos un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar
¡Abbá!, ¡Padre! Por tanto, aquella filiación divina, insertada en el alma
humana con la gracia santificante, es obra del Espíritu Santo»[16].
En la progresiva
identificación del cristiano con el modelo, que es Cristo, el Espíritu Santo
-«el Espíritu de Jesús» (Hch 16,7)- asume el papel demodelador y maestro interior. El fin que pretende con sus mociones e
inspiraciones a las que el hombre puede ser dócil gracias también a sus dones
y carismas- es ir formando en el cristiano la imagen de Cristo. Por eso puede
afirmar San Ambrosio que el fin de todas las virtudes es Cristo[17].
El modelo del
cristiano es Cristo; el modelador es el Espíritu Santo, que quiere conformar a
cada hombre con Cristo. Pero esta conformación será operada por el
Espíritu Santo, si el cristiano se deja guiar por Él: «Porque los que son
guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8, 14).
Por eso, «la tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar
ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que
el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los
carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los
afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón»[18].
1.4. Las virtudes
sobrenaturales y los dones
Dios llama al ser
humano a un fin sobrenatural: a participar como hijo en la vida de conocimiento
y amor interpersonal entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con la
gracia, Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad, las virtudes
sobrenaturales y los dones (hábitos infusos), que otorgan al hombre la
posibilidad de obrar como hijo de Dios, en conformidad con el fin
sobrenatural.
Lo mismo que las virtudes naturales, las
sobrenaturales no son cosas añadidas a la inteligencia y a la voluntad, sino
despliegue ordenado de esas potencias. En el caso de las virtudes
sobrenaturales y los dones, ese despliegue es causado por la presencia de la Trinidad en el alma, en virtud de la gracia creada. «Cada virtud sobrenatural intensifica
con un actualización divinizante- la energía del alma, capacitando a la
persona a mejor conocer y amar el bien divino y los diversos bienes creados,
mediante una participación gratuita y sobrenatural en el conocimiento y amor
intratrinitarios. De ahí, la íntima conexión que guardan entre sí y con las
virtudes adquiridas: son nuevo y más rico poder de conocer y amar, generado por
la acción divinizante del Espíritu»[19].
Las virtudes
infusas otorgan a la inteligencia y a la voluntad una capacidad que
antes no poseían: obrar sobrenaturalmente; sin la fe, la esperanza y la
caridad, el hombre no podría creer, esperar y amar como un hijo de Dios.
Pero, además de
otorgar la capacidad, inclinan a la persona a la realización de sus
actos propios: creer, amar y esperar. Esta inclinación, sin embargo, no
significa plena facilidad para obrar: hay que vencer las inclinaciones
contrarias (el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, etc.), y para ello no
basta con la gracia; se necesita también la lucha personal por desarrollar las
virtudes humanas, en las que se asientan las sobrenaturales.
Son dones gratuitos,
es decir, se adquieren y crecen no por las fuerzas naturales, sino por el don
de la gracia y por los medios que Dios ha dispuesto para su aumento: oración y
recepción fructuosa de los sacramentos. El hombre debe desearlos, pedirlos, no
poner obstáculos para recibirlos y, una vez recibidos, cooperar con sus obras
buenas y merecer así su aumento, siempre causado gratuitamente por Dios.
No disminuyen
directamente por los propios actos, pero pueden disminuir indirectamente por
los pecados veniales, porque enfrían el fervor de la caridad. Las virtudes
sobrenaturales desaparecen con la gracia por el pecado mortal, excepto la fe y
la esperanza, que permanecen en estado informe e imperfecto, a no ser que se peque
directamente contra ellas (por ejemplo, por infidelidad, desesperación, etc.).
En el campo de las
virtudes sobrenaturales, la iniciativa y el crecimiento dependen,
sobre todo, de Dios. Los dones de Dios tienen la primacía no solo ontológica,
sino también histórica: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn
4, 19).
Pero como los dones
de Dios no anulan la libertad humana, requieren la colaboración del hombre.
De ahí que la vida moral sea a la vez e inseparablemente don y tarea: «Don,
pues Dios no solo llama al hombre, sino que lo eleva hasta Él con su gracia,
dándole, con las virtudes teologales, la capacidad de participar de su
conocimiento y su amor, y por tanto, de su vida. Tarea, porque ese don se
transforma en vida en la medida en que es personal y libremente asumido»[20].
Una consecuencia de que el desarrollo de
las virtudes sobrenaturales sea fruto de la iniciativa divina, es que, por su
parte, la persona debe cultivar particularmente la humildad y la docilidad,
es decir, vaciar el corazón del amor desordenado a sí mismo para que Dios pueda
colmarlo con su amor.
Las virtudes
sobrenaturales suelen dividirse en teologales y morales. La
existencia de las virtudes morales sobrenaturales: prudencia, justicia,
fortaleza y templanza infusas, es doctrina común entre Padres y teólogos[21].
