DOMINGO QUINCE DEL TIEMPO ORDINARIO-A
«Aquel día salió Jesús de
casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió junto a él tal multitud que hubo
que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la
orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que
salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino
y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno rocoso, donde no
había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el
sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos;
crecieron los espinos y la sofocaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y
dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga
oídos, que oiga. Los discípulos se
acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les respondió: A
vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a
ellos no se les ha dado. Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que
no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas,
porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la
profecía de Isaías, que dice:
Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista
miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han
hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y
oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.
Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y
vuestros oídos porque oyen. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos
ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que
vosotros estáis oyendo y no lo oyeron. Escuchad,
pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo
entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo
sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la
palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que
es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la
palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la
palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas
sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena
tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el
ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 1-23)
1º. Jesús, hoy me recuerdas la parábola del sembrador: «salió el sembrador a sembrar...»
Tú eres el sembrador, que sales a sembrar por los caminos del mundo la
semilla de tu palabra y de tu vida.
La semilla es la misma en cada caso: has muerto en la cruz por todos los
hombres, sin distinción.
Pero el fruto depende también de la tierra -los corazones de los hombres-,
y del ambiente: pájaros, piedras, espinos.
«La tierra era buena, el
sembrador el mismo, y las simientes las mismas; y sin embargo, ¿cómo es que una
dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del
que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una
parcela a otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino
la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la
disposición de la voluntad» (San Juan Crisóstomo).
Jesús, ¿cómo es mi tierra, mi corazón?
¿Es un corazón que sabe amar, que sabe sacrificarse por los demás; o es un
corazón de piedra, duro, en el que las necesidades de los que me rodean no hacen
mella?
¿Es un corazón fuerte, con la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo
que debe en cada momento; o es un corazón blando, sin personalidad, que se deja
arrastrar por el gusto, la sensualidad o la comodidad?
Jesús, ¿en qué ambiente me muevo?
¿Es un ambiente adecuado para que pueda crecer mi vida de cristiano?
¿Qué amigos tengo?
¿Cómo aprovecho el tiempo libre?
A veces el trabajo, los amigos, la televisión, las diversiones, etc..., en
vez de ayudar a que mi vida cristiana crezca y se desarrolle, son como espinos
sofocantes, que dificultan o incluso destrozan la semilla de la gracia.
2º. «La escena es actual. El
sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue
cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos
abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos
el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones
del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la
civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo,
santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado» (Es Cristo que pasa-150).
Jesús, cada día se repite la escena de este Evangelio: cada vez que un cristiano,
con la doctrina y con el ejemplo de
su vida, abre un pequeño surco en el alma de un familiar o un amigo, y arroja
allí tu semilla.
Tú quieres que sea yo uno de esos sembradores, quieres servirte de mí para
llegar a las personas que has puesto a mi lado.
De hecho, lo que me pides es que sea otro
Cristo: que santificando mi trabajo
profesional y las obligaciones de mi propio estado, lance a voleo la
semilla, el mensaje y la vida nueva que nos has dado con la gracia.
Soy sembrador cuando estudio con seriedad lo que me toca, cuando ayudo a
arreglar un desperfecto en casa, cuando sé perdonar un detalle molesto, cuando
sonrío estando cansado, cuando dejo elegir a otro el mejor postre o la película
de cine que iremos a ver, etc..
Jesús, la parábola del sembrador no es un mensaje de piedra, un cuento para
libros de niños: es una escena actual.
De mí depende que tu semilla llegue a muchas más personas, aunque el fruto
varíe según las disposiciones, la tierra, de cada uno.
Seré un buen sembrador si me esfuerzo por desempeñar con fidelidad mis deberes de cada día.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Lunes
«No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No
he venido a traer la paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre
contra su padre, y a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y
los enemigos del hombre serán los de su misma casa.
Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es
digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida,
la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.
Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me
recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser
profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo
obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de
agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no
quedará sin recompensa.» (Mateo 10, 34-42)
1º. Jesús, intentar seguirte no es
sencillo, aunque tampoco es difícil: se trata de valorar las cosas y las
personas como las valoras Tú, mirar con tu mirada, tener visión sobrenatural,
buscar hacer siempre tu voluntad.
