Bajo el título
"San Josemaría Escrivá de Balaguer durante la guerra civil española: unas
vivencias sobre la libertad, la convivencia y el perdón", Benito Badrinas
pronunció una conferencia en la IV Jornada Caminos de Libertad, celebrada el
pasado día 13 en la Seu de Urgell.
* *
*
La sociedad que nos rodea
parece una sociedad amante de la paz. Es posible que las gentes de nuestro
tiempo se hayan cansado de guerras que promueven unos pocos, quizás incluso con
intereses bastardos. Guerras que traen muertes y tremendas destrucciones... y
que no resuelven nada. Cuando terminan, siguen los mismos odios con los mismos
problemas o peores,
Pero
toda ansia o reivindicación de paz se queda en simple ruido, si no lleva unidos
los valores verdaderos de libertad, de convivencia y, si hiciera falta, de
perdón...
La
vida de San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei puede
enseñarnos algo porque tuvo que sufrir mucho al encontrarse metido en una
sociedad de hombres que no tenían el mínimo respeto a la libertad de los demás.
Vivió
en España hasta 1947. En los años treinta, antes de la guerra civil, estuvo en
Madrid desde 1927, en una sociedad tremendamente violenta, sin respeto a la
persona o pensamiento del otro. Una sociedad que desembocó inexorablemente en
una tremenda guerra civil. Aquella guerra tuvo su fin pero no penséis que San
Josemaría obtuvo entonces una paz o una convivencia con respecto a un mínimo de
libertad. Basta que recuerde que en Barcelona tuvo que decir a los que le
seguían —algunos les hacían la vida imposible— que, cuando se pudiera, habría
un oratorio que tendría como lema visible las palabras del Evangelio de San
Juan: Veritas liberabit vos (Jn 8, 32), la verdad os hará
libres... Y así se cumplió en el Colegio Mayor Monterols donde se escribieron
en 1949 como un testimonio de la historia para la historia.
Quizás
somos pocos los que conocemos que en 1947 estableció su residencia en Roma
aunque no era estrictamente necesario por ser el Presidente general de una
institución de carácter pontificio o universal. Es posible que incluso lo más
aconsejable era que hubiera seguido en España unos años más. Pero, se marchó a
Roma con cierta precipitación y anacrónicamente, porque en este país no le
dejaban vivir en paz. Yo le he oído decir, sin eufemismo, y muchas veces, que
se tuvo que “exiliar”. Recuerdo una pequeña anécdota, entre otras muchas
que se podrían contar.
Sería
hacia 1941 que viajó de Madrid a Barcelona y alguien le aconsejó que, por
prudencia, adquiriese el pasaje del avión con nombre cambiado. Al llegar a la
ciudad condal, también prudentemente, tuvo que utilizar la hospitalidad de un
amigo sacerdote catedrático de la Universidad para que no pudieran localizarle.
Un tiempo después se supo que aquellas cautelas eran necesarias porque cuando
le llegó la noticia de su estancia al entonces Gobernador civil de Barcelona,
comentó: Me alegro que viajase así porque si yo me entero que venía a
Barcelona, le hubiera hecho detener en el aeropuerto.
De
todas maneras tampoco fuera de España encontró el respeto a la libertad
necesario para tener paz. Sería en los sesenta del siglo pasado que le oí decir
con cierta decepción, al regreso de un largo viaje por algunas naciones
europeas: No he encontrado la libertad en ningún lugar.
Un
día le oí decir algo muy significativo: Me gustaría escribir un tratado
sobre la tiranía. Recuerdo muy bien los trazos con los que dibujaba la “tiranía”,
cómo eran los gobiernos tiránicos y las consecuencias que se derivaban de
ellos. Él lo había experimentado bien.
Encontraríamos
infinidad de textos que nos dejó escritos en defensa de la libertad pero hemos
de quedarnos hoy sólo con una muestra. Pertenece a una homilía pronunciada el
año 1970 en la que dijo: Algunos de los que me escucháis me conocéis desde
muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la
libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por
toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo
sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante
(Es Cristo que pasa, n. 184).
Hoy
se habla mucho de libertad pero, si mantenemos la lámpara de Diógenes
encendida será hoy también difícil encontrar la verdadera libertad, la
auténtica libertad. Hoy lo que se ha extendido y se sigue extendiendo
maléficamente es la caricatura de la libertad que se puede llamar relativismo:
el engañoso y corrosivo hay que respetarlo todo... o vale todo.
