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DOMINGO DIECISÉIS DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«Les propuso otra paro bola: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? El les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Pero él les respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero.» (Mateo 13, 24-30)

 

1º. Jesús, hoy me explicas la parábola de la cizaña.

Tú eres el dueño.

El campo es mi corazón, en el que siembras buena semilla: la semilla de tu gracia, de esa vida sobrenatural que me hace más humano, más comprensivo con los demás -porque son hijos de Dios- y más exigente conmigo mismo -porque he de luchar por ser santo.

Gracias, Jesús, por tantas cosas buenas que has puesto en mi corazón: esas buenas intenciones, esos deseos de hacer el bien, de ayudar a los demás, de hacer apostolado.

Pero también descubro en mi corazón otras fuerzas que no son buena semilla: la inclinación a hacer lo más cómodo; el deseo de sobresalir, de quedar bien por encima de todo; la búsqueda de placeres desordenados; la envidia; la frivolidad...

Es la cizaña que ha plantado el «enemigo» -el mundo, el demonio y la carne- y que a veces ahoga el buen trigo de mi vida interior.

Ayúdame, Jesús, a mantener la cizaña a raya; ayúdame a dominar mis pasiones.

 

2º. «El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió -para esa siembra de vida eterna- del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír -en el fondo de tu alma- que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también -no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora- de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo -siempre para depositar la buena semilla en tu alma-, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

-Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior

-Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

-Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor si no duermes y vigilas de noche tu campo» (Surco.-677).

Esas plantas mundanas, pegajosas, crecen cuando no vigilo, cuando aflojo en mi vida interior, cuando no lucho contra la tibieza.

La tibieza es ese conformarse con hacer las cosas a medias: contentarse con no hacer nada malo, sin hacer tampoco nada bueno.

La tibieza es como un sopor espiritual, que deja abiertas las puertas al enemigo.

«Los demonios, a quienes están metidos en la tibieza y no hacen nada por salir de ella empiezan a despojarles del temor y recuerdo de Dios, así como de la meditación espiritual. Luego, una vez desarmados del socorro y protección divinos, se abalanzan osados sobre sus víctimas como sobre una presa fácil». (Casiano).

Madre, ante el primer síntoma de tibieza, ayúdame a despertarme, a volver a luchar en serio, arrancando de raíz  -con una buena confesión- todo lo que me impida amar a tu Hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciséis Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Entonces algunos de los escribas y fariseos se dirigieron a él, diciendo: Maestro, queremos ver de ti una señal. El les respondió: Esta generación malvada y adúltera pretende una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Pues así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán; porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y ved que aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará; porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y ved que aquí hay algo más que Salomón.» (Mateo 12, 38-42)

 

1º. Jesús, hoy se ha vuelto a imponer el «si no lo veo no lo creo», disfrazado de una postura pseudo científica: lo que no se puede comprobar experimentalmente, no es real.

No es una postura nueva; es lo mismo que encontraste en tu tiempo: «Maestro, queremos ver de ti una señal»

Hasta entre los apóstoles se da esta actitud: Tomás necesitará poner sus dedos en tu costado para creer en la resurrección.

Jesús, ante esta necesidad de señales y pruebas, me podrías contestar como a Santiago y Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo?» (Marcos 10,38).

Porque cuantas más señales me des, más me tendrás que pedir para darme al final la misma recompensa.

Por eso le respondes a Tomás: «bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20,29).

Sin embargo, me das una señal suficiente: tu resurrección.

«Así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.»

Los judíos te crucifican porque te haces Dios, el Hijo único de Dios.

Tu resurrección es la prueba más clara de que lo que decías era cierto.

Por eso San Pablo dice que si no hubieras resucitado, «vana sería nuestra fe». (1 Corintios 15,14)

Y por eso también, los judíos pusieron a los soldados allí, de modo que nadie pudiera coger tu cuerpo y luego decir que habías resucitado.

Su guardia hace aún más evidente la verdad: has resucitado, y yo        -como cristiano-  soy ahora testigo de tu resurrección.

«La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar,  ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido» (C. I. C.-651)

 

2º. « Si miramos a nuestro alrededor y consideramos el transcurso de la historia de la humanidad, observaremos progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel de cultura, de vida material, de unidad.

Algunos quizá se sientan movidos a matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen ahora injusticias y guerras, incluso peores que las del pasado. No les falta razón. Pero, por encima de esas consideraciones, yo prefiero recordar que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y Dios sigue siendo Dios. En este campo la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin.

