Sumario del Curso
Presentación–Introducción:
1. El concepto de virtud en la tradición filosófica y teológica
2. Las virtudes humanas
3. Las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo
4. El conocimiento del bien: sindéresis, sabiduría, prudencia y fe
5. Para que el bien sea posible: fortaleza y esperanza
6.Amar y realizar el bien: amor, justicia, caridad
7. El dominio de sí para poder amar: la templanza
Curso sobre las virtudes: La perfección de la persona (4 de 7)
Sumario
1. El comienzo y desarrollo de la vida moral: la sindéresis
1.1.
¿En qué consiste la sindéresis?
1.2.
El comienzo de la vida moral
1.3.
Guía genérica de la vida moral: la protoconciencia
1.4.
La sindéresis y los fines de las virtudes
1.5. Sindéresis, ciencia moral y prudencia
1.6.
Apertura a Dios
2. La virtud de la sabiduría
2.1.
Génesis de la sabiduría
2.2.
El camino hacia la sabiduría: necesidad de las virtudes morales
2.3.
La sabiduría, virtud ordenadora de todos los conocimientos y artes o técnicas
2.4.
La sabiduría como guía de la vida moral
2.5. Sabiduría, humildad y virtud de la religión
2.6.
La corrupción de la sabiduría
3. La prudencia
3.1.
Los actos propios de la prudencia
3.2. Centralidad de la prudencia para la comprensión y desarrollo de la
vida moral
3.3.
Prudencia y conciencia moral
4. La fe, el conocimiento de Dios
como bien del hombre
4.1.
La naturaleza de la fe
4.2. La
fe es una virtud sobrenatural y humana
4.3. La
fe como virtud intelectual
4.4. Fe
y vida
4.5. La
fe y los dones del Espíritu Santo
4.6.
La razón iluminada por la fe y los dones: la prudencia cristiana
5. La
virtud ordenadora del deseo de conocer la verdad: la estudiosidad
Bibliografía
Notas
Para poder hacer el bien, antes hay que
conocerlo. El conocimiento del bien es espontáneo y natural al hombre, pero
requiere y espera su progresivo perfeccionamiento mediante las virtudes
intelectuales, que se estudian en este capítulo: el hábito natural de la
sindéresis (1); la sabiduría, como integradora de todos los conocimientos y
artes o técnicas (2); y la prudencia, que nos proporciona el conocimiento
práctico sobre las acciones concretas (3).
Pero las virtudes humanas no bastan para los
hijos de Dios llamados a ser otros Cristos, a penetrar en la intimidad misma de
Dios: se requiere la gracia santificante, que, con la fe y los dones del
Espíritu Santo, perfecciona la razón y transforma las virtudes anteriores, otorgando
al cristiano una capacidad de conocimiento antes insospechada (4).
Por último, dedicaremos una breve reflexión
a la virtud que regula el deseo de conocer la verdad: la estudiosidad o estudio
(5).
1. El comienzo y
desarrollo de la vida moral: la sindéresis
La razón conoce la verdad y el bien gracias
a dos hábitos intelectuales básicos: el entendimiento (intellectus) y la
sindéresis. Por medio del entendimiento, la razón, en su función especulativa,
conoce las verdades teóricas más básicas; por medio de la sindéresis, en su
función práctica, conoce las primeras verdades sobre el bien, es decir, los
principios morales evidentes[1]. La sindéresis
como el entendimiento- no es propiamente una virtud, porque no es un
perfeccionamiento ulterior de la razón, sino más bien un hábito innato,
la capacidad primera del hombre para percibir el bien que le es propio.
1.1. ¿En qué consiste la sindéresis?
El término sindéresis procede del
griego synteréo, que significa observar, vigilar atentamente, y también
conservar. Para santo Tomás equivale a razón natural[2].
Es un hábito que constituye el núcleo de
la razón práctica. Gracias a él, la razón, de modo natural, conoce el
bien y preceptúa su realización. Por eso, el hombre no es indiferente ante
el bien y el mal, sino que experimenta de modo natural que debe amar el primero
y evitar el segundo.
Es un hábito cognoscitivo: su
función propia consiste en juzgar la conducta para indicar a la persona lo que
debe obrar. Puede decirse por ello que la sindéresis es el primer nivel de la
conciencia moral, la protoconciencia.
Es un hábito prescriptivo: no sólo
proporciona un conocimiento teórico del bien, sino también práctico; es decir,
no se conforma con señalar el bien y el mal, sino que además prescribe o manda
hacer el bien y prohíbe hacer el mal.
Como veremos, la sindéresis puede juzgar y
mandar el bien porque conoce de modo natural y habitual los fines virtuosos
que la persona debe perseguir y, por tanto, los primeros principios de la
ley moral natural.
Se trata de un hábito natural. Esto
quiere decir que la persona está dotada de este hábito naturalmente, de modo
inmediato, por el Creador[3]. No es un hábito
adquirido como consecuencia de la repetición de actos[4].
De su carácter natural se desprenden dos consecuencias.
La primera es que la sindéresis es una luz inextinguible: permanece
siempre en el hombre, aunque éste pueda oscurecerla a fuerza de no seguir sus
indicaciones. En este sentido, la sindéresis representa un punto de esperanza,
porque siempre está ahí para hacer oír su voz a quien quiera rectificar su vida
moral. La segunda es que no yerra nunca. Los errores morales no se deben
a la sindéresis, sino a otras causas. La sindéresis señala siempre y a todos
los hombres el verdadero bien.
1.2. El comienzo de
la vida moral
La importancia de la sindéresis radica en
que constituye el comienzo y, a la vez, la guía natural de toda
la vida moral de la persona.
La vida moral puede nacer y desarrollarse
porque gracias a la sindéresis, de modo natural, la persona conoce el bien y el
mal, y no sólo lo conoce, sino que se siente llamada a amar el primero y a
evitar el segundo: el bien conocido no es algo que esté ahí, sin más, ante lo
que la persona pueda permanecer indiferente. Por el contrario, la sindéresis
presenta el bien como algo que interpela a la persona exigiéndole una respuesta
personal, y de este modo constituye el arranque de toda la vida moral (que
tiene también otros supuestos, como la tendencia natural de la voluntad al bien
o voluntas ut natura).
La sindéresis es el origen del deber
moral, que no es otra cosa que el bien en cuanto mandado por la
sindéresis. La sindéresis manda hacer el bien porque es un bien: el deber
moral, por tanto, se funda en el bien que es propuesto como debido por la sindéresis.
En consecuencia, todo el bien en su conjunto (alcanzar la perfección) es un
deber para el hombre. Por eso no tiene sentido dividir la vida moral en dos
niveles: el de lo debido (como un primer nivel obligatorio para todos), y el de
lo perfecto (un nivel superior para los que libremente quieran aspirar a la
perfección moral).
Ante el bien que le interpela como algo que
debe hacer, la persona adquiere conciencia de su libertad, porque se da
cuenta de que depende de ella y sólo de ella hacerlo o no. A la vez,
experimenta que su libertad no es absoluta, porque el bien la reclama de modo
absoluto, sin condiciones. Su respuesta es libre, pero su respuesta libre es la
respuesta a una llamada absoluta, es un deber.
Cuando la persona responde positivamente al
deber reconoce, a la vez, que ella no es un absoluto, y que existe un absoluto
que la interpela absolutamente. Se puede decir, por eso, que el supuesto de la
respuesta positiva al bien es la humildad: que consiste en reconocer la
verdad del propio ser y la verdad del ser absoluto, y que la respuesta positiva
al deber es el comienzo de la apertura al Absoluto.
Es importante subrayar que el deber
moral nace de la razón práctica, concretamente de la sindéresis, y no de la
razón teórica. La razón teórica concibe los objetos como objetos de saber: A es
A; la razón práctica, en cambio, como objetos de realización, es decir, como
bienes: debo hacer A. Este comienzo de la vida moral vacía de contenido la
objeción de que la moral no tiene fundamento porque no se puede pasar del ser
al deber ser. En efecto, el deber no se puede deducir del ser. Pero, como se ha
visto, el comienzo de la vida moral es la sindéresis, virtud de la razón
práctica, no el entendimiento, virtud de la razón teórica.
1.3. Guía genérica
de la vida moral: la protoconciencia
Como afirma San Agustín, «en nuestros
juicios no sería posible decir que una cosa es mejor que otra, si no estuviese
impreso en nosotros un conocimiento fundamental del bien»[5]. Sobre esta noción
de bien, que es lo primero que se alcanza por la aprehensión de la razón
práctica, se funda el primer principio o verdad moral[6]. Este principio
fundamental, recto, permanente e inmutable, puede enunciarse así: El bien ha
de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse. Gracias a él es posible orientar
y guiar toda la vida moral, porque examina y juzga todas las acciones de la
persona, se opone a todo lo malo y asiente a todo lo bueno[7].
Gracias a la
sindéresis, la persona cuenta, en su propia naturaleza, con un guía
infalible y permanente para discernir el bien del mal, y para orientar
hacia el verdadero bien su pensamiento, su querer y sus afectos.
Sin la sindéresis «no habría racionalidad
alguna, sino solamente tendencias ciegas, condicionamientos afectivos,
convenciones sociales, coerciones de la sociedad internalizadas por los
individuos, la ley del más fuerte; no habría autoridad alguna que no fuese
siempre una amenaza para la libertad; no habría vida práctica. No habría
tampoco diferencia alguna entre bien y mal, a no ser la establecida por
quien poseyese el poder necesario para imponer su modo de trazar dicha
diferencia entre nosotros. Una razón sin naturaleza sería una razón carente
de toda base y desorientada. Sería un mero instrumento para cualquier fin»[8].
De todo lo dicho se desprende que la
sindéresis es el primer nivel de la conciencia moral, la protoconciencia.
La conciencia moral propiamente dicha no es un hábito, sino un acto, un juicio
de la razón práctica sobre la bondad o maldad de una acción concreta; supone la
ciencia moral; no es infalible, puede errar; pero sin este primer nivel
infalible y permanente, carecería de la orientación fundamental para poder
juzgar la bondad o malicia de las acciones. El relativismo moral suele afirmar
que la conciencia habla de modo distinto a los distintos pueblos y culturas: a
unos les dice que el canibalismo es bueno y a otros que es malo. Esto es
cierto, pero referido al juicio de la conciencia, donde cabe el error, no a la
sindéresis. La sindéresis habla del mismo modo a todos los hombres[9].
1.4. La sindéresis
y los fines de las virtudes
La sindéresis no podría regular la conducta
de la persona si sólo señalase y preceptuase el bien moral en general, porque
el bien moral adopta diversas formas, según los bienes a los que tienden las
diversas inclinaciones naturales de la persona, que deben ser integrados en el
bien de la persona como totalidad.
La sindéresis no sólo conoce y preceptúa el
primer principio práctico (el bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de
evitarse), que es el fundamento de toda la vida moral; también señala y
preceptúa los fines de las virtudes que la persona debe perseguir[10], cuando quiere los
bienes a los que tiende de modo natural. En consecuencia, dirige la vida moral
según las verdades fundamentales de la ley natural. Veamos esto con más
detenimiento.
El hombre está naturalmente inclinado a
ciertos fines: la conservación de la vida, su transmisión a través de la unión
del hombre y la mujer, la convivencia, el conocimiento de la verdad, etc. Estos
fines no se deben perseguir de cualquier manera; sólo son bienes para el hombre
en cuanto son conocidos y regulados por la razón, en cuanto son integrados
por la razón en el bien de la persona. En efecto, es la razón la que
determina cuál es el modo razonable de buscar y realizar los bienes de las
inclinaciones naturales para que contribuyan al bien de la persona.
