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DOMINGO CATORCE DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.» (Mateo 11, 25-27)

 

1º. Jesús, hoy se habla mucho de ciencia.

Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

Por eso me recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas 6,39-45) y no al revés.

«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.»

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. «¡Qué buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!» (Camino.-892).

Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar         -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar» el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó y postrándose le dijo: Mi hija acaba de morir pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá. Levantándose Jesús, le siguió junto con sus discípulos.

En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacia doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto. Pues decía en su interior: Con sólo que toque su manto quedare sana. Jesús se volvió y mirándola, le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y quedó sana la mujer desde aquella hora.

Después de esto, al llegar Jesús a la casa de aquel personaje, viendo a los músicos fúnebres y a la multitud alterada, dijo: Retiraos, la niña no ha muerto, sino que duerme. Pero se reían de él. Y, una vez que fue echada fuera la multitud, entró, la tomó de la mano y se levantó la niña. Y corrió esta noticia por toda aquella región.» (Mateo 9, 18-26)

 

1º. Jesús, hoy me enfrento con dos ejemplos de personas de fe.

Dos personas muy distintas: un «hombre importante,» y una mujer humilde que ni siquiera se atreve a presentarse cara a cara contigo, sino que se te acercó «por detrás.»

Dos personas muy distintas, pero con una misma fe; fe en que Tú podías resolver sus problemas como sólo Dios podía: resucitar a un muerto o curar con sólo tocar tu manto; fe, por tanto, en que Tú eras el enviado, el Hijo de Dios.

Jesús, hoy en día está de moda tener fe, pero una fe más subjetiva, que cada uno se construye a su modo.

Al final, se produce una tremenda confusión entre fe y sentimiento; entre lo que debo creer y lo que me produce sensaciones más o menos enternecedoras o altruistas.

La fe de estos personajes de hoy, en cambio, es una fe más radical, más «real»: es una fe en Ti, en tu poder, en tu palabra.

La fe verdadera no es interpretación, no es una invención personal para tranquilizar mi conciencia: es la aceptación de tu palabra y la obediencia a los ministros de tu Iglesia por el convencimiento de que Tú, Jesús, eres el Hijo de Dios.

«Obedecer («ob-audire») en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la verdad misma» (C. I. C.-144).

 

2º. «Nunca faltan enfermos que imploran, como Bartimeo, con una fe grande, que no tienen reparos en confesar a gritos. Pero mirad cómo, en el camino de Cristo, no hay dos almas iguales. Grande es también la fe de esta mujer y ella no grita: se acerca sin que nadie la note. Le basta tocar un poco de la ropa de Jesús, porque esta segura de que será curada. Cuando apenas lo ha hecho, Nuestro Señor se vuelve y la mira. Sabe ya lo que ocurre en el interior de aquel corazón; ha advertido su seguridad: «hija, ten confianza, tu fe te ha salvado».

¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quienes somos, para estar tan cerca de El? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a EL. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con El, como se habla con el padre, como se habla con el Amor Y esto es verdad. No son imaginaciones» (Amigos de Dios.-199).

Jesús, tu doctrina es exigente: me pides que me esfuerce, que te dedique tiempo, que piense en los demás, que trabaje con perfección.

Y, a veces, no puedo con tanto: me siento espiritualmente como enfermo  -sin fuerzas- o incluso muerto. ¿Qué puedo hacer?

Es la hora de actuar con fe y acudir a los Sacramentos con la seguridad de que me darán la gracia  la fuerza  que necesito.

Si con sólo tocar tu manto, la mujer quedo curada, ¿cuánto más voy a mejorar yo si te recibo en la comunión?

Si, entrando en su casa, resucitaste a la niña, ¿cuánta más vida recibiré cuando entres en mi alma al confesarme y comulgar?

