Sumario del curso
Presentación–Introducción:
1. El concepto de virtud en la tradición filosófica y teológica
2. Las virtudes humanas
3. Las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo
4. El conocimiento del bien: sindéresis, sabiduría, prudencia y fe
5. Para que el bien sea posible: fortaleza y esperanza
6.Amar y realizar el bien: amor, justicia, caridad
7. El dominio de sí para poder amar: la templanza
Curso sobre las virtudes: La perfección de la persona (5 de 7)
Sumario
1. La afectividad sensible ante los bienes difíciles
2. La virtud de la fortaleza
2.1. Los actos
propios de la fortaleza
2.2. Fortaleza y
conciencia de la propia debilidad
2.3. Fortaleza,
prudencia y justicia
2.4. Virtudes
relacionadas con la fortaleza
3. Lapaciencia y la perseverancia
4. Lamagnanimidad y la magnificencia
5. La esperanza sobrenatural
5.1. ¿En qué
consiste la esperanza sobrenatural?
5.2. Cristo,
fundamento de la esperanza
5.3. Esperanza y
vida cristiana
6. Esperanza sobrenatural y fortaleza cristiana
6.1. La fortaleza
cristiana
6.2. La paciencia y
la perseverancia para alcanzar el Reino de Dios
6.3. La
magnanimidad y la magnificencia cristianas
7. El don de fortaleza
8. La humildad
Bibliografía
Notas
En el capítulo anterior se ha
estudiado cómo adquiere la persona el conocimiento del bien humano y
sobrenatural por medio de las virtudes intelectuales, la fe y los dones del Espíritu
Santo. Pero realizar el bien resulta, en muchas ocasiones, una tarea ardua.
Cuando se presenta ante la persona un bien difícil de conseguir, pueden
despertarse en ella diversas pasiones: la esperanza, la audacia, el temor y la
ira (1).
La virtud de la fortaleza (2), junto
con la paciencia y la perseverancia (3), la magnanimidad y la magnificencia
(4), encauza adecuadamente estas pasiones para fortalecer a la voluntad en su
búsqueda y consecución del bien a pesar de las dificultades. Gracias a esas virtudes,
los bienes difíciles se convierten en posibles de conseguir.
Pero el bien último al que debe
aspirar la persona humana es el bien sobrenatural, es Dios mismo, y no le es
posible alcanzar este Sumo Bien sólo con las virtudes humanas, necesita la virtud
teologal de la esperanza sobrenatural (5), virtud que, junto a la fe y la
caridad, transforma y abre un nuevo horizonte a la virtud humana de la
fortaleza (6).
Necesita también un don del Espíritu
Santo: el don de fortaleza, que perfecciona a la fortaleza sobrenatural (7).
Al final del capítulo, trataremos de
la humildad, virtud moderadora de la esperanza y condición de todas las
virtudes (8).
1. La afectividad
sensible ante los bienes difíciles
El hombre tiende, en razón de su propia
naturaleza, a alcanzar su bien propio: la perfección. Esta tendencia se
manifiesta no sólo en la voluntad, sino también en las demás potencias: el
entendimiento busca su bien, que es la verdad, y la afectividad sensible
persigue los bienes conocidos por los sentidos, ya sean placenteros (apetito
concupiscible) o difíciles (apetito irascible).
Cuando la inteligencia presenta un bien
concreto como posible y adecuado a la perfección del hombre, surge el deseo,
comenzando así el proceso del acto voluntario libre, que puede terminar en la
búsqueda de ese bien o en su rechazo.
Un caso especial de este proceso es aquel
en el que el bien presentado es posible pero difícil de conseguir. La
respuesta de la voluntad puede ser la esperanza: anhela ese bien y está
dispuesta a superar las dificultades que se presenten; o la desesperanza:
abandona ese bien debido a las dificultades.
Por otra parte, la esperanza de la persona
puede estar fundada o bien en sus propias fuerzas, o bien en las fuerzas de
alguien que está dispuesto a dárselas. En ese caso, la esperanza incluye la
confianza en esa persona y, por tanto, la fe en ella.
Cuando la esperanza está razonablemente
fundada tiene carácter de ilusión: el hombre esperanzado es un hombre
ilusionado. Al estar persuadido de que el bien que espera es posible, se
esfuerza en conseguirlo. «El hombre obra diligentemente a causa de la
esperanza»[1]. En cambio, cuando
no está razonablemente fundada es una falsa ilusión, una veleidad, y quien
tiene este tipo de esperanza es un iluso.
Junto a la esperanza por alcanzar un bien
humano difícil pero posible, pueden aparecer otros sentimientos o pasiones,
como la audacia, el temor y la ira. Ante un mal ausente pero que consideramos
vencible, surge la audacia: con su impulso, la persona acomete y supera
los obstáculos que se oponen a la consecución del bien; es engendrada por la
esperanza, pues quien confía alcanzar algo bueno y costoso, lucha con vigor
hasta alcanzarlo. Ante un mal ausente que se considera difícilmente evitable,
nace el temor. La ira brota ante un mal presente y difícil de
evitar. En todos los casos, se trata de pasiones que emergen ante un mal, pero
sería más adecuado decir que su causa es un bien que se quiere alcanzar o que
no se quiere perder.
La virtud humana que pone orden en estos
sentimientos o pasiones del apetito irascible es la fortaleza o
valentía.
2. La virtud de la
fortaleza
El concepto de
fortaleza puede tomarse en dos sentidos[2]: como condición
necesaria de todas las virtudes, pues todas deben ser firmes y estables; o como
virtud específica. En este caso significa la especial firmeza para resistir
y rechazar todos los peligros graves.
El Catecismo de la Iglesia
Católica la define así: «La fortaleza es la virtud moral que asegura
en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien.
Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los
obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el
temor, incluso la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.
Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por
defender una causa justa»[3].
El objeto de la fortaleza es superar
los obstáculos que provienen de las pasiones del apetito irascible y,
positivamente, ordenar dichas pasiones para que la voluntad siga los dictados
de la recta razón frente a los peligros graves o grandes males corporales,
llegando, si es preciso, hasta la muerte. Gracias a la fortaleza, la persona
puede alcanzar el bien humano.
Es importante advertir que el fin de la fortaleza
no consiste sin más en superar o vencer dificultades, sino en alcanzar el
bien cueste lo que cueste. El fuerte no busca ser herido, no busca el
sufrimiento, sino el bien. No es mejor el que más sufre, sino el que se adhiere
con más firmeza al bien. Como explica Santo Tomás, la esencia de la virtud y
del mérito radica más en lo bueno que en lo difícil[4]. No es más
meritorio lo más difícil: el mérito está en lo más difícil cuando esto sea
también lo mejor[5].
«En esta virtud lo cronológicamente
presente no se vive como agradable, proporcionado, armonioso o bello. Más bien
se sabe que es un mal: dolor, miedo, sufrimiento, dificultad. ¿Por qué ser
fuerte entonces? Por amor al bien, a causa del fin. El fin, cronológicamente no
presente, es la razón de ser del resistir en el bien pese al dolor, o a la
repugnancia, que provoca el mal actual»[6]. El valiente está dispuesto a
enfrentarse al mal, a las dificultades y sufrimientos, incluso a la muerte,
como consecuencia de su fidelidad a un bien al que considera como superior a
cualquier bien. La única razón para soportar el mal es el amor al fin, al bien
que se ama sobre todas las cosas. De ahí la necesidad de poseer una presencia
esperanzada de ese fin; en caso contrario, el esfuerzo tiende a aparecer como
absurdo.
La razón más
profunda de la necesidad de la fortaleza es la esencial vulnerabilidad del
hombre. Quien no es vulnerable no necesita ser fuerte: los ángeles y los
bienaventurados, no tienen necesidad de esta virtud. Ser fuerte supone poder
ser herido.
La fortaleza impide
caer en la cobardía, que consiste en ceder por temor ante los peligros
que se deben afrontar para hacer el bien; en la impasibilidad o indiferencia
ante los peligros que según la prudencia se deben temer; y en la temeridad,
es decir, en salir al encuentro del peligro sin causa justificada.