Pues bien, los criterios genéricos
según los cuales deben ser buscados y realizados los fines de las inclinaciones
naturales para que contribuyan efectivamente al bien de la persona, son los fines
virtuosos. Y estos fines virtuosos son conocidos de modo natural por la
sindéresis.
La sindéresis, señalando y preceptuando los
fines de las virtudes (justicia, fortaleza, templanza), ordena y regula,
forma, a las inclinaciones naturales para que busquen sus fines de modo
justo, valiente y templado, y contribuyan así al bien de la persona en su
totalidad, es decir, al bien moral.
A partir de los fines virtuosos captados
naturalmente por la sindéresis, se establecen las verdades o principios
prácticos que siguen al primer principio de la razón práctica, y que no son
otra cosa que los modos de regulación racional de las inclinaciones
naturales[11]. Por eso se afirma
que la sindéresis contiene los primeros principios de la ley moral natural,
conocidos por sí mismos, inmutables y universalmente verdaderos[12].
A la luz de estos principios o verdades
prácticas, la sindéresis orienta a la razón acerca de lo que se va a realizar:
juzga y advierte como malas las acciones que son contrarias a esas verdades, y
como buenas o debidas las que están de acuerdo con ellas[13]. Es como una voz
interior que asiente o, por el contrario, protesta de todo aquello que
contradice las verdades fundamentales de la ley natural, y así orienta a la
persona acerca de la moralidad de su conducta[14].
De este modo, la sindéresis es, al mismo
tiempo, generadora de las virtudes[15] y regla y
medida de todas las acciones humanas[16].
Como la sindéresis es una luz que no se
puede extinguir, los fines de las virtudes y los principios de la ley natural
no desaparecen nunca del corazón del hombre, aunque puedan oscurecerse en la
práctica si el hombre se deja llevar por las pasiones, por errores y costumbres
corrompidas, si actúa en contra de los que la sindéresis establece[17].
1.5. Sindéresis,
ciencia moral y prudencia
A pesar de todo lo dicho, la sindéresis no
basta para dirigir la acción. Esta es siempre particular, concreta, y como la
sindéresis tiene carácter universal, sus principios quedan lejos de la
práctica. Por eso es necesaria otra virtud: la prudencia. La sindéresis
prescribe buscar los fines de las inclinaciones naturales de acuerdo con las
virtudes. La misión de la prudencia, en cambio, es determinar por medio de un
juicio práctico, en cada caso particular, según las circunstancias concretas y
teniendo en cuenta los principios de la sindéresis, cuál es la acción que se
debe poner como medio para alcanzar un determinado fin y de qué manera debe
realizarse.
El proceso que va desde el conocimiento,
por parte de la sindéresis, de un bien que se debe buscar, hasta el juicio
práctico de la prudencia que manda o preceptúa realizar determinada acción
concreta como medio, es la experiencia moral. En ese proceso, el objeto
de la razón es el bien debido.
Sólo después, la persona, como consecuencia
de una reflexión espontánea (a la que se puede prestar mayor o menor atención)
sobre su inclinación al bien o huida del mal y sobre los correspondientes
juicios prácticos, enuncia preceptos y normas morales en forma de deber:
se debe hacer el bien y evitar el mal, no se debe hacer a nadie lo que no
quiero que los demás me hagan a mí, etc. El producto de esta reflexión es el saber
moral habitual o hábito de la ciencia moral[18].
1.6. Apertura a
Dios
La sindéresis activa a la voluntad y
encamina a la razón para que busque los bienes auténticos y, en último término,
el Bien absoluto.
La voluntad apetece naturalmente el bien.
Pero la voluntad no es una facultad cognosicitiva. Es la sindéresis o razón natural
la que preceptúa a la voluntad buscar y amar el Bien absoluto y los bienes
genéricos que son medios para llegar a Él. Se puede decir, por tanto, que la
persona está abierta a Dios de modo natural: no sólo porque puede conocerlo con
su razón especulativa, sino porque, gracias a la sindéresis, hábito de la razón
práctica, está inclinada naturalmente a reverenciarlo[19].
Que ese Bien supremo es Dios no lo dice la
sindéresis, sino la sabiduría, virtud de la razón especulativa. Es esta
virtud la que conoce cuál es el fin último al que deben dirigirse todos los
fines particulares: Dios[20]. Sólo una vez que
Dios es conocido como Creador y Fin último, la sindéresis dictamina el deber de
amar y honrar a Dios como Creador y Fin último, y de usar los bienes creados como
medios ordenados a este fin.
2. La virtud de la sabiduría
La sabiduría (sapientia, sophía)
es una virtud que perfecciona a la razón especulativa. Consiste en el
conocimiento de Dios, causa última de todos los seres, y en la dirección y
configuración de todos los saberes y de toda la vida según ese conocimiento.
La sabiduría se concreta de modo sistemático y científico en la metafísica.
La sabiduría es la base racional del saber
sobrenatural. Por muy importante que sea el saber que se adquiere por la fe,
por mucho que supere a la sabiduría racional, no hace de ésta un saber inútil.
Sería como decir que cuanto más grande es un edificio, más inútiles son sus
cimientos.
Por eso, el descuido de la formación de
esta virtud piénsese en el olvido y desprecio de la metafísica-, tiene graves
consecuencias, también para los que poseen el don de la fe. La fe sin la razón
degenera en fideísmo, es decir, en una fe sostenida únicamente por el
sentimiento; y sobre ese endeble fundamento, la fe no resiste las pruebas por
las que necesariamente ha de pasar a lo largo de la vida.
2.1. Génesis de la
sabiduría
La sabiduría nace del amor a la verdad,
del deseo natural que toda persona experimenta de saber cuál es la causa última
de todo lo que conoce, y especialmente la verdad sobre el sentido de su
existencia. El deseo natural de conocer y el reconocimiento de que hay
misterio, es decir, de la propia ignorancia (humildad), impelen a
indagar, a buscar.
La actividad intelectual se origina en el entendimiento
(intellectus), virtud de la razón especulativa que nos da la
evidencia de las primeras verdades teóricas del conocimiento humano, sobre las
que se asientan los demás conocimientos. Son verdades evidentes y necesarias.
De su necesidad se deriva la de las verdades que sobre ellas se asientan.
Estas
primeras verdades corresponden a la realidad y suponen el conocimiento a través
de los sentidos. Non son sólo verdades lógicas, sino que corresponden a la
verdad de los seres (verdad ontológica). Pero a pesar de su evidencia y
necesidad, el hombre puede asentir o no a ellas. El papel de la voluntad
consiste en hacer que el entendimiento asienta a esas verdades sin
tergiversarlas, y que sea coherente con ellas en sus razonamientos. En este
sentido, el entendimiento es educable: en la formación intelectual es
importante prestar atención a las verdades evidentes, especialmente cuando
alguna conclusión, que parece acertada, contradice alguna de ellas. Cuando el
hombre, a pesar de la evidencia de los primeros principios, se niega a ser
coherente, a respetar la realidad, manifiesta que su deseo de buscar la verdad
no es sincero, y que tal vez está mediatizado por algún interés personal, por
alguna pasión o sentimiento, que distorsiona su visión intelectual.
A partir de las primeras verdades
evidentes, la razón, impulsada por la voluntad, va conociendo la verdad sobre
los distintos ámbitos de la realidad (ciencias).
Ahora bien, las verdades parciales no
aquietan el deseo del hombre, que quiere conocer la verdad que dé respuesta a
todos los porqués que se plantea. Por eso, la voluntad sigue impulsando a la
inteligencia para que indague hasta el final. El término de esta búsqueda se
encuentra en el conocimiento de Dios, Verdad suprema, causa última de toda la
realidad. La sabiduría es, por tanto, la cima de la actividad cognoscitiva.
De todas formas, la sabiduría que el hombre
puede alcanzar es siempre limitada. El hombre nunca es plenamente sabio. La
contemplación amorosa de Dios de modo pleno sólo se puede dar en la vida
eterna. Por eso, en esta vida, la búsqueda no acaba nunca: el hombre es siempre
buscador, amante de la sabiduría, filósofo.
La sabiduría es un deber: una tarea
que todo hombre debe realizar. Como se ha visto, la persona tiende naturalmente
a amar el bien y a conocer la verdad, y, en último término, a amar el Bien
absoluto y a conocer la Verdad plena. En correspondencia a tales tendencias, la
sindéresis preceptúa al hombre no sólo el deber de amar el Bien absoluto, sino
también el de buscar la Verdad que colme su deseo natural de saber (sabiduría).
La sabiduría tiene carácter de don
recibido. Ciertamente, se adquiere por el esfuerzo humano, pero, a la vez,
es don de Dios. La inteligencia humana es participación de la Inteligencia
divina. Sólo si reconoce (humildad) este carácter de don, puede el
hombre alcanzar la verdadera sabiduría y convertirla, a su vez, en un don para
ofrecer gratuitamente a los demás.
Gracias a la luz que le proporciona el
conocimiento de Dios, el hombre puede juzgar y ordenar todos los demás conocimientos
y acciones. Al conocer la causa final de todas las cosas, el sabio conoce el
sentido de su propia vida y de todas las cosas, el fin por el que han sido
hechas y, en consecuencia, el fin por el que todo ha de hacerse. El saber sobre
Dios se transforma así en saber directivo y configurador de toda la vida
cognoscitiva y moral de la persona. Sólo entonces se puede decir que el
hombre posee la virtud de la sabiduría como perfección de su razón y como
perfección moral.
2.2. El camino
hacia la sabiduría: necesidad de las virtudes morales
Por medio de la razón, a partir de los
seres creados, el hombre puede llegar a conocer con certeza la existencia de
Dios «porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a
la inteligencia a través de lo creado» (Rm 1,20)[21].
No se trata, por tanto, de una verdad que pertenezca propiamente al ámbito de
la fe, sino al de la razón. El que sabe que Dios existe, no necesita creer
esa verdad.
La ignorancia de la existencia de Dios no
es el término natural del proceso intelectual. Cuando se interrumpe la búsqueda
suele ser porque la persona se niega voluntariamente a seguir el dictado de su
razón, algo que puede suceder por motivos de índole moral más que de índole
intelectual.
En efecto, el camino hacia la sabiduría no
es un proceso sólo intelectual sino también volitivo, moral. Quien conoce es la
persona, que es razón, voluntad, afectos. No se busca a Dios sólo con la razón
(que tiene capacidad para conocer la verdad, pero también cierta dificultad), sino
también con el corazón. Y éste puede abrirse al amor del bien o replegarse
sobre sí mismo por la soberbia y el egoísmo. De hecho, es la voluntad la que
mueve a la inteligencia a buscar la verdad. «El entendimiento, en su función
especulativa afirma Santo Tomás-, no mueve». Es la voluntad la que aplica
todas las energías de la persona a un acto, «pues entendemos porque queremos,
imaginamos porque queremos, y así en las otras facultades»[22].
En la adquisición de la sabiduría, la
libertad o la esclavitud de la voluntad respecto a las pasiones, tiene un papel
de primer orden. Para que la voluntad mande al entendimiento indagar sobre la
Verdad última, basta con que esté rectamente inclinada al bien. Por eso afirma
San Agustín que el principio de la sabiduría es la bona voluntas, la
buena voluntad[23]. Y está tanto más
inclinada al bien cuanto más arraigadas estén en ella las virtudes. En caso
contrario, trata de conseguir que el entendimiento cese en su búsqueda de la
Verdad.
De todas las virtudes, tal vez sea la humildad
la más necesaria para alcanzar la sabiduría, porque implica, por una parte,
reconocer la propia ignorancia y, por otra, considerar la verdad como algo que
se alcanza y descubre, y no como producto creado por la propia razón autónoma.
