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DOMINGO DIECINUEVE DEL TIEMPO ORDINARIO-A

 

«Inmediatamente después Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, despedida la multitud, subió al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí. Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos caminando sobre el mar se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo, no temáis. Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las agitas. Él le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor sálvame! Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Y cuando subieron a la barca cesó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: verdaderamente tu eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-36)

 

1º. Jesús, acabas de multiplicar los panes y los peces.

Cinco mil personas han comido hasta saciarse y te quieren hacer rey.

Pero Tú te vas al monte «a orar a solas.»

De tu oración con el Padre sacas la fuerza para hacer estos milagros.

Además, me das un buen ejemplo: que no deje nunca esa oración personal, «a solas,» cara a cara contigo, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Mientras, en la barca, los apóstoles están luchando contra el viento, que «les era contrario».

A veces, Jesús, no avanzo en mi vida interior, o tengo alguna contrariedad en mi vida profesional, familiar o social.

Y parece que estás lejos, que no me ves luchar o sufrir.

Desde la montaña donde estabas rezando, ves las dificultades de los apóstoles y vienes en su ayuda «caminando sobre el mar».

Si te pido ayuda, fortaleza o fe, tarde o temprano aparecerás y me dirás: «ten confianza, soy yo, no tenias».

Detrás de aquel suceso, de aquella contrariedad, de aquella dificultad, estoy yo: «no temas, ten confianza.»

Pedro empezó a caminar sobre las aguas cuando le llamaste, sin temer las dificultades objetivas que tenía para llegar a ti.

Jesús, que no te tenga miedo.

Que no tema acercarme a Ti, comprometerme, si me llamas.

Aunque sea más cómodo quedarme en mi barca; aunque afuera haga mucho viento; aunque lo que me pidas sea «imposible», dame la fe de Pedro para responder a tu palabra: Ven.

 

2º. «Cuando pierdes la calma y te pones nervioso, es como si quitaras razón a tu razón.

En esos momentos, se vuelve a oír la voz del Maestro a Pedro, que se hunde en las aguas de su falta de paz y de sus nervios: «¿por qué has dudado?» (Surco.-805).

«Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús».

Decirte que si, entregarte algo que me pides y que me cuesta darte, es como salir de la barca -donde hay cierta seguridad- y empezar a caminar sin suelo bajo los pies: parece algo imposible para mí.

Y es cierto, porque yo solo no puedo nada.

Pero con tu ayuda, Jesús, lo puedo todo.

«Abrid de par en par vuestras puertas a Cristo. ¿Qué teméis? Tened confianza en El. Arriesgaos a seguirlo. Eso exige evidentemente que salgáis de vosotros mismos, de vuestros razonamientos, de vuestra «prudencia», de vuestra indiferencia, de vuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que habéis quizá adquirido. Sí; esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debéis atreveros a desear a pedirla en la oración y comenzar a practicar. Dejad que Cristo sea para vosotros el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y vuestra felicidad» (Juan Pablo II).

Puede pasar que, tras los primeros pasos en el cumplimiento de ese propósito de seguirte, me canse, o vea con mayor claridad los defectos o las dificultades que tengo que vencer.

Y si, al ver que no puedo, me pongo nervioso, entonces aún me hundo más.

Es el momento de gritarte: «¡Señor, sálvame!», a la vez que me dejo ayudar en la dirección espiritual.

Si actúo con esa humildad, Tú no tardarás en levantarme: «Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús: El Hijo del Hombre debe ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y se pusieron muy tristes.

Llegados a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron: ¿No va a pagar vuestro Maestro la didracma? Respondió. Sí. Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños? Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús: Luego los hijos están exentos; pero para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la boca y encontrarás un estárter; tómalo y dalo por mí y por ti.» (Mateo 17,22-27)

 

1º. Jesús, qué lógica la reacción de los apóstoles ante tu anuncio de la Pasión.

Al principio Pedro quiso que cambiaras de idea.

Pero ahora aunque siguen sin entenderlo muy bien se dan cuenta de que va en serio: vas a ser entregado «en manos de los hombres» y te matarán.

«Y se pusieron muy tristes.»

