Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y
disciplina de los Sacramentos[1]
Ponencia en Diálogos de Teología de con motivo del año sacerdotal
* * *
Para
mí es un motivo de grandísima alegría estar esta mañana aquí con vosotros, mis
queridos hermanos y amigos sacerdotes del mismo presbiterio, y más ahora, que
no tengo una vinculación con una diócesis concreta, sino que mi vinculación es
en definitiva con esta mi queridísima diócesis valenciana donde fui ordenado
por aquel gran santo obispo que Dios regaló a esta sede valentina: D. José
María García Lahiguera.
Vivimos
tiempos nada fáciles para nosotros los sacerdotes, Santa Teresa diría que son
tiempos recios, muy recios, los que nos ha tocado vivir, pero en estos tiempos
nos corresponde escuchar, hemos escuchado la llamada y estamos ahí, siguiendo
esa llamada para ser sacerdotes de Jesucristo, identificados enteramente con
Jesucristo y es lo que este año sacerdotal quiere reavivar en todos los
sacerdotes: nuestra identificación con Jesucristo. Creo que viene muy bien
para estos momentos recordar aquel texto de la Carta a los Hebreos, que también el Papa Benedicto XVI en su visita a aquí a Valencia nos recordó en la Capilla del Santo Cáliz y es que prosigamos el camino o la carrera que nos toca sin
retirarnos y puesta nuestra mirada en Jesucristo que, renunciando al goce
inmediato, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y ahora está sentado a la
derecha del Padre. No hay futuro para nosotros, como no hay futuro para la
humanidad entera, sin la mirada puesta en Cristo y sin la santidad que conlleva
esa mirada puesta en Él.
En
la figura de nuestro queridísimo D. José María García Lahiguera, los sacerdotes
escuchamos una poderosísima llamada de parte de Dios a identificarnos con
Jesucristo, en definitiva a ser santos. Es la llamada que este año el Papa nos
está dirigiendo con el año sacerdotal. Es cierto que esta llamada la recibe
toda la Iglesia, es cierto que la Constitución Lumen Gentium recuerda la vocación común y universal a la santidad, pero
también es cierto que nosotros los sacerdotes somos muy especialmente llamados
a la santidad. Es el programa de este año para toda la Iglesia y que además nos llena de gozo y nos hace como renacer a una nueva esperanza.
Todos
conocemos muy bien, todos queríamos muchísimo a D. José María García Lahiguera.
Me vais a permitir algunos recuerdos para enmarcar también mi reflexión;
vosotros tendréis muchos más e incluso más ricos que los que yo puedo tener. No
se trata ahora de hacer ninguna biografía del Siervo de Dios, me remito a las
biografías existentes: la de don Salvador Muñoz Iglesia, la de nuestro querido
hermano Vicente Cárcer: "Pasión por el sacerdocio. Biografía del Siervo de Dios
D. José María García Lahiguera" y la originalísima biografía escrita por sus
propias hijas, las Oblatas de Cristo Sacerdote.
Si
me lo permitís sí quisiera esbozar un semblante de su figura tal y como queda
en algunos de mis recuerdos. Le conocí personalmente -cuando todavía él era
obispo de Huelva y yo diácono-, en la ordenación sacerdotal de un condiscípulo
y amigo mío. Tuve la experiencia de estar ante un santo, me impresionó su
homilía sobre el sacerdocio, había oído que era un enamorado del sacerdocio
pero descubrí algo más: todo él era un sacerdote, era presencia de Cristo
Sacerdote. Todo en él era sacerdotal, todo en él reflejaba el gozo de ser
sacerdote y lo contagiaba. Con qué fuerza, con qué pasión, mejor, con qué
verdad habló en aquella ocasión; no eran palabras, sino el testimonio de
alguien que desvela su secreto y su verdad más propia, para la que vive y desde
la que vive y se expresa.