En segundo lugar, son necesarias las
virtudes que se refieren más directamente a la limpieza del corazón (el
desprendimiento de las cosas, la castidad, la sobriedad, etc.), porque
capacitan a la persona para elevarse a los intereses del espíritu. Pueden
entenderse también en este sentido las palabras del Señor: «Bienaventurados los
limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8).
La buena disposición de la voluntad es
condición imprescindible para alcanzar la sabiduría, pero no suficiente: es
preciso dedicar tiempo al estudio, a la reflexión y al aprendizaje, es decir,
desarrollar la virtud de la studiositas, de la que se tratará en el tema
dedicado a la templanza[24].
Por último, además de las condiciones
interiores, la persona necesita ciertas condiciones exteriores que le faciliten
la búsqueda de la sabiduría. En este sentido, es preciso reconocer que el
ambiente intelectual y moral en el que la persona nace y se educa puede ser una
gran ayuda para encontrar a Dios o, por el contrario, un gran obstáculo; puede
proporcionar un concepto adecuado de Dios o puede imbuir al hombre, desde la
infancia, de una imagen deformada de la divinidad.
2.3. La sabiduría,
virtud ordenadora de todos los conocimientos y artes o técnicas
La sabiduría ordena y juzga a todas las demás
virtudes intelectuales, siendo como la ciencia arquitectónica de todas ellas[25].
Por ser la cima de la actividad
cognoscitiva, la sabiduría ordena las ciencias a su fin debido y a su fin
proporcionado[26].
Decir que la sabiduría ordena las ciencias
a su fin debido quiere decir, en primer lugar, que, a la persona sabia,
todos los conocimientos le llevan a conocer y amar más a Dios, porque sabe que
toda verdad es participación de la Verdad suprema. Un científico sabio, cuanta
más ciencia adquiera, más se acerca a Dios, pues cada vez sabe más sobre su
Sabiduría.
Si el hombre de ciencia está, al menos,
abierto a la sabiduría, cuanto más profundiza en su ciencia, más se convence de
que la realidad tiene un significado inexplicable para la misma ciencia.
Entonces, la ciencia le lleva a reconocer un principio inteligente en el
fundamento de la realidad. Y al hacer esto «no peca en absoluto de inducción
ilícita y antropomorfismo, sino que da satisfacción a una exigencia ínsita en
el mismo fenómeno físico globalmente considerado, y en las condiciones
fundamentales de la inteligibilidad del mismo, si bien no desde un punto de
vista estrictamente físico sino antropológico, o también (si se quiere)
existencial»[27].
La sabiduría unifica y ordena los diversos
saberes, de modo que todos adquieran su sentido fundamental. Como el hombre
tiende a dar unidad a todos sus conocimientos, si no los ordena y juzga tomando
como criterio la Verdad suprema, buscará un sustituto que permita el juicio y
la unificación. El sustituto puede ser su propia razón, es decir, él mismo.
Entonces la razón se convierte en fuente de toda verdad, y se llega a pensar
que aquello que la razón no puede conocer o entender no existe o no tiene
sentido (racionalismo).
En segundo lugar, ordenar las ciencias a sufin debido quiere decir que la persona sabia pone sus conocimientos al
servicio del bien de la persona o, dicho de otro modo, que subordina siempre la
ciencia a la ética. Gracias a la sabiduría, el conocimiento científico no se
convierte en fin último, ni se dirige contra la dignidad de la persona, sino
que se orienta a su servicio.
Ordenar los conocimientos a su fin
proporcionado significa que la sabiduría garantiza a la ciencia el carácter
de ciencia. La gran tentación de la ciencia es reducir toda la realidad al
ámbito empírico, el único que puede ser conocido por el método científico y, en
consecuencia, aplicar el método científico a todos los ámbitos de la realidad,
como si fuese el único método para conocer toda la verdad. Esta tentación, el cientifismo,
sólo puede ser superada si el científico es, a la vez, sabio.
Respecto a las artes y técnicas,
también la sabiduría ejerce un papel de suma importancia: muestra que la
técnica no es un fin, sino un medio al servicio del bien de la persona; y que
la persona no puede tratarse nunca como un medio técnico, por muy interesantes
que pudieran ser los resultados para el progreso de la Humanidad.
La sabiduría es, en cierto modo, la virtud
ordenadora de la prudencia. Si bien, por una parte, la prudencia sirve a
la sabiduría, porque impera todas aquellas acciones singulares que se ordenan a
adquirirla[28], por otra, la
persona prudente, cuando delibera, juzga y decide realizar las acciones
concretas, lo hace no sólo a partir de la sindéresis y de la ciencia moral,
sino también a partir de la visión del mundo que se ha formado, que implica una
determinada valoración de los acontecimientos y las personas, una jerarquía de
valores; y es la sabiduría la que proporciona esta visión del mundo.
2.4. La sabiduría
como guía de la vida moral
Como se ha visto, aunque es la sindéresis
la que preceptúa a la voluntad buscar y amar el Bien supremo y los bienes
genéricos que son medios para llegar a Él, es la sabiduría la que da a conocer
a la persona que ese Bien supremo es Dios. Se puede decir, por tanto, que,
gracias a la sabiduría, el fin último al que ordena la sindéresis
adquiere un rostro: el Absoluto que apela a nuestra libertad cuando conocemos
el bien es un Alguien, infinitamente bueno, al que conocemos y podemos amar.
En consecuencia, la virtud de la sabiduría
no es sólo una virtud especulativa, no consiste únicamente en poseer el
conocimiento sobre Dios y las causas últimas de la realidad, sino también en tomar
ese conocimiento como criterio de pensamiento y regla de actuación. Así
entendida, la sabiduría se convierte en la virtud práctica que refuerza el
deber moral, porque nos da a conocer que es Dios quien solicita nuestro buen
obrar.
La sabiduría no puede separarse del amor,
como se ha dicho al hablar de su génesis y se dirá de nuevo al hablar de su
pérdida. El que adquiere la sabiduría adquiere la regla para juzgar la vida, y
esa regla se imprime también en la afectividad: es el ordo amoris, el
orden en el amor[29]. Conocer a Dios
mueve a amarlo; saber que Dios es el Bien supremo, impulsa a amarlo sobre todas
las cosas, y a amar a todos los seres ordenadamente, es decir, en orden a Dios.
El sabio, si lo es de verdad, es un enamorado de Dios, y trata de apreciar y
amar a las personas y a todo el mundo creado desde el punto de vista de Dios,
con la mirada y el corazón de Dios, en la medida en que esto es posible al
hombre.
El estudio de la sabiduría como virtud se
ha perdido o descuidado en la ética y en la teología moral, tal vez porque ha
sido entendida como un saber objetivado sobre un Dios concebido como un objeto
de especulación o una idea abstracta. Pero la sabiduría es sobre todo una
virtud, una perfección del sujeto que configura su vida. Esto sólo es posible
si se entiende que Dios es Alguien, un ser personal, capaz de amar y de ser
amado. La contemplación está animada por al amor a Dios: cuanto más se le
conoce, más se le ama. Contemplar a Dios es ser amado por Él y responder a ese
amor. La sabiduría aspira a la amistad con Dios. Todo esto adquiere unas dimensiones
inimaginables con la sabiduría sobrenatural que proporcionan las virtudes
teologales y los dones del Espíritu Santo. Pero no se puede despreciar la base
humana de la vida sobrenatural. Tal vez sorprenda saber que ya Aristóteles
decía que el filósofo es el más amado de Dios y, por eso, el más feliz de los
hombres[30].
La sustitución del homo sapiens por
el homo faber en la filosofía moderna ha influido también en la
concepción de la vida moral, que tiende a valorar las acciones por sus
resultados útiles, olvidando su dimensión inmanente. Las acciones interiores,
como la contemplación o la oración, han ido perdiendo importancia a favor de
las acciones eficaces para transformar el mundo y obtener consecuencias
materiales prácticas. La moral autónoma, con la separación que establece entre ethos
de salvación y ethos mundano, ha colaborado a agrandar esta ruptura
entre contemplación y acción.
La sabiduría, sin embargo, no podría ser
guía de la vida moral sin la razón práctica y sus correspondientes virtudes: la
sindéresis, la ciencia moral y la prudencia, que, como se verá, delibera, juzga
e impera la acción concreta que se debe realizar en cada momento.
2.5. Sabiduría,
humildad y virtud de la religión
La función de la
sabiduría como guía de la vida moral se pone especialmente de relieve al
considerar que esta virtud, junto con la humildad, es la raíz de la
virtud de la religión, la cual, aunque tiene unos actos específicos,
abarca en realidad la entera vida de la persona, pues todas las acciones, por
el hecho de ser realizadas para la gloria de Dios, pertenecen a esa virtud, en
cuando son imperadas por ella.
Por la sabiduría, el hombre conoce y
reconoce a Dios como infinitamente bueno, creador y señor del Cosmos; por la
humildad, acepta el lugar que le corresponde y considera su propio ser y todas
las cosas del mundo como dones recibidos del amor de Dios; en consecuencia,
entiende que debe corresponder con amor, lo que implica el reconocimiento de la
suprema dignidad y excelencia de Dios (culto), y la entrega total a su
servicio (devoción), dimensiones esenciales de la virtud de la religión.
La sabiduría, por tanto, descubre al hombre su deber de dar culto a Dios y de
vivir para su gloria.
Por otra parte, un concepto correcto de
Dios tiene una importancia capital para la vida moral y religiosa, y todo error
en este aspecto se traduce en una deformación práctica de la religión y la vida
moral. Esa imagen o concepto depende de la sabiduría que la persona ha
alcanzado.
Por último, la humildad no sólo está en la
raíz de la virtud de la religión y de la sabiduría, sino también en su
desarrollo. En efecto, es necesaria para que el hombre mantenga viva su
conciencia creatural, cuya pérdida lo conduciría a considerarse a sí mismo como
creador, ser autónomo y dueño absoluto del mundo, negando radicalmente su
esencial dimensión religiosa, y dejando de ser, en consecuencia, sabio.
2.6. La corrupción
de la sabiduría
Del mismo modo que el camino hacia la
sabiduría es un proceso intelectual y volitivo, también lo es la corrupción de
esta virtud. La razón humana está dañada por el pecado original, pero mucho
mayor daño y ceguera provocan los pecados personales. Si se deja de amar a
Dios, por poner el corazón en otro bien como si fuese el bien supremo (stultitia,
necedad), o por no querer someterse a lo que comporta el conocimiento de
Dios (caecitas mentis, ceguera de la mente), se llega a desconocer a
Dios como fin. Esto no quiere decir que se niegue su existencia, sino que se
vive como si Dios no existiese, como si no fuese el fin que hay que alcanzar.
Pero el paso siguiente, si no se rectifica la vida, puede ser fácilmente la
negación de Dios, por considerarlo un obstáculo para la propia autonomía.
Una consecuencia de este proceso es que el
hombre convierte la verdad en mentira, debido al oscurecimiento que las
pasiones desordenadas producen en la mente (cf. Rm 1,25).
3. La prudencia
La prudencia es la virtud «que dispone a la
razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a
elegir los medios rectos para realizarlo (...). Gracias a esta virtud aplicamos
sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas
sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar»[31].
La prudencia tiene como objeto propio
razonar y juzgar sobre las acciones concretas, que hay que realizar aquí y
ahora, en orden a conseguir un fin bueno, e impulsar su realización. Es, por
tanto, una virtud intelectual de la razón práctica[32].