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«Cuando se habían marchado, le presentaron un endemoniado mudo. Expulsado el demonio, habló el mudo, y la multitud se admiró diciendo: Jamás se ha visto cosa igual en Israel. Pero los fariseos decían: En virtud del príncipe de los demonios arroja a los demonios.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.» (Mateo 9, 32-38)

 

1º. Jesús, ante tu doctrina y tus milagros cabe siempre más de una interpretación: «Jamás se ha visto cosa igual en Israel,» dicen unos; «en virtud del príncipe de los demonios arroja a los demonios», dicen otros.

Está claro que el que no quiera entender no entenderá por más milagros que vea.

El problema no está en tu doctrina, sino en el interior de cada persona.

Siempre puedo encontrar alguna excusa para no seguir tus inspiraciones, para no «darme cuenta» de lo que me pides y a lo mejor me cuesta entregar.

Sin embargo, hoy como ayer, Tú sigues recorriendo «todas las ciudades y aldeas predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.»

Sigues en medio de los hombres, preocupándote por ellos -por mí- para atender sus necesidades espirituales y materiales.

Jesús, estás vivo y pasas hoy cerca de mí para ayudarme, para curarme, para darme fuerzas.

Jesús, pasas cerca de mí y me dices: «la mies es mucha, pero los obreros pocos.»

¿Por qué no me ayudas?

¿No sientes tú también compasión por esa gente que te rodea y que está «maltratada y abatida» porque no tiene pastor?

¿No te das cuenta de que te necesito para que tú seas otro Cristo, otro Yo, en medio del mundo, en tus circunstancias concretas, en tu ambiente?

Que no busque excusas, Jesús; que no me haga el sordo, como hacían los fariseos de aquel tiempo.

 

2º. «No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya granadas, dijo Jesús a sus discípulos: «la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo». Como entonces, ahora siguen faltando peones que quieran soportar «el peso del día y del calor». Y si los que trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel: «destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha».

No hay cosecha, cuando no se está dispuesto a aceptar generosamente un constante trabajo, que puede resultar largo y fatigoso: labrar la tierra, sembrar la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla... En la historia, en el tiempo, se edifica el Reino de Dios. El Señor nos ha confiado a todos esa tarea, y ninguno puede sentirse eximido» (Es Cristo que pasa.-158).

Jesús, cuenta conmigo.

Quiero trabajar esa tierra del mundo: «labrar la tierra, sembrar la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla.».

Quiero ser uno de esos obreros que te ayude a recoger los frutos de tu Redención.

Pero ¿qué he de hacer?

No he de hacer nada especial, ni necesito cambiar de ambiente.

«Son innumerables la ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios» Vaticano II.- A. A.-6).

Lo que sí necesito es hacer las cosas de otra manera: con espíritu sobrenatural y afán de servicio.

Y para ello, he de prepararme bien: formarme mejor, cuidar más mi vida interior, tener prestigio profesional: ser buen estudiante, buen trabajador.

Y, a la vez, he de rezar más, pidiendo al Señor de la mies -a Ti, Jesús- que envíe más obreros a su mies.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.

A estos doce envió Jesús dándoles estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar» (Mateo 10,1-7)

 

1º. Jesús, Tú eres quien llama a los apóstoles -los primeros obispos- y quien les das el poder de curar y arrojar al demonio.

«Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos. Por eso, la Iglesia enseña que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo: el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (C. I. C.-862).

Esta es una gran enseñanza para mi fe de católico: lo importante de los obispos de tu Iglesia es que están llamados por Ti, y reciben de Ti un poder especial para su misión de almas.

Todo lo demás, aunque sea importante, es secundario: si son más o menos doctos, si son más o menos agradables de aspecto, si hablan más o menos idiomas, si son de tal o cual pueblo o nación.

Lo que me debe preocupar es que sean lo más santos posible; porque cuanto más santos, menos obstáculos pondrán a esas gracias especiales que  -por vocación- reciben, y podrán cumplir mejor su misión.