Cuando
me presentaron a él, con qué cariño y afecto me saludó y me habló; tuve la
sensación de encontrarme ante un padre, así le gustaba que le llamásemos, ¿lo
recordáis?, padre. Era el 16 de julio de 1968. Un año más tarde tuve la dicha y
la gracia de asistir en Huelva a la celebración y comida de despedida de sus
sacerdotes onubenses; también me impresionaron no sólo sus palabras sino el
amor con que había tratado a esos sacerdotes y cómo éstos lo agradecían y le
querían. Un par de meses más tarde -iba a comenzar el doctorado-, tuve varias
conversaciones con él en Madrid, en General Aranaz, en las Hermanas Oblatas; se
me grabaron aquellas palabras que de una manera o de otra repetía, con ocasión
o sin ella, la verdad es que siempre era ocasión para recordarlas y repetirlas;
te decía -cito las palabras más o menos textuales-: "Pronto vas a ser
sacerdote, pero sacerdote santo, que es como únicamente se puede ser sacerdote,
sacerdote, Alter Christus, identificado con Él en todo. ¡Cuánto
tienes que agradecer a Dios cómo te quiere! Prepárate bien, con mucha humildad;
ora mucho, siempre has de orar, porque el sacerdote es instituido para orar por
todos. No lo olvides, víctima, víctima al Amor Misericordioso para todos y por
todos. Ten cuidado que no se te suba el doctorado ni los estudios a la cabeza; no
te dejes llevar por las vanas doctrinas. Sacerdote santo, muy santo".
Recuerdo
también su entrada en Valencia el 6 de septiembre de 1969, en concreto su
llegada a la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados. Estaba en un lugar
privilegiado, en uno de los balcones interiores de la Basílica y pude verle y
escucharle muy bien. Su rostro parecía transfigurado ante la imagen de Nuestra
Señora de los Desamparados; qué mirada de gozo, con qué ternura y
estremecimiento agarró la mano de la Virgen, con qué amor la besó, como si se
tratara de la mismísima mano que acarició a Jesús. Con qué fuerza y dulzura se
dirigió en plegaria a Ella. Qué confianza -la de un hijo pequeño en brazos de
su madre-, se veía en aquél rostro, en aquella mirada, en aquellas manos
temblorosas al tiempo que firmes. Viéndolo a él, parecía uno estar en otro
mundo.
Veinticinco
años más tarde tuve una experiencia similar, al entrar en la Capilla privada del Santo Padre Juan Pablo II para celebrar la Eucaristía con él y verle ante
el Señor, de rodillas, abandonado por completo al Misterio de Dios; así parecía
D. José María, abandonado enteramente al Misterio de la Santísima Virgen María.
Vale
la pena traer aquí la oración que pronunció y que casi no acaba por los
sollozos que le inundaron: "Virgen de los Desamparados, Madre mía, entro como
arzobispo en esta archidiócesis de Valencia, en la que un célebre arzobispo,
Santo Tomás de Villanueva, fue llamado el arzobispo limosnero; yo quisiera
Madre mía ser como Tú, Madre de los Desamparados, el arzobispo de los que
sufren desamparo, quiero ser para ellos lo que eres tú para mí, acepta ante
todo mi don personal; al besar tu mano de Madre con ardiente amor filial,
acepta mi total consagración, cuerpo, alma y corazón de por vida y para
siempre. Todo mi ser consagrado en servicio y entrega a las almas; muéstrate
como Madre a los que sufren, a los que viven en desamparo, a quienes necesiten
de luz, de paz y de amor. Cuanto quieras pedirme para ellos ya es tuyo, Madre
mía, y no te olvides Madre de los Desamparados, de éste, tu hijo, el más
necesitado, que confía siempre en Ti, mi Reina y Señora. Madre mía, Virgen de
los Desamparados, ampárame".