Han aprendido a quererte de verdad; lo han dejado todo por Ti, y ahora les dices que te van a matar.

Pobres apóstoles.

No entendían aquella muerte tan injusta.

Y mucho menos aún entendían lo de que ibas a resucitar al tercer día.

Por eso están tristes.

No entienden que la Cruz es el principio de la Resurrección: la muerte es la puerta de la vida.

Y esta verdad se aplica también a mi vida.

Como dice San Pablo: «Si somos hijos de Dios, también herederos: herederos de Dios, y coherederos de Cristo, con tal de que padezcamos con él, para ser con El glorificados»(Romanos 8,17).

Jesús, me pides que muera a mi mismo a mis caprichos, a mi soberbia, a mi comodidad  de modo que Tú puedas vivir en mí.

Por eso la Cruz es la señal del cristiano.

Para que Tú me reconozcas como uno de los tuyos, como hijo de Dios y por tanto heredero de la gloria, mi vida diaria debe estar marcada con esta señal.

 

2º. «Se ha promulgado un edicto de César Augusto, que manda empadronarse a todos los habitantes de Israel. Caminan María y José hacia Belén... ¿No has pensado que el Señor se sirvió del acatamiento puntual a uno ley, para dar cumplimiento a su profecía?

Ama y respeta lo normas de una convivencia honrada, y no dudes de que tu sumisión leal al deber será, también, vehículo para que otros descubran la honradez cristiana, fruto del amor divino, y encuentren a Dios» (Surco.-322).

Jesús, después de dejar claro a Pedro que Tú eres el Hijo de Dios, y que por tanto no estabas sujeto a pagar un impuesto que era para el culto divino -los hijos están exentos-, prefieres «no escandalizarlos» y cumplir con aquel deber, que se había convertido en una obligación cívica por la ley judía de aquellos tiempos.

De este modo, además, me muestras -como ya lo habían hecho José y María con el edicto del César- que debo cumplir las leyes civiles, siempre y cuando sean acordes con una convivencia honrada, es decir, con las normas de la moral natural.

Pagar unos impuestos justos, seguir las normativas legales en los negocios, obedecer las leyes de tráfico o las indicaciones de la autoridad competente, son también deberes cristianos.

«Lo autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidos contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia. En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa» (C. I. C.-1903).

De la misma manera que mi amor a Ti me debe llevar a obedecer las leyes justas, ese mismo amor me debe llevar a oponerme a las leyes injustas con todos los medios de que disponga.

Leyes como la que permite el aborto o la que impide la libertad en la educación, chocan frontalmente contra la ley natural y, por tanto, contra la fe.

No puedo desentenderme del deber de luchar para que las leyes de la sociedad sean justas, acordes con la ley natural.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces, llamando a un niño, lo preso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, pues os digo que sus ángeles en los Cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos.

¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte e irá a buscar a la que se ha perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños.» (Mateo 18, 1-5.10.12-14)

 

1º. Jesús, «¿quién es el mayor en el Reino de los Cielos?»; ¿quién es el más santo?; ¿quién se parece más a Ti?

Y me respondes: el que se convierte y se hace pequeño «como los niños».

Esta es una de las paradojas de tu doctrina: el que quiera ser mayor a tus ojos, debe hacerse el menor a los ojos de los hombres.

Y para ello, es necesario convertirse, cambiar de vida, rechazar todo orgullo, aprender a pedir perdón con humildad.

No se trata de hacerse niño en estatura o en falta de madurez, sino de obedecer con humildad la voluntad del Padre Celestial: «el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.»

Además, es el único camino para imitarte, Jesús, pues Tú mismo no buscaste otro fin que el obedecer la voluntad de Dios: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).

Jesús, ¿busco en mi vida hacer la voluntad de mi Padre Dios?

¿Intento pedirte luces en la oración para que seas Tú quien me guíes en mi camino diario o, más bien, voy a lo mío, según me parezca, según me interese o tenga ganas?

¿Me apoyo en la dirección espiritual, dándome cuenta de que necesito ayuda para ver mejor y exigirme más?