Por eso, tengo el deber de pedir mucho por la persona e intenciones del obispo de la diócesis: para que sea santo y fiel.

«Los nombres de los Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro».

Desde el principio de la Iglesia, la posición de Pedro y de sus sucesores los Papas ha revestido un carácter especial entre los demás obispos.

Tú mismo has puesto al Papa al frente de la Iglesia, como Pastor Supremo y elemento de unidad de todos los cristianos.

Por eso, también tengo que rezar mucho por el Papa  -sea quien sea-, para que con una vida santa y sacrificada pueda cargar con la tremenda responsabilidad que le has encomendado.

2º. Convengo contigo en que hay católicos, practicantes y aun piadosos ante los ojos de los demás, y quizá sinceramente convencidos, que sirven ingenuamente a los enemigos de la Iglesia...

-Se les ha colado en su propia casa, con nombres distintos mal aplicados -ecumenismo, pluralismo, democracia-, el peor adversario: la ignorancia» (Surco.-359).

Jesús, a veces me encuentro con gente buena que piensa que el Papa y los obispos deberían ser elegidos democráticamente; o que no deberían mandar tanto sino, más bien, recoger el sentir popular; las inquietudes de los distintos tiempos y culturas.

Sin contar con algunos pocos que van con mala idea -para desorientar-, la mayoría de los que piensan así están sinceramente convencidos.

Todas las sociedades humanas desarrolladas deberían ser democráticas, piensan.

El problema es que la Iglesia, además de ser una sociedad humana, es una sociedad sobrenatural fundada por Ti, Jesús.

Y la misión que le has dado al Papa y a los obispos no es amoldar la religión a lo que piden las modas o culturas, sino guardar intacto y puro el mensaje de Salvación que nos has enseñado con tu ejemplo y con tu palabra, y ofrecer generosamente los medios sobrenaturales que nos has dejado para vivir como hijos de Dios: los Sacramentos.

Por eso, más que amoldar la religión a modas y culturas, la Iglesia      -con la asistencia y guía del Espíritu Santo- enseña a llenar esas modas y culturas de sentido cristiano.

A través del Magisterio, el Papa y los obispos tienen la responsabilidad de guiamos por el camino de salvación en cada tiempo y cultura.

Jesús, te pido por la Jerarquía de la Iglesia, para que te sea siempre muy fiel.

Ayúdame a saber defenderla de los ataques de quienes -tantas veces por ignorancia- no la respetan.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar: Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento.

En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella digno; y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros. Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que en el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.» (Mateo 10, 7-15)

 

1º. Jesús, mandas a los apóstoles a predicar y a curar a las gentes de sus enfermedades.

«El Reino de los Cielos está al llegar.»

Y ya ha llegado.

Porque desde que has muerto en la cruz, puedo tenerte en mi alma en gracia: el Reino de Dios está dentro de mí.

Pero hace falta llevar este reino a todos los hombres.

«La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras» (Vaticano II.- A. A.-2).

«Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.»

Jesús, tengo fe porque la he recibido de Dios a través de mis padres, de profesores, amigos, etc.

Ahora me toca a mí pasar esa fe a los que están a mi alrededor.

Y la tengo que pasar íntegra, sin acomodarla a mis defectos, sin «humanizaría» para que se adapte mejor a la cultura del momento.

«No llevéis oro ni plata, ni dinero en vuestras fajas».

El apostolado no se hace a base de dinero, sino a base de buen ejemplo y de amistad verdadera.

Jesús, el apostolado lo haces Tú, pero necesitas mis labios y mis obras.

Si mi trabajo no es ejemplar, si no me busco más que a mí mismo, si no hablo de Ti a mis parientes y amigos, difícilmente vas a poder remover a la gente que me rodea.

2º. «En las empresas de apostolado está bien -es un deber- que consideres tus medios terrenos (2+2=4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios +2+2...» (Camino.-471).

