DOMINGO TRECE DEL TIEMPO ORDINARIO-A
También se puede meditar San Pedro y San Pablo
«No penséis que he venido a
traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Pues he
venido a enfrentar al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre y a
la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma
casa.
Quien ama a su padre o a su
madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más
que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de
mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la
encontrará.
Quien a vosotros recibe, a
mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe
a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a
un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber
tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en
verdad os digo que no quedará sin recompensa.» (Mateo 10, 34-42)
1º. Jesús, intentar seguirte no es sencillo, aunque tampoco es difícil: se
trata de valorar las cosas y las personas como las valoras Tú, mirar con tu
mirada, tener visión sobrenatural, buscar hacer siempre tu voluntad.
Ese modo de comportarme puede chocar, a veces, con la visión humana de los
que me rodean familiares, amigos,
compañeros.
Ante esas situaciones, Tú me recuerdas: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi.»
No es que no tenga que querer a mis familiares o amigos, o que sólo pueda
quererlos un poco.
Los he de querer con todo mi corazón.
Pero para quererles de verdad, he de obedecerte a Ti primero.
Ponerte a Ti por delante no es sólo lo mejor para mí, sino también lo mejor
para ellos, aunque ahora les cueste un poco más tener que cambiar sus planes o
no poder estar conmigo todo el tiempo que querrían.
Lo mismo le pasó a tus padres, Jesús, en Jerusalén, cuando les dejaste
plantados porque era necesario estar primero en las cosas de tu Padre (cfr.
Lucas 2, 49).
Lo que ocurre más a menudo, sin embargo, es que hacer tu voluntad choca con
«mi» voluntad: mis ganas, mis ilusiones, mis «necesidades».
Por eso me recuerdas también: «Quien
no toma su cruz y me sigue, no es
digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por
mí, la encontrará.»
También Tú sentiste la angustia de la muerte, propia de la condición
humana, en el huerto de los olivos, pero preferiste la voluntad de tu Padre a
la tuya propia: «Padre mío, si es
posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como
quieres Tú» (Mateo 26,39).
2º. «Las personas que están
pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción,
ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y
desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás
-también en el matrimonio- , puede
ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del
cielo» (Es Cristo que pasa.-24).
Jesús, ésta es la gran paradoja del cristianismo: para ganar la vida, hay
que «perder» la vida.
Para ser feliz en esta tierra y en la vida eterna, hay que aprender a no
buscar la propia felicidad de manera egoísta, como las personas que están pendientes de si mismas, que actúan buscando
ante todo la propia satisfacción.
A veces cuesta, y en esos casos hay que ser fuerte y coger la cruz.
Pero, en cuanto uno descubre que el que se olvida de sí es el más dichoso
en la tierra, la cruz se hace llevadera y alegre.
«El Reino de Dios no tiene
precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a
Andrés les costó el abandono de una barca y unas redes; a la viuda le costó dos
moneditas de plata; a otro, un vaso de agua fresca» (San Gregorio Magno).
Jesús, que no tenga miedo a la cruz, al sacrificio, a la entrega a Dios y a
los demás.
Que me dé cuenta de que nada de lo que haga por Ti «quedará sin recompensa.»
Y la recompensa es la felicidad terrena -como nadie la puede encontrar- y,
además, la eterna.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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29-Junio. San Pedro y San Pablo. Fiesta
«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo,
preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que
Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que
soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha
revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y
yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino
de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los
Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los
Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el
Cristo.» (Mateo 16, 13-19)
1º. Jesús, después de preguntar qué
piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Te importa mi
respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?
¿Me doy cuenta de
que eres «el Cristo, el Hijo de Dios
vivo?»
¿Te pido ayuda,
sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni
la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino
que proviene de Dios?
Para vivir
cristianamente necesito tener fe.
Por eso es bueno que
te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres:
el Hijo de Dios.
No eres Elías, ni
Juan el Bautista, ni «alguno de los
profetas.»
No eres un gran
filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.
El Evangelio no es
una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que
interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.
El Evangelio es la Palabra de Dios.
