DOMINGO ONCE DEL
TIEMPO ORDINARIO-A
«Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban
maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos.
Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio poder para arrojar a los
espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de
los doce Apóstoles son éstos: Primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su
hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás v
Mateo el publicano; Santiago y Judas Iscariote, el que le entregó». (Mateo 9, 36.10, 4)
1º. Jesús, te llenas de compasión por aquellas gentes,
que están «maltratadas y abatidas como
ovejas que no tienen pastor».
¿Cuáles serán tus sentimientos
hoy, al ver tantos y tantas que ponen sus metas en el placer y en el tener, y
que acaban también maltratados y abatidos por los reveses de la vida?
¿No te darán pena todos ésos que
se creen independientes, dioses de sí mismos, cuando la experiencia les acaba
imponiendo sus limitaciones?
Les falta un pastor y están
desorientados en su pretendida seguridad: ¡están malgastando su única vida en
objetivos que no valen la pena!
La «mies es mucha, pero los obreros pocos. Son pocos los operarios que hay para
recoger tan abundante mies, lo cual no podemos decir sin que nos cause profunda
pena, porque aun cuando hay quienes oigan cosas buenas, escasean los que las
dicen» (San Gregorio Magno).
Jesús, ¡hay tanto que hacer!
Yo también siento pena por
tantos que no te encuentran, que no te conocen de verdad porque nadie les ha
hablado de Ti.
Hay mucho trabajo pero somos
pocos, muy pocos.
¿Qué puedo hacer?
«Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies».
Jesús, te pido que haya más
apóstoles, más almas entregadas a Ti en todas las actividades, en todas las
circunstancias sociales.
Para empezar, yo quiero ser uno
de estos apóstoles en medio del mundo.
Quiero ayudarte en este trabajo
tan impresionante que es cambiar el mundo, hacerlo cristiano.
No puedo excusarme y decir: me
parece bien, pero lo dejo para otros.
No.
Para esto no hay otros.
Los obreros siempre son pocos.
¡Cuenta conmigo!
2º. «Desgarra el
corazón aquel clamor -¡siempre actual!- del Hijo de Dios, que se lamenta porque
la mies es mucha y los obreros son pocos.
-Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú:
¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?» (Forja.-906).
Jesús, ¿cómo he respondido hasta
ahora a esta petición tuya de que hacen falta más obreros?
¿He pensado seriamente, en tu
presencia, la posibilidad de que me llames a una mayor entrega?
¿Lo he pensado de verdad?
Es mucho más sencillo dejar el
tema aparcado y concluir que no es para mí, porque no noto nada.
¿Qué espero notar, sobre todo
cuando no me lo planteo seriamente?
Y mientras, Tú te quedas ahí,
esperando un poco más de decisión, un poco más de entrega por mi parte.
«Habiendo llamado a sus doce discípulos...»
Jesús, el que llamas eres Tú.
Los discípulos no te
«escogieron», sino que los llamaste Tú.
Pero para que los pudieras
llamar, tuvieron que ponerse cerca, tuvieron que mirarte a la cara y
escucharte.
Que yo también me ponga cerca de
Ti, que te mire y que te escuche: que me puedas llamar para lo que haga falta.
«Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe
obreros a su mies.»
Jesús, hace falta que te pida
por las vocaciones.
Quieres que cada vocación vaya
precedida de mucha oración; quieres que te «arranquemos» esas llamadas.
Por eso me preguntas: ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?
La Comunión y el Rosario son dos momentos que no puedo dejar pasar
sin pedirte por una gran abundancia de vocaciones para tu Iglesia.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Lunes
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por
diente. Pero yo os digo: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien
te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera
entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa. A
quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos. A quien te pida, dale y no
rehuyas al que quiera de ti algo prestado.» (Mateo 5, 38-42)
1º. Jesús, tu doctrina es
la doctrina de Dios.
Los hombres no hemos
logrado superar tus palabras.
Tus consejos siguen
siendo -después de veinte siglos- revolucionarios y nuevos.
Hoy me enseñas a
saber perdonar, a excederse incluso con losque no me quieren, a dar sin esperar respuesta.
Me gustaría entender
un poco más cómo perdonar al que me ha hecho daño, cómo reaccionar
cristianamente sin caer en la ingenuidad.
La ley del Talión -«ojo por ojo y diente por diente»- ya había sido un gran avance: vengarse
del mal que alguien ha hecho, pero proporcionalmente, sin «pasarse».
Sin embargo, Tú vas
mucho más allá: «si alguien te golpea en
la mejilla derecha, preséntale también la otra.»
¿Cómo es posible
actuar así?
