Recursos
  Recursos litúrgicos
  Almudí Valencia
  Consultas
  Meditaciones

DOMINGO TRECE DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

También se puede meditar San Pedro y San Pablo

 

«No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa.

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.» (Mateo 10, 34-42)

 

1º. Jesús, intentar seguirte no es sencillo, aunque tampoco es difícil: se trata de valorar las cosas y las personas como las valoras Tú, mirar con tu mirada, tener visión sobrenatural, buscar hacer siempre tu voluntad.

Ese modo de comportarme puede chocar, a veces, con la visión humana de los que me rodean  familiares, amigos, compañeros.

Ante esas situaciones, Tú me recuerdas: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi.»

No es que no tenga que querer a mis familiares o amigos, o que sólo pueda quererlos un poco.

Los he de querer con todo mi corazón.

Pero para quererles de verdad, he de obedecerte a Ti primero.

Ponerte a Ti por delante no es sólo lo mejor para mí, sino también lo mejor para ellos, aunque ahora les cueste un poco más tener que cambiar sus planes o no poder estar conmigo todo el tiempo que querrían.

Lo mismo le pasó a tus padres, Jesús, en Jerusalén, cuando les dejaste plantados porque era necesario estar primero en las cosas de tu Padre (cfr. Lucas 2, 49).

Lo que ocurre más a menudo, sin embargo, es que hacer tu voluntad choca con «mi» voluntad: mis ganas, mis ilusiones, mis «necesidades».

Por eso me recuerdas también: «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.»

También Tú sentiste la angustia de la muerte, propia de la condición humana, en el huerto de los olivos, pero preferiste la voluntad de tu Padre a la tuya propia: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mateo 26,39).

2º. «Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-                                      , puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo» (Es Cristo que pasa.-24).

Jesús, ésta es la gran paradoja del cristianismo: para ganar la vida, hay que «perder» la vida.

Para ser feliz en esta tierra y en la vida eterna, hay que aprender a no buscar la propia felicidad de manera egoísta, como las personas que están pendientes de si mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción.

A veces cuesta, y en esos casos hay que ser fuerte y coger la cruz.

Pero, en cuanto uno descubre que el que se olvida de sí es el más dichoso en la tierra, la cruz se hace llevadera y alegre.

«El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata; a otro, un vaso de agua fresca» (San Gregorio Magno).

Jesús, que no tenga miedo a la cruz, al sacrificio, a la entrega a Dios y a los demás.

Que me dé cuenta de que nada de lo que haga por Ti «quedará sin recompensa.»

Y la recompensa es la felicidad terrena -como nadie la puede encontrar- y, además, la eterna.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

29-Junio. San Pedro y San Pablo. Fiesta

 

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.» (Mateo 16, 13-19)

 

1º. Jesús, después de preguntar qué piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?

¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

Para vivir cristianamente necesito tener fe.

Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

El Evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.

El Evangelio es la Palabra de Dios.

Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»

Desde entonces Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios.

Además, el Papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

 

2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que pasa.- 2).

Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio.

¿Qué les puedo decir?

Hoy me das la respuesta: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

Jesús, has escogido a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos.»

No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los obispos.

Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Viendo Jesús a la multitud que estaba a su alrededor ordenó pasar a la otra orilla. Y acercándose a él cierto escriba, le dijo: Maestro, te seguiré dondequiera que vayas. Jesús le contestó: Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: Señor permíteme ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos.» (Mateo 8, 18-22)

 

1º. Jesús, algunos de los que te escuchan se muestran dispuestos a seguirte «dondequiera que vayas.»

Han visto tus milagros, han oído tus palabras, y se han quedado removidos.

Están dispuestos a todo.

Pero esa primera emoción es un tanto inconsciente; es necesario saber algo más de lo que significa la entrega que Tú pides.

Por eso les avisas: «el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza;» seguirme a mí no es sólo caminar a mi lado, es entregarlo todo: el tiempo  incluso el que tengo para descansar, el dinero, los planes personales.

Ante una llamada de entrega más plena  ya sea en el celibato o en el matrimonio no vale poner excusas.

Tú sabes muy bien a quién llamas.

Conoces mis defectos, mis debilidades, y mis dificultades familiares, de enfermedad o de trabajo.

Y no sólo lo conoces, sino que cuentas con ello.

«Permíteme ir primero a enterrar a mi padre.»

Jesús, que no me excuse para retrasar mi respuesta a tus continuas peticiones de mayor entrega y generosidad.