2.1. Los actos
propios de la fortaleza
Ser fuerte o valiente quiere decir realizar
el bien haciendo frente a las dificultades. Pero se puede hacer frente de dos
modos: atacando o resistiendo. Acometer y resistir para vivir y
realizar el bien son los momentos decisivos del ejercicio de la virtud de la
fortaleza.
Según Santo Tomás,
el acto más propio de la fortaleza es resistir[7]. Esto no quiere
decir que resistir posea un valor más alto que atacar, ni que sea más valiente
el que resiste que el que ataca, sino que la situación en la que se muestra la
verdadera esencia de la fortaleza es aquella en la que la única posibilidad que
le queda a la persona es resistir.
Resistencia no
equivale a pasividad. Por el contrario, resistir implica un enérgico acto del
alma que consiste en adherirse fuertemente al bien, que es la causa de
que el fuerte no ceda ante el peligro de ser herido o muerto[8].
La fortaleza puede
hacer uso de la ira en el acto de atacar, porque es propio de la ira
revolverse contra lo que nos causa tristeza; pero no se trata de cualquier ira,
sino de la controlada y rectificada por la razón[9].
2.2. Fortaleza y
conciencia de la propia debilidad
La fortaleza sólo es virtud cuando se apoya
en el conocimiento objetivo de las propias fuerzas y, en consecuencia,
pide y confía en la fortaleza de los demás y en la ayuda de Dios.
El poder del hombre para realizar el bien
moral se encuentra con las limitaciones propias de la naturaleza y con las
heridas del pecado original y de los pecados personales. Por eso, la excesiva
confianza en las propias fuerzas termina en la derrota.
En consecuencia, la fortaleza se fundamenta
en la virtud de la humildad (que es fruto del conocimiento propio, y
permite dejarse ayudar por la fortaleza de los demás), y en la virtud de la religión,
por la que el hombre pide a Dios la ayuda que necesita para hacer su voluntad.
2.3. Fortaleza,
prudencia y justicia
En sí misma, la fortaleza es una virtud
insuficiente. Para que alguien esté dispuesto a sufrir por y para alcanzar el
bien, primero tiene que saber cuál es el bien. De ahí que la prudencia sea
condición de la fortaleza. Así, no es valiente el que se expone alocadamente a
toda clase de peligros, pues estaría valorando cualquier cosa como mejor que su
integridad personal. La fortaleza supone una valoración prudente de lo que
se arriesga y de lo que se intenta proteger o conseguir. Al mismo tiempo,
una fortaleza que no estuviese al servicio de la justicia también sería falsa,
pues en realidad estaría al servicio del mal. Por eso afirma Santo Tomás que
«el hombre no pone su vida en peligro más que cuando se trata de la salvación
de la justicia. De ahí que la dignidad de la fortaleza sea una dignidad que
depende de la anterior virtud»[10].
2.4. Virtudes
relacionadas con la fortaleza
Como la fortaleza tiene una materia propia
muy determinada los peligros de muerte-, no tiene partes subjetivas,
pues no se divide en virtudes específicamente distintas. En cambio, sí se
pueden distinguir virtudes cuasi integrales y anejas[11].
Como se ha dicho, en la fortaleza se dan
dos actos: resistir y atacar. Para que se dé el primero se necesita:
no dejarse abatir por la tristeza ante la
dificultad de los males que amenazan, perdiendo así el valor y la grandeza de
ánimo; y
no cansarse ante la duración del mal que
hay que resistir.
Cuando estas virtudes se refieren a la
materia propia de la fortaleza, es decir, a los peligros de muerte, son a modo
de partes integrales de la misma, que no puede darse sin ellas, mientras que si
se ordenan a cualquier otra materia difícil, dan lugar a virtudes distintas de
la fortaleza, aunque unidas a ella como secundarias a la principal: la paciencia
y la perseverancia.
Del mismo modo, para que se dé el segundo
acto de la fortaleza atacar- se requieren dos virtudes:
tener el ánimo preparado para el ataque, y
no desistir en la realización de lo que se
ha comenzado.
También estas dos virtudes cuando se
refieren a materias de menor dificultad que los peligros de muerte, dan lugar a
virtudes específicamente distintas de la fortaleza: la magnanimidad y lamagnificencia.
Suelen considerarse también como virtudes
relacionadas con la fortaleza, la constancia, la longanimidad y
la mansedumbre. La constancia puede asimilarse a la perseverancia, y la
longanimidad es en cierto modo parte de la paciencia y de la magnanimidad. La
mansedumbre modera la pasión de la ira. Se opone a la iracundia,
que es uno de los vicios capitales, porque impide el juicio de la razón, que es
lo que aparta al hombre del mal[12]. Es objeto de una
de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 4), y cuando el Señor exhorta a
aprender de Él, señala concretamente esta virtud junto con la humildad:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis reposo para
vuestras almas» (Mt 11, 29).
3. La paciencia y
la perseverancia
Soportar los males más difíciles, los
peligros de muerte, corresponde a la fortaleza. Soportar los demás es el objeto
de la paciencia. De modo especial, la paciencia se ocupa de las
tristezas provocadas por las adversidades. Paciente es quien soporta de una
manera digna de alabanza, con buen ánimo, con alegría, los males presentes, sin
sucumbir a la tristeza, particularmente poderosa para impedir el bien de la
razón[13]. El impaciente, en
cambio, pierde la paz y la alegría ante las contrariedades, se queja de su
suerte y se deja dominar por la ira.
La paciencia no debe confundirse con
la actitud despreocupada y apática del que no se inquieta por nada, que
en ocasiones puede ser cómoda, y siempre imprudente. «La virtud de la paciencia
no es incompatible con una actividad que en forma enérgica se mantiene adherida
al bien, sino justa, expresa y únicamente con la tristeza y el desorden del
corazón»[14]. Tampoco tiene nada que ver con la ataraxia
del estoico, conseguida con esfuerzo, una actitud que tiene como objetivo
sentirse dueño de las situaciones, tal vez por el orgullo de no querer admitir
la dependencia de nada ni de nadie. El que ha conseguido no tener interés por
nada tampoco tiene interés por el bien.
La paciencia es dominio de uno mismo.
«Por vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (Lc 21, 19). «La
posesión explica Santo Tomás- llega consigo un dominio tranquilo; por eso
decimos que el hombre posee su alma mediante la paciencia, en cuanto que
arranca de raíz la turbación causada por las adversidades, que quitan el
sosiego al alma»[15].
La perseverancia es la virtud que
permite persistir en la realización del bien hasta el final, soportando la
duración en todos los actos de virtud[16]. La aplicación
continuada a la realización de algo difícil, la duración de la acción virtuosa,
la resistencia en el bien un día tras otro, el tedio producido por la
repetición de las cosas cotidianas, son dificultades que la virtud de la
perseverancia ayuda a afrontar. Gracias a ella, se evita la rutina, se actúa
con gusto y se supera el cansancio[17]. La perseverancia
no debe confundirse con la pertinacia o terquedad, que es el
vicio de quien se obstina en no ceder y seguir adelante cuando la prudencia
aconseja no hacerlo.
4. La magnanimidad
y la magnificencia
La magnanimidad
o grandeza de ánimo es la virtud que inclina a lo grande, a lo que es
verdaderamente digno de honor, en todo género de obras buenas. La persona
magnánima asume ideales grandes y honestos con esperanza y confianza[18]. «Parece ser la
magnanimidad el adorno de todas las virtudes, pues por ella todas las virtudes
cobran mayor realce, obrando ella los actos excelentes en la materia de las
demás. Y con estos actos todas crecen. Añádase que la magnanimidad no cabe sin
las otras virtudes; por lo cual parece añadírseles como su ornato o
complemento»[19].
«Esta virtud tiene
su raíz en la confianza intrépida en las altas posibilidades que la naturaleza
humana, admirablemente instituida y más admirablemente restaurada (Misal
Romano) por Dios, encierra dentro de sí»[20].