Por eso reprendes
duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate
de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»
Desde entonces
Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten
los hombres, sino según la voluntad de Dios.
Además, el Papa
recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o
las flaquezas de las distintas culturas.
2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto
resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los
peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es
el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite
encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que
pasa.- 2).
Jesús, a mi
alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno
interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no
saben encontrar el sentido al sacrificio.
¿Qué les puedo
decir?
Hoy me das la
respuesta: «Tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia.»
El Romano Pontífice,
Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio
cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe
a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe
y moral.
La infalibilidad
prometida a la Iglesia
reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con
el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.
Jesús, has escogido
a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará
atado en los Cielos.»
No es suficiente con
tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los
obispos.
Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me
veré arrastrado por una visión humana de las cosas.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra.
S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Lunes
«Viendo Jesús a la multitud que estaba a su alrededor
ordenó pasar a la otra orilla. Y acercándose a él cierto escriba, le dijo:
Maestro, te seguiré dondequiera que vayas. Jesús le contestó: Las zorras tienen
sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no
tiene donde reclinar su cabeza. Otro de sus discípulos le dijo: Señor permíteme
ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le respondió: Sígueme y deja a los
muertos enterrar a sus muertos.» (Mateo 8, 18-22)
1º. Jesús, algunos de los que te escuchan
se muestran dispuestos a seguirte «dondequiera
que vayas.»
Han visto tus
milagros, han oído tus palabras, y se han quedado removidos.
Están dispuestos a
todo.
Pero esa primera
emoción es un tanto inconsciente; es necesario saber algo más de lo que
significa la entrega que Tú pides.
Por eso les avisas:
«el Hijo del Hombre no tiene dónde
reclinar su cabeza;» seguirme a mí no es sólo caminar a mi lado, es
entregarlo todo: el tiempo incluso el
que tengo para descansar, el dinero, los planes personales.
Ante una llamada de
entrega más plena ya sea en el celibato
o en el matrimonio no vale poner excusas.
Tú sabes muy bien a
quién llamas.
Conoces mis
defectos, mis debilidades, y mis dificultades familiares, de enfermedad o de
trabajo.
Y no sólo lo
conoces, sino que cuentas con ello.
«Permíteme ir primero a enterrar a mi padre.»
Jesús, que no me
excuse para retrasar mi respuesta a tus continuas peticiones de mayor entrega y
generosidad.
Que no me excuse
diciendo: cuando acabe los exámenes, cuando acaben las vacaciones; cuando me
case, cuando me quede viudo; cuando encuentre trabajo, cuando me jubile.
Jesús, ¡hoy y ahora!
Hoy y ahora te digo
que sí a eso que me pides, sin retrasarlo más, sin esperar circunstancias
ideales que ni siquiera sé si llegarán algún día.
2º. «No
pongas el corazón en nada caduco: imita a Cristo, que se hizo pobre por
nosotros, y no tenía dónde reclinar su cabeza.
Pídele que te con ceda, en medio del mundo, un efectivo
desasimiento, sin atenuantes» (Forja.-523).
«Este es el sacrificio que has de ofrecer: No busques en
el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta lejanas tierras a buscar
perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios». (San Agustín).
Jesús, ésta es la
entrega que Tú me pides: la entrega del corazón, para poder amarte sobre todas
las cosas.
Para ello es
indispensable no poner el corazón en nada caduco.
Porque el corazón es
único, y no puede querer sobre todas las cosas, a la vez, cosas contrapuestas.
Por eso dices: «no podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo
6,24).
Pero entonces, ¿no
puedo tener ilusiones profesionales, familiares, sociales o políticas?
¿No puedo tener
aficiones deportivas, culturales o recreativas?
¿No pueden gustarme
los coches, las motos, los caballos, los ordenadores, la música, etc.?
Sí, claro que sí.
No se trata de que
no me guste nada, sino de que nada me aparte de Ti, Jesús.
Precisamente a
través de esas ilusiones, aficiones y gustos tengo que aprender a amarte sobre
todas las cosas.