En la vida espiritual no hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a El por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya «alter Christus», sino «ipse Christus», ¡el mismo Cristo!» (Es Cristo que pasa.-104).

Jesús, en el terreno espiritual, no necesito otra señal; la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre.

Tu vida, muerte y resurrección son la prueba de que Dios me ama y se preocupa por mí.

Una señal mayor que la de Jonás, Salomón y todos los profetas del Antiguo Testamento; una señal más luminosa que la que pueda ofrecer la ciencia y la técnica.

Pero una señal que sólo se ve con los ojos de la fe, dejando que te metas en mi vida hasta hacerme el mismo Cristo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciséis Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

También se puede meditar Santa María Magdalena

 

«Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte. Pero él respondió al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» (Mateo 12, 46-50)

 

1º. Jesús, tu madre la Virgen y tus parientes  hermanos» en arameo es un término amplio que sirve para designar a los parientes en general-  quieren hablar contigo.

Y parece que no les hagas caso.

¿Cómo se compagina este comportamiento con lo que enseñas en el cuarto mandamiento: «amarás a tu padre y a tu madre?»

Aprovechas esta situación para explicarme otra verdad importante: «todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» se une a Mí con unos lazos que son más fuertes aún que los de la sangre.

Son los lazos de la gracia, que me proporcionan un parentesco sobrenatural: el de ser hijo de Dios y hermano tuyo, Jesús.

«Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (C. I. C.-2233)

Jesús, Tú amas a tu madre como el mejor de los hijos, pero aún la amas más porque es la «llena de gracia» (Lucas 1,28).

Por eso, en el fondo, lo que estás haciendo es elogiar a María.

Ella es la criatura más querida por Dios no sólo por ser tu madre, sino porque ha sabido hacer en cada momento «la voluntad de mi Padre que está en los Cielos,» empezando por aceptar generosamente la vocación que le encomendaste, haciéndose «la esclava del Señor»

 

2º. «La Virgen Santa Maria, Maestra de entrega sin limites. -¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella, afirma Jesucristo: «¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése -ésa- es mi madre!...».

Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza -fuerza de amor y de liberación- su respuesta de generosidad ejemplar: «ecce ancilla Dominí!» -he aquí la esclava del Señor (Surco.-33).

Jesús, Tú eres el mejor ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios.

En el huerto de los olivos, ante el sufrimiento que se te avecinaba, vuelves a decir que sí a ese plan divino: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).

Ayúdame a ser generoso, a no buscarme a mí mismo.

Que la intención de todo lo que haga durante el día sea cumplir tu voluntad, darte alegrías, servirte a Ti, y -por Ti- servir a los demás.

Jesús, la persona que ha sabido imitarte mejor es la Virgen María.

Sin buscar el espectáculo, en las tareas normales de una madre de familia, en las alegrías y dificultades de la vida diaria, María ha sabido hacerse «la esclava del Señor», ha buscado siempre y en todo hacer tu voluntad: «hágase en mí según tu palabra»

Si entre dos personas, la unión de voluntades -el amor- une más que la unión de la sangre, cuánto más cuando la relación es entre una persona y Dios: entre Tú y yo.

Por eso, aunque por el Bautismo soy hijo de Dios, sólo estaré unido verdaderamente a Ti si me esfuerzo por hacer tu voluntad.

Madre, tú que has sabido corresponder con generosidad ejemplar a lo que te pedía Dios en cada momento, ayúdame a poner siempre por delante la voluntad de Dios.

No dejes que mi pereza, mi comodidad, mi orgullo, mi sensualidad, mi vanidad y los demás defectos que me tientan continuamente, puedan conmigo y me esclavicen.

Que me dé cuenta de que la mejor manera de ejercer mi libertad -que es un don de Dios- es obedecer la voluntad divina, no dejarme esclavizar por mis pasiones o defectos.

Y sobre todo, que me dé cuenta de que sólo haciendo su voluntad podré estar unido a El y amarle.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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22–Julio. Santa María Magdalena

 

«El primer día de la semana, al rayar el alba, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro y vio la piedra quitada. Entonces fue corriendo a decírselo a Simón Pedro y al otro discípulo preferido de Jesús; les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron: Mujer ¿por qué lloras? Les respondió: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dijo Jesús: Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, exclamó en hebreo: ¡Rabboni!, que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.» (Juan 20, 11-18)

 

1º. Jesús, subes al cielo, con tu Padre, con mi Padre Dios.