La grandeza de
ánimo guarda una especial relación con la pasión de la esperanza, que como se
ha visto- impulsa a la consecución de bienes difíciles. Ésta, como todas las
pasiones, necesita ser regulada por la razón, de modo que aspire sólo a bienes
arduos verdaderos y posibles. Es preciso discernir los bienes arduos verdaderos
de los falsos, y buscar los primeros según la medida de las fuerzas
disponibles. Pues bien, «la magnanimidad o grandeza de ánimo coloca a la
esperanza ante sus propias posibilidades, previniendo de la realización falsa y
ayudando al mismo tiempo a la realización auténtica». El oficio de norma
negativa de la esperanza natural lo ejerce la humildad. «De la reunión, pues,
de la grandeza de ánimo y de la humildad nace la justa ordenación de la
esperanza natural»[21].
La verdadera grandeza del hombre
consiste, sobre todo, en realizar las acciones virtuosas más perfectas, pero
también en adquirir ciencia y bienes exteriores, de los cuales el más elevado
es el honor. A primera vista podría parecer que buscar el honor es contrario a
la virtud. Ante esta objeción, Santo Tomás afirma que «son dignos de alabanza
los que desprecian los honores de modo que no hacen nada improcedente para alcanzarlos
ni los aprecian demasiado. Pero sería reprobable despreciarlos tanto que no se
cuidara de hacer lo que es digno de honor. De este modo trata del honor la
magnanimidad: procurando hacer las cosas dignas de honor, sin tenerlo en mucha
estima»[22].
Al buscar las cosas dignas de honor, el
magnánimo no busca el honor como fin (es sólo un medio o estímulo para la
virtud), ni como superior a la virtud (sólo es su recompensa). En
consecuencia, no se engríe por los grandes honores que los hombres rinden a la
virtud, pues considera que no son superiores a ella, ya que nunca puede ser
honrada suficientemente por los hombres. Del mismo modo, no se desalienta
cuando es deshonrado por los ignorantes o viciosos, incapaces de apreciar el
valor de la virtud, sino que desprecia ese deshonor como injusto[23].
El aparente conflicto entre magnanimidad y
humildad se debe o bien a un falso concepto de grandeza o un falso concepto de
humildad. La grandeza a la que aspira el magnánimo no tiene nada que ver con lapresunción, que sería empeñarse en realizar algo que rebasa las propias
fuerzas; con la ambición o deseo desordenado de honor; ni con la vanagloria,
que es buscar la propia gloria, en lugar de la gloria de Dios. Por el
contrario, el magnánimo busca la grandeza como medio para servir a los demás y
a Dios.
«Los objetivos más altos que pueden
solicitar el corazón del hombre son tres: el hombre, el bien de la comunidad y
el honor de Dios. Según esto se dan tres líneas de fuerza de la vida moral,
tres grandes virtudes generales: la magnanimidad, la justicia social, la
religión. La magnanimidad abraza toda la actividad humana para ordenarla a la
grandeza del hombre; la justicia social abarca toda la actividad humana para
ordenarla al bien de la ciudad; la religión abarca, de nuevo, toda la actividad
humana para ordenarla al honor de Dios. Entre todas estas aspiraciones no
existe conflicto, sino que reina perfecta armonía, porque la persona humana no
alcanza su grandeza, a no ser en el servicio de la comunidad y en el culto a
Dios. La magnanimidad no podrá olvidar estas perspectivas grandiosas. El hombre
ambiciona ser grande para el bien de la ciudad y para honra de Dios»[24].
La relación entre la magnanimidad y la
humildad se comprende si se tiene en cuenta que en el hombre existe, por
una parte, algo grande, los dones recibidos de Dios; y, por otra, algo
defectuoso, que se debe a la debilidad de su naturaleza. Pues bien, la
magnanimidad hace que el hombre se dignifique en cosas grandes contando con
los dones recibidos de Dios. «Así explica Santo Tomás-, si posee un ánimo
valeroso, la magnanimidad hace que tienda a las obras perfectas de virtud. Lo
mismo cabe decir del uso de cualquier otro bien, como la ciencia o los bienes
exteriores de fortuna»[25].
La humildad, por su parte, lleva al hombre
a considerarse poca cosa teniendo en cuenta sus defectos, y a reconocer que las
fuerzas que posee son un don de Dios. Por tanto, si espera alcanzar la grandeza
es por ese don de Dios. Y tendiendo a ella, rinde homenaje a Dios. No es
humildad sino pusilanimidad negarse a buscar la grandeza proporcionada a
la propia capacidad, es decir, negarse a hacer fructificar los talentos que se
han recibido.
La magnanimidad define todo un
estilo de vida que se manifiesta incluso en el porte exterior, siempre sereno.
El que se mueve mucho es el que tiende a muchas cosas y quiere realizarlas
enseguida, mientras que el magnánimo sólo se propone cosas verdaderamente
importantes, que son pocas y requieren atención. Esa misma atención a lo
realmente valioso hace que sea parco en el hablar. Evita la adulación y la
hipocresía, que indican pequeñez de ánimo. Sabe relacionarse con todos,
pequeños y grandes. Siempre antepone lo honesto a lo útil. Está siempre pronto
para hacer el bien, dar de lo suyo y devolver más de lo que ha recibido. No
teme decir la verdad cuando debe decirla. Por las cosas que de verdad valen la
pena, la persona magnánima no duda en ponerse en peligro. Confía en los demás
cuando necesita de su ayuda, y confía en sí misma en todo aquello que debe hacer
sin ayuda de otros. Desprecia los bienes materiales en cuanto no los considera
tan importantes que por ellos deba hacer algo indebido. Pero los aprecia en
cuanto le sirven de medios para realizar actos de virtud. No se enorgullece si
los posee, y no se entristece ni abate si los pierde. En las más difíciles
circunstancias permanece inaccesible a la desesperación[26].
La magnificencia
(de magnum facere, hacer algo grande) es la virtud que inclina a emprender
obras espléndidas (para el culto a Dios o para la utilidad de los hombres)
sin acobardarse ante la magnitud del trabajo o de los grandes gastos que sea
necesario realizar. Son opuestas a la magnificencia la suntuosidad y el
despilfarro, que consisten en hacer grandes gastos, pero innecesarios e
imprudentes; y la tacañería, la mezquindad, que impide gastar lo
necesario y razonable.
5. La esperanza
sobrenatural
Hasta ahora se han
considerado sobre todo las esperanzas de alcanzar bienes humanos que
perfeccionan al hombre. «A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo
llena totalmente y que no necesita de ninguna otra (
). Sin embargo, cuando
estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad no lo era
todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es
evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre
más de lo que nunca podrá alcanzar»[27]. Por la fe, el
hombre sabe que Dios le ama, que quiere salvarlo y que ha dispuesto los medios
oportunos para que pueda realmente salvarse; y sabe también que podrá unirse
plena y definitivamente con Dios, que podrá conocerlo cara a cara, amarlo y ser
amado por Él por toda la eternidad.
La fe
presenta a la voluntad este bien de la unión plena y definitiva con Dios no
como un bien utópico, sino como un bien real y posible, en razón de la
promesa divina y del poder amoroso, misericordioso y fiel de Dios.
Para que la
voluntad inicie el movimiento hacia un bien, éste tiene que ser captado como
adecuado a la perfección humana. Pero como la felicidad eterna, participación
de la Felicidad con la que son felices las Personas divinas, no es un bien
proporcionado, propio de la naturaleza humana, el deseo o amor natural no es
capaz de originar eficazmente ese movimiento. Sólo con el amor natural de su
voluntad, la persona es incapaz de desear realmente la gloria. Por tanto, para
que el hombre pueda desear para sí mismo este bien que es sólo propio de Dios,
su voluntad tiene que ser elevada, hecha semejante a la divina, por la virtud
sobrenatural de la esperanza. «Cuando Dios se revela y llama al hombre,
éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe
esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a
los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la
bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de
ofender el amor de Dios y de provocar su castigo»[28].
5.1. ¿En qué
consiste la esperanza sobrenatural?
El Catecismo de
la Iglesia Católica define así esta virtud: «La esperanza es la virtud
teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como
felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y
apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu
Santo»[29].