 

2º. «Cristo espera mucho de tu labor. Pero has de ir a buscar a las almas, como el Buen Pastor salió tras la oveja centésima: sin aguardar a que te llamen. Luego, sírvete de tus amigos para hacer bien a otros: nadie puede sentirse tranquilo -díselo a cada uno- con una vida espiritual que, después de llenarle, no rebose hacia fuera con celo apostólico» (Surco.-223).

Jesús, si he de intentar imitarte, he de ser humilde: hacerme niño en lo espiritual, dejarme ayudar y aconsejar.

Pero eso no significa ser apocado, tener una voluntad débil.

Al contrario: significa tener fuerza de voluntad suficiente para decir muchas veces que no a mis intereses personales y decir sí a lo que Tú me pides.

Y una cosa que me pides es que también yo sea Buen Pastor con los que me rodean.

No quieres que se pierda «ni uno solo» de los que conviven conmigo.

Por eso he de sentir la responsabilidad de salvar a todas las almas.

El apostolado es una necesidad que nace del amor a Ti y del amor a los demás: es el deseo de que los demás tengan también la suerte de encontrarte y amarte.

«Orad sin interrupción por los demás hombres. Hay en ellos esperanza de conversión, una conversión que les conducirá a Dios. Volveos hacia ellos, para que, por medio de vuestras obras, se hagan discípulos vuestros. Ante su cólera estad llenos de dulzura. Ante su jactancia tened sentimientos de humildad. Ante sus blasfemias, estad en oración. Ante sus errores, permaneced firmes en la fe. Ante sus violencias, sed pacíficos, sin imitarlos» (San Ignacio de Antioquia).

Si me veo impotente ante la tarea de salvar a todas las almas, al menos puedo empezar por mis amigos.

Luego, sírvete de tus amigos para hacer bien a otros.

Y poco a poco, iremos devolviéndote, Jesús, esas ovejas perdidas.

Además, tengo un aliado silencioso en el apostolado: el ángel custodio de la persona que trato de acercarte.

Él está «viendo siempre el rostro de Dios», y también desea ardientemente acercarlo a Ti.

Por eso, me hará muchos favores en mi labor apostólica, si se los pido.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.

Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir; mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mateo 18, 15-20)

 

1º. Jesús, hoy me enseñas una de las consecuencias del mandamiento nuevo: si he de amar a los demás como Tú los amas, tengo también la responsabilidad de intentar que rectifiquen cuando su comportamiento no es el que debería ser.

Esta responsabilidad se llama corrección fraterna: corregir al hermano.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano;» le habrás hecho el mayor favor, le habrás mostrado que le quieres de verdad.

En mi apostolado de cristiano corriente, además de abrir horizontes espirituales a los que me rodean mostrándoles la belleza del camino de santidad, debo advertirles -sin ofender, con cariño- aquellas cosas que no hagan bien.

Es un deber cristiano, como lo es el deber de ayudar a los que están necesitados en el terreno material.

Pero no es suficiente con señalar los defectos.

Lo que me pides, Jesús, es que les ayude a mejorar: con mi oración, con mi ejemplo y con mi palabra.

Jesús, me has dado un gran medio para ayudar a mis amigos a ser mejores: la Confesión.

Este sacramento no sólo perdona los pecados, sino que además da fuerzas para luchar en aquello de lo que uno se confiesa.

Les has dado a los apóstoles  y a través de ellos a los sacerdotes  el poder de atar y desatar: el poder de perdonar los pecados y administrar tu gracia.

¡Qué gran complemento a la corrección fraterna es el llevar a mis amigos a la Confesión!

Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios» (C. I. C.-1468).

 

2º. «¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar; de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino.-530).

Jesús, hoy me haces una promesa que debo recordar a menudo: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Quieres que los cristianos nos reunamos en tu nombre para rezar, para pedir cosas al Padre.

De ahí la importancia de rezar en familia, hacer la oración acompañado de otros, y de muchas costumbres en las que los cristianos se reúnen para rezar: procesiones, romerías, etc.

Jesús, Tú estableciste que la reunión de cristianos por excelencia fuera la Santa Misa: «haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19).

En la Santa Misa, Tú estás en medio de nosotros de manera muy especial: te haces presente en la Eucaristía con tu cuerpo y sangre, alma y divinidad.