Después
estampó en el libro de oro de la basílica este texto: "Madre de los
Desamparados con este beso de amor que he estampado en tu mano quedo consagrado
a ti de por vida y para toda la eternidad, Madre de los desamparados ampárame"
Así
era D. José María, todo de la Virgen María, como san Ildefonso, como el Papa
Juan Pablo II. Como sacerdote quería a la Virgen María porque en el fondo veía en Ella lo que es la esencia sacerdotal: "Aquí esta la
esclava del Señor", que son palabras de la carta sacerdotal por excelencia de la Sagrada Escritura, la Carta a los Hebreos: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Siempre
además con qué devoción hablaba de Ella, con qué cariño; no solamente era
cariño, es que -recordaba hace un momento don Carlos-, si tenías visita a las
doce, interrumpía, nos poníamos de pie, y se ponía a rezar el ángelus con el
sacerdote o la persona con la que estuviese en ese momento. Si era laborable,
de rodillas, si era sábado, de pie; ocurrió esto en varias ocasiones.
Además
con qué devoción decía Madre y Señora, apelativos fundamentales, lleno de
confianza y de verdad. No recuerdo si el texto de la oración lo leyó o lo
pronunció sin papeles, pero en todo caso era una oración dicha desde lo más
profundo del alma, expresada con toda su sinceridad y toda su verdad; no miraba
a otra persona sino a la Madre y a la Señora; eran dos calificativos con los
que se refería siempre con voz sonora y como regodeándose en esas palabras, lo
recordáis, con confianza de hijo y con entrega de consagrado y esclavo de
María, pidiéndole a la Virgen de los Desamparados ser el arzobispo de los que
sufren desamparo; es lo que fue.
Podría
contar más de una anécdota en la que se muestra a este arzobispo de los que
sufren desamparo, vosotros seguro recordáis muchas más. Para conmigo mismo tuvo
una misericordia, una cercanía, un amor que sólo yo sé. Todo se resume en esas
expresiones, quisiera ser para ellos lo que tú eres para mí, cuanto quieras
pedirme para ellos ya es tuyo Madre mía. Los valencianos pudimos ser testigos
privilegiados de la verdad y el cumplimiento de estas frases. Después tuve
varios encuentros con D. José María antes de mi ordenación, bien en Valencia -cuando
venía de vacaciones-, bien en Madrid en la casa de ejercicios de El Pinar,
donde se reunía la Conferencia Episcopal, o en el convento de las Oblatas en
General Aranaz. Tuvo la gran deferencia de venir a ordenarme, como recordáis, a
mi pueblo de adopción, Sinarcas, un 21 de junio de 1970; era un día de gran
calor. Fue un gesto para mi inolvidable de su bondad y su misericordia; mis
condiscípulos se habían ordenado el año anterior. Lástima que no grabásemos la
homilía pero fue de una hondura y de una alegría sacerdotal inmensa; algunos de
allí, del pueblo de Sinarcas, todavía recuerdan la fuerza de sus palabras. Se
me quedaron marcadas algunas de sus expresiones: sacerdote y sólo sacerdote,
sacerdote santo, sacerdote y víctima, sacerdote para ofrecer el sacrificio por
todos, para deshacerse en favor de todos, para gastarse y desgastarse
recordando a San Pablo, sin buscar nada más que al Señor, tu cáliz y tu heredad;
otro Cristo, como Él, aquí estoy para hacer tu voluntad. No busques hacer otra
cosa que su voluntad, que se santifiquen los otros por tu oblación. Por eso mi
lema episcopal es recordar aquellas palabras de mi ordenación: hágase tu
voluntad. Así, me dijo, serás sacerdote, así serás santo.
Son
muchos más los recuerdos que tanto agradezco y que tanto bien me han hecho en
mi vida, pero no se trata de hablar de mí o de mis recuerdos, sino de él. Por
eso prosigo mi reflexión y elaboro estas palabras a partir de las que he
evocado de su homilía en mi ordenación.
Para
él, ha dicho uno de sus biógrafos, Vicente Cárcer, el sacerdocio fue la gran
obsesión de su vida: el sacerdocio único de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote; el
amor, estima y preocupación por la santificación de los que participan
ministerialmente de este sacerdocio, y el interés por el seminario y las
vocaciones sacerdotales. Si en todos los aspectos de su vida espiritual buscó
siempre el fundamento teológico que había que poner en la base de su piedad, de
manera especial lo buscó para su identidad sacerdotal y la consiguiente
exigencia de santidad. No se limitó a fundamentar su obligación de ser santo en
la proximidad física de su contacto con Cristo, lo buscó mucho más arriba, o si
se prefiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser
sacerdotal en Cristo Único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo
y Eterno Sacerdote está en la base de su espiritualidad. Su devoción a Cristo
Sacerdote era en él visceral.
Por
eso trabajó tantísimo para que fuese instituida la fiesta de Jesucristo Sumo y
Eterno Sacerdote. Nunca vivió su sacerdocio, ni nunca predicó del sacerdocio
ministerial como de algo añadido a la propia existencia, al contrario, como
algo que configura completamente y que identifica la persona del sacerdote
ontológicamente. Somos, por imposición de las manos, sacerdotes, otro Cristo, presencia
sacramental de Cristo Sacerdote. Y aquí voy a hacer alguna reflexión sobre lo
que esto significaba ya en el pensamiento y en la vida de D. José María,
leyéndolo a lo largo de toda su vida y sobre todo leyéndolo a través de la positio para su próxima beatificación, que esperamos que sea efectivamente próxima. Al
hablar él de esta identificación ontológica del sacerdote, nos remite en el
fondo a la víspera de la Pasión del Señor, cuando ejerce su sacerdocio en la
plenitud y en la culminación del mismo. La víspera de su muerte Jesús instituyó
la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la Nueva Alianza; Él es Sacerdote, Víctima y Altar, Mediador entre Dios y el pueblo, Víctima de
expiación que se ofrece a sí mismo en el altar de la Cruz. Nadie puede decir "Esto es mi Cuerpo y Este es el Cáliz de mi Sangre" sino es en el
nombre y la Persona de Cristo, único Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza.
Para
que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso necesitamos
volver a ese momento en que fueron impuestas sobre nosotros las manos y nos
hicieron participes de este Misterio de ser Cristo Sacerdote. Necesitamos
volver a aquel momento en que se instituyó el sacerdocio al tiempo que la
Eucaristía: "Haced esto en memoria mía", y a aquel otro momento en que nos
impusieron las manos, y nuestras manos fueron ungidas. El mismo Jesucristo tomó
posesión nuestra y el Espíritu Santo, aun con toda nuestra carga de fragilidad
y miseria, nos hizo ser signo como dóciles instrumentos en sus manos. Como dijo
el Papa Benedicto XVI en la Misa Crismal del año 2006 -con esa hondura, belleza
y sencillez le caracteriza-, "nuestras manos han sido ungidas con el óleo que
es el signo del Espíritu Santo y su fuerza. ¿Por qué precisamente las manos? -pregunta
el Papa, y podía haberlo preguntado D. José María-, la mano del hombre es el
instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo y
dominarlo. El Señor nos impuso las manos y ahora quiere que nuestras manos se
transformen en manos suyas. Quiere que ya no sean instrumento para tomar las
cosas, los hombres, el mundo, para tomar posesión de él, sino que transmitan su
toque divino poniéndose al servicio de su amor; quiere que sean sencillamente
instrumentos para servir y por tanto expresión de la misión de toda la persona
que se hace garante de Él y lo lleva a los hombres". El Papa también añadía:
"Ha tomado en primer lugar nuestras manos y ha puesto en ellas su propio Cuerpo
entregado por los hombres como vida del mundo, amor de los amores, para que lo
traigamos a este mundo y lo llenemos de su amor desbordante a favor de todos".
No
podemos dejar de recordar aquellas consoladoras y alentadoras palabras de
Jesús tras haber instituido la Eucaristía y el sacerdocio, que están entrañadas
precisamente en lo que es ser nosotros identificados por la imposición de las
manos y la unción del espíritu, ser presencia de Cristo, otro Cristo.
"Ya
no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo, a vosotros os
he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer". El Señor pone nuestras manos para que transmitamos todo lo que hemos
recibido, que es Cristo mismo, el Cuerpo de Cristo, a Cristo en persona.
Recuerdo un retiro de D. José María García Lahiguera que nos hablaba
precisamente de todo esto, bellísimo ese retiro, y yo ahora que voy a hacer
ejercicios me lo llevo para ahondar precisamente en este recuerdo de lo que es
la unción sacerdotal, el ser sacerdotes, el ser amigo de Cristo y,
consiguientemente con Él, ser servidor de los hombres. Es ese horizonte que
abre nuestra vida sencillamente a la amistad de Jesucristo con el que somos
identificados por pura gracia; somos presencia de Cristo, somos sacerdotes.
Creo que esto es fundamental, D. José María lo repetía mucho, somos, la palabra
somos, no ejercemos, no rememoramos. sino somos, y decir somos es decir que
somos en todo y que nuestra vida ha sido como expropiada para ser enteramente
de Jesús y ser identificados con Él. Por eso todo en nuestra vida, las 24 horas
del día y los 365 días del año deben ser expresión y manifestación de lo que
somos, de presencia sacramental de Cristo Sacerdote, otro Cristo, que
desgraciadamente fue una expresión que durante muchos años, demasiados años
desapareció de la Teología e incluso también de la propia espiritualidad
sacerdotal. Somos ministros del misterio de la Redención del mundo, ministros del Cuerpo que se ha ofrecido y de la Sangre que ha sido
derramada para el perdón de nuestros pecados. Somos ministros de aquel Sacrificio,
por medio del cuál Él, el Único, entró de una vez para siempre en el santuario
ofreciéndose a sí mismo, sin tacha, a Dios, y así Él purifica de las obras
muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo. Somos por el Espíritu
que nos consagra ministros del testimonio del Amor de Jesucristo, somos por la
fuerza consagratoria del Espíritu don de Dios a la Iglesia. Somos y actuamos en la Persona de Cristo, por el Espíritu que nos unge y consagra.
En el Sacramento del Orden se opera en nosotros, los sacerdotes, una
transformación que nos convierte en la presencia sacramental de Jesús entre los
hermanos. Sacerdocio ministerial no es una pura y simple función sagrada,
envuelve además y compromete a la persona entera del sacerdote y del obispo. No
solo habilita para unas palabras y acciones sino que además nos configura con
Cristo Sacerdote y Pastor. Cómo le gustaba hablar a D. José María de esa
configuración con Cristo Sacerdote y Pastor. De la elección divina y de la
ordenación surge en los ordenados, en nosotros, un imperativo insoslayable:
vivir en su servicio de modo que seamos presencia de Cristo Sacerdote y Pastor,
al fin y al cabo, no se nos exige -decía D. José María-, más que ser lo que
somos, no es un añadido, sino que esto es lo que somos y se nos exige
efectivamente que seamos lo que somos.
Ser
lo que se es, ser en primer lugar lo que es Cristo, independientemente del modo
específico de desempeñar el ministerio y así se comprende que lo que identifica
al sacerdocio es ese "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Recuerdo también
que unos días antes de mi ordenación me decía: "Cuando digan tu nombre y tú
digas aquí estoy, eso es lo que quiere decir ser sacerdote. Aprende bien esas
palabras. Ciertamente es ser sacerdote para hacer la voluntad de Dios y actuar
en la Persona de Cristo mismo.
El
sacerdote es la espiritualidad suya, la teología suya; de don José María hay
que decir que era un buen teólogo. La expresión de la teología del sacerdocio
que él vivió, asimiló, encarnó a lo largo de su existencia: El sacerdote ha
sido ungido para identificarse con Cristo, Hijo de Dios, en su confianza, en su
obediencia, en su identificación con el querer del Padre que quiere que alcance
a todos su Amor y que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad. Seamos de Dios, los sacerdotes estamos llamados a
ser, por el Espíritu que nos consagra primariamente, hombres de Dios; con la
expresión teresiana, amigos fuertes de Dios. Cultivar la experiencia de Dios,
la vida teologal, la interioridad, la oración. No se puede ser sacerdote sin la oración, sin la amistad con Dios.
El
Espíritu Santo actúa en nosotros sacerdotes para que nos unamos y conformemos
con Cristo humilde, era otra de sus expresiones; y vivía ciertamente como un
hombre humilde; yo recuerdo distintas anécdotas que podría citar sobre esa
humildad que nunca buscaba primeros puestos. Él en el fondo era la encarnación
de ese despojo, se despojó de su rango, pasó por uno de tantos, bajó hasta lo
último, vino como siervo y servidor. "Lo nuestro decía-, es servir, pasar por
uno de tantos insertados en el mundo, solidarios entre los hombres, y llamándoles
hermanos".
El
ungido por Cristo es, como leemos en San Lucas, para anunciar la buena noticia
a los pobres. En ese texto que hemos leído en la oración de D. José María ante la Virgen, ese amparar a los desamparados, eso era lo que realmente él vivía, tenía una especial
ternura y entrañas de misericordia. Él también vivía yendo en contra de lo que
se puede considerar como cultura dominante; lo que es ser célibe, enteramente
consagrado para el Señor, con un corazón indiviso. Me decía también eso, ama al
Señor y a la Iglesia con un corazón indiviso; no tendrás problemas para vivir
el gozo de ser célibe, al contrario, no lo verás como una carga, lo verás como
una verdadera liberación y como una disponibilidad absoluta. Por ello creo que
lo que nos enseña D. José María es precisamente esa identificación con
Jesucristo en todo, actuar en todo con Jesucristo en una fidelidad plena y
absoluta hacía Él.
Todo
esto es en definitiva lo que él nos repetía: ser sacerdote, siempre sacerdote y
en todo sacerdote, presencia de Cristo Sacerdote. El ser, decía, no lo
cambiamos y el actuar conforme a lo que somos no debería desviarse. El ser
sacerdote, otro Cristo por la participación ontológica sacramental en su
sacerdocio, ser otro Cristo en la vivencia como Él de ese ser sacerdote.
Al
abordar la realidad indudablemente compleja de la vida del sacerdote en nuestro
mundo de hoy decía: Se está recurriendo hasta la saciedad al estudio
sociológico del ambiente en que se mueve, al análisis de los factores
culturales que sobre él influyen, a la prospección psicológica de sus reacciones
primarias, pero digámoslo con valentía evangélica y evangélica sinceridad: no
se está teniendo en cuenta el alcance cristológico de esa problemática y la
irreducible urgencia de que toda forma de existencia sacerdotal ha de tener un
contenido profundo, nítido, vibrante y no adulterado. Cristo conocido, Cristo
vivido, Cristo comunicado; sólo así la definición del sacerdote como otro
Cristo será exacta al abarcar los dos extremos.
Las
virtudes sacerdotales es ser como Él, como Cristo, decía en una de sus pláticas;
la dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias, tiene
también sus exigencias sagradas; no podemos ir contra dirección, ante Dios,
ante la Iglesia y ante nuestra conciencia; ser otros Cristos, ser como Él por
nuestro ser sacerdotal, nuestros poderes ministeriales: bautizo yo, bautiza
Cristo; sirvo yo, perdona Cristo; esto está exigiendo una santidad de altura como
corresponde a la dignidad. Y esa santidad que por amor nos hace semejantes a
Él, como Él obedientes, como Él humildes, como Él caritativos
reclama una
víctimación exigida por una sana y santa ascética sacerdotal.
Hasta
aquí palabras suyas, y es que el ministerio sacerdotal que actualiza
permanentemente el sacrificio de Cristo debe ser vivido con espíritu de
oblación, de entrega, de sacrificio personal, en definitiva con las mismas
actitudes y sentimientos de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y Pastor de
la Iglesia: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Amó a la Iglesia, se
entregó por ella, los amó hasta el extremo. Por eso no cabe una vida mediocre
en el sacerdote, nunca debería haberla, y menos en los momentos actuales en que
es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la
esperanza que nos anima.