Por una parte, en muchos pasajes de la Escritura las virtudes morales se presentan como dones que se piden a Dios y se reciben de Él. Por otra, como el
cristiano camina hacia su fin sobrenatural a través de todas sus acciones,
parece necesario que las virtudes humanas sean elevadas al plano sobrenatural,
a fin de que pueda realizar con sentido divino todas las tareas de su vida.
2. Las virtudes teologales
La existencia
de las virtudes teologales solo nos es conocida por la Revelación. En la Sagrada Escritura, además de los textos en los que se habla de cada una de
ellas, hay otros que unen las tres en un conjunto armónico: «Como hijos de la
luz vivamos sobriamente, vestidos de la cota de la fe y la caridad, y el yelmo
de la esperanza» (1 Ts 5, 8); «Ahora permanecen estas tres virtudes: fe,
esperanza y caridad; y de las tres la más excelente es la caridad» (1 Co
13, 3)[22].
De acuerdo con
estas enseñanzas bíblicas, el Concilio de Trento enseña que «en la misma
justificación, juntamente con la remisión de los pecados, recibe el hombre las
siguientes cosas, que se le infunden por Jesucristo, en quien es injertado: la
fe, la esperanza y la caridad»[23].
Las virtudes
teológicas o teologales son dones de Dios por los que el hombre se une a
Él en su vida íntima. Pero son verdaderas virtudes, es decir, disposiciones
permanentes del cristiano que le permiten vivir como hijo de Dios, como
otro Cristo, en todas las circunstancias. No se puede entender, por tanto, la
caridad como el mismo Espíritu Santo que obra en el hombre, al modo de Pedro
Lombardo[24].
Ni se puede decir como afirma Nygren- que el sujeto del amor cristiano no es
el hombre, sino el mismo Dios. El hombre no sería más que «el canal, el
conducto que transporta el amor de Dios»[25].
Por ser virtudes, el sujeto de las acciones de creer, esperar y amar es la
persona humana.
Ahora bien, las
virtudes teologales no solo perfeccionan las potencias, sino que elevan al
hombre a un nuevo nivel (sobrenatural) de conocimiento y amor, porque son
una participación del conocimiento y amor divinos. No solo llevan hacia Dios,
como las demás virtudes, sino que tienen por objeto a Dios, a quien se
adhieren: tocan a Dios, alcanzan a Dios, es decir, elevan la
capacidad humana de conocer y amar hasta hacer participe al hombre del conocer
y amar divinos[26].
Además, Dios es su origen y su fin, porque, a través de la acción del Espíritu
Santo, las infunde en el alma, las activa internamente y hace que las acciones
humanas de creer, esperar y amar acaben en el mismo Dios. Las virtudes
teologales se pueden definir, por tanto, como aquellas que tienen al mismo
Dios por objeto, origen y fin[27].
Por la fe,
«creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma»[28];
por tanto, por la fe, se conoce la intimidad de Dios.
Por la esperanza
«aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra,
poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en
nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo»[29].
Por la caridad,
Dios nos ama y nos da el amor con que podemos libremente amarle a Él «sobre
todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por
amor de Dios»[30].
Las virtudes teologales
son necesarias para saber que el destino del hombre es la contemplación
amorosa de Dios, cara a cara; y para poder vivir como hijos de Dios y merecer
la vida eterna: por la fe, el hombre puede saber, asintiendo a lo que Dios le
ha revelado, que la vida con la Santísima Trinidad es el fin al que está llamado; la esperanza refuerza su voluntad para que confíe plenamente en que, con la
ayuda divina, puede alcanzar su destino; y la caridad le confiere el amor
efectivo por su fin sobrenatural.
La luz natural del entendimiento y
la rectitud natural de la voluntad, que tiende naturalmente al bien de la
razón, no son suficientes para alcanzar la bienaventuranza sobrenatural. La
inteligencia necesita los principios sobrenaturales: las verdades de fe que son
aceptadas y creídas. Y la voluntad debe ser dirigida hacia el mismo fin de dos
modos: en cuanto al «movimiento de intención que tiende a ese fin como a algo
que es posible conseguir» (la esperanza); y en cuanto a una «cierta unión
espiritual, por la que la voluntad se transforma de algún modo en aquel fin»
(la caridad)[31].
Gracias a las
virtudes teologales que «son la garantía de la presencia y la acción del
Espíritu Santo en las facultades del ser humano»[32]-,
la persona crece en intimidad con las Persona divinas y se va identificando
cada vez más con el modo de pensar y amar de Cristo. Perfeccionadas por los
dones del Espíritu Santo, proporcionan la sabiduría o visión sobrenatural,
por la que el hombre, en cierto modo, ve las cosas como las ve Dios, pues
participa de la mente de Cristo (cf. 1Co 2,16).
Si las virtudes
humanas potencian la libertad, con las virtudes teologales y los dones, la
persona adquiere la «libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm
8,21). El dominio sobre uno mismo ya no es solo el que se alcanza por las
propias fuerzas, sino también el que se adquiere por participar del señorío de
Dios, pues el Espíritu Santo es el principio vital de todo el obrar.