Que no me excuse diciendo: cuando acabe los exámenes, cuando acaben las vacaciones; cuando me case, cuando me quede viudo; cuando encuentre trabajo, cuando me jubile.

Jesús, ¡hoy y ahora!

Hoy y ahora te digo que sí a eso que me pides, sin retrasarlo más, sin esperar circunstancias ideales que ni siquiera sé si llegarán algún día.

 

2º. «No pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por nosotros, y no tenía dónde reclinar su cabeza.

Pídele que te con ceda, en medio del mundo, un efectivo desasimiento, sin atenuantes» (Forja.-523).

«Este es el sacrificio que has de ofrecer: No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios». (San Agustín).

Jesús, ésta es la entrega que Tú me pides: la entrega del corazón, para poder amarte sobre todas las cosas.

Para ello es indispensable no poner el corazón en nada caduco.

Porque el corazón es único, y no puede querer sobre todas las cosas, a la vez, cosas contrapuestas.

Por eso dices: «no podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6,24).

Pero entonces, ¿no puedo tener ilusiones profesionales, familiares, sociales o políticas?

¿No puedo tener aficiones deportivas, culturales o recreativas?

¿No pueden gustarme los coches, las motos, los caballos, los ordenadores, la música, etc.?

Sí, claro que sí.

No se trata de que no me guste nada, sino de que nada me aparte de Ti, Jesús.

Precisamente a través de esas ilusiones, aficiones y gustos tengo que aprender a amarte sobre todas las cosas.

Pero si algo me aparta de Ti, aunque sea mínimamente, no lo quiero.

Jesús, ¿cómo puedo amarte sobre todas las cosas sin apartarme del mundo?

Primero, utilizando todo para la gloria de Dios y con afán de servicio a los demás.

Y segundo, estando desprendido de todo, de modo que pueda renunciar a cualquier bien terreno cuando así lo requiera el servicio a Ti o a los demás.

Eso es lo que se llama el desasimiento: no estar atado por las cosas de esta tierra, sino tener el corazón libre, para poderlo entregar día a día a Dios.

Jesús, Tú no has necesitado apartarte del mundo para poder amar y obedecer a tu Padre con todo tu corazón.

Has vivido como uno más: trabajando con los instrumentos necesarios, asistiendo a las fiestas de tus amigos, vistiendo con decencia.

Sin embargo, te has hecho pobre por nosotros, sin lugar «donde reclinar tu cabeza:» es decir; has sabido poner siempre en primer lugar «el Reino de Dios y su justicia» (Mateo 6,33), el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Concédeme, Jesús, en medio del mundo, un efectivo desasimiento, para que también yo pueda responder que sí a tus llamadas, sin excusarme, sin atenuantes.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

También se puede meditar La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucrito

 

«Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8, 23-27)

 

1º. Jesús, desde que he montado en tu barca -o, también, desde que te he dejado entrar en mi barca, en mi vida- encuentro épocas de bonanza y también momentos de mayor preocupación, en los que parece que todo se me echa encima.

A veces, estas «tempestades» son comunes a las de todos los hombres: dificultades en los estudios o en el trabajo, desgracias familiares, alguna enfermedad de más gravedad.

Otras veces, son «tempestades» específicas del apóstol: incomprensiones por parte de familiares o amigos, criticas de todo tipo, tratos injustos, etc.

Finalmente, hay «tempestades» que son fruto de mi falta de generosidad, o de mi falta de humildad: es la tristeza que proviene de no acabarme de entregar, o de no ser sincero, o de problemas que me invento.

Jesús, sea cual sea el tipo de tempestad, voy seguro si te tengo en mi barca.

«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?», dice la Sagrada Escritura.

Y; sobre todo, Tú eres mi Dios y mi Padre, tienes todo el poder y me quieres con amor de padre: ¿cómo me vas a fallar?; ¿cómo me vas a dejar solo?

Sin embargo, a veces parece que no reaccionas, que duermes, que no haces caso a mis peticiones de ayuda: «¡Señor, sálvanos que perecemos!»

Que no me desespere, que no sea esa espera un motivo para perder la confianza en Ti, sino más bien, una ocasión para rezar más, para pedirte las cosas con más fe, con más insistencia: ¡Sálvame, Jesús, que ya no aguanto más!

«Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 22,42).

 

2º. «Los problemas que antes te acogotaban te parecían altísimas cordilleras  han desaparecido por completo, se han resuelto a lo divino, como cuando el Señor mandó a los vientos y a las aguas que se calmaran.

¡Y pensar que todavía dudabas!». (Surco.-119).