Es una virtud teologal:
tiene a Dios como motivo, como objeto y como fin: el cristiano espera por Dios,
espera a Dios, espera para amar a Dios.
Es una virtud sobrenatural,
un don gratuito de Dios. «La capacidad misma entitativa de esperar (ipse
habitus spei), en virtud de la cual se espera la bienaventuranza, no
procede del mérito, sino únicamente de la gracia»[30].
El acto de
esperanza es un acto de la voluntad: un anhelo, un impulso, un deseo
eficaz de Dios mismo. Se funda en la fe, por la que se conoce tanto la Bondad,
la Omnipotencia y la Misericordia de Dios, como la posibilidad de alcanzarlo en
razón de su promesa.
La elevación
sobrenatural propia de la esperanza es una participación por semejanza en la
voluntad divina, pero imperfecta, pues en Dios no hay esperanza, sino
posesión del Bien que es Él mismo. Además no es la semejanza propia de la
caridad, que lleva a amar a las Personas divinas como Ellas se aman; la
esperanza es previa a este amor, es un deseo, un impulso sobrenatural hacia el
Bien divino. Gracias a la esperanza, el hombre es capaz de querer como un bien
para sí mismo el Bien de Dios, todavía no poseído.
Cuando el amor-necesidad (eros)
y el amor-donación (ágape) se entienden como opuestos (egoísmo frente a
amor puro), se concluye fácilmente que la esperanza del Cielo no puede ser
virtud, pues manifestaría una actitud interesada. Más aún, hay quien piensa que
la persona atea que, sin embargo, se esfuerza por vivir moralmente bien,
tendría más mérito que la persona creyente, que vive bien porque espera una
recompensa. Tal modo de actuar sería más bien pecado que virtud[31]. Ahora bien, por una parte, eros
y ágape como veremos al tratar de la caridad- no se oponen
necesariamente, y, por otra, se olvida que la recompensa que el cristiano
espera es amar a Dios mismo y ser amado por Él, y que no debe esperar de Dios
algo menos que Él mismo[32]. Esperar amar a Dios no es un
interés egoísta; el que espera, se mueve por el amor.
Siendo una virtud sobrenatural, la
esperanza es, a la vez, perfectamente humana, porque «corresponde al
anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las
esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para
ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo
desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.
El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la
caridad»[33].
Es humana también porque es libre
sólo espera quien quiere esperar- y razonable, pues tiene como
fundamento la lealtad omnipotente de Dios: «Mantengamos firme la confesión de
la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa» (Hb 10, 23).
5.2. Cristo,
fundamento de la esperanza
El fundamento de la esperanza
sobrenatural es Cristo, «en ningún otro hay salvación, pues ningún otro
nombre hay bajo el cielo dado a los hombres por el que podamos salvarnos» (Hch
4, 12; cf. Hb 6, 19-20). «Pues cuando éramos todavía débiles, en el
tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. En verdad, apenas hay quien muera
por un justo; por un hombre de bien quizás se atreviera alguno a morir. Pero
Dios nos demuestra su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por
nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, nos
salvaremos por él de la ira! Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con
Dios por la muerte de su Hijo, cuánto más, una vez reconciliados, nos
salvaremos por su vida; no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios
por nuestro Señor Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación» (Rm
5, 6-11).
Más aún, «Cristo Jesús (es) nuestra
esperanza» (1 Tm 1,1), pues la esperanza no es sino la atracción que
Dios pone en el alma hacia Él, en razón de la Cruz de Cristo: «Y Yo, cuando sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto señalando de qué
muerte iba a morir» (Jn 12, 32). Cristo es el modelo, el fin, y la
gracia pone en el hombre la atracción hacia su modelo y su fin, que
tiene siempre razón de bien.
Al mismo tiempo, Cristo es el cumplimiento
real de la esperanza: «La esperanza nuestra está en Cristo, pues en Él está
ya cumplido lo que como promesa esperamos»[34]; «Todavía no vemos
lo que esperamos. Sin embargo, somos el cuerpo de aquella cabeza en la que está
realizado lo que esperamos»[35].
Por ser Cristo el fundamento de la
esperanza, ésta es firme y cierta, filial, eclesial y comunitaria.
Su certeza se fundamenta en la
fidelidad de Dios. «Dios, al querer demostrar con mayor claridad a los
herederos de la promesa la inmutabilidad de su decisión, la reafirmó con
juramento; para que, gracias a dos cosas inmutables por las cuales es imposible
que Dios mienta, los que buscamos refugio en la posesión de la esperanza que
nos es ofrecida, tengamos un poderoso consuelo, que es para nosotros como
segura y firme áncora de nuestra vida y que penetra hasta lo interior del velo
[del Templo], donde como precursor nuestro entró Jesús, constituido para
siempre Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 6, 17-20).
Sin embargo, en cuanto supone la
cooperación humana, la esperanza incluye incertidumbre y temor. Esto quiere
decir que el hombre debe tomarse en serio su libertad. Sus acciones libres
tienen trascendencia: pueden llevarle a la salvación o a la condenación eterna.
Por otra parte, tal incertidumbre
lleva al hombre a apoyarse más en Dios: «Cuando me siento capaz de todos los
horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines,
comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las
bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los
brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de El.
»Entonces estoy seguro de que Dios
no me dejará de su mano. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no
compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te
olvidaré (Is XLIX, 15)»[36].
La esperanza cristiana es esperanza filial
porque la filiación divina, don que Cristo ha ganado para el hombre, es como su
fundamento, y además está orientada a que el cristiano viva en plenitud como
hijo de Dios. Este carácter filial, después del pecado, se manifiesta en la
misericordia de Dios, y tiene como prototipo la parábola del hijo pródigo.
«En medio de las limitaciones
inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de
algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza
de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en
las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz
de destruir su esperanza»[37].
La esperanza cristiana es eclesial,
pues «la contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza
en el cuerpo vivo de la Iglesia»[38]. Dios ha querido
su Iglesia para que los hombres pudieran realizar ese encuentro con Cristo. El
fin al que ella debe servir es que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de
modo que cada uno pueda recorrer con Él el camino de su vida[39]. El hombre
descubre en la Iglesia el rostro de Cristo[40], y en Él encuentra
la misericordia de Dios, que es la razón de la esperanza para el pecador.
La esperanza cristiana no es sólo
personal, sino también comunitaria: «Nuestra esperanza es siempre y
esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza
para mí (cf. CEC, n. 1032). Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos
solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué
puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la
estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi
salvación personal»[41].
5.3. Esperanza y
vida cristiana
a) La esperanza,
primer impulso de la vida cristiana
La fe, como se ha dicho en su momento, es
la fuente de la vida cristiana, pero su primer impulso la tensión a la
perfección sobrenatural del hombre es la esperanza. Gracias a ella el
hombre es capaz de tender a su perfección moral sobrenatural para alcanzar su
fin. Sin ella quedaría inmovilizado, sin capacidad de desear, de luchar, de
avanzar.
Por la esperanza,
el hombre puede «esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le
aman y hacen su voluntad»[42]. Pero la esperanza
no es una virtud pasiva, sino activa y eficaz. No es un simple esperar
sin hacer nada. La esperanza impulsa a la lucha por amar más a Dios y a los
demás, por hacer su voluntad, es decir, a la búsqueda de la santidad. Lleva al
cristiano a no conformarse con las metas alcanzadas, porque sabe que, con la
gracia de Dios, puede llegar a más, crecer siempre en el amor. Gracias a la
esperanza, el cristiano no se desanima ante las caídas, porque sabe que siempre
le aguarda la misericordia de Dios.
En la lucha por la
santidad, la esperanza impide que el cristiano confíe sólo en sus fuerzas,
cayendo en una especie de pelagianismo, que suele tener como consecuencia el
abatimiento ante las caídas y errores. Pero impide también el extremo
contrario, la pasividad y el quietismo.
La esperanza lo espera todo de Dios; por
ello, la primera consecuencia de la esperanza es la oración de petición.