Las virtudes
teologales constituyen la esencia y el fundamento de toda la moral cristiana.
Las tres virtudes deben estar presentes en todas las acciones del cristiano: la
fe, como luz que permite percibir el sentido divino de los acontecimientos; la
caridad, como principio que empuja a amar siempre con el amor de Dios; y la
esperanza, como seguridad y optimismo fundados en la confianza en Dios[33].
A diferencia de las virtudes humanas, las
virtudes teologales no están regidas por la regla del término medio entre dos
extremos. Como la medida de la virtud teologal es el mismo Dios, «nuestra fe se
regula según la verdad divina; nuestra caridad, según la bondad de Dios; y nuestra
esperanza, según la inmensidad de su omnipotencia y misericordia. Es esta una
medida que excede a toda facultad humana, de manera que el hombre nunca puede
amar a Dios todo lo que debe ser amado, ni creer o esperar en Él tanto como se
debe; luego mucho menos llegará al exceso en tales acciones»[34].
3.
Los dones del Espíritu Santo
«El hombre justo,
que ya vive la vida de la gracia y opera por las correspondientes virtudes
como el alma por sus potencias- tiene necesidad además de los siete dones del
Espíritu Santo. Gracias a ellos el alma se dispone y fortalece para seguir más
fácil y prontamente las inspiraciones divinas»[35].
Los dones del
Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales que disponen a la inteligencia
y a la voluntad para recibir las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo.
Permiten al hombre realizar los actos de todas las virtudes no solo según la
deliberación de su razón, sino bajo la influencia directa, inmediata y
personal del Espíritu Santo, que es así el impulsor, el guía y la medida de
las acciones de los hijos de Dios, a fin de que vivan como otros Cristos en el
mundo[36].
Para llegar a Dios, no basta con las
virtudes. «Por muy fuerte, puro y vibrante que sea nuestro amor, frente al de
Dios, el nuestro tiene una limitación que debe ser superada. El que las
virtudes conformadas por la caridad encuentren su plenitud en el don reside en
el hecho de que el único amor capaz de Dios es el amor divino, solo Dios tiene
la bondad requerida para llegar a Él mismo. Por buenos que seamos, nunca
podemos serlo suficientemente, y al fin alcanzamos la felicidad,
fundamentalmente, no por nuestra propia actividad, sino gracias al Espíritu»[37].
Los actos
realizados bajo la influencia de los dones son los más humanos, los más libres,
los más personales, y, a la vez, los más divinos, los más meritorios. La
iniciativa es de Dios; pero el cristiano, por su parte, tiene que consentir
libremente a la acción divina. Del mismo modo que las virtudes morales, al
racionalizar los afectos sensibles, potencian la libertad, los dones del
Espíritu Santo divinizan y hacen más libres todas las facultades
operativas de la persona.
Para vivir como
hijo de Dios, el hombre necesita la guía continua del Espíritu Santo y los
dones lo disponen a seguir esa guía. Son luces, inspiraciones e impulsos que lo
capacitan para obrar de modo connatural con Dios. Por medio de los
dones, Dios le comunica su modo de pensar, de amar y de obrar, en la medida en
que es posible a una criatura[38].
Los dones son necesarios para que el cristiano pueda conformarse a Cristo,
vivir como otro Cristo, pensar como Él, tener sus mismos sentimientos y
realizar así su misión en esta tierra, que es continuar la misión de Cristo.
En la persona existe un instinctus
rationis que funda y contiene en unidad las inclinaciones naturales al
bien, a la verdad, a la vida en sociedad, etc., que la inclina a sus
operaciones propias, por las que se dirige a la perfección. Este instinto se
desarrolla por las virtudes adquiridas, que, como hemos visto, proporcionan al
hombre una cierta connaturalidad con el bien. Santo Tomás, siguiendo a algunos
Padres, habla también de un instinctus Spiritus Sancti o gratiae,
un instinto espiritual divino: el conjunto de las virtudes teologales y los
dones, que dispone a la persona a corresponder a la acción del Espíritu Santo[39].
Las virtudes infusas y los dones proporcionan al hombre una más perfecta
instintividad o connaturalidad con lo divino para conocer y obrar el bien: lo
conforma con el pensamiento y la voluntad de Cristo, y hace que le sea
connatural pensar, sentir y obrar como hijo de Dios[40].
Esta connaturalidad afectiva halla su realización suprema en el don de
sabiduría.
Los dones tienen
una íntima relación con la vocación personal. Todo hombre está llamado a
ser otro Cristo, a la santidad. Pero cada uno es distinto, y cada uno ha de
vivir su vocación a la santidad -recorriendo el Camino, que es Cristo-, según
el plan concreto que Dios desea para él. El Espíritu Santo, por su influencia a
través de los dones, lleva a cada persona a identificarse con Cristo según su
vocación específica, y le comunica la gracia y los carismas oportunos para
realizarla. En este diálogo entre Dios y el hombre, desempeñan un papel muy
importante los que ejercen la dirección espiritual, que deben ser fieles
instrumentos del Espíritu Santo.