Jesús, en tu compañía había unas mujeres que ayudaban en los temas materiales; también sabemos que Judas llevaba la bolsa con el dinero para comprar lo necesario o dar limosnas.

Toda obra espiritual -y, por tanto, la Iglesia en general- necesita también de recursos materiales.

Y es un deber contribuir en lo que pueda a sostener esas necesidades.

Aún más que el dinero, a veces lo que hace falta es el tiempo: mi tiempo.

Jesús, quieres que, sin que sea un desorden para mis actividades profesionales y familiares, encuentre el tiempo para ayudar en lo que pueda a la Iglesia.

Más importante que los medios terrenos, lo que necesitan las obras de apostolado es oración: rezar por la Iglesia, rezar por el Papa y por los Obispos, rezar por los sacerdotes y religiosos, rezar por las vocaciones sacerdotales, rezar por todas las instituciones de la Iglesia, para que tengan vocaciones y den mucho fruto en servicio de todas las almas.

Jesús, que no pase ningún día sin que rece por la Iglesia.

«Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella.»

Jesús, quieres que las casas cristianas, las familias cristianas, sean un ejemplo de paz y de alegría: que se note que Tú estás presente, que el Reino de los Cielos está en medio de ese hogar cristiano.

Este es uno de los grandes mensajes que el mundo necesita: ver familias unidas, viviendo con amor y esperanza las alegrías y sufrimientos propios del hogar.

¿Cómo me comporto en mi propia casa?

¿Cómo colaboro para mantener siempre un clima de paz y optimismo?

Jesús, te pido por mi familia y por todas las familias del mundo.

Te pido especialmente por las familias cristianas, para que sean ejemplo y esperanza para las demás familias, y prueba de que tu Reino ha llegado y está en medio de nosotros.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

También se puede meditar San Benito, Abad, Patrono de Europa

 

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre.» (Mateo 10, 16-23)

                                                                                                                                 

1º. Jesús, las advertencias que das a los apóstoles son válidas para tus discípulos de todos los tiempos.

Porque siempre habrá oposición entre el cristiano, que ve el mundo como medio de santificación, y el mundano, para quien el mundo es únicamente un medio de satisfacción.

Estas dos visiones antagónicas del mundo hacen que el cristiano sea necesariamente un inconformista ante los abusos del materialismo en materia de fe y de moral, y se encuentre, en ocasiones, incomprendido, despreciado, y hasta amenazado por sus mismos familiares y compañeros.

A veces, la incomprensión más dolorosa y el desprecio más inhumano provienen de los «moderados»: de los que piensan que son buenos porque no son malos.

Son cristianos, pero sin «pasarse»: saben «disfrutar» de la vida, que para eso está.

Esos familiares o amigos no entienden que se pueda ser más feliz siendo cristiano de verdad a través de una vida de oración, trabajo y entrega a los demás por amor a Ti.

Y como no entienden, se sienten en la obligación de llevar a los demás por el «buen» camino, usando todo tipo de medios físicos y psicológicos a su alcance.

«Y porque sé de no pocas jóvenes que, deseosas de consagrar a Dios su virginidad, no lo consiguieron por estorbárselo sus madres (...), a tales madres dirijo ahora mi discurso y pregunto: ¿no son libres vuestras hijas para amar a los hombres y elegir marido entre ellos, amparándolas la ley en su derecho aun contra vuestra voluntad? Y las que pueden libremente desposarse con un hombre, ¿no han de ser libres para desposarse con Dios?» (San Ambrosio).

 

2º. «¡Acabar!, ¡acabar! -Hijo, «qui perseveraverit usque in finem, hic salvus erit» -se salvará el que persevere hasta el fin.

-Y los hijos de Dios disponemos de los medios, ¡tú también!: cubriremos aguas, porque todo lo podemos en Aquél que nos conforta.