Por eso, la Santa Misa es el mejor lugar para pedirte lo que necesito, y también para alabarte, darte gracias y pedirte perdón.

Si esto es así, ¿no es raro que muchos cristianos se sientan urgidos para recortar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?

Jesús, lo que pasa es que me falta fe para descubrir tu presencia en la Misa.

Auméntame mi fe.

Precisamente la Misa es el mejor momento para pedirte que aumentes mi fe, especialmente en la Consagración y en la Comunión, pues la Eucaristía es el Sacramento de nuestra Fe.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

También se puede meditar La Asunción de Nuestra Señora: Víspera

 

«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)

 

1º. Jesús, en una cultura donde dominaba la ley del Talión -ojo por ojo y diente por diente- perdonar dos veces era ya demasiado. Cuando Pedro te pregunta cuántas veces debe perdonar, se responde -como llegando al límite-: «¿hasta siete? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que es como decir: hay que perdonar siempre.

Pedro intentaba ser generoso, pero a lo humano.

Tú le elevas el nivel: hay que imitar a Dios, que es infinitamente misericordioso.

Y para que le quede claro, le explicas la parábola del siervo despiadado: su señor le ha perdonado diez mil talentos -unos setenta millones de denarios- y él no es capaz de perdonar cien denarios a su compañero.

Jesús, a veces pienso que lo que alguien me ha hecho es imperdonable, y no me doy cuenta de que eso -que me parece enorme- es como cien denarios comparado con los setenta millones que Tú me has perdonado muriendo en la cruz.

«Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (San Juan Crisóstomo).

Si quiero ser tu discípulo, si quiero imitarte, he de aprender a «perdonar a lo divino».

Y para ello necesito primero «amar a lo divino».

Enséñame a amar a los demás como Tú los amas.

 

2º. «Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino.-686).

Jesús, cuántas veces debo recurrir a este pensamiento tan simple, para no dejarme llevar de mis pasiones perdiendo la objetividad.

Conforme: aquella persona ha sido mala contigo; no debía haberse comportado así.

Pero calma.

¿No he sido yo peor con Dios?

Y Tú me perdonas una vez y otra.

¿No voy a intentar hacer lo mismo con mi prójimo?

Además, aquello que me parece tan grave, a veces es fruto de una confusión, o de un fallo sin mala intención; de modo que la otra persona no tiene la culpa o, al menos, toda la culpa.

Mi enfado puede ser injusto y, por supuesto, no arregla nada.

Mientras que si se aclaran las cosas con serenidad, muchas veces el problema se desvanece.

Jesús, si me enfado, no es por mi carácter.

Es por mi falta de carácter y de visión sobrenatural.

Ayúdame a saberme contener cuando me enfade.

Ayúdame a saber disculpar, a ver el lado positivo, sin caer en la ingenuidad.

Ayúdame a mirar a todos con aquella mirada tuya siempre amorosa, incluso con aquellos que te clavaron en la cruz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14-Agosto. Asunción de Nuestra Señora: Víspera

 

«Sucedió que mientras él estaba diciendo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él replicó: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». (Lucas 11, 27-28)

 

1º. Jesús, la mujer que hoy alaba a tu Madre, pertenece a la segunda de una ininterrumpida serie de generaciones que han felicitado y acudido a la Virgen María.

Se cumple así la profecía que tu Madre hizo de si misma: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1,48-50).

«Todas las generaciones me llamarán dichosa, dijo María en su cántico profético; «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Le responden a eco, a lo largo de los tiempos, pueblos de todas las latitudes, razas y lenguas. Unos más esclarecidos, otros menos, los fieles cristianos no cesan de recurrir a Nuestra Señora, la Santa Madre de Dios: en momentos de alegría, invocándola «causa de nuestra alegría»; en momentos de aflicción, llamándola «consoladora de los afligidos», y en momentos de desvarío, implorándola «Refugio de los pecadores» (Juan Pablo II).

Pero antes que la mujer del Evangelio, María ya había sido elogiada.

El ángel Gabriel le saluda: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lucas 1,28).