Pero si algo me
aparta de Ti, aunque sea mínimamente, no lo quiero.
Jesús, ¿cómo puedo
amarte sobre todas las cosas sin apartarme del mundo?
Primero, utilizando
todo para la gloria de Dios y con afán de servicio a los demás.
Y segundo, estando
desprendido de todo, de modo que pueda renunciar a cualquier bien terreno
cuando así lo requiera el servicio a Ti o a los demás.
Eso es lo que se
llama el desasimiento: no estar atado
por las cosas de esta tierra, sino tener el corazón libre, para poderlo
entregar día a día a Dios.
Jesús, Tú no has
necesitado apartarte del mundo para poder amar y obedecer a tu Padre con todo
tu corazón.
Has vivido como uno
más: trabajando con los instrumentos necesarios, asistiendo a las fiestas de
tus amigos, vistiendo con decencia.
Sin embargo, te has
hecho pobre por nosotros, sin lugar «donde reclinar tu cabeza:» es decir; has sabido poner siempre
en primer lugar «el Reino de Dios y su
justicia» (Mateo 6,33), el cumplimiento de la voluntad de
Dios.
Concédeme, Jesús, en
medio del mundo, un efectivo desasimiento, para que también yo pueda responder que
sí a tus llamadas, sin excusarme, sin atenuantes.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Martes
También se puede meditar La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucrito
«Subiendo después a una barca, le siguieron sus
discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las
olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron
diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis,
hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se
produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste
que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8, 23-27)
1º. Jesús, desde que he montado en tu
barca -o, también, desde que te he dejado entrar en mi barca, en mi vida-
encuentro épocas de bonanza y también momentos de mayor preocupación, en los
que parece que todo se me echa encima.
A veces, estas
«tempestades» son comunes a las de todos los hombres: dificultades en los
estudios o en el trabajo, desgracias familiares, alguna enfermedad de más
gravedad.
Otras veces, son
«tempestades» específicas del apóstol: incomprensiones por parte de familiares
o amigos, criticas de todo tipo, tratos injustos, etc.
Finalmente, hay
«tempestades» que son fruto de mi falta de generosidad, o de mi falta de
humildad: es la tristeza que proviene de no acabarme de entregar, o de no ser
sincero, o de problemas que me invento.
Jesús, sea cual sea
el tipo de tempestad, voy seguro si te tengo en mi barca.
«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?», dice la Sagrada Escritura.
Y; sobre todo, Tú
eres mi Dios y mi Padre, tienes todo el poder y me quieres con amor de padre:
¿cómo me vas a fallar?; ¿cómo me vas a dejar solo?
Sin embargo, a veces
parece que no reaccionas, que duermes, que no haces caso a mis peticiones de
ayuda: «¡Señor, sálvanos que perecemos!»
Que no me desespere,
que no sea esa espera un motivo para perder la confianza en Ti, sino más bien,
una ocasión para rezar más, para pedirte las cosas con más fe, con más
insistencia: ¡Sálvame, Jesús, que ya no aguanto más!
«Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 22,42).
2º. «Los
problemas que antes te acogotaban te parecían altísimas cordilleras han desaparecido por completo, se han
resuelto a lo divino, como cuando el Señor mandó a los vientos y a las aguas
que se calmaran.
¡Y pensar que todavía dudabas!». (Surco.-119).
Jesús, al final, las
cosas se resuelven a lo divino, y aquellos problemas insalvables se desvanecen
con un solo acto de tu voluntad.
Pero Tú te has
servido de esa prueba para que me uniera más a Ti, para que te rezara con más
intensidad.
Y ahora, cuando la
tempestad está calmada, me admiro de tu poder como los apóstoles, que «se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que
hasta los vientos y el mar le obedecen?»
Jesús, hoy es un
buen día para considerar que Tú eres a la vez hombre y Dios.
En este pasaje ambas
cosas se ponen de manifiesto: después de un largo día, te encuentras tan
cansado que te quedas dormido en la barca, incluso cuando ésta está zarandeada
por las olas.