Este
tipo de aparente liberalismo radical que lleva al libertinaje, no respeta ni
siquiera la manera de pensar íntima o la conciencia de cada uno, porque no
respeta la verdad.
Hay
que recordar que la conciencia es la norma suprema de conducta y que siempre
debe ser respetada. Al mismo tiempo, es preciso saber bien lo que es la
conciencia verdadera o recta. El Cardenal Ratzinger, que sería años después el
Sumo Pontífice, reflexionó sobre esta libertad de pensamiento y descubrió una
contradicción cuando el juicio de la conciencia —que hay que seguir, en eso no
hay duda— se considera infalible.
Si
así fuera, si se considerase infalible, querría decir que no existe ninguna
verdad. Este relativismo tendría por tanto un falso concepto de la conciencia,
se tendría sólo una verdad del sujeto, que quedaría reducida a su sinceridad.
En este caso, lo que cada uno piensa o en lo que construye su vida, no se
presenta, como la ventana desde la que el hombre abarca con su vista la verdad
universal (...). Más bien parece ser el cascarón de la subjetividad, en el que
el hombre se puede esconder huyendo de la realidad. En este sentido, la
conciencia no abre las puertas al camino libertador de la verdad sino
que es la instancia que nos exime de la verdad. Lo subjetivo se presenta
como lo que debe ser respetado o es indiscutible. No hace falta preocuparse por
buscar la verdad, basta con ser libre o sea tener las propias opiniones o
convicciones muy firmes y adaptarse o respetar las de los demás. Entonces, el
hombre queda reducido a sus convicciones superficiales —concluye diciendo
el cardenal Ratzinger— que, cuando menos profundas sean, tanto mejor para él.
(J. Ratzinger, Ser cristiano en la era pagana, p. 30. Madrid, 2006)
El
resultado de este relativismo es una sociedad que deja de importarle la verdad,
y que la sustituye por el imperio de lo políticamente correcto, por la
comodidad, por el capricho, o por el orgullo o egoísmo.
El
Cardenal Ratzinger vio claro el error de la mal entendida libertad y sus consecuencias,
en una conversación entre amigos. Dice: Alguien objetó a esta tesis que, si
esto tuviera un valor universal, entonces hasta los miembros de las SS nazis
estarían justificados y tendríamos que buscarlos en el paraíso.
Efectivamente los nazis estaban profundamente convencidos de su causa por más
que sus acciones fueran objetivamente espantosas. Por lo tanto a nivel
subjetivo se comportaron moralmente bien desde el momento en que
siguieron el dictamen de su propia conciencia. Un evidente disparate. Ese día,
termina diciendo el entonces cardenal, llegó a la conclusión de que un
concepto de conciencia que llevaba a conclusiones semejantes, tenía que ser
falso (cfr. Íbid. p. 31). Efectivamente, la libertad no es algo
indeterminado —un “todo vale”— sino que está sometida a la búsqueda
sincera de la verdad objetiva.
Todos
conocemos al personaje que tuvo un importante protagonismo en relación a
Jesucristo: Poncio Pilatos. A este Pretor, en cuanto oyó que el Maestro decía
que el sentido de su vida era dar testimonio de la verdad se le escapó decir
cínicamente y sin ningún interés por ella: «Y ¿qué es la verdad?».
Luego, se lavaría las manos y daría la injusta sentencia que conocemos.
San
Josemaría Escrivá entendía muy bien que la libertad verdadera comporta buscar
la verdad. Por eso, repitió incansablemente, unas palabras sencillas, profundas
y magistrales a mi entender: Libertad de conciencia: ¡no! —Cuántos males ha
traído a los pueblos y a las personas este lamentable error, que permite actuar
en contra de los propios dictados íntimos. Libertad “de las conciencias”, sí:
que significa el deber de seguir ese imperativo interior..., ¡ah, pero después
de haber recibido una seria formación! (Surco, 389).
No
quisiera que, con esta breve disquisición perdiéramos de vista el actuar de San
Josemaría que no sólo no tuvo animadversión o rencor hacia nadie, sino que
siempre tuvo un exquisito respeto hacia las ideas o conductas de los demás.
