Sumario
Presentación–Introducción:
1. El concepto de virtud en la tradición filosófica y teológica
2. Las virtudes humanas
3. Las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo
4. El conocimiento del bien: sindéresis, sabiduría, prudencia y fe
5. Para que el bien sea posible: fortaleza y esperanza
6.
Amar y realizar el bien: amor, justicia, caridad
7. El dominio de sí para poder amar: la templanza
Curso sobre las virtudes: La perfección de la persona (6 de 7)
Sumario
1. El amor de amistad
2. La
justicia
2.1.
¿En qué consiste la justicia?
a) La
justicia como virtud general
b) La
justicia como virtud específica o particular
c) El
objeto de la justicia
d) El
fundamento del derecho
2.2.
Justicia y amor de amistad
3. Las
especificaciones de la justicia
3.1.
La virtud de la religión
a) ¿En qué consiste
la virtud de la religión?
b) La función
ordenadora y unificadora de la religión
3.2.
Relaciones con los familiares y conciudadanos
3.3.
Relaciones con las personas constituidas en dignidad
3.4. El amor a los
benefactores: gratitud
3.5.
El amor a los necesitados: generosidad
3.6.
La manifestación externa del amor a los demás: afabilidad y virtudes de la
cortesía
3.7.
La equidad o epiqueya
3.8.
La veracidad
3.9. El justo
castigo o vindicación
3.10. ¿Amor y
justicia respecto a los seres vivos no racionales?
4. La virtud de la
caridad
4.1. ¿En qué
consiste la virtud teologal de la caridad?
4.2.
Características de la caridad
4.3. La caridad,
amor de amistad entre el hombre y Dios
4.4. El amor a los
demás hombres
4.5. El amor a uno
mismo
4.6. La caridad,
forma de todas las virtudes
4.7. La
transformación de la virtud de la religión
4.8. La caridad y
los dones del Espíritu santo
a) El don de piedad
b) El don de temor
Bibliografía
Notas
En los capítulos
anteriores hemos visto que la dinámica del obrar humano lleva consigo, en
primer lugar, conocer el bien, y, en segundo lugar, percibirlo como posible. Ahora
veremos que, en tercer lugar, hace falta amar ese bien.
En el
presente capítulo, trataremos las virtudes que perfeccionan a la voluntad y
disponen a la persona para amar eficazmente a Dios, a sí misma y a los demás.
Estas virtudes pueden resumirse en el concepto de amor de amistad (1), que es
la base humana, natural, del amor sobrenatural.
Intentaremos
mostrar que sólo a partir del amor de amistad puede entenderse adecuadamente la
virtud de la justicia (2).
A
continuación, estudiaremos brevemente las virtudes en las que se especifica la
justicia (3).
Todo
ello constituye un paso imprescindible para comprender la virtud de la
caridad, que, perfeccionada por los dones de piedad y temor de Dios, es la
madre y forma de todas las virtudes (4).
1.
El amor de amistad
La persona está naturalmente
inclinada al amor de Dios y de los demás. Tal amor, en sí mismo, no
es una virtud, sino una tendencia, pero cuando se desarrolla se convierte en
virtud y viene a ser la raíz y el fundamento de las demás virtudes morales[1].
Se puede definir el
amor de amistad, amor electivo o dilectio, como la virtud que
capacita a la persona para buscar el bien para el otro como si fuera para ella
misma: el amigo «quiere el bien para el amigo igual que si fuese para él
mismo»[2].
El
amor de amistad tiene dos dimensiones esenciales: la benevolencia y la unión
afectiva.
La
benevolencia consiste en querer de modo eficaz el bien para el otro.
Esto implica que, en la medida de sus posibilidades, el que ama procura el bien
para la persona amada. Se trata, por tanto, de un amor efectivo. No se
reduce a respetar la dignidad de la persona, ni a un sentimiento genérico de
humanidad. El amor de amistad exige poner los medios adecuados para que la
persona amada pueda alcanzar los bienes que necesita para perfeccionarse como
persona.
La
unión afectiva. El amor de amistad es algo más que la benevolencia: «conlleva
una unión afectiva entre quien ama y la persona amada, de modo que el primero
considera a la segunda como unida a él o como perteneciéndole, y por eso se
mueve hacia ella»[3].
Es, por tanto, un amor unitivo: añade a la benevolencia otro acto de la
voluntad que es la unión de afecto. Por el amor de amistad, el que ama
se hace uno con la persona amada, que es aprehendida como alter ipse,
otro yo. «Es propio del amor afirma Santo Tomás- unir al amado con el amante,
en tanto sea posible»[4].
Una
característica esencial del amor de amistad es la gratuidad: el término
del amor es el otro. La intención del que ama va hacia la persona amada y se
detiene en ella, rechazando el retorno a sí mismo como un pecado destructor de
ese amor[5].
La
gratuidad o desinterés del amor de amistad es posible gracias a la naturaleza
espiritual de la persona. Esta naturaleza tiene de particular que,
permaneciendo plenamente en ella misma, es capaz de recibir en sí y de llegar a
ser, en cierto modo, el ser de otro, de conocerlo tal cual es y de amarlo por
lo que es[6].
El
amor de amistad (que, como se ha dicho, incluye la benevolencia) difiere del amor
de concupiscencia, que es el amor con el que se aman aquellos bienes
que deseamos para alguien (uno mismo u otra persona). Esos bienes no son amados
por sí mismos, sino por ser medios para amar a otro. El amor de amistad, en
cambio, es el amor con el que se ama a la persona para la que se quieren
esos bienes[7].
En
este caso, la intención del que ama va a la persona amada y se detiene en ella.
No cabe oponer el
amor de amistad al amor a uno mismo. Es más, el amor ordenado de la
persona hacia sí misma hace posible el amor de amistad. «La forma y la raíz»
del amor de amistad afirma Santo Tomás- es el amor con el que la persona se
ama a sí misma, «ya que con los demás tenemos amistad en cuanto nos comportamos
con ellos como con nosotros mismos»[8].
El amor a uno mismo
debe distinguirse radicalmente del egoísmo; es el amor por el que la
persona quiere para sí misma los bienes que atañen a su perfección como
persona. En este sentido, la persona se debe amar a sí misma con un amor más
fuerte que el amor de amistad, pues tiene consigo misma algo superior a la
unión entre personas: la unidad.
El amor de amistad
nace como respuesta al amor recibido por la persona. La persona humana
es criatura e indigente: todo lo que es y tiene lo recibe gracias a alguien que
la ama antes de que exista. Ella misma es un don gratuito, un fruto del amor de
Dios. Además es también fruto del amor de sus padres y de todas las personas
que de algún modo le han ayudado a desarrollarse en todos los aspectos. Cuando
la persona descubre que, sin merecerlo, es amada por otros y que gracias a ese
amor es lo que es, se despierta el agradecimiento, que sólo puede
cumplirse correspondiendo con amor: nada mueve tanto al amor como
saberse amado[9].
El hombre «no puede dar únicamente y siempre,
también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.
Es cierto como nos dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de
la que manan ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante, para
llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la
primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota
el amor de Dios (cf. Jn 19, 34)»[10].
El
amor de amistad es el amor propiamente humano, igualmente alejado del amor
interesado y egoísta que del amor puramente extático.
Algunas
corrientes de pensamiento consideran que el amor humano siempre es, en el
fondo, amor interesado: el término del amor sería necesariamente el sujeto
que ama. En realidad se afirma-, la persona está siempre cerrada sobre sí
misma y es incapaz de amar desinteresadamente. El altruismo no es otra cosa que
un disfraz del egoísmo. Esta errónea concepción del amor justificaría el
anonadamiento del sujeto amado, convirtiéndolo en objeto para la propia
satisfacción.
Otras
corrientes, situándose en el extremo contrario, afirman que el amor propiamente
humano es el amor extático, que consiste en un salir totalmente de sí y
adherirse completamente al amante. Sería puro altruismo. Todo amor que no
fuera absoluta donación, sería egoísmo. Ahora bien, el amor extático o
desinteresado así entendido no es humano, pues lleva a la destrucción del
sujeto amante en provecho del amado.
Una
propuesta de solución a esta aparente aporía es la que afirma que en la persona
se dan a la vez dos amores: el eros y el ágape. Que sea o no la
solución depende de cómo se entiendan ambos conceptos. Por ejemplo, para A.
Nygren[11],
conocido defensor de este tratamiento del amor, el eros consiste en la búsqueda
del bien propio: es amor de sí, egoísmo; el segundo es un amor totalmente
desinteresado. Serían dos formas de amor irreconciliables. Nygren, en la línea
del pesimismo antropológico luterano, reduce el amor humano a eros y
considera el ágape el único amor verdadero- como amor exclusivamente
sobrenatural[12].
La
concepción del amor propiamente humano como amor de amistad resuelve las
contradicciones planteadas. En efecto, «la amistad realiza esta maravilla de
que cada uno de los sujetos en cuestión reconoce al otro como sujeto digno de
ser amado por él mismo y quiere, por tanto, eficazmente su bien, sin retorno a
sí. Además, cada uno de ellos encuentra su bien propio en esta amistad, y esto
en virtud de la voluntad del otro que le ama correspondiéndole»[13]. De este
modo, en el amor de amistad se realiza la síntesis del amor como entrega y
del amor propio ordenado. La persona ama y se entrega a Dios y a los demás,
y recibe el amor de Dios y de los demás como un don. Además, por el hecho mismo
de amar y entregarse, la persona se perfecciona y se realiza a sí misma como
persona.