Pero al calmar el
viento y el mar, muestras el poder de tu divinidad: «¿quién es éste?»
Eres el Hijo de Dios
que se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios.
Jesús, la barca de
la escena de hoy ha sido vista desde los primeros tiempos como la imagen de la Iglesia.
«La nave es la
Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar
de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones». (Santo Tomás)
La Iglesia es esa barca en la
que están los apóstoles, dirigidos por Pedro, y en la que te encuentras también
Tú.
Muchas veces,
durante la historia de la
Iglesia, esa barca ha sido atacada con todo tipo de
tempestades, luchas, divisiones, odios, incomprensiones, deseos de hundirla y
ataques de todo tipo. Y mientras, Tú pareces estar dormido.
¡Cuántas oraciones y
sacrificios de almas santas, cuántos martirios, cuántas vidas de entrega
silenciosa ofrecidas por la paz del mundo y la santidad en la Iglesia!
Tú quieres que te
pida así, con confianza, porque la
Iglesia continúa y continuará a flote.
Y a los pesimistas,
les tendrás que responder: «¿Por qué
teméis, hombres de poca fe?»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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1-Julio. La Preciosísima Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo. (propio diocesano)
«Después
de esto, Jesús, sabiendo que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
"Tengo sed". Había allí un vaso lleno de vinagre; empaparon una
esponja en el vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca.
Cuando Jesús lo probó, dijo: "Todo está cumplido". E, inclinando la
cabeza, expiró. Como era la víspera de la pascua, para que no quedaran los
cuerpos en la cruz el sábado -pues era un día muy solemne-, los judíos rogaron
a Pilato que se les quebraran las piernas y los quitaran. Los soldados fueron y
quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Al
llegar a Jesús y verlo muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los
soldados le traspasó el costado con una lanza, y al punto salió sangre y agua.
El que lo ha visto da testimonio de ello, y su testimonio es verdadero; y él
sabe que dice verdad, para que vosotros creáis. Todo esto sucedió para que se
cumpliera la Escritura:
No le quebrarán hueso alguno. Y también otra Escritura que dice: Verán al que
traspasaron.» (Juan
19,28-37).
1º. Jesús, he llegado al
Calvario acompañando a tu Madre.
No puedo decir nada.
Estás allí, clavado en la
cruz, con la cara rota y el cuerpo destrozado y sangrante.
Apenas puedes respirar,
mientras te apoyas en tus manos atravesadas para tomar aliento.
La boca abierta.
La mirada triste,
agonizante.
¡Jesús!, ¿que han hecho
contigo?
Me miras... y toda mi vida
me parece un sinsentido.
«Tengo sed...»
«Todo está consumado.»
«Acabamos de revivir el drama del Calvario, lo que me atrevería a
llamar la Misa
primera y primordial, celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su Hijo a
la muerte. Jesús, el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el que le habían
de ajusticiar y su sacrificio es aceptado por el Padre: como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu
Santo. (…)
El cristiano está obligado
a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por
el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia,
«para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por
Jesucristo», para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de
obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre.
2º. Un soldado
revienta el corazón de Jesús con una lanza.
El alma de María se
resquebraja con un dolor indescriptible.
Yo no puedo decir nada,
Jesús.
Me quedo mirándote atónito,
sin fuerzas, mientras José y Nicodemo te descuelgan de la cruz, te envuelven en
lienzos y te llevan hacia el sepulcro.
Ya se ha acabado la obra de
nuestra redención.
Jesús, has cumplido esas
palabras tuyas: «Nadie tiene amor más
grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).
Lo has dado todo, hasta la
última gota de sangre que brota de tu corazón abierto.
Y yo, ¿qué hago ante este
derroche de amor?
José de Arimatea y Nicodemo
han aparecido con valentía en el momento de la desbandada.
Ante tu cuerpo muerto,
Jesús, ya no caben miedos ni respetos humanos; ni flojeras, ni tiempos
reservados para mis cosas, ni vanidad, ni nada.
Y sin pensarlo dos veces, te
cojo y te llevo hasta el sepulcro, mientras me dices por dentro, con voz
palpitante, que ahora me toca a mí, que ahora soy yo quien he de ser Cristo en
la tierra.