Estamos
en los años treinta. Josemaría Escrivá iba a rezar a los difuntos que tenía en
el cementerio de Madrid y cuenta: Como es costumbre desde la república, esa
multitud envenenada por periódicos, folletos y hojas
pornográfico-anticlericales, también me insultó a gusto en mis idas y venidas
al cementerio. Anotaré un par de casos curiosos: uno de esos días, había junto
a una de las dos fuentes que hay en el camino que va desde la carretera de
Aragón al Este, un grupo de chiquillos y mujeres haciendo cola, para llenar de
agua sus cántaros, botijos, latas... Del grupo de chiquillos salió una voz:
“¡un cura! Vamos a apedrearlo”. Con un movimiento anterior a mi voluntad, cerré
el breviario, que leía, y me encaré con ellos: “¡Sinvergüenzas! ¿éso os enseñan
vuestras madres?” Aún añadí otras palabras. Entonces se excusaron unos con
otros. “ha sido éste..., ha sido éste”. Y una mujerona del grupo me dijo: “Pero
¿usted cree que éstos hacen caso a sus madres?” —Estoy seguro de que, si no les
hago frente, aquellos golfos, entre el regocijo de los adultos, me lapidan como
a San Esteban. He de advertir que otros días, al pasar yo al lado de la cola
hidrófila acostumbraba uno u otro de ellos o de ellas a cantar, en alto,
aquello de “si los curas y frailes supieran...”.
Sigue
escribiendo: Otro caso: la calle de Lista, al final. Venía este pobre cura,
cansado, de la novena. Se destaca un albañil de una obra, que están haciendo y
dice, insultante: “una cucaracha ¡hay que pisarla!” Muchas veces voy haciendo
los oídos sordos al insulto. Esta vez no pude. “¡Qué valiente —le dije—,
meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿ésa es la libertad?” Le
hicieron callar los demás dándome, sin palabras, la razón. Unos pasos adelante,
otro albañil quiso de alguna manera explicarme el porqué de la conducta de su
compañero: “No está bien, pero, ¿sabe usted?, es el odio”. Y se quedó tan
tranquilo (Cfr. Apin.210-211 en A.V.P. cap. 6.3).
Son
anotaciones en sus apuntes íntimos y puede subrayarse que no hay ningún
comentario agresivo o de condena a nadie. Narra lo que ocurría, lo lamenta... y
nada más.
Vino
después la guerra y le fueron llegando noticias de asesinatos de amigos o de la
destrucción a quema de las cosas sagradas.... Muchas veces se le verá llorar de
pena. Entre sus amigos sacerdotes asesinaron a Lino Vea Munguía, a Josemaría
Vegas, a San Pedro Poveda, y hasta el primo de su madre, Mariano Albás, que
antes de ordenarse había sido su padrino de bautismo... Lloró, sí, pero no se
le oyó ningún comentario de odio o de amargura. Si acaso rezaba y desagraviaba.
Para
salvar su vida tuvo que estar encerrado durante muchos meses en diferentes
refugios: casas particulares, manicomios o legaciones diplomáticas. Procuraba
que el tiempo no pasase vanamente y trataba de aprovecharlo y animaba a los que
estaban con él a no perderlo. Escribía cartas, leía, estudiaba y, por supuesto,
rezaba. Desde luego el tiempo no trascurría inútilmente como se aprecia en un
reflejo biográfico que escribió en Camino: No se veían las plantas
cubiertas por la nieve. —Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo:
"ahora crecen para adentro”. — Pensé en ti: en tu forzosa inactividad
(n. 294).
En
septiembre de 1937 se fue fraguando la idea, después de diversos intentos
fallidos, de que era posible seguir los pasos por lo que unos buenos amigos
habían salido de España por los Pirineos. Se pusieron en marcha en una aventura
que les iba a costar más de dos meses de preparación y luego, seis noches de
caminar durísimo para ir desde Pallerols hasta Andorra acompañados de múltiples
incertidumbres y se pueden leer los diarios u otros testimonios y se comprobará
que no hubo animadversión hacia los que podían ser los causantes de las
dificultades en que estaban.
Un
pequeño detalle significativo es que durante el mes largo que pasaron en
Barcelona San Josemaría visitó a un gran amigo que recordaba de sus años de
estudios en Zaragoza y que estaba de Magistrado en la Audiencia territorial.
Era claro que se trataba de una persona con la que no compartía muchas ideas.