-Con el Señor no hay imposibles: se superan siempre». (Forja.-656).

Jesús, aunque a veces tenga contradicciones -que no serán tan grandes como las que pasaron los primeros cristianos, y tantos otros a lo largo de la historia, también de la historia reciente- sé que tengo tu ayuda para seguir adelante en mi camino de cristiano.

Los hijos de Dios disponemos de los medios para perseverar: la oración, los sacramentos, y el ejemplo y la ayuda de los demás cristianos.

Jesús, contigo no hay imposibles: se superan siempre.

Incomprensiones, presiones de todo tipo, dificultades económicas, o el rechazo de algunas amistades -que al fin y al cabo no eran tan profundas-, no me hacen ninguna mella, cuando te contemplo azotado, escupido, coronado de espinas, clavado en una cruz, traspasado por una lanza..., por amor a mi.

Y si alguna vez tengo que hablar en público para defender mi fe o mi vocación  en clase, en mi familia, en mi trabajo-, me acordaré de tu promesa: «en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros».

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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11-Julio. San Benito, Abad, Patrón de Europa

 

«Comenzó Pedro a decirle: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús respondió: En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros.» (Marcos 10, 28-31)

 

1º. Jesús, hoy les haces a los apóstoles una gran promesa: quien te dé algo por amor a Ti y al Evangelio, recibirá «cien veces más» en esta vida, y, en el siglo venidero, la vida eterna.

No es que les prometas esto para que se entreguen.

Ellos ya se habían entregado antes: «Ya ves que nosotros lo hemos entregado todo y te hemos seguido.»

La verdadera entrega no va en busca del beneficio personal, no espera recibir nada a cambio.

Pero Tú quieres que tus discípulos de todos los tiempos sepan que serán las personas más felices en la tierra -con persecuciones- y también en el Cielo.

La felicidad en esta tierra es una felicidad «con persecuciones.»

¿Qué significa esto?

Significa que, aquí abajo, la verdadera alegría va unida a la Cruz.

El que se busca a si mismo, el que no es capaz de hacer ningún sacrificio por Dios o por los demás, el que huye del dolor o de lo que le cuesta, no encuentra más que vacío; y como tampoco puede evitar las cruces habituales de este mundo, se desespera y se amarga.

Por el contrario, el que sabe darse a los demás aprende a amar de verdad y, aunque ese amor implique renuncia, es un amor que llena de paz y de alegría.

En concreto, amarte a Ti, Jesús, cuesta.

Mis pasiones, mis intereses personales, mi comodidad y mi orgullo me impulsan en sentido contrario al que me pides.

Y para vencer esas tendencias, necesito fortaleza, virtud.

El camino cristiano consiste precisamente en la adquisición y desarrollo de las virtudes.

«Este es el índice para que el alma pueda conocer con claridad si ama a Dios o no, con amor puro. Si le ama, su corazón no se centrará en sí misma, ni estará atenta a conseguir sus gustos y conveniencias. Se dedicará por completo a buscar la honra y gloria de Dios y a darle gusto a El. Cuanto más tiene corazón para si misma menos lo tiene para Dios» (San Juan de la Cruz).

2º. «Es bueno dar gloria a Dios, sin tomarse anticipos (mujer hijos, honores...) de esa gloria, que gozaremos plenamente con Él en la Vida...

Además, Él es generoso... Da el ciento por uno: y esto es verdad hasta en los hijos. -Muchos se privan de ellos por su gloria, y tienen miles de hijos de su espíritu. -Hijos, como nosotros lo somos del Padre nuestro, que está en los cielos» (Camino.- 779).

Jesús, es bueno dar gloria a Dios, hacerlo todo por Ti y por el Evangelio.

Qué ridículo sería el árbol que quisiera crecer para abajo, o el caballo que quisiera volar.

Por suerte, no pueden hacer el ridículo.

