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DOMINGO DIECIOCHO DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«Al oírlo Jesús, se alejó de allí en una barca hacia un lugar desierto él solo. Cuando se enteraron las multitudes le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: El lugar es desierto y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. El les dijo: Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes doce cestos llenos. Los que comieron eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. (Mateo 14,13-21)

 

1º. Jesús, cuando ves a aquellas gentes que venían siguiéndote, te llenas de compasión.

San Marcos especifica: «se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor.» (Marcos 6,34).

Cambias tus planes y te pones a enseñarles la doctrina y a curar enfermos hasta el atardecer.

Y cuando los apóstoles quieren despedir a la gente, les respondes: «dadles vosotros de comer.»

Te vuelcas con aquella gente, estás por ellos, te olvidas de Ti mismo para enseñarles, curarles y darles de comer.

Jesús, también a mí me dices: da de comer a la gente que te rodea, acércalos a Mí, a los sacramentos.

Pero ¿cómo voy a poder hacerlo si no tengo medios, ni ciencia, ni virtudes?

Sólo me pides que ponga lo que pueda -mis «cinco panes y dos peces:» amistad, prestigio profesional, audacia, vida interior- de modo que Tú puedas realizar el milagro.

Jesús, a veces, por seguirte, no llego a todo: el estudio o el trabajo, planes con los amigos y con la familia...; hasta me falta tiempo para comer.

Al igual que a aquellas gentes que te seguían, casi me olvido de mí mismo.

Tendría más tiempo para mis cosas si no fuera a Misa, si no rezara el rosario o hiciera un rato de oración.

La gente que se quedó en su casa pudo comer tranquila.

Pero no vio el esplendor de tu gloria cuando hiciste aquel gran milagro.

Ayúdame a sabe ser generoso contigo.

Sé que, si me comporto así, Tú siempre me darás todo lo que necesite.

 

2º. «Pídele sin miedo, insiste. Acuérdate de la escena que nos relata el Evangelio sobre la multiplicación de los panes. -Mira con qué magnanimidad responde a los Apóstoles: ¿cuántos panes tenéis?, ¿cinco?... ¿Qué me pedís?... Y El da seis, cien, miles... ¿Por qué?

-Porque Cristo ve nuestras necesidades con una sabiduría divina, y con su omnipotencia puede y llega más lejos que nuestros deseos.

¡El Señor ve más allá de nuestra pobre lógica y es infinitamente generoso!» (Forja.-341).

Jesús, Tú no has cambiado: eres el mismo hoy, ayer y siempre.

Creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes, que te preocupas de mí con aquella misma solicitud con la que trataste a la multitud: con aquella compasión, con aquel amor.

Hasta tal punto me quieres, que te das a Ti mismo como alimento en la Eucaristía.

Aquellas gentes dejaron las ciudades y fueron en tu búsqueda haciendo largos recorridos.

¡Yo lo tengo tan fácil!

Que vaya a visitarte más a menudo al Sagrario; que te reciba con más frecuencia en la Comunión.

«Que no perdamos tan buena razón y que nos lleguemos a El; pues si cuando andaba en el mundo de sólo tocar su ropa sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí -si tenemos fe- y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje» (Santa Teresa).

Jesús, hoy sigues haciendo grandes milagros.

Sólo me pides que sea generoso para seguirte de cerca, y que te pida las cosas con fe.

«Comieron todos hasta que quedaron satisfechos.»

¿Qué milagro no harás si te lo pido cuando estás dentro de mí, en la comunión?

¿Qué me dejarás por pagar, si Tú eres infinitamente generoso?

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Al oírlo Jesús, se alejó de allí en una barca hacia un lugar desierto él solo. Cuando se enteraron las multitudes le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: El lugar es desierto y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. El les dijo: Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes doce cestos llenos. Los que comieron eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. (Mateo 14,13-21)

 

1º. Jesús, cuando ves a aquellas gentes que venían siguiéndote, te llenas de compasión.

San Marcos especifica: «se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor.» (Marcos 6,34).

Cambias tus planes y te pones a enseñarles la doctrina y a curar enfermos hasta el atardecer.

Y cuando los apóstoles quieren despedir a la gente, les respondes: «dadles vosotros de comer.»

Te vuelcas con aquella gente, estás por ellos, te olvidas de Ti mismo para enseñarles, curarles y darles de comer.

Jesús, también a mí me dices: da de comer a la gente que te rodea, acércalos a Mí, a los sacramentos.