Cristo no se cansa de exhortar a sus discípulos a que pidan con confianza:
muchas son las parábolas sobre la certeza de que Dios escucha la oración de sus
hijos como el mejor de los Padres. Esa oración de petición, fundada en la
esperanza sobrenatural, se llama impetración: pedir con la seguridad de
recibir.
La vida cristiana se manifiesta así
como vida de esperanza, de deseos de Dios, de felicidad, de santidad y
fidelidad, de servicio y apostolado, para llevar a Cristo a todos los hombres. Por
eso los cristianos, viviendo la alegría en la esperanza «spe gaudentes» (Rm
12, 12), son personas ilusionadas en la venida del Reino de Dios, y eso es lo
que piden diariamente en la oración Dominical el Padrenuestro: «Venga a
nosotros tu Reino». De la esperanza nace la juventud de espíritu y una lucha
renovada por alcanzar la meta: «Mientras nuestro hombre exterior se corrompe,
nuestro hombre interior se renueva de día en día» (1 Co 4,16); «Los que
confían en Yavé renuevan sus fuerzas y echan alas como de águila y vuelan
velozmente sin cansarse y corren sin fatigarse» (Is 40,31).
b) Esperanza
sobrenatural y realidades terrenas
La esperanza
sobrenatural «asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres;
las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos»[43]. No supone la
ruptura de las esperanzas humanas, sino su adecuada continuidad y
ordenación. Es más, sin la esperanza de la vida eterna, el hombre no podría
afrontar adecuadamente su presente: «El presente, aunque sea un presente fatigoso,
se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de
esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[44].
Una de las formas actuales de
ateísmo espera la liberación del hombre principalmente de su liberación
económica y social. «Pretende que la religión, por su propia naturaleza, es un
obstáculo para esta liberación, porque, al orientar la esperanza del hombre
hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad
terrena»[45].
Sus consecuencias han sido funestas. «Las utopías que pretendieron construir la
ciudad terrena sin el cielo, o incluso contra él, han dado paso a una extendida
desesperanza: son cada vez menos los que confían con ingenua certeza que el
futuro que la humanidad pueda construir, con denodado esfuerzo prometeico, vaya
a ser indefectiblemente mejor que lo construido hasta hoy entre injusticias,
violencias y fracasos de todo tipo. Las grandes utopías inmanentistas han
entrado en crisis dejando tras de sí un amplio campo a la desesperanza; y, con
la desesperanza, al cinismo ético, que establece, consciente o
inconscientemente, el provecho propio de los individuos y de los grupos como
criterio último de la conducta humana»[46].
El carácter
escatológico de la esperanza no induce al hombre a despreciar este mundo; más
bien, lo capacita para apreciarlo en su verdadera perspectiva. «La
esperanza escatológica no disminuye la importancia de las tareas terrenas, sino
que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su cumplimiento»[47]. La esperanza
impulsa precisamente a buscar la santidad en la realización de las
actividades terrenas: a verlas no como obstáculos, sino como medios para
alcanzar la vida eterna.
La religión
cristiana no es, pues, el opio que lleva a los hombres a desentenderse de la
realidad en la que vive. Todo lo contrario. «La espera de una tierra nueva no
debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra,
donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un
cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir
cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin
embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la
sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios»[48]. El cristiano,
gracias a la fe y a la esperanza, contribuye con más claridad y empuje a
resolver los problemas que preocupan a todos los hombres, esperando de Dios los
medios oportunos.
6. Esperanza
sobrenatural y fortaleza cristiana
La fortaleza y las
virtudes con ella relacionadas, al entrar en el organismo moral cristiano, cuya
cabeza son las virtudes teologales, adquieren una nueva dimensión. El cristiano
no sólo trata de alcanzar la perfección y el bien humanos, sino el fin sobrenatural;
no busca únicamente la construcción de la ciudad terrena, sino el Reino de
Dios. En el camino que recorre para llegar a su destino sobrenatural hay
peligros, obstáculos, dificultades internas y externas. La esperanza, apoyada
en las virtudes humanas, a las que transforma dándoles un vigor sobrenatural,
«protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento»[49]. Gracias a la
esperanza, el hombre supera la tristeza y el desaliento: «Con la alegría de la
esperanza; constantes en la tribulación» (1 Ts 5,8).
En la misma
tribulación, el cristiano no pierde la alegría. La esperanza «dilata el corazón
en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva
del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad»[50]. Evita que el
hombre se reduzca a la mera consecución de metas inmanentes.
A continuación se
reflexiona sobre la transformación que se produce, por obra de la gracia, y más
concretamente por la esperanza teologal, en la virtud de la fortaleza y en las
virtudes directamente relacionadas con ella.
6.1. La fortaleza
cristiana
En la filosofía
griega, la fortaleza se entendía como fuerza de ánimo frente a las adversidades
de la vida, como desprecio del peligro en la batalla (andreía); dominio
de las pasiones para ser dueño de uno mismo (kartería); virtud con la
que el hombre se impone por su grandeza (megalopsychía). En todo caso,
se partía de que el hombre sólo posee sus propias fuerzas para librarse de los
males y del destino. Frente a la fortaleza griega, la característica
distintiva de la fortaleza cristiana es su carácter cristocéntrico.
a) Cristo, modelo
de fortaleza
El Nuevo Testamento
muestra que la fortaleza reside plenamente en Cristo, que muestra su poder
obrando milagros, revelación tangible de la potencia divina presente en Él.
Poder que concede a los apóstoles ya desde su primera misión (cf. Lc 9,
1).
El modelo de
fortaleza es Cristo.
Por una parte, a lo largo de su vida en la tierra, asume y experimenta la
debilidad humana, que se manifiesta de modo especial durante su oración en
Getsemaní (cf. Mt 26, 38ss). Pero, por otra, Cristo se mantiene firme en
el cumplimiento de la voluntad del Padre y se identifica con ella. Demuestra el
grado supremo de fortaleza en el martirio, en el sacrificio de la cruz,
confirmando en su propia carne lo que había aconsejado a sus discípulos: «No
tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed
ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno» (Mt
10, 28).
El discípulo de Cristo, que sabe que «el
Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan» (Mt
11, 12), que ha de seguir a su Maestro llevando la cruz, que tiene que
esforzarse por entrar por la puerta angosta, permanecer firme en la verdad y
afrontar con paciencia los peligros que proceden del enemigo, necesita la
virtud de la fortaleza. Pero se trata de una fortaleza sobrenatural. No
bastan las fuerzas humanas para alcanzar la meta a la que está destinado.
Es el mismo Cristo
quien comunica gratuitamente esta virtud al cristiano: «Todo lo puedo en aquél
que me conforta» (Flp 4, 13); «Por lo demás, reconfortaos en el Señor y
en la fuerza de su poder, revestíos con la armadura de Dios para que podáis
resistir las insidias del diablo, porque no es nuestra lucha contra la sangre o
la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este
mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires. Por eso, poneos la armadura de
Dios para que podáis resistir en el día malo y, tras vencer en todo, permanezcáis
firmes» (Ef 6, 10-13).
Después de su resurrección y
ascensión al cielo, Cristo envía el Espíritu Santo a sus discípulos y, con Él,
la fuerza divina que los fortalece interiormente (cf. Ef 3, 16) y les
proporciona la valentía necesaria para proclamar el Evangelio, incluso a costa
de la vida. La fortaleza divina se manifiesta en la vida de los discípulos de
muchas maneras: en el poder (dynamis) que Dios les concede para ser
corredentores con Cristo y para sufrir por la expansión del Reino (cf. Ga
1, 11); en su confianza (parresía) para proclamar la palabra de Dios sin
miedo, como Pedro el día de Pentecostés (cf. Hch 2), o en compañía de
Juan ante los miembros del Sanedrín (cf. Hch 4, 19); en su firmeza en la
fe y en las buenas obras (cf. 1 P 5, 8-9).
b) Humildad y
confianza en Dios, elementos constitutivos de la fortaleza cristiana
La concesión de la fortaleza está
condicionada al reconocimiento humilde, por parte del hombre, de su
debilidad. «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). El discípulo
debe ser consciente de su debilidad: «Llevamos este tesoro en vasos de barro,
para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y que no
proviene de nosotros» (2 Co 4, 7). Es entonces cuando encuentra su
fortaleza en la fortaleza de Dios: «Pero él me dijo: Te basta mi gracia,
porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza. Por eso, con sumo gusto me
gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de
Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las
necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy
débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 9-10).