La Sagrada Escritura habla de siete
dones: «Descansará sobre él, el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría e
inteligencia; Espíritu de consejo y fortaleza; Espíritu de ciencia y piedad, y
le llenará el Espíritu de temor de Dios» (Is 11, 2-3). En la
biblia hebrea, la enumeración consta de seis espíritus; el número de siete
proviene de la versión de los Setenta, en la que se tradujo por dos vocablos griegos
diferentes -piedad y temor de Dios- la palabra hebrea yirah, repetida dos
veces. Los Padres de la Iglesia y los teólogos medievales utilizaban los
Setenta y la Vulgata, por lo que se hizo tradicional el número siete y la Iglesia lo ha homologado en su magisterio ordinario[41].
«Se puede decir afirma Juan Pablo II- que el desdoblamiento del temor y
de la piedad, cercano a la tradición bíblica sobre las virtudes de los
grandes personajes del Antiguo Testamento, en la tradición teológica, litúrgica
y catequética cristiana se convierte en una relectura más plena de la profecía,
aplicada al Mesías, y en un enriquecimiento de su sentido literal»[42].
El don de entendimiento
o inteligencia es una luz sobrenatural que hace al hombre aprender los
misterios y las verdades divinas bajo la guía misma del Espíritu Santo.
El don de ciencia
lleva a entender, juzgar y valorar las cosas creadas en cuanto obras de Dios y
en su relación al fin sobrenatural del hombre.
El don de sabiduría
perfecciona la virtud de la caridad. Hace al hombre dócil para juzgar con
verdad sobre las más diversas situaciones y realidades bajo el impulso del
Espíritu Santo. Hace que sea connatural al hombre querer todo y solo lo que
lleva a Dios: da la inclinación amorosa a seguir las exigencias del amor
divino.
El don de consejo
hace dócil al hombre para apreciar en cada momento lo que más agrada a Dios,
tanto en la propia vida como para aconsejar a otros.
El don de fortaleza
confiere la firmeza en la fe y la constancia en la lucha interior, para vencer
los obstáculos que se oponen al amor a Dios.
El don de piedad
da la conciencia gozosa y sobrenatural de ser hijos de Dios y hermanos de todos
los hombres.
El don de temor
perfecciona la esperanza, e impulsa a reverenciar la majestad de Dios y a
temer, como teme un hijo, apartarse de Él, no corresponder a su amor.
Los dones del
Espíritu Santo están subordinados enteramente a las virtudes teologales,
a su servicio. Son las virtudes teologales las que unen inmediatamente a Dios.
Todo el organismo sobrenatural de las virtudes infusas y los dones tiene,
respecto a las virtudes teologales, el valor de medio que ayuda al hombre a
unirse mejor a Dios. Los dones son solo auxiliares de las virtudes teologales,
porque proporcionan a las facultades humanas disposiciones nuevas
(sobrenaturales o infusas) para que la persona pueda creer, esperar y amar con
la máxima perfección[43].
4. La relación de las virtudes humanas y sobrenaturales
a) El organismo
cristiano de las virtudes
«Las virtudes no
existen aisladas; forman siempre parte de un organismo dinámico que las reúne y
las ordena alrededor de una virtud dominante, de un ideal de vida o de un
sentimiento principal que les confiere su valor y medida exactas. Al pasar de
un sistema moral a otro, una virtud se integra en un organismo nuevo»[44].
El organismo de las
virtudes del hombre cristiano, del hombre nuevo renacido en el Bautismo, es
radicalmente nuevo respecto al concebido por la filosofía griega y romana y por
el pensamiento judío. San Pablo pone de relieve esta novedad, sobre todo en la
primera Carta a los Corintios y en la Carta a los Romanos.
La virtud
dominante y el nuevo fundamento del edificio moral, sobre el cual se
asientan las demás virtudes, es la fe en Jesús, crucificado, muerto y
resucitado. El nuevo ideal de vida es la identificación con Cristo. En
consecuencia, la moral humana es radicalmente transformada en su inspiración,
en sus elementos, en su estructura y en su aplicación[45].
El centro de la
moral cristiana en una persona: Jesús. En su individualidad histórica,
Jesús, Dios y Hombre, se convierte en la fuente de la santidad y de la
sabiduría nuevas ofrecidas a los hombres por Dios. Las morales judía y griega y
cualquier otra moral, dejan a los hombres solos ante la ley, ante las virtudes
y sus exigencias. El cristiano, en cambio, posee un nuevo principio de vida que
actúa desde el interior: el Espíritu Santo, que lo hace vivir en Cristo y lo
modela a imagen de Cristo.
El centro y el
fin de la vida del hombre cambian de lugar. Para el cristiano unido a
Cristo por la fe y el amor, se encuentran en Cristo resucitado, hacia el que
camina lleno de esperanza, pero sin despreciar las realidades terrenas, sino
precisamente identificándose con Cristo en y a través de ellas.