Has cumplido la misión que te había encomendado: la redención de la humanidad.

Pero, al mismo tiempo, has venido a dar sentido a la vida terrena de los hombres, compartiendo y santificando las alegrías y las penas, los trabajos y los cansancios propios de aquí abajo.

Jesús, subes al Padre pero no me abandonas.

Antes has dejado tus sacramentos, en especial la Eucaristía -que eres Tú mismo: «éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre», y envías al Espíritu Santo, el Paráclito consolador-, que pasa a ser el «Dios-con-nosotros» hasta el fin de los tiempos.

«El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la «dispensación del Misterio»: el tiempo de la iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, «hasta que él venga» (1Colosenses 11, 26). Durante este tiempo de la iglesia, Cristo vive y actúa en su iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama «la Economía sacramental» (C. I. C.- 1076).

 

2º. «Cristo, perfecto hombre, no ha venido a destruir lo humano, sino a ennoblecerlo, asumiendo nuestra naturaleza humana, menos en el pecado: ha venido a compartir todos los afanes del hombre, menos la triste aventura del mal

El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad «desde dentro», estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene -no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado- de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica.

El Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo.

Cuidemos, sin embargo, de no interpretar la Palabra de Dios en los límites de estrechos horizontes. El Señor no nos impulsa a ser infelices mientras caminamos, esperando sólo la consolación en el más allá. Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo Él puede colmar enteramente.

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día». (Es Cristo que pasa.- 125-126).

Jesús, el que te ha «visto», el que sabe que has resucitado y que le esperas en el cielo, vive más feliz en la tierra: todo tiene un sentido positivo para el que se siente hijo de Dios.

Vivir así es ya un anticipo del Cielo, es una plenitud que no cabe en uno mismo y tiende necesariamente a la expansión, al apostolado.

Jesús, ahora me esperas en el cielo y me pides que diga, con mi vida de cristiano, a los que me rodean: «¡He visto al Señor!, y me ha dicho estas cosas.»

Quieres que santifique el mundo desde dentro: viviendo con intensidad los afanes nobles de la tierra, pero sabiendo que no son lo definitivo, que sólo importan si me acercan más a Ti.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciséis Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

También se puede meditar Santa Brígida

 

«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió junto a él tal multitud que hubo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.» (Mateo 13, 1-9)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas la parábola del sembrador: «salió el sembrador a sembrar...»

Tú eres el sembrador, que sales a sembrar por los caminos del mundo la semilla de tu palabra y de tu vida.

La semilla es la misma en cada caso: has muerto en la cruz por todos los hombres, sin distinción.

Pero el fruto depende también de la tierra -los corazones de los hombres-, y del ambiente: pájaros, piedras, espinos.

«La tierra era buena, el sembrador el mismo, y las simientes las mismas; y sin embargo, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una parcela a otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la disposición de la voluntad» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, ¿cómo es mi tierra, mi corazón?

¿Es un corazón que sabe amar, que sabe sacrificarse por los demás; o es un corazón de piedra, duro, en el que las necesidades de los que me rodean no hacen mella?

¿Es un corazón fuerte, con la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo que debe en cada momento; o es un corazón blando, sin personalidad, que se deja arrastrar por el gusto, la sensualidad o la comodidad?

Jesús, ¿en qué ambiente me muevo?

¿Es un ambiente adecuado para que pueda crecer mi vida de cristiano?

¿Qué amigos tengo?

¿Cómo aprovecho el tiempo libre?

A veces el trabajo, los amigos, la televisión, las diversiones, etc..., en vez de ayudar a que mi vida cristiana crezca y se desarrolle, son como espinos sofocantes, que dificultan o incluso destrozan la semilla de la gracia.

 

2º. «La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado» (Es Cristo que pasa.-150).

Jesús, cada día se repite la escena de este Evangelio: cada vez que un cristiano, con la doctrina y con el ejemplo de su vida, abre un pequeño surco en el alma de un familiar o un amigo, y arroja allí tu semilla.

Tú quieres que sea yo uno de esos sembradores, quieres servirte de mí para llegar a las personas que has puesto a mi lado.

De hecho, lo que me pides es que sea otro Cristo: que santificando mi trabajo profesional y las obligaciones de mi propio estado, lance a voleo la semilla, el mensaje y la vida nueva que nos has dado con la gracia.