Y días después, su prima Isabel la recibe en su casa con estas palabras: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1,42), y «bienaventurada tú que has creído» (Lucas 1,45).

Estos primeros elogios me dan la clave, Jesús, para entender tu respuesta a la mujer del Evangelio de hoy: María es bienaventurada, no sólo por el hecho físico de haberte «criado», sino por el hecho sobrenatural de haber «creído» en tu palabra y haberla guardado.

2º. «Pero, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor responde: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada» (Es Cristo que pasa.-172).

Madre, tú has sabido escuchar la palabra de Dios con humildad, con el oído atento para captar qué es lo que Él quería de ti en cada momento: «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lucas 2,4).

Por eso eres, con razón, maestra de oración.

Ayúdame a tener más intimidad con tu hijo Jesús: que también yo sepa escuchar lo que Él me pide, que no deje de tener cada día un tiempo reservado para ponderar sus palabras en mi corazón.

Además, Madre, eres modelo de entrega, porque has sabido poner en práctica la palabra de Dios hasta las últimas consecuencias.

Enséñame a entregarme de verdad a Dios sin hacer cosas raras ni aparatosas.

Ayúdame a encontrar la santidad en los pequeños detalles de cada día: en el trabajo bien hecho y ofrecido, en los detalles de servicio escondido y silencioso, en el deseo sincero de hacer el bien.

Madre, a ti no te fueron ahorrados ni el dolor, ni el cansancio en el trabajo, ni el claroscuro de la fe.

Ayúdame cuando me encuentre en dificultad; compórtate conmigo como con Jesús, puesto que eres también mi madre: aliméntame, cuídame, enséñame, y haz que crezca sano y fuerte en esta vida sobrenatural a la que he nacido con el bautismo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

También se puede meditar La Asunción de Nuestra Señora

 

«En esto, se acercaron a él unos fariseos y le preguntaron para tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo? Él respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne? Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: ¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer -a no ser por fornicación- y se una con otra, comete adulterio.

Dícenle sus discípulos: Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse. El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender; que entienda.» (Mateo 19, 3-12)

 

1º. Jesús, hoy en día es más importante que nunca -si cabe- tener clara la doctrina sobre el matrimonio que Tú, creador del género humano, nos has enseñado: «lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

Con el matrimonio, Dios une al hombre y la mujer de tal modo que «ya no son dos, sino una sola carne».

Pero seguimos siendo libres, y podemos separar lo que Tú has unido, igual que podemos destruir la naturaleza que Tú has creado.

«El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una carne». Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total. Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio» (C. I. C.-1644).

Jesús, no hace falta tener fe para ver los efectos desastrosos del divorcio en la sociedad: familias rotas, niños que crecen sin aquel amor familiar al que tenían derecho, y el desengaño, la incertidumbre y el egoísmo que provoca en los esposos.

Tú nos has creado, y sabes mejor que nosotros mismos qué es lo que nos conviene.

Jesús, en los momentos más o menos difíciles que siempre llegan en la vida matrimonial  mía o de mis personas queridas- ayúdame a tener fe en la verdad de tu palabra, esperanza en la eficacia de tu gracia, y amor al sacrificio de la Cruz.

Tú te sirves de ese sufrimiento, de esa incomprensión o de ese revés para que me identifique más contigo, para que me apoye más en Ti.

 

2º. «Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, par iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar; y se consumen alumbrando hasta gastarse». (Forja, 44)

Jesús, me pides santidad sea cual sea mi condición: soltero, casado, viudo, sacerdote.

En cualquier caso quieres que mi trabajo y mis amores en la tierra no sólo no me aparten de Ti, sino que sean el medio de acercarme más a Ti.

En el matrimonio, mi santidad pasa por esa fidelidad conyugal y por la dedicación esmerada a mi familia.

Pero a otras personas les pides más.

Les pides que sean célibes «por el Reino de los Cielos».

Y ¿cómo puedo saber si tengo una vocación especial?

«Quien sea capaz de entender, que entienda».

Si me doy cuenta de que me necesitas, ¿cómo voy a ser más feliz que dándotelo todo?

¿Cómo te voy a dejar solo, clavado en la Cruz por mí?