Aquel día fue a comer a su casa y su principal preocupación fue la de comprar
algún delicado obsequio a sus hijos. Hablaron de los recuerdos que les unían y,
una vez más, se manifestó el respeto que tenía a las opiniones de cada uno
aunque, como en aquel caso, muchas no las compartiría. Puede añadirse que este
hombre tuvo que marcharse de España al terminar la guerra y fue detenido por
los alemanes en Francia y, cuando estaba en el tren a toda marcha, camino de la
entrega a las autoridades franquistas, se tiró a la vía.
San
Josemaría siempre afirmó la libertad en cuestiones políticas en las que todo es
opinable, es la confrontación de diferentes puntos de vista o soluciones para
los países. En aquellos años treinta en los que el desencuentro político era
tan radical, nunca se manifestó a favor de uno u otro partido. Lo único que le
importaba era cumplir la misión sacerdotal que había recibido de Dios
afrontando las dificultades que se pudieran presentar con una serenidad no
incompatible con el optimismo. Ciertamente contemplaba los sucesos en el contexto
de una palabra —ciertamente profética— de Jesucristo: En el mundo tendréis
sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo (Io. 16, 33).
Jordi
Piferrer me ha recordado dos pequeñas anécdotas. Una contada por Juan Jiménez
Vargas, uno de los protagonistas de la andadura por el camino de la libertad.
Acababa de terminar la carrera de medicina y había tratado a San Josemaría
asiduamente desde 1932. Era Juan un hombre que había actuado en política como
tradicionalista y siempre le sorprendió que San Josemaría no hablara nunca de
política en aquellos años de confrontación entre las dos partes de España, en
que la mayoría de gente pensaba que la solución la darían los diferentes
partidos políticos. Sembraba paz y serenidad, y hacía rezar a la gente para que
se acabara aquella barbarie de la guerra, pero no atacaba a las personas que
pensaran diferente de él: los perdonaba si le habían hecho algún mal y rezaba por
ellos.
También
me ha recordado Jordi el enfado de uno de los caminantes —Pedro Casciaro—
cuando tanto por las autoridades andorranas, como las francesas fueron
calificados como refugiados políticos ya que ellos no habían salido de España
por razones políticas sino de supervivencia en libertad.
Yo
recuerdo que al saludar a San Josemaría un día que llegábamos a Roma, alguien
aludió inoportunamente a la actuación pública de una persona del Opus Dei que
ostentaba un cargo político en España. No puedo dejar de recordar la rápida e
impresionante respuesta. «Eso no me importa nada... Si me dices que está
enfermo o que no se encuentra bien, me preocuparé enseguida de que reciba los
cuidados que necesite..., pero ¡no me importan nada sus actuaciones públicas o
políticas!»
El
19 de abril de 1938, cuando ya llevaba tres meses viviendo en Burgos, escribió
este suceso: Un alférez, que ha sufrido extraordinariamente en su familia y en
su hacienda, por las persecuciones de los rojos, profetiza sus próximas
venganzas. Le digo que he sufrido como él, en los míos y en mi hacienda, pero
que deseo que los rojos vivan y se conviertan. Las palabras cristianas chocan,
en su alma noble, con aquellos sentimientos de violencia, y se le ve
reaccionar.
Cuando
estaba aún fresco el fin de la guerra con victoria para unos y derrota para
otros, como suele suceder, pero con pérdida para todos, algunas irreparables;
cuando el país seguía silenciosamente dividido en dos bandos irreconciliables
por rencores enconados sobre pilas de muertos..., era insólito que se diera una
anécdota de este tenor: San Josemaría había tomado un taxi y conversaba con el
conductor. Salió a colación la tragedia pasada. Le decía lo que pensaba: ¿No
le parece que ha sido una guerra sin razón? ¿No le parece que España es lo
suficientemente grande para que convivamos todos... aún con maneras diferentes
de pensar? Porque Vd. —le iba diciendo—, puede tener sus ideas pero
podemos hablar y pienso que es posible que yo le convenza y usted podrá
rectificar, o es posible que yo entienda que tiene usted la razón y entonces yo
rectificaré. Y si ninguno convence al otro, podemos seguir hablando y
conviviendo, ¿no le parece?
San
Josemaría se sorprendió con la agresividad y rencor que corroía el alma de
aquel hombre, al oírle decir: ¿Estaba Vd. en Madrid durante la guerra?