La consecuencia
de la fe es la caridad: una virtud que supera a todas las virtudes humanas,
pues tiene su fuente en Dios. El amor de Dios se derrama en el corazón del
cristiano (cf. Rm 5, 5) y penetra todas las virtudes, las purifica, las
eleva y les confiere una dimensión divina. De este modo, las virtudes conocidas
por los griegos son transformadas al ser introducidas en un organismo moral y
espiritual diferente cuya cabeza son las virtudes teologales, que aseguran la
unión directa con Dios[46].
En la nueva estructura del organismo moral,
virtudes como la humildad y la castidad adquieren un puesto particular. La
humildad aparece «como el umbral de la vida cristiana contra el cual choca
necesariamente toda moral que se quiera presentar como totalmente humana»[47].
La castidad, por su parte, se hace más honda, pues recibe un nuevo fundamento:
el que comete impureza peca no solo contra su cuerpo, sino contra el Señor,
pues somos miembros suyos, y contra el Espíritu Santo, del cual nuestro cuerpo
se ha convertido en templo. El elogio y la recomendación de la virginidad
manifiestan también esta nueva dimensión y hondura que la castidad recibe en el
Evangelio[48].
b) Unión, no yuxtaposición ni
confusión, de las virtudes humanas y sobrenaturales
En el sujeto moral
cristiano, las virtudes humanas y sobrenaturales están unidas y forman un organismo
moral, con un único fin: la identificación con Cristo y, en consecuencia,
la realización en el mundo de la participación en la misión de Cristo. Las
virtudes sobrenaturales y las humanas se exigen mutuamente para la perfección
de la persona.
Cuando se intenta
profundizar en el misterio de la unión de lo humano y lo sobrenatural
(creación-redención) en el hombre, es fácil derivar hacia la comprensión de
ambos órdenes como yuxtapuestos. No se trata de un problema trivial: las
consecuencias para la vida práctica del cristiano son muy negativas, porque se
reduce al hombre a un ser unidimensional, prevaleciendo en unos casos la
dimensión natural (naturalismo, laicismo) y en otros la sobrenatural
(espiritualismo, pietismo).
Para
evitar este peligro, es necesario recordar que Cristo es el fundamento a la
vez de la antropología y del obrar moral de todo hombre, pues todo hombre
ha sido elegido en Cristo «antes de la creación del mundo» para
ser santo y sin mancha en la presencia de Dios, por el amor, y predestinado a
ser hijo adoptivo por Jesucristo (cf. Ef 1, 3-7).
De modo análogo a
como en Cristo perfecto Dios y hombre perfecto- se unen sin confusión la
naturaleza humana y la divina, en el cristiano deben unirse las virtudes
humanas y las sobrenaturales. Para ser buen hijo de Dios, el cristiano debe ser
muy humano. Y para ser humano, hombre perfecto, necesita la gracia, las
virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.
«Cierta mentalidad
laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas,
coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los
primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para
los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El
resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en
medio de nosotros (Ioh I, 14)»[49].
«Si aceptamos
nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la
cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El
precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo
por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El
precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos
quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a
Él, que es perfectus Deus, perfectus homo»[50].
c) Las virtudes
humanas y las sobrenaturales se necesitan mutuamente
En el estado real
del hombre redimido, pero con una naturaleza herida por el pecado original y
los pecados personales-, las virtudes humanas no pueden ser perfectas sin
las sobrenaturales. Por eso se puede afirmar que solo el cristiano es
hombre en el sentido pleno del término. «Solo la clase de conocimiento que
proporciona la fe, la clase de expectativas que proporciona la esperanza, y la
capacidad para la amistad con los otros seres humanos y con Dios que es el
resultado de la caridad, pueden proveer a las otras virtudes de lo que
necesitan para convertirse en auténticas excelencias, que conformen un modo de
vida en el cual y a través del cual puedan obtenerse lo bueno y lo mejor»[51].
Pero las virtudes
sobrenaturales sin las humanas, carecen de auténtica perfección, pues la gracia
supone la naturaleza. En este sentido, las virtudes humanas son fundamento
de las sobrenaturales. «Muchos son los cristianos afirma San Josemaría
Escrivá- que siguen a Cristo, pasmados ante su divinidad, pero le olvidan como
Hombre..., y fracasan en el ejercicio de las virtudes sobrenaturales a pesar
de todo el armatoste externo de piedad-, porque no hacen nada por adquirir las
virtudes humanas»[52].
Las virtudes
humanas pueden ser camino hacia las sobrenaturales: «En este mundo, muchos
no tratan a Dios; son criaturas que quizá no han tenido ocasión de escuchar la
palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son humanamente
sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne
esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes
humanas componen el fundamento de las sobrenaturales. Es verdad que no basta
esa capacidad personal: nadie se salva sin la gracia de Cristo. Pero si el
individuo conserva y cultiva un principio de rectitud, Dios le allanará el
camino; y podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de bien»[53].
