DOMINGO DIECINUEVE DEL TIEMPO ORDINARIO-A
«Inmediatamente después
Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la
otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, despedida la multitud, subió
al monte a orar a solas; y después de anochecer permanecía él solo allí.
Entretanto la barca estaba ya alejada de tierra muchos estadios, batida por las
olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino
hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos caminando
sobre el mar se turbaron y decían: Es un fantasma; y llenos de miedo empezaron
a gritar. Pero al instante Jesús comenzó a decirles: Tened confianza, soy yo,
no temáis. Entonces Pedro le respondió: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a
ti sobre las agitas. Él le dijo: Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a
andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era tan fuerte se
atemorizó y, al empezar a hundirse, gritó diciendo: ¡Señor sálvame! Al punto
Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué
has dudado? Y cuando subieron a la barca cesó el viento. Los que estaban en la
barca le adoraron diciendo: verdaderamente tu eres Hijo de Dios.» (Mateo 14, 22-36)
1º. Jesús,
acabas de multiplicar los panes y los peces.
Cinco mil
personas han comido hasta saciarse y te quieren hacer rey.
Pero Tú te
vas al monte «a orar a solas.»
De tu
oración con el Padre sacas la fuerza para hacer estos milagros.
Además, me
das un buen ejemplo: que no deje nunca esa oración personal, «a solas,» cara a cara
contigo, con el Padre y con el Espíritu Santo.
Mientras,
en la barca, los apóstoles están luchando contra el viento, que «les era contrario».
A veces,
Jesús, no avanzo en mi vida interior, o tengo alguna contrariedad en mi vida
profesional, familiar o social.
Y parece
que estás lejos, que no me ves luchar o sufrir.
Desde la
montaña donde estabas rezando, ves las dificultades de los apóstoles y vienes
en su ayuda «caminando sobre el mar».
Si te pido
ayuda, fortaleza o fe, tarde o temprano aparecerás y me dirás: «ten confianza, soy yo, no tenias».
Detrás de
aquel suceso, de aquella contrariedad, de aquella dificultad, estoy yo: «no temas, ten confianza.»
Pedro
empezó a caminar sobre las aguas cuando le llamaste, sin temer las dificultades
objetivas que tenía para llegar a ti.
Jesús, que
no te tenga miedo.
Que no
tema acercarme a Ti, comprometerme, si me llamas.
Aunque sea
más cómodo quedarme en mi barca; aunque afuera haga mucho viento; aunque lo que
me pidas sea «imposible», dame la fe de Pedro para responder a tu palabra: Ven.
2º. «Cuando
pierdes la calma y te pones nervioso, es como si quitaras razón a tu razón.
En esos
momentos, se vuelve a oír la voz del Maestro a Pedro, que se hunde en las aguas
de su falta de paz y de sus nervios: «¿por qué has dudado?» (Surco.-805).
«Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia
Jesús».
Decirte
que si, entregarte algo que me pides y que me cuesta darte, es como salir de la
barca -donde hay cierta seguridad- y empezar a caminar sin suelo bajo los pies:
parece algo imposible para mí.
Y es
cierto, porque yo solo no puedo nada.
Pero con
tu ayuda, Jesús, lo puedo todo.
«Abrid de
par en par vuestras puertas a Cristo. ¿Qué teméis? Tened confianza en El.
Arriesgaos a seguirlo. Eso exige evidentemente que salgáis de vosotros mismos,
de vuestros razonamientos, de vuestra «prudencia», de vuestra indiferencia, de
vuestra suficiencia, de costumbres no cristianas que habéis quizá adquirido.
Sí; esto pide renuncias, una conversión, que primeramente debéis atreveros a
desear a pedirla en la oración y comenzar a practicar. Dejad que Cristo sea
para vosotros el camino, la verdad y la vida. Dejad que sea vuestra salvación y
vuestra felicidad» (Juan Pablo II).
Puede pasar
que, tras los primeros pasos en el cumplimiento de ese propósito de seguirte,
me canse, o vea con mayor claridad los defectos o las dificultades que tengo
que vencer.
Y si, al
ver que no puedo, me pongo nervioso, entonces aún me hundo más.
Es el momento
de gritarte: «¡Señor, sálvame!»,
a la vez que me dejo ayudar en la dirección espiritual.
Si actúo
con esa humildad, Tú no tardarás en levantarme: «Al punto Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de
poca fe, ¿por qué has dudado?»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Cuando estaban en Galilea les
dijo Jesús: El Hijo del Hombre debe ser entregado en manos de los hombres, que
lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y se pusieron muy tristes.
Llegados a Cafarnaún, se
acercaron a Pedro los recaudadores del tributo y le dijeron: ¿No va a pagar
vuestro Maestro la didracma? Respondió. Sí. Al entrar en la casa se anticipó
Jesús y le dijo: ¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los
reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños? Al responderle que de los
extraños, le dijo Jesús: Luego los hijos están exentos; pero para no
escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo,
ábrele la boca y encontrarás un estárter; tómalo y dalo por mí y por ti.» (Mateo
17,22-27)
1º. Jesús, qué lógica la reacción de los apóstoles
ante tu anuncio de la Pasión.
Al principio Pedro quiso
que cambiaras de idea.
Pero ahora aunque siguen
sin entenderlo muy bien se dan cuenta de que va en serio: vas a ser entregado «en manos de los hombres» y te
matarán.
«Y se pusieron muy tristes.»
Han aprendido a quererte
de verdad; lo han dejado todo por Ti, y ahora les dices que te van a matar.
Pobres apóstoles.
No entendían aquella
muerte tan injusta.
Y mucho menos aún
entendían lo de que ibas a resucitar al tercer día.
Por eso están tristes.
No entienden que la Cruz es el principio de la Resurrección: la
muerte es la puerta de la vida.
Y esta verdad se aplica
también a mi vida.
Como dice San Pablo: «Si
somos hijos de Dios, también herederos: herederos de Dios, y coherederos de
Cristo, con tal de que padezcamos con él, para ser con El glorificados»(Romanos 8,17).
Jesús, me pides que
muera a mi mismo a mis caprichos, a mi soberbia, a mi comodidad de modo que Tú puedas vivir en mí.
Por eso la Cruz es la señal del
cristiano.
Para que Tú me
reconozcas como uno de los tuyos, como hijo de Dios y por tanto heredero de la
gloria, mi vida diaria debe estar marcada con esta señal.
2º. «Se ha promulgado un
edicto de César Augusto, que manda empadronarse a todos los habitantes de
Israel. Caminan María y José hacia Belén... ¿No has pensado que el Señor se sirvió del acatamiento puntual a uno
ley, para dar cumplimiento a su profecía?
Ama y respeta lo normas
de una convivencia honrada, y no dudes de que tu sumisión leal al deber será,
también, vehículo para que otros descubran la honradez cristiana, fruto del
amor divino, y encuentren a Dios» (Surco.-322).
Jesús, después de dejar
claro a Pedro que Tú eres el Hijo de Dios, y que por tanto no estabas sujeto a
pagar un impuesto que era para el culto divino -los hijos están exentos-, prefieres «no escandalizarlos» y
cumplir con aquel deber, que se había convertido en una obligación cívica por
la ley judía de aquellos tiempos.
De este modo, además, me
muestras -como ya lo habían hecho José y María con el edicto del César- que
debo cumplir las leyes civiles, siempre y cuando sean acordes con una convivencia
honrada, es decir, con las normas de la moral natural.
Pagar unos impuestos justos,
seguir las normativas legales en los negocios, obedecer las leyes de tráfico o
las indicaciones de la autoridad competente, son también deberes cristianos.
«Lo autoridad sólo se
ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para
alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen
leyes injustas o tomasen medidos contrarias al orden moral, estas disposiciones
no pueden obligar en conciencia. En semejante situación, la propia autoridad se
desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa»
(C. I. C.-1903).
De la misma manera que
mi amor a Ti me debe llevar a obedecer las leyes justas, ese mismo amor me debe
llevar a oponerme a las leyes injustas con todos los medios de que disponga.
Leyes como la que
permite el aborto o la que impide la libertad en la educación, chocan
frontalmente contra la ley natural y, por tanto, contra la fe.
No puedo desentenderme
del deber de luchar para que las leyes de la sociedad sean justas, acordes con
la ley natural.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Martes
«En aquella ocasión se acercaron los
discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino
de los Cielos? Entonces, llamando a un niño, lo preso en medio de ellos y dijo:
En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis
en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es
el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi
nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, pues os
digo que sus ángeles en los Cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre
que está en los Cielos.
¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien
ovejas se le pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte e
irá a buscar a la que se ha perdido? Y si llega a encontrarla, os aseguro que
se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido.
Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se
pierda ni uno solo de estos pequeños.» (Mateo 18, 1-5.10.12-14)
1º. Jesús, «¿quién es el mayor
en el Reino de los Cielos?»; ¿quién es el más santo?; ¿quién
se parece más a Ti?
Y me respondes: el que se convierte
y se hace pequeño «como los niños».
Esta es una de las paradojas de tu
doctrina: el que quiera ser mayor a tus ojos, debe hacerse el menor a los ojos
de los hombres.
Y
para ello, es necesario convertirse, cambiar de vida, rechazar todo orgullo,
aprender a pedir perdón con humildad.
No se trata de hacerse niño en
estatura o en falta de madurez, sino de obedecer con humildad la voluntad del
Padre Celestial: «el que se humille
como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.»
Además, es el único camino para
imitarte, Jesús, pues Tú mismo no buscaste otro fin que el obedecer la voluntad
de Dios: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).
Jesús, ¿busco en mi vida hacer la
voluntad de mi Padre Dios?
¿Intento pedirte luces en la oración
para que seas Tú quien me guíes en mi camino diario o, más bien, voy a lo mío,
según me parezca, según me interese o tenga ganas?
¿Me apoyo en la dirección
espiritual, dándome cuenta de que necesito ayuda para ver mejor y exigirme más?
2º. «Cristo espera mucho de tu labor.
Pero has de ir a buscar a las almas, como el Buen Pastor salió tras la oveja
centésima: sin aguardar a que te llamen. Luego, sírvete de tus amigos para
hacer bien a otros: nadie puede sentirse tranquilo -díselo a cada uno- con una
vida espiritual que, después de llenarle, no rebose hacia fuera con celo
apostólico» (Surco.-223).
Jesús, si he de intentar imitarte,
he de ser humilde: hacerme niño en lo espiritual, dejarme ayudar y aconsejar.
Pero eso no significa ser apocado,
tener una voluntad débil.
Al contrario: significa tener fuerza
de voluntad suficiente para decir muchas veces que no a mis intereses
personales y decir sí a lo que Tú me pides.
Y una cosa que me pides es que
también yo sea Buen Pastor con
los que me rodean.
No quieres que se pierda «ni uno solo» de los que
conviven conmigo.
Por eso he de sentir la
responsabilidad de salvar a todas las almas.
El
apostolado es una necesidad que nace del amor a Ti y del amor a los demás: es
el deseo de que los demás tengan también la suerte de encontrarte y amarte.
«Orad sin interrupción por los demás
hombres. Hay en ellos esperanza de conversión, una conversión que les conducirá
a Dios. Volveos hacia ellos, para que, por medio de vuestras obras, se hagan
discípulos vuestros. Ante su cólera estad llenos de dulzura. Ante su
jactancia tened sentimientos de humildad. Ante sus blasfemias, estad en
oración. Ante sus errores, permaneced firmes en la fe. Ante sus violencias, sed
pacíficos, sin imitarlos» (San Ignacio de Antioquia).
Si me veo impotente ante la tarea de
salvar a todas las almas, al menos puedo empezar por mis amigos.
Luego, sírvete de tus amigos para
hacer bien a otros.
Y poco a poco, iremos devolviéndote,
Jesús, esas ovejas perdidas.
Además, tengo un aliado silencioso
en el apostolado: el ángel custodio de la persona que trato de acercarte.
Él está «viendo siempre el rostro de Dios», y también desea
ardientemente acercarlo a Ti.
Por eso, me hará muchos favores en
mi labor apostólica, si se los pido.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
«Si tu hermano peca contra ti, ve
y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no
escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede
firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos,
díselo a la Iglesia. Si
tampoco quiere escuchar a la
Iglesia, tenlo por pagano y publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis
en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra
quedará desatado en el Cielo.
Os aseguro también que si dos de
vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran
pedir; mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o
tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
(Mateo 18, 15-20)
1º. Jesús, hoy me enseñas una de las consecuencias
del mandamiento nuevo: si he de amar a los demás como Tú los amas, tengo
también la responsabilidad de intentar que rectifiquen cuando su comportamiento
no es el que debería ser.
Esta responsabilidad se
llama corrección fraterna: corregir
al hermano.
«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano;» le habrás hecho el mayor
favor, le habrás mostrado que le quieres de verdad.
En mi apostolado de
cristiano corriente, además de abrir horizontes espirituales a los que me
rodean mostrándoles la belleza del camino de santidad, debo advertirles -sin
ofender, con cariño- aquellas cosas que no hagan bien.
Es un deber cristiano,
como lo es el deber de ayudar a los que están necesitados en el terreno
material.
Pero no es suficiente
con señalar los defectos.
Lo que me pides, Jesús,
es que les ayude a mejorar: con mi oración, con mi ejemplo y con mi palabra.
Jesús, me has dado un
gran medio para ayudar a mis amigos a ser mejores: la Confesión.
Este sacramento no sólo
perdona los pecados, sino que además da fuerzas para luchar en aquello de lo
que uno se confiesa.
Les has dado a los
apóstoles y a través de ellos a los
sacerdotes el poder de atar y desatar: el poder de
perdonar los pecados y administrar tu gracia.
¡Qué gran complemento a
la corrección fraterna es el llevar a mis amigos a la Confesión!
Toda la virtud de la
penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con
profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la
reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un
corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y
la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo
espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una
verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los
hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios» (C.
I. C.-1468).
2º. «¿No es raro que muchos
cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen
prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el
descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su
afán de recortar; de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del
Altar? (Camino.-530).
Jesús, hoy me haces una
promesa que debo recordar a menudo: «donde hay dos o
tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
Quieres que los cristianos
nos reunamos en tu nombre para rezar, para pedir cosas al Padre.
De ahí la importancia de
rezar en familia, hacer la oración acompañado de otros, y de muchas costumbres
en las que los cristianos se reúnen para rezar: procesiones, romerías, etc.
Jesús, Tú estableciste
que la reunión de cristianos por excelencia fuera la Santa Misa: «haced
esto en memoria mía» (Lucas
22,19).
En la Santa Misa, Tú estás en
medio de nosotros de manera muy especial: te haces presente en la Eucaristía con tu
cuerpo y sangre, alma y divinidad.
Por eso, la Santa Misa es el mejor
lugar para pedirte lo que necesito, y también para alabarte, darte gracias y
pedirte perdón.
Si esto es así, ¿no
es raro que muchos cristianos se sientan urgidos para recortar el tiempo
dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?
Jesús, lo que pasa es
que me falta fe para descubrir tu presencia en la Misa.
Auméntame mi fe.
Precisamente la Misa es el mejor momento para
pedirte que aumentes mi fe, especialmente en la Consagración y en la Comunión, pues la Eucaristía es el
Sacramento de nuestra Fe.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
También se puede meditar La Asunción de Nuestra Señora: Víspera
«Entonces, acercándose Pedro, le
preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque
contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces,
sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser
semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer
cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía
pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo
que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le
suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de
aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo,
encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo
ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies,
le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y
lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo
ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había
pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he
perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener
compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo
entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con
vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.»
(Mateo 18, 21-35)
1º. Jesús, en una cultura donde dominaba la ley del
Talión -ojo por ojo y diente por diente- perdonar dos veces era ya demasiado.
Cuando Pedro te pregunta cuántas veces debe perdonar, se responde -como
llegando al límite-: «¿hasta siete? No
te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que
es como decir: hay que perdonar siempre.
Pedro intentaba ser
generoso, pero a lo humano.
Tú le elevas el nivel:
hay que imitar a Dios, que es infinitamente misericordioso.
Y para que le quede
claro, le explicas la parábola del siervo despiadado: su señor le ha perdonado
diez mil talentos -unos setenta millones de denarios- y él no es capaz de
perdonar cien denarios a su compañero.
Jesús, a veces pienso
que lo que alguien me ha hecho es imperdonable, y no me doy cuenta de que eso
-que me parece enorme- es como cien denarios comparado con los setenta millones
que Tú me has perdonado muriendo en la cruz.
«Dios a nadie aborrece y
rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón
endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (San Juan
Crisóstomo).
Si quiero ser tu
discípulo, si quiero imitarte, he de aprender a «perdonar a lo divino».
Y para ello necesito
primero «amar a lo divino».
Enséñame a amar a los
demás como Tú los amas.
2º. «Conforme: aquella
persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino.-686).
Jesús, cuántas veces
debo recurrir a este pensamiento tan simple, para no dejarme llevar de mis
pasiones perdiendo la objetividad.
Conforme: aquella
persona ha sido mala contigo; no debía haberse comportado así.
Pero
calma.
¿No he sido yo peor con
Dios?
Y Tú me perdonas una vez
y otra.
¿No voy a intentar hacer
lo mismo con mi prójimo?
Además, aquello que me
parece tan grave, a veces es fruto de una confusión, o de un fallo sin mala
intención; de modo que la otra persona no tiene la culpa o, al menos, toda la
culpa.
Mi enfado puede ser
injusto y, por supuesto, no arregla nada.
Mientras
que si se aclaran las cosas con serenidad, muchas veces el problema se
desvanece.
Jesús, si me enfado, no
es por mi carácter.
Es por mi falta de
carácter y de visión sobrenatural.
Ayúdame a saberme
contener cuando me enfade.
Ayúdame a saber
disculpar, a ver el lado positivo, sin caer en la ingenuidad.
Ayúdame a mirar a todos
con aquella mirada tuya siempre amorosa, incluso con aquellos que te clavaron
en la cruz.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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14-Agosto.
Asunción de Nuestra Señora: Víspera
«Sucedió que mientras él estaba
diciendo esto, una mujer de en medio de la multitud, alzando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él
replicó: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
guardan». (Lucas
11, 27-28)
1º. Jesús, la mujer que hoy alaba a tu
Madre, pertenece a la segunda de una ininterrumpida serie de generaciones que
han felicitado y acudido a la
Virgen María.
Se cumple así la profecía que tu
Madre hizo de si misma: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las
generaciones. Porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas
1,48-50).
«Todas las generaciones me llamarán
dichosa, dijo María en su cántico profético; «Bendita tú eres entre todas las mujeres y
bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Le responden a eco, a lo
largo de los tiempos, pueblos de todas las latitudes, razas y lenguas. Unos más
esclarecidos, otros menos, los fieles cristianos no cesan de recurrir a Nuestra
Señora, la Santa Madre
de Dios: en momentos de alegría, invocándola «causa de nuestra
alegría»; en momentos de aflicción, llamándola «consoladora
de los afligidos», y en momentos de desvarío, implorándola «Refugio
de los pecadores» (Juan Pablo II).
Pero antes que la mujer del
Evangelio, María ya había sido elogiada.
El ángel Gabriel le saluda: «Dios
te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lucas 1,28).
Y días después, su prima Isabel la
recibe en su casa con estas palabras: «Bendita tú entre las mujeres y
bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1,42), y «bienaventurada tú
que has creído» (Lucas 1,45).
Estos primeros elogios me dan la
clave, Jesús, para entender tu respuesta a la mujer del Evangelio de hoy: María es bienaventurada, no sólo por el hecho físico de
haberte «criado», sino por el hecho sobrenatural de haber «creído» en tu
palabra y haberla guardado.
2º. «Pero, fijaos: si Dios ha querido
ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron
ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni
el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en
alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los
pechos que te alimentaron», el Señor responde: «Bienaventurados más bien los
que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». Era el elogio de su
Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias,
que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y
silencioso de cada jornada» (Es Cristo que pasa.-172).
Madre, tú has sabido escuchar la
palabra de Dios con humildad, con el oído atento para captar qué es lo que Él quería
de ti en cada momento: «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su
corazón» (Lucas 2,4).
Por eso eres, con razón,
maestra de oración.
Ayúdame a tener más
intimidad con tu hijo Jesús: que también yo sepa escuchar lo que Él me pide,
que no deje de tener cada día un tiempo reservado para ponderar sus palabras en
mi corazón.
Además, Madre, eres
modelo de entrega, porque has sabido poner en práctica la palabra de Dios hasta
las últimas consecuencias.
Enséñame a entregarme de
verdad a Dios sin hacer cosas raras ni aparatosas.
Ayúdame a encontrar la
santidad en los pequeños detalles de cada día: en el trabajo bien hecho y
ofrecido, en los detalles de servicio escondido y silencioso, en el deseo
sincero de hacer el bien.
Madre, a ti no te fueron
ahorrados ni el dolor, ni el cansancio en el trabajo, ni el claroscuro de la
fe.
Ayúdame cuando me
encuentre en dificultad; compórtate conmigo como con Jesús, puesto que eres
también mi madre: aliméntame, cuídame, enséñame, y haz que crezca sano y fuerte
en esta vida sobrenatural a la que he nacido con el bautismo.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
También se puede meditar La Asunción de Nuestra Señora
«En esto, se acercaron a él unos
fariseos y le preguntaron para tentarle: ¿Es lícito a un hombre repudiar a su
mujer por cualquier motivo? Él respondió: ¿No habéis leído que al principio el
Creador los hizo varón y hembra, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su
padre y a su madre y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne? Así,
pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo
separe el hombre. Ellos le replicaron: ¿Por qué entonces Moisés mandó dar el
libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: Moisés os permitió repudiar a
vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no
fue así. Sin embargo yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer -a no ser
por fornicación- y se una con otra, comete adulterio.
Dícenle
sus discípulos: Si tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no
trae cuenta casarse. El les respondió: No todos son capaces de entender esta
doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, hay eunucos
que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado
por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el
Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender; que entienda.»
(Mateo 19, 3-12)
1º. Jesús, hoy en día es más importante que nunca
-si cabe- tener clara la doctrina sobre el matrimonio que Tú, creador del
género humano, nos has enseñado: «lo que Dios unió,
no lo separe el hombre».
Con el matrimonio, Dios
une al hombre y la mujer de tal modo que «ya no son dos,
sino una sola carne».
Pero seguimos siendo libres, y podemos separar lo que Tú has
unido, igual que podemos destruir la naturaleza que Tú has creado.
«El amor de los esposos
exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad
de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son
dos sino una carne». Están llamados a crecer continuamente en su comunión a
través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total. Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada
por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio»
(C. I. C.-1644).
Jesús, no hace falta
tener fe para ver los efectos desastrosos del divorcio en la sociedad: familias
rotas, niños que crecen sin aquel amor familiar al que tenían derecho, y el
desengaño, la incertidumbre y el egoísmo que provoca en los esposos.
Tú nos has creado, y
sabes mejor que nosotros mismos qué es lo que nos conviene.
Jesús, en los momentos
más o menos difíciles que siempre llegan en la vida matrimonial mía o de mis personas queridas- ayúdame a
tener fe en la verdad de tu palabra, esperanza en la eficacia de tu gracia, y
amor al sacrificio de la Cruz.
Tú te sirves de ese
sufrimiento, de esa incomprensión o de ese revés para que me identifique más
contigo, para que me apoye más en Ti.
2º. «Hay que saber
entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero,
par iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se
queman junto al altar; y se consumen alumbrando hasta gastarse». (Forja,
44)
Jesús, me pides santidad
sea cual sea mi condición: soltero, casado, viudo, sacerdote.
En cualquier caso
quieres que mi trabajo y mis amores en la tierra no sólo no me aparten de Ti,
sino que sean el medio de acercarme más a Ti.
En el matrimonio, mi
santidad pasa por esa fidelidad conyugal y por la dedicación esmerada a mi
familia.
Pero a otras personas
les pides más.
Les pides que sean
célibes «por el Reino de los
Cielos».
Y ¿cómo puedo saber si
tengo una vocación especial?
«Quien sea capaz de entender, que entienda».
Si me doy cuenta de que
me necesitas, ¿cómo voy a ser más feliz que dándotelo todo?
¿Cómo te voy a dejar
solo, clavado en la Cruz
por mí?
Entender la necesidad de
entregarse por entero, como esas lámparas que se queman junto al altar, y se
consumen alumbrando hasta gastarse, es una de las señales de la vocación.
Porque «no todos son capaces de entender esta doctrina,
sino aquellos a quienes se les ha concedido.»
Si me entero, Jesús, es
porque me lo estás pidiendo.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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15-Agosto.
Asunción de Nuestra Señora
«Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la
montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y
en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e
Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita
tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto
bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu
saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que
has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del
Señor. María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios
mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso
desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho
en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo, cuya misericordia se
derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder
de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su
trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los
ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su
misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su
descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se
volvió a su casa».
(Lucas 1, 39-56)
1º. María se enteró, por el ángel, de que Isabel, la que
llamaban estéril, iba a tener un hijo.
No le costó mucho a la Virgen darse cuenta de que
la esclava del Señor tenía que ser, por ello mismo, esclava de los hombres.
Por eso, se puso en marcha hacia la
montaña donde vivía Isabel: desde Galilea a Judea, desde Nazaret a Aim-Karim.
El evangelio dice que fue «de prisa».
¡Qué buen ejemplo el de María en
este terreno!: darse prisa para el bien, «que los hijos de las tinieblas no
descansan y siembran cizaña cuando se duermen los hijos de la luz» (Mateo
13, 25).
Hay en esta actitud todo un mundo de
enseñanzas para nosotros.
«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.»
¿Cómo fue el saludo de María?
Pero más importante que la palabra
del saludo lo era la voz de María al saludar, esa voz del saludo, es decir, el
tono, el acento, el amor que llevaba.
Este saludo y esta voz
desencadenaron en Isabel un torrente de gracia y de alegría: Una voz que hacía
saltar de gozo al Bautista en el seno materno, y que llenaba a Isabel del
Espíritu Santo trayendo a sus labios una letanía de gloria: «-Bendita tú entre las mujeres y bendito el
fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que me visite la Madre de mi Señor? Dichosa
tú porque has creído.»
Piropos encendidos...
Alabanzas, aclamaciones...
Detrás de todos estos elogios está
el Espíritu Santo.
Es el Espíritu Santo quien impulsa
al culto y la veneración a la
Virgen.
La
Virgen
es bendita -como la llama Isabel- pues sobre ella se dijo la mejor palabra
salida de la boca de Dios: bendita por su divina Maternidad, bendita por su fe,
una fe que produce felicidad; bendita entre todas las mujeres, dichosa porque
ha creído, santa Madre de Dios.
2º. El Magníficat
Ante el raudal de alabanzas que se
le prodiga, la humildad de María se vuelve hacia Dios para referírselo todo a
El.
Nunca se queda la Virgen con la gloria.
La gloria es de Dios.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios,
mi Salvador.»
En estos dos verbos está contenida
la actividad espiritual de María Santísima.
Esta es la actitud de la Virgen, colmada ella como
nadie de la plenitud del Espíritu Santo, cantar la gloria de Dios.
Pero hay dos verbos también, en el
Magnificat, que expresan la acción de Dios sobre la Virgen: «Miró la humillación de su esclava,
hizo en ella cosas grandes»
La mirada de Dios sobre la actitud
humilde de la Virgen
que se hace pequeña y se anonada y se considera -se sabe- esclava del Señor.
¡Cómo descansa la mirada de Dios en
una persona así!
Este verbo indica una mirada de
predilección.
Mirada de amor de preferencia por la Virgen, por la pequeñez de la Virgen, por su profundísima
humildad.
«Hizo en mí cosas grandes.»
Dios es el Hacedor. Cosas grandes
ciertamente.
Pero Dios hizo cosas grandes sobre
todo en María: la hizo Inmaculada desde el primer instante de su concepción, la
colmó de gracia, la llevó hasta los linderos de la divinidad por la grandeza de
la divina maternidad, la hizo corredentora al pie de la Cruz, la constituyó Medianera
universal