Tras su contestación afirmativa aquel hombre dijo con odio: ¡Qué lástima que
no le matasen!. Llegada a destino y, al pagar la carrera el sacerdote vació
su billetero y entregándole todo lo que llevaba al conductor, le dijo: ¡Para
que hoy les dé un buen postre a sus hijos!. No hubo más, así se
despidieron.
Puede
pensarse que aquella “propina” del sacerdote al llegar a destino, fue un
gesto insólito entonces. Pero me permito pensar, ¿No sigue siendo también hoy
igualmente infrecuente? Cuando nuestros conciudadanos ponen el énfasis a favor
de la paz y en contra de la guerra pública o privadamente, ¿son verdaderamente
auténticos? Aquel que hoy se manifiesta con fuerza contra las guerras ¿ha
mirado si acaso su grito no está saliendo de un corazón está lleno de rencores
y odios grandes o pequeños?.
Efectivamente,
no se puede convivir en paz con los que no respetan la libertad de los otros.
Se puede señalar aún un nuevo aspecto: es fácil arreglar lo que está lejano. No
cuesta ningún esfuerzo. Lo difícil es abrazar al que tenemos cercano pero que
piensa de forma diferente o que se nos distancia por actitudes que consideramos
inaceptables e incluso imperdonables.
A
un sacerdote le hacen preguntas sobre su vida y, entre muchas cosas, recuerda
aquel día en que oyó a un grupo de jóvenes conversar de los males que hay en el
mundo: drogodependencias, familias destruidas, abortos, discriminaciones…
crímenes. Se sintió empujado a intervenir y les fue diciendo que en este mundo
podemos tener la sensación de que estamos embarcados en una nave que se hunde
porque hace agua por todas partes y nos damos cuenta de que sólo podemos poner
un dedo a la vía de agua. Efectivamente, no podemos hacer nada —les decía— en
todo lo que pasa en Asia, o en el Medio Oriente, o en Etiopía o en Irak. Pero
sí hay una cosa que podemos hacer: ¡ayudar al vecino, al que está cerca!
Recordó
entonces que en otra ocasión estaba también con un grupo de jóvenes a los que
les habían enseñado a rezar por Somalia. No les dijo que estuviera mal, pero,
les preguntó, ¿No es posible que alguno de vosotros haga la vida imposible a
sus padres o no se dé cuenta que en su casa están pasando por dificultades? ¿No
os parece que deberíamos pensar más y mejor en cómo tratamos a los hermanos o a
los compañeros... o a los profesores....? Es posible que por Somalia podáis
hacer poco o nada y esto es muy fácil. Sin embargo, podéis hacer mucho por
vuestros padres o maestros... Aunque es más difícil y exige más esfuerzo.
Yo
recuerdo vivamente la conversación de San Josemaría con un conocido escritor e
intelectual de aquellos años. Era el octubre de 1960 y yo estuve presente en
aquella media hora que duró la cordial entrevista. Era una mañana de domingo de
fines de octubre de 1960. El que iba a ser el interlocutor de San Josemaría,
conocía muy bien la división que había entonces entre dos grupos de profesores
universitarios y me consta, porque muchas veces lo habíamos comentado, que lo
lamentaba profundamente. Los dos grupos eran titulados como los intransigentes
y los comprensivos. A San Josemaría lo habían situado entre los intransigentes
y a ello se refirió en aquella conversación.
Aquí
mismo –le decía—, en este mismo despacho, he recibido a
comunistas sabiendo que eran comunistas, a falangistas sabiendo eran
falangistas, a masones conociendo su condición... y después resulta que ... ¡yo
soy el intransigente!
Fue
así desgranando sucesos o anécdotas de este tenor y me parece que al final se
refirió a que, en Londres, donde había estado en el verano, fue invitado a
comer a la casa de la hija de un conocido escritor español casada con un inglés
y pudo decirle: Cuando vayas a Madrid y veas a tu padre, dile que él y yo
podemos tener ideas diferentes y pensar distinto pero es necesario que nos
respetemos mutuamente.... Y volvía a decir con fuerza: Y, después,
resulta que ¡¡yo soy el intransigente!!
Llegó
el momento de la despedida y salimos. Anduvimos un tiempo callados pero pronto
el interlocutor me dijo: Don Josemaría es un verdadero aragonés. Así se
refería al vigor y fuerza de su carácter pero añadió: Es curioso que un
hombre tan apasionado sea tan justo en el juicio de las personas... Bueno —matizó—,
es que, por encima de su carácter está su gran corazón.
