DOMINGO DIECISIETE DEL TIEMPO ORDINARIO-A
«El Reino de los Cielos es semejante a un
tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso
del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
Asimismo el Reino de los Cielos es semejante
a un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran
valor va y vende todo cuanto tiene y la compra. Asimismo el Reino de los Cielos
es semejante a una red barredera que, echada en el mar, recoge toda clase de cosas.
Y cuando está llena la arrastran a la orilla y sentándose echan lo bueno en
cestos, mientras lo malo lo tiran fuera. Así será al fin del mundo: Saldrán los
ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno
del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todas
estas cosas? Le respondieron: Sí. El les dijo: Por eso, todo escriba instruido
acerca del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia, que saca de
sus tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.» (Mateo13, 44-52)
1º. Jesús, hoy me vuelves a hablar del Reino de los Cielos, de
esa vida nueva –divina- que has venido a
darme muriendo en la cruz.
El Reino de los Cielos es la vida de
la gracia, la vida de hijos de Dios, la vida sobrenatural que puedo vivir ya en
la tierra uniéndome a Ti a través de los sacramentos, de la oración y de las
buenas obras.
El Reino de los Cielos es esa
identificación contigo en la tierra -luchando por ser cada día más santo- y,
sobre todo, es esa unión contigo en el cielo para siempre.
Sin embargo, no todo el mundo
encuentra este Reino.
Algunos lo encuentran sin
proponérselo: porque han nacido en una familia cristiana, porque han conocido a
alguien que les ha hablado de Ti, etc....
Se parecen al que encuentra el tesoro
en el campo por casualidad, sin buscarlo.
Al descubrirlo, «lo
oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel
campo».
Jesús, a veces no valoro
suficientemente este tesoro, quizá porque lo encontré sin esfuerzo.
Y no lo guardo, de modo que los
ladrones no me lo quiten; ni tampoco soy capaz de darlo todo dejando esas cosas
que me atan a la tierra para poseerlo de
verdad.
Otros encuentran el tesoro de la fe
tras muchos años de búsqueda esforzada.
Se parecen al comerciante que iba en
busca de «la perla de gran valor.»
Tal vez éstos son más conscientes de
lo que han encontrado, y se deciden con más prontitud a vender todo cuanto
tienen planes, ilusiones, familia,
capacidades profesionales para conseguir el Reino de los Cielos y ayudar a que
también otros lo encuentren.
2º. «Escribías: «simile est
regnum caelorum -el Reino de los Cielos es semejante a un
tesoro... Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces.
Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino».
¡Todo..., todo se ha de vender por
el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria» (Forja 993).
Jesús, ... ¿todo?
¿Qué significa venderlo todo?
¿Es que me he de retirar al
desierto, sin nada, para alcanzar el Reino de los Cielos, para ser santo?
No necesariamente.
Tú mismo rezas al Padre: «No
te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno»(Juan 17,15).
No quieres que me aparte del mundo,
ni de las cosas del mundo.
Lo que quieres es que mi corazón no
se llene de deseos mundanos, sino que te ponga en primer lugar en mi escala de
valores: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con tuda tu alma y con
toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento» (Mateo 22,37-38).
Jesús, para amarte así, he de estar
desprendido de todo lo que pueda interponerse entre Tú y yo.
«Todos los cristianos han de
intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les
impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto».
(C. I. C.-2545).
Una cosa es que me gusten los
coches, por ejemplo, y que me compre uno porque lo necesito -incluso uno de
buena calidad, de modo que circule con seguridad y confort-; pero otra cosa es
no vivir más que para el coche, o comprarme uno porque es la última moda, o
para mostrar mi nivel económico o social.
Jesús, esta misma pobreza exterior
-que no significa ir sucios, sino tener sólo lo necesario- debe ir acompañada
por una pobreza interior, de la mente: la humildad.
Parte de lo que he de dejar para
poder seguirte es la soberbia, ese querer tener siempre la razón y la verdad.
Para seguirte, he de aprender a
obedecer las indicaciones generales que reciba del Magisterio de la Iglesia, y los consejos
particulares de la dirección espiritual.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete
Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Otra
parábola les propuso: El Reino de los Cielos es semejante al grano de mostaza
que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es ciertamente la más pequeña de
todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y
llega a ser como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a
anidar en sus ramas.
Les
dijo otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma
una mujer y mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.
Todas
estas cosas habló Jesús a las multitudes en parábolas y nada les solía hablar
sino en parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta: Abriré
mi boca en parábolas, proclamaré las cosas que estaban ocultas desde la
creación del mundo.» (Mateo 13,31-35)
1º.
Jesús, desde el principio, predicas al pueblo de Israel sobre el Reino de los
Cielos: «Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mateo
4,17.
Pero
ahora, a través de estas parábolas les intentas explicar en qué consiste el
Reino de los Cielos.
¿Qué
es, Jesús, este Reino de los Cielos que has venido a traer a los hombres, y
cuya puerta de entrada es la penitencia?
-El
Reino de los Cielos es algo que empieza pequeño, como un grano de mostaza, pero
que va creciendo poco a poco en mi interior hasta convertirse en una fuerza que
me lleva a ayudar a los demás, a ser como un árbol en el que otros pueden
cobijarse y encontrar apoyo.
-También
se parece el Reino de los Cielos a esa poca masa de levadura que hace falta
para fermentar toda la masa: es ese pequeño grupo de apóstoles que, con el
ejemplo de sus vidas, cristianizan el ambiente que les rodea.
-El Reino de los Cielos, por tanto, no es una
excusa para desentenderme del mundo terreno.
Es,
más bien, lo contrario: una llamada a cristianizar el mundo, haciéndolo más
humano, más justo, más fraterno.
«Discerniendo
según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del
Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las
que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del
hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en
práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este
mundo a la justicia y a la paz» (C. I. C.- 2820).
2º. «El
Reino de Cristo no es un modo de decir ni una imagen retórica. Cristo vive, también
como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que
resucitó después de la Cruz
y subsiste glorificado en la
Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios
y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se
mantiene en vida todo lo que vive. ¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en
toda su gloria? Porque su reino «no es de este mundo», aunque está en el mundo.
Había replicado Jesús a Pilato: «Yo soy rey Yo para esto nací: para dar
testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz».
Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: «que
no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber sino en la justicia, en
la paz y en el gozo del Espíritu Santo».
Verdad
y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la
acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia
acabe, y el Señor que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar
definitivamente a los hombres» (Es Cristo que
pasa.-180).
Jesús, tu reino no es de este mundo, pero está
en el mundo: está en el alma de cada cristiano en gracia de Dios; está en la Iglesia, en los
sacramentos, en las obras de caridad; está en las familias unidas por el amor,
en la amistad verdadera, en el trabajo hecho con mentalidad de servicio; y
también está en la belleza de la naturaleza, y en la sabiduría de las leyes
físicas que gobiernan el universo.
Jesús,
tu reino no es un poderío temporal visible, sino un reino de verdad y justicia,
de paz y gozo en el Espíritu Santo.
Pero
para que este reino sea una realidad, necesita arraigar primero en mi alma,
como arraiga una pequeña semilla; y crecer luego, con tu gracia, hasta llenar
mi vida entera y rebosar, fermentado la masa que me rodea, es decir: haciendo
el mundo más humano y más cristiano.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete Semana del Tiempo Ordinario. Martes
«Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se
acercaron sus discípulos y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del
campo. El les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre;
el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son
los hijos del Maligno. Él enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el
fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se retine la
cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre
enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo
y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y
rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de
su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.» (Mateo 13, 36-43)
1º. Jesús, qué fácil era para los apóstoles hablar a solas
contigo, preguntarte cualquier cosa, aunque filera una tontería.
Tal es la familiaridad que tienen
contigo, que no se avergüenzan de reconocer que no entendieron la parábola que
acababas de contar: explícanos la parábola.
Por ser cristiano, yo también soy
uno de los apóstoles, uno de esos pocos que pueden tener un trato íntimo,
personal, contigo.
Jesús, necesito ese trato personal
contigo, si quiero ser cristiano, apóstol.
Necesito preguntarte tantas cosas...
Sobre todo, necesito preguntarte una
y otra vez: ¿qué quieres que haga por Ti?;
¿en dónde me necesitas?;
¿cómo quieres que haga esto o
aquello?;
¿estás contento de cómo aprovecho el
tiempo, de cómo sirvo a los demás, de cómo vivo la virtudes cristianas, de cómo
trato a tu madre -mi madre- Santa Maria?
Jesús, no puedes ser más claro: «todos
los que causan escándalo y obran la maldad» serán arrojados
en el «horno de fuego», en el infierno.
El infierno no es un cuento para
asustar a los niños, sino una realidad que me debe mover a ser mejor y a hacer
más apostolado.
La enseñanza de la Iglesia afirma la
existencia del infierno y su eternidad.
Las almas de los que mueren en
estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la
muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno».
La pena principal del infierno
consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el
hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
(C. I. C.-1035).
2º. «Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del
campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte
consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra
reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia,
porque los hombres los cristianos
especialmente se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara.
Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha
crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: ¡ha sido el
enemigo! Nosotros, los cristianos que debíamos estar vigilantes, para que las
cosas buenas puestas por el Creador en el mundo se desarrollaran al servicio de
la verdad y del bien, nos hemos dormido -¡triste pereza ese sueño!-, mientras el enemigo y todos los que le
sirven se movían sin cesar Ya veis cómo ha crecido la cizaña: ¡qué siembra tan
abundante y en todas partes! (...)
Dentro de todo este campo de Dios, que es la tierra, que es heredad de
Cristo, ha brotado cizaña, ¡abundancia de cizaña! No podemos dejarnos engañar
por el mito del progreso perenne e irreversible. El progreso rectamente
ordenado es bueno, y Dios lo quiere. Pero se pondera más ese otro falso
progreso, que ciega los ojos a tanta gente, porque con frecuencia no percibe
que la humanidad, en algunos de sus pasos, vuelve atrás y pierde lo que antes
había conquistado»
(Es Cristo que pasa.-123).
Jesús, la parábola de la cizaña me
tiene que ayudar a mantenerme despierto, vigilante, para que la cizaña no
penetre en mi vida.
Además, como cristiano, me debo
preocupar de que la cizaña no crezca en la sociedad en la que vivo.
Los cristianos no pueden
desentenderse del ambiente, las costumbres y las leyes que influyen en la
cultura de cada sociedad.
Porque la cultura es el campo en el
que crece la semilla, y una cultura materialista llena de cizaña puede ahogar la siembra
buena.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
«El Reino de los Cielos es semejante a un
tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso
del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
Asimismo el Reino de los Cielos es semejante
a un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran
valor va y vende todo cuanto tiene y la compra.»
(Mateo13, 44-46)
1º. Jesús, hoy me vuelves a hablar del Reino de los Cielos, de
esa vida nueva –divina- que has venido a
darme muriendo en la cruz.
El Reino de los Cielos es la vida de
la gracia, la vida de hijos de Dios, la vida sobrenatural que puedo vivir ya en
la tierra uniéndome a Ti a través de los sacramentos, de la oración y de las
buenas obras.
El Reino de los Cielos es esa
identificación contigo en la tierra -luchando por ser cada día más santo- y, sobre todo, es esa unión
contigo en el cielo para siempre.
Sin embargo, no todo el mundo
encuentra este Reino.
Algunos lo encuentran sin
proponérselo: porque han nacido en una familia cristiana, porque han conocido a
alguien que les ha hablado de Ti, etc. ...
Se parecen al que encuentra el
tesoro en el campo por casualidad, sin buscarlo.
Al descubrirlo, «lo
oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel
campo».
Jesús, a veces no valoro
suficientemente este tesoro, quizá porque lo encontré sin esfuerzo.
Y no lo guardo, de modo que los
ladrones no me lo quiten; ni tampoco soy capaz de darlo todo dejando esas cosas
que me atan a la tierra para poseerlo de
verdad.
Otros encuentran el tesoro de la fe
tras muchos años de búsqueda esforzada.
Se parecen al comerciante que iba en
busca de «la perla de gran valor.»
Tal vez éstos son más conscientes de
lo que han encontrado, y se deciden con más prontitud a vender todo cuanto
tienen planes, ilusiones, familia,
capacidades profesionales para conseguir el Reino de los Cielos y ayudar a que
también otros lo encuentren.
2º. «Escribías: «simile est
regnum caelorum -el Reino de los Cielos es semejante a un
tesoro... Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces.
Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino».
¡Todo..., todo se ha de vender por
el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria» (Forja 993).
Jesús, ... ¿todo?
¿Qué significa venderlo todo?
¿Es que me he de retirar al
desierto, sin nada, para alcanzar el Reino de los Cielos, para ser santo?
No necesariamente.
Tú mismo rezas al Padre: «No
te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno»(Juan 17,15).
No quieres que me aparte del mundo,
ni de las cosas del mundo.
Lo que quieres es que mi corazón no
se llene de deseos mundanos, sino que te ponga en primer lugar en mi escala de
valores: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con tuda tu alma y con
toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento» (Mateo 22,37-38).
Jesús, para amarte así, he de estar
desprendido de todo lo que pueda interponerse entre Tú y yo.
«Todos los cristianos han de
intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les
impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor
perfeto». (C. I. C.-2545).
Una cosa es que me gusten los
coches, por ejemplo, y que me compre uno porque lo necesito -incluso uno de
buena calidad, de modo que circule con seguridad y confort-; pero otra cosa es
no vivir más que para el coche, o comprarme uno porque es la última moda, o
para mostrar mi nivel económico o social.
Jesús, esta misma pobreza exterior
-que no significa ir sucios, sino tener sólo lo necesario- debe ir acompañada
por una pobreza interior, de la mente: la humildad.
Parte de lo que he de dejar para
poder seguirte es la soberbia, ese querer tener siempre la razón y la verdad.
Para seguirte, he de aprender a
obedecer las indicaciones generales que reciba del Magisterio de la Iglesia, y los consejos
particulares de la dirección espiritual.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
«Asimismo el Reino de los Cielos
es semejante a una red barredera que, echada en el mar; recoge toda clase de
cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y sentándose echan los
buenos en cestos, mientras los malos lo tiran fuera. Así será el fin del mundo:
saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán
al horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto? Le
respondieron: Sí. Él les dijo: Por eso, todo escriba instruido acerca del Reino
de los Cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas
nuevas y cosas antiguas.
Y sucedió que cuando terminó
Jesús estas parábolas partió de allí». (Mateo 13, 47-53)
1º. Jesús, comparas el Reino de los Cielos con esa «red barredera que recoge toda clase de cosas».
Tú has venido a salvar a
todos los hombres, sin hacer distinción de raza, sexo o posición social.
Toda persona puede
recibir tu gracia, si vive de acuerdo con la fe y la moral cristiana.
Sin embargo, no
coaccionas a nadie a seguirte: el que quiera despreciar los frutos de tu pasión
en la cruz es libre de hacerlo.
La «red barredera» arrastra a
buenos y malos hacia la orilla del juicio final, que cada uno tendrá después de
morir.
Entonces «saldrán los ángeles y separarán a los malos
de entre los justos.»
Jesús, qué fácilmente
olvido esta verdad tan importante: hay juicio, y luego hay premio o castigo.
Es cierto que el fin de
mi lucha por ser mejor cristiano no consiste en superar la prueba del juicio,
sino en amar a Dios.
Tampoco el fin del
estudio es aprobar un examen, sino aprenden.
Pero he de ser
consciente de que habrá examen, y por eso me interesa conocer qué me van a
preguntar en esa prueba.
«La misma santa Iglesia
romana cree y firmemente confiesa que todos los hombres compadecerán con sus
cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus
propias acciones». (C. I. C.-1059).
Jesús, Tú eres el Juez
que me va a juzgar.
¿Qué me vas a preguntar
en ese momento tan crucial?
Tú me lo has dicho
claramente:
«No todo el que me dice: Señor,
Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi
Padre» (Mateo 7,21)
El juicio consistirá en
ver hasta qué punto he sabido obedecer la voluntad de Dios.
2º. «Estudiante: fórmate en
una piedad sólida y activa, destaca en el estudio, siente anhelos firmes de
apostolado profesional. Y yo te prometo,
con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas
expansiones» (Camino.-346).
Jesús, Tú has revelado
unas verdades sobre la vida cristiana y el destino eterno de los hombres premio o castigo que debo conocer.
Para conocer cuál es tu
voluntad, y también para ayudar a que los demás te conozcan mejor, debo
formarme en una piedad sólida y
activa.
De este modo, podré ser
un verdadero apóstol en mi lugar de trabajo, haciendo ese apostolado profesional que tanta falta
hace en el mundo.
«Todo
escriba instruido acerca del Reino de los Cielos...»
Jesús, Tú esperas de mí
esa formación sobre el Reino de los Cielos, sobre la vida y la doctrina
cristiana.
¿Qué tiempo le dedico a
mi formación religiosa?
Además, el escriba era
una persona culta y con prestigio entre la gente de Israel; por eso, también me
pides formación profesional, prestigio profesional: destaca en el estudio.
¿Cómo voy a hacer
apostolado profesional si soy mediocre en mi trabajo o en mi estudio; si no me
esfuerzo en rendir al máximo?
Jesús, me pides que
adquiera formación religiosa y
científica.
Entonces, sabré
contestar las dudas de mis amigos sobre la fe, la doctrina y la vida cristiana
con don de lenguas, sabiendo combinar los avances actuales de cada ciencia, con
las verdades perennes que enseña la
Iglesia.
Como el padre de familia
del Evangelio, «que saca de su
tesoro cosas nuevas y cosas antiguas», así sabré yo explicar
la fe a los que me rodean: porque tu palabra, Señor, es antigua y, a la vez,
siempre nueva.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
«Y, llegado a su ciudad, les enseñaba en su
sinagoga, de manera que se admiraban y decían: ¿De dónde le viene a éste esa
sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su
madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no
viven todas entre nosotros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto? Y se
escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta menospreciado sino en
su tierra y en su casa. Y no hizo allí muchos milagros a causa de su incredulidad» (Mateo 13
54-58)
1º. Jesús, la contusión que se
produce entre la gente de tu pueblo, me hace pensar en la naturalidad con la
que habías vivido tantos años.
Eras uno más, «el hijo del artesano».
Y, a la vez, eras el
Mesías esperado durante siglos, el Hijo de Dios.
Durante todo este tiempo
no te distinguiste haciendo cosas extraordinarias; no hiciste milagros
patentes, a pesar de que conocerías casos de gente enferma, pobre, necesitada.
Lo que sí harías es
trabajar lo mejor posible, atender al que más lo necesitaba con especial
dedicación, servir con alegría en casa y en el taller de José.
«Por su sumisión a María
y a José, así como por su humilde trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús
nos da el ejemplo de santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo»(C. I. C.-564).
Jesús, has venido a
traer fuego a la tierra (Lucas 12,48),has venido a salvar a los hombres, a hacernos hijos de Dios, a
llamarnos a la santidad.
Y estás cumpliendo tu
misión desde el primer día, también durante esos años que llamamos de «vida
oculta», porque no aparecen en el Evangelio.
Para mí, esos años son
años de luz, porque ésa es la vida que tengo que imitar si quiero parecerme a
Ti, si quiero ser otro Cristo.
Jesús,
quiero hacer cosas grandes: quiero triunfar en mi vida profesional, quiero
tener una familia feliz, quiero tener muchos amigos... Pero a veces me pierdo
en los grandes planes mientras descuido el pequeño deber de cada día: el horario,
el trabajo bien acabado, los detalles de servicio, el cumplimiento del plan de
vida, el apostolado. Que aprenda de tu vida oculta a cuidar esos pequeños
detalles y, entonces, Tú harás de mi vida algo grande.
2º. «Sigue en el
cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde,
monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la
gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas» (Camino.-825).
Jesús, quiero... cambiar
el mundo.
Quiero que la gente te
conozca como te conozco yo.
Entonces te querrán, y
se querrán entre ellos al saberse hijos del mismo Padre, hermanos tuyos.
Como Tú, también yo
quiero traer fuego a la tierra: ese fuego del amor; que no destruye, sino que
purifica y une.
Pero, ¿qué puedo hacer
yo para ayudarte en esta tarea?
Lo que me pides, Jesús,
es que te imite en tu vida oculta.
Sigue
en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora: haz lo que tengas que
hacer en cada momento, con la mayor perfección posible.
Ese trabajo -humilde,
monótono, pequeño- es oración cuajada en obras.
Jesús, tu trabajo en el
taller de José también era humilde, monótono, pequeño.
Pero con cuánto amor lo
realizarías, con qué perfección -acabando los detalles, aunque nadie se fuera a
fijar en ellos-, con qué espíritu de servicio.
Si soy fiel en lo
pequeño, Tú me darás la gracia de la otra labor -grande, ancha, honda- con la
que sueño.
Mi vida será fecunda en
el terreno profesional y familiar; en el campo apostólico, en el servicio a Ti
y a los demás.
Y cuando la gente se
pregunte: «¿de dónde le viene a
éste todo esto?» -¿de dónde le viene esa alegría, esa ilusión
profesional, esa facilidad para querer a los demás?-, les sabré responder: me
viene de imitar a Jesús en su vida oculta, de ofrecer a Dios cada cosa que
hago, cada pequeño vencimiento.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Diecisiete Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
«En aquel tiempo oyó Herodes el
tetrarca la fama de Jesús, y dijo a sus cortesanos: Este es Juan el Bautista
que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él poderes
sobrehumanos. Herodes, en efecto, había prendido a Juan, lo había encarcelado y
puesto en la cárcel a causa de Herodías la mujer de su hermano Filipo, porque
Juan le decía: No te es lícito tenerla. Y aun que quería matarlo, temía al
pueblo, porque lo tenían como profeta.
El
día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías
y gustó tanto a Herodes que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella,
instigada por su madre, dijo: Dame en esta bandeja la cabeza de Juan el
Bautista. El rey entristecido por el juramento y por los comensales, ordenó
dársela. Y envió a decapitar a Juan en la cárcel; trajeron su cabeza en la
bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron
luego sus discípulos, tomaron el cuerpo, lo enterraron y se fueron a dar la
noticia a Jesús.» (Mateo 14, 1-12)
1º. Jesús, el Evangelio de hoy me presenta el ejemplo de Juan
el Bautista.
Muere como había vivido
siempre: fiel a la verdad.
Desde el principio se presenta
como el Profeta del Mesías, sin aprovechar el prestigio adquirido ni las
circunstancias históricas para recibir honores que no le correspondían.
Ahora es encarcelado y
decapitado por defender otra verdad: la ilicitud de la relación entre Herodes yHerodías.
Además de Juan el
Bautista, tengo el ejemplo de tantos mártires, desde los primeros siglos hasta
hoy, que han dado su vida por defender
la verdad.
Y tantos otros que han
sido perseguidos, injuriados o despreciados, simplemente por ser cristianos.
A ellos se suman muchos
más que han salido a otras tierras, o se
han quedado donde estaban para propagar
la verdad, siendo, al igual que los mártires, testigos de la verdad.
Jesús, hoy más que nunca
te hacen falta testigos de la verdad: testigos tuyos, pues «Tú eres la Verdad». (Juan 14,6).
Hacen más falta que nunca pues el problema ya no
es que la gente no conozca la verdad porque nunca la ha oído, sino que no la
conoce porque no quiere conocerla.
Se lavan las manos, como
Pilatos, mientras se excusan diciendo: «¿qué es la verdad?» (Juan 18,38).
Y ese relativismo les
deja indefensos ante las pasiones y defectos más viles, llegando a perder lo
que hacía más humano al hombre: la libertad.
2º. «Antes, como los
conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que
un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa
Fe.
Hoy con la extensión y
la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan
el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia.
Tú... no te puedes
desentender de esta obligación» (Camino.-338).
Jesús, como Juan el
Bautista criticó la conducta ilícita de Herodes, así también es mi deber
propagar la verdad, y defender la fe y la moral en mis circunstancias
familiares, profesionales y sociales.
Por más directrices que
den el Papa y los Obispos sobre la familia, la educación de los hijos, la ética
profesional y la moral social, no servirían de nada si yo no las aplicara a mi
vida de cristiano y las difundiera a los que me rodean.
«Como todos los fieles,
los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del bautismo y de
la confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho,
individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje
divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la
tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos
los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las
comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado
de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia» (C.
I. C.-900).
Además, si estoy en
situación de hacerlo, también debo intentar defender intelectualmente la Fe: con mis libros,
publicaciones, clases, conferencias, programas de televisión o radio,
etc... llevando mi visión cristiana a la
cultura y a la ciencia.
En todo caso, debo
propagar la verdad a los que me rodean.
Madre, tú que eres el
asiento de la sabiduría; tú que has traído la Verdad al mundo, ayúdame a ser testigo de la
verdad.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones