Párroco de Segart, Valencia.
Ponencia en Diálogos de Teología de con motivo del año sacerdotal
* * *
La Iglesia es Cuerpo
de Cristo (I Cor 12) y este Cuerpo se edifica por la realización en todos
sus miembros del espíritu de amor a Dios y al prójimo, hasta el perfecto
desprendimiento de sí mismo, porque "la caridad no busca su interés."
(I Cor 13,5)
Pero el Señor aunque
nos deja libres, no deja al arbitrio de cada individuo la manera de entregarse
en favor de los demás, lo que podría producir "el caos de la caridad", del
que habla von Balthasar. Por eso el Espíritu distribuye los ministerios y
carismas como a El le place.
Dios señala a cada
persona un "proyecto" para cuya realización le asigna su puesto y su
tarea dentro de la comunidad eclesial.
Por otro lado, el
cumplimiento de la voluntad divina no es ni el seguimiento de una ley general,
igual para todos, ni la copia servil de un modelo individual, sino la
realización libre de un designio amoroso de Dios que cuenta con la libertad del
sujeto. De ahí que cada uno ha de averiguar, sobre todo en la oración, cual sea
la voluntad de Dios sobre él.
Cada santo es un
testigo de la misericordia de Dios que no se cansa de obrar en sus criaturas
para que alcancen la plenitud en el amor. En cada santo se pone de relieve
algún aspecto de la existencia cristiana para que sirva de aliento, de estímulo
para los demás, a fin de que asumamos nuestra personal aventura de seguir a
Aquel que es "el solo Santo".
Presentar una semblanza del Siervo de Dios José
Bau Burguet, sacerdote diocesano de Valencia es a la vez fácil y difícil
dada su rica personalidad.
Ante todo escuchemos el testimonio cualificado y la opinión que de él tenían quienes
fueron sus compañeros, que de este modo se manifestaban cuando aun vivía el Siervo
de Dios.
El cardenal Reig: "La mitra que llevo debiera estar en
la cabeza de Bau."
El obispo Patriarca de Indias Dr. Muñoz Izquierdo:
"El bueno de Bau se ha empeñado en ser santo, y lo conseguirá."
D. Rigoberto Doménech, arzobispo de Zaragoza: " Bau es
la mejor cabeza de todo el clero valenciano".
Me parece que la
figura del Siervo de Dios José Bau Burguet, a nosotros, presbíteros
diocesanos, nos dice claramente que en nuestra vida como miembros de un presbiterio
diocesano dedicados principalmente al ministerio parroquial, es posible la
práctica de las virtudes en grado heroico. En nuestra vida ministerial
tenemos lo necesario y suficiente para la santidad.
Su persona y sus obras forman una unidad armónica, y
esto ya desde la infancia y juventud hasta el final de sus días.
El Siervo de Dios
fue un enamorado de su condición de presbítero diocesano, y quiso resaltar esta
condición y hacerla estimar por los demás. Con esta finalidad dirigió, y
personalmente escribió muchas de las biografías de la colección "Flores
del Clero Secular". El mensaje que subyace en esta iniciativa es muy
claro: Para ser santo un sacerdote diocesano tiene lo suficiente con la gracia
del ministerio.
Ahora bien, las dos claves que dan cohesión a su vida son:
-
el sentido de "pertenencia", de libre "consagración" a Cristo al que se entrega
en cada momento de su existencia. Esto lo simboliza en su consagración como "Esclavo
de María para llegar a ser perfecto siervo de Cristo", y
- la
conciencia de "representar a Cristo" por su condición sacerdotal, como
recuerda el Papa Benedicto XVI en su catequesis del pasado día 14.
Importa señalar la
gran sencillez de esta vida carente de cosas extraordinarias o de situaciones
que reclamasen "grandes decisiones". Tampoco hay grandes obras de
esas que provocan admiración a simple vista. Es solo un sacerdote que cada día
se aplica con enamorado empeño a cumplir lo que considera ser la Voluntad de
Dios sobre él.
Da la impresión de ser "un hombre sin fisuras" en
quien la virtud parece connatural y fácil. Sin embargo, si se está atento a los
muy pocos detalles autobiográficos que se conservan (téngase en cuenta que sus Apuntes
espirituales se perdieron en la Guerra civil) se descubre el intenso esfuerzo
que tuvo que hacer para lograr el equilibrio que le caracterizó y que causaba,
a la vez, profundo atractivo y respeto en las muchísimas personas que trataban
con él.