El cristiano debe reconocer que es débil y
que no le es fácil guardar el equilibro moral. Por tanto, ha de pedir a Dios la
gracia de su luz y de su fortaleza, recurrir a los sacramentos y cooperar con
el Espíritu Santo, siguiendo sus invitaciones a amar el bien y huir del mal[51]. El conocimiento
de la propia debilidad lleva a la oración confiada, a pedir la fuerza para
hacer la voluntad de Dios y no caer en la tentación[52]. A la vez, el
cristiano debe ser consciente también de que, contando con la fortaleza divina,
puede mantenerse firme ante los peligros que sea preciso afrontar y lanzarse
con verdadera audacia a la consecución del bien.
«La ascética del cristiano exige
fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el Creador. Somos la oscuridad, y Él
es clarísimo resplandor; somos la enfermedad, y Él es salud robusta; somos la
debilidad, y Él nos sustenta, quia tu es, Deus, fortitudo mea (Ps
XLII, 2), porque siempre eres, oh Dios mío, nuestra fortaleza. Nada hay en esta
tierra capaz de oponerse al brotar impaciente de la Sangre redentora de Cristo.
Pero la pequeñez humana puede velar los ojos, de modo que no adviertan la
grandeza divina. De ahí la responsabilidad de todos los fieles, y especialmente
de los que tienen el oficio de dirigir -de servir- espiritualmente al Pueblo de
Dios, de no cegar las fuentes de la gracia, de no avergonzarse de la Cruz de
Cristo»[53].
c) La disposición
al martirio, piedra de toque de la autenticidad de la vida cristiana
En el Nuevo
Testamento se utiliza la palabra mártir para designar al testigo de
Cristo por excelencia, que es el apóstol. Sin embargo, en algunos textos
aparece ya ligada a la idea de los sufrimientos y la muerte que padecerán los
testigos a causa de su propio testimonio. El Señor predice a los apóstoles:
«Vosotros estad alerta: os entregarán a los tribunales, y seréis azotados en
las sinagogas, y compareceréis por causa mía ante los gobernadores y reyes,
para que deis testimonio ante ellos» (Mc 13, 9). Esteban será el primer
testigo que sufrirá la muerte por Cristo. En el lenguaje cristiano, la palabra
mártir designará no ya al testigo, sino al testigo dispuesto a confesar la fe
hasta la muerte[54].
La fortaleza consiste, en última instancia,
en la disposición a morir, a caer en el combate por el bien, si fuese
necesario. Una fortaleza que no conllevase la disposición de pelear hasta
morir, de morir antes que pecar, no sería verdadera fortaleza.
El martirio es acto de la fortaleza. Es propio de la
fortaleza mantener firme al hombre en el bien contra los peligros, sobre todo
contra los peligros de muerte. En el martirio, «el hombre es confirmado en el
bien de la virtud de una manera singular, al no abandonar la fe y la justicia
ante los peligros de muerte, que amenazan inminentes, en una especie de combate
particular, de parte de los perseguidores»[55].
«El martirio es el supremo
testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la
muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está
unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina
cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. Dejadme ser pasto
de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios (S. Ignacio de Antioquía, Rom
4,1)»[56].
El martirio es el acto de virtud más
perfecto,
porque es el que manifiesta la mayor perfección de la caridad, ya que tanto
mayor amor se demuestra a Dios cuanto más amado es lo que se desprecia por Él
la vida-, y más odioso lo que se elige: la muerte, especialmente si va a
acompañada de dolores y tormentos corporales[57]. Por eso,
contemplando la pasión y muerte de Cristo, se puede entrever cuánto ama al
hombre, pues «nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por sus
amigos» (Jn 15, 13).
Para que se pueda hablar propiamente
de martirio, ¿basta con que el hombre elija sufrir la muerte y mantenerse firme
en la verdad y la justicia ante los peligros de muerte, o es preciso que
padezca efectivamente la muerte que ha aceptado? Si es esencial al martirio que
el hombre dé testimonio de la fe demostrando con sus obras que desprecia todos
los bienes temporales para alcanzar a Dios, es obvio que mientras posea la vida
corporal no ha demostrado todavía de facto que desprecia todos los
bienes temporales. En conclusión, sólo se puede hablar con propiedad de
martirio cuando se sufre la muerte por Cristo[58].
La fortaleza en el martirio no consiste en
el hecho de recibir la muerte, sino en recibirla por conservar o ganar un
bien más importante. El mártir no menosprecia la vida, sino que le asigna
menos valor que a aquello por lo que la entrega. De ahí que no sea malo huir de
la muerte, salvo si supone no adherirse al bien. Con razón afirma Santo Tomás
que «no debe darse a otro ocasión de obrar injustamente; pero si él obra así,
debe soportarse en la medida que exige la virtud»[59].
El cristiano ama la
vida y las cosas de este mundo. Dios al crear vio que todo era bueno. La vida,
la salud, las cosas materiales, el dinero, etc., son bienes que el cristiano no
desprecia sino que ordena a la gloria de Dios. Si necesita desprenderse de
todos esos bienes es para conseguir bienes más altos, más importantes para el
bien de la persona.
Es mártir no sólo el que padece la
muerte por la confesión verbal de la fe, sino todo el que la padece por hacer
un bien y evitar un mal por Cristo, porque todo ello cae dentro de la
confesión de la fe. Todas las obras virtuosas, en cuanto referidas a Dios, son
manifestaciones de fe, gracias a la cual sabemos que Dios las exige de nosotros
y nos premia por ellas. Por tanto, en este sentido, todas las virtudes pueden
ser causa del martirio. Y por eso la Iglesia celebra el martirio de San Juan
Bautista, que no sufrió la muerte por defender la fe, sino por haber reprendido
un adulterio[60].
6.2. La paciencia y
la perseverancia para alcanzar el Reino de Dios
La gracia divina vigoriza
la paciencia y la perseverancia, especialmente ante la persecución y las
tribulaciones: «Hermanos míos: considerad una gran alegría el estar
cercados por toda clase de pruebas, sabiendo que vuestra fe probada produce la
paciencia. Pero la paciencia tiene que ejercitarse hasta el final, para que
seáis perfectos e íntegros, sin defecto alguno» (St 1, 2-4).
Gracias a la ayuda
de Dios, el cristiano, cuyo modelo es Cristo, vive la paciencia perdonando a
los que le ofenden, renunciando a todo deseo de venganza (cf. Mt 18,
21-35; Rm 12, 20), refrenando todo sentimiento de cólera o irritación, y
manteniendo la serenidad y la paz ante las ofensas.
El cristiano fundamenta
su paciencia en la certeza de que Dios es Sabiduría y Amor, y, por tanto,
todo lo dispone, incluso los sufrimientos y contrariedades, para el bien de los
que le aman (cf. Rm 8, 28). Además ve en los sufrimientos un medio para
purificarse de los pecados y para reparar por las ofensas a Dios, cooperando
así con Cristo en la aplicación de la redención. Como San Pablo, puede decir
que se alegra en sus padecimientos por los demás y completa en su carne lo que
falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,
24).
La paciencia
cristiana no es mera resignación ante los sufrimientos, sino aceptación
voluntaria de lo que el Señor quiere o permite; implica paz y serenidad ante
las dificultades, y agradecimiento a Dios que desea asociar a sus hijos al
misterio de la Cruz.
La perseverancia esnecesaria para salvarse: «Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero
quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10, 22). Pero gracias
a la virtud de la esperanza, el hombre puede «esperar la gloria del cielo
prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda
circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, perseverar hasta
el fin y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las
obras buenas realizadas con la gracia de Cristo»[61].
