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DOMINGO QUINCE DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió junto a él tal multitud que hubo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga. Los discípulos se acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les respondió: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha dado. Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron. Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 1-23)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas la parábola del sembrador: «salió el sembrador a sembrar...»

Tú eres el sembrador, que sales a sembrar por los caminos del mundo la semilla de tu palabra y de tu vida.

La semilla es la misma en cada caso: has muerto en la cruz por todos los hombres, sin distinción.

Pero el fruto depende también de la tierra -los corazones de los hombres-, y del ambiente: pájaros, piedras, espinos.

«La tierra era buena, el sembrador el mismo, y las simientes las mismas; y sin embargo, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una parcela a otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la disposición de la voluntad» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, ¿cómo es mi tierra, mi corazón?

¿Es un corazón que sabe amar, que sabe sacrificarse por los demás; o es un corazón de piedra, duro, en el que las necesidades de los que me rodean no hacen mella?

¿Es un corazón fuerte, con la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo que debe en cada momento; o es un corazón blando, sin personalidad, que se deja arrastrar por el gusto, la sensualidad o la comodidad?

Jesús, ¿en qué ambiente me muevo?

¿Es un ambiente adecuado para que pueda crecer mi vida de cristiano?

¿Qué amigos tengo?

¿Cómo aprovecho el tiempo libre?

A veces el trabajo, los amigos, la televisión, las diversiones, etc..., en vez de ayudar a que mi vida cristiana crezca y se desarrolle, son como espinos sofocantes, que dificultan o incluso destrozan la semilla de la gracia.

 

2º. «La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado» (Es Cristo que pasa-150).

Jesús, cada día se repite la escena de este Evangelio: cada vez que un cristiano, con la doctrina y con el ejemplo de su vida, abre un pequeño surco en el alma de un familiar o un amigo, y arroja allí tu semilla.

Tú quieres que sea yo uno de esos sembradores, quieres servirte de mí para llegar a las personas que has puesto a mi lado.

De hecho, lo que me pides es que sea otro Cristo: que santificando mi trabajo profesional y las obligaciones de mi propio estado, lance a voleo la semilla, el mensaje y la vida nueva que nos has dado con la gracia.

Soy sembrador cuando estudio con seriedad lo que me toca, cuando ayudo a arreglar un desperfecto en casa, cuando sé perdonar un detalle molesto, cuando sonrío estando cansado, cuando dejo elegir a otro el mejor postre o la película de cine que iremos a ver, etc..

Jesús, la parábola del sembrador no es un mensaje de piedra, un cuento para libros de niños: es una escena actual.

De mí depende que tu semilla llegue a muchas más personas, aunque el fruto varíe según las disposiciones, la tierra, de cada uno.

Seré un buen sembrador si me esfuerzo por desempeñar con fidelidad mis deberes de cada día.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa.

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.» (Mateo 10, 34-42)

 

1º. Jesús, intentar seguirte no es sencillo, aunque tampoco es difícil: se trata de valorar las cosas y las personas como las valoras Tú, mirar con tu mirada, tener visión sobrenatural, buscar hacer siempre tu voluntad.

Ese modo de comportarme puede chocar, a veces, con la visión humana de los que me rodean  familiares, amigos, compañeros.

Ante esas situaciones, Tú me recuerdas: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi.»

No es que no tenga que querer a mis familiares o amigos, o que sólo pueda quererlos un poco.

Los he de querer con todo mi corazón.

Pero para quererles de verdad, he de obedecerte a Ti primero.

Ponerte a Ti por delante no es sólo lo mejor para mí, sino también lo mejor para ellos, aunque ahora les cueste un poco más tener que cambiar sus planes o no poder estar conmigo todo el tiempo que querrían.

Lo mismo le pasó a tus padres, Jesús, en Jerusalén, cuando les dejaste plantados porque era necesario estar primero en las cosas de tu Padre (cfr. Lucas 2, 49).

Lo que ocurre más a menudo, sin embargo, es que hacer tu voluntad choca con «mi» voluntad: mis ganas, mis ilusiones, mis «necesidades».