Como el amor de
amistad se funda en los bienes que se comunican o comparten, existen
diferentes tipos de dicho amor, según sea el bien que se quiere para el otro o
los bienes que se comparten: por ejemplo, el bien compartido de la intimidad
conyugal, funda el matrimonio como amistad conyugal; el bien del hogar
funda la familia como amistad familiar, en la que confluyen distintos
tipos de relaciones; el bien de la cultura y de la seguridad funda la amistad
civil; el bien de la bienaventuranza divina funda la amistad con Dios yla fraternidad entre los miembros de la Iglesia[14].
2. La justicia
2.1. ¿En qué consiste la justicia?
Según
Santo Tomás, «la justicia es el hábito según el cual un hombre, con
voluntad constante e inalterable, da a cada uno su derecho»[15].
Dar al
otro lo suyo, lo que le corresponde por derecho, podría parecer que no llega al
rango de virtud, porque el que así actúa no hace otra cosa que lo mínimo que se
puede hacer. Esta objeción corresponde a un modo de considerar las acciones
propio de la ética normativa, a la que sólo le interesa si el acto externo se
ajusta a la norma, sin valorar el acto interior del sujeto que actúa. En
cambio, cuando lo que importa es la virtud, no sólo se tiene en cuenta el
efecto externo que se produce, sino la transformación interior que la acción
buena origina en el sujeto que la realiza.
Es
verdad afirma Santo Tomás- que «cuando uno hace lo que debe, no aporta
utilidad de ganancia a aquel a quien hace lo que debe, sino que solamente se
abstiene de dañarle; en cambio, obtiene utilidad para sí en cuando hace lo que
debe con espontánea y pronta voluntad, lo cual es obrar virtuosamente»[16]. Actuar con
necesidad de obligación de precepto o necesidad de fin, es decir, cuando no se
puede conseguir el fin de una virtud sin poner un medio determinado, no excluye
el mérito[17].
La
definición de S. Agustín «La justicia es el amor que tan sólo sirve a Dios»[18], es
defendida también por Santo Tomás, y muestra que en aquella está incluida la
que él propone, porque «así como en el amor de Dios se incluye el amor al
prójimo (...), así también, en el servicio del hombre a Dios, se incluye que dé
a cada uno lo que debe»[19].
Uniendo
amor de amistad y justicia, puede decirse que «la justicia es la virtud que,
sustentada en la humildad y en el amor de amistad a Dios y a los demás, inclina
al hombre a dar a cada uno lo suyo»[20].
Adviértase que en esta definición propuesta por García de Haro, la justicia
se asienta y supone el amor de amistad. No se considera, pues, la justicia
como una virtud que excluye el amor, ni el amor como una virtud que viene
desde fuera a perfeccionar la justicia. Más adelante se volverá sobre este
tema.
a) La justicia como virtud general
La
justicia puede considerarse como virtud general, en cuanto ordena todos los
actos del hombre al bien común, y, por tanto, a Dios, bien común trascendente[21]. «El bien de
cada virtud, ya ordene al hombre hacia sí mismo, ya lo ordene hacia otras
personas singulares, es susceptible de ser referido al bien común, al que
ordena la justicia. Y así el acto de cualquier virtud puede pertenecer a la
justicia, en cuanto que ésta ordena al hombre al bien común. Y en este sentido
se llama a la justicia virtud general»[22].
La
justicia general se llama también justicia legal «porque por medio de
ella el hombre concuerda con la ley que ordena los actos de todas las virtudes
al bien»[23].
De la misma manera que la caridad puede llamarse virtud general porque ordena
todas las virtudes al bien divino, la justicia legal puede llamarse general
porque ordena a todas las virtudes al bien común[24].
Desde
esta perspectiva, se puede percibir con claridad que todas las acciones del
hombre tienen relación con otro: con Dios, en primer lugar, y con los demás
hombres; y que, por tanto, todas pueden calificarse de justas o injustas.
También desde este
punto de vista se puede apreciar mejor el error del planteamiento
individualista, según el cual se puede hacer lo que se quiera, excepto lo que
dañe a otro. En realidad, todas las acciones libres del hombre tienen, en
primer lugar, una relación directa con la ley de Dios, y, en segundo lugar,
repercuten para bien o para mal en las demás personas. Concretamente, como verá
más adelante, las acciones que van contra la templanza (y virtudes subordinadas),
no sólo conciernen al sujeto, sino a la convivencia con los otros[25].
b) La justicia como virtud específica o
particular
La
virtud de la justicia es una virtud particular en cuando ordena al hombre
respecto a las cosas que se refieren a otra persona singular[26].
«La
justicia, considerada como virtud especial, contempla el bien bajo su aspecto
de debido al prójimo. En este sentido, pertenece a la justicia especial hacer
el bien bajo su aspecto de debido al prójimo y evitar el mal opuesto, esto es,
aquello que para el prójimo sea nocivo. En cambio, a la justicia general
corresponde hacer el bien debido a la comunidad o a Dios y evitar el mal
contrario»[27].
Evitar
el mal no es una pura negación. «Entraña un movimiento de la voluntad que
repudia el mal»[28],
que lleva a poner los medios necesarios para evitarlo, en la medida de lo
posible. De modo análogo, hacer el bien entraña un movimiento de la voluntad
que quiere positivamente ese bien para una persona; no consiste en hacer lo
justo sólo para evitar un mal propio, sino en querer el bien para
otro como si fuera para uno mismo.
La
justicia particular se divide en justicia conmutativa (en el campo de
las relaciones entre personas privadas), y justicia distributiva (en las
relaciones de las instituciones sociales con los individuos): son las partes
subjetivas de esta virtud.
c) El objeto de la justicia
«El
objeto de la justicia, a diferencia de las demás virtudes, es el objeto
específico que se llama lo justo. Ciertamente, esto es el derecho»[29]. El objeto de la
justicia es el derecho, entendiendo por tal ipsam rem iustam, la cosa
justa en sí misma, lo que es justo.
Por
tanto, en este sentido, el objeto de la justicia es dar al otro lo que le
corresponde, su derecho, independientemente de la actitud subjetiva del que
se lo da.
En las virtudes de
la fortaleza y la templanza, la rectitud de la acción se determina por relación
al sujeto que actúa[30];
en cambio, en el acto de justicia, lo recto se determina, en primer lugar, por
relación a otro sujeto, «pues en nuestras acciones se llama justo a aquello
que, según alguna igualdad, corresponde a otro, como la retribución del salario
debido por un servicio prestado. Por consiguiente, se llama justo a algo, es
decir, con la nota de la rectitud de la justicia, al término de un acto de
justicia, aun sin la consideración de cómo se hace por el agente»[31].
Las otras virtudes
morales tratan sobre las pasiones, cuya rectificación se considera en relación
al sujeto. El medio en esas virtudes se determina en relación con el mismo
sujeto virtuoso. «En estas virtudes el medio es únicamente según la razón, con
respecto a nosotros». «Pero la materia de la justicia es la operación exterior,
en cuanto que esta misma, o la cosa de que se hace uso, tiene respecto de otra
persona la debida proporción. Y, en consecuencia, el medio de la justicia
consiste en cierta igualdad de la proporción de la cosa exterior a la persona
exterior»[32].
Esto quiere decir
que si una persona debe a otra 100 euros, lo justo es darle 100 euros, ni más
ni menos; y esta es la única condición esencial para que se pueda decir que se
ha dado al otro lo justo, o para que el otro pueda decir que ha recibido lo
justo. Y por eso, para saber que una acción es injusta basta con saber si se ha
dado exactamente lo debido. Desde un cierto punto de vista, por tanto, en la
virtud de la justicia, «lo que primeramente importa... es la acción exterior
del hombre»[33].
Ahora
bien, este es sólo un aspecto del objeto de la justicia: la materia o acción
exterior que exige[34],
porque la virtud no sólo se define por el acto externo, sino también por su dimensión
inmanente. No se vive la virtud de la justicia si falta en la persona el
orden interior que debe tener hacia el otro, y ese orden interior no es sólo el
respeto, sino el amor. La única actitud verdaderamente justa respecto a una
persona es amarla de tal manera que se quiera para ella el bien: se
trata de un amor de amistad que entraña benevolencia y afecto.
El
primer objetivo de la justicia es «ordenar al hombre en las cosas que están en
relación con el otro»[35].
Por tanto, no sólo ordena la acción externa, sino también al hombre mismo que
la realiza. El primer efecto de la justicia es que el hombre, en sí
mismo, tenga la voluntad ordenada por la recta razón para que actúe bien en las
relaciones con los demás. Esta es la dimensión inmanente de la justicia.
El acto externo de
dar a una persona lo suyo, sin el acto interno de amor a esa persona, es sólo
el cadáver de la virtud. Se cumple materialmente con la justicia, se da lo
justo, pero no basta con eso para ser virtuoso: es preciso que el acto interior
sea un acto de justicia con la otra persona. Y lo justo en las relaciones con
los demás, lo que merecen en justicia por ser personas, es ser tratadas con
amor de amistad.