Soy sembrador cuando estudio con seriedad lo que me toca, cuando ayudo a arreglar un desperfecto en casa, cuando sé perdonar un detalle molesto, cuando sonrío estando cansado, cuando dejo elegir a otro el mejor postre o la película de cine que iremos a ver, etc..

Jesús, la parábola del sembrador no es un mensaje de piedra, un cuento para libros de niños: es una escena actual.

De mí depende que tu semilla llegue a muchas más personas, aunque el fruto varíe según las disposiciones, la tierra, de cada uno.

Seré un buen sembrador si me esfuerzo por desempeñar con fidelidad mis deberes de cada día.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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23-Julio. Santa Brígida

 

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.» (Juan 15, 1-8)

 

1º. Jesús, ésta es una de tus comparaciones más profundas en todo el Evangelio.

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.»

Tú eres el tronco de donde me viene la vida espiritual, tu misma vida: la vida de la gracia.

Si estoy unido a Ti, recibiré la savia que me hace crecer y dar fruto. «Permaneced en mí y yo en vosotros.»

Tú quieres vivir en mí, en mi alma, pero necesitas que yo quiera permanecer en Ti, que te ame por encima de todas las cosas.

Si me desengancho o si sigo unido pero sin aprovechar la savia -los medios que me das para dar fruto-, Dios Padre me cortará, es decir, me echará fuera, no me reconocerá como de su familia; pierdo entonces la condición de hijo de Dios y también la herencia que le es propia: el Cielo.

Si estoy unido a Ti, Jesús, si recibo tu gracia a través de la oración, los sacramentos y las buenas obras, daré fruto; y entonces Dios Padre me podará: «todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.»

Por eso, no me puedo quejar cuando me envías algún sufrimiento: son sacrificios que me mejoran por dentro, que me unen más a Ti y, por ello, son como la poda, que duele pero que posibilita el dar más fruto.

 

2º. «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Ha llegado septiembre y están las cepas cargadas de vástagos largos, delgados, flexibles y nudosos, abarrotados de fruto, listo ya para la vendimia. Mirad esos sarmientos repletos, porque participan de la savia del tronco: sólo así se han podido convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente, aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos, agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad. «Porque sin mino podéis hacer nada» (Amigos de Dios.- 254).

Jesús, sin Ti no puedo nada.

Al menos, nada en el plano espiritual; y también puedo muy poco en el plano humano, porque cuando las cosas cuestan me desanimo y me echo para atrás.

Me convierto entonces en ese palitroque seco, agostado, estéril, tirado en el suelo, enterrado en mis propios defectos, comodidades y deseos, que sólo sirve para el fuego o para que los demás lo pisoteen con desprecio.

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá.»

Jesús, prometes escucharme en la oración si te pido con una fe real, no la del sarmiento seco que, por fuera, sigue unido a la vid pero es incapaz de recibir la savia.

«La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (C. I. C.- 2732).

Jesús, Tú esperas que dé mucho fruto: fruto de santidad y de apostolado, fruto de trabajo bien hecho, fruto de solidaridad con los que más lo necesitan, fruto de paz, de comprensión con todos los hombres, fruto de amistad verdadera, fruto de amor y de servicio a los que me rodean, fruto de fidelidad a tu Iglesia.

Ayúdame a no separarme nunca de Ti.

«En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciséis Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

También se puede meditar Santos Bernardo, María y Gracia

 

«Los discípulos se acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les respondió: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha dado. Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron.» (Mateo 13,10-17)

 

1º. Jesús, con qué pena debías explicar esto a tus discípulos: «han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos.»

Habías venido a salvarlos, a redimirlos del pecado dando tu vida entera por ellos.

Pero se habían cerrado a la gracia de la conversión.

Te quejas del pueblo escogido, pero es una queja acompañada de lágrimas, como cuando te lamentas llorando ante la ciudad de Jerusalén: «Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Mateo 23,37)

Jesús, Tú me has demostrado lo mucho que me quieres muriendo por mí en la cruz.

¿Cómo correspondo a ese amor?

¿Qué hago con la vida de la gracia y con los sacramentos, que son consecuencia de ese amor tuyo por los hombres?

¿Cuido mi formación doctrinal, de modo que entienda tus palabras con mayor profundidad?

¿Lucho para que no se enturbie mi mirada, para que mi corazón esté siempre limpio, para que no se me cierren los ojos de la visión sobrenatural?

«Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo» (San Agustín).

Jesús, no quiero endurecer mi corazón; no quiero salir del cobijo de tus alas -que son tus mandamientos  buscando una falsa libertad en los placeres y comodidades de la tierra.