Por eso me recuerdas también: «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.»

También Tú sentiste la angustia de la muerte, propia de la condición humana, en el huerto de los olivos, pero preferiste la voluntad de tu Padre a la tuya propia: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mateo 26,39).

2º. «Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-                                      , puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo» (Es Cristo que pasa.-24).

Jesús, ésta es la gran paradoja del cristianismo: para ganar la vida, hay que «perder» la vida.

Para ser feliz en esta tierra y en la vida eterna, hay que aprender a no buscar la propia felicidad de manera egoísta, como las personas que están pendientes de si mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción.

A veces cuesta, y en esos casos hay que ser fuerte y coger la cruz.

Pero, en cuanto uno descubre que el que se olvida de sí es el más dichoso en la tierra, la cruz se hace llevadera y alegre.

«El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata; a otro, un vaso de agua fresca» (San Gregorio Magno).

Jesús, que no tenga miedo a la cruz, al sacrificio, a la entrega a Dios y a los demás.

Que me dé cuenta de que nada de lo que haga por Ti «quedará sin recompensa.»

Y la recompensa es la felicidad terrena -como nadie la puede encontrar- y, además, la eterna.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«Entonces se puso a reprochar a las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Coroza in, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. En verdad os digo que para Tiro y Sidón habrá menos rigor en el día del Juicio que para vosotras. Y ti, Cafarnaún, ¿te vas a alzar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno vas a descender! Porque si en Sodoma se hubiesen realizado los milagros que se han obrado en ti, subsistiría hasta hoy En verdad os digo que para la tierra de Sodoma habrá menos rigor en el día del Juicio que para ti.» (Mateo 11, 20-24)

 

1º. Jesús, ¡cómo te duele la incredulidad de aquellas gentes que habían visto tus milagros, que habían oído tus palabras, que te habían conocido personalmente!

Había muchas otras ciudades en el mundo en aquel entonces: ciudades, pueblos y aldeas con personas de distintas lenguas, culturas y razas, que no se enteraron de tu venida.

Podías haber hecho milagros en todo el mundo, para que todos te conocieran.

Pero esto no parece preocuparte tanto como la reacción de los que si te han conocido.

Jesús, en varias ocasiones repites la misma idea: «A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá» (Lucas 12,48).

Lo que importa no es sólo lo que objetivamente haga, sino que depende de cuánto he recibido, de los talentos que me has entregado para que los haga fructificar.

Cada persona ha recibido distintos talentos y tiene distintas responsabilidades.

«Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten» (C. I. C.-1937).

Por eso, no vale decir: ya hago más que los demás, que la media.

Primero he de pensar: ¿cuánto he recibido yo?

Jesús, yo soy cristiano.

Con el bautismo he recibido la gracia y la ayuda del Espíritu Santo.

Además, he recibido formación  empezando, posiblemente, por el ejemplo de mis padres.

He aprendido a tratarte desde niño, y te voy conociendo poco a poco con el ejemplo y la ayuda de otros cristianos.

Me has concedido mucho, Jesús, y por eso puedes pedirme mucho.

 

2º. «La Trinidad Santísima te concede su gracia, y espera que la aproveches responsablemente: ante tanto beneficio no cabe andar con posturas cómodas, lentas, perezosas..., porque, además, las almas te esperan» (Surco.-957).

Jesús, el reproche que haces hoy a las ciudades de Galilea, es una llamada a la responsabilidad.

Que no me conforme con posturas cómodas, lentas, perezosas, con un «ir tirando» que en el fondo es, más bien, un «ir arrastrándose» por la vida, sin objetivo claro, sin fortaleza de carácter, sin amor verdadero.

Porque el amor lleva a la aventura, a vencer cualquier obstáculo, a tomar riesgos, si hace falta.

Mientras que el egoísmo lleva a la pereza, al plan fácil, a lo que está al alcance de la mano, a seguir el dictamen de la mayoría.

Jesús, una y otra vez, he de sacudirme esta modorra que cunde en el ambiente, repitiendo con fuerza: «¡la Trinidad Santísima me concede su gracia!»