¿Es razonable no
contestar la agresión con la agresión?
Es lo más razonable,
porque Dios, que es la
Sabiduría, perdona siempre.
Jesús, Tú me has
enseñado a responder al odio con amor, la burla con comprensión, la crítica con
silencio, la violencia con paz.
Sabes perdonar hasta
a los que te clavan en la cruz: «Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34).
Enséñame a amar a
los demás como Tú les amas; ayúdame a disculpar siempre, a comprender siempre,
a perdonar siempre.
«La oración cristiana llega hasta el perdón de los
enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es
cumbre de lo oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que
en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio
de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de
ayer y de hoy dan testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de
la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (C. I. C.-2844)
2º. «Has de conducirte cada día, al tratar a quienes te
rodean, con mucha comprensión, con mucho cariño, junto -claro está- con toda la
energía necesaria: sino, la comprensión y el cariño se convienen en complicidad
y en egoísmo» (Surco.- 803).
Jesús, perdonar se
hace muy difícil a veces.
Parece que la otra
persona no se merece nada, después de haber hecho lo que ha hecho.
¿Y yo?
¿No me he comportado
bastante mal contigo?
¿No he contribuido
con mis pecados a que murieras en la cruz?
Yo sí que no merezco
el amor que me tienes y, sin embargo, Tú me signes perdonando.
¿Cómo no voy a
perdonar yo a los demás?
Ayúdame a vencer ese
natural rechazo ante el agresor injusto o ante el compañero que me ha fallado
en algo, para llegar a la reacción sobrenatural del perdón y de la comprensión.
Jesús, no hay que
devolver mal por mal, «ojo por ojo.»
Me pides que siempre
responda con comprensión, con cariño, con intención de ayudar. Pero esto no
significa comportarme con blandenguería o ingenuidad.
La respuesta
cristiana al error ajeno no es la aceptación -esa conducta sería cómplice y
egoísta- sino la corrección.
Lo que no es
cristiano es la venganza, ni el abuso de la fragilidad de los demás, ni el
desprecio.
Jesús, a veces es
muy difícil perdonar, pero otras aún lo es más corregir.
Corregir al que se
equivoca es una de las «obras de misericordia», y es muestra de verdadero amor.
Cuando mi posición
sea la de formar a otro -padre, directivo, profesor, jefe- a veces tendré que
corregirle, con energía si hace falta; pero siempre con comprensión y sentido
positivo, explicando el porqué de la corrección y ayudándole para que mejore.
Cuando no esté en
una posición de autoridad, si tengo amistad con la persona que está en el
error, es de justicia comentarle mi opinión con intención de ayudarle, o bien
buscar a la persona adecuada para que le haga ver el error con más delicadeza y
eficacia.
Ayúdame, Jesús, a
corregir y a perdonar como Tú lo harías.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Martes
«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a
tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os
persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que
hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso
también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué
hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, vosotros
perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» (Mateo 5, 43-48)
1º. Jesús, me mandas
amar al prójimo como a mí mismo, y aún más: amar a los demás como Tú los amas.
Y
Tú no amas sólo a los que te aman, sino que te preocupas de «buenos y malos,» y das tu vida por «justos y
pecadores.»
Por
eso, también yo he de querer a todos: a los que me caen mejor y a los que me
caen peor; a aquellos con los que me lo paso bien, y a los que son un poco más
pesados o cargantes.
Jesús,
Tú amas así porque amas de verdad.
El
verdadero amor no hace grupitos, no selecciona ni separa.
El
que ama sólo a los que le aman, a los que le caen bien o a aquellos con los que
se divierte o le hacen favores, no deja de ser un egoísta que -casi sin darse
cuenta- está calculando siempre el beneficio personal entre lo que da y lo que
recibe.
«Si amáis a los que os aman, ¿qué
mérito tenéis?»
También
actúan así los paganos, los que no te conocen, Jesús.
Y
Tú me has dicho que «en esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros»
Es
decir, el modo propio y distintivo de comportarse del cristiano es el amor
verdadero: no el «amor» egoísta, sino el que se sabe entregar por todos, el que
no distingue entre amigos y enemigos.
«Este mismo deber se extiende a los que
piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso
el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la
nueva ley a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es
incompatible con el odio al enemigo en cuanto persono, pero no con el odio al mal
que hace en cuanto enemigo» (C. I. C.-1933).
2º. «Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién
piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?
A todos, sin excepción, dijo el Señor: «Sed
perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto» (Camino.-291).
Jesús,
como soy hijo de Dios, me pides que me parezca a El: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es
perfecto.»