Vivir la virtud
implica, como se ha visto, facilidad, prontitud, firmeza y alegría. «No es
justo afirma Aristóteles el que no se alegra de las operaciones justas»[36]. El que las
realiza porque no queda más remedio, cumple sí con el objeto material de la
justicia, pero no vive la virtud de la justicia.
Si se desliga el
acto exterior del interior, no se entiende que el cometer injusticia sea peor
que padecerla. «El cometer una injusticia sobre mi persona le reporta más
perjuicio al responsable del acto que a mí mismo, a pesar de ser su víctima»[37].
«Dondequiera
que se dé la justicia en su pleno sentido, la acción externa será expresión de
una interna afirmación por la que el otro es reconocido y confirmado en lo que
se le debe»[38].
Reconocido y confirmado habría que añadir- como persona. Y la persona
sólo es reconocida y confirmada como persona cuando es amada.
Es una
herencia del pensamiento moderno reducir la justicia al cumplimiento meramente
externo de lo que es debido a otro, independientemente de la intención con que
se realice tal cumplimiento, es decir, sin importar que la acción justa sea
movida por el amor al bien de la otra persona o por intereses egoístas. Esta
concepción de la justicia está unida a una visión legalista de la ética, a la
moral de obligaciones y al utilitarismo.
En una
visión más propia de la ética de las virtudes, la justicia se considera
intrínsecamente unida al amor debido a los demás. La justicia se basa en el
amor natural de amistad que existe entre los hombres, y que les lleva a
ayudarse y asistirse mutuamente. Sustentado en ese amor, el hombre justo da a
los demás lo que les corresponde, según la ordenación divina. «No existe
distancia entre el amor al prójimo y la voluntad de justicia. Al oponerlas
entre sí, se desnaturalizan a la vez el amor y la justicia»[39].
Gracias
a este amor natural, el hombre no necesita ninguna virtud moral para hacer a
los demás lo que le gustaría que a él le hiciesen, o para amar al prójimo
como a sí mismo. Sin embargo, la tendencia de la voluntad al bien propio es por
naturaleza más fuerte que la tendencia al bien ajeno. Y por eso, necesita la
virtud de la justicia, que le permite tender al bien para los demás con la
misma determinación, constancia y alegría con las que tiende por naturaleza al
bien propio[40].
Cuando
el hombre es justo, se alegra de darle al otro el bien debido, como si fuese un
bien propio, y le resulta atractivo buscar el bien para los demás: ama al
prójimo como a sí mismo. Por tanto, la justicia es la virtud que hace querer
bien a los demás y querer para ellos el bien debido; es la benevolencia en
el campo de aquello que se debe al otro y que, por tanto, es su derecho. Es
la primera realización del amor de amistad[41].
d) El fundamento del derecho
«Si el
acto de justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, es porque dicho acto
supone otro precedente, por virtud del cual algo se constituye en propiedad de
alguien»[42].
Ese
acto precedente es el acto creador: «Por la creación empieza
primeramente el ser creado a tener algo suyo»[43].
Este acto no es, a su vez, un acto de justicia, pues Dios no es deudor. En
último término, lo que el hombre es y tiene lo recibe de Dios como don, por
Amor. Se puede afirmar, por tanto, que la justicia entre los hombres tiene comofundamento último el amor de Dios. En consecuencia, todo acto de
justicia realizado por los hombres debe estar fundado también en al amor a los
demás.
Para
determinar el fundamento de los derechos de la persona no basta decir que ha
sido creada por Dios, pues todo ser ha sido creado, y no todos tienen derecho.
Es preciso añadir que, si la persona tiene derechos, es precisamente por ser
persona, es decir, un ser espiritual, dueño de sus propios actos en vista a
su propia perfección.
2.2. Justicia y amor de amistad
En el
apartado 1 se ha dicho que el amor de amistad se especifica según el bien
que se comparte y el tipo de comunidad. Ahora hay que añadir, con Santo Tomás, que
«la justicia se diversifica según las diferentes amistades»[44].
Es decir, la justicia recibe de la amistad su especificidad.
La justicia
consiste ciertamente en dar a cada uno lo suyo, lo que le es debido; pero lo
suyo, lo que le es debido, se ha de especificar según un criterio: el de la
amistad establecida y el puesto que cada uno ocupa en ella[45].
Así, la amistad civil implica vivir determinados actos de justicia, distintos a
los que comporta la amistad conyugal, la amistad familiar o la fraternidad en la Iglesia.
La justicia necesita
del amor de amistad: es su fundamento, su origen y su finalidad[46], porque lo que
mueve a la acción justa es el bien de la persona. Sin amor, como se ha visto,
no puede existir la justicia como virtud. Además, la justicia adquiere diversas
modalidades según los diversos amores de amistad.
Pero
el amor, a su vez, necesita de la justicia para poder actuar eficaz y
justamente, porque debe ser dirigido por la razón, que le señala la verdad
sobre el bien. En efecto, el amor no es el único criterio para saber si una
acción es buena: es preciso que ese amor responda a la verdad del bien para la
persona. Se quiere de verdad a una persona cuando se buscan para ella los
bienes convenientes a su perfección como persona y de acuerdo con la relación
con ella establecida, según los bienes que se comparten[47]. Se puede
decir, por tanto, que la justicia es una dimensión intrínseca de la amistad,
porque determina el modo según el cual se debe querer un bien para la persona
amada. La amistad será recta si quiere para el otro los bienes a los que tiene
derecho[48].
«El amor y la justicia se integran. Esta
integración es posible una vez que se supera una concepción del amor basada en
el sentimiento y se abre a la comprensión del amor como una unión afectiva,
gracias a la cual se genera una amistad que posibilita un acto singular,
amar, entendido como querer un bien para la persona amada. La justicia sería
una calificación del modo en que se debe querer dicho bien: a causa de un
derecho. No quererlo sería negar el amor a la persona. Por una parte, la
justicia sin la especificación que implica cada tipo de amistad se encontraría
con la dificultad de no saber determinar lo que es justo; por otra, la justicia
es la primera realización del amor de amistad»[49].
Como es lógico, el
amor no se agota en la promoción de los bienes que le son debidos a la otra
persona, porque puede empujar a la generosidad, sobrepasando lo debido, pero
sin salirse nunca del orden del amor.
3.
Las especificaciones de la justicia
A los
diversos tipos de amistad corresponden, como se ha dicho, diversos tipos de
justicia. A
continuación se estudian las virtudes que nacen como especificaciones del amor
de amistad-justicia. Pueden considerarse como sus partes potenciales o virtudes
adjuntas.
Teniendo en cuenta
todo lo anterior, estas virtudes pueden definirse en función del tipo de
amistad, incluyendo siempre la justicia como elemento intrínseco.
3.1. La virtud de la religión
a)
¿En qué consiste la virtud de la religión?
La religión es la
virtud moral que inclina al hombre a dar a Dios el amor, el respeto, el
honor y el culto debidos como primer principio de la creación y gobierno de todas
las cosas[50]. A
Dios le debe el hombre un amor eminente e ilimitado, que se manifiesta en la
gratitud, el desagravio, la adoración y la obediencia.
Al tratar la virtud de la sabiduría, se
dijo que la humildad y el reconocimiento de Dios como Creador engendran en la
persona el deseo de corresponder a su amor. Cuando el hombre
conoce a Dios como Creador del ser humano y del cosmos (sabiduría), puede
comprender su propio ser, su vida y todas las cosas del mundo como un don
concedido por Dios, a quien, por tanto, debe el reconocimiento de su total
dependencia y el agradecimiento por todos los bienes recibidos.
La respuesta
adecuada al don de Dios no puede ser otra que el amor. Ahora bien, la
relación con Dios no es de igualdad, sino asimétrica: es la relación de
la criatura con el Creador, de quien lo ha recibido todo gratuitamente. En
consecuencia, debe reconocer su señorío absoluto con la adoración y la
obediencia, y sobre todo manifestarle su agradecimiento, que implicala entrega total de sí mismo y de todo lo que ha recibido. La
mejor manera de corresponder al Amor de Dios Creador es, precisamente, esa
entrega total por amor. Como afirma Santo Tomás, «la justicia tiende a que el
hombre, en la medida de sus fuerzas, dé lo suyo a Dios, sometiéndole totalmente
su alma»[51]. La gratitud
aparece así, por tanto, como la respuesta adecuada, el acto religioso más
perfecto.
Otra consecuencia de la relación creatural
con Dios es pedirle perdón por los propios pecados y realizar actos de
penitencia, como un modo de de restituirle, en la medida de lo posible, la
gloria debida, que ha sido usurpada por la ofensa del pecado. La penitencia,
virtud especial pero directamente relacionada con la virtud de la religión,
consiste en dolerse del pecado cometido en cuanto ofensa a Dios, con el
propósito de enmendarse[52].
b)
La función ordenadora y unificadora de la religión
Aunque la virtud de
la religión tiene unos actos específicos, abarca en realidad la entera vida de
la persona, pues todas las acciones, por el hecho de ser realizadas para la
gloria de Dios, pertenecen a esta virtud, en cuando son imperadas por ella.