Y yo..., ¿cómo correspondo a esa gracia?

¿Me doy cuenta de que recibirte en la Comunión es más milagro que todas la curaciones que hiciste en Corozaín y Betsaida?

¿Me doy cuenta de que la Confesión es resucitar el alma que estaba muerta espiritualmente?

Que no me acostumbre a las gracias que me das.

Que no me acostumbre, y que reaccione.

Porque, además, las almas te esperan.

Jesús, si me has dado todas estas gracias, si te me has dado Tú mismo en la Eucaristía, es para que dé fruto: para que mi vida cristiana sea un ejemplo de entrega a Dios y a los demás.

¿Cómo es mi vida de oración?

¿Cómo es mi penitencia y mortificación?

¿Cómo es mi trabajo y mi servicio a los demás?

Que me dé cuenta, Jesús, de que me has dado tantas gracias para que muchos a mi alrededor lleguen a conocerte y a amarte; por eso, no puedo quedarme tranquilo si no doy todo el fruto que esperas de mí.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

También se puede meditar Nuestra Señora del Carmen

 

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.» (Mateo 11, 25-27)

 

1º. Jesús, hoy se habla mucho de ciencia.

Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

Por eso me recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas 6,39-45) y no al revés.

«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.»

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. «¡Qué buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!» (Camino.-892).

Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar         -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar» el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16-Julio. Nuestra Señora del Carmen

 

«Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte. Pero él respondió al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» (Mateo 12, 46-50)

 

1º. Jesús, tu madre la Virgen y tus parientes  hermanos» en arameo es un término amplio que sirve para designar a los parientes en general-  quieren hablar contigo.

Y parece que no les hagas caso.

¿Cómo se compagina este comportamiento con lo que enseñas en el cuarto mandamiento: «amarás a tu padre y a tu madre?»

Aprovechas esta situación para explicarme otra verdad importante: «todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» se une a Mí con unos lazos que son más fuertes aún que los de la sangre.

Son los lazos de la gracia, que me proporcionan un parentesco sobrenatural: el de ser hijo de Dios y hermano tuyo, Jesús.

«Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (C. I. C.-2233)

Jesús, Tú amas a tu madre como el mejor de los hijos, pero aún la amas más porque es la «llena de gracia» (Lucas 1,28).

Por eso, en el fondo, lo que estás haciendo es elogiar a María.

Ella es la criatura más querida por Dios no sólo por ser tu madre, sino porque ha sabido hacer en cada momento «la voluntad de mi Padre que está en los Cielos,» empezando por aceptar generosamente la vocación que le encomendaste, haciéndose «la esclava del Señor»

 

2º. «La Virgen Santa Maria, Maestra de entrega sin limites. -¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella, afirma Jesucristo: «¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése -ésa- es mi madre!...».

Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza -fuerza de amor y de liberación- su respuesta de generosidad ejemplar: «ecce ancilla Dominí!» -he aquí la esclava del Señor (Surco.-33).

Jesús, Tú eres el mejor ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios.

En el huerto de los olivos, ante el sufrimiento que se te avecinaba, vuelves a decir que sí a ese plan divino: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).

Ayúdame a ser generoso, a no buscarme a mí mismo.

Que la intención de todo lo que haga durante el día sea cumplir tu voluntad, darte alegrías, servirte a Ti, y -por Ti- servir a los demás.

Jesús, la persona que ha sabido imitarte mejor es la Virgen María.

Sin buscar el espectáculo, en las tareas normales de una madre de familia, en las alegrías y dificultades de la vida diaria, María ha sabido hacerse «la esclava del Señor», ha buscado siempre y en todo hacer tu voluntad: «hágase en mí según tu palabra»

Si entre dos personas, la unión de voluntades -el amor- une más que la unión de la sangre, cuánto más cuando la relación es entre una persona y Dios: entre Tú y yo.

Por eso, aunque por el Bautismo soy hijo de Dios, sólo estaré unido verdaderamente a Ti si me esfuerzo por hacer tu voluntad.