La
meta de la santidad, de la perfección, no es una meta exclusiva de sacerdotes y
religiosos.
Es
el objetivo natural de todo cristiano, pues es el Bautismo el que me hace hijo
de Dios.
Tú
llamas a todos a la santidad, aunque a cada uno le pidas que la busque de una
manera específica.
Jesús,
¿cómo puedo ser santo en mis circunstancias concretas?
¿He
de dejar lo que estoy haciendo, he de cambiar de actividad, de lugar o de
ambiente?
No
necesariamente, aunque a lo mejor me lo pides como parte de una vocación
específica.
Lo
que sí he de cambiar es el orden de mis prioridades: he de ponerte en primer lugar,
de modo que todo lo que haga lo haga por Ti, buscando hacer en cada momento tu
voluntad.
Para
ello necesitaré tenerte presente a lo largo del día, y dedicarte unos momentos
concretos en los que pueda hablar contigo a solas y comentarte lo que he hecho
o voy a hacer ese día.
El
día de un cristiano que lucha por ser santo, se apoya espiritualmente en la Santa Misa.
Allí
he de ofrecer mi trabajo, mis luchas, mis fallos, mis aspiraciones humanas, mis
amores.
Todo
lo que soy y lo que tengo -que no vale mucho- pasa a tener un valor infinito
cuando lo ofrezco en la Misa,
junto al Pan y al Vino: adquiere el valor redentor de tu sacrificio en el
Calvario, pues la Misa
es la renovación del sacrificio de la
Cruz.
Además,
durante la Misa
te recibo sacramentalmente en la
Comunión, y ese alimento me da fuerza para encarar el día con
visión sobrenatural.
Si
acudo diariamente a la oración y a la
Misa, Tú me ayudarás a ser santo y a amar de verdad a todo el
mundo.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Miércoles
«Guardaos bien de hacer vuestra justicia delante de los
hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de
vuestro Padre que está en los Cielos.
Por tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando,
como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de ser
alabados por los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que
hace tu derecha, para que tu limosna quede en oculto; de este modo, tu Padre,
que ve en lo oculto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son
amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas,
para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su
recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar entra en tu aposento
y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve
en lo oculto, te recompensará.
Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas,
que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os
digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu
cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre,
que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.» (Mateo 6, 1-6,
16-18)
1º. Jesús, hoy me recuerdas la importancia
de hacer las cosas con rectitud de intención: por darte una alegría, porque así
me lo pides, porque me necesitas, por lealtad.
¿De qué me sirve
rezar y mortificarme mucho si, al final, lo estaba haciendo para que me
aplaudiesen los hombres?
El que me tienes que
aplaudir eres Tú; por eso, he de hacerlo todo por Ti.
Hay otra falta de
rectitud de intención más sutil, pero igualmente desastrosa: hacer las cosas
porque me llenan, porque tengo ganas, porque me satisfacen.
Aunque a veces me
llene el rezar, asistir a ceremonias religiosas o medios de formación
espiritual, no es ése el motivo que me ha de mover, sino el buscarte a Ti, el
hacer tu voluntad.
Me vean o no me vean
los demás, me llene especialmente o se me haga cuesta arriba, la oración, la
mortificación y las buenas obras las tengo que hacer por amor a Ti, para amarte
más.
Porque, entre otras
cosas, no puedo esperar a amarte primero para empezar a vivir cristianamente,
sino que he de empezar rezando, mortificándome y trabajando por Ti, para amarte
cada vez mas.
2º. «Si no eres hombre de oración, no creo en la rectitud de
tus intenciones cuando dices que trabajas por Cristo» (Camino.-109).
Jesús, aunque haga
muchas cosas por los demás, trabaje mucho y bien, e incluso hable a los demás
de Ti, de nada valdría si no hiciera oración.
En la oración te
ofrezco todo lo que hago y te pregunto cada día qué es lo que esperas de mí.
Además, la oración
es un buen momento para rectificar mi intención diciéndote: perdóname, Jesús,
por todas las ocasiones en las que me he buscado a mí mismo, y ayúdame a
hacerlo todo por Ti.
Jesús, Tú quieres
que viva mi fe en comunión con los demás cristianos, especialmente en la Misa.
Pero además quieres
que haga oración personal, a solas contigo, «cerrada la puerta».
«La participación en la sagrada liturgia no abarca toda
la vida espiritual. En efecto, el cristiano llamado a orar en común, debe, no
obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún,
debe orar sin tregua, según señala el Apóstol» (S. C.-12).