La perseverancia en
el camino de la santidad es imposible sin la gracia, y la
perseverancia hasta la muerte (la perseverancia final) requiere un auxilio
especial de Dios enteramente gratuito, que nadie puede estrictamente merecer, y
que debe pedirse confiadamente a Dios[62].
6.3. La
magnanimidad y la magnificencia cristianas
En el cuerpo de la
moral cristiana, la magnanimidad adquiere una dimensión que no poseía en la
ética pagana. La magnanimidad pagana pone la grandeza del hombre al servicio de
la sociedad. En el nuevo orden cristiano, la magnanimidad se pone al
servicio de la caridad: por amor a Dios, el hombre procura restaurar en sí
mismo la obra de Dios[63].
Al entrar en relación con la esperanza
teologal, la magnanimidad ya no espera conquistar la grandeza simplemente
humana, sino la grandeza de Dios, la santidad a la que el mismo Cristo invita:
«Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt,
5, 48); santidad que no desprecia sino que incluye la perfección humana. Se
trata de una conquista para la que no basta la fuerza del hombre: se necesita
la fuerza divina. El hombre, sin embargo, no permanece pasivo: como se ha
dicho, la virtud de la esperanza sobrenatural supone la cooperación humana.
La esperanza
teologal aparece, pues, como una magnanimidad sobrenatural que viene a
coronar la magnanimidad humana, y como la condición misma del desarrollo
completo de la magnanimidad humana:
«Aquel que para conquistar la grandeza
de Dios cuenta sólo con Dios, es también el único que tiene fundamento para
confiar en sí, bajo la dependencia de Dios, para la conquista de la grandeza
humana. Aquel que espera de Dios su salvación, la única salvación verdadera,
superior al hombre, divina, es el único que tiene derecho a contar con sus
propias fuerzas, reparadas y sostenidas por Dios, para salvar en el hombre lo
humano. Ahora bien, la esperanza divina está ofrecida a todos y por ella, como
por el don de fortaleza, queda deshecha la aristocracia de la magnanimidad
natural, y puede instaurarse el único humanismo de masa que no sea una utopía»[64].
Pero, a la vez, la
magnanimidad y la humildad son los supuestos esenciales para la conservación y
fomento de la esperanza teologal. La pérdida culpable de la esperanza tiene
sus raíces en la falta de grandeza de ánimo y en la falta de humildad[65].
Por su parte, la
magnificencia dirigida por las virtudes teologales se lanza sin miedo a la
realización de grandes obras orientadas al servicio de los demás, especialmente
de los más necesitados, y, sobre todo, al culto a Dios. En este sentido, la
magnificencia está íntimamente relacionada con la santidad, «ya que su efecto
principal afirma Santo Tomás- se ordena a la religión o santidad»[66].
Jesús alaba el gasto (unos
trescientos denarios, el sueldo de un año) que hace una mujer en Betania,
rompiendo el frasco de nardo purísimo para derramarlo sobre la cabeza del
Maestro. Ante el escándalo de los que la reprenden, Jesús afirma: «Dejadla,
¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo, porque a los pobres los
tenéis siempre con vosotros, y podéis hacerles bien cuando queráis, pero a mí
no siempre me tenéis. Ha hecho cuanto estaba en su mano: se ha anticipado a
embalsamar mi cuerpo para la sepultura. En verdad os digo: dondequiera que se
predique el Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se
contará en memoria suya» (Mc 14, 6-9).
7. El don de
fortaleza
La virtud de la
fortaleza hace fuerte al cristiano para luchar por ser fiel a Dios, pero
normalmente no evita la angustia y el miedo, los vaivenes de la sensibilidad y
la repugnancia ante el sufrimiento. Para no doblegarse ante esas dificultades,
necesita el don de fortaleza, cuya esencia consiste en revestir al hombre de
la fuerza misma de Dios.
Este don del
Espíritu Santo robustece el alma para practicar, por instinto del Espíritu
Santo, todas las virtudes heroicas con invencible confianza en superar los
mayores peligros o dificultades en la búsqueda de la santidad. Esta confianza en
la victoria es una de las diferencias fundamentales entre la virtud y el don de
fortaleza. Como afirma Santo Tomás, «la fortaleza como virtud da al alma fuerza
para soportar toda suerte de peligros, pero no puede darle la seguridad de que
se librará de todos ellos; esto lo hace el don de fortaleza»[67].
Otra consecuencia
del don de fortaleza es la completa destrucción de la tibieza, que se
debe casi siempre a la falta de fortaleza para superar las dificultades que se
oponen a la santidad.
La fortaleza del Espíritu
Santo transforma al cristiano y lo convierte en valiente testigo de Cristo
ante cualquier peligro o enemigo, como sucede a los Apóstoles el día de
Pentecostés: desaparece la cobardía que les había llevado a dejar solo a Jesús,
incluso a negarle, como Pedro, y se presentan ante el pueblo y, más tarde, ante
el Sanedrín con una valentía que nadie puede doblegar.
El don de fortaleza
no sólo lleva al heroísmo en lo grande, sino también en lo pequeño, a la amorosa
fidelidad en el cumplimiento de los deberes ordinarios de la vida.
«El
don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en
momentos dramáticos como el martirio, sino también en las habituales
condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios
principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia
valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la
verdad y de la honradez. Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, la
debilidad de la carne (cf. Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de
la naturaleza humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos
que invocar del Espíritu Santo el don de fortaleza»[68].
8. La humildad
La humildad es la virtud por la que el
hombre se domina a sí mismo para no desear lo que es superior a él[69]. Se opone a la soberbia,
que es el deseo desordenado de la propia excelencia.
La humildad tiene una importante dimensión
cognoscitiva, como se ha intentado mostrar al estudiar las virtudes
intelectuales. En este sentido, es una virtud que dispone a la persona para reconocer
la propia ignorancia y avanzar así en el conocimiento de la verdad, tanto
por sí misma como pidiendo ayuda a los demás. Dispone particularmente para
conocer y reconocer la verdad sobre Dios y sobre uno mismo: es la base que
permite adquirir la sabiduría humana y la prudencia, y prestar a Dios el
obsequio de la fe a todo lo que Él revela.
Este conocimiento, cuyo ámbito privilegiado
es la oración, hace que la persona sea consciente de su verdadera situación en
el mundo, es decir, del lugar que le corresponde respecto a Dios y a los
demás.
El conocimiento propio consiste en
saber, en primer lugar, lo que uno es desde el punto de vista propiamente ontológico:
criatura, persona ante el Absoluto, hijo de Dios, con determinadas cualidades
naturales y sobrenaturales que ha recibido y con las limitaciones propias de
todo ser humano. En segundo lugar, lo que uno es desde el punto de vista moral,
debido a la propia conducta libre: una persona con cualidades positivas y
virtudes (reconocidas sobre todo como dones) y con defectos morales, vicios o
pecados (reconocidos como causados por uno mismo).
El conocimiento de quién es Dios y de quién
es uno mismo mueve al hombre a la reverencia divina, que se convierte en
la razón por la que el hombre refrena la presunción y no se atribuye más de lo
que le pertenece según el grado que Dios le ha concedido, sujetándose así a la
sabiduría y voluntad de Dios. La reverencia divina es, por tanto, la razón de
la humildad[70].
Una vez que la persona conoce a Dios y se
conoce a sí misma, la humildad la impulsa a ser coherente con ese conocimiento
en la acción. En este sentido, la humildad es directiva de la conducta.
Santo Tomás afirma concretamente que «el conocimiento de los propios defectos
pertenece a la humildad como regla directiva del apetito»[71]. La persona
humilde actúa siempre de acuerdo con la verdad sobre Dios, sobre ella
misma y los demás. De ahí que la humildad sea condición sine qua non de
todas las virtudes, incluso de las teologales.
Esto significa que cuando la persona
humilde se plantea hacer o alcanzar un bien difícil, como conoce sus cualidades
positivas y también sus defectos y limitaciones, pone en acción las primeras
(lo contrario sería falsa humildad) y a la vez pide a Dios y a los demás la
ayuda que necesita. Así, la humildad es la base de la fortaleza y de la
esperanza.