La única criatura capaz de hacerlo -además de los demonios, que lo hacen por toda la eternidad- es el hombre cuando, en vez de actuar dando gloria a Dios, «va a la suya», como si fuera independiente de su Creador.

Además, El es generoso... Da el ciento por uno.

A veces, Jesús, no me entero de esto porque no lo pruebo de verdad; y aunque te doy cosas, mis planes y mi tiempo son intocables.

O te pongo límites que parecen -desde la estrecha perspectiva humana- razonables: mis hijos, mi familia, mi profesión...

No acabo de enterarme.

«Ya ves que nosotros lo hemos entregado todo y te hemos seguido.»

Jesús, ayúdame a enterarme de lo que significa ser cristiano: buscar en mis circunstancias concretas, según mi vocación específica, la gloria de Dios; no quedarme con nada que me impida seguirte de cerca y amarte sobre todas las cosas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimocuarta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Belcebú, cuánto más a los de su casa. No les tengáis miedo, pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso no se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos.» (Mateo 10, 24-33)

 

1º. Jesús, el Evangelio de hoy tiene una enseñanza clara: «no tengáis miedo.»

No he de tener miedo a ser cristiano, ni a que los demás lo vean.

Si vivo cristianamente, es seguro que los que viven a mi alrededor se darán cuenta.

Porque ser cristiano es mucho más que ir a misa el domingo: es buscar la voluntad de Dios en cada momento.

Y eso se nota.

Tampoco he de tener miedo a dejar que Tú te vayas metiendo en mi corazón, y me pidas cosas. «Temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.»

Al que he de temer es al demonio -que me tienta casi sin que me dé cuenta-, y al pecado, que me quita la gracia.

«No debes desconfiar de Dios ni desesperar de su misericordia; no quiero que dudes ni que desesperes de poder ser mejor: porque, aunque el demonio te haya podido precipitar desde las alturas de la virtud a los abismos del mal, ¿cuánto mejor podrá Dios volverte a la cumbre del bien, y no solamente reintegrarte al estado que tenias antes de la caída, sino también hacerte más feliz de lo que parecías antes?» (Rabano Mauro).

«No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo», fueron las primeras palabras de Juan Pablo II al ser elegido Papa.

Jesús, ¿hasta dónde te dejo entrar en mi vida?

¿Te abro mis puertas de par en par; o te cierro la entrada reservándome «mis cosas»?

No puedo tratar de vivir coherentemente mi fe y, a la vez, ponerte condiciones: mi tiempo, mis hobbies, mi diversión, mis gustos, mis... debilidades.

Ayúdame a no tener miedo a entregarme cada día un poco más.

 

2º. «A la hora del desprecio de la Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte. Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará» (Surco.-977).

Madre, tú no tuviste miedo de estar al pie de la Cruz, aunque a tu alrededor; todo el mundo se burlaba y se sentía con el derecho de maltratar a tu Hijo y a sus seguidores. Sólo Juan, porque era el discípulo «amado» de Jesús, y porque era valiente, es capaz de acompañarte entre la multitud hostil.

Madre, tú eres la criatura que, por tu íntima unión con Dios, has confesado a Jesús con mayor fidelidad. Por ello, en ti se cumple de manera especial la promesa de tu Hijo: «A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos.»

Tan es verdad esto, que se te llama con razón la «omnipotencia suplicante»: eres omnipotente, no por tu propio poder, sino porque Dios te concede todo lo que le pides, por la intercesión de tu Hijo Jesucristo.

Pero, además de ser la omnipotencia suplicante, eres... mi Madre.

Y una buena Madre como tú, siempre busca lo mejor para sus hijos.

Por eso estoy tan seguro cuando pido cosas a Dios por tu intercesión.

Tú siempre me acogerás como hijo tuyo si me comporto como Jesús, si no tengo miedo a conducirme como cristiano responsable en toda circunstancia, incluso cuando no resulte cómodo confesar el nombre de tu Hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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