Las virtudes
humanas disponen para conocer y amar a Dios y a los demás. Las sobrenaturales
potencian ese conocimiento y ese amor más allá de las fuerzas naturales de la
inteligencia y la voluntad; asumen las virtudes humanas, las purifican, las
elevan al plano sobrenatural, las animan con una nueva vida, y así todo el
obrar del hombre, al mismo tiempo que se hace plenamente humano, se hace
también divino.
d) Unidad de vida y santidad en la
vida ordinaria
La unión de las
virtudes sobrenaturales y humanas significa que toda la vida del cristiano
debe tener una profunda unidad: en todas sus acciones busca el mismo fin,
la gloria del Padre, tratando de identificarse con Cristo, con la gracia del
Espíritu Santo; al mismo tiempo que vive las virtudes humanas, puede y debe
vivir las sobrenaturales. Todas las virtudes y dones se aúnan, en último
término, en la caridad, que se convierte en forma y madre de toda la vida
cristiana.
La íntima relación
entre virtudes sobrenaturales y humanas ilumina el valor de las realidades
terrenas como camino para la identificación del hombre con Cristo. El
cristiano no solo cree, espera y ama a Dios cuando realiza actos explícitos de
estas virtudes, cuando hace oración y recibe los sacramentos. Puede vivir vida
teologal en todo momento, a través de todas las actividades humanas nobles;
puede y debe vivir vida de unión con Dios cuando lucha por realizar con perfección
los deberes familiares, profesionales y sociales. Al mismo tiempo que
construye la ciudad terrena, el cristiano construye la Ciudad de Dios[54].
«No hay nada que pueda ser ajeno al afán de
Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una
clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya
realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente
profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de
los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la
amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en
Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El
todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por
medio de la sangre que derramó en la Cruz (Col I, 19-20)»[55].
Desde esta
perspectiva, puede apreciarse con más claridad la relevancia moral de las
virtudes intelectuales. El cristiano no se conforma con realizar bien un
trabajo, dominar una técnica o investigar una ciencia, sino que, a través de
esas actividades, busca amar a Dios y servir a los demás, es decir, vive la
caridad. Y por este motivo el amor- trata de realizar su trabajo no de
cualquier manera, sino con perfección humana y competencia profesional. Además,
ese trabajo así realizado es medio y ocasión para dar testimonio de Cristo con
el ejemplo y la palabra.
5. La Iglesia, ámbito de la adquisición y educación de
las virtudes
Al tratar de las
virtudes humanas, se señalaba que para su adquisición y educación se requiere:
a) un ámbito en el que se conciba la vida moral como un progreso hacia la meta
(telos) de la excelencia humana; b) caracterizado por los vínculos de la
verdad, el afecto o amistad y la tradición; y c) por la existencia de maestros
de la virtud.
Al considerar al
sujeto moral cristiano, se ha dejado constancia de que la Iglesia es precisamente el hogar en el que ese sujeto nace a la vida de hijo de Dios y
progresa hacia la excelencia humana que es la identificación con Cristo. La Iglesia es el ámbito en el que se dan las condiciones adecuadas, el ambiente necesario, para
la adquisición y educación de las virtudes sobrenaturales y humanas: es la casa
del Padre en la que cada uno se sabe hijo y, por tanto, libre; en la que cada
uno se siente querido por sí mismo y ve reconocidos sus derechos y su dignidad;
en la que cada uno se sabe partícipe de un proyecto común[56].
1. En la Iglesia, el cristiano descubre el verdadero y pleno sentido de su vida, la meta (telos)
a la que está llamado, es decir, la vocación a identificarse con Cristo en su
ser y en su misión. La gracia, junto con las virtudes humanas y sobrenaturales,
y todos los dones, que el cristiano recibe en la Iglesia, están encaminados al cumplimiento de esa vocación. Dentro de la vocación universal a
la santidad, el cristiano descubre también en la Iglesia su vocación específica, la misión concreta a la que Dios lo ha destinado y para cuya
realización lo ha dotado de los talentos y carismas necesarios.
2. En la Iglesia, todos los miembros están unidos por los vínculos de la verdad, la caridad y la
tradición.
El vínculo de la
verdad.
«De la Iglesia (el cristiano) recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la ley de Cristo»[57].
Los miembros de la Iglesia comparten una verdad común, la Palabra de Dios, que contiene enseñanzas de fe y moral.
El vínculo de la
caridad.
«El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados»[58].
Esta comunión tiene su fundamento en la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo
que es la Iglesia. Todos están unidos a la misma Cabeza, todos son hijos de un
mismo Padre, todos están vivificados por el mismo Espíritu, todos tienen la
misma misión (participación en la misión de la Iglesia, en la misión de Cristo).
En el Cuerpo de la Iglesia, hay una corriente vital que va de Cristo a cada uno: es la gracia con las virtudes
sobrenaturales y los dones que Él da; y hay otra corriente entre todos los
miembros del Cuerpo, los del cielo, los del purgatorio y los que todavía
caminan en esta tierra: «El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute
en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o
muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta
comunión»[59].