Además, el hombre humilde, consciente de su
situación y misión en el mundo respecto a Dios y los demás, se considera
siempre como amigo y servidor. La humildad es de este modo la base de la
amistad, de la justicia y de la caridad.
«Cuando sinceramente nos consideramos
nada; cuando comprendemos que, sin el auxilio divino, la más débil y flaca de
las criaturas sería mejor que nosotros; cuando nos vemos capaces de todos los
errores y de todos los horrores; cuando nos sabemos pecadores aunque peleemos
con empeño para apartarnos de tantas infidelidades, ¿cómo vamos a pensar mal de
los demás?, ¿cómo se podrá alimentar en el corazón el fanatismo, la intolerancia,
la altanería?
La humildad nos lleva como de la
mano a esa forma de tratar al prójimo, que es la mejor: la de comprender a
todos, convivir con todos, disculpar a todos; no crear divisiones ni barreras;
comportarse ¡siempre! como instrumentos de unidad. No en vano existe en el
fondo del hombre una aspiración fuerte hacia la paz, hacia la unión con sus
semejantes, hacia el mutuo respeto de los derechos de la persona, de manera que
ese miramiento se transforme en fraternidad. Refleja una huella de lo más
valioso de nuestra condición humana: si todos somos hijos de Dios, la
fraternidad ni se reduce a un tópico, ni resulta un ideal ilusorio: resalta
como meta difícil, pero real»[72].
Por último, cuando la persona humilde crece
en unión con Dios y en las virtudes, como es consciente de sus propias fuerzas
y limitaciones, no atribuye esta riqueza a mérito propio y, por tanto, no se
enorgullece de ello, sino que lo atribuye a la ayuda de Dios y de los demás y
la agradece. Se dispone así para recibir nuevas gracias. La humildad es, por
tanto, la condición del avance en la virtud y en la santidad.
Bibliografía
J. ARANGUREN, Resistir
en el bien. Razones de la virtud de la fortaleza en Santo Tomás de
Aquino, EUNSA, Pamplona 2000.
Ph. DELHAYE, Esperanza
y vida cristiana, Rialp, Madrid 1978.
A. GAUTHIER, La
fortaleza, en Iniciación Teológica, II. Teología Moral,
Herder, Barcelona 1962.
J. PIEPER, Fortaleza
y Esperanza, en Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976.
G. REDONDO, Razón
de la esperanza, EUNSA, Pamplona 1977.
NOTAS:
[1] S.Th., I-II, q. 40, a. 8c.
[2] Cf. S.Th., II-II, q. 123, a. 2c.
[3] CEC, n. 1808.
[4] Cf. S.Th., II-II,
q.123, a.12, ad 2.
[5] Cf. S.Th., II-II, q. 27, a. 8, ad 3.
[6] J. ARANGUREN, Resistir en el
bien. Razones de la virtud de la fortaleza en Santo Tomás de Aquino,
EUNSA, Pamplona 2000, 72.
[7] Cf. S.Th., II-II, q. 123, a. 6c.
[8] Cf. Ibidem, ad
2.
[9] Cf. Ibidem, a.
10.
[10] S.Th., II-II, q. 123, a. 12, ad 3.
[11] Cf. S.Th., II-II, q.
128.
[12] Cf. S.Th., II-II, q. 158, a. 6, ad 3.
[13] Cf. S.Th., II-II, q. 136, a. 4, ad 2.
[14] J. PIEPER, Las virtudes
fundamentales, o.c., 201.
[15] S.Th., II-II, q. 136, a. 2, ad 2.
[16] Cf. S.Th., II-II, q. 137, a. 1.
[17] Cf. J. ARANGUREN, Resistir en
el bien, o.c., 279.
[18] Cf. S.Th., II-II, q. 128, a. único.
[19] S. TOMÁS DE AQUINO, In
Ethicorum, l. IV., lect. 8, n. 749.
[20] J. PIEPER, Las virtudes
fundamentales, o.c., 378.
[21]Ibidem, 379.
[22] S.Th., II-II, q. 129, a. 1, ad 3.
[23] Cf. S.Th., II-II, q. 129, a. 2, ad 3.
[24] A. GAUTHIER, La fortaleza,
en Iniciación Teológica, II. Teología Moral, Herder, Barcelona
1962, 739.
[25] S.Th., II-II, q. 129, a. 3, ad 4.
[26] Cf. S.Th., II-II, q. 129, a. 3-8.
[27] BENEDICTO XVI, Enc. Spe salvi,
30-XI-2007, n. 30.
[28] CEC, n. 2090.
[29] CEC, n. 1817. Los aspectos de la
virtud de la esperanza que aquí no se tratan, se estudian en Moral Teologal.
[30] S.Th., II-II, q. 17, a. 1, ad 2.
[31] Ante planteamientos de este tipo,
la Iglesia se vio obligada a afirmar: «Si alguno dijera que el justificado peca
al obrar bien mirando a la eterna recompensa, anathema sit». CONCILIO DE
TRENTO, Decreto sobre la Justificación, can. 31.
[32] Cf. S.Th., II-II, q. 17, a. 2.
[33] CEC, n. 1818,
[34] S. AGUSTÍN, Contra Faustum,
11, 7.
[35] S. AGUSTÍN, Sermones, 157,
3.
[36] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Vía
Crucis, Rialp, Madrid 2001, 29ª, est. 14, n. 5.
[37] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo
que pasa, o.c., n. 138.
[38] VS, n. 25.
[39] Cf. VS, n. 7.
[40] Cf. CFL, n. 46.
[41] BENEDICTO XVI, Enc. Spe salvi,
n. 48. Véase también n. 28.
[42] CEC, n. 1821.
[43] CEC, n. 1818.
[44] BENEDICTO XVI, Enc. Spe
salvi, n. 1.
[45] GS, n. 20.
[46] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Esperamos
la resurrección y la vida eterna, 26.XI.1995,
n. 24.
[47] GS, n. 21.
[48] GS, n. 39.
[49] CEC, n. 1818.
[50] CEC, n. 1818.
[51] Cf. CEC, n. 1811.
[52] Cf. CEC, nn. 2848-2849 begin_of_the_skype_highlighting 2848-2849 end_of_the_skype_highlighting.
[53] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo
que pasa, o.c., n. 80.
[54] Cf. A. GAUTHIER, La
fortaleza, o.c., 732.
[55] S.Th., II-II, q. 124, a. 2c.
[56] CEC, n. 2473.
[57] Cf. S.Th., II-II, q. 124, a. 3c.
[58] Cf. S.Th., II-II, q. 124, a. 4c.
[59] S.Th., II-II, q. 124, a. 1, ad 3.
[60] Cf. S.Th., II-II, q. 124, a. 5.
[61] CEC, n. 1821
[62] Cf. S.Th., II-II, q. 137, a. 4.
[63] A. GAUTHIER, La fortaleza,
o.c., 741.
[64]Ibidem, 742-743.
[65] Cf. J. PIEPER, Las virtudes
fundamentales, o.c., 379.
[66] S.Th., II-II, q. 134, a. 2, ad 3.
[67] S.Th., II-II, q. 139, a. 1, ad 1.
[68] JUAN PABLO II, Regina Coeli,
14-V-1989.
[69] Cf. S.Th., II-II, q. 161, a. 2c. Santo Tomás estudia la humildad dentro del tratado de la templanza, subordinándola a la
modestia. Sin embargo, afirma que es una de las dos virtudes del apetito del
bien arduo, cuya función es atemperar y refrenar el ánimo para que no
aspire desmedidamente a las cosas excelsas (cf. S.Th., II-II, q. 161, a. 1c.).
[70] «Al
refrenar la presunción de la esperanza, la razón principal se toma de la reverencia
divina, que hace que el hombre no se atribuya más de lo que le pertenece según
el grado que Dios le ha concedido. De donde se deduce que la humildad lleva
consigo principalmente una sujeción del hombre a Dios» (S.Th., II-II, q. 161, a. 2, ad 3).
[71] S.Th., II-II, q. 161, a. 2c.
[72] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de
Dios, o.c., n. 233.