Por esta razón, puede decirse que religión y santidad se identifican[53],
y que la religión tiene la preeminencia entre todas las virtudes morales[54].
La virtud de la
religión no puede ser considerada, por tanto, como una virtud más entre otras,
pues debe animar y configurar toda la vida del cristiano: «Ya comáis, ya
bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1
Co 10, 31; cf. Col 3, 17). La religión desempeña, en consecuencia,
una importante función arquitectónica en la vida de la persona: dirige
todas sus acciones a la gloria de Dios, y no a la búsqueda desordenada de la
propia excelencia; la mueve a vivir las exigencias de la justicia como glorificación
de Dios, constituyendo así la garantía más fundamental de la justicia en la
sociedad; y ordena su relación con el mundo, a fin de que toda la creación
glorifique a Dios a través del hombre[55].
La virtud de la religión asegura, de este
modo, la unión de culto y moralidad. El verdadero culto a Dios, que
implica el deseo sincero de cumplir su voluntad, exige vivir todas las demás
virtudes morales. Jesús fustiga la falta de amor, como contradictoria con el
verdadero espíritu de adoración a Dios (cf. Mt 12, 1-14), y hace propias
las palabras de Oseas (6, 6), según las cuales vale más la misericordia que el
sacrificio. En la predicación apostólica aparece con frecuencia la exigencia de
unidad del culto a Dios y el cumplimiento de su voluntad en todos los campos de
la vida: «La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre es ésta: visitar
a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y preservarse de la
corrupción de este siglo» (St 1,27).
3.2. Relaciones con los familiares y
conciudadanos
La familia
y la patria, en las que se entrecruzan diversas relaciones, son el ámbito de
diversas e importantes virtudes:
el amor
paterno-filial o amor de los padres hacia los hijos, que comporta criarlos
y educarlos adecuadamente;
el amor
esponsal entre los cónyuges, que, además de ser fiel, casto y abierto a la
vida, debe crecer y alimentarse con manifestaciones concretas de amor;
la fraternidad
o amor entre los hermanos;
la piedad
o amor de los hijos hacia los padres, que se expresa de múltiples formas: con
la obediencia, las muestras normales de afecto y respeto, la ayuda material y
espiritual, la asistencia a los padres ancianos, etc.
el amor
a la patria, que consiste en honrar y servir a los conciudadanos, con los
que cada persona tiene una gran deuda porque de una manera u otra han
colaborado para que fuese posible su vida y educación[56]. Un
importante deber que lleva consigo el amor a la patria (y no sólo el
amor a uno mismo y a la familia) es el trabajo, porque es el medio con
el que cada persona sirve más directamente a los conciudadanos, y con el que
satisface de algún modo la deuda que tiene con ellos.
3.3. Relaciones con las personas
constituidas en dignidad
Se
emplean diversos términos para referirse a la virtud por la que se honra y
respeta a las personas constituidas en dignidad, es decir, a quienes poseen
cierta excelencia por su rango, unida o no al poder de gobernar (autoridades,
maestros, ancianos, etc.): observancia, sumisión, acatamiento, respeto,
veneración, etc.[57]
Debido
a la excelencia de su estado, se les debe honor; por su oficio de
gobernar, se les debe obediencia.
El
honor es el reconocimiento de la excelencia de una persona. Se
manifiesta siempre mediante signos exteriores: palabras, hechos, regalos,
homenajes, etc., que deben corresponder sinceramente al acto interior de
reconocimiento[58].
La
obediencia a los mandatos justos tiene como fundamento la autoridad
del superior, recibida directa o indirectamente de Dios: «Que todo hombre
se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga
de Dios; y las que existen, por Dios han sido constituidas. Así pues, quien
resiste a la autoridad, resiste al plan de Dios» (Rm 13,1-2). La
obediencia no se opone a la libertad; por el contrario, es un acto de
libertad, a condición de que ésta se entienda como el poder de hacer el
bien por propia determinación, porque uno quiere, y no como el poder de hacer
una cosa o su contraria[59].
Por ser libre, la obediencia es meritoria, porque la causa principal de que una
acción sea virtuosa y meritoria es su procedencia de la voluntad[60].
3.4.
El amor a los benefactores: gratitud
El
amor hacia las personas de las que se ha recibido algún beneficio se traduce en
la gratitud. «La virtud del agradecimiento o gratitud tiene por objeto la
retribución con que uno paga libremente una deuda de pura cortesía»[61].
«El
mismo orden natural exige que quien recibe un beneficio se sienta movido a
expresar su gratitud al bienhechor mediante la recompensa, según su propia
condición y la de aquél»[62].
Pero así como el beneficio consiste más en el afecto que en el efecto, en la
gratitud lo principal es el afecto con el que se agradece el beneficio
recibido[63].
3.5. El amor a los necesitados: generosidad
La virtud de la generosidad
o liberalidad consiste en el recto uso recto de los bienes[64],
y presupone que el corazón esté desprendido de esos bienes. Citando a San
Agustín, el doctor Angélico enseña: «Es virtuoso usar bien de aquello que
podríamos usar para el mal. Ahora bien, podemos usar bien o mal no sólo lo que
está en nosotros, como las potencias y pasiones, sino también lo exterior, es
decir, las cosas materiales que se nos dan para sustentar nuestra existencia. Y
como el uso recto de estos bienes pertenece a la liberalidad, ésta es virtud»[65].
La generosidad no
consiste propiamente en dar mucho, sino en la disposición del donante[66].
«El afecto es el que hace rica o vil la dádiva y el que da valor a las cosas»[67].
Así entendida, la generosidad tiene todas las características de la solidaridad.
3.6. La manifestación externa del amor a
los demás: afabilidad y virtudes de la cortesía
La
amistad general que de modo natural debe reinar entre los hombres se manifiesta
también en el trato externo: la afabilidad o amabilidad[68]. Esta virtud
consiste en expresar esa amistad, incluso ante desconocidos, de diversas
maneras: por medio de palabras, actitudes y modos de actuar (formas sociales,
formas de buena educación, cortesía, urbanidad, etc.), que son de gran
importancia para que la convivencia sea grata, propia de personas que sienten
respeto y amor entre ellas. Cuando la amabilidad es verdadera virtud, las
formas en las que se expresa tienen como contenido el respeto y amor a
los demás. Sin ese contenido no habría verdadera virtud, y sus expresiones
se convertirían en formulismos vacíos motivados por algún tipo de interés.
El
hecho de que en determinados ambientes se vivan las buenas formas de modo
interesado o hipócrita, no es motivo suficiente para eliminarlas. La verdadera
solución consiste en que las personas vuelvan a valorar la amistad, que es el
alma de esta virtud y de todas las virtudes sociales. La experiencia muestra
además que despreciar las buenas formas influye en la desaparición de su
contenido. El fondo, bueno o malo, tiende a manifestarse en las formas, y las
formas, buenas o malas, influyen en el cambio de fondo.
3.7. La equidad o epiqueya
La equidad
o epiqueya es la virtud que consiste en dejar a un lado la letra de
la ley humana cuando cumplirla sería cometer una injusticia, y hacer, por
amor a los demás, lo que en esos casos pide el espíritu de la ley, es decir, la
justicia y el bien común[69].
Santo Tomás pone como ejemplo el caso de la ley que manda devolver a otro lo
que nos ha dado en depósito: si alguien reclama un arma en depósito, en estado
de demencia, o para atacar a la patria, sería pernicioso e injusto cumplir la
ley a rajatabla.
3.8. La veracidad
La veracidad
es la virtud que inclina a la persona a decir la verdad y a manifestarse al
exterior, con sus acciones y palabras, tal como es interiormente[70].
Su función consiste en establecer la conformidad de las acciones y palabras con
la realidad que ellas expresan, como el signo con la cosa significada[71].
El Catecismo de la Iglesia Católica la define como «la virtud que
consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus
palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía»[72].
Algunas virtudes
especialmente relacionadas con la veracidad son la sinceridad, la sencillez
y la fidelidad.
En sentido amplio,
la sinceridad se identifica con la veracidad. En un sentido más restringido, es
la veracidad del hombre en sus íntimas y personales relaciones con Dios.
También la sencillez
puede asimilarse a la virtud de la veracidad. Según Santo Tomás, sólo las
separa una mera diferencia racional: la veracidad se llama así cuando los
signos concuerdan con lo significado; se llama, en cambio, sencillez o
simplicidad cuando no se tiende a diversos objetivos, a saber, procurar
internamente una cosa y buscar externamente otra[73].
La sencillez hace referencia, por tanto, a la conexión entre la intención del
hombre y el camino que toma para realizarla. Puede definirse como la virtud
«por la que en el hombre concuerdan sus intenciones íntimas con el modo en que
las expresa y las pretende realizar»[74].
La fidelidad es la
virtud que dispone al hombre a mantener aquello que ha prometido[75].
Mientras la veracidad consiste en la conformidad de las palabras y acciones con
las realidades que expresan, la fidelidad es la conformidad de lo que se ha dicho
con lo que se hace.
3.9.
El justo castigo o vindicación
Hacia
aquellos que injurian, el amor a Dios, a los demás y a uno mismo se traduce en
el castigo justo o vindicatio. Esta virtud «consiste
en guardar la proporción debida en el castigo, habida cuenta de todas las
circunstancias»[76].