3º. «Meditemos en el Señor
herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la
realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace
siglos: “El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores”. A la vista de Cristo
hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a
la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la
muestra más clara de una derrota.¿Dónde están las masas que lo seguían, y el
Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria:
ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la
manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia» (Es Cristo
que pasa.-95).
Madre, ¡qué dolor te produce
dar el primer beso a Jesús muerto!
Sin embargo, junto a las
lágrimas que brotan de tu amor fiel y materno, mantienes firme tu esperanza: la
certeza de la
Resurrección de tu Hijo, de
la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia.
El pequeño grupo no quiere abandonar a María, que llora
en silencio.
Mientras, la gente se marcha
«golpeándose el pecho» (Lucas
23,48).
Yo, envuelto también entre
silencio y sollozos, te prometo ser fiel.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Miércoles
«Al llegar a la otra orilla, a la región de los
gadarenos, le fueron al encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros,
tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. En ese momento se
pusieron a gritar diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has
venido aquí antes de tiempo para atormentarnos? Había lejos de ellos una gran
piara de cerdos que pacían. Los demonios le rogaban diciendo: Si nos expulsas,
envían os a la piara de cerdos. Les respondió: Id. Y ellos salieron y entraron en
los cerdos. Entonces toda la piara corrió con ímpetu por la pendiente hacia el
mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y al llegar a la ciudad
contaron todo, en particular lo de los endemoniados. Ante esto toda la ciudad
salió al encuentro de Jesús y al verle, le rogaron que se alejara de su
región.» (Mateo 8, 28-34)
1º. Jesús, a veces tu presencia es
incómoda porque obliga a cambiar de conducta y no siempre se está dispuesto a
cambiar. «¿Qué tenemos que ver contigo,
Hijo de Dios?»
Yo también soy hijo
de Dios.
Por eso, no me puedo
extrañar si, cuando me comporto como cristiano
como Cristo, encuentro gente a mi alrededor que me critica y me rechaza.
Jesús, expulsas al
demonio de estas dos personas.
Con el demonio,
había entrado en ellos el odio, la furia, la soledad -vivían alejados, en los sepulcros- la
amargura.
Estos son los
efectos del pecado en el alma, cuando me dejo vencer por las tentaciones del
demonio.
Pero, como en la
escena de hoy, si me acerco a Ti a través del sacramento de la Confesión, Tú expulsas
el demonio, me limpias mis pecados, me devuelves la gracia y, con ella, la
alegría y la paz.
Jesús, la pérdida de
la piara fue un gran desastre para aquellos porqueros.
Valía la pena por el
bien espiritual que recibían los endemoniados, pero no deja de ser una gran
pérdida para aquellos hombres.
A veces me envías
situaciones difíciles o dolorosas, o veo sufrir a gente a mi alrededor sin
ningún motivo aparente.
La tentación es
pensar, entonces, que Tú eres malo, que no te conmueven los sufrimientos de los
hombres.
Ayúdame a descubrir
en esos sucesos tu mano de Padre; que me dé cuenta de que Tú sabes más, y que
detrás de aquel mal, hay siempre un bien superior.
2º. «Agiganta tu fe en la Sagrada Eucaristía.
-¡Pásmate ante esa realidad inefable!: tenemos a Dios con nosotros, podemos
recibirle cada día y si queremos, hablamos íntimamente con El, como se habla
con el amigo, como se habla con el hermano, como se habla con el padre, como se
habla con el Amor» (Forja.-268).
Jesús, gracias a la Eucaristía puedo
recibirte -¡recibir a Dios!- en mi alma
en gracia.
Es la situación
contraria a la del Evangelio de hoy: esas personas tenían al demonio en su
interior, estaban endemoniadas.
Yo, cuando tengo
limpia el alma y, especialmente, cuando recibo la comunión, tengo a Dios en mí:
se puede decir que estoy «endiosado».