Jesús, al final, las cosas se resuelven a lo divino, y aquellos problemas insalvables se desvanecen con un solo acto de tu voluntad.

Pero Tú te has servido de esa prueba para que me uniera más a Ti, para que te rezara con más intensidad.

Y ahora, cuando la tempestad está calmada, me admiro de tu poder como los apóstoles, que «se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?»

Jesús, hoy es un buen día para considerar que Tú eres a la vez hombre y Dios.

En este pasaje ambas cosas se ponen de manifiesto: después de un largo día, te encuentras tan cansado que te quedas dormido en la barca, incluso cuando ésta está zarandeada por las olas.

Pero al calmar el viento y el mar, muestras el poder de tu divinidad: «¿quién es éste?»

Eres el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios.

Jesús, la barca de la escena de hoy ha sido vista desde los primeros tiempos como la imagen de la Iglesia.

«La nave es la Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones». (Santo Tomás)

La Iglesia es esa barca en la que están los apóstoles, dirigidos por Pedro, y en la que te encuentras también Tú.

Muchas veces, durante la historia de la Iglesia, esa barca ha sido atacada con todo tipo de tempestades, luchas, divisiones, odios, incomprensiones, deseos de hundirla y ataques de todo tipo. Y mientras, Tú pareces estar dormido.

¡Cuántas oraciones y sacrificios de almas santas, cuántos martirios, cuántas vidas de entrega silenciosa ofrecidas por la paz del mundo y la santidad en la Iglesia!

Tú quieres que te pida así, con confianza, porque la Iglesia continúa y continuará a flote.

Y a los pesimistas, les tendrás que responder: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

1-Julio. La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. (propio diocesano)

 

«Después de esto, Jesús, sabiendo que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: "Tengo sed". Había allí un vaso lleno de vinagre; empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús lo probó, dijo: "Todo está cumplido". E, inclinando la cabeza, expiró. Como era la víspera de la pascua, para que no quedaran los cuerpos en la cruz el sábado -pues era un día muy solemne-, los judíos rogaron a Pilato que se les quebraran las piernas y los quitaran. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Al llegar a Jesús y verlo muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al punto salió sangre y agua. El que lo ha visto da testimonio de ello, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis. Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán hueso alguno. Y también otra Escritura que dice: Verán al que traspasaron.» (Juan 19,28-37).

 

1º. Jesús, he llegado al Calvario acompañando a tu Madre.

No puedo decir nada.

Estás allí, clavado en la cruz, con la cara rota y el cuerpo destrozado y sangrante.

Apenas puedes respirar, mientras te apoyas en tus manos atravesadas para tomar aliento.

La boca abierta.

La mirada triste, agonizante.

¡Jesús!, ¿que han hecho contigo?

Me miras... y toda mi vida me parece un sinsentido.

«Tengo sed...»

«Todo está consumado.»

«Acabamos de revivir el drama del Calvario, lo que me atrevería a llamar la Misa primera y primordial, celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su Hijo a la muerte. Jesús, el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el que le habían de ajusticiar y su sacrificio es aceptado por el Padre: como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu Santo. (…)

 El cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, «para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo», para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre.

 

2º. Un soldado revienta el corazón de Jesús con una lanza.

El alma de María se resquebraja con un dolor indescriptible.

Yo no puedo decir nada, Jesús.

Me quedo mirándote atónito, sin fuerzas, mientras José y Nicodemo te descuelgan de la cruz, te envuelven en lienzos y te llevan hacia el sepulcro.

Ya se ha acabado la obra de nuestra redención.

Jesús, has cumplido esas palabras tuyas: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).

Lo has dado todo, hasta la última gota de sangre que brota de tu corazón abierto.

Y yo, ¿qué hago ante este derroche de amor?

José de Arimatea y Nicodemo han aparecido con valentía en el momento de la desbandada.

Ante tu cuerpo muerto, Jesús, ya no caben miedos ni respetos humanos; ni flojeras, ni tiempos reservados para mis cosas, ni vanidad, ni nada.

Y sin pensarlo dos veces, te cojo y te llevo hasta el sepulcro, mientras me dices por dentro, con voz palpitante, que ahora me toca a mí, que ahora soy yo quien he de ser Cristo en la tierra.

 

3º. «Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: “El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores”. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota.¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia» (Es Cristo que pasa.-95).

Madre, ¡qué dolor te produce dar el primer beso a Jesús muerto!