Aunque la prudencia es una virtud
intelectual, cognoscitiva, lo que gracias a ella se conoce se refiere a la vida
moral: la acción buena, en la que interviene la voluntad con sus actos y
virtudes. Por eso afirma Santo Tomás que la prudencia no pertenece sólo a la
razón, sino también, en cierto modo, a la voluntad[33]. Si bien formalmente
es una virtud intelectual, su materia es moral; de ahí que pueda
considerarse una virtud media entre las intelectuales y las morales.
Hay dos especies fundamentales de prudencia
(partes subjetivas de esta virtud): la prudencia personal, por la que
cada uno dirige sus actos individuales; y la prudencia social, que se
refiere al bien común de la sociedad[34].
3.1. Los actos
propios de la prudencia
La prudencia, como virtud de la razón
práctica, es cognoscitiva e imperativa. Primero conoce la
realidad y, según ese conocimiento verdadero -y teniendo en cuenta los
principios morales-, juzga qué se debe hacer. Después impera,
manda poner por obra lo que se ha juzgado conveniente.
En la prudencia hay, por tanto, tres actos;
los dos primeros son cognoscitivos: el consejo y el juicio práctico;
el tercero es imperativo: el precepto, imperio o mandato[35].
a)
El consejo
Aconsejarse o deliberar
quiere decir sopesar los pros y los contras de una acción. No consiste, por
tanto, propiamente en el hecho de pedir consejo algo que también se debe hacer
cuando sea conveniente, sino en el acto de deliberación que realiza uno mismo.
Cuando la persona saber aconsejarse de modo recto, se dice que tiene la virtud
de la eubulia (buen consejo)[36]. A esta virtud se
opone la precipitación.
b)
El juicio práctico
Es un acto cognoscitivo por el que la razón
destaca, por encima de las demás, la acción que debe realizarse. Este acto
engendra la virtud llamada synesis, que quiere decir sensatez,
sentenciar bien, juzgar rectamente, tener buen sentido, rechazando ideas y
concepciones erróneas[37]. A la sensatez se
opone la inconsideración o insensatez.
Todavía hay otra virtud relacionada con el
juicio práctico: la gnome, juicio equitativo o sentido de la excepción,
que consiste en saber sentenciar ad casum, cuando se presenta la
necesidad de hacer alguna cosa al margen de las reglas comunes de acción.
Mientras que la synesis se refiere al juicio recto sobre las cosas
comunes y ordinarias, la gnome se refiere al recto juicio en los casos
excepcionales no previstos por las leyes humanas[38]. Esta virtud
facilita la epiqueya, que consiste en apartarse de la materialidad o
letra de la ley para realizar justamente la intención del legislador.
c)
El imperio
Este acto, que consiste en mandar sobre uno
mismo para poner por obra lo que se ha juzgado conveniente, es el más
específico de la virtud de la prudencia[39]; por eso puede
definirse como «la virtud de la función imperativa de la razón práctica que
determina directamente la acción»[40].
Los actos contrarios al imperio o mandato
son: la negligencia, en cuanto supone falta de solicitud en imperar
eficazmente lo que debe hacerse; y la inconstancia, que consiste en
abandonar por motivos insignificantes el propósito dictado por la prudencia[41].
3.2. Centralidad de
la prudencia para la comprensión y desarrollo de la vida moral
El concepto clásico de prudencia se ha ido
desvirtuando progresivamente. Según una mentalidad muy extendida, se considera
prudente a la persona que no se compromete, que no arriesga nunca su propia
seguridad, que opta más por lo útil que por lo honrado, que sabe mantener un
sabio equilibrio para ser considerada persona sensata. La decisión de
entregar la vida al servicio de Dios y a los demás, la generosidad del
matrimonio que quiere formar una familia numerosa, el compromiso de los esposos
de ser fieles durante toda la vida, la valentía de defender la verdad aun a
riesgo de perder beneficios materiales, etc., no rara vez se consideran
conductas imprudentes e irresponsables.
Para esta mentalidad, la santidad, la
decisión de seguir a Cristo, no es compatible con la prudencia. «La teoría
clásico-cristiana de la vida sostiene, por el contrario, que sólo es prudente
el hombre que al mismo tiempo sea bueno; la prudencia forma parte de la
definición del bien. No hay justicia ni fortaleza que puedan considerarse
opuestas a la virtud de la prudencia; todo aquel que sea injusto es de antemano
y a la par imprudente»[42].
La importancia de
la prudencia en la vida moral puede resumirse diciendo que esta virtud es
condición imprescindible de toda conducta moralmente buena. No puede haber vida
virtuosa sin prudencia: para que el querer y el obrar sean buenos deben ser
conformes a la verdad, y es la prudencia la que enlaza rectamente la verdad con
lo que se debe hacer en la acción concreta.
Actuar moralmente bien no consiste en
cumplir materialmente unos preceptos como si viniesen impuestos desde el
exterior a la voluntad (voluntarismo), ni en actuar únicamente con buena
intención (subjetivismo), sino que exige valorar cada situación con la razón
perfeccionada por el conocimiento de la verdad (la verdad sobre el bien,
conocida a partir de la sindéresis; la verdad sobre Dios, el hombre y el mundo,
proporcionada por la sabiduría; la verdad sobre las circunstancias concretas,
propias y ajenas, relacionadas con la acción) y decidirse personalmente a
actuar de acuerdo con la verdad. La persona prudente es la que está habilitada
para actuar así.
De ahí que la prudencia pueda llamarse genitrix
virtutum, madre y causa de las demás virtudes: sólo la persona que actúa de
acuerdo con la verdad puede ser justa, fuerte y templada. Esta primacía de la
prudencia afirma J. Pieper- «refleja, mejor quizá que ningún otro postulado
ético, la armazón interna de la metafísica cristiano-occidental, globalmente
considerada; a saber; que el ser es antes que la verdad y la verdad antes que
el bien»[43].
Pero para poder conocer la verdad y
someterse a ella, para ver las cosas como son y aceptar y reconocer su verdad,
es necesaria la buena disposición de la voluntad, es decir, las virtudes
morales.
a)
La prudencia engendra las virtudes morales
El papel de la prudencia no consiste en
señalar a las demás virtudes el fin que deben perseguir. Este papel corresponde
a la sindéresis, que dirige también a la misma prudencia a un fin bueno. Lo
propio de la prudencia es indicar y mandar poner por obra los medios
verdaderamente buenos para alcanzar el fin[44]. Gracias a la
prudencia, la persona que quiere ser justa, valiente o templada, elige y
realiza la acción buena que en las circunstancias concretas en las que se
encuentra es la mejor para conseguir ese fin. De esta manera, la razón va
plasmando su orden en la voluntad y los afectos, es decir, hace nacer en ellos
las virtudes morales.
b)
Las virtudes morales hacen prudente a la razón
Sin la prudencia, el hombre no puede actuar
moralmente bien, no puede tener virtudes morales. Pero también es verdad que
sin éstas no puede ser prudente[45].
Como se ha estudiado en el capítulo XII, las virtudes morales proporcionan a la
persona la connaturalidad con el bien, gracias a la cual la razón se hace
prudente, es decir, capaz de un conocimiento concreto, directo y práctico, que
le permite juzgar rectamente, de modo sencillo y con certeza, sobre la acción
que se debe realizar en cada momento[46].
La influencia de la voluntad y de los
afectos sensibles sobre la razón es decisiva para que ésta juzgue acertadamente
sobre los medios. Si la voluntad y los afectos están bien dispuestos por las
virtudes morales, la razón puede conocer mejor la verdad sobre el bien; y si
están desordenados por los vicios, la razón se oscurece o se ciega.
Además, las virtudes morales son necesarias
también para poner en práctica la acción que se ha elegido, porque para ello es
necesario no dejarse frenar por la cobardía, por la pereza, por ningún lazo que
tienda, en último término, el egoísmo o la soberbia.
En la interacción que se da entre prudencia
y virtudes morales o entre razón y apetito, el papel principal corresponde a la
razón: es ella la que señala a las facultades apetitivas la verdad sobre los
fines buenos (sindéresis) y los medios excelentes para conseguirlos
(prudencia). Es la razón la que conoce la verdad sobre el bien.
3.3.
Prudencia y conciencia moral
Para evitar
confusiones y ambigüedades respecto a las relaciones entre la conciencia y la
virtud de la prudencia, es necesario distinguir entre el juicio de la
conciencia y el juicio de la prudencia.
El juicio de la
conciencia es un juicio sobre la licitud moral del acto singular. Es el
resultado de aplicar la ciencia moral, las normas, al obrar concreto para
juzgar si tal obrar es bueno o malo, si se debe hacer o evitar. Se caracteriza por
mantenerse en el plano del conocimiento, es decir, en la estricta comparaciónentre la norma y el acto singular. Asegura la licitud moral de la
acción.
El juicio de la
prudencia es un juicio sobre la oportunidad y conveniencia del acto
singular. Asegura la rectitud moral de la puesta en práctica de ese acto
(en todos sus pormenores prácticos), teniendo en cuenta la multitud de
intereses y circunstancias que en él intervienen, y dirige su realización[47].
Cuando se realiza una acción mala, lo que
falla no es necesariamente la conciencia, sino la prudencia. En efecto, puede
suceder que una persona, dejándose llevar por una pasión, realice una elección
opuesta al juicio de la conciencia. En ese caso, se equivoca en la elección
(falla el juicio de la prudencia), pero no en el juicio de conciencia, puesto
que actúa precisamente contra este juicio[48].
4. La fe, el conocimiento de Dios
como bien del hombre
Con su razón, siguiendo su inclinación
natural a la búsqueda de la verdad, el hombre conoce las verdades morales
fundamentales y puede llegar también a conocer a Dios como Creador. Pero ese
Dios Creador se ha revelado al hombre y le ha dado a conocer su plan de
salvación. El hombre acoge este mensaje gracias
a la virtud teologal de la fe.
En este apartado se estudia, directamente,
la fe como virtud subjetiva y sobrenatural, es decir, la fides qua creditur,
y sólo indirectamente la fe objetiva, el objeto de la virtud teologal, el
depósito de la fe, es decir, la fides quae creditur. Además se
reflexiona sobre la fe como virtud ya constituida en un sujeto cristiano, en
una persona que es una criatura nueva por la gracia, las virtudes
sobrenaturales y los dones; por tanto, no se contempla cómo brota el acto de
fe, ni los preambula fidei, ni el acto de fe en sí mismo[49].
Interesa también aquí la articulación de la
fe con otras virtudes intelectuales y con la esperanza, la caridad y los dones.
4.1. La naturaleza
de la fe
Dos definiciones, una del Concilio Vaticano
I y otra del Vaticano II, proporcionan, desde perspectivas complementarias, una
noción básica de la naturaleza de esta virtud:
La fe «es una
virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios,
creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca
verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la
autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni
engañarnos. Es, en efecto, la fe, en testimonio del Apóstol, sustancia de las
cosas que se esperan, argumento de lo que no aparece»[50].
«Cuando Dios
revela, el hombre tiene que prestarle la obediencia de la fe (cf. Rm
16,26; comp. con Rm 1,5; 2 Co 10, 5-6). Por la fe el hombre se
entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su
entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar
esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos
ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón,
lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en
aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más
profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe
con sus dones»[51].
Al considerar la fe, hay que tener en
cuenta, en primer lugar, la iniciativa divina de revelarse al hombre, y, en
segundo lugar, la acogida del mensaje divino por parte del hombre.
a)
La iniciativa de Dios
Dios se revela a lo largo de la Historia de la Salvación y, de modo definitivo, en Jesucristo. En la fe hay un elemento
objetivo: el mensaje de Dios (fides quae creditur). «Quiso Dios, con su
bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su
voluntad: por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden
los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. En esta
revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos,
trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía»[52].