Ese modo de
comportarme puede chocar, a veces, con la visión humana de los que me
rodean familiares, amigos, compañeros.
Ante esas
situaciones, Tú me recuerdas: «quien ama
a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi.»
No es que no tenga
que querer a mis familiares o amigos, o que sólo pueda quererlos un poco.
Los he de querer con
todo mi corazón.
Pero para quererles
de verdad, he de obedecerte a Ti primero.
Ponerte a Ti por
delante no es sólo lo mejor para mí, sino también lo mejor para ellos, aunque
ahora les cueste un poco más tener que cambiar sus planes o no poder estar
conmigo todo el tiempo que querrían.
Lo mismo le pasó a
tus padres, Jesús, en Jerusalén, cuando les dejaste plantados porque era
necesario estar primero en las cosas de tu Padre (cfr. Lucas 2, 49).
Lo que ocurre más a
menudo, sin embargo, es que hacer tu voluntad choca con «mi» voluntad: mis
ganas, mis ilusiones, mis «necesidades».
Por eso me recuerdas
también: «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien
encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la
encontrará.»
También Tú sentiste
la angustia de la muerte, propia de la condición humana, en el huerto de los
olivos, pero preferiste la voluntad de tu Padre a la tuya propia: «Padre mío, si es posible, que pase de mí
este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mateo 26,39).
2º. «Las personas que están pendientes de sí mismas, que
actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación
eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se
olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio- , puede
ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del
cielo» (Es Cristo que pasa.-24).
Jesús, ésta es la
gran paradoja del cristianismo: para ganar la vida, hay que «perder» la vida.
Para ser feliz en
esta tierra y en la vida eterna, hay que aprender a no buscar la propia
felicidad de manera egoísta, como las
personas que están pendientes de si mismas, que actúan buscando ante todo la
propia satisfacción.
A veces cuesta, y en
esos casos hay que ser fuerte y coger la cruz.
Pero, en cuanto uno
descubre que el que se olvida de sí es el más dichoso en la tierra, la cruz se
hace llevadera y alegre.
«El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta
exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de
una barca y unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata; a otro, un
vaso de agua fresca» (San Gregorio Magno).
Jesús, que no tenga
miedo a la cruz, al sacrificio, a la entrega a Dios y a los demás.
Que me dé cuenta de
que nada de lo que haga por Ti «quedará
sin recompensa.»
Y la recompensa es
la felicidad terrena -como nadie la puede encontrar- y, además, la eterna.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Martes
«Entonces se puso a reprochar a las ciudades donde se
habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:
¡Ay de ti, Coroza in, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se
hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace tiempo
que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. En verdad os digo que para Tiro
y Sidón habrá menos rigor en el día del Juicio que para vosotras. Y ti,
Cafarnaún, ¿te vas a alzar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno vas a descender!
Porque si en Sodoma se hubiesen realizado los milagros que se han obrado en ti,
subsistiría hasta hoy En verdad os digo que para la tierra de Sodoma habrá
menos rigor en el día del Juicio que para ti.» (Mateo 11, 20-24)
1º. Jesús, ¡cómo te duele la incredulidad
de aquellas gentes que habían visto tus milagros, que habían oído tus palabras,
que te habían conocido personalmente!
Había muchas otras
ciudades en el mundo en aquel entonces: ciudades, pueblos y aldeas con personas
de distintas lenguas, culturas y razas, que no se enteraron de tu venida.
Podías haber hecho
milagros en todo el mundo, para que todos te conocieran.
Pero esto no parece
preocuparte tanto como la reacción de los que si te han conocido.
Jesús, en varias
ocasiones repites la misma idea: «A todo
el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá» (Lucas 12,48).
Lo que importa no es
sólo lo que objetivamente haga, sino que depende de cuánto he recibido, de los
talentos que me has entregado para que los haga fructificar.
Cada persona ha
recibido distintos talentos y tiene distintas responsabilidades.
«Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere
que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de
«talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten» (C. I. C.-1937).
Por eso, no vale
decir: ya hago más que los demás, que la media.
Primero he de
pensar: ¿cuánto he recibido yo?
Jesús, yo soy
cristiano.