Nunca se advierte en él ni desdoblamiento ni división
entre el hombre y el sacerdote. Lo que unifica su personalidad es "ser
sacerdote de Jesucristo". Él no "ejerce de sacerdote", "es sacerdote", y
todas sus obras y las diversas actividades que realiza, fluirán del "ser
sacerdote". Nunca aparca o ladea su "ser sacerdote", hasta el punto que para
conseguir sus muchos amigos sacerdotes que pase algunos días con ellos en sus
respectivas parroquias pondrá como condición que le preparen alguna actividad
ministerial: Triduos, Novenas, Ejercicios para los fieles, etc.
Hombre de profunda fe
Para José Bau la
realidad de Dios es lo central de su vida. Dios es una realidad
"personal", es "Alguien" a quien se refiere constantemente. Es el
Dios vivo y verdadero.
Las largas horas de
oración diaria le llevan a vivir con la mirada constantemente puesta en Dios de
manera que todo lo va viendo desde la luz de la fe.
Como fruto
consecuente a esta oración prolongada recibió la gracia de la contemplación,
pero sin fenómenos extraños o llamativos. (Sólo unos pocos testigos del Proceso
afirman haberle notado como absorto, como en éxtasis, que no visiones, que no
tuvo. Cuando está a punto de morir le preguntan si ha visto a la Virgen, de la
que era muy devoto, y responde: "verla no, pero sí siento su maternal
presencia.") Transpiraba esa profunda comunicación con el Señor, se
advertía en su persona como si el trato con Dios fuese "algo permanente",
algo que "se nota" sin ser clamoroso.
También profesaba un
grandísimo amor y veneración por la Sagrada Escritura, de tal manera que, al
decir de un testigo muy fidedigno por su intimidad con el S. de D., "la
conocía prácticamente de memoria"(Fco. Gil) Ella era el alimento de su
oración, y la luz que iluminaba su vida, y con la que iluminaba a los demás.
Amor a la Eucaristía
Centro de su vida diaria es la Eucaristía celebrada
con gran devoción y adorada largamente durante muchas horas. Es hombre que vive
anclado en una fe tan recia "que le mantiene firme en su propósito, como si
viera al Invisible." (Hb 11,27)
Su amor a la
Eucaristía era inmenso. Se preparaba siempre con la oración. Celebraba con
tal fe y reverencia que causaba admiración en los fieles. No era afectado, pero
su manera sencilla y viva de celebrar comunicaba fe. Su fervor contagiaba a los
presentes, hasta el punto de que algunos testigos dicen que "asistir a su Misa
era un fiesta." (Recordemos como era la celebración en su tiempo: en latín,
gran parte en voz baja y de espaldas.)
Dedicaba una media
hora de acción de gracias, siempre de rodillas ante el Santísimo.
Cristo en la Eucaristía
era el centro de atracción de su vida: El Amigo muy amado. Por eso pasaba
muchas horas del día y no pocas de la noche en su presencia.
A la Eucaristía acude
cuando tiene algún asunto importante que resolver, o una consulta grave a la
que responder: "Diremos misa por ello". Al día siguiente daba cumplida
respuesta o la solución adecuada.
Muy conocida es su devoción a la Madre de Dios. Aunque
muchos la han resaltado como si fuera lo peculiar de su espiritualidad, me
parece que se exagera porque la centralidad clara e indiscutible la tiene
Cristo en la Eucaristía, la devoción a la Stma. Trinidad y a la Pasión de Jesús.
Estudio
La fe le llevaba a un
incansable estudio de la Sgda. Escritura y de la Teología. No era un
intelectual, aunque fuese, en opinión de muchos de sus contemporáneos, la mejor
cabeza del clero valenciano. Era un pastor responsable que se nutría para poder
alimentar mejor a los fieles con excelente doctrina expresada de la manera más
asequible para todos.