Jesús, si hago cada
día mi rato de oración, con ganas o sin ganas, a solas -cerrada la puerta- buscándote
en lo oculto de mi corazón, Tú me recompensarás con una vida llena de paz y de
alegría, aun en medio de las dificultades normales o extraordinarias que me
pueda encontrar.
Y además me
recompensarás con la vida eterna.
Un propósito:
concretar mi rato de oración a una hora fija, y luchar por hacerla con
puntualidad.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Jueves
«Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles,
que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis, pues, como
ellos; porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se
lo pidáis. Vosotros, pues, orad así:
Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea
tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el
Cielo.
El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos
nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos
dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.
Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os
perdonará vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco
vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.» (Mateo 6, 7-15)
1º. Jesús, hoy me enseñas uno de los
grandes secretos de la vida interior: me enseñas a rezar, a dirigirme a Dios
como lo que soy: su hijo.
No puedo ser buen
cristiano si no hago oración, como no puedo ser buen hijo si no hablo nunca con
mis padres.
Con la oración del
Padrenuestro, implícitamente me recuerdas que debo rezar cada día -no sólo cada
domingo-, pues dice: «El pan nuestro de
cada día dánosle hoy»
Rezar no consiste en
decir muchas cosas refinadas: «al orar
no empleéis muchas palabras.»
Tú ya sabes lo que
necesito antes de que te lo pida.
Entonces, ¿para qué
pedirte cosas?
Para ser más
humilde, para darme cuenta de que todo lo que tengo es prestado, que te lo debo
a Ti.
Además, al pedirte
lo que necesito con fe y humildad, te «fuerzo» a que me lo concedas, como un
hijo pequeño cuando le pide algo a su padre.
Jesús, Tú eres el
Hijo de Dios.
Tú sabes cómo rezar,
cómo dirigirte a tu Padre.
A mi me cuesta más,
y por eso muchas veces me dirijo a Ti para pedirte lo que necesito.
Presenta mis
necesidades, mis alegrías, mis ganas de mejorar a tu Padre.
También sé que le
gusta que le pida cosas a través de la Virgen María: hija, madre y esposa de Dios, y
madre mía.
Madre, ¡enséñame a
rezar!
2º. «Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos
conviven con Jesucristo y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo
han de rezar; les revela el gran secreto de la misericordia divina: que somos
hijos de Dios, y que podemos entretenernos confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre.
Cuando veo cómo algunos plantean la vida de piedad, el
trato de un cristiano con su Señor, y me presentan esa imagen desagradable,
teórica, formularia, plagada de cantinelas sin alma, que más favorecen el
anonimato que la conversación personal, de tú a Tú, con Nuestro Padre Dios -la
auténtica oración vocal jamás supone anonimato-, me acuerdo de aquel consejo
del Señor: «en la oración no afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles»
(...)
De todos modos, si al iniciar vuestra meditación no
lográis concentrar vuestra atención para conversar con Dios, os encontráis
secos y la cabeza parece que no es capaz de expresar ni una idea, o vuestros afectos
permanecen insensibles, os aconsejo lo que yo he procurado practicar siempre en
estas circunstancias: poneos en presencia de vuestro Padre, y manifestadle al
menos: ¡Señor que no sé rezar que no se me ocurre nada para contarte!... Y
estad seguros de que en ese mismo instante habéis comenzado a hacer oración» (Amigos de
Dios.-145).
Jesús, si aprendo a
rezar, también aprenderé a querer a los demás.
Y si aprendo a
quererlos, también les sabré perdonar.
Entonces Tú me
perdonarás mis fallos, «pues si perdonáis
a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial».
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Viernes
«No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y
la herrumbre corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en
cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los
ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu
corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo,
todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo
estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será
la oscuridad» (Mateo 6, 19-23)
1º. Jesús, ¿dónde tengo mi corazón?
¿Cuál es mi
verdadero tesoro, el motor de mis acciones? «No amontonéis tesoros en la tierra».
No vale la pena
buscar la felicidad a base de amontonar éxitos o placeres terrenos.
Lo de aquí abajo
pasa, y pasa rápido; y está sujeto a todo tipo de cambios y de reveses.
«Amontonad en cambio tesoros en el Cielo.»
¿Cómo puedo hacer
esto si estoy todavía en la tierra?
Muy fácil:
ofreciéndotelo todo cada día.
Ofreciéndote mis
horas de trabajo y de descanso, mis ilusiones humanas, mis amores, mis
sufrimientos, mis fracasos y mis éxitos.
Si te ofrezco mi día
por la mañana, y a lo largo de la jornada, además, intentaré hacerlo todo lo
mejor posible, porque no te voy a ofrecer una chapuza.