Ayúdame a volver a Ti una y otra vez, a pedirte perdón cuando no esté a la altura de mi condición de hijo de Dios, de modo que me convierta y me sanes.

 

2º. «Si nos sentimos hijos predilectos de nuestro Padre de los Cielos, ¡que eso somos!, ¿cómo no vamos a estar alegres siempre? –Piénsalo. (Forja.-266).

Jesús, llamas a los apóstoles «bienaventurados» -es decir: felices, alegres- porque han convivido contigo, oído tus palabras y visto tus milagros.

«Muchos profetas y justos» ansiaron conocerte, pero tuvieron que conformarse con la esperanza de que, algún día, el Mesías salvaría al pueblo escogido.

Yo, que no soy profeta ni justo, tengo la gran suerte -si quiero- de poder conocerte, tratarte y convivir contigo con la misma intimidad que los apóstoles.

Jesús, además, con tu muerte en la cruz, me has hecho hijo de Dios, heredero del Cielo.

Y te has quedado en la Eucaristía, para que te pueda recibir, para que te pueda tener en mí.

¿Cómo no vamos a estar alegres siempre?

Ningún acontecimiento de este mundo, por más doloroso o trágico que resulte, puede ensombrecer esa alegría interior, profunda, que nace de saber que Dios es mi Padre, y que todo lo que me ocurre está previsto por El.

Jesús, que no pierda nunca esa alegría profunda de hijo de Dios, aunque sufra o llore como los demás.

La alegría es el estado propio del que no endurece su corazón ni cierra sus ojos a la gracia, del que sabe convertirse –arrepentirse- una y otra vez, pidiendo perdón en la confesión.

Además, si me esfuerzo por no perder esa alegría de hijo de Dios, Tú me la aumentas aún más: «Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24-Julio. Santos Bernardo, María y Gracia

 

«Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.

Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!» (Lucas 6, 20-26)

 

1º. Jesús, este pasaje, que se conoce con el nombre de las bienaventuranzas, podría llamarse también las paradojas: para conseguir una cosa, me dices que he de hacer lo contrarío de lo que parece que debería hacer a primera vista.

El que es pobre, poseerá.

El hambriento, no tendrá hambre.

El que llora es el que será feliz...

¿Cómo se explican todas estas paradojas?

Se dan estas paradojas porque hay dos mundos: el mundo terreno en el que vivo, y el Reino de los Cielos que me has venido a anunciar.

Y me has recordado que «nadie puede servir a dos señores» (Mateo 6,24).

El que busca la riqueza en este mundo y pone su corazón en los bienes materiales, en los honores humanos, en la comodidad o el placer, no deja espacio en su vida para recibir los bienes espirituales, que llenan mucho más y duran para siempre.

«La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar; ni en la gloria humana o el poder; ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (C. I. C.-1723).

Además, Jesús, me has traído este mensaje: «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lucas 17,21).

Por lo tanto, no se trata de escoger entre la felicidad actual y la futura, sino entre dos tipos distintos de felicidades actuales: la «felicidad» egoísta del que se busca a sí mismo, o la felicidad sacrificada del que sabe amarte y darse a los demás.

 

2º. «No eres feliz, porque le das vueltas a todo como si tú fueras siempre el centros si te duele el estómago, si te cansas, si te han dicho esto o aquello...

¿Has probado a pensar en Él y por Él, en los demás?» (Surco.-74).

Jesús, bienaventurado significa feliz.

Y hoy me enseñas que la verdadera felicidad, la que llena, la que dura, la que nadie me puede quitar, es la alegría que procede del amor a Dios y a los demás, y por tanto, de la entrega y del sacrificio.

Para los que la escogen, dices: «alegraos en aquel día y regocijaos.»

Sin embargo, a los egoístas adviertes: «¡ay de vosotros; ya habéis recibido vuestro consuelo!»

Jesús, a veces estoy triste porque no hago más que pensar en mí mismo, como si yo fuera siempre el centro: si me miran o me dejan de mirar, si tienen un buen concepto de mí, si me esfuerzo «demasiado», si los demás hacen menos, si en el futuro podré tener esto o lo otro, etc. ..

¿Has probado a pensar en El y por El, en los demás?

Jesús, Tú me indicas el camino de la felicidad, de la bienaventuranza. El camino, aun que en apariencia paradójico, es claro: amarte a Ti y a los demás; servirte a Ti y a los demás.