Este trabajo y
esfuerzo de estudio de las ciencias sagradas es tanto más admirable cuanto que
iba contra corriente, porque "en su tiempo a la gran mayoría del clero lo único
que le interesaba era subir en el escalafón clerical sin preocuparse por una
formación sólida". ( Cfr. H. Ig. en V.-Cárcel pág. 613,616 ss. Informe Vico)
El S. de D. estando
en Segart, con mucha frecuencia cruzaba los montes para ir al Convento de Sto.
Espíritu y pasar el día estudiando en la Biblioteca.
En los viajes no
perdía el tiempo porque siempre iba leyendo o estudiando y no pocas veces
escribiendo sobre temas religiosos.
Predicación
Dice el refrán que:
"de la plenitud del corazón habla la boca". Esto explica que el S.de D. fuese
incansable en el ministerio de la predicación al que se dedicaba con todo
empeño.
Con mucha frecuencia
predicaba en la Parroquia, y siempre desde la Palabra de Dios. Rehuía los
sermones de compromiso y cuando aceptaba alguno de fiesta lo hacía con gran
sencillez y riqueza de contenido doctrinal.
Su predicación
estaba basada siempre en la Sgda. Escritura, de tal manera que sus homilías
estaban entretejidas de textos bíblicos y de los Santos Padre que también
conocía ampliamente.
No era hombre de
oratoria brillante, grandilocuente. Su hablar era pausado pero tan ferviente
que "sus palabras parecían dardos que se clavaban en el espíritu de los
oyentes", ya fuese gente sencilla, iletrada o personas cultas, como religiosos
o sacerdotes. Hablaba de lo que vivía por eso sus palabras eran vivas y con
gran fuerza de convicción.
También en esto
remaba contra corriente porque lo frecuente eran los sermones de muchas
palabras y poca doctrina que servían más para deleitar que para enseñar. (El
Nuncio Rampolla afirmaba que "en España no se conocía mas que el panagírico, y
la gente ignoraba hasta las verdades fundamentales de la fe." Cfr. H. Ig. en
V. V.Carcel-613.)
Gustaba de ir a los
pueblos donde no había sacerdote, como hizo muchos años cada Semana Santa y en
vísperas de la Virgen de los Ángeles a Rugat. Eran días de predicación intensiva,
como Misión popular.
Se prodigó mucho en
Misiones populares en distintos pueblos de la Diócesis
Saber que no se pertenece le hacía ser muy "avaro del
tiempo" en el mejor sentido. Duerme cuatro horas, lo cual considera un regalo
de Dios, y el resto lo reparte entre la oración, a la que dedica muchas horas
durante el día y la noche, los quehaceres normales, el estudio asiduo de la
ciencias sagradas, la preparación muy cuidada de la predicación en sus diversas
formas, y la escritura de numerosos artículos y folletos sobre todo de
catequesis. Era un excelente catequista cuyos artículos son publicados por la
"Revista de Catequesis", dirigida por D. Daniel Llorente.
Catequesis
Su actividad predilecta
fue la Catequesis de los niños para la que ciertamente estaba muy dotado.
Desde sus tiempos de
seminarista ayudaba a D. Diego Barber, que era director espiritual y fundador
de LOS AMIGUITOS DEL NIÑO JESUS, para la formación cristiana de los niños.
Preparaba las
catequesis con mucho esmero y las daba personalmente con mucho fervor, tal como
lo recuerdan quienes las recibieron.
Cuando en 1910, por
encargo del Arzobispo D. Victoriano Guisasola tuvo que encargarse de la
dirección de la incipiente Congregación de "Operarias Catequistas" de Alacuás,
puso todo su empeño en prepararlas lo mejor posible y así junto a la formación
doctrinal y espiritual, les daba clases de pedagogía catequética que él
personalmente elaboraba, empleando muchos esquemas y gráficos. Se preocupó de
esta tarea hasta su muerte.
Su filial devoción a María se traduce en propagar la
verdadera devoción mariana según el espíritu de san Luis Mª Grignón de Monfort
mediante escritos en revistas y ponencias en Congresos Marianos.
Celo pastoral
De su amor a Dios fluía
con naturalidad el celo por su gloria en el bien de los hombres.
Fue incansable en el
trabajo pastoral que abarcaba muy variados campos.