Entender la necesidad de entregarse por entero, como esas lámparas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse, es una de las señales de la vocación.

Porque «no todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido.»

Si me entero, Jesús, es porque me lo estás pidiendo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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15-Agosto. Asunción de Nuestra Señora

 

«Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa». (Lucas 1, 39-56)

 

1º. María se enteró, por el ángel, de que Isabel, la que llamaban estéril, iba a tener un hijo.

No le costó mucho a la Virgen darse cuenta de que la esclava del Señor tenía que ser, por ello mismo, esclava de los hombres.

Por eso, se puso en marcha hacia la montaña donde vivía Isabel: desde Galilea a Judea, desde Nazaret a Aim-Karim.

El evangelio dice que fue «de prisa».

¡Qué buen ejemplo el de María en este terreno!: darse prisa para el bien, «que los hijos de las tinieblas no descansan y siembran cizaña cuando se duermen los hijos de la luz» (Mateo 13, 25).

Hay en esta actitud todo un mundo de enseñanzas para nosotros.

«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.»

¿Cómo fue el saludo de María?

Pero más importante que la palabra del saludo lo era la voz de María al saludar, esa voz del saludo, es decir, el tono, el acento, el amor que llevaba.

Este saludo y esta voz desencadenaron en Isabel un torrente de gracia y de alegría: Una voz que hacía saltar de gozo al Bautista en el seno materno, y que llenaba a Isabel del Espíritu Santo trayendo a sus labios una letanía de gloria: «-Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que me visite la Madre de mi Señor? Dichosa tú porque has creído.»

Piropos encendidos...

Alabanzas, aclamaciones...

Detrás de todos estos elogios está el Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo quien impulsa al culto y la veneración a la Virgen.

La Virgen es bendita -como la llama Isabel- pues sobre ella se dijo la mejor palabra salida de la boca de Dios: bendita por su divina Maternidad, bendita por su fe, una fe que produce felicidad; bendita entre todas las mujeres, dichosa porque ha creído, santa Madre de Dios.

2º. El Magníficat

Ante el raudal de alabanzas que se le prodiga, la humildad de María se vuelve hacia Dios para referírselo todo a El.

Nunca se queda la Virgen con la gloria.

La gloria es de Dios.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.»

En estos dos verbos está contenida la actividad espiritual de María Santísima.

Esta es la actitud de la Virgen, colmada ella como nadie de la plenitud del Espíritu Santo, cantar la gloria de Dios.

Pero hay dos verbos también, en el Magnificat, que expresan la acción de Dios sobre la Virgen: «Miró la humillación de su esclava, hizo en ella cosas grandes»

La mirada de Dios sobre la actitud humilde de la Virgen que se hace pequeña y se anonada y se considera -se sabe- esclava del Señor.

¡Cómo descansa la mirada de Dios en una persona así!

Este verbo indica una mirada de predilección.

Mirada de amor de preferencia por la Virgen, por la pequeñez de la Virgen, por su profundísima humildad.

«Hizo en mí cosas grandes.»

Dios es el Hacedor. Cosas grandes ciertamente.

Pero Dios hizo cosas grandes sobre todo en María: la hizo Inmaculada desde el primer instante de su concepción, la colmó de gracia, la llevó hasta los linderos de la divinidad por la grandeza de la divina maternidad, la hizo corredentora al pie de la Cruz, la constituyó Medianera universal de todas las gracias, la llevó en cuerpo y alma a la gloria del cielo, la coronó como Reina y Señora de todo lo creado...

Esta es la actitud de Dios con la Virgen.

¿Y cuál es la actitud de los hombres, de nosotros?

Ella lo dice en una palabra: «me llamarán dichosa.»

Nosotros, según la enseñanza de Cristo, llamamos dichosos, bienaventurados, a los pobres, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia...

Pero todos estos adjetivos se concentran en María.

Llamamos dichosa a María.

Clamaría después una mujer del pueblo hablando con Jesús: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

Y todas las generaciones del mundo harán lo mismo: «me felicitarán.»

Desgraciado aquel que no lo haga, que se niegue a proclamarla bienaventurada y a bendecirla precisamente a causa de su disponibilidad, su amor y entrega a Dios.