Madre, tú que has sabido corresponder con generosidad ejemplar a lo que te pedía Dios en cada momento, ayúdame a poner siempre por delante la voluntad de Dios.

No dejes que mi pereza, mi comodidad, mi orgullo, mi sensualidad, mi vanidad y los demás defectos que me tientan continuamente, puedan conmigo y me esclavicen.

Que me dé cuenta de que la mejor manera de ejercer mi libertad -que es un don de Dios- es obedecer la voluntad divina, no dejarme esclavizar por mis pasiones o defectos.

Y sobre todo, que me dé cuenta de que sólo haciendo su voluntad podré estar unido a El y amarle.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

1º. El culto y la devoción a la Virgen del Carmen se remonta a los orígenes de la Orden carmelitana, cuya tradición más antigua la relaciona con aquella «pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que subía desde el mar» (1 Reyes 18, 44) y que se divisaba desde la cumbre del Monte Carmelo, mientras el profeta Elías suplicaba al Señor que pusiese fin a una larga sequía. La nube cubrió rápidamente el cielo y trajo lluvia abundante a la tierra sedienta durante tanto tiempo.

En esta nube cargada de bienes se ha visto una figura de la Virgen María, quien, dando el Salvador al mundo, fue portadora del agua vivificante de la que estaba sedienta toda la humanidad.

Ella nos trae continuamente bienes incontables.

El 16 de julio de 1251 se apareció la Virgen Santísima a San Simón Stock, General de la Orden de los Carmelitas, y prometió unas gracias y bendiciones especiales para aquellos que llevaran el escapulario.

La Iglesia la ha aprobado repetidamente con numerosos privilegios espirituales.

Durante siglos, los cristianos se han acogido a esa protección de nuestra Señora.

«Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. -Pocas devociones -hay muchas y muy buenas devociones marianas- tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. -Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino, n. 500).

La Virgen prometió, a quienes viviesen y muriesen con el escapulario o la medalla bendecida con el Sagrado Corazón y la Virgen del Carmen, que hace sus veces la gracia para obtener la perseverancia final (INOCENCIO IV, Bula Ex parte dilectorum, 13-I-1252); es decir, una ayuda particular para que, quienes no estén en gracia, se arrepientan en los últimos momentos de su vida.

A esta promesa hay que añadir el llamado privilegio sabatino, que consiste en la liberación del Purgatorio al sábado siguiente a la muerte (JUAN XXII, Bula Sacratissimo uti culmine, 3-III- 1322), y otras muchas gracias e indulgencias.

Verdaderamente, «María, con su amor materno, se cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se hallan en peligros y en ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada...» (CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 62).

No dejemos de acudir, cada día, muchas veces, a Ella, para que nos ayude y proteja.

El mismo escapulario nos puede recordar frecuentemente que pertenecemos a Nuestra Madre del Cielo y que Ella nos pertenece, pues somos sus hijos, que tanto le hemos costado.

2º.  Expresamos en esta devoción una especial dedicación a Nuestra Señora de nosotros mismos y de todo lo nuestro, pues en la aparición de la Santísima Virgen entregando el escapulario a San Simón Stock, se manifiesta la Madre de Dios como Señora de la gracia; y también como Madre amantísima, que protege a sus hijos en la vida y en la muerte.

El pueblo cristiano ha venerado a la Virgen del Carmen particularmente por medio del santo escapulario como a la Madre de Dios y nuestra, que se nos presenta con estas credenciales: "En la vida, protejo; en la muerte, ayudo; y, después de la muerte, salvo".

Ella es vida, dulzura, y esperanza nuestra, como le hemos repetido tantas veces en el rezo de la Salve.

Ella nos toma de la mano y, todos los días de nuestra vida aquí en la tierra, nos lleva por un camino seguro, nos ayuda a superar dificultades y tentaciones: jamás nos abandona, «porque es su costumbre favorecer a los que de Ella se quieren amparar» (SANTA TERESA, Fundaciones, 23, 4).

Un día nos llegará la hora de nuestro encuentro definitivo con el Señor.