Además del trabajo
propio de la atención a su Parroquia, al Colegio y a los colegiales, o a los
deberes de la Capellanía, atendía espiritualmente a muchos sacerdotes,
seminaristas o religiosas, sin excluir a no pocos seglares
piadosos que acudían a él, tanto
en la dirección espiritual como en Ejercicios Espirituales, que dirigió
innumerables veces.
Su trayectoria ministerial transcurre en todos los
campos de la "Cura animarum", siempre en sencillez y sin detentar cargos de
gran importancia, si se exceptúan los 8 años de Rectorado del Colegio Mayor de
la Presentación y Sto. Tomás. Por pura obediencia al Prelado y con mucho
dolor y sufrimiento aceptó esta ardua tarea que le causó indecibles sinsabores
por querer ejercerla de la mejor manera posible en la difícil situación
provocada por el cambio de Constituciones realizada por el Arzobispo Guisasola
contra el parecer de los colegiales y no pocos sacerdotes, antiguos colegiales
que le consideraban casi un traidor.
Su primer cargo ministerial durante 10 años es la Vicaría
perpetua de Segart. (1892-1902). Con gusto hubiese continuado en este cargo si
la presión de sacerdotes amigos y de los mismos Superiores no le hubieran
empujado a participar en las Oposiciones para Párrocos.
Logra la máxima calificación, lo que le daba opción a
elegir las mejores parroquias, pero acude el último día, cuando todos ya han
podido escoger las más atractivas. Queda aun vacante la recién creada parroquia
de Massarrojos, se la ofrecen y la acepta.
Después de ocho años de intensa labor pastoral en esta
Parroquia el Prelado le impone el Rectorado del Colegio de Sto. Tomás y
permanece en este cargo durante otros ocho años, y aunque al final de cada
curso presenta la dimisión, pero no se la acepta.
Por fin el año 1918 el Arzobispo Salvador y Barrera le
acepta la dimisión como Rector del Colegio de Sto. Tomás y le nombra Capellán
del convento de monjas agustinas en Benicalap.
En el año 1911 junto con otros beneméritos sacerdotes
funda la sección diocesana de la "Unión Apostólica" y la preside durante veinte
años consecutivos. El empeño que pone en esta tarea hace que en pocos años
lleguen a pertenecer a dicha asociación 350 sacerdotes. Su constante
preocupación por la santificación del clero diocesano hace que mensualmente lea
el boletín que cada unionista le envía y de nuevo se lo remita con una frase de
la Escritura o de los Stos. Padres adecuada a la situación espiritual que
detecta en el sacerdote. Algunos dicen que tiene el don del discernimiento de
espíritus. Y son muchos los que mantiene dirección espiritual con él. Su trato
siempre reconforta y anima. Muchos de los sacerdotes que sufrieron el martirio
en la Guerra civil (1936-39) se contaban entre los que había dirigido
espiritualmente el Siervo de Dios.
Una pléyade tan grande de sacerdotes mártires no es una
casualidad, como reconocieron en su día en la Congregación para las causas de
los Santos, sino fruto de un serio cultivo espiritual que en gran parte hizo el
Siervo de Dios con los muchos que pidieron su ayuda espiritual.
En 1925 el arzobispo Melo y Alcalde le destina como
Cura Ecónomo de la Parroquia de San Miguel y San Sebastián para que ponga orden
y revitalice la referida parroquia que llevaba muchos años de desgobierno. De
nuevo una labor ardua que desempeña de modo eficaz y admirable durante tres
años. Los feligreses pronto detectan la calidad del nuevo Cura y hasta los
anticlericales le respetan y reconocen su virtud, como ya había sucedido en
Segart y en Massarrojos.
Característica muy acusada en el S. de D. consecuencia
de su gran confianza en el Señor fue el gran DESPRENDIMIENTO de los bienes
materiales.
Nunca fue rico ni tuvo
apego al dinero. Generalmente rehusaba recibirlo cuando se lo daban como
limosna de los trabajos ministeriales, y si lo aceptaba era para darlo a los
pobres o comprar algún objeto de culto.
No aceptaba regalos
personales excepto algún libro, especialmente de catequesis. ( Anécd. del
cubierto de plata fundido para corona de la Virgen; la limosna que le hace el Ayuntamiento
de Rugat la invierte en comprar una custodia, que le cuesta mucho más de lo
recibido, y la regala al pueblo.)