Los
sacerdotes -son palabras suyas-, tienen que ser como Cristo tienen que ser
santos. La santidad sacerdotal para él no es un imperativo exterior, es la
exigencia de lo que somos, y decía: El sacerdocio que tengo es el de Cristo por
mí participado, y éste es santo, haga lo que yo haga, el sacerdocio del que yo
participo siempre es santo, pero ¿no se me va a caer la cara de vergüenza si
junto con ese sacerdocio santo y eterno yo no voy siendo santo al mismo tiempo
para ser como Él? Y entonces se presenta ante mí la obligación sagrada: no
tengo más remedio, tengo que ser santo y una santidad que tiene que ser
específica en mí: santidad sacerdotal, santidad a ultranza, esa santidad que
obliga a ser como Él tiene una especial característica, ser como Él en el
altar: Víctima, sacerdote, hostia.
Son
palabras de él, "¡ay de mí si no evangelizara!", dice el apóstol Pablo;
podríamos añadir, ¡ay de mí si no soy santo! Anverso y reverso de una misma
realidad sacerdotal, o mejor aún, santidad que evangeliza, evangelización que
es santidad, una y otra inseparables. Por eso el programa de este año es el
programa de la santificación sacerdotal; y por eso en estos tiempos tan duros:
santidad sacerdotal más que nunca, no para hacer sino para ser. Ser santo
evangelista, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo
evangelizador y Evangelio.
Mis
queridos hermanos y amigos hay que ser santos, son palabras también suyas,
grandes santos, pronto santos; ser santos porque Dios lo quiere, grandes santos
por que así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana, y pronto santos. Se lo
decía a los seminaristas porque debiendo serlo al ser sacerdotes es poco tiempo
el que os falta. Si no soy santo, ¿para qué soy sacerdote? y si ya soy
sacerdote, ¿por qué no soy santo? Ved vuestra vocación -añadía en otro momento-,
esta vocación os exige que seáis santos; con menos no cumplís, con menos no
podemos contentarnos; éste es el futuro: solución de todo, Cristo, Evangelio,
sacerdote, santo, este es el camino, esta es la solución, decía él. Ardió
siempre en deseos de santidad y fue el gran apóstol y heraldo de la santidad,
sobre todo de la santidad sacerdotal, por que sabía que sin ella todo se viene
abajo. Todos llamados a la santidad, decía. Yo quisiera contagiaros la alegría
inmensa que Dios me hace sentir siempre que hablo de este tema sea a quien sea;
la santidad es de todos y para todos, y hay que ver cómo se le iluminaba el
rostro cuando hablaba de esto. ¡Cuántas ganas y deseos siento de hablar a
pleno pulmón y constantemente de la santidad sacerdotal, decía. Y la verdad es
que no perdía ocasión.
A
nosotros los sacerdotes, a la santidad ontológica que creada por el sacramento
del Orden, participación del sacerdocio de Cristo, Santo y Eterno, la más alta,
después de la Maternidad divina de María, habrá de corresponder la más alta
también santidad moral. Ésta, añadía, se ha de dar en la unión con Dios, en la
intimidad con Cristo: "Vosotros sois mis amigos porque todo lo que he oído a mi
Padre os lo he dado a conocer". Amistad con Jesús, trato con Jesús, he aquí el
resumen de todo: amigos de Jesús, pensar en Él, hablar de Él, amarle cumpliendo
su voluntad hasta en el más mínimo detalle, respondiendo siempre con la gran
palabra de Getsemaní: Fiat, hágase, a todo su querer. Así fue su vida y
a partir de ahí su ministerio sacerdotal, su ministerio episcopal, consagrado a
la santidad sacerdotal, por eso fundó las Oblatas de Cristo Sacerdote. D. José
María fue un hombre santo y apóstol de la santidad, singularmente de la
santidad sacerdotal, ese es su legado, ese es su carisma, y en unos momentos en
que apremia y urge la vocación universal a la santidad y de manera muy especial,
la vocación a que nosotros, los sacerdotes, seamos santos. Que así sea.
[1] Transcripción de la ponencia oral