Sin embargo, junto a las lágrimas que brotan de tu amor fiel y materno, mantienes firme tu esperanza: la certeza de la Resurrección de tu Hijo, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia.

El pequeño grupo no quiere abandonar a María, que llora en silencio.

Mientras, la gente se marcha «golpeándose el pecho» (Lucas 23,48).

Yo, envuelto también entre silencio y sollozos, te prometo ser fiel.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le fueron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. En ese momento se pusieron a gritar diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? Había lejos de ellos una gran piara de cerdos que pacían. Los demonios le rogaban diciendo: Si nos expulsas, envían os a la piara de cerdos. Les respondió: Id. Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad contaron todo, en particular lo de los endemoniados. Ante esto toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y al verle, le rogaron que se alejara de su región.» (Mateo 8, 28-34)

 

1º. Jesús, a veces tu presencia es incómoda porque obliga a cambiar de conducta y no siempre se está dispuesto a cambiar. «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?»

Yo también soy hijo de Dios.

Por eso, no me puedo extrañar si, cuando me comporto como cristiano  como Cristo, encuentro gente a mi alrededor que me critica y me rechaza.

Jesús, expulsas al demonio de estas dos personas.

Con el demonio, había entrado en ellos el odio, la furia, la soledad       -vivían alejados, en los sepulcros- la amargura.

Estos son los efectos del pecado en el alma, cuando me dejo vencer por las tentaciones del demonio.

Pero, como en la escena de hoy, si me acerco a Ti a través del sacramento de la Confesión, Tú expulsas el demonio, me limpias mis pecados, me devuelves la gracia y, con ella, la alegría y la paz.

Jesús, la pérdida de la piara fue un gran desastre para aquellos porqueros.

Valía la pena por el bien espiritual que recibían los endemoniados, pero no deja de ser una gran pérdida para aquellos hombres.

A veces me envías situaciones difíciles o dolorosas, o veo sufrir a gente a mi alrededor sin ningún motivo aparente.

La tentación es pensar, entonces, que Tú eres malo, que no te conmueven los sufrimientos de los hombres.

Ayúdame a descubrir en esos sucesos tu mano de Padre; que me dé cuenta de que Tú sabes más, y que detrás de aquel mal, hay siempre un bien superior.

 

2º. «Agiganta tu fe en la Sagrada Eucaristía. -¡Pásmate ante esa realidad inefable!: tenemos a Dios con nosotros, podemos recibirle cada día y si queremos, hablamos íntimamente con El, como se habla con el amigo, como se habla con el hermano, como se habla con el padre, como se habla con el Amor» (Forja.-268).

Jesús, gracias a la Eucaristía puedo recibirte  -¡recibir a Dios!- en mi alma en gracia.

Es la situación contraria a la del Evangelio de hoy: esas personas tenían al demonio en su interior, estaban endemoniadas.

Yo, cuando tengo limpia el alma y, especialmente, cuando recibo la comunión, tengo a Dios en mí: se puede decir que estoy «endiosado».

«Nada hay escondido para el Señor sino que aun nuestros secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre conscientes de que él habita en nosotros, para que seamos templos suyos y él sea nuestro Dios en nosotros, tal como es en realidad y tal como se manifestará ante nuestra faz; por esto tenemos motivo más que suficiente para amarlo». (San Ignacio de Antioquía).

Jesús, quiero estar siempre contigo, mantenerme en tu presencia, hacer las cosas sabiendo que Tú estás en mí.

Y si me despisto y me paso horas sin acordarme de Ti, ayúdame a volver a Ti: hazte el encontradizo, como hiciste con estos dos endemoniados.

Porque aunque a veces me cueste un poco vivir en cristiano, no quiero ser como los ciudadanos de aquella ciudad, que al verte, te rogaron que te alejaras de su región.

Jesús, para poder mantenerme en tu presencia durante la jornada, necesito hablar a solas -íntimamente- contigo: «como se habla con el amigo, como se habla con el hermano, como se habla con el padre, como se habla con el Amor».

Que no deje ningún día de hacer unos minutos de oración personal, si es posible delante de un Sagrario.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

También se puede meditar Santo Tomás Apóstol

 

«Subiendo a una barca, cruzó de nuevo el mar y vino a su ciudad. Entonces le presentaron un paralítico postrado en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados. Ciertos escribas dijeron en su interior: Éste blasfema. Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y se marchó a su casa. Al ver esto las multitudes se atemorizaron y glorificaron a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mateo 9, 1-8)

 

1º. Jesús, te presentan un paralítico para que lo cures de su enfermedad física.