En una ocasión, estando
en Segart fue a pie a predicar a una fiesta en Náquera, y al regresar le salió
un hombre que le robó la limosna. Se calló, pero a los pocos días su hermana le
pidió dinero porque necesitaba y le respondió: "Le dejé la limosna prestada
a un hombre que lo necesitaba." Algún tiempo después, al detener al
ladrón se supo toda la verdad.
Nunca tuvo cargos que
produjeran abundantes ingresos, ni se agenció tareas lucrativas. Vivió siempre
con lo mínimo porque cuando disponía de algún dinero lo invertía en apostolado
o en ayudar a los pobres.
Tal fue su pobreza
que ya enfermo no podía atender los gastos de la enfermedad de modo que en un
primer momento algunos sacerdotes muy amigos recaudaron limosnas entre ellos
para ayudarle, pero las Operarias quisieron hacer frente a todos los gastos de
quien consideraban su Fundador, como gratitud por lo mucho que había hecho por
ellas.
[Su féretro fue
obsequio de un conocido funerario que comento: "Le regalo el mejor que tengo
porque como D. José hay muy pocos".]
Era pobre pero no
mísero. Vestía muy sencillo pero limpio y ordenado.
Atento no sólo a las necesidades espirituales sino
también materiales de sus feligreses, con suma discreción hace llegar las
limosnas a quienes más lo necesitan, que no son pocos en una Parroquia del
extrarradio de la ciudad, poblada por trabajadores con muy escasos ingresos.
De la misma manera había actuado en las Parroquias anteriores atendiendo a los
pobres con la máxima delicadeza para que no se sintieran humillados.
Ya en Segart establece una escuela nocturna para
enseñar personalmente a los analfabetos, que eran la gran mayoría de la
población.
Tres años llevaba rigiendo la Parroquia de San Miguel
y San Sebastián cuando se convocan nuevas Oposiciones para Párrocos. Creyendo
interpretar el deseo del Prelado, se presenta y logra una excelente
calificación, pero de manera inexplicable no le asignan ninguna Parroquia.
Como él mismo dice: "Me quedo en medio de la calle."
Con gran probabilidad esta decisión la tomó el Prelado asesorado por una persona
extradiocesana que prácticamente desconocía al Siervo de Dios. Pero semejante
decisión causó estupor y una sorda protesta en la gran mayoría del clero
diocesano que sabía muy bien quien era D. José Bau.
Es admirable que decida ausentarse de la ciudad: "Para
que se calmen las habladurías y al no verme no tengan ocasión de criticar al
Prelado, porque de todo este asunto lo que más me duele es que se hable mal del
Arzobispo." Esta reacción pone de manifiesto, una vez más, la altísima
calidad cristiana y sacerdotal de quien ya desde niño, ni aun por sorpresa, se
le ha podido sacar una palabra de crítica contra nadie. Cuando no podía aprobar
o excusar el comportamiento de otra persona, se callaba.
Su austeridad era proverbial. Nunca se supo que
comidas le gustaban o desagradaban. Tomaba lo que le servían sin pedir nunca
nada, aunque por descuido involuntario faltase el pan, la sal o el aceite.
Aunque practicaba las mortificaciones corporales:
disciplina, cilicio, ayuno, etc. era muy amigo de las pequeñas mortificaciones
que servían para mantener atento el espíritu, y esto, más que grandes
mortificaciones, es lo que recomendaba a quienes le pedían orientación
espiritual.
Varias veces se le quiso llevar al Seminario primero
como profesor de Lógica y más tarde de Moral, pero logró evitarlo por
considerar que ni poseía títulos ni era el adecuado para estas tareas, aunque
muchos pensaban lo contrario.
El Siervo de Dios fallece a primeras horas del día 22
de noviembre de 1932, después de una noche terrible en la que se enfrenta a
una grave tentación contra la fe: "Satanás me quiere arrancar la fe." Al
amanecer, como los días anteriores, un sacerdote amigo celebra la Eucaristía en
su habitación, participa con gran devoción, recibe el Cuerpo de Cristo, cruza las
manos, fija los ojos en lo alto y sin decir palabra, con gran paz y serenidad
entrega su espíritu al Señor.
He aquí en apretada síntesis el perfil de un sencillo
Cura que esperamos un día la Iglesia públicamente reconozca su santidad.