«De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas» (Mateo22,40).

Tú me has dado ejemplo hasta el punto de morir por mí.

Dame también tu gracia para que sea capaz de vivir el espíritu de las bienaventuranzas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciséis Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

También se puede meditar Santiago Apóstol, Patrono de España

 

«Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 18-23)

 

1º. Jesús, ¿qué‚ tengo que hacer para que la semilla de tu palabra de fruto en mi vida?

Hoy me respondes con claridad, advirtiéndome de algunos obstáculos que he de evitar.

El primer obstáculo es no entender tu doctrina, no captar la profundidad de tu mensaje, quedándome con cuatro ideas generales o con lo sentimental.

Para comprender tu palabra, no basta con escuchar los sermones en la misa, o con meditar por mi cuenta el Evangelio.

Es necesario adquirir formación.

¿Asisto regularmente a algún medio de formación cristiana? ¿Pregunto en la dirección espiritual las dudas que tenga sobre temas de fe y moral?

¿Pido consejo para leer algún libro de lectura espiritual?

El segundo obstáculo del que hablas, Jesús, es la inconstancia.

¿Soy constante en el cumplimiento de mi plan de vida, en el horario de trabajo o estudio, en el apostolado?

A veces, empiezo entusiasmado a ir a misa entre semana, o a estudiar tantas horas, o a tratar de que aquel amigo se confiese, pero a la primera dificultad me canso y lo dejo.

Dame, Jesús, fortaleza para ser más constante en el cumplimiento de mis propósitos.

El tercer obstáculo son todas aquellas tentaciones que sofocan la palabra: riqueza, egoísmo, sensualidad, comodidad, etc...

Jesús, si tengo que dar fruto, si tu palabra debe guiar mi conducta, es preciso que mi corazón no esté apegado a las cosas de la tierra; porque ahogan, tiran para abajo, esclavizan, atontan.

Si dejo que los espinos crezcan en mi alma, acabarán sofocando la buena semilla; si no tengo la fuerza de voluntad para dominar mis pasiones, mis pasiones me dominar n a mí.

 

2º. «Disipación.  Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca.  As¡ andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho» (Camino.-375)

Jesús, quiero que mi tierra sea buena tierra.

Para ello necesito los medios de formación, la constancia en mi plan de vida, y la guarda de mi corazón de modo que no se llene de frivolidad.

Cuando dejo de luchar en estos puntos, qué rápido me ahoga el ambiente, qué pronto se marchita esa vida interior que estaba empezando a brotar en mi corazón.

Y me quedo, Jesús, como atontado: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Jesús, es hora de decir: basta!

Quiero de verdad ser santo, corresponder a tu amor, hacer fructificar la semilla de la gracia que has puesto en mi alma.

Es hora de volver a empezar: «vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano.»

He de volver a empezar una y mil veces, sin cansarme nunca, con constancia.

Jesús, tengo un medio formidable para no desfallecer: la dirección espiritual.

«Dios ha dispuesto que, de forma ordinaria, los hombres se salven con la ayuda de otros hombres; y as¡, a los que El llama a un grado más alto de santidad les proporciona también a unos que les guíen hacia esta meta» (León XIII).

Si soy constante y dócil en la dirección espiritual, tengo media batalla ganada.

Y la otra media la ganaré también con tu gracia.

Y dar‚ el fruto que esperas de mí: el ciento, o el sesenta, o el treinta.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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25-Julio. Santiago Apóstol, Patrono de España

 

«Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con ellos y se puso de rodillas para pedirle algo. Él dijo: "¿Qué quieres?". Ella dijo: "Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino". Jesús respondió: "No sabéis lo que pedís. ¿Podréis beber el cáliz que yo he de beber?". Contestaron: "Podemos". Jesús les dijo: "Beberéis, ciertamente, mi cáliz; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo; es para quienes ha sido reservado por mi Padre". Los otros diez, al oír esto, se indignaron contra los dos hermanos. Jesús los llamó y les dijo: "Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen con su poderío. Entre vosotros no debe ser así, sino que si alguno de vosotros quiere ser grande, que sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, que sea el servidor de todos; de la misma manera que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por la liberación de todos». (Mateo 20,20-28).

 

1º. Jesús, te diriges a Jerusalén sabiendo perfectamente lo que te espera: «se burlarán de él; le escupirán, lo azotarán y lo matarán».

Tus discípulos se dan cuenta del peligro hasta el punto de que, ante tu determinación, estaban admirados y te seguían con temor.