Además de esta dimensión ontológica de la comunión de los santos, hay también
una dimensión moral, que consiste en la ayuda mutua que unos a otros se
prestan, con la palabra y el ejemplo, movidos por la caridad, para vivir todas
las virtudes a imitación de Cristo.
El vínculo de la
tradición.
Además de la transmisión del depósito de la fe y la moral, en la Iglesia se transmiten las virtudes de unos miembros a otros, virtudes que cada uno debe
aprender para ser fiel a la historia sobre la que la Iglesia está asentada: la de la vida, muerte y resurrección de Cristo. En esta transmisión
tienen una especial importancia, en primer lugar, la familia (iglesia
doméstica) y, en segundo lugar, las asociaciones, movimientos, comunidades,
etc., que el Espíritu Santo suscita a lo largo del tiempo, en armonía con la
dimensión institucional de la Iglesia.
3. «De la Iglesia, (el cristiano) aprende el ejemplo de la santidad: reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el
testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición
espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la
liturgia celebra a lo largo del santoral»[60].
El primer ejemplo y
modelo de virtudes que el cristiano encuentra en la Iglesia es el mismo Cristo. No es un modelo que vivió hace dos mil años, porque Cristo es
siempre contemporáneo a cada cristiano. «La contemporaneidad de Cristo respecto al
hombre de cada época se realiza en su cuerpo, que es la Iglesia»[61].
«Con su palabra y
con sus sacramentos, con la totalidad de su vivir, la Iglesia realiza verdaderamente la contemporaneidad con Cristo con el hombre de todo tiempo y,
al realizar esa contemporaneidad, abre al hombre a esa conciencia y esa vivencia
de lo teologal desde la que la vida y el comportamiento éticos reciben su
plenitud de sentido»[62].
Las virtudes solo
se pueden aprender y comprender en una relación de amistad. Entre Cristo
y cada cristiano hay una relación de amor, de caridad que supera a cualquier
amistad humana. Pero esa amistad, por parte del cristiano, tiene que reforzarse
por medio de los sacramentos, las buenas obras y la oración.
Además, el
cristiano aprende las virtudes de la Virgen y de los santos. Espera también un
particular ejemplo por parte de los pastores. Y todos los cristianos, por la
amistad de caridad y conscientes de su munus propheticum, deben ayudarse
unos a otros, con su vida y su palabra, a buscar la plenitud de la virtud que
les llevará a la identificación con Cristo. Por último, toda la comunidad de la Iglesia y cada miembro en particular deben testimoniar y enseñar a los demás, con sus
virtudes, el nuevo modo de vida que Cristo quiere instaurar en el mundo.
Bibliografía
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLI CA, nn. 1812-1832.
C. CAFFARRA, Vida
en Cristo, EUNSA, Pamplona 1988.
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amar por Dios. La Fe, la Esperanza y la Caridad, Rialp, Madrid 2008.
L. MELINA-P. ZANOR
(a cura di), Quale dimora per lagire? Dimensioni ecclesiologiche della
morale, Pontificia Università Lateranense, Mursia, Roma 2000.
M.M. PHILIPON, Los
Dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 41997.
S. PINCKAERS, El
Evangelio y la moral, EIUNSA, Barcelona 1992.
J. RATZINGER, Mirar
a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor, Edicep, Valencia 1990.
P.J. WADELL, La
primacía del amor. Una introducción a la ética de Tomás de Aquino, Palabra,
Madrid 2002.
NOTAS:
[1] Catecismo de la
Iglesia Católica (CEC), n. 1213.
[2] Cf.
CEC, n. 1265.
[3] S. AGUSTÍN, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8.
[4] JUAN PABLO II,
Encíclica Veritatis splendor (VS), n. 21.
[5] PABLO VI, Const.
apost. Divinae consortium naturae: AAS 63 (1971) 657.
[6] Cf. CEC, n. 1266.
[7] VS, n. 19.
[8] CONCILIO
VATICANO II, Const. Past. Gaudium et sepes, n. 22.
[9] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Amigos de Dios, Rialp,
Madrid 2001, 28ª, n. 299.
[10] VS, n. 21.
[11] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid,
2000, 38ª, n. 138.
[12] VS, n. 21.
[13] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 96.
[14] «La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios
primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida
espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por
el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación» (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 87). Cf. CEC,
n. 2031: «La vida moral, como el conjunto de
la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el Sacrificio Eucarístico».
[15] Cf. C. CAFFARRA, Vida
en Cristo, EUNSA, Pamplona 1988, 23.
[16] JUAN PABLO II,
Enc. Dominum et vivificantem, (18-V-1986), n. 52.
[17] S.
AMBROSIO, In Ps. CXVIII, 48: «Finis omnium
virtutum, Christus».
[18] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 130.