Entonces necesitaremos más que nunca su protección y ayuda.

La devoción a la Virgen del Carmen y a su santo escapulario es prenda de esperanza en el Cielo, pues la Virgen Santísima prolonga su maternal protección más allá de la muerte.

Esta prerrogativa nos llena de consuelo. «María nos guía hacia ese futuro eterno; nos lo hace ansiar y descubrir; nos da su esperanza, su certeza, su deseo. Animados por tan esplendorosa realidad, con alegría indecible, nuestra humilde y fatigosa peregrinación terrena, iluminada por María, se transforma en camino seguro -iter para tutum- hacia el Paraíso» (PABLO VI, Homilía 15-VIII-1966).

Allí, con la gracia divina, la veremos a Ella.

Cuando en 1605 fue elegido Papa León XI, y mientras le revestían con los hábitos papales, le quisieron quitar un gran escapulario del Carmen que llevaba entre la ropa. Entonces, el Papa dijo a quienes le ayudaban a revestirse: «Dejadme a María, para que María no me deje».

Tampoco nosotros queremos dejarla, pues es mucho lo que la necesitamos.

Por eso, como una muestra, llevamos siempre su escapulario.

Y le decimos ahora que cuando llegue ese momento último nos abandonaremos en sus brazos.

¡Tantas veces le hemos pedido que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, que Ella no se olvidará!

En su visita a Santiago de Compostela, el Papa Juan Pablo II deseaba a todos: «Que la Virgen del Carmen... os acompañe siempre. Sea Ella la Estrella que os guíe, la que nunca desaparezca de vuestro horizonte. La que os conduzca a Dios, al puerto seguro» (JUAN PABLO II, Alocución 9-XI-1982).

De su mano llegaremos a presencia de su Hijo.

Y si nos quedara algo por purificar, Ella adelantará el momento en que limpios del todo podamos ver a Dios.

Antiguamente se representaba a la Virgen del Carmen con un grupo a sus pies formado por almas en llamas en el Purgatorio, para señalar su especial intercesión en este lugar de purificación. «La Virgen es buena para aquellos que están en el Purgatorio, porque por Ella obtienen alivio», predicaba con frecuencia San Vicente Ferrer.

Su amor nos ayudará a purificarnos en esta vida para estar con su Hijo inmediatamente después de la muerte.

3º. El escapulario es también imagen del vestido de bodas, la gracia divina, que ha de vestir siempre el alma.

El Papa Juan Pablo II, hablando a jóvenes en una parroquia romana dedicada a la Virgen del Carmen, recordaba en confidencia el especial socorro y amparo que recibió de su devoción a la Virgen del Carmen. «Debo deciros que en mi edad juvenil, cuando era como vosotros, Ella me ayudó. No podría decir en qué medida, pero creo que en una medida inmensa. Me ayudó a encontrar la gracia propia de mi edad, de mi vocación». Y añadía: «Yo debo mucho, en mis años jóvenes, a éste, su escapulario carmelitano. Que la madre sea siempre solícita, se preocupe de los vestidos de sus hijos, de que vayan bien vestidos, es algo hermoso». Pero cuando estos vestidos se rompen, «la madre trata de reparar los vestidos de sus hijos». «La Virgen del Carmen, Madre del santo escapulario, nos habla de este cuidado materno, de esta preocupación suya para vestirnos. Vestirnos en sentido espiritual. Vestirnos con la gracia de Dios, y ayudarnos a mantener siempre blanco este vestido».

El Papa hacía mención del vestido blanco que llevaban los catecúmenos de los primeros siglos, símbolo de la gracia santificante que iban a recibir con el Bautismo.

Y después de exhortar a conservar siempre limpia el alma, concluía: «Sed también vosotros solícitos colaborando con la Madre buena, que se preocupa de vuestros vestidos, y especialmente del vestido de la gracia, que santifica el alma de sus hijos e hijas» (JUAN PABLO II, Alocución 15-I-1989).

Ese vestido con el que un día nos presentaremos al banquete de bodas.