En el
castigo justo es importante tener en cuenta la intención de quien lo impone. Si
lo que busca principalmente es el mal del castigado y se complace en él,
realiza una acción moralmente mala. La acción que ha de ser ejercida por quien
tiene jurisdicción- debe estar motivada por la búsqueda de un bien al que se
llega mediante el castigo del culpable: «por ejemplo, su
enmienda o, por lo menos, el que se sienta cohibido, la tranquilidad de los
demás, la conservación de la justicia y del honor debido a Dios»[77].
Directamente
relacionada con esta virtud se encuentra la clemencia, una de las partes
potenciales de la templanza, que atempera la ira y calma el deseo de venganza,
suavizando la pena. El vicio opuesto es la crueldad.
3.10.
¿Amor y justicia respecto a los seres vivos no racionales?
El amor a Dios sobre todas las cosas lleva
consigo también el amor ordenado a todas las cosas creadas: como medios para
servir a Dios, a los demás y a uno mismo[78].
El Catecismo de la Iglesia Católica sitúa el respeto a los seres vivos en el contexto del séptimo
mandamiento de la ley de Dios y, por tanto, de la virtud de la justicia. «Los
animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf.Mt 6,16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf. Dn
3,57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza
trataban a los animales S. Francisco de Asís o S. Felipe Neri»[79].
Los animales, como el resto de la
creación, están confiados a la administración del hombre. Puede servirse de
ellos para el alimento y la confección de vestidos, para su trabajo y su ocio.
También son moralmente aceptables los experimentos médicos y científicos en
animales, «si se mantienen dentro de límites razonables y contribuyen a curar o
salvar vidas humanas»[80].
Los seres vivos no son sujetos de
derechos, ni es necesario tratarlos como si los tuvieran, para asegurar
su cuidado. Lo importante es que la persona cumpla sus deberes respecto a
Dios, a sí mismo y a los demás; el respeto y cuidado de la naturaleza
vendrá como necesaria consecuencia.
Los
defensores de los «derechos de los animales», suelen fundamentarlos en el hecho
de que sufren o de que tienen una cierta conciencia. Pero lo que constituye a
alguien en sujeto de derechos es el ser persona. Ni siquiera una persona es
sujeto de derechos por el hecho de que sufra o tenga conciencia, sino por ser
persona.
La
afirmación de que los animales no tienen derechos no se basa en el hecho de que
no tienen poder de exigirlos. Tampoco los derechos de las personas dependen de
ese poder. El intento de fundamentar la ética ecológica en la concesión de
derechos a los animales, supone la existencia de una oposición conflictiva
entre el hombre y la naturaleza: una concepción que debe ser superada.
El hecho de que los animales no sean
sujetos de derechos no quiere decir que puedan ser tratados de cualquier
manera. Hacerlos sufrir inútilmente o gastar sin necesidad sus vidas, es
contrario al plan de Dios sobre la creación y, por tanto, contrario a la
dignidad humana. Como también lo es invertir en ellos sumas que deberían
emplearse en remediar la miseria de los hombres, o desviar hacia los animales
el afecto debido únicamente a las personas[81].
4.
La virtud de la caridad
4.1.
¿En qué consiste la virtud teologal de la caridad?
«La caridad es la
virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y
a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios»[82].
En Dios no tiene
sentido hablar de fe ni de esperanza. En cambio, en Dios hay amor. Más aún,
«Dios es Amor» (1 Jn, 4, 18). En consecuencia, el amor que Dios da al
hombre lo da como una participación de su propio Amor, del Amor con que se ama
a sí mismo y a cada una de sus criaturas, del amor con que el Padre y el Hijo
se aman y espiran al Espíritu Santo, del mismo Espíritu Santo en cuanto Amor.
Como se ha dicho al
comienzo de este capítulo, el amor de amistad está fundado en la capacidad de
la naturaleza humana de abrirse a los otros, acogerlos como son y reconocerlos
como dignos de ser amados por sí mismos, queriendo eficazmente su perfección
como personas. Pues bien, «la caridad asegura y purifica nuestra facultad
humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino»[83].
El objeto propio del amor de Dios son las Personas divinas Padre, Hijo y
Espíritu Santo. De este modo, el hombre puede amar a las Personas divinas como
Ellas se aman entre sí.
Gracias a la
caridad, el cristiano puede aceptar de un modo limitado, por ser creado la donación
real que las Personas divinas hacen de sí mismas al hombre; y donarse a sí
mismo a Dios, participando en la Comunión divina de Personas que es Dios.
Aunque la caridad
es una virtud única e indivisible, se dirige a Dios, a lo demás y a uno
mismo. El motivo de la caridad es la Bondad de Dios, y ese es también el motivo por el que el hombre debe amar todo lo que Dios ama y como Él lo ama:
en primer lugar, a sí mismo y a los demás hombres, incluso a los enemigos y
pecadores, con amor de caridad, pues en todos los hombres se refleja la Bondad divina, todos han sido creados a su imagen y semejanza, y por todos ha muerto Cristo
para justificarlos, convertirlos en hijos y destinarlos a la misma felicidad;
y, en segundo lugar, a todos los seres creados, tratándolos no como quien es su
dueño absoluto, sino como colaborador de Dios y administrador de sus bienes.
4.2.
Características de la caridad
La caridad o
amistad sobrenatural entre Dios y el hombre tiene unas características
específicas[84]:
Es un amor nuevo,
sobrenatural, gratuito, participación del amor mismo de Dios, que «ha
sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha
dado» (Rm 5,5).
Es un amor de naturaleza divina,
muy superior, por tanto, a las capacidades connaturales al alma humana.
Es la forma de todas las
virtudes, porque gracias a ella los actos de todas las virtudes se ordenan al
fin último y debido.
La fe es el fundamento de todas las
virtudes y el comienzo de la salvación humana, pero la unión con Dios mediante
la fe tiene por finalidad la unión con Él en el amor de caridad.
El Espíritu Santo hace amar al
Padre como el Hijo lo ha amado, a saber, con un amor filial que se
manifiesta en el grito: Abbá, pero que se extiende a todo el comportamiento
de quienes, en el Espíritu, son hijos de Dios.
Bajo el influjo del Espíritu, toda
la vida se transforma en un homenaje al Padre, lleno de reverencia y de
amor filial.
4.3.
La caridad, amor de amistad entre el hombre y Dios
«Ya no os llamaré
siervos, sino amigos» (Jn 15, 15). «La caridad afirma Santo Tomás-
significa no sólo amor de Dios, sino también cierta amistad con Él, la cual
añade al amor la correspondencia en el mismo con cierta comunicación mutua»[85].
Esta amistad con Dios, «que consiste en cierto trato familiar con Él, comienza
aquí en la vida presente por la gracia y culminará en la vida futura por la
gloria»[86].
Como tal amor de
amistad, la caridad es un amor de benevolencia recíproco entre Dios y el
hombre, que está fundado en una comunicación de bienes; es unión de afectos y
voluntades.
Dios ama al
hombre, lo invita a ser su amigo y quiere eficazmente su bien: «Tanto amó
Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en
él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16); «Nadie tiene
amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Dios comunica
al hombre no sólo el ser, la vida y todos los bienes creados, sino también su
propia bienaventuranza[87]:
«Nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por
estos lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4). Más
aún, puede decirse que Dios se da a Sí mismo al hombre: ya en esta vida,
se entrega realmente al hombre en la Eucaristía, que «significa y realiza la comunión de vida con Dios»[88].
El Señor no sólo ha querido ser amigo del hombre y elevarlo por la caridad a la
amistad con Él, sino también que esa unión de amistad íntima se realizase y
permaneciese por la recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo: «Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).
La amistad que Dios
ofrece, pide ser correspondida por el hombre. Por ser imagen de Dios, el hombre
tiene la tendencia y la capacidad de amar a Dios como su Creador y Señor, con
un amor que es total: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda
tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento» (Mt
22, 3738). Pero Dios no quiere que el hombre le ame con amor de siervo, sino
de amigo (cf. Jn 15, 15), y le concede la gracia -y, con ella, la virtud
de la caridad- para elevarlo a la categoría de amigo e hijo. En consecuencia,
el amor total a Dios tiene la característica de amistad filial que se
reconoce en el Corazón de Cristo, en el cual «el Espíritu Santo, el lazo de
amor entre el Padre y el Hijo, encuentra [
] un Corazón humano»[89].
Pero, ¿qué
significa amar a Dios con amor de caridad, con amor de amistad filial?:
Amar a Dios por
Sí mismo con amor de benevolencia, es decir, porque es en sí y por sí
amable, por su Bondad.
Alegrarse y
complacerse en los bienes divinos, porque el que ama se goza en el bien del
amado: «Si me amarais, os alegraríais, pues voy al Padre» (Jn 14, 28).
Gozarse por la
presencia Dios, porque el amor causa gozo por la presencia del amigo: Dios
está presente en el hombre que le ama, por su amorosa inhabitación: «Si alguno
me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos
morada en él» (Jn 14, 23).