Sin embargo, lo primero que haces es perdonarle sus pecados: «tus pecados te son perdonados.»

Quieres dejarme claro que lo importante es la vida del alma.

La verdadera parálisis es la que proporciona el pecado, que inmoviliza espiritualmente e imposibilita mi relación contigo.

«Éste blasfema.»

Los escribas, conocedores de la Ley de Moisés, saben que sólo Dios puede perdonar los pecados.

Por eso dicen que blasfemas: porque al perdonar los pecados, te estás haciendo igual a Dios.

Lo que no saben los escribas -no lo quieren saber, a pesar de tantas señales que les has mostrado- es que Tú eres realmente Dios: la segunda persona de la Santísima Trinidad hecha hombre.

Y para darles aún una nueva señal, realizas el milagro: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

La gente queda atemorizada y estupefacta por la curación del paralítico; sin embargo, para Ti eso no es lo importante.

No te cuesta nada curar a un paralítico.

Lo que te «cuesta», porque depende de mi libertad, es curar mi alma.

«¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda?»

¡Cuántas veces querrías limpiar los pecados de los hombres -los míos también- y no te dejamos!

 

2º. «¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no podrá oírte? No es así, porque tiene entrañas de misericordia. Sí, a pesar de esta maravillosa verdad, percibes tu miseria, muéstrate como el publicano: ¡Señor, aquí estoy, tú verás! Y observad lo que nos cuenta San Mateo, cuando a Jesús le ponen delante a un paralítico. Aquel enfermo no comenta nada: sólo está allí, en la presencia de Dios. Y Cristo, removido por esa contrición, por ese dolor del que sabe que nada merece, no tarda en reaccionar con su misericordia habitual: «ten confianza, que perdonados te son tus pecados» (Amigos de Dios.-253).

Jesús, no sólo es cierto que «el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados,» sino que has querido transmitir ese poder a los apóstoles y, a través de ellos, a los obispos y sacerdotes.

Me has puesto el remedio de la confesión tan fácil, tan al alcance, que no te puedo fallar; por muchos que sean mis pecados.

«Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación, los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (C. I. C.-1461).

En la confesión, no es el sacerdote el que perdona.

El pecado es una ofensa a Dios y sólo Dios puede perdonarla.

Pero Tú, Señor; tienes entrañas de misericordia, y has querido instituir este maravilloso medio de salvación.

Que también yo, como aquellos que presenciaron el milagro, glorifique a Dios por haber dado tal poder a los hombres.

Y el mejor modo de glorificarte, Jesús, es acudir con frecuencia y con piedad a este sacramento del perdón.

No tengo que esperar a estar paralítico espiritualmente, en pecado mortal.

Cuando hay amor; hasta en las faltas más pequeñas se siente la necesidad de pedir perdón.

Si me confieso con frecuencia, recibiré de Ti la energía espiritual  -la gracia- para levantarme siempre de mis caídas y para seguirte de cerca.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

3-Julio. Santo Tomás Apóstol

 

«Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en su costado, no creeré.

A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído». (Juan 20, 19-29)

 

1º. Jesús, tus primeras palabras a los apóstoles, después de resucitado, son palabras de paz: «Paz sea a vosotros».

Has venido a traer la paz.

Sin embargo, antes les habías dicho: «No he venido a traer la paz sino la espada» (Mateo 10,34).

¿Por qué?

Porque tu paz no es la paz del equilibrio, la paz del bienestar material.

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»

Tu paz es la paz del corazón, la paz interior que procede de la lucha interior; la paz que has conseguido con tu muerte, y que sólo puedo conseguir con la muerte de mis pasiones, con mortificación.

«A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.»

Jesús, con estas palabras instituyes el sacramento de la penitencia.

¿Cómo voy a inventarme yo mi propio modo de pedirte perdón, si Tú lo has dejado clarísimamente establecido?

Sería absurdo pretender confesarme «directamente» contigo cuando Tú quieres que lo haga a través de tus ministros.

«Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (C. I. C.-1442)

Jesús, hablas del perdón de los pecados después de desear la paz a los apóstoles.

¡Qué medio más impresionante es la Confesión para recuperar la paz!

Gracias, Jesús, por haberme dado este sacramento para volver a empezar una y mil veces, y para saber con certeza que Tú me has perdonado y vuelves a tratarme como hijo de Dios.

 

2º. «¡Con qué humildad y con qué sencillez cuentan los evangelistas hechos que ponen de manifiesto la fe floja y vacilante de los Apóstoles!