Con el bautismo he
recibido la gracia y la ayuda del Espíritu Santo.
Además, he recibido
formación empezando, posiblemente, por
el ejemplo de mis padres.
He aprendido a
tratarte desde niño, y te voy conociendo poco a poco con el ejemplo y la ayuda
de otros cristianos.
Me has concedido
mucho, Jesús, y por eso puedes pedirme mucho.
2º. «La
Trinidad Santísima
te concede su gracia, y espera que la aproveches responsablemente: ante tanto
beneficio no cabe andar con posturas cómodas, lentas, perezosas..., porque,
además, las almas te esperan» (Surco.-957).
Jesús, el reproche
que haces hoy a las ciudades de Galilea, es una llamada a la responsabilidad.
Que no me conforme con posturas cómodas, lentas, perezosas, con
un «ir tirando» que en el fondo es, más bien, un «ir arrastrándose» por la
vida, sin objetivo claro, sin fortaleza de carácter, sin amor verdadero.
Porque el amor lleva
a la aventura, a vencer cualquier obstáculo, a tomar riesgos, si hace falta.
Mientras que el
egoísmo lleva a la pereza, al plan fácil, a lo que está al alcance de la mano,
a seguir el dictamen de la mayoría.
Jesús, una y otra
vez, he de sacudirme esta modorra que cunde en el ambiente, repitiendo con
fuerza: «¡la Trinidad Santísima
me concede su gracia!»
Y yo..., ¿cómo
correspondo a esa gracia?
¿Me doy cuenta de
que recibirte en la Comunión
es más milagro que todas la curaciones que hiciste en Corozaín y Betsaida?
¿Me doy cuenta de
que la Confesión
es resucitar el alma que estaba muerta espiritualmente?
Que no me acostumbre
a las gracias que me das.
Que no me
acostumbre, y que reaccione.
Porque, además, las
almas te esperan.
Jesús, si me has
dado todas estas gracias, si te me has dado Tú mismo en la Eucaristía, es para que
dé fruto: para que mi vida cristiana sea un ejemplo de entrega a Dios y a los
demás.
¿Cómo es mi vida de
oración?
¿Cómo es mi
penitencia y mortificación?
¿Cómo es mi trabajo
y mi servicio a los demás?
Que me dé cuenta,
Jesús, de que me has dado tantas gracias para que muchos a mi alrededor lleguen
a conocerte y a amarte; por eso, no puedo quedarme tranquilo si no doy todo el
fruto que esperas de mí.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Miércoles
También se puede meditar Nuestra Señora
del Carmen
«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo,
Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los
sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue
tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo
sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
quiera revelarlo.» (Mateo 11, 25-27)
1º. Jesús, hoy se habla mucho de ciencia.
Parece que la
ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente
puede ser creído.
El problema es que
las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es
espiritual.
Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»
No a los sabios de
verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se
creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es
capaz de entenderlo todo.
También dices que
Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»
Aquí te refieres,
Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada
antes de haber recibido ya la recompensa.
Esas personas no te
pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.
Es una proporción
«desproporcionada»: «el ciento por uno y
la vida eterna» (Marcos 10,30).
Pero el prudente da
cero; y el ciento por cero, es cero.
Por eso me
recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas
6,39-45) y no al revés.
«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a
los pequeños.»
«De la misma manera
que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre
del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha
regenerado por su Espíritu y
adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y
por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).
Jesús, quieres que
me haga niño en la vida espiritual.
El niño pequeño
confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.
Esa debe ser mi
conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en
todo momento.
Entonces te iré
descubriendo, conociendo y amando más y más.
2º. «¡Qué
buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a
la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.
Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no
tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.
¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo
de Dios!» (Camino.-892).
Jesús, Tú conoces al
Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce
al Padre sino el Hijo.»
Yo también voy a
conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida
en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una
dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.
Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!
El que se cree
maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.
Pero el niño busca
enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.
Y por eso su padre
le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.
Jesús, por ser
cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.
Y uno de los
aspectos más importantes en los que te he de imitar -porque incluye a todos los demás- es
en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.
Por eso es bueno
considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de
Dios!
¿Cómo me tendré que
comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella
situación o aquella otra?
Jesús, quieres que
me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.
El sabio y el
prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les
oculta.
Pero a mí me has «querido revelar» el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me
has conseguido muriendo en la cruz.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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16-Julio. Nuestra Señora del Carmen
«Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre
y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo
entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte.
Pero él respondió al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y
mis hermanos. Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los
Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» (Mateo 12, 46-50)
1º. Jesús, tu madre la Virgen y tus parientes -«hermanos» en arameo es un término amplio que
sirve para designar a los parientes en general-
quieren hablar contigo.
Y parece que no les
hagas caso.
¿Cómo se compagina
este comportamiento con lo que enseñas en el cuarto mandamiento: «amarás a tu padre y a tu madre?»
Aprovechas esta
situación para explicarme otra verdad importante: «todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» se une a Mí con unos lazos que son
más fuertes aún que los de la sangre.
Son los lazos de la
gracia, que me proporcionan un parentesco sobrenatural: el de ser hijo de Dios
y hermano tuyo, Jesús.
«Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a
pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir:
«El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi
hermana y mi madre» (C. I. C.-2233)
Jesús, Tú amas a tu
madre como el mejor de los hijos, pero aún la amas más porque es la «llena de gracia» (Lucas 1,28).
Por eso, en el
fondo, lo que estás haciendo es elogiar a María.
Ella es la criatura
más querida por Dios no sólo por ser tu madre, sino porque ha sabido hacer en
cada momento «la voluntad de mi Padre
que está en los Cielos,» empezando
por aceptar generosamente la vocación que le encomendaste, haciéndose «la esclava del Señor»
2º. «La
Virgen Santa Maria,
Maestra de entrega sin limites. -¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella,
afirma Jesucristo: «¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése -ésa- es mi madre!...».
Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza
-fuerza de amor y de liberación- su respuesta de generosidad ejemplar: «ecce
ancilla Dominí!» -he aquí la esclava del Señor (Surco.-33).
Jesús, Tú eres el
mejor ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios.
En el huerto de los
olivos, ante el sufrimiento que se te avecinaba, vuelves a decir que sí a ese
plan divino: «Padre, si quieres, aparta
de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).
Ayúdame a ser
generoso, a no buscarme a mí mismo.
Que la intención de
todo lo que haga durante el día sea cumplir tu voluntad, darte alegrías,
servirte a Ti, y -por Ti- servir a los demás.
Jesús, la persona
que ha sabido imitarte mejor es la Virgen María.
Sin buscar el
espectáculo, en las tareas normales de una madre de familia, en las alegrías y
dificultades de la vida diaria, María ha sabido hacerse «la esclava del Señor», ha
buscado siempre y en todo hacer tu voluntad: «hágase en mí según tu palabra»
Si entre dos
personas, la unión de voluntades -el amor- une más que la unión de la sangre,
cuánto más cuando la relación es entre una persona y Dios: entre Tú y yo.
Por eso, aunque por
el Bautismo soy hijo de Dios, sólo estaré unido verdaderamente a Ti si me
esfuerzo por hacer tu voluntad.
Madre, tú que has
sabido corresponder con generosidad
ejemplar a lo que te pedía Dios en cada momento, ayúdame a poner siempre
por delante la voluntad de Dios.
No dejes que mi
pereza, mi comodidad, mi orgullo, mi sensualidad, mi vanidad y los demás
defectos que me tientan continuamente, puedan conmigo y me esclavicen.
Que me dé cuenta de
que la mejor manera de ejercer mi libertad -que es un don de Dios- es obedecer
la voluntad divina, no dejarme esclavizar por mis pasiones o defectos.
Y sobre todo, que me
dé cuenta de que sólo haciendo su voluntad podré estar unido a El y amarle.
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
1º. El culto y la devoción a la Virgen del Carmen se
remonta a los orígenes de la
Orden carmelitana, cuya tradición más antigua la relaciona
con aquella «pequeña nube como la palma
de la mano de un hombre, que subía desde el mar» (1 Reyes 18, 44) y que se
divisaba desde la cumbre del Monte Carmelo, mientras el profeta Elías suplicaba
al Señor que pusiese fin a una larga sequía. La nube cubrió rápidamente el
cielo y trajo lluvia abundante a la tierra sedienta durante tanto tiempo.
En esta nube cargada de bienes se ha visto una figura
de la Virgen María,
quien, dando el Salvador al mundo, fue portadora del agua vivificante de la que
estaba sedienta toda la humanidad.
Ella nos trae continuamente bienes incontables.
El 16 de julio de 1251 se apareció la Virgen Santísima
a San Simón Stock, General de la
Orden de los Carmelitas, y prometió unas gracias y
bendiciones especiales para aquellos que llevaran el escapulario.
La
Iglesia
la ha aprobado repetidamente con numerosos privilegios espirituales.
Durante siglos, los cristianos se han acogido a esa
protección de nuestra Señora.
«Lleva sobre tu pecho el
santo escapulario del Carmen. -Pocas devociones -hay muchas y muy buenas
devociones marianas- tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas
bendiciones de los Pontífices. -Además, ¡es tan maternal ese privilegio
sabatino!» (Camino, n. 500).
La
Virgen
prometió, a quienes viviesen y muriesen con el escapulario o la medalla
bendecida con el Sagrado Corazón y la
Virgen del Carmen, que hace sus veces la gracia para
obtener la perseverancia final (INOCENCIO IV, Bula Ex parte dilectorum, 13-I-1252); es decir, una ayuda
particular para que, quienes no estén en gracia, se arrepientan en los últimos
momentos de su vida.
A esta promesa hay que añadir el llamado privilegio
sabatino, que consiste en la liberación del Purgatorio al sábado siguiente
a la muerte (JUAN XXII, Bula Sacratissimo uti
culmine, 3-III- 1322),
y otras muchas gracias e indulgencias.
Verdaderamente, «María,
con su amor materno, se cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan
y se hallan en peligros y en ansiedad hasta que sean conducidos a la patria
bienaventurada...» (CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 62).
No dejemos de acudir, cada día, muchas veces, a Ella,
para que nos ayude y proteja.
El mismo escapulario nos puede recordar
frecuentemente que pertenecemos a Nuestra Madre del Cielo y que Ella nos
pertenece, pues somos sus hijos, que tanto le hemos costado.
2º.
Expresamos en esta devoción una especial dedicación a Nuestra Señora de
nosotros mismos y de todo lo nuestro, pues en la aparición de la Santísima Virgen
entregando el escapulario a San Simón Stock, se manifiesta la Madre de Dios como Señora de
la gracia; y también como Madre amantísima, que protege a sus hijos en la vida
y en la muerte.
El pueblo cristiano ha venerado a la Virgen del Carmen
particularmente por medio del santo escapulario como a la Madre de Dios y nuestra, que
se nos presenta con estas credenciales: "En
la vida, protejo; en la muerte, ayudo; y, después de la muerte, salvo".
Ella es vida,
dulzura, y esperanza nuestra, como le hemos repetido tantas veces en el
rezo de la Salve.
Ella nos toma de la mano y, todos los días de nuestra
vida aquí en la tierra, nos lleva por un camino
seguro, nos ayuda a superar dificultades y tentaciones: jamás nos abandona,
«porque es su costumbre favorecer a los
que de Ella se quieren amparar» (SANTA TERESA, Fundaciones,
23, 4).
Un día nos llegará la hora de nuestro encuentro
definitivo con el Señor.
Entonces necesitaremos más que nunca su protección y
ayuda.
La devoción a la Virgen del Carmen y a su santo escapulario es
prenda de esperanza en el Cielo, pues la Virgen Santísima
prolonga su maternal protección más allá de la muerte.
Esta prerrogativa nos llena de consuelo. «María nos guía hacia ese futuro eterno; nos
lo hace ansiar y descubrir; nos da su esperanza, su certeza, su deseo. Animados
por tan esplendorosa realidad, con alegría indecible, nuestra humilde y
fatigosa peregrinación terrena, iluminada por María, se transforma en camino
seguro -iter para tutum- hacia el Paraíso» (PABLO VI, Homilía 15-VIII-1966).
Allí, con la gracia divina, la veremos a Ella.
Cuando en 1605 fue elegido Papa León XI, y mientras
le revestían con los hábitos papales, le quisieron quitar un gran escapulario
del Carmen que llevaba entre la ropa. Entonces, el Papa dijo a quienes le ayudaban
a revestirse: «Dejadme a María, para que
María no me deje».
Tampoco nosotros queremos dejarla, pues es mucho lo
que la necesitamos.
Por eso, como una muestra, llevamos siempre su
escapulario.
Y le decimos ahora que cuando llegue ese momento
último nos abandonaremos en sus brazos.
¡Tantas veces le hemos pedido que ruegue por nosotros
ahora y en la hora de nuestra muerte,
que Ella no se olvidará!
En su visita a Santiago de Compostela, el Papa Juan
Pablo II deseaba a todos: «Que la Virgen del Carmen... os
acompañe siempre. Sea Ella la
Estrella que os guíe, la que nunca desaparezca de vuestro
horizonte. La que os conduzca a Dios, al puerto seguro» (JUAN PABLO II, Alocución 9-XI-1982).
De su mano llegaremos a presencia de su Hijo.
Y si nos quedara algo por purificar, Ella adelantará
el momento en que limpios del todo podamos ver a Dios.
Antiguamente se representaba a la Virgen del Carmen con un
grupo a sus pies formado por almas en llamas en el Purgatorio, para señalar su
especial intercesión en este lugar de purificación. «La Virgen
es buena para aquellos que están en el Purgatorio, porque por Ella obtienen
alivio», predicaba con frecuencia San Vicente Ferrer.
Su amor nos ayudará a purificarnos en esta vida para
estar con su Hijo inmediatamente después de la muerte.
3º. El escapulario es también imagen del vestido de
bodas, la gracia divina, que ha de vestir siempre el alma.
El Papa Juan Pablo II, hablando a jóvenes en una parroquia romana dedicada
a la Virgen
del Carmen, recordaba en confidencia el especial socorro y amparo que recibió
de su devoción a la Virgen
del Carmen. «Debo deciros que en mi edad
juvenil, cuando era como vosotros, Ella me ayudó. No podría decir en qué
medida, pero creo que en una medida inmensa. Me ayudó a encontrar la gracia propia
de mi edad, de mi vocación». Y añadía: «Yo
debo mucho, en mis años jóvenes, a éste, su escapulario carmelitano. Que la
madre sea siempre solícita, se preocupe de los vestidos de sus hijos, de que
vayan bien vestidos, es algo hermoso». Pero cuando estos vestidos se
rompen, «la madre trata de reparar los
vestidos de sus hijos». «La
Virgen del Carmen, Madre del santo escapulario, nos habla de
este cuidado materno, de esta preocupación suya para vestirnos. Vestirnos en
sentido espiritual. Vestirnos con la gracia de Dios, y ayudarnos a mantener
siempre blanco este vestido».
El Papa hacía mención del vestido blanco que llevaban
los catecúmenos de los primeros siglos, símbolo de la gracia santificante que
iban a recibir con el Bautismo.
Y después de exhortar a conservar siempre limpia el
alma, concluía: «Sed también vosotros solícitos colaborando
con la Madre
buena, que se preocupa de vuestros vestidos, y especialmente del vestido de la
gracia, que santifica el alma de sus hijos e hijas» (JUAN PABLO II, Alocución 15-I-1989).
Ese vestido con el que un día nos presentaremos al banquete de bodas.
El escapulario del Carmen puede ser una ayuda grande
para querer más a Nuestra Madre del Cielo, un especial recordatorio de que le
estamos dedicados y de que en un momento de apuro, en medio de una tentación,
contamos con su ayuda.
El tenerla tan cerca nos permitirá ser fuertes.
Con palabras del Gradual para la fiesta de hoy, pedimos a Nuestra Señora: «Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando
estés en la presencia del Señor, de decirle cosas buenas de nosotros»; también
en esos días en que no hayamos sido tan fieles como Dios espera de sus hijos.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Jueves
«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os
aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo
es suave y mi carga ligera.» (Mateo 11, 28-30)
1º. Jesús, quieres aliviarme de mis
fatigas y agobios y, para conseguirlo, me dices que coja tu yugo.
¿Cómo es posible que
llevando aún más carga, vaya más ligero?
Si la vida tiene ya
tantas dificultades, ¿para qué liarme más?
El secreto está en
que tu yugo me tira para arriba; no es un peso muerto, sino que es como unas
alas que -aunque pesen- me permiten volar.
Jesús, vivir como Tú
me enseñas cuesta un poco.
Y, a veces, algo
más.
Pero si te sigo en serio,
mi vida se llena de sentido -de misión-, y entonces, cualquier esfuerzo vale la
pena, y cada sacrificio es un nuevo motivo de gozo interior.
Y ya no me acuerdo
del peso de tu yugo, como el ave no se fija en el peso de sus alas, y comprendo
perfectamente por qué dices: «mi yugo es
suave y mi carga ligera».
Jesús, he de
aprender de Ti, que eres «manso y
humilde de corazón.»
En el contexto del
Evangelio, «aprender» no significa simplemente comprender teóricamente -como
cuando se estudia una fórmula matemática- sino adquirir esas virtudes de las
que hablas.
Y las virtudes se
adquieren con repetición de actos.
Es decir, me pides
que haga actos de humildad y mansedumbre, que en el fondo están bastante
relacionados.
El soberbio no tiene
paciencia con los errores de los demás, o con lo que él cree que son errores.
Ni tampoco sabe
reconocer los suyos propios.
El humilde, en
cambio, vuelve a empezar sin nerviosismos, y no se exaspera ante las
limitaciones de los que le rodean.
«Conviene no forjarnos ilusiones. La paz de nuestro
espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter
bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a
nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de
nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de
la ira debe estar en nosotros y no supeditarlo a la manera de ser de los demás.
El poder superar la cólera no ha de depender de la perfección ajena, sino de
nuestra virtud». (Casiano).
2º. «¿ Qué importa tropezar si en el dolor de la caída
hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con
renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que
siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los
Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo -pobres
criaturas- no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias
personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si
buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: «venid a mí todos los que
andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré». Gracias, Señor
porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi
apoyo.
Si de veras deseas progresar en la vida interior sé
humilde» (Amigos de Dios.-131).
Jesús, la humildad
es básica en mi vida cristiana.
Sin humildad, no
puedo progresar en la vida interior.
Pero la humildad no
es algo que se tiene o no se tiene, sino algo que crece o disminuye; una
cualidad que tengo que aprender, y que también puedo olvidar si no la cuido.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontraréis descanso para vuestras almas.»
Jesús, prometes paz
y descanso en el alma de los humildes. Y esto es así porque el humilde no se
cree perfecto y no se hunde cuando falla.
Al contrario, ante
los errores personales, el alma humilde se levanta en seguida, pide perdón, y
vuelve a luchar con más ímpetu que antes, buscando la fortaleza, el refugio y
el apoyo de tu gracia.
Jesús, enséñame a
ser humilde, a volver a empezar una y otra vez si hace falta, con santa
tozudez.
Que no me crea
impecable, que no me alce por encima de los demás, pues cuanto más me alce, más
fuerte será la caída.
Dame esa humildad de
corazón, y entonces, ¿qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos
la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado
aliento?
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Viernes
«En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos
sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas
y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo
que no es lícito hacer en sábado. Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo
que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los
panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus
acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que los sábados, los
sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí
está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene:
Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes.
Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.» (Mateo12, 1-8)
1º. Jesús, los fariseos estaban aferrados
a un gran número de sacrificios y prácticas que, aunque no eran malas en sí,
podían ser perjudiciales si en lugar de ser tomadas como medios para acercarse
a Dios, eran tomadas como fines en si mismos.
Por eso les tienes
que recordar que Tú eres «señor del
sábado», que lo importante eres
Tú y no el sábado.
«Misericordia quiero y no sacrificio.»
El fin de la vida
cristiana es el amor a Dios y a los demás, y la misericordia es una
consecuencia del amor.
La verdadera caridad
-el amor a Dios y a los demás- no es tanto dar como comprender, disculpar,
compadecerse.
Y entonces, si hace
falta, la misericordia lleva a intentar ayudar materialmente en lo que se
pueda.
La señal del
cristiano es la santa cruz, que me recuerda tu sacrificio supremo, tu entrega
total por amor a mí, el medio elegido por Ti para salvarnos y darnos tu gracia.
El sacrificio y, en
especial, el sacrificio de la
Misa, es por tanto un medio agradable a Dios para adorarle,
darle gracias, pedirle ayuda y expiar por nuestros pecados.
Sin embargo, el
sacrificio exterior y la asistencia a la santa Misa deben ir acompañados por la
unión interior contigo, Jesús.
«El sacrificio exterior para ser auténtico, debe ser
expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu
contrito...”. Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los
sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con el amor al
prójimo. Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero,
que no sacrificio”. El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la
cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación. Uniéndonos a
su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios» (C. I. C.-2100).
2º. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras
palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades
externas.
-Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación,
como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo» (Surco.-992).
Jesús, cuando dices:
«misericordia quiero y no sacrificio,» no quieres suprimir el sacrificio
de la vida de tus discípulos.
Muchas veces les
recuerdas que, el que quiera ser tu discípulo debe tomar tu cruz cada día
(Lucas 9,23); y el ejemplo de tu vida y de tu muerte no puede ser más evidente.
Lo que quieres dejar
claro es cuál es el sentido del sacrificio: no es un fin en sí mismo, unas formalidades externas que hay que
cumplir sin más; es un medio para negarme a mi mismo de modo que pueda amar más
a Dios y a los demás.
La mortificación y
la penitencia son virtudes del alma enamorada que quiere identificarse contigo,
Jesús, y que -por eso- quiere negar el
egoísmo y la comodidad propias de la carne.
La mortificación
mantiene el alma en forma, y por eso vale la pena, aunque cueste.
Es como el ejercicio
físico que, aunque cueste sudor y esfuerzo, mantiene el cuerpo en forma.
La capacidad de
sacrificio es la otra cara de la moneda del amor: tal capacidad tengo de amar
como tengo de sacrificarme por la persona amada.
Jesús, sin caer en
el absurdo de hacer sacrificios por cumplir con una formalidad, he de cultivar
la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al
prójimo.
Y para que mi
mortificación sea siempre un acto de amor a Ti, es importante que te ofrezca
cada sacrificio por alguna intención: por la Iglesia, por el Papa, por mi familia, por un
amigo que lo necesita más, por algún defecto que debo mejorar, etc...
Esta meditación está
tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Decimoquinta Semana del Tiempo
Ordinario. Sábado
«Al salir los fariseos tuvieron consejo
contra él, para ver cómo perderle. Pero Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y
le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen,
para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: He aquí mi Siervo
a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre
él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie
oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha
humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y en su nombre pondrán su
esperanza las naciones.» (Mateo 12, 14-21)
1º. Jesús, los fariseos buscan matarte por
envidia, porque haces el bien y porque la gente te sigue: «le siguieron muchos y los curó a todos.»
A veces
la envidia lleva a maquinar los planes más injustos y crueles.
La
envidia es una pasión que está muy relacionada con la soberbia, y que se da
cuando me a pena la virtud, la fortuna o las capacidades de otra persona.
Me
fastidia el otro por el mero hecho de tener algo que a mí me gustaría tener.
«Los pecados capitales están unidos por tan
estrecho parentesco, que uno se origina de otro. El descendiente principal de
la soberbia es la vanagloria que, al corromper el alma de la que se ha
apoderado, engendra enseguida la envidia; porque, deseando la gloria de un vano
hombre, se entristece porque otro la puede alcanzar» (San Gregorio
Magno).
La
persona humilde, por el contrario, sabe que todo lo que tiene es prestado: Tú
me lo has dado Jesús.
El
humilde busca mejorar lo que tiene, hacer fructificar los talentos recibidos, y
se alegra también de ver otros talentos en los demás.
Las
virtudes de los que me rodean me tienen que llevar a darte gracias, y a ayudar
a esas personas a que les saquen el máximo partido posible.
Esa es
precisamente tu actitud, Jesús; no buscas destrozar, hundir, humillar,
aprovecharte de mis debilidades o errores: «no quebrará la caña cascada, ni apagará
la mecha humeante.»
Lo que buscas es ayudar, apoyar al que te
busca, sacar partido a cualquier pequeño mérito mío para que vuelva a coger
fuerza, para que aquella pequeña chispa de luz que todavía reluce en mi alma se
transforme de nuevo en una llama de fuego.