Pero ¿cómo voy a poder hacerlo si no tengo medios, ni ciencia, ni virtudes?

Sólo me pides que ponga lo que pueda -mis «cinco panes y dos peces:» amistad, prestigio profesional, audacia, vida interior- de modo que Tú puedas realizar el milagro.

Jesús, a veces, por seguirte, no llego a todo: el estudio o el trabajo, planes con los amigos y con la familia...; hasta me falta tiempo para comer.

Al igual que a aquellas gentes que te seguían, casi me olvido de mí mismo.

Tendría más tiempo para mis cosas si no fuera a Misa, si no rezara el rosario o hiciera un rato de oración.

La gente que se quedó en su casa pudo comer tranquila.

Pero no vio el esplendor de tu gloria cuando hiciste aquel gran milagro.

Ayúdame a sabe ser generoso contigo.

Sé que, si me comporto así, Tú siempre me darás todo lo que necesite.

 

2º. «Pídele sin miedo, insiste. Acuérdate de la escena que nos relata el Evangelio sobre la multiplicación de los panes. -Mira con qué magnanimidad responde a los Apóstoles: ¿cuántos panes tenéis?, ¿cinco?... ¿ Qué me pedís?... Y El da seis, cien, miles... ¿Por qué?

-Porque Cristo ve nuestras necesidades con una sabiduría divina, y con su omnipotencia puede y llega más lejos que nuestros deseos.

¡El Señor ve más allá de nuestra pobre lógica y es infinitamente generoso!» (Forja.-341).

Jesús, Tú no has cambiado: eres el mismo hoy, ayer y siempre.

Creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes, que te preocupas de mí con aquella misma solicitud con la que trataste a la multitud: con aquella compasión, con aquel amor.

Hasta tal punto me quieres, que te das a Ti mismo como alimento en la Eucaristía.

Aquellas gentes dejaron las ciudades y fueron en tu búsqueda haciendo largos recorridos.

¡Yo lo tengo tan fácil!

Que vaya a visitarte más a menudo al Sagrario; que te reciba con más frecuencia en la Comunión.

«Que no perdamos tan buena razón y que nos lleguemos a El; pues si cuando andaba en el mundo de sólo tocar su ropa sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí -si tenemos fe- y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje» (Santa Teresa).

Jesús, hoy sigues haciendo grandes milagros.

Sólo me pides que sea generoso para seguirte de cerca, y que te pida las cosas con fe.

«Comieron todos hasta que quedaron satisfechos.»

¿Qué milagro no harás si te lo pido cuando estás dentro de mí, en la comunión?

¿Qué me dejarás por pagar, si Tú eres infinitamente generoso?

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

También se puede meditar Dedicación de la Basílica de Santa María

 

«Inmediatamente después Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, despedida la multitud, subió al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí. Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis. Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las agitas. Él le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor sálvame! Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Y cuando subieron a la barca cesó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: verdaderamente tu eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-36)

 

1º. Jesús, acabas de multiplicar los panes y los peces.

Cinco mil personas han comido hasta saciarse y te quieren hacer rey.

Pero Tú te vas al monte «a orar a solas.»

De tu oración con el Padre sacas la fuerza para hacer estos milagros.

Además, me das un buen ejemplo: que no deje nunca esa oración personal, «a solas,» cara a cara contigo, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Mientras, en la barca, los apóstoles están luchando contra el viento, que «les era contrario».

A veces, Jesús, no avanzo en mi vida interior, o tengo alguna contrariedad en mi vida profesional, familiar o social.

Y parece que estás lejos, que no me ves luchar o sufrir.

Desde la montaña donde estabas rezando, ves las dificultades de los apóstoles y vienes en su ayuda «caminando sobre el mar».

Si te pido ayuda, fortaleza o fe, tarde o temprano aparecerás y me dirás: «ten confianza, soy yo, no tenias».

Detrás de aquel suceso, de aquella contrariedad, de aquella dificultad, estoy yo: «no temas, ten confianza.»

Pedro empezó a caminar sobre las aguas cuando le llamaste, sin temer las dificultades objetivas que tenía para llegar a ti.

Jesús, que no te tenga miedo.

Que no tema acercarme a Ti, comprometerme, si me llamas.

Aunque sea más cómodo quedarme en mi barca; aunque afuera haga mucho viento; aunque lo que me pidas sea «imposible», dame la fe de Pedro para responder a tu palabra: Ven.

 

2º. «Cuando pierdes la calma y te pones nervioso, es como si quitaras razón a tu razón.

En esos momentos, se vuelve a oír la voz del Maestro a Pedro, que se hunde en las aguas de su falta de paz y de sus nervios: «¿por qué has dudado?» (Surco.-805).

«Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús».

Decirte que si, entregarte algo que me pides y que me cuesta darte, es como salir de la barca -donde hay cierta seguridad- y empezar a caminar sin suelo bajo los pies: parece algo imposible para mí.

Y es cierto, porque yo solo no puedo nada.

Pero con tu ayuda, Jesús, lo puedo todo.

«Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo. ¿Qué teméis? Tened confianza en El. Arriesgaos a seguirlo. Eso exige evidentemente que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra «prudencia», de vuestra indiferencia, de vuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que habéis quizá adquirido. Sí; esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debéis atreveros a desear a pedirla en la oración y comenzar a practicar. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y vuestra felicidad» (Juan Pablo II).

Puede pasar que, tras los primeros pasos en el cumplimiento de ese propósito de seguirte, me canse, o vea con mayor claridad los defectos o las dificultades que tengo que vencer.

Y si, al ver que no puedo, me pongo nervioso, entonces aún me hundo más.

Es el momento de gritarte: «¡Señor, sálvame!», a la vez que me dejo ayudar en la dirección espiritual.

Si actúo con esa humildad, Tú no tardarás en levantarme: «Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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5-Agosto. Dedicación de la Basílica de Santa María

 

«Sucedió que mientras él estaba diciendo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él replicó: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». (Lucas 11, 27-28)

 

1º. Jesús, la mujer que hoy alaba a tu Madre, pertenece a la segunda de una ininterrumpida serie de generaciones que han felicitado y acudido a la Virgen María.

Se cumple así la profecía que tu Madre hizo de si misma: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1,48-50).

«Todas las generaciones me llamarán dichosa, dijo María en su cántico profético; «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Le responden a eco, a lo largo de los tiempos, pueblos de todas las latitudes, razas y lenguas. Unos más esclarecidos, otros menos, los fieles cristianos no cesan de recurrir a Nuestra Señora, la Santa Madre de Dios: en momentos de alegría, invocándola «causa de nuestra alegría»; en momentos de aflicción, llamándola «consoladora de los afligidos», y en momentos de desvarío, implorándola «Refugio de los pecadores» (Juan Pablo II).

Pero antes que la mujer del Evangelio, María ya había sido elogiada.

El ángel Gabriel le saluda: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lucas 1,28).

Y días después, su prima Isabel la recibe en su casa con estas palabras: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1,42), y «bienaventurada tú que has creído» (Lucas 1,45).

Estos primeros elogios me dan la clave, Jesús, para entender tu respuesta a la mujer del Evangelio de hoy: María es bienaventurada, no sólo por el hecho físico de haberte «criado», sino por el hecho sobrenatural de haber «creído» en tu palabra y haberla guardado.

 

2º. «Pero, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor responde: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada» (Es Cristo que pasa.-172).

Madre, tú has sabido escuchar la palabra de Dios con humildad, con el oído atento para captar qué es lo que Él quería de ti en cada momento: «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lucas 2,4).

Por eso eres, con razón, maestra de oración.

Ayúdame a tener más intimidad con tu hijo Jesús: que también yo sepa escuchar lo que Él me pide, que no deje de tener cada día un tiempo reservado para ponderar sus palabras en mi corazón.

Además, Madre, eres modelo de entrega, porque has sabido poner en práctica la palabra de Dios hasta las últimas consecuencias.

Enséñame a entregarme de verdad a Dios sin hacer cosas raras ni aparatosas.

Ayúdame a encontrar la santidad en los pequeños detalles de cada día: en el trabajo bien hecho y ofrecido, en los detalles de servicio escondido y silencioso, en el deseo sincero de hacer el bien.

Madre, a ti no te fueron ahorrados ni el dolor, ni el cansancio en el trabajo, ni el claroscuro de la fe.

Ayúdame cuando me encuentre en dificultad; compórtate conmigo como con Jesús, puesto que eres también mi madre: aliméntame, cuídame, enséñame, y haz que crezca sano y fuerte en esta vida sobrenatural a la que he nacido con el bautismo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

También se puede meditar La Transfiguración del Señor

 

«Después que Jesús partió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: ¡Señor Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio. Pero él no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo: Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El respondió: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor ayúdame! El le respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: Es verdad, Señor pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos. Entonces Jesús le respondió: ¡Oh mujer grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante. (Mateo 15, 21-28)

 

1º. Jesús, la mujer cananea del Evangelio de hoy me enseña una gran lección -lección de fe, lección de humildad y lección de perseverancia-  a la hora de pedirte lo que necesito para mi o para mis seres queridos.

Ojalá aprenda de ella esta triple lección, y como ella  consiga de Ti las gracias que necesito.

+Lección de fe.

La fe es el primer requisito para que mi oración sea escuchada.

Jesús, Tú siempre pides fe antes de hacer un milagro.

«Todo es posible para el que cree» (Marcos 9,23).

A veces, como en el caso de hoy, pones esa fe a prueba.

Incluso puede parecer que no me escuchas, que no me quieres.

Haces como el padre que enseña a andar a su hijo: se separa unos pasos, y cuando el niño -con gran esfuerzo- va a llegar a su padre, él se separa un poco más.

No se separa porque no le quiera, sino para que aprenda a caminar.

Cuando me pides más fe, no me dejas sólo.

Me estás esperando, para poder decirme: «¡grande es tu fe! Hágase como tú quieres.»

+Lección de humildad.

«Se acercó y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!»

Esta es la actitud del alma humilde que se ve necesitada.

Yo también he de acercarme a Ti, y pedirte con humildad: ¡Jesús, ayúdame! Sé que no me merezco nada, después de lo poco que he hecho por Ti.

«Es verdad Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos».

Aunque no me lo merezca, Jesús, ¡ten piedad de mí!

 

2º. «Persevera en la oración. -Persevera, aunque tu labor parezca estéril. -La oración es siempre fecunda» (Camino.-101)

+Lección de perseverancia.

Los discípulos te piden que atiendas a la mujer cananea pues «viene gritando detrás de nosotros.»

No se cansa de pedir, a pesar de que Tú no le respondes.

Ni siquiera se rinde cuando le pones a prueba diciendo que has sido enviado sólo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel».

«No por eso desmaye y deje la oración y de hacer lo que todas, que a las veces viene el Señor muy tarde, y paga tan bien y tan junto como pagó en muchos anos» (Santa Teresa.-Camino de perfección).

 Esta mujer no se cansa, y por eso recibe.

Persevera en la oración.

Jesús, que no me canse de pedir siempre lo mismo, si hace falta.

Sé que me escuchas y que me atiendes, pero soy como un niño pequeño que, a veces, pide lo que no conviene o en un momento que no conviene.

Lo que puedo aprender de los niños pequeños es su perseverancia en el pedir: piden y piden, hasta que reciben.

«Persevera, aunque tu labor parezca estéril.»

Jesús, aunque parezca inútil mi esfuerzo, mi dedicación, mi petición, Tú quieres que siga pidiendo.

El simple hecho de pedirte cosas, me fortalece espiritualmente: aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor a Ti, me aumenta la gracia.

Por eso, a veces, Tú prefieres esperar un poco, y aprovechar esa necesidad mía para que pida más y, por tanto, para darme más gracia.

Que me convenza, Jesús, de que la oración es siempre fecunda.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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6-Agosto. Transfiguración del Señor-A

 

«Unos ocho días después Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y Santiago y los llevó al monte a orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. Dos hombres, de improviso, se pusieron a hablar con él. Eran Moisés y Elías, que aparecieron con un resplandor glorioso y hablaban con él de su muerte, que iba a tener lugar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero lograron mantenerse despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando éstos se alejaban de Jesús, Pedro dijo: "Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". No sabía lo que decía. Mientras hablaba estas cosas se formó una nube y los ocultó. Al entrar ellos en la nube, se atemorizaron. Y salió una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, el Amado, escuchadle. Cuando sonó la voz, se quedó Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y a nadie dijeron por entonces nada de lo que habían visto». (Lucas 9,28-36)

 

Un día Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y subió al monte a orar.

El monte, aunque no tiene nombre, aparece con artículo determinado.

No es un monte cualquiera sino «el monte».

Este monte ha sido identificado como el Tabor.

San Cirilo de Jerusalén (Caeq. 12, 16) y san Jerónimo (Epist. 46.12) dan testimonio de esta antiquísima tradición.

En la cumbre del Tabor algunas tribus de Israel -al asentarse en la tierra prometida- ofrecían a Yavé sacrificios de santidad.