El escapulario del Carmen puede ser una ayuda grande para querer más a Nuestra Madre del Cielo, un especial recordatorio de que le estamos dedicados y de que en un momento de apuro, en medio de una tentación, contamos con su ayuda.

El tenerla tan cerca nos permitirá ser fuertes.

Con palabras del Gradual para la fiesta de hoy, pedimos a Nuestra Señora: «Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando estés en la presencia del Señor, de decirle cosas buenas de nosotros»; también en esos días en que no hayamos sido tan fieles como Dios espera de sus hijos.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mateo 11, 28-30)

 

1º. Jesús, quieres aliviarme de mis fatigas y agobios y, para conseguirlo, me dices que coja tu yugo.

¿Cómo es posible que llevando aún más carga, vaya más ligero?

Si la vida tiene ya tantas dificultades, ¿para qué liarme más?

El secreto está en que tu yugo me tira para arriba; no es un peso muerto, sino que es como unas alas que -aunque pesen- me permiten volar.

Jesús, vivir como Tú me enseñas cuesta un poco.

Y, a veces, algo más.

Pero si te sigo en serio, mi vida se llena de sentido -de misión-, y entonces, cualquier esfuerzo vale la pena, y cada sacrificio es un nuevo motivo de gozo interior.

Y ya no me acuerdo del peso de tu yugo, como el ave no se fija en el peso de sus alas, y comprendo perfectamente por qué dices: «mi yugo es suave y mi carga ligera».

Jesús, he de aprender de Ti, que eres «manso y humilde de corazón.»

En el contexto del Evangelio, «aprender» no significa simplemente comprender teóricamente -como cuando se estudia una fórmula matemática- sino adquirir esas virtudes de las que hablas.

Y las virtudes se adquieren con repetición de actos.

Es decir, me pides que haga actos de humildad y mansedumbre, que en el fondo están bastante relacionados.

El soberbio no tiene paciencia con los errores de los demás, o con lo que él cree que son errores.

Ni tampoco sabe reconocer los suyos propios.

El humilde, en cambio, vuelve a empezar sin nerviosismos, y no se exaspera ante las limitaciones de los que le rodean.

«Conviene no forjarnos ilusiones. La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder superar la cólera no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud». (Casiano).

 

2º. «¿ Qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo -pobres criaturas- no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: «venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré». Gracias, Señor porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi apoyo.

Si de veras deseas progresar en la vida interior sé humilde» (Amigos de Dios.-131).

Jesús, la humildad es básica en mi vida cristiana.

Sin humildad, no puedo progresar en la vida interior.

Pero la humildad no es algo que se tiene o no se tiene, sino algo que crece o disminuye; una cualidad que tengo que aprender, y que también puedo olvidar si no la cuido.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.»

Jesús, prometes paz y descanso en el alma de los humildes. Y esto es así porque el humilde no se cree perfecto y no se hunde cuando falla.

Al contrario, ante los errores personales, el alma humilde se levanta en seguida, pide perdón, y vuelve a luchar con más ímpetu que antes, buscando la fortaleza, el refugio y el apoyo de tu gracia.

Jesús, enséñame a ser humilde, a volver a empezar una y otra vez si hace falta, con santa tozudez.

Que no me crea impecable, que no me alce por encima de los demás, pues cuanto más me alce, más fuerte será la caída.

Dame esa humildad de corazón, y entonces, ¿qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento?

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.» (Mateo12, 1-8)

 

1º. Jesús, los fariseos estaban aferrados a un gran número de sacrificios y prácticas que, aunque no eran malas en sí, podían ser perjudiciales si en lugar de ser tomadas como medios para acercarse a Dios, eran tomadas como fines en si mismos.

Por eso les tienes que recordar que Tú eres «señor del sábado», que lo importante eres Tú y no el sábado.

«Misericordia quiero y no sacrificio.»

El fin de la vida cristiana es el amor a Dios y a los demás, y la misericordia es una consecuencia del amor.

La verdadera caridad -el amor a Dios y a los demás- no es tanto dar como comprender, disculpar, compadecerse.

Y entonces, si hace falta, la misericordia lleva a intentar ayudar materialmente en lo que se pueda.

La señal del cristiano es la santa cruz, que me recuerda tu sacrificio supremo, tu entrega total por amor a mí, el medio elegido por Ti para salvarnos y darnos tu gracia.

El sacrificio y, en especial, el sacrificio de la Misa, es por tanto un medio agradable a Dios para adorarle, darle gracias, pedirle ayuda y expiar por nuestros pecados.

Sin embargo, el sacrificio exterior y la asistencia a la santa Misa deben ir acompañados por la unión interior contigo, Jesús.

«El sacrificio exterior para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito...”. Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con el amor al prójimo. Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio”. El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación. Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios» (C. I. C.-2100).

 

2º. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas.

-Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo» (Surco.-992).

Jesús, cuando dices: «misericordia quiero y no sacrificio,» no quieres suprimir el sacrificio de la vida de tus discípulos.

Muchas veces les recuerdas que, el que quiera ser tu discípulo debe tomar tu cruz cada día (Lucas 9,23); y el ejemplo de tu vida y de tu muerte no puede ser más evidente.

Lo que quieres dejar claro es cuál es el sentido del sacrificio: no es un fin en sí mismo, unas formalidades externas que hay que cumplir sin más; es un medio para negarme a mi mismo de modo que pueda amar más a Dios y a los demás.

La mortificación y la penitencia son virtudes del alma enamorada que quiere identificarse contigo, Jesús, y que  -por eso- quiere negar el egoísmo y la comodidad propias de la carne.

La mortificación mantiene el alma en forma, y por eso vale la pena, aunque cueste.

Es como el ejercicio físico que, aunque cueste sudor y esfuerzo, mantiene el cuerpo en forma.

La capacidad de sacrificio es la otra cara de la moneda del amor: tal capacidad tengo de amar como tengo de sacrificarme por la persona amada.

Jesús, sin caer en el absurdo de hacer sacrificios por cumplir con una formalidad, he de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo.

Y para que mi mortificación sea siempre un acto de amor a Ti, es importante que te ofrezca cada sacrificio por alguna intención: por la Iglesia, por el Papa, por mi familia, por un amigo que lo necesita más, por algún defecto que debo mejorar, etc...

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Decimoquinta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Al salir los fariseos tuvieron consejo contra él, para ver cómo perderle. Pero Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y en su nombre pondrán su esperanza las naciones.» (Mateo 12, 14-21)

 

1º. Jesús, los fariseos buscan matarte por envidia, porque haces el bien y porque la gente te sigue: «le siguieron muchos y los curó a todos.»

A veces la envidia lleva a maquinar los planes más injustos y crueles.

La envidia es una pasión que está muy relacionada con la soberbia, y que se da cuando me a pena la virtud, la fortuna o las capacidades de otra persona.

Me fastidia el otro por el mero hecho de tener algo que a mí me gustaría tener.

«Los pecados capitales están unidos por tan estrecho parentesco, que uno se origina de otro. El descendiente principal de la soberbia es la vanagloria que, al corromper el alma de la que se ha apoderado, engendra enseguida la envidia; porque, deseando la gloria de un vano hombre, se entristece porque otro la puede alcanzar» (San Gregorio Magno).

La persona humilde, por el contrario, sabe que todo lo que tiene es prestado: Tú me lo has dado Jesús.

El humilde busca mejorar lo que tiene, hacer fructificar los talentos recibidos, y se alegra también de ver otros talentos en los demás.

Las virtudes de los que me rodean me tienen que llevar a darte gracias, y a ayudar a esas personas a que les saquen el máximo partido posible.

Esa es precisamente tu actitud, Jesús; no buscas destrozar, hundir, humillar, aprovecharte de mis debilidades o errores: «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante.»

 Lo que buscas es ayudar, apoyar al que te busca, sacar partido a cualquier pequeño mérito mío para que vuelva a coger fuerza, para que aquella pequeña chispa de luz que todavía reluce en mi alma se transforme de nuevo en una llama de fuego.