Si
ojeáramos ahora los escritos de San Josemaría nos encontraríamos con un
sinnúmero de pasajes que nos iluminarían con lo que él consideraba el “corazón”
que debe guiar la relación con los demás y que repitió incansablemente a quien
quisiera oírle. He predicado siempre —escribe— que nos interesan
todas las almas —de cien, las cien—, sin discriminaciones de ningún género
(Amigos de Dios, n.9); o quizás más explícitamente: El gran
privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo
transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de
sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos
constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a
Tú, cara a cara (Es Cristo que pasa, n. 48).
Llegado
a este punto podemos decir que los hombres nunca podrán convivir si no se aman
sincera y mutuamente. Y aquí es forzoso, y es de justicia que pasemos la vista
por el primer libro que en la historia nos ha ilustrado sobre el valor que
tiene el corazón en las relaciones humanas. Veamos muy someramente aspectos que
eran novedosos cuando se escribieron y que quizás siguen siéndolo a pesar que
es lo esencial para construir una humanidad. Al menos se deberían sentir
llamados los cristianos.
Un
día alguien, buen conocedor de la Ley antigua, preguntó a Jesucristo, con
intención de tentarle: Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la Ley?
Y Él dijo entonces, posiblemente con énfasis: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y
primer mandamiento. El segundo es como éste: amarás a tu prójimo como a ti
mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. (Mat.
22, 37).
En
otra ocasión pudo completar esa idea central cuando otro le manifestó que no
sabía quién era su “prójimo”. Un día, le explicó, un hombre
fue asaltado en un camino y dejado medio muerto a la vereda. Pronto pasaron por
allí hombres de peso en la sociedad religiosa de los judíos y vieron al herido
pero pasaron de largo. Sin embargo, pasó después un hombre que no tenía nombre
y sí motivos de desprecio en el pueblo, y se detuvo, curó sus heridas, lo montó
en su cabalgadura y lo llevó a la posada y sufragó generosamente de su
hospedaje y tratamiento... (cfr. Lc. 10, 30-37).
Pero
no está aún dicho todo. Faltaba aún lo más incomprensible para los judíos: Habéis
oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo:
amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan (...). Porque
si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los
publicanos? (Mt. 5, 43)
Difícilmente
encontraremos algo tan concreto y completo. A veces, cuando se habla de
cristianismo se olvida lo más importante: amar sin límites, ver quién es el
prójimo —aquel que está más cerca y nos necesita—, y no tener enemigos. No se
puede decir más.
San
Josemaría se hace eco de esta enseñanza cuando recoge un pensamiento de San
León Magno: Con el nombre de prójimo, no hemos de considerar sólo a los que
se unen a nosotros con los lazos de la amistad o del parentesco, sino a todos
los hombres, con los que tenemos una común naturaleza... Un solo Creador nos ha
hecho, un solo Creador nos ha dado el alma. Todos gozamos del mismo cielo y del
mismo aire, de los mismos días y de las mismas noches y, aunque unos son buenos
y otros son malos, unos justos y otros injustos, Dios, sin embargo, es generoso
y benigno con todos (Amigos de Dios, n. 230).
Quien
así habla, no nos extraña que también rubrique estas palabras: Si se ha de
amar también a los enemigos —me refiero a los que nos colocan entre sus
enemigos: yo no me siento enemigo de nadie ni de nada—, habrá que amar con más
razón a los que solamente están lejos, a los que nos caen menos simpáticos, a
los que, por su lengua, por su cultura o por su educación, parecen lo opuesto a
ti o a mí (Íbid.).
En
fin, Jesucristo, en el momento más solemne de su vida, en su despedida, dicta: Un
mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado...
Y añadió: En esto conocerán todos que sois mis discípulos... (Io.
13, 34).
También
a estas palabras pone un comentario San Josemaría: El anuncio y el ejemplo
del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina. Y,
sin embargo, muchas veces he pensado que, después de veinte siglos, todavía
sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de
practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido y prefiere no enterarse. Con un
egoísmo exacerbado, concluyen: para qué más complicaciones, me basta y me sobra
con lo mío (Amigos de Dios, 223).