Pienso que quien la alabe y la felicite de todo corazón tendrá en sí el alma de María, el espíritu de María, para engrandecer a Dios y exultar de gozo en el Señor.

La actitud del cristiano con María es manifestativa de la actitud del cristiano con Dios.

3º. San Lucas termina este pasaje diciendo que la visita de María duró unos tres meses, es decir, hasta el tiempo en que Isabel dio a luz.

Duró su visita mientras hizo falta, mientras fueron necesarios sus servicios.

«Y luego volvió a su casa» -dice el evangelio.

Es el don de la oportunidad, que en sumo grado tenía la Virgen.

También estará en las bodas de Caná, ayudando, sirviendo, dándose cuenta la primera de que escaseaba el vino, y luego desapareciendo otra vez.

Hacer y desaparecer.

Es el gozo de servir.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Entonces le presentaron unos niños, para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús, dijo: Dejad a los niños que vengan a mí, porque de éstos es el Reino de los Cielos. Y después de imponerles las manos, se marchó de allí» (Mateo 19, 13-15)

 

1º. Jesús, ¿por qué los discípulos riñen a los que te presentaban a esos niños?

Claramente esas personas tienen una buena intención: que les impongas tus manos y que ores por ellos.

Sin embargo, probablemente los discípulos pensaran que era una pérdida de tiempo para el Maestro tener que atender a unos niños, pues todavía no eran capaces de entender tu mensaje.

Tu respuesta es clara: «dejad a los niños que vengan a mí».

Hay gente que no quiere bautizar a los niños porque prefieren esperar a que puedan decidir por sí solos.

Tal vez sin darse cuenta, les están impidiendo que se acerquen a Ti.

Además, de esta manera, les dificultan la posibilidad de que te encuentren en el futuro.

Al igual que una buena madre da a sus hijos pequeños el mejor alimento, sin dejar que escojan, es lógico que les den también el mejor alimento espiritual, la puerta de toda gracia: el Bautismo.

«Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos lo hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijos de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento.» (C. I. C.-1250)

«Porque de éstos es el Reino de los Cielos.»

Jesús, quieres que yo también sea pequeño en mi vida espiritual: que me sienta necesitado de tu ayuda, que confíe plenamente en Ti, que no me asuste ante las dificultades, que no me avergüence confesar mis pecados, que sepa amar con ternura, que me invada la seguridad, alegría y paz propia de saberme hijo pequeño de Dios.

 

2º. «Cuando éramos pequeños, nos pegábamos a nuestra madre, al pasar por caminos oscuros o por donde había perros.

Ahora, al sentir las tentaciones de la carne, debemos juntarnos estrechamente a Nuestra Madre del Cielo, por medio de su presencia bien cercana y por medio de las jaculatorias.

Ella nos defenderá y nos llevará a la luz» (Surco 847).

María, Jesús quiso -desde la Cruz- que te tratara como madre.

Sabía que, aunque la gracia que me estaba consiguiendo con su sacrificio es más que suficiente para que me haga santo, iba a necesitar la ayuda de aquélla que era Inmaculada y Reina del Universo.

María, tú me quieres con amor de madre, me comprendes, me disculpas, estás pendiente de mí, como lo está una madre de su hijo pequeño.

El problema es que, a veces, yo no estoy tan pendiente de ti: voy a mi aire, por mi cuenta, sin atender a tus consejos y a tus cuidados.

Y en los momentos de debilidad, al sentir las tentaciones de la carne, me encuentro solo, perdido, sin fuerzas.

He querido ser mayor en la vida espiritual, y me he olvidado de que el Reino de los Cielos es para los que se hacen como niños.

Madre, me podrás ayudar en los momentos difíciles si te tengo a mi lado por medio de tu presencia bien cercana y por medio de las jaculatorias.

Si me esfuerzo en saludar a tus imágenes  tal vez llevando una estampa en la cartera, como los novios tienen el retrato de la novia para mirarla de vez en cuando, si trato de rezar el rosario con atención, el Ángelus a mediodía y las tres avemarías por la noche, cuando me encuentre a oscuras o en peligro, tú me defenderás y me llevarás a la luz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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