Dios se revela a Sí mismo al hombre; revela
su plan de salvación; invita al hombre a ser, por Cristo y con el Espíritu
Santo, partícipe de la naturaleza divina, hijo de Dios. Al mismo tiempo, le da
al hombre la gracia de la fe para que crea. Esta revelación y ofrecimiento de
su amistad se realiza en Cristo. Dios «envió a su Hijo, la Palabra eterna, que
alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la
intimidad de Dios»[53].
b)
La respuesta del hombre
La respuesta del hombre es la obediencia
de la fe, por la que acoge el mensaje divino. Es el elemento subjetivo: fides
qua creditur.
La obligatoriedad de la fe procede
del designio divino sobre el hombre como su Creador y Señor. El magisterio de
la Iglesia haciendo referencia a la obediencia de la fe de Rm 16, 26,
dice: «Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su creador y señor, y
estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada; cuando Dios
revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de
entendimiento y de voluntad»[54].
Pero esta obediencia es una respuesta al
proyecto salvífico de Dios, a su invitación de convertir al hombre en hijo
suyo: es pues una respuesta filial, un identificarse con la cabeza y el
corazón de un Dios que es Padre, lo cual es propio de un hijo.
Es, además, una respuesta en la Iglesia. Como
Jesucristo, después de su Ascensión, no está físicamente entre los hombres,
el encuentro con Él se lleva a cabo mediante la Iglesia, la cual es sacramento de Jesucristo, esto es, signo eficaz de la presencia de
Cristo en el mundo. «Creer es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede,
engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los
creyentes. Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre (S. Cipriano de Cartago)»[55].
En la acogida del mensaje por parte del
hombre, cabe destacar tres dimensiones:
La fe es asentir voluntariamente,
confesar, creer que es verdad, afirmar como verdadero lo que Dios ha
revelado. Se trata de una adhesión intelectual al depósito revelado.
Como Dios se ha revelado en Cristo, la fe
es asentir voluntariamente a la revelación hecha en Cristo. «Para el cristiano,
creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, su Hijo
amado, en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que les
escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: Creed en Dios, creed también
en mí (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo
hecho carne: A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el
seno del Padre, él lo ha contado (Jn 1,18). Porque ha visto al Padre
(Jn 6,46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar»[56].
Por la fe, la persona se adhiere
incondicional y enteramente a Dios, entregándole «el homenaje del
entendimiento y de la voluntad»[57]. Es una respuesta
de toda la persona no sólo a la doctrina sino también a la Persona de Cristo. Por la obediencia de la fe, toda la persona libremente se abandona en Dios
y confía plenamente en Él. La fe introduce al hombre en una relación
profundamente personal con Dios; comporta, por tanto, por parte del hombre,
relacionarse personal y amorosamente con Cristo: diálogo y amistad.
Al doble aspecto que presenta la fe en
Cristo (creer en su Persona y creer en su doctrina), corresponde una doble
faceta en relación con la fe en la Iglesia: creer en ella como continuadora de
la obra de Cristo y creer en las enseñanzas de su Magisterio.
La virtud de la fe implica vivir de fe,
de acuerdo con la fe. En el cristiano no sólo hay un nuevo conocimiento, una
nueva luz, una nueva visión; no sólo afirma y confiesa la verdad revelada
(fidelidad intelectual); hay además una vida nueva, sobrenatural, la vida de
Cristo, que está llamada a desarrollarse en una amistad personal con la Trinidad, en el seguimiento e identificación con Cristo: vivir como hijos del Padre, como
otros Cristos, en el Espíritu Santo.
4.2. La fe es una virtud
sobrenatural y humana
a)
Es virtud sobrenatural
Sobrenatural quiere decir que es participación
del conocimiento divino, y que es un don de Dios, que es gratuita.
Por eso «cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios
vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido de la carne y de la
sangre, sino de mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17). La fe es un
don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta
respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda,
junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo
dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y
creer la verdad (Const. dogm. Dei Verbum, 5)»[58].
«La respuesta humana a la
auto-revelación de Dios, y en particular a su definitiva auto-revelación en
Jesucristo, se forma interiormente bajo la potencia luminosa de Dios mismo
que actúa en lo profundo de las facultades espirituales del hombre, y, de algún
modo, en todo el conjunto de sus energías y disposiciones. Esa fuerza divina se
llama gracia, en particular: la gracia de la fe»[59].
Para conocer bien a una persona, es
necesario tener una cierta connaturalidad con ella. De modo semejante, para
descubrir que Jesucristo es Dios se necesita tener una cierta connaturalidad
con Él, lo cual exige tener connaturalidad con Dios, y Dios nos la da mediante
la gracia, que es una realidad creada que nos hace participar de la naturaleza
divina (divinae consortes naturae), en la intimidad misma de Dios Trino.
La fe sobrenatural es una participación en
el autoconocimiento que Dios tiene de Sí mismo, y tiene como finalidad el que
el hombre llegue a ser amigo de Dios. La fe es participación en la vida íntima
de Dios, y esto sólo es posible si Dios se abre al hombre y lo capacita para
participar en esa vida.
El hombre que ha recibido el don gratuito e
inestimable de la fe, debe ser consciente de que puede perderlo. Para vivir,
crecer y perseverar en la fe, debe alimentarla con la Palabra de Dios y la
enseñanza de la Iglesia, pedirle al Señor que la aumente y ponerla en práctica
por la caridad[60].
b)
La fe es auténticamente humana
Lo sobrenatural es superior a lo natural,
pero supone lo natural, lo humano. La virtud de la fe es humana porque requiere
la colaboración permanente de una decisión libre de la persona. Como toda
virtud, necesita la iniciativa de la voluntad. Es la persona como totalidad,
con su inteligencia, voluntad y afectos, la que responde al don de Dios.
Es humana en cuanto es razonable y libre,
condiciones necesarias para que, cualquier fe, también la teologal, sea digna
del hombre.
La fe es razonable. En las obras y
palabras de Jesucristo se manifiesta suficientemente su Persona: da los signos
necesarios para llegar al convencimiento de que es el Hijo de Dios. Los
milagros de Cristo y de los santos, las profecías, la propagación y la santidad
de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad, son motivos de credibilidad que
muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego
del espíritu[61].
Aunque Jesucristo se da a conocer
suficientemente, el hombre no sería capaz de reconocerlo como Hijo de Dios sin
la ayuda de la gracia, ya que se presenta como un hombre, uno de los hombres, y
a la vez como alguien que es más que un hombre. Sólo con la ayuda de la gracia
se puede saber con certeza que es el Hijo de Dios. «En la fe, la inteligencia y
la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: Creer es un acto del
entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida
por Dios mediante la gracia»[62].
Por tanto, «el motivo de creer no
radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e
inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos a causa de la
autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos»[63].
La fe es libre. La decisión de creer
también con fe teologal es siempre un acto racional y libre, fruto de una
decisión personal de amor y entrega a una persona. Jesucristo no se impone,
invita: existe una obligación de conciencia de aceptar, pero la fe nunca se
puede imponer coactivamente.
«Uno de los más importantes capítulos de la
doctrina católica, contenido en la Palabra de Dios y predicado constantemente
por los Padres, es que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a
Dios; por lo tanto, nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la
fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el
hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado por Jesucristo a recibir la
adopción de hijo, no puede adherirse a Dios, que se revela a Sí mismo, a no ser
que, atrayéndolo el Padre hacia El, entregue a Dios el don racional y libre de
la fe»[64].
Sólo se puede creer si se quiere creer.
Puede haber argumentos convincentes para creer a alguien, pero ningún argumento
puede forzar a la persona a creer. La verdad revelada no fuerza al creyente a
aceptarla. Entre otras cosas porque la fe es de lo que no se ve. Lo que mueve
al que cree es la intuición de que es bueno aceptar algo como verdadero y real
en virtud de las manifestaciones de otro. Lo bueno no responde al conocer, sino
al querer. Por tanto, la respuesta y el asentimiento de la voluntad tienen la
primacía en el conocimiento de la fe[65].
4.3. La fe como virtud intelectual
a)
Dimensión cognoscitiva de la fe
La fe es una virtud intelectual cuyo
sujeto es el entendimiento especulativo o teórico.
La fe proporciona un conocimiento
verdadero sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, que junto a
verdades que la razón puede llegar a conocer, incluye también otras que la
superan, pues son propias del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y del
mundo que ha creado:
Por la fe se conoce a Dios. La fe
alcanza la realidad invisible de Dios (cf. Hb 11,1), la presencia de
Dios y su acción, es decir, su gloria (cf. Jn 2,11; 2 Co 4,6). El
objeto de la fe es Dios mismo.
Por la fe se conoce también al hombre.
Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
grandeza de su vocación»[66]. La vocación
cristiana «enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra
existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra
realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra
un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos
y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere
conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos
confía»[67].
Por la fe se conoce el sentido del
mundo, de la creación, de las realidades terrenas.
«La fe es la respuesta particular del
hombre a la Palabra de Dios que se revela a Sí mismo hasta la revelación
definitiva en Jesucristo. Esta respuesta tiene, sin duda, un carácter
cognoscitivo; efectivamente, da al hombre la posibilidad de acoger este
conocimiento (auto-conocimiento) que Dios comparte con él. La aceptación
de este conocimiento de Dios, que en la vida presente es siempre
parcial, provisional e imperfecto, da, sin embargo, al hombre la posibilidad de
participar desde ahora en la verdad definitiva y total, que un día le será
plenamente revelada en la visión inmediata de Dios. Abandonándose totalmente
a Dios, en respuesta a su autoRevelación, el hombre participa en esta
verdad. De tal participación toma origen una nueva vida sobrenatural, a la
que Jesús llama vida eterna (Jn 17,3) y que, con la Carta a los
Hebreos, puede definirse vida mediante la fe: mi justo vivirá de la fe (Hb
10,38)»[68]. Es un
conocimiento que salva y lleva a la vida eterna: «Esto es la vida eterna, que
te conozcan a Ti único Dios verdadero» (Jn 17,3).
La fe es luz, ilumina el
entendimiento para que perciba la realidad e intimidad de las cosas divinas,
ilumina los ojos del corazón (cf. Ef 1, 18). El acto de fe apunta a la
realidad testificada por Cristo. «El creyente se convierte en cierto sentido en
partícipe de esta realidad; la toca, se le torna presente y actual en la medida
en que se identifica por amor con el testigo, con cuyos ojos y desde cuyo punto
de vista puede captarla»[69]. En este sentido
se habla de la fe como luz por la que se ve lo que se cree. «La luz de la fe (lumen
fidei) hace ver las cosas que se creen»[70].
El conocimiento que proporciona la fe no es
meramente teórico, sino de un conocimiento que brota del amor y engendra el
amor, el afecto, que es fruto de vivir con esa realidad conocida, es decir, con
Cristo. Es un conocimiento que engendra connaturalidad con Cristo.
Es importante destacar la dimensión
cognoscitiva de la fe frente a algunas tendencias que la reducen a un
sentimiento, sin contenido de verdad. Creer es conocer la verdad: Dios «quiere
que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1
Tm 2,4); es obrar según la verdad (cf. Jn 3,21); es creer en la
verdad (cf. 2 Ts 2,11). Cristo vino a dar testimonio de la verdad: «Yo
para esto he nacido y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.
Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37); Él es la Verdad
(cf. Jn 16,6); su Evangelio es Palabra de verdad (cf. Ef 1,13);
quienes lo anuncian son predicadores de la verdad (cf. 2 Tm 2,16; 2
Co 6,7).