Estamos
ya en el último punto. Por encima del respeto a la libertad, de la comprensión
y, si se quiere del perdón, no habrá nunca una verdadera y auténtica
convivencia entre los hombres si no se quieren o no tratan de aprender a
quererse.
Benedicto
XVI en una Encíclica que pretende orientar el comportamiento social de los
hombres y naciones de nuestro tiempo dice, —y vale la pena escucharlo—, que «la
novedad principal ha sido el estallido de la interdependencia planetaria, ya
comúnmente llamada globalización (...). Surgido en los países económicamente
desarrollados, este proceso ha implicado por su naturaleza a todas las
economías. Ha sido el motor principal para que regiones enteras superaran el
subdesarrollo y es, de por sí, una gran oportunidad (...). Por eso, la caridad
y la verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy
vasto y complejo. Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y
orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de
esa “civilización del amor”, de la cual Dios ha puesto la semilla en cada
pueblo y en cada cultura» (Caritas in veritate, n. 33).
La
responsabilidad social, la interrelación entre estados, naciones, etnias o
personas no halla la justicia o el bien común, sólo con una referencia a la
comprensión, al perdón, al respeto a la libertad o intimidad de cada uno. Para
que la relación con los demás sea justa es preciso que los hombres se quieran:
si no hay amor, no busquemos la justicia en el mundo porque nunca la encontraremos:
no estará.
La
reflexión de Benedicto XVI transcurre haciendo honor al título de la Carta —Caritas
in Veritate o sea el Amor con la Verdad— y puede decirse que la explicación
está en unas palabras del comienzo: «La caridad es la vía maestra de la doctrina
social de la Iglesia (...). Ella da verdadera sustancia a la relación personal
con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones,
como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las
macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas (...):
todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella
tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es
su promesa y nuestra esperanza».
Eso
es lo que San Josemaría repitió con constante martilleo. Leamos: El amor a
las almas, por Dios, nos hace querer a todos, comprender, disculpar,
perdonar... Debemos tener un amor que cubra la multitud de las deficiencias de
las miserias humanas. Debemos tener una caridad maravillosa, veritatem
facientes in caritate, defendiendo la verdad, sin herir (Forja, n.
559).
Un
día paseábamos dos o tres con San Josemaría, que hablaba de la preocupación de
los unos con los otros en la sociedad. Algo tenía que ver con la cuestión
social y, entre otros muchos aspectos y anécdotas vivas nos contó que hacía
unos días le habían contado que un determinado Obispo había publicado un
documento condenando a los ricos. Él con rapidez, contestó: Decidle de mi
parte cuando le veáis que con lo que él desayuna podrían comer cinco pobres
durante una semana, y añadía: ¡Porque yo sé lo que desayuna! Y
aclaraba que nadie debía hablar contra nadie: No contra los ricos, ni contra
los pobres... aunque se ayude a que unos y otros sean solidarios y se preocupen
de los demás...
Este
era un día en el que San Josemaría sufría un trance doloroso por la muerte de
una persona querida. Él era muy sobrenatural... pero también muy humano, y nos
dijo: Sufro porque tengo corazón. Vosotros, no dejéis nunca de tener
corazón... Son unos desgraciados los que no tienen corazón.
Unas
palabras podemos aún recoger de San Josemaría. No se las oí decir a él sino a
dos personas que inmediatamente después de su fallecimiento daban testimonio de
su vida con sus recuerdos. Traté de no olvidarlas pero a veces tenía dudas de
su exactitud hasta que leí uno de sus libros póstumos y encontré aquellas
palabras en uno de estos párrafos que tienen sabor autobiográfico: Decía
—sin humildad de garabato— aquel amigo nuestro: “no he necesitado aprender a
perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer” (Surco, n. 804).
San Josemaría, sin duda tuvo gran respeto al
pensamiento de todos, no solía intervenir en temas políticos, comprendía a
todos y, sobre todo aceptaba a todos, pero en él no era una táctica de
convivencia, comprensión o apertura al diálogo, sino como consecuencia de una
convicción interior que vivía y fomentaba. Y éste es un resumen de su trato con
todos, siempre: Caridad siempre, con todos... Violencia, nunca. No la
comprendo, no me parece apta ni para convencer ni para vencer... El error se
combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos
desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad.
Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de
que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor
de Dios la suerte que ellos sigan.
Dr. Benito Badrinas
La Seu d’Urgell, 13 de noviembre de 2010