[19] R. GARCÍA DE HARO,
La vida cristiana, EUNSA, Pamplona 1992, 657.
[20] J.L. ILLANES, Tratado
de teología espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, 399-400.
[21] Por ejemplo, S.
Gregorio Magno (Moralia in Iob, 2, 49) y Sto. Tomás de Aquino (S.Th.,
I-II, q. 51, a. 4; q. 63, a. 3). En cuanto al Magisterio, véase CONC. DE
VIENNE, Const. Fidei catholicae: DS 904; Catecismo Romano, II, 2,
51.
[22] Cf. también: 1Ts
1, 3; Rm 5, 1-15; Col 1, 3-5; Hb 10, 22-24.
[23] CONC. DE TRENTO,
sess. VI, c.7, DS 800/1530.
[24] Cf. PEDRO
LOMBARDO, Libri Sententiarum I, d. 17, c. 1, 2, Grottaferratta, II,
Romae 1971, 141.
[25] A. NYGREN, Eros
und Agape, II, 557 (citado por J. PIEPER, Las virtudes fundamentales,
o.c., 487).
[26] Cf.
S.Th., II-II, q. 17, a. 6c.; I-II, q. 62, a. 1. Como han puesto de relieve algunos
autores, «hay que destacar la importancia de tocar el fin último porque es un
concepto de medida moral absolutamente nuevo que permite comprender la
renovación que aportan las virtudes teologales a los dinamismos humanos» (L.
MELINA-J. NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Caminar a la luz del Amor. Los
fundamentos de la moral cristiana, Palabra, Madrid 2007, 367).
[27] Cf. S.Th., I-II,
q. 62, a. 1.
[28] CEC, n.
1418.
[29] CEC, n.
1817.
[30] CEC, n.
1822.
[31] S.Th.,
I-II, q. 62, a. 3.
[32] CEC, n.
1813.
[33] Cf. R.
GARCÍA DE HARO, Lagire morale e le virtù, o.c., 148-49.
[34] S.Th., I-II, q. 64, a. 4.
[35] LEÓN XIII, Enc. Divinum
illud munus, 9-V-1887, AAS 29 (1896/97) 646 y ss.
[36] Cf. S.Th., q. 68,
aa. 1-8. Un extenso estudio sobre los dones, siguiendo a Santo Tomás: M.M.
PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 41997.
[37] P.J. WADELL, La
primacía del amor, o.c., 234-235.
[38] Cf. M.M. PHILIPON,
Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 125.
[39] Cf. S. PINCKAERS, El
Evangelio y la moral, EIUNSA, Barcelona 1992, 215-216.
[40] Cf. S.Th., I-II,
q. 108, a. 1; cf. R. GARCÍA DE HARO, La vida cristiana, o.c., 677-679.
[41] Cf. M.M. PHILIPON,
Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 139.
[42] JUAN PABLO II, Audiencia
general, 3-IV-1991, 4.
[43] Cf. M.M. PHILIPON,
Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 154ss.
[44] S. PINCKAERS, Las
fuentes de la moral cristiana, o.c., 170. En este apartado seguimos de
cerca el capítulo V de esta obra, en el que el autor desarrolla ampliamente el
tema que nos ocupa.
[45] Ibidem,
157.
[46] La especificidad
de la moral cristiana se manifiesta especialmente según Pinckaers- al
considerar este nuevo organismo de las virtudes humanas y sobrenaturales en
íntima relación con Cristo (cf. ibídem, 171).
[47] Ibidem,
173.
[48] Cfr ibidem,
174-175.
[49] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Las virtudes humanas, en Amigos de Dios, o.c., n. 74.
[50] Ibidem, n.
75.
[51] A. MACINTYRE, Tres
versiones rivales de la ética, Rialp, Madrid 1992, 181.
[52] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Surco, Rialp, Madrid 2001,
19ª n. 652.
[53] ID., Las
virtudes humanas, en Amigos de Dios, o.c., 74-75.
[54] Cf. GS, capítulo
III.
[55]
S.
JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Cristo presente en los cristianos, en Es Cristo
que pasa, o.c., n. 112. Una magnífica exposición pastoral de este tema es
la homilía del mismo autor, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967, Amar el mundo apasionadamente, incluida en Conversaciones
con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2001, 20ª, nn. 113-123.
[56] Sobre este tema,
se recogen interesantes estudios en L. MELINA-P. ZANOR (a cura di), Quale
dimora per lagire? Dimensioni ecclesiologiche della morale, o.c.
[57] CEC, n.
2030.
[58] Ibidem.
[59] CEC, n.
953.
[60] CEC, n. 2030.
[61] VS, n. 25.
[62] J.L. ILLANES, La Iglesia, contemporaneidad de Cristo con el hombre de todo tiempo, en G.
BORGONOVO (a cura di), Gesù Cristo, Legge vivente e personale della Santa
Chiesa, Atti del IX Colloquio Internazionale di Teologia di Lugano, Facoltà
di Teologia di Lugano, Piemme, Casale Monferrato 1996, 209.