En la cumbre del Tabor se concentraron las huestes de Israel, y de ahí partieron -animadas por la profetisa Débora- para derrotar los ejércitos de Sísara y de los cananeos (cfr. dc 4, 1).

A la cumbre del Tabor subió Jesús con tres de sus discípulos «para orar».

Ese era el objetivo primero.

Todo lo demás viene después.

Quizá como una consecuencia lógica.

En efecto, en su oración, mientras oraba, se produjo la transfiguración.

Esta palabra -transfiguración, metamorfosis- no aparece en san Lucas.

La razón de omitirla no es otra que evitar confusión a sus lectores.

Lucas escribe para el mundo gentil y en este mundo eran muy conocidas las metamorfosis de los dioses.

Todo un libro de Ovidio se titula precisamente Metamorfosis.

La metamorfosis de Cristo fue así: «el aspecto de su rostro era otro, y su vestidura se hizo blanca y refulgente».

Mateo y Marcos dan más detalles.

A Lucas le basta indicar el hecho de la transfiguración que afectó a Jesús en su cuerpo y en sus ropas.

Nadie ha estado así, radiante, resplandeciente, como Jesús.

Moisés y Elías, en gloria, conversaban con Él.

Y el tema de la conversación era el éxodode Jesús de este mundo, el misterio de la Cruz.

¡El éxodo de Jesús!

Esta palabra -san Lucas es el único que habla del tema de conversación entre Jesús, Moisés y Elías- tiene resonancias especiales.

La muerte y resurrección de Cristo es el nuevo éxodo, la salida verdadera de la tierra del dolor a la patria eterna.

Al igual que Moisés sacó al pueblo de la esclavitud y lo condujo hacia la tierra de promisión, así hará Cristo, el nuevo Moisés, el que de verdad conduce a la Jerusalén celestial.

Pedro, Santiago y Juan están también en la montaña sagrada.

Ante el misterio de luz que tiene lugar, sus ojos quedan «pesados de sueño»; es un deslumbramiento que los ciega y parece obligarlos a cerrar los párpados.

Pero no; venciéndose, despabilándose, permanecieron vigilantes, y así vieron la gloria de Jesús y de los dos que estaban con El.

Es la lucha entre la «pesadez» y el permanecer atentos y vigilantes.

En la vida ascética lo importante es luchar.

Quien lucha, quien se esfuerza, siempre vence.

Dios garantiza esa victoria.

Los ojos vigilantes, los que están despiertos por amor, ven la gloria de Dios.

Un poco más adelante (Lucas 21, 34) san Lucas nos hablará de otra «pesadez» más preocupante: la pesadez del corazón, la modorra del espíritu a causa -dice- de la embriaguez, el libertinaje, los afanes de esta vida...

También en esto, quizá sobre todo en esto, hay que estar atentos.

Pocas cosas hay tan graves como este embotamiento del corazón.

Moisés y Elías van a retirarse, van a salir de la escena.

Los ojos atentos de los apóstoles lo ven, lo notan, pero no quieren aceptarlo.

Y entonces «cuando se marchaban», Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas:una para ti, una para Moisés y otra para Elías.»

El evangelista consigna que Pedro «no sabía lo que estaba diciendo».

Aunque algo si sabía.

Sabía que allí se estaba muy bien, contemplando aquella escena de gloria, y que, por él, ahí se quedaría tan a gusto.

Sabía que se había hablado del éxodo de Jesús, y quizá eso le trajo a la memoria el éxodo de Egipto y la peregrinación por el desierto viviendo en tiendas: por eso, está dispuesto a hacer tres de esas tiendas: para Jesús, Moisés y Elías.

El no necesitaba nada.

Pedro y los otros apóstoles se quedarían al raso.

No importaba.

De todas formas, pretender que Jesús, Moisés y Elías viviesen en la cumbre del Tabor en unas tiendas de campaña...

Realmente Pedro no sabía lo que estaba diciendo.

Todavía estaba hablando cuando una nube los cubrió con su sombra

¿Representa esta nube al Espíritu Santo?

El verbo utilizado aquí por san Lucas es el mismo que utiliza cuando la Encarnación del Verbo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra» (Lucas 1, 35).

Y desde la nube salió una voz: «Este es el Hijo mío, el Elegido. Escuchadle.»

Se trata de una epifanía trinitaria: Jesús, la voz del Padre, y la sombra luminosa del Espíritu Santo.

Y el mensaje es una palabra: Escuchar, escuchar poniendo en práctica.