«Nada hay escondido para el Señor sino que aun nuestros
secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre
conscientes de que él habita en nosotros, para que seamos templos suyos y él
sea nuestro Dios en nosotros, tal como es en realidad y tal como se manifestará
ante nuestra faz; por esto tenemos motivo más que suficiente para amarlo». (San Ignacio de
Antioquía).
Jesús, quiero estar
siempre contigo, mantenerme en tu presencia, hacer las cosas sabiendo que Tú
estás en mí.
Y si me despisto y
me paso horas sin acordarme de Ti, ayúdame a volver a Ti: hazte el
encontradizo, como hiciste con estos dos endemoniados.
Porque aunque a
veces me cueste un poco vivir en cristiano, no quiero ser como los ciudadanos
de aquella ciudad, que al verte, te rogaron que te alejaras de su región.
Jesús, para poder
mantenerme en tu presencia durante la jornada, necesito hablar a solas -íntimamente- contigo: «como se habla con el amigo, como se habla
con el hermano, como se habla con el padre, como se habla con el Amor».
Que no deje ningún
día de hacer unos minutos de oración personal, si es posible delante de un
Sagrario.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Jueves
También se puede meditar Santo Tomás Apóstol
«Subiendo a una barca, cruzó de nuevo el mar y vino a su
ciudad. Entonces le presentaron un paralítico postrado en una camilla. Al ver
Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te
son perdonados. Ciertos escribas dijeron en su interior: Éste blasfema.
Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros
corazones? ¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados, o decir:
levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la
tierra para perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu
camilla y vete a tu casa. El se levantó y se marchó a su casa. Al ver esto las
multitudes se atemorizaron y glorificaron a Dios por haber dado tal poder a los
hombres.» (Mateo 9, 1-8)
1º. Jesús, te presentan un paralítico para
que lo cures de su enfermedad física.
Sin embargo, lo
primero que haces es perdonarle sus pecados: «tus pecados te son perdonados.»
Quieres dejarme
claro que lo importante es la vida del alma.
La verdadera
parálisis es la que proporciona el pecado, que inmoviliza espiritualmente e
imposibilita mi relación contigo.
«Éste blasfema.»
Los escribas,
conocedores de la Ley
de Moisés, saben que sólo Dios puede perdonar los pecados.
Por eso dicen que
blasfemas: porque al perdonar los pecados, te estás haciendo igual a Dios.
Lo que no saben los
escribas -no lo quieren saber, a pesar de tantas señales que les has mostrado-
es que Tú eres realmente Dios: la segunda persona de la Santísima Trinidad
hecha hombre.
Y para darles aún
una nueva señal, realizas el milagro: «Levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa.»
La gente queda
atemorizada y estupefacta por la curación del paralítico; sin embargo, para Ti
eso no es lo importante.
No te cuesta nada
curar a un paralítico.
Lo que te «cuesta»,
porque depende de mi libertad, es curar mi alma.
«¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados,
o decir: levántate y anda?»
¡Cuántas veces querrías
limpiar los pecados de los hombres -los míos también- y no te dejamos!
2º. «¿Piensas que tus pecados son muchos, que el Señor no
podrá oírte? No es así, porque tiene entrañas de misericordia. Sí, a pesar de
esta maravillosa verdad, percibes tu miseria, muéstrate como el publicano:
¡Señor, aquí estoy, tú verás! Y observad lo que nos cuenta San Mateo, cuando a
Jesús le ponen delante a un paralítico. Aquel enfermo no comenta nada: sólo
está allí, en la presencia de Dios. Y Cristo,
removido por esa contrición, por ese dolor del que sabe que nada merece, no
tarda en reaccionar con su misericordia habitual: «ten confianza, que
perdonados te son tus pecados» (Amigos de Dios.-253).
Jesús, no sólo es
cierto que «el Hijo del Hombre tiene
poder en la tierra para perdonar los pecados,» sino que has querido transmitir ese poder a los apóstoles y, a
través de ellos, a los obispos y sacerdotes.
Me has puesto el
remedio de la confesión tan fácil, tan al alcance, que no te puedo fallar; por
muchos que sean mis pecados.
«Puesto que Cristo confió a sus apóstoles el ministerio
de la reconciliación, los obispos, sus sucesores, y los presbíteros,
colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto,
los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el
poder de perdonar todos los pecados «en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (C. I. C.-1461).
En la confesión, no
es el sacerdote el que perdona.
El pecado es una
ofensa a Dios y sólo Dios puede perdonarla.
Pero Tú, Señor;
tienes entrañas de misericordia, y
has querido instituir este maravilloso medio de salvación.
Que también yo, como
aquellos que presenciaron el milagro, glorifique a Dios por haber dado tal
poder a los hombres.
Y el mejor modo de
glorificarte, Jesús, es acudir con frecuencia y con piedad a este sacramento
del perdón.
No tengo que esperar
a estar paralítico espiritualmente, en pecado mortal.
Cuando hay amor;
hasta en las faltas más pequeñas se siente la necesidad de pedir perdón.
Si me confieso con
frecuencia, recibiré de Ti la energía espiritual -la gracia- para levantarme siempre de mis
caídas y para seguirte de cerca.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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3-Julio. Santo Tomás Apóstol
«Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado,
estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos
por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver
al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con
vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos
y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les
son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con
ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al
Señor! Pero él les respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y
no meto mi dedo en su costado, no creeré.
A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y
Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio
y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira
mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino
creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó:
Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han
creído». (Juan 20, 19-29)
1º. Jesús, tus primeras palabras a los apóstoles,
después de resucitado, son palabras de paz: «Paz sea a vosotros».
Has venido a traer
la paz.
Sin embargo, antes
les habías dicho: «No he venido a traer
la paz sino la espada» (Mateo 10,34).
¿Por qué?
Porque tu paz no es
la paz del equilibrio, la paz del bienestar material.
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da
el mundo»
Tu paz es la paz del
corazón, la paz interior que procede de la lucha interior; la paz que has
conseguido con tu muerte, y que sólo puedo conseguir con la muerte de mis
pasiones, con mortificación.
«A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados;
a quienes se los retengáis, les son retenidos.»
Jesús, con estas
palabras instituyes el sacramento de la penitencia.
¿Cómo voy a
inventarme yo mi propio modo de pedirte perdón, si Tú lo has dejado
clarísimamente establecido?
Sería absurdo
pretender confesarme «directamente» contigo cuando Tú quieres que lo haga a
través de tus ministros.
«Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración
como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la
reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el
ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (C. I. C.-1442)
Jesús, hablas del
perdón de los pecados después de desear la paz a los apóstoles.
¡Qué medio más
impresionante es la
Confesión para recuperar la paz!
Gracias, Jesús, por
haberme dado este sacramento para volver a empezar una y mil veces, y para
saber con certeza que Tú me has perdonado y vuelves a tratarme como hijo de
Dios.
2º. «¡Con
qué humildad y con qué sencillez cuentan los evangelistas hechos que ponen de
manifiesto la fe floja y vacilante de los Apóstoles!
-Para que tú y yo no perdamos la esperanza de llegar a
tener la fe inconmovible y recia que luego tuvieron aquellos primeros» (Camino.-581).
Jesús, quieres que
tenga la fe inconmovible y recia de los apóstoles, pero sin necesidad de poner
el dedo en tus llagas, sin verte físicamente.
¿Por qué no te
apareces como lo hiciste con los primeros?
Y me respondes: «bienaventurados los que sin haber visto
han creído.»
Una vez visto, se reduce el margen para la fe y
disminuye, por tanto, el mérito.
Los apóstoles
necesitaron esta ayuda porque eran los primeros y tenían que dar testimonio con
el martirio.
Jesús, quiero creer
como el que más, sin exigirte continuas pruebas: me bastan los milagros que
aparecen en la
Sagrada Escritura y tu gracia, que me concedes siempre si te
la pido.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Viernes
«Cuando partía Jesús de allí, vio a un hombre sentado en
el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió.
Estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores,
y se pusieron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al
ver esto, decían a sus discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con los
publicanos y pecadores? Pero él, al oírlo, dijo: No tienen necesidad de médico
los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia
quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos sino a los
pecadores.» (Mateo 9, 9-13)
1º. Jesús, cada vez que aparece la llamada
de un apóstol en el Evangelio, es una buena ocasión para acordarme de que yo
también debo ser apóstol tuyo.
Al haber recibido el
Bautismo, he recibido ya la misión genérica de santidad y apostolado que es
propia de todo cristiano.
Me has llamado a ser
santo y apóstol tuyo.
¿Cómo estoy
cumpliendo mi misión?
«Él se levantó y le siguió.»
Hoy me pides que me
vuelva a levantar, que salga de ese estado de tibieza -del «ir tirando» o «ir a
medias» en el que me quedo cuando
descuido la lucha por vivir un plan de vida, por aprovechar el tiempo, por
hacer apostolado, por hacer una pequeña mortificación cada día.
Un medio crucial
para mantenerme de pie en la lucha, para seguirte y seguirte de cerca, es el
examen de conciencia.
«Avanzad siempre, hermanos míos. Examinaos cada día
sinceramente, sin vanagloria, sin autocomplacencia, porque nadie hay dentro de
ti que te obligue a sonrojarte o a jactarte. Examínate y no te contentes con lo
que eres, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque en cuanto te
complaces en ti mismo, allí te detuviste. Si dices ¡basta!, estás perdido» (San Agustín).
Si cada noche me
pongo en tu presencia y hago un poco de examen de conciencia -dos o tres
minutos- repasando cómo he vivido el día, me daré cuenta de por dónde flaquea
mi vida espiritual, y podré volver a empezar una y otra vez.
Si cuido el examen
de conciencia, con tu ayuda, podré mantener siempre una vida interior vibrante
y encendida.
2º. «Parecía plenamente determinado...; pero, al tomar la
pluma para romper con su novia, pudo más la indecisión y le faltó valentía: muy
humano y comprensible, comentaban otros. Por lo visto, según algunos, los amores
terrenos no están entre lo que se ha de dejar para seguir plenamente a
Jesucristo, cuando El lo pide» (Surco.-41).
Jesús, te acercas a
Mateo no por casualidad, sino que ya habías pensado en él mucho antes para
llamarle a ser uno de tus apóstoles.
A lo mejor Mateo no
había pensado nunca en dejarlo todo por Ti, pero Tú habías pensado en él desde
toda la eternidad, porque eres Dios y en Ti no hay pasado o futuro: todo es
presente.
Y cuando piensas
pedir algo a alguien, le das antes las gracias necesarias para que pueda
responder.
Mateo estaba sentado
en su mesa de recaudador de impuestos.
No era un trabajo
bien considerado por algunos israelitas, porque era colaborar con la dominación
romana, pero era un trabajo que proporcionaba una acomodada situación económica.
Se podría decir que
Mateo «tenía la vida resuelta».
Mientras la
muchedumbre te seguía porque acababas de hacer un milagro, Mateo estaba allí
sentado, trabajando.
Y precisamente a él,
al que no te estaba siguiendo, le vienes a buscar para llamarle.
Jesús, a lo mejor yo
tampoco te seguía muy de cerca.
Pero sí me tomaba en
serio mi trabajo, mi estudio.
A lo mejor tenía la
vida más o menos «resuelta»: amigos, aficiones, trabajo, familia.
A lo mejor tenía
novia o novio.
Y en estas
circunstancias, apareces y me pides más: o incluso me pides que lo deje todo y
te siga, como a Mateo.
¿Cómo voy a dejar
todos esos amores terrenos, esos deseos e ilusiones buenas y nobles?
Jesús, sé que Tú me
das la gracia necesaria para responder a lo que me pides.
Sé también que,
respondiendo a esa llamada, seré más feliz que siguiendo mis propios intereses.
Ayúdame a responder
siempre que sí a lo que me pidas.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimotercera Semana del Tiempo
Ordinario. Sábado
«Entonces se le acercaron los discípulos de Juan,
diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio
tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿A caso pueden estar de duelo
los amigos del