El conocimiento de fe está teñido de
oscuridad: «Ahora vemos como en un espejo, en forma enigmática» (1 Co 13,12).
Pero esta oscuridad es sólo relativa, porque es conocimiento cierto de una
verdad que orienta e ilumina la existencia humana y la visión del mundo;
conocimiento que se funda en la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni
engañarnos.
«Ahora, sin embargo, caminamos en la fe y
no (
) en la visión (2 Co 5,7), y conocemos a Dios como en un espejo,
de una manera confusa (
), imperfecta (1 Co 13,12). Luminosa por Aquél
en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser
puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo
que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las
injusticias y de la muerte, parecen contradecir la buena nueva, pueden
estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación»[71].
b)
La sabiduría sobrenatural
La fe es el principio de la auténtica
sabiduría. El conocimiento de la verdad revelada por Dios proporciona al
hombre la sabiduría sobrenatural, la sabiduría de la fe, que supera la
capacidad de su razón, pero se asienta sobre ella. Es una incoación de la
visión de Dios y, precisamente por ello, guía al hombre en su camino terreno:
es una luz que le enseña a pensar y actuar en todo momento como hijo de Dios.
Por la fe, el hombre adquiere no sólo nuevos conocimientos, sino también un
nuevo modo de pensar y actuar, propio de los hijos de Dios.
Mediante la fe, el cristiano va adquiriendo
el modo de pensar de Dios, la «mente de Cristo» (1 Co 2, 16), los
mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 5). Ve las personas, las
cosas, la historia, los acontecimientos, desde una perspectiva nueva: sub
specie aeternitatis. «La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con
todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios»[72].
La fe ilumina el sentido de toda la vida
del hombre y especialmente de aquellas circunstancias y situaciones que
resultan incomprensibles para la razón, como el dolor y la muerte: «Por Cristo
y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio
nos abruma. Cristo resucitó, destruyendo la muerte con su muerte, y nos dio la
vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!, ¡Padre!»[73].
De ahí que la fe sea fuente de alegría. El
gozo específico del cristiano no se debe a «la sandez de cerrar los ojos a la
realidad»[74],
sino al convencimiento de que «todas las cosas cooperan para el bien de los que
aman a Dios, de los que son llamados según su designio» (Rm 8, 28); de
este modo, el optimismo es «necesaria consecuencia» de la fe[75].
c)
La sabiduría teológica
Por ser imperfecta «la fe trata de
comprender: es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a
aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado;
un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más
encendida de amor. La gracia de la fe abre los ojos del corazón (Ef
1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir,
del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión
entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, para que la
inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo
perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones. Así, según el adagio
de san Agustín cree para comprender y comprende para creer»[76].
Fides quaerens intellectum: la búsqueda de la
inteligencia de la fe no es otra cosa que la Teología.
«El afán por adquirir esta ciencia
teológica la buena y firme doctrina cristiana está movido, en primer término,
por el deseo de conocer y amar a Dios. A la vez, es también consecuencia de la
preocupación general del alma fiel por alcanzar la más profunda significación
de este mundo, que es hechura del Creador»[77].
4.4. Fe y vida
La fe es principio, inicio, de una vida
nueva, la vida sobrenatural, la vida de los hijos de Dios. Es una vida de
amistad con las tres Personas divinas.
a)
La fe, fuente de la vida moral
«Nuestra vida moral tiene su fuente en la
fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la obediencia de la fe
como de la primera obligación. Hace ver en el desconocimiento de Dios el
principio y la explicación de todas las desviaciones morales. Nuestro deber
para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él»[78].
La vida moral cristiana, que es vida
sobrenatural, tiene su fuente en la fe. Los actos de las demás virtudes
teologales necesitan, como una realidad previa, el acto de fe, del mismo modo
que todo acto de la voluntad necesita de un acto previo del entendimiento. Los
actos de esperanza y caridad son fruto de un acto de conocimiento: no se puede
desear ni amar lo que no se conoce. El acto de fe es por tanto inicio y, a la
vez, fundamento de la vida sobrenatural, que se realiza mediante el obrar
propio de los hijos de Dios.
b)
La fe, una verdad que se ha de hacer vida
«La fe requiere una vida que esté de
acuerdo con la verdad reconocida y profesada. Según san Pablo, esa fe
actúa por la caridad. Santo Tomás, refiriéndose a este texto de san Pablo,
explica que la caridad es la forma de la fe, o sea, el principio
vital, animador, vivificante. De él depende que la fe sea una virtud y que dure
en una adhesión creciente a Dios y en las aplicaciones al comportamiento y a
las relaciones humanas, bajo la guía del Espíritu»[79].
En la encíclica Veritatis splendor
se afirma que la separación radical entre libertad y verdad, característica de
nuestro tiempo, es consecuencia, manifestación y realización de otra dicotomía
más grave y nociva: la que se produce entre fe y moral. «Este separación
constituye una de las preocupaciones pastorales más agudas de la Iglesia en el
presente proceso de secularismo»[80].
«Urge recuperar y presentar una vez más el
verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de
proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un
conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus
mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Pero, una
palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es
puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia, es
encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo,
Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6). Implica un acto de confianza y
abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (cf. Ga 2,20), o
sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos»[81].
El peligro de una fe sin obras es
denunciado ya en la carta de Santiago: «La fe sin obras está muerta» (St
2,26). Las verdades de fe tienen consecuencias prácticas, que se pueden resumir
en vivir la identificación con Cristo: «Quien dice que permanece en él, debe
vivir como vivió él» (1 Jn 2,6).
No hay que olvidar además que la fe tiene
también un contenido moral concreto: «La fe tiene también un contenido moral:
suscita y exige un compromiso coherente de vida; comporta y perfecciona la
acogida y la observancia de los mandamientos divinos»[82]. Algunas
corrientes teológicas, a partir de una concepción antropológica dualista,
reducen la fe al ámbito de la intencionalidad, y niegan que determine el actuar
concreto de la persona. Se volverá sobre esto al hablar de la prudencia
cristiana.
En la vida cristiana debe haber unidad
entre fe y vida, pensamiento y acción. La falta de unidad puede llevar o bien
al espiritualismo, que reduce la vida cristiana al culto, mientras
desprecia las realidades terrenas; o bien al naturalismo, que olvida la
unión con Dios y se vuelca en la actividad humana.
Una consecuencia de vivir coherentemente la
fe es confesarla con las obras y con las palabras, comunicarla: «A
través de la vida moral la fe llega a ser confesión, no solo ante Dios, sino
también ante los hombres: se convierte en testimonio»[83].
«El discípulo de Cristo no debe sólo
guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con
firmeza y difundirla: Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de
los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones
que nunca faltan a la Iglesia. El servicio y el testimonio de la fe son
requeridos para la salvación: Todo aquel que se declare por mí ante los
hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos;
pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que
está en los cielos»[84].
La confesión de fe es el primer paso para
que los cristianos y la Iglesia hagan presente a Cristo en el mundo.
El modo habitual de esta confesión es vivir
y comportarse siempre y en cualquier circunstancia, con plena naturalidad, de
acuerdo a la fe que se profesa. En algunas ocasiones, es necesaria también una
confesión pública y explícita de la fe.
4.5. La fe y los dones del Espíritu
Santo
La fe es perfeccionada por los dones
intelectuales de entendimiento, ciencia y sabiduría.
La actividad de los dones intelectuales no
depende de la capacidad intelectual de la persona, sino de sus disposiciones
interiores, especialmente del grado de su caridad y, por tanto, de su
connaturalidad con Dios[85].
a)
El don de entendimiento
Por el don de entendimiento, el
cristiano llega a una mayor profundización en las verdades reveladas, y puede
descubrir luces nuevas en la fe[86].
Lo propio del don de entendimiento es que
el Espíritu Santo ilumina a la persona para que pueda penetrar profundamente
los misterios de Dios, a los que se ha adherido por la fe. Una cosa es creer,
por ejemplo, que se es hijo de Dios, y otra muy distinta es darse cuenta,
descubrir, entender a fondo qué es y qué implica ser hijo de Dios.
Este segundo modo de entender lleva a la
acción. Las verdades vislumbradas por el don de entendimiento aparecen como
principios y móviles de la conducta. «Fascinado por lo espléndido de su destino
y por su título de hijo de Dios, el hombre, inspirado por el Espíritu del Padre
y del Hijo, organiza su propia vida en función de esta vocación sublime. La
inteligencia de los misterios le revela el sentido y el valor de eternidad del
más pequeño acto humano. La fe lo transfigura todo y nuestras acciones más
banales participan de la misma alteza divina»[87].
Gracias al don de entendimiento, el
cristiano considera las realidades eternas como regla de los actos humanos[88]. Esta afirmación
de Santo Tomás ayuda a comprender la especificidad o identidad de la moral
cristiana. La regla de los actos humanos, explica el Angélico, es la razón
humana y la ley eterna. Pero la razón no es suficiente para regular los actos
humanos según la ley eterna. Necesita para ello la luz sobrenatural de este don
del Espíritu Santo[89].
«Mediante este don, el Espíritu Santo, que
escruta las profundidades de Dios (1 Co 2, 10), comunica al creyente
una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa
percepción del designio amoroso de Dios (
). Esta inteligencia sobrenatural se
da no solo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores,
que (
), gracias a la unción del Espíritu (1 Jn 2, 20.27), poseen un
especial sentido de fe (sensus fidei) que les guía en las opciones
concretas (
). Se descubre la dimensión no puramente terrena de los
acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr
hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro: ¡signos de
los tiempos, signos de Dios!»[90].
b)
El don de ciencia
Por el don de ciencia, el cristiano
puede captar con más perfección la relación que hay entre las realidades
humanas y los planes de Dios; advierte de modo inmediato el sentido último
que tienen los acontecimientos y las cosas del mundo; y mira las obras de Dios
con la mirada de quien es su hijo.
El sentido fundamental del don de ciencia
consiste en que «a través del mundo de la naturaleza, del de la gracia y del de
la gloria, y sobre todo a través del orden hipostático, el Espíritu de ciencia
nos hace percibir y contemplar la infinita sabiduría, la omnipotencia, la
bondad, la naturaleza íntima de Dios»[91]. Su sentido es
primordialmente contemplativo; secundariamente, dirige la acción.
El cristiano, gracias al don de ciencia, contempla
el mundo con una mirada nueva que sabe captar en cada criatura la
omnipotencia, la belleza, la verdad y la bondad de Dios. El que se sabe hijo de
Dios, ante la creación se siente en la casa de su Padre y de sus hermanos.
Todos los bienes que Dios ha creado son para él, y él es para Cristo. No es un
extraño ante las riquezas creadas, ni las trata como si fueran ajenas a él. Dios
le ha concedido el dominio sobre ellas y lo ha nombrado su colaborador en la
creación; en consecuencia, respetando el ser y el fin de las cosas, las emplea
para servir a Dios y a los demás. El don de ciencia concede a la persona una
visión nueva que le permite descubrir el sentido y el lugar de cada ser, de los
animales, de las plantas y especialmente de los demás hombres.
Gracias al don de ciencia, «se nos da a
conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el
Creador (
), el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en
ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida (cf. S.Th., II-II, q. 9, a. 4). Así logra descubrir el sentido teológico de lo creado (
) y como consecuencia, se
siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración,
acción de gracias (
). El hombre iluminado por el don de la ciencia descubre al
mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador,
su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir cuando, al pecar,
hace de ellas mal uso»[92].
c)
El don de sabiduría
Se ha tratado ya de la sabiduría humana,
que descubre en Dios la Causa Primera y la Verdad explicativa de todo, y lo ordena todo a la luz de esa Causa; y de la sabiduría teológica, científica, discursiva.