-Para que tú y yo no perdamos la esperanza de llegar a tener la fe inconmovible y recia que luego tuvieron aquellos primeros» (Camino.-581).

Jesús, quieres que tenga la fe inconmovible y recia de los apóstoles, pero sin necesidad de poner el dedo en tus llagas, sin verte físicamente.

¿Por qué no te apareces como lo hiciste con los primeros?

Y me respondes: «bienaventurados los que sin haber visto han creído.»

Una vez visto, se reduce el margen para la fe y disminuye, por tanto, el mérito.

Los apóstoles necesitaron esta ayuda porque eran los primeros y tenían que dar testimonio con el martirio.

Jesús, quiero creer como el que más, sin exigirte continuas pruebas: me bastan los milagros que aparecen en la Sagrada Escritura y tu gracia, que me concedes siempre si te la pido.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Cuando partía Jesús de allí, vio a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió. Estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y se pusieron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los publicanos y pecadores? Pero él, al oírlo, dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.» (Mateo 9, 9-13)

 

1º. Jesús, cada vez que aparece la llamada de un apóstol en el Evangelio, es una buena ocasión para acordarme de que yo también debo ser apóstol tuyo.

Al haber recibido el Bautismo, he recibido ya la misión genérica de santidad y apostolado que es propia de todo cristiano.

Me has llamado a ser santo y apóstol tuyo.

¿Cómo estoy cumpliendo mi misión?

«Él se levantó y le siguió.»

Hoy me pides que me vuelva a levantar, que salga de ese estado de tibieza -del «ir tirando» o «ir a medias»  en el que me quedo cuando descuido la lucha por vivir un plan de vida, por aprovechar el tiempo, por hacer apostolado, por hacer una pequeña mortificación cada día.

Un medio crucial para mantenerme de pie en la lucha, para seguirte y seguirte de cerca, es el examen de conciencia.

«Avanzad siempre, hermanos míos. Examinaos cada día sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque en cuanto te complaces en ti mismo, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido» (San Agustín).

Si cada noche me pongo en tu presencia y hago un poco de examen de conciencia -dos o tres minutos- repasando cómo he vivido el día, me daré cuenta de por dónde flaquea mi vida espiritual, y podré volver a empezar una y otra vez.

Si cuido el examen de conciencia, con tu ayuda, podré mantener siempre una vida interior vibrante y encendida.

 

2º. «Parecía plenamente determinado...; pero, al tomar la pluma para romper con su novia, pudo más la indecisión y le faltó valentía: muy humano y comprensible, comentaban otros. Por lo visto, según algunos, los amores terrenos no están entre lo que se ha de dejar para seguir plenamente a Jesucristo, cuando El lo pide» (Surco.-41).

Jesús, te acercas a Mateo no por casualidad, sino que ya habías pensado en él mucho antes para llamarle a ser uno de tus apóstoles.

A lo mejor Mateo no había pensado nunca en dejarlo todo por Ti, pero Tú habías pensado en él desde toda la eternidad, porque eres Dios y en Ti no hay pasado o futuro: todo es presente.

Y cuando piensas pedir algo a alguien, le das antes las gracias necesarias para que pueda responder.

Mateo estaba sentado en su mesa de recaudador de impuestos.

No era un trabajo bien considerado por algunos israelitas, porque era colaborar con la dominación romana, pero era un trabajo que proporcionaba una acomodada situación económica.

Se podría decir que Mateo «tenía la vida resuelta».

Mientras la muchedumbre te seguía porque acababas de hacer un milagro, Mateo estaba allí sentado, trabajando.

Y precisamente a él, al que no te estaba siguiendo, le vienes a buscar para llamarle.

Jesús, a lo mejor yo tampoco te seguía muy de cerca.

Pero sí me tomaba en serio mi trabajo, mi estudio.

A lo mejor tenía la vida más o menos «resuelta»: amigos, aficiones, trabajo, familia.

A lo mejor tenía novia o novio.

Y en estas circunstancias, apareces y me pides más: o incluso me pides que lo deje todo y te siga, como a Mateo.

¿Cómo voy a dejar todos esos amores terrenos, esos deseos e ilusiones buenas y nobles?

Jesús, sé que Tú me das la gracia necesaria para responder a lo que me pides.

Sé también que, respondiendo a esa llamada, seré más feliz que siguiendo mis propios intereses.

Ayúdame a responder siempre que sí a lo que me pidas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Decimotercera Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Entonces se le acercaron los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿A caso pueden estar de duelo los amigos del