Esta es la manera
práctica de ir amontonando tesoros en el Cielo, y también es la forma de que Tú
vayas siendo mi tesoro, y por tanto el punto de mira de mi corazón, «porque donde está tu tesoro allí estará tu
corazón.»
2º. «Los defectos que ves en los demás quizá son los tuyos.
«Si oculus tuus fuerit simplex...» -Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo
estará iluminado; mas si tienes malicioso tu ojo, todo tu cuerpo estará
oscurecido.
Y más aún: «¿ cómo te pones a mirar la mota en el ojo de
tu hermano, y no reparas en la viga que está dentro del tuyo?».
Examínate» (Surco.-328)
Jesús, la persona
optimista, ve la media botella llena, mientras que la pesimista ve la media
botella vacía.
Igualmente, el
humilde sabe descubrir lo positivo de los demás, mientras que el soberbio sólo
encuentra defectos.
Mi percepción de la
realidad depende de cómo soy, de con qué ojos la miro.
A veces, los
defectos que veo en los demás no son más que el espejo de mis propios defectos:
mi soberbia, mi envidia, mi sensualidad, mi pereza.
¡Cuántas cosas
buenas y malas pueden entrar por los ojos!
Por los ojos nos
entra el buen ejemplo de los demás, sus muestras de cariño, sus necesidades,
sus alegrías y sufrimientos.
No puedo tener los
ojos cerrados, o que sólo sepan mirar mi ombligo: mis preocupaciones e
intereses.
Pero también por los
ojos nos entran los malos ejemplos, la violencia, la pornografía, y el
materialismo.
Por eso no puedo
tener los ojos abiertos a «lo que caiga», sino que he de guardar la vista, para
que lo que entre por los ojos sea limpio, pues si ensucio mis ojos, todo mi
cuerpo estará en tinieblas.
Jesús, hay una
lámpara especial que, junto con las imágenes, ilumina mi mundo interior, mi
modo de ver las cosas: la inteligencia.
A través de la
formación que reciba, interpretaré todo de una manera o de otra.
Por eso es tan
importante que cuide mi formación espiritual a través de la lectura, de charlas
de formación o de la dirección espiritual.
Esa formación será
como una luz que alumbre mi camino y me ayude a decidir en cada momento lo que
debo y no debo hacer; y también me llevará a pedir consejo ante lo que no sepa.
Si descuido mi formación,
o dejo que se llene de formas propias de la cultura materialista y pagana que
me rodea, estaré oscureciendo la luz de mi inteligencia, «y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la
oscuridad.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Undécima Semana del
Tiempo Ordinario. Sábado
«Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá
aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y
menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué
comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale la vida
más que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo,
que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial
las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de
vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del
vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no
se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo
vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se
echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!
No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿ Qué vamos a come,; qué vamos a bebe,;
con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien
sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados.
Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y
todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el
mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su
contrariedad.» (Mateo 6, 24-34)
1º. Jesús, cuando hablas de servir, te
refieres a poner el corazón.
Por eso dices: «nadie puede servir a dos señores,» porque tendría el corazón dividido,
sobre todo cuando los dos señores me impulsan en direcciones opuestas.
«No podéis servir a Dios y a las riquezas.»
Si quiero servir a
Dios, no puedo poner mi corazón en los bienes materiales.
Esto no significa que
no pueda tenerlos, sino que no deben ser el fin de vida.
Jesús, ¿cómo dices
que no me preocupe de qué comeré, con qué me vestiré, de qué viviré?
¿No es bueno
preocuparse por esto?
Sí, es bueno.
José y María también
se preocuparon de las necesidades materiales.
Lo que quieres
decirme es que no me quede sólo en lo material, afanándome como «se afanan los paganos.»
Madre, ayúdame a
saber cuidar como tú los detalles más materiales, y a la vez, tener el corazón
en Jesús.
«Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia».
Primero Dios.
De este modo, Jesús,
yo no estaré sirviendo a las riquezas, sino sirviéndome de ellas para servirte
mejor.
Pero, ¿estás, de
verdad, en el primer lugar de mi corazón?
Tengo una manera
fácil de saberlo: ¿cuánto tiempo te dedico?
¿Me acuerdo de Ti
durante el día?
2º. «Si viviéramos más confiados en la Providencia divina,
seguros -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas
preocupaciones o inquietudes no ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos
que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, «de los hombres mundanos»,
de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de
amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que
nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro,
todopoderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón;
querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para
caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas
que parecen imprescindibles, ya que «¡bien sabe ese Padre vuestro qué
necesitáis!», y Él proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores
de la Creación,
y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su
condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá
ni siquiera verán» (Amigos de Dios.-116).
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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