El sentido primordial del don de sabiduría
es la contemplación amorosa de Dios. Hace que al hombre le resulte
connatural querer todo y sólo lo que lleva a Dios, le da la inclinación amorosa
a seguir las exigencias del amor divino, y por ello juzga con verdad sobre
las diversas situaciones y realidades, bajo el aspecto divino y eterno, sub
specie aeternitatis, con la luz del Espíritu Santo. Es la sabiduría que
«Dios revela a los pequeños» (Mt 11, 25).
Gracias al don de sabiduría, el cristiano
ve todas las cosas con los ojos de Dios, también el dolor y el sufrimiento: no
los considera una desgracia, sino una manifestación del amor de su Padre, que
le permite purificarse y participar en la redención, uniéndose a la Cruz de Cristo. San Pablo opone la falsa sabiduría de este mundo, que es locura a los ojos
de Dios, al escándalo de la Cruz, que es la verdadera sabiduría divina:
«Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los
que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios,
y desecharé la prudencia de los prudentes» (1 Co 1, 18-19). Cristo
crucificado es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para
los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 22-24).
El don de sabiduría «es luz recibida de lo
alto: una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es
propio de Dios (
); un conocimiento impregnado por la caridad, gracias
al cual, el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas
y prueba gusto en ellas. Santo Tomás habla precisamente de un cierto
sabor de Dios (S.Th., II-II, q. 45, a. 2, ad 1), por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta
y las vive. Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial
para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios.
Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades de
este mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de
la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios»[93].
4.6. La razón
iluminada por la fe y los dones: la prudencia cristiana
Después de estudiar las virtudes
intelectuales, la virtud de la fe y los dones que la perfeccionan, es preciso
ver cómo, a partir de ese organismo natural y sobrenatural de las virtudes, el
cristiano juzga de un modo nuevo sobre las acciones singulares que debe
realizar a lo largo de su vida.
La razón del cristiano no sólo contiene las
verdades universales naturalmente conocidas, de las que parte tanto en el orden
especulativo como en el práctico (entendimiento y sindéresis), sino también las
verdades sobrenaturales conocidas por la luz divina, las verdades de fe[94]. En consecuencia,
la prudencia cristiana está informada por esas verdades y perfeccionada además,
de modo especial, por el don sobrenatural de consejo. La prudencia del hijo
de Dios reviste, por tanto, características propias, específicas, que le
permiten llevar a su plenitud la rectitud en el obrar moral.
El cristiano sabe por la fe que el fin al
que está destinado es la comunión con la Santísima Trinidad, y que el camino es el seguimiento de Cristo y la identificación con Él.
Conoce también su doctrina y las enseñanzas de la Iglesia. Todo ello le proporciona una nueva concepción de la realidad, un modo
característico de valorar las cosas, los acontecimientos y las personas, y unas
motivaciones específicas para su conducta. Cuenta además con luz del
Espíritu Santo, que ilumina su inteligencia para juzgar acertadamente qué le
pide Dios en cada momento de su existencia.
En muchos casos, el cristiano, con su
prudencia iluminada por la fe, puede y debe elegir acciones que serían
calificadas de imprudentes si no contase con la gracia que debe esperar de Dios.
Desde el punto de vista natural, sería imprudente realizar acciones que con el
único apoyo de las fuerzas humanas no tienen probabilidades de éxito. En
cambio, puede ser prudente elegir esas mismas acciones cuando se espera el
auxilio la gracia divina. Por ejemplo, una acción apostólica que aparentemente
resulta imposible, y que la prudencia humana juzgaría insensata, la prudencia
cristiana, apoyada en la esperanza, puede juzgarla como acertada y conveniente.
La prudencia, guía de todas las virtudes
morales, es guiada a su vez por la caridad. Esto quiere decir que, al
deliberar sobre lo que se debe hacer, la prudencia ha de considerar, por encima
de los motivos o razones humanas, una razón o motivo más elevado: el amor
sobrenatural a Dios. Como afirma San Agustín, la prudencia «es el amor que con
sagacidad y sabiduría elige los medios de defensa contra toda clase de
obstáculos». Este amor es el amor de Dios. Por eso, precisando más, añade que
la prudencia «es el amor que sabe discernir qué es útil para ir a Dios y qué le
puede alejar de Él»[95].
La prudencia cristiana, mediante la fe y la
esperanza, informadas por la caridad, abre al hombre a un ámbito de
motivaciones sobrenaturales, determinantes de su conducta, que son nuevas
respecto a las naturales. El modelo de esta nueva prudencia es Cristo.
a)
Cristo, modelo de prudencia
En Cristo, la Sabiduría de Dios hecha
carne, encuentra el cristiano la prudencia perfecta. Con sus obras,
enseña que la prudencia dicta convertir la vida en un servicio a los demás,
amigos y enemigos, por amor al Padre. Con su muerte en la Cruz, muestra que la prudencia lleva incluso a entregar la propia vida, en obediencia al
Padre, por la salvación de los hombres. Esta prudencia de Cristo parece
exageración e imprudencia a los ojos humanos, como se pone de manifiesto, por
ejemplo, cuando anuncia a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, padecer y
morir: Pedro «se puso a reprenderle diciendo: ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún
modo te sucederá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de mi
vista, Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de
Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16, 22-23).
La medida de la nueva prudencia la
da un amor sin medida al Reino de Dios, valor absoluto que convierte en
relativo todo lo demás: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas
cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 33). Por el Reino vale la pena
darlo todo (cf. Mt 13, 44-46), hasta la vida misma, porque según la
lógica divina, el que busca su vida, la pierde; y el que la pierde, la
encuentra (cf. Mt 10, 39). En consecuencia, muchas decisiones que
parecen prudentes a los ojos humanos, en realidad son necias, como la del
hombre que acumula riquezas pero se olvida de su alma (cf. Lc 12,
16-20), la del joven que no quiere seguir a Cristo porque tiene muchos bienes
(cf. Lc 18, 18-23), o la del siervo que guarda su talento en lugar de
hacerlo fructificar para el Señor (cf. Mt 25, 24-28). Son conductas
imprudentes que tienen su raíz en la falta de libertad, en la esclavitud
voluntaria a los bienes materiales, a la comodidad, al egoísmo o a la soberbia.
En la Carta a los Romanos, San Pablo distingue entre la prudencia del espíritu y la prudencia de
la carne. La primera es consecuencia de la gracia y del Espíritu Santo, que
ilumina la razón: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que
el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8, 9). La segunda procede de
las tendencias de la carne es decir, de las inclinaciones al pecado-, que son
muerte, pues «son contrarias a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni
siquiera pueden; así los que están en la carne, no pueden agradar a Dios» (Rm
8, 7-8). La prudencia del espíritu, fruto de la renovación de la mente, da la
capacidad para poder distinguir «cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo
agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).
El cristiano debe actuar de acuerdo con
la renovación de su juicio y de su capacidad para discernir la voluntad de Dios
(cf. Rm 12, 2). En este aspecto, el cristiano, renovado ontológicamente,
está en una situación distinta a la del pagano y a la del judío: el primero es
incapaz de comprender y realizar lo que es conforme a la voluntad de Dios (cf. Rm
1, 28-32); el segundo, aun conociéndola mediante la ley, no tiene la fuerza
para cumplirla (cf. Rm 2, 17-18).
Las consecuencias para la vida moral son
notables, y sólo teniendo en cuenta esta nueva prudencia se puede apreciar el
contraste entre la ética cristiana y una ética simplemente humana: es el
contraste entre la vida que se despliega según la lógica de la sabiduría
revelada en la Cruz y la vida fundada en la sabiduría humana. Para vivir de
acuerdo con la voluntad de Dios ya no basta la mera sabiduría del hombre sabio;
se requiere la sabiduría de Dios, que rebasa las luces de la razón humana. «La
sabiduría del hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su
fuerza; pero San Pablo no duda en afirmar: cuando soy débil, entonces es
cuando soy fuerte (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender cómo la
muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido, para revelar y
realizar su designio de salvación, precisamente lo que la razón considera
locura y escándalo»[96].
b)
El don de consejo
La prudencia guarda una especial relación
especial con el don de consejo: puede decirse que este don es su fuente, su fin
y su perfección[97].
El don de consejo tiene por fin dirigir
los actos del hombre conforme al plan eterno con que Dios gobierna el mundo.
Si el cristiano es fiel al don de consejo se identifica en cada uno de sus
actos con la voluntad de Dios, regla suprema de toda santidad[98]. El alma es
iluminada «directamente por Dios, que le inspira la elección de los medios y le
va indicando, gradualmente, los caminos que le conviene seguir, hasta cuando el
alma no los entiende»[99].
El Espíritu Santo cuenta, sin embargo, con
la colaboración del hombre. Para que el don de consejo pueda desplegarse
con toda su fuerza, es preciso que la inteligencia no ofrezca resistencia a su
luz. Para ello, el hombre debe poner los medios de los que dispone su razón
iluminada por la fe, para aprender las lecciones del pasado, comprender el
presente, ser dócil a los consejos, prever las consecuencias de la acción, etc.
Confiar en la iluminación del Espíritu Santo despreciando los medios ordinarios
que Dios proporciona, está fuera de toda lógica, también de la sobrenatural.
Es preciso deliberar, pedir consejo cuando
sea necesario, etc. Pero a la vez, el cristiano debe mantenerse atento y ser
dócil a las luces e inspiraciones del Espíritu Santo, que es el auténtico
Maestro interior. El hijo de Dios no encuentra contradicción entre las
inspiraciones del Espíritu y la obediencia a las enseñanzas de la Iglesia o a los consejos de quien tiene autoridad espiritual para dirigir su alma, porque el
mismo Espíritu Santo inspira esa filial sumisión a los legítimos representantes
de la Iglesia: «Quien a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10,6).
El Espíritu Santo, mediante el don de
consejo, «enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia, y guía al
alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente, cuando
se trata de opciones importantes (
). El don de consejo actúa como un
soplo nuevo sobre la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde,
lo que conviene más al alma (cf. San Buenaventura, De septem donis, VII,
5). La conciencia se convierte entonces en el ojo sano del que habla el
Evangelio (Mt 6, 22) (
). El cristiano, ayudado por este don, penetra en
el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial, de los que
manifiesta el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7)»[100].
5. La virtud ordenadora del deseo de
conocer la verdad: la estudiosidad
La estudiosidad o estudio es
la virtud que modera y orienta según la razón el deseo de conocer[101]. Como toda
actividad del hombre, si se quiere desarrollar bien, comienza por el
conocimiento y reclama, a lo largo de su ejecución, la aplicación de la mente,
la estudiosidad influye en toda la conducta[102].
La estudiosidad implica actos de diverso tipo: no sólo el estudio propiamente
dicho, o la lectura, sino también la reflexión, el diálogo y, en general, todas
aquellas acciones cuyo fin es alcanzar algún conocimiento.
Las virtudes humanas intelectuales nacen y
se desarrollan por el deseo natural de conocer la verdad. La estudiosidad dirige
ese deseo para que la persona lo aplique, de acuerdo con la prudencia, a
los diversos campos del conocimiento, especialmente al que se refiere a las
verdades necesarias para alcanzar su plenitud como persona, su felicidad y salvación.
La fe, aunque tiene un origen distinto al
de las demás virtudes intelectuales, porque es infundida por Dios en el alma, también
necesita la virtud del estudio. En efecto, el cristiano debe profundizar
cada vez más en la fe y adquirir una buena formación teológica en la medida de
sus posibilidades, a fin de conocer mejor a Dios (y así amarlo más) y poder
enseñar a otros el camino de la salvación.
El vicio opuesto es la curiosidad.
El significado más obvio de este término es querer enterarse de lo que a uno no
le afecta. De modo más preciso, la curiosidad puede definirse como el exceso
en el deseo de conocer[103]; es un modo
impertinente, moralmente malo, de ejercerlo. En realidad, a la persona curiosa
le importa más satisfacer su afán de conocer que la verdad en sí misma.
De ahí también que descuide el conocimiento de las verdades importantes para su
vida, que exigen estudio y reflexión, y oriente su conocimiento a verdades
irrelevantes, para satisfacer fácilmente sus deseos de saber.
Bibliografía
R.T. CALDERA, El
oficio del sabio, Fundación Tomás Liscano, Caracas 1991.
E. GILSON, El
amor a la sabiduría, AYSE, Caracas 1974.
J. MOUROUX, Creo
en Ti, Flors, Barcelona 1964.
J.H. NEWMAN, Discursos
sobre la fe, Rialp, Madrid 1981.
J.M. ODERO, Teología
de la fe. Una aproximación al misterio de la fe cristiana, Servicio de
publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1997.
J. PIEPER, Prudenciay Fe, en Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976.
M. RHONHEIMER, La
perspectiva de la moral. Fundamentos de la Ética Filosófica, Rialp, Madrid
2000, 267-314.
J.F. SELLÉS, Los
hábitos intelectuales según Tomás de Aquino, EUNSA, Pamplona 2008.
NOTAS:
[1] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, De Veritate, q. 16, a. 1, sol.; In II Sententiarum, d. 24, q. 2, a. 3.
[2] Cf.
S.Th., II-II, q. 47, a. 6c. y ad 1. J. Ratzinger propone sustituir el
término sindéresis, que considera problemático, por el concepto platónico de anámnesis,
«que ofrece la ventaja no sólo de ser lingüísticamente más claro, más profundo
y más puro, sino también de concordar con temas esenciales del pensamiento
bíblico y con la antropología desarrollada a partir de la Biblia» (La
Iglesia. Una comunidad siempre en camino, E. Paulinas, Madrid 1992, 108).
[3] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, In II Sententiarum, d. 24, q. 2, a. 3c.; In III Sententiarum, d. 23, q. 3, a. 2, ad 1; S.Th., I, q. 111, a. 1, ad 2; Summa contra gentes, l I, cap. 7.
[4] Decir
que la sindéresis es un hábito natural no equivale a decir que es innato,
entendiendo por innato algo que procede totalmente de la naturaleza. Sin el
conocimiento sensible, no podría formarse el hábito de la sindéresis.
[5] S.
AGUSTÍN, De Trinitate, VIII, 3,4.
[6] Cf.
S.Th., I-II, q. 94, a. 2c.
[7] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, De Veritate, q. 16, a. 2, sol.
[8] M.
RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, o.c., 276.
[9] Cf.
J. MESSNER, Ética general y aplicada, Rialp, Madrid, México, Buenos
Aires, Pamplona 1969, 25-26.
[10] Cf.
S.Th., II-II, q. 47, a. 6c.
[11] Cf.
E. COLOM-A. RODRÍGUEZ LUÑO, Elegidos en Cristo para ser santos. Curso de
Teología Moral Fundamental, o.c., 328.
[12] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, In II Sententiarum, d. 24, q. 2, a. 3, ad 4.
[13] Cf. Ibidem,
d. 39, q. 3, a. 1; d. 7, q. 1, a. 2, ad 3.
[14] Los
juicios de la sindéresis no implican la existencia de ideas innatas. Se trata
de algo análogo a lo que sucede en el plano especulativo. A la razón le basta
con conocer los términos todo y parte para que el intelecto formule de modo
natural el principio el todo es mayor que la parte. En el plano práctico,
basta con saber qué significa mentir, robar, adulterar, para que la sindéresis
capte estas acciones como contrarias a la justicia y prohíba hacerlas.
[15] Cf. S.
TOMÁS DE AQUINO, In III Sententiarum, d. 33, q. 1, a. 2, b, ad 2; De Veritate, q. 16, a. 2, ad 5.
[16] Cf. S.Th.,
I-II, q. 91, a. 3, ad 2.
[17] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, De Malo, q. 4, a. 2, ad 22; Super ad Romanos, c. 7, lc. 1/39.
[18] Cf.
M. RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, o.c., 310-311.
[19] Cf.
S.Th., II-II, q. 81, a. 2, ad 3.
[20] Cf.
S.Th., I-II, q. 63, a. 3c.; II-II, q. 47, a. 6c.
[21] Cf.
CONCILIO VATICANO I, Const. Dei Filius, c. 2. Este tema se trata en
Metafísica y en Teología Fundamental.
[22] S.
TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentes, I, c. 72.
[23] S.
AGUSTÍN, De libero arbitrio, I, 12.
[24] Un
estudio más amplio de esta cuestión se encuentra en A. SARMIENTO-T. TRIGO-E.
MOLINA,Moral de la persona, EUNSA, Pamplona 2006, 313-319.
[25] S.Th.,
I-II, q. 66, a. 5c.
[26] Cf. S.Th.,
I-II, q. 57, a. 2, ad 2.
[27] C.
FABRO, Dios. Introducción al problema teológico, Rialp, Madrid 1961, 144.
[28] S.Th.,
I-II, q. 66, a. 5, ad 1.
[29] Cf.
R.T. CALDERA, El oficio del sabio, Fundación Tomás Liscano, Caracas
1991, 23.
[30] Cf.
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, X.
[31] CEC,
n. 1806. Para un estudio completo de la virtud de la prudencia, remitimos a A.
SARMIENTO-T. TRIGO-E. MOLINA,Moral de la persona, o.c., cap. XX, donde
se exponen también las partes integrales de esta virtud.
[32] Cf.
S.Th., II-II, q. 47, aa. 1 y 2.
[33] Cf. S.
TOMÁS DE AQUINO, In Ethicorum, l. VI, lec. 7, n. 6. Cf. In III
Sententiarum, d. 1, q. 1, a. 4.
[34] Cfr.
S.Th., II-II, q. 50, aa. 1-4.
[35] Cf.
S.Th., IIII, q. 47, a. 8.
[36] Cf.
S.Th., IIII, q. 51, aa. 1 y 2.
[37] Cf.
S.Th., IIII, q. 51, a. 3.
[38] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, In Ethicorum, l. VI, lec. 9, n. 9. Eubulia, synesis
y gnome son las virtudes anejas o partes potenciales de la prudencia.
[39] Cf.
S.Th., IIII, q. 47, a. 8.
[40] M.
RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, o.c., 241. Cf. A. RODRÍGUEZ
LUÑO, La scelta etica. Il raporto fra libertà & virtù, o.c., 83ss.
[41] Cf.
S.Th., IIII, q. 53, a. 5.
[42] J.
PIEPER, Las virtudes fundamentales, o.c., 36.
[43] Ibidem, 34.
[44] Cf.
S.Th., II-II, q. 47, a. 6.
[45]
Aparece así un dilema aparentemente insoluble. Aunque exponer la solución
exigiría otras explicaciones, es suficiente decir que el dilema desaparece
cuando se considera el proceso de la adquisición de las virtudes a través de la
educación.
[46] Cf.
S.Th., I-II, q. 58, a. 5c; I-II, q. 57, a. 4.
[47] Cfr
Ph. DELHAYE, La conciencia moral del cristiano, Herder, Barcelona 1969,
197-254.
[48] Cf.
S. TOMÁS DE AQUINO, De Veritate, q. 17, a. 1, ad 4.
[49] Para
estos y otros temas que aquí no se contemplan por motivos de brevedad,
remitimos a la Teología Fundamental, a la Teología Dogmática y a la Moral Teologal.
[50] CONCILIO
VATICANO I, Const. Dei Filius, c. 3.
[51] CONCILIO
VATICANO II, Const. Dei Verbum, n. 5.
[52] DV, n. 2.
[53] DV, n. 4.
[54] CONCILIO
VATICANO I, Cons. Dei Filius. Véase también DV,
n. 5: «Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por
la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando a Dios revelador
el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asistiendo voluntariamente a
la revelación hecha por Él».
[55] CEC, n.
181.
[56] CEC, n.
151.
[57] DV, n.
5.
[58] CEC,
n. 153.
[59] JUAN
PABLO II, Audiencia, 10.V.85, 2.
[60] Cf.
CEC, n. 162.
[61] Cf.
CEC, n. 156.
[62] CEC, n.
155.
[63] CEC, n.
156.
[64] DH, n.
10.
[65]
Véanse al respecto las interesantes reflexiones de J. PIEPER en Las virtudes
fundamentales, o.c., 317-323.
[66] GS,
n. 22.
[67] S.
JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 45.
[68] JUAN
PABLO II, Audiencia, 10.V.85, 1.
[69] J.
PIEPER, Las virtudes fundamentales, o.c., 335.
[70] S.Th.,
II-II, q. 1, a. 4, ad 3. Esta luz de la fe no muestra la evidencia
del misterio, sino que, por una especie de conocimiento connatural, hace que la
mente del creyente se incline a prestar asentimiento a lo que concierne a la fe
recta y no a otras cosas (cf. ibidem).
[71] CEC,
n. 164
[72] S.
JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 46.
[73] GS,
n. 22.
[74] S.
JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, Rialp,
Madrid 2001, 72ª, n. 40.
[75] Ibidem,
n. 378.
[76] CEC,
158
[77] S.
JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 10
[78] CEC,
n. 2087.
[79] JUAN
PABLO II, Audiencia, 8-V-1991.
[80] VS,
n. 88.
[81] VS,
n. 88.
[82] VS,
n. 89.
[83] VS,
n. 89.
[84] CEC,
n. 1816.
[85] Cf.
M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 185-186.
[86] Cf.
S.Th., II-II, q. 8.
[87] M.M.
PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 185.
[88] Cf.
S.Th., II-II, q. 8, a. 3, ad 2.
[89] Cf. ibidem,
ad 3.
[90] JUAN
PABLO II, Regina Coeli, 16-IV-1989.
[91] M.M.
PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 200.
[92] JUAN
PABLO II, Regina Coeli, 23-IV-1989.
[93] JUAN
PABLO II, Regina Coeli, 9-IV-1989.
[94] Cf.
S.Th. I-II, q. 62, a. 3.
[95] Cf.
S. AGUSTÍN, De moribus Eccl. cathol., I, 15.
[96] FR,
n. 23.
[97] Cf.
S.Th., IIII, q. 52, a. 2.
[98] Cf.
M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 267.
[99] Ibidem,
271.
[100] JUAN
PABLO II, Regina Coeli, 7-V-1989.
[101] Cf.
S.Th., IIII, qq. 166167. Un estudio moderno sobre el tema puede verse en A.
MILLÁN- PUELLES, El interés por la verdad, Rialp, Madrid 1997, 161-169.
Sto. Tomás utiliza, para referirse a esta virtud, la palabra latina studiositas,
que puede traducirse por estudiosidad o estudio. El empleo de
este segundo término no debe hacer olvidar que se trata de una virtud y no de
una actividad.
[102] Sto.
Tomás incluye la estudiosidad entre las partes potenciales de la templanza
atendiendo a su función moderadora. Sin embargo, teniendo en cuenta su directa
relación con las virtudes intelectuales, se ha optado por tratarla en este
lugar. Un estudio más extenso de esta virtud, puede encontrarse en A.
SARMIENTO-T.TRIGO-E.MOLINA, Moral de la persona, o.c.,
cap. XVII.
[103] Cf.
S.Th., IIII, q. 167, a. 1.