Desear aumentar
los bienes divinos en cuanto sea posible para el hombre y promover
eficazmente la gloria de Dios. Esto lleva, por una parte, a entregarse a Él, a
orientar la vida entera a su gloria, no como una cosa más entre otras, sino
como finalidad última de toda acción: «Tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis
cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31); y
por otra, a querer que todos los hombres conozcan y amen cada vez más a Dios,
especialmente por medio de una vida ejemplar y del apostolado: «Que te alaben
los pueblos, oh Dios, que todos los pueblos te alaben» (Sal 67, 4).
Identificarse con su Voluntad y
cumplirla. Como se desprende de todo lo anterior, el amor de caridad hacia
Dios ha de ser eficaz y no sólo afectivo. Jesucristo afirma claramente:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 14). Y San Juan
enseña: «Hijos míos, no amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de
veras» (1 Jn 3, 18). «La caridad recuerda San Josemaría Escrivá- no es
algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de
todos los hombres»[90].
Amar a Dios sobre todas las cosas implica
cumplir sus mandamientos, porque la obediencia es la primera manifestación
del amor filial: «Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad
guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: Permaneced en mi amor. Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 9-10)»[91].
La caridad lleva a la unión de voluntades: idem velle, idem nolle; a
querer lo que Dios quiere, como lo quiere y cuando lo quiere: «Vosotros sois
mis amigos si hacéis lo que os mando» (Jn 15, 14).
La amistad entre el
hombre y Dios fue querida por Él desde el principio. Perdida por el pecado
original, Él la ha restituido por Cristo de una forma más profunda: no por
razón de la sangre, sino por la del espíritu (cf. Jn 1, 12-13), y
llamando al hombre a participar de la familia divina: «En esto se manifestó
entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo
para que recibiéramos por él la vida. En esto consiste el amor: no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como
víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4, 9-10).
4.4.
El amor a los demás hombres
El amor a Dios implica el amor a los demás.
En la intimidad del Cenáculo, dice Jesús a los Apóstoles: «Un mandamiento nuevo
os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a
otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos
a otros» (Jn 13, 34-35). Y poco después, insiste: «Este es mi
mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn
15, 12). Se trata de un mandamiento nuevo por varios motivos: por el
modelo de este amor, que es el amor de Cristo por los hombres; y por su medida
y modo, pues debe ser universal y absoluto: amar como Cristo ama.
«Jesús hace de la caridad el mandamiento
nuevo. Amando a los suyos hasta el fin (Jn 13,1), manifiesta el
amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el
amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: Como el Padre
me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor (Jn
15,9). Y también: Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como
yo os he amado (Jn 15, 12)»[92].
Al amor de amistad entre los hombres,
basado en la comunicación de diferentes bienes, la caridad añade la
comunicación de un bien propiamente divino: la bienaventuranza divina.
Esta constituye ahora el sumo bien del hombre, compartido con aquellos a
quienes ha sido dado. Los otros hombres son amados en esta amistad precisamente
en cuanto participan de este bien divino o son llamados a él[93],
y lo que se desea para el prójimo según el amor de caridad es, precisamente, el
bien de la bienaventuranza plena[94].
De este modo, el amor de caridad incluye,
perfecciona, sana y eleva todos los demás amores entre los hombres. Santo
Tomás explica que con aquellos que están unidos a nosotros, tenemos diversas
amistades, dependiendo del modo de unión con ellos. Pero, desde el momento en
que el bien sobre el que se funda cualquier amistad honesta está ordenado, en
cuanto fin, hacia el bien sobre el que se funda la caridad (la
bienaventuranza), se deriva de ello que la caridad impera el acto de cualquier
amistad. Se podría decir, por tanto, que de esta manera la caridad se convierte
en la madre de todas las demás amistades[95].
El amor de caridad es un reflejo del Amor
Paterno de Dios a los hombres: es un amor fraterno: de hijos de Dios a
los hijos de Dios. La caridad hacia los demás implica amarlos siempre por sí
mismos, por su valor como personas e hijos de Dios copartícipes, por tanto, de
la bienaventuranza divina-, superando sus limitaciones y defectos. Es un amor
que busca ayudar a los demás en sus necesidades especialmente, las
espirituales y tiene carácter de misericordia; un amor que es universal y
vence al mal con la abundancia de bien, cuya máxima manifestación es
perdonar a los enemigos.
Ese amor y las obras que implica son fruto
de la acción del Espíritu Santo en el alma: «La caridad con la que formalmente
amamos al prójimo es una participación de la caridad divina. Y esa
participación se realiza por obra del Espíritu Santo, que así nos hace capaces
de amar no sólo a Dios, sino también al prójimo, como Jesucristo lo amó. Sí,
también al prójimo, porque habiéndose derramado el amor de Dios en nuestros
corazones, podemos amar a los hombres e incluso, de algún modo, a las mismas
criaturas irracionales como las ama Dios»[96].
El amor al prójimo es la manifestación y
la medida del amor a Dios: «Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su
hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede
amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a
Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21).
El amor a los demás crece y se hace
plenamente efectivo gracias a la participación en el sacramento de la Eucaristía. Este Sacramento recuerda Benedicto XVI- «tiene un carácter social, porque en la
comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan:
El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo,
porque comemos todos del mismo pan, dice san Pablo (1 Co 10, 17). La
unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se
entrega. No puedo tener a Cristo solo para mí; únicamente puedo pertenecerle en
unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí
mismo para ir hacia Él y, por tanto, también hacia la unidad con todos los
cristianos. Nos hacemos un cuerpo, aunados en una única existencia. Ahora, el
amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a
todos hacia sí»[97].
4.5.
El amor a uno mismo
La caridad por la que se ama a los demás
como Dios los ama y porque Dios los ama, lleva consigo que la persona se ame
a sí misma como y porque Dios la ama. La caridad es amistad del hombre con
Dios y, por tanto, con todos aquellos a los que Dios ama. Entre estos se
encuentra el hombre mismo que tiene caridad. En consecuencia, el hombre debe
amarse a sí mismo con amor de caridad[98].
Este amor se concreta en tender a la
propia perfección sobrenatural y a la salvación eterna: querer ser
partícipes de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4), desear ser santos
como el Padre Celestial es Santo (cf. Mt 5, 48), identificarse con
Cristo y vivir la filiación divina, realidad que debe impregnar la
inteligencia, la voluntad y los afectos. Y para ello, poner los medios humanos
y sobrenaturales: vivir las virtudes, recibir los sacramentos, hacer oración,
etc. En general, todo acto de amor a Dios y a los demás es, al mismo tiempo, un
acto bueno de amor a uno mismo.
El amor de caridad a uno mismo no sólo
conserva el amor natural de sí mismo, sino que lo eleva y perfecciona. Los
deberes que se derivan de ese amor natural (asumido ahora por la caridad), como
amar y respetar el propio cuerpo, apreciar la vida terrena, desarrollar las
capacidades naturales, ejercitar la propia profesión, procurar el progreso en
beneficio propio y de los demás, defender y ejercitar la propia libertad, etc.,
adquieren su sentido pleno.
4.6.
La caridad, forma de todas las virtudes
Que la caridad es
la forma o fin de todas las virtudes quiere decir que ordena a todas
las virtudes al fin último. La función de las virtudes es relacionar a la
persona con el fin; pero como el fin del hombre es sobrenatural (la amistad con
Dios), las virtudes sin la caridad no pueden ponerlo en relación con dicho fin.
Por tanto, no hay ninguna virtud verdadera sin la caridad[99].
«Se dice que la
caridad es fin de las demás virtudes porque las dirige hacia su propio fin. Y
puesto que una madre es la que concibe en sí misma al otro, en este sentido se
llama a la caridad madre de las demás virtudes, ya que, por el apetito del fin
último, concibe los actos de las otras virtudes imperándolos»[100].
«La caridad, que es
el amor de Dios, impera a todas las demás virtudes, y aunque sea una virtud
específica atendiendo a su propio objeto, por el influjo de su imperio es común
a todas las otras virtudes, por lo que se dice que es forma y madre de todas
ellas»[101].
El Catecismo de la Iglesia Católica recoge brevemente esta doctrina: «El ejercicio de todas las virtudes
está animado e inspirado por la caridad. Esta es el vínculo de la perfección
(Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las
ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana»[102].
Sólo con la caridad
los actos de las demás virtudes tienen mérito sobrenatural. En este sentido
se dice que la caridad vivifica a las demás virtudes, o que éstas sin la
caridad están muertas: no porque no puedan obrar por sí mismas, sino porque
sus actos no son directamente eficaces en el orden sobrenatural.
En consecuencia, la
caridad es la más importante de todas las virtudes: «Si no tengo
caridad, dice también el apóstol, nada soy. Y todo lo que es privilegio,
servicio, virtud misma... si no tengo caridad, nada me aprovecha (cf. 1 Co
13,1-3). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las
virtudes teologales: Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas
tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad (1 Co 13,13)»[103].
La caridad es la
virtud más perfecta. Todas las virtudes disponen al hombre a su
bien, pero el bien del hombre es la visión de Dios. Por ello, sólo la caridad
merece el nombre de virtud perfecta, o, al menos, toda virtud regulada e
informada por la caridad[104].
Por todo lo dicho,
los diez mandamientos pueden resumirse en la caridad con Dios y con el prójimo:«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda
tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40).
4.7.
La transformación de la virtud de la religión
Se ha estudiado la
virtud de la religión como parte potencial de la justicia. Pero en el organismo
de las virtudes cristianas, regido por las virtudes teologales, la religión
adquiere una dimensión nueva.
Mientras que el
objeto propio de la virtud de la religión son los medios para dar gloria a
Dios: los actos internos y externos de culto[105],
las virtudes teologales tienen como objeto directo a Dios creído, esperado y
amado; por ellas, el hombre se une íntimamente a Dios, establece un contacto
directo con Él. En consecuencia, en la vida moral de la persona cristiana, las
virtudes teologales son el alma de la virtud de la religión. Su raíz ya no
es meramente natural, sino sobrenatural: la fe, la esperanza y la caridad son,
en el cristiano, la causa de los actos propios de la religión.
«Las virtudes teologales pueden
imperar a la virtud de la religión, cuyos actos se ordenan a Dios. He aquí por
qué S. Agustín dice que a Dios se le da culto con la fe, la esperanza y la
caridad»[106].
En efecto, el culto a Dios presupone que la persona cree en Dios, uno y trino,
principio y fin de todas las cosas, que tiene la esperanza de que Él acepta sus
dones, y que su voluntad está conformada a la de Dios por la caridad.
La ordenación del
hombre a Dios (ordo hominis ad Deum), propia de la religión, es ahora,
gracias a la fe, ordo filiorum, in Christo, ad Patrem, per Spiritum Sanctum.
La relación con Dios del hombre redimido es la relación de un hijo en el Hijo,
con su Padre, lleno del amor del Espíritu Santo.
En consecuencia, los actos de la virtud
de la religión son también transformados. La oración, por ejemplo, se
convierte en trato personal con las tres divinas Personas, primer fruto de la
vida de fe y elemento central en la vida de los hijos de Dios. En cierto modo,
fe y oración se identifican, ya que la fe es la respuesta a la llamada de Dios
a su Revelación y eso ya es oración. «Oración y vida cristiana son
inseparables»[107].
Vivir de fe es vivir en oración, en trato continuo con Dios, ya sea con el
pensamiento, con las palabras o con las obras.
Como la caridad
realiza la comunión del cristiano con Dios, el culto debido al Creador objeto
de la virtud de la religión- queda transformado por la amistad entre el
hombre y Dios y adquiere mayor dignidad. Por otra parte, mientras la
religión confiere el carácter cultual a la vida moral convirtiéndola en
culto a Dios, la caridad la transforma en donación amorosa a Dios.
El cristiano, que
participa de la función sacerdotal de Cristo, ofrece toda su vida como ofrenda
viva, santa, agradable a Dios: este es su culto espiritual (cf. Rm
12,1). Refiriéndose especialmente a los laicos, afirma el Concilio Vaticano II:
«Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar,
el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el
Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo
ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo
(cf. 1 P 2,5)»[108].
Si la virtud de la religión, como se ha
visto, exige una vida moral coherente, ésta sólo puede darse plenamente si la
persona enraíza toda su vida en la Eucaristía, Sacramento de la caridad. En efecto, en ella, como afirma Benedicto XVI, «fe, culto y ethos se
compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el
encuentro con el agapé de Dios. Así, la contraposición usual entre culto
y ética simplemente desaparece. En el culto mismo, en la comunión
eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros»[109].
Por último, es
importante tener en cuenta que en el cristiano se da un influjo recíproco
entre la religión y las virtudes teologales. Así, la devoción es causada
por la caridad, pues por amor se dispone uno a servir con prontitud a Dios;
pero también la caridad se nutre de la devoción, al igual que toda amistad se
conserva y crece por el intercambio de muestras de afecto y por la meditación[110].
4.8.
La caridad y los dones del Espíritu santo
Suele
relacionarse con la caridad el don de sabiduría, debido sobre todo a la íntima
influencia del amor en el conocimiento del amado. Sin embargo, se ha tratado
este don en el ámbito de la fe por ser esencialmente un don de carácter
intelectual. En este apartado se estudian brevemente los dones más directamente
relacionados con la justicia y la caridad: el don de piedad y el don de temor.
a)
El don de piedad
Es el don por el que «rendimos a Dios
nuestro culto y cumplimos nuestros deberes para con Él, por instinto filial,
puesto en nosotros por el Espíritu Santo»[111].
El don de piedad, que se extiende a todas
las formas de la virtud de la justicia, da al cristiano la conciencia gozosa
y sobrenatural de ser hijo de Dios y hermano de todos los hombres y lo
impulsa a imprimir en todas sus relaciones con Dios y con los demás el sentido
filial y fraterno, característico de los miembros de una misma familia[112].
«El Espíritu de piedad no es otra cosa que
ese Espíritu de Amor que procede del Hijo y anima a todos los hijos adoptivos,
a los que hace musitar con él ¡Abba, Padre!»[113].
Con palabras de Juan Pablo II, mediante el
don de piedad, «el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo
abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. La ternura,
como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La
experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas
dejan en el alma, suscitan en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para
obtener gracia, ayuda y perdón. El don de piedad orienta y alimenta dicha
exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con
Dios, experimentado como Padre providente y bueno (
). La ternura, como
apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la
mansedumbre (
). El don de piedad, además, extingue en el corazón aquellos
focos de tensión y de división, como son la amargura, la cólera, la
impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de
perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana
que se fundamenta en la civilización del amor»[114].
b)
El don de temor
El don de temor lleva a reverenciar la
majestad de Dios y a temer, como teme un hijo, apartarse de Él, no corresponder
a su amor. «Timor
Domini sanctus. -Santo es el temor de Dios. -Temor que es veneración del
hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano»[115].
«Es el sentimiento sincero y trémulo
explica Juan Pablo II- que el hombre experimenta frente a la tremenda
maiestas (tremenda majestad) de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre
las propias infidelidades (
). Esto no significa miedo irracional, sino sentido
de responsabilidad y de fidelidad a su ley. El Espíritu Santo asume todo este
conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente, ello no
excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas
y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la
misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere
la salvación eterna de todos. Con este don, el Espíritu Santo infunde en el
alma, sobre todo, el temor filial, que es el amor de Dios: el alma se
preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en
nada, de permanecer y de crecer en la caridad (cf. Jn 15, 4-7). De
este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende
toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de
la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos»[116].
Se relaciona con la esperanza, la religión,
la humildad, la templanza, pero de modo especial con la caridad, porque, como
afirma Juan Pablo II en el texto que se acaban de citar, el don de temor
infunde «el temor filial, que es el amor de Dios». El temor de Dios sólo
se puede entender desde el amor filial.
«Fundada en la
caridad, se eleva el alma a un grado más excelente y sublime: el temor de amor.
Esto no deriva del pavor que causa el castigo ni del deseo de la recompensa.
Nace de la grandeza misma del amor. En esa amalgama de respeto y afecto filial
en que se barajan la reverencia y la benevolencia que un hijo tiene para con un
padre, el hermano para con su hermano, el amigo para con su amigo, la esposa
para con su esposo. No recela los golpes ni reproches. Lo único que teme es
herir el amor con el más leve roce o herida. En toda acción, en toda palabra,
se echa de ver la piedad y solicitud con que procede. Teme que el fervor de la
dilección se enfríe en lo más mínimo»[117].
Bibliografía
R.T. CALDERA, Sobre
la naturaleza del amor, Cuadernos de Anuario Filosófico, nº 80, Servicio de
Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1999.
H. FITTE, Dejarse
amar por Dios. La Fe, la Esperanza y la Caridad, Rialp, Madrid 2008.
G. GILLEMAN, El
primado de la caridad en teología moral, Desclée de Brouwer, Bilbao 1957.
J. NORIEGA, Amistad
y justicia, el papel de la experiencia primordial del amor, en L. MELINA-J.
NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Una luz para el obrar. Experiencia moral, caridad y
acción cristiana, Palabra, Madrid 2006, 199-215.
J.J. PÉREZ-SOBA, Justicia
y amor, en L. MELINA-J. NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Una luz para el obrar.
Experiencia moral, caridad y acción cristiana, Palabra, Madrid 2006,
217-255.
J. PIEPER, Justicia
y Amor, en Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976.
S. PINCKAERS, La
renovación de la moral, Ed. Verbo Divino, Estella 1971.
P.J. WADEL, La
primacía del amor. Una introducción a la ética de Tomás de Aquino, Palabra,
Madrid 2002.
NOTAS:
[1] Cf. R. GARCÍA
DE HARO, La vida cristiana, EUNSA, Pamplona 1992, 625-628; C. CARDONA, Metafísica
del bien y del mal, EUNSA, Pamplona 1987, 210: «La primera de todas las
virtudes tiene que ser la del amor mismo».
[2] S. TOMÁS DE
AQUINO, Summa Theologiae (en adelante: S.Th.), I-II, q. 28, a. 1.
[3] S.Th.,
II-II, q. 27, a. 2c.
[4] S.
TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentes, IV, c. 54.
[5] Cf. S. PINCKAERS,
La renovación de la moral, Ed. Verbo Divino,
Estella 1971,
390.
[6] Cf. Ibidem,
397.
[7] Cf.
S.Th., I-II, q. 26, a. 4.
[8] S.Th.,
II-II, q. 25, a. 4c.
[9] S. TOMÁS DE
AQUINO, In duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta, proem.
[10] BENEDICTO XVI,
Enc. Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 7.
[11] A.
NYGREN, Eros und Agape. Gestaltwandlungen der christlichen Liebe, 2
vol., Gütersloh 1930, 1937. Para un estudio crítico de la posición de Nygren, cf.
J. PIEPER, Las virtudes fundamentales, o.c., 477ss.
[12] En la encíclica Deus
caritas est, Benedicto XVI, retomando los conceptos de eros y ágape,
explica cómo ambas dimensiones del amor, si se entienden adecuadamente, se
integran en el amor cristiano.
[13] S. PINCKAERS, La
renovación de la moral, o.c., 391.
[14] Cf. J. NORIEGA, Amistad y
justicia, el papel de la experiencia primordial del amor, en L. MELINA-J.
NORIEGA-J.J. PÉREZ-SOBA, Una luz para el obrar. Experiencia moral, caridad y
acción cristiana, Palabra, Madrid 2006, 204ss.
[15] S.Th. II-II, q. 58, a. 1c.
[16] S.Th., II-II, q. 58, a. 3, ad 1.
[17] Cf. Ibidem, ad 2.
[18] S.
AGUSTÍN, De moribus Eccl. cathol., 1 c. 15.
[19] S.Th.,
II-II, q. 58, a. 1, ad 6
[20] R. GARCÍA DE HARO,
La vida cristiana, o.c., 628.
[21] Cf.
S.Th., II-II, q. 58, aa. 5-6; I-II, q. 109, a. 3; q. 100, a. 6.
[22] S.Th., II-II, q. 58, a. 5c.
[23] Ibidem.
[24] Cf. S.Th., II-II, q. 58, a. 6c.
[25] Cf. J. PIEPER, Las virtudes
fundamentales, Rialp, Madrid 1976, 108-109.
[26] Cf. S.Th., II-II, q. 58, a. 7c.
[27] S.Th., II-II, q. 79, a. 1c.
[28] S.Th., II-II, q. 79, a. 1, ad 2.
[29] Ibidem.
[30] Cf. S.Th., II-II, q. 57, a. 1c.
[31] S.Th., II-II, q. 57, a. 1c.
[32] S.Th., q. 58, a 10c.
[33] S. TOMÁS DE AQUINO, In Ethicorum,
l. 5, 1, n. 886.
[34] S.Th., II-II, q. 58, a. 11c.
[35] S.Th., II-II, q. 57, a. 1c.
[36] ARISTÓTELES, Ethic. 1, c. 8,
n. 12 (1099a 18). Citado en S.Th., q. 58, a. 9, ad 1.
[37] PLATÓN, Gorgias, 508.
[38] J. PIEPER, Las virtudes
fundamentales, o.c., 111-112.
[39] CONGREGACIÓN
PARA LA D. DE LA FE, Inst. Libertatis conscientia, 22-III-1986, n. 57.
[40] Cf. M. RHONHEIMER, La
perspectiva de la moral, Rialp, Madrid 2000, 247-248.
[41] Cf. Ibidem,
248.
[42] S. TOMÁS DE AQUINO, Summa contra
gentes, II, c. 28.
[43] Ibidem.
[44] S. TOMÁS DE AQUINO, In Ethicorum,
l. 8, lec. 9, 68.
[45] Cf. J. NORIEGA, Amistad y
justicia, el papel de la experiencia primordial del amor, o.c., 210.
Especialmente en este apartado, tenemos muy presentes las certeras reflexiones
de este autor.
[46] Cf. Ibidem.
[47] Cf. Ibidem,
248ss.
[48] Cf. Ibidem, 211.
[49] Ibidem, 214-215.
[50] Cf.
S.Th., II-II, q. 81, a. 3c.
[51] S.Th.,
II-II, q. 57, a. 1, ad 3.
[52] Cf.
S.Th., III, q. 85, a. 3c.
[53] Cf.
S.Th., II-II, 81, 8.
[54] Cf.
S.Th., II-II, 81, 6.
[55] Cf. M. RHONHEIMER,
La perspectiva de la moral, o.c., 254-255.
[56] El
amor a la patria no es un amor excluyente: no impide sentirse ciudadanos del
mundo, unidos a todos los hombres y solidarios respecto a los que tienen
especiales necesidades, y sentir admiración y agradecimiento por todas las
cosas buenas de los demás pueblos. El amor a la patria no puede identificarse
con la ideología política del nacionalismo que diviniza la propia patria o
nación, faltando a la justicia con otros pueblos.
[57] Cf.
S.Th., II-II, q. 103, a. 1.
[58] Cf.
S.Th., II-II, q. 103, a. 1.
[59] Cf.
S.Th., II-II, q. 104, a. 1, ad 1.
[60] Ibidem, ad 3.
[61] S.Th.,
II-II, q. 106, a. 1, ad 2.
[62] S.Th.,
II-II, q. 106, a. 3c.
[63] Ibidem, ad 5.
[64] Cf.
S.Th., II-II q. 117, a. 1c.
[65] S.Th.,
II-II q. 117, a. 1c.
[66] S.Th.,
II-II, q. 117, a. 1, ad 3.
[67] Ibidem.
[68] Cf.
S.Th., II-II, q. 114. Santo
Tomás emplea aquí el término amistad como equivalente a afabilidad.
[69] S.Th.,
II-II, q. 120.
[70] Cf. S.Th., IIII,
q. 109, a. 1c; a. 3, ad 3.
[71] Cf. Ibidem,
a. 1, ad 2.
[72] CEC, n. 2468.
[73] S.Th., IIII, q. 111, a. 3.
[74] I.J. DE CELAYA,
Voz Sencillez, Gran Enciclopedia Rialp, XXI, Madrid 1979, 173.
[75] Cf.
S.Th., IIII, q. 110, a. 3, ad 5.
[76] S.Th.,
II-II, q. 108, a. 2, ad 3.
[77] S.Th., q. 108, a. 1c.
[78] Un amplio estudio
sobre las relaciones del hombre con la naturaleza se puede encontrar en A.
SARMIENTO-T. TRIGO-E. MOLINA, Moral de la persona, EUNSA, Pamplona 2006,
VI Parte. En este apartado se considera únicamente la relación de la persona
con los seres vivos no racionales.
[79] CEC, n. 2416. El
29 de noviembre de 1979, Juan Pablo II declaró a San Francisco de Asís patrono
de los ecologistas (cf. Carta Apostólica Inter Sanctos, AAS 71, 1509ss).
[80] CEC, n.
2417.
[81] Cf. CEC,
n. 2418.
[82] CEC, n. 1822. Como
en los casos de la fe y la esperanza, el estudio exhaustivo de esta virtud
corresponde a la Moral Teologal.
[83] CEC, n. 1827.
[84] Cf.
JUAN PABLO II, Audiencia General, 2.V.91.
[85] S.Th.,
I-II, q. 65, a. 5c.
[86] Ibidem.
[87] Cf.
S.Th., II-II, q. 23, a 1c.
[88] CEC, n. 1325.
[89] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa: Homilías, Rialp, Madrid, 2000, (38ª), n. 169.
[90] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid
2001, n. 62.
[91] CEC, n. 1824.
[92] CEC, n. 1823.
[93] Cf.
S.Th., II-II, q. 26, a. 4c.
[94] Cf. J. NORIEGA, Amistad
y justicia. El papel de la experiencia primordial del amor, o.c., 213-214.
[95] Cf.
S.Th., II-II, q. 26, a. 7c.
[96] JUAN PABLO II, Audiencia
general, 22.V.91.
[97] BENEDICTO XVI,
Enc. Deus caritas est, n. 14. Véase también CEC, n. 1396.
[98] Cf. S.Th., II-II,
q. 25, a. 4.
[99] Cf.
S.Th., II-II, q. 23, a. 7; S.Th., I-II, q. 66, a. 1c.
[100] Ibidem, a.
8, ad 3.
[101] S. TOMÁS DE
AQUINO, De Malo, q. 8, a. 2c.
[102] CEC, n. 1827.
[103] CEC, n. 1826.
[104] Cf. S.Th., II-II,
q. 23, aa. 6 y 7; De Caritate, a. 2.
[105] Cf.
S.Th., II-II, 81, 5c.
[106] S.Th.,
II-II, q. 81, a. 5.
[107] CEC, n.
2757.
[108] CONCILIO VATICANO
II, Const. Dog. Lumen Gentium, n. 34.
[109]
BENEDICTO XVI, Enc. Deus Caritas est, n. 14.
[110] Cf.
S.Th., II-II, q. 82, a. 2, ad 2.
[111] S.Th.,
II-II, q. 121, a. 1c.
[112] M.M. PHILIPON, Los
Dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 41997, 287-288.
[113] Ibidem,
304.
[114] JUAN PABLO II, Regina
Coeli, 28-V-1989.
[115] S. JOSEMARÍA
ESCRIVÁ, Camino, Rialp, Madrid (72ª),
n. 435.
[116] JUAN PABLO II, Angelus,
11-VI-1989.
[117] CASIANO, Colaciones,
11.