Así es como hace el hombre prudente que edifica sobre roca (Mateo 7, 24).

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho departe de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro.- ¡Apártate de mi, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.» (Mateo 16, 13-23)

 

1º. Jesús, después de preguntar qué piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?

¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

Para vivir cristianamente necesito tener fe.

Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

El Evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.

El Evangelio es la Palabra de Dios.

Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»

Desde entonces Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios.

Además, el Papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

 

2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que pasa.- 2).

Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio.

¿Qué les puedo decir?

Hoy me das la respuesta:«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

Jesús, has escogido a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos.»

No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los obispos.

Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

También se puede meditar Santa Teresa Benedicta de la Cruz

 

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.» (Mateo 16, 24-28)

 

1º. Jesús, eres Dios y sabes mejor que yo para qué me has creado y como voy a ser realmente feliz.

Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar.

Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando.

Y amar es darse, entregarse.

Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo; pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.

Por eso hoy me recuerdas: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»

El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo: honores, dinero, diversiones, comodidad.

Pero si pierde su alma, no sabrá amar en la tierra y, por ello, no podrá amar en la otra vida.

Infeliz aquí, infeliz en la eternidad.

«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser dijeren te para unos y para otros» C. I. C.-1021)

Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en Ti.

Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra.

Que no me engañe pensando que Tú me perdonarás con tu gran misericordia.

Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión.

En el juicio, retribuirás «a cada uno según su conducta.»

 

2º. «El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia» (Forja.-760).

Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia.

Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido.

El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma.

Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a Ti sobre todas las cosas.

¿Cómo puedo tomar cada día mi cruz?

Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.

De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré.

«Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Jesús, Tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).

Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí.

Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma.

Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Dieciocho Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre y, puesto de rodillas, le suplicó: Señor ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. Lo he traído a tus discípulos y no lo han podido curar Jesús en respuesta dijo: Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? Traédmelo aquí. Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el muchacho desde aquel momento. Luego se acercaron a solas los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsaría? Él les respondió: Por vuestra poca fe. Porque os digo que si tuvierais fe como un granito de mostaza, podríais decir a este monte: Trasládate de aquí allá, y se trasladaría, y nada os sería imposible. (Mateo 17, 14-20)

 

1º. Jesús, hoy enseñas a tus discípulos -y a mí  que si no pueden expulsar al demonio es por falta de fe.

«¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? Por vuestra poca fe.»

El demonio se mete en mi vida de mil formas distintas: suscitándome tentaciones de avaricia y sensualidad, sugiriéndome que escoja siempre lo fácil y cómodo y, sobre todo, engrandeciendo mi soberbia, mi amor propio, el deseo de que los demás se fijen en mí.

El gran triunfo del demonio es que la gente no crea en su existencia.

De esta forma puede «trabajan» a sus anchas sin encontrar la menor resistencia.

Nunca ha estado más activo que ahora que el mundo piensa que ha vencido este mito.

Porque no es un mito.

Jesús, Tú has hablado innumerables veces del demonio.

Incluso te has dejado tentar por él al comienzo de tu vida pública, dándome ejemplo de cómo vencer sus engaños.

Hoy en día la gente quiere entenderlo todo científicamente.

Por eso algunos pretenden explicar las tentaciones buscando razones psicológicas o del entorno.

Con esta visión puramente humana, de paso, desaparece la responsabilidad de las acciones, la misma noción de pecado y, en el fondo, la libertad.

El demonio utiliza esta visión falsamente científica para adormecer las conciencias ante el mal.

Por ello, para luchar contra las tentaciones del demonio, primero hay que tener fe en tu palabra.

Jesús, Tú hablas del pecado, del demonio, de sus tentaciones, y también del remedio: «orad para no caer en tentación». (Mateo 26,41).

2º. El «non serviam» de Satanás ha sido demasiado fecundo. ¿No sientes el impulso generoso de decir cada día, con voluntad de oración y de obras, un «serviam»  ¡te serviré, te seré fiel!  que supere en fecundidad a aquel clamor de rebeldía?» (Camino.-413).

Jesús, el gran pecado de Satanás fue de soberbia: no quiso servir a su Creador  non serviam: no serviré.

Prefirió servir su orgullo.

Ahora -y siempre- intenta que yo caiga en su mismo error: disfrazado de estatua de libertad, me insinúa que haga lo que me plazca, que no me sujete a nada, ni siquiera a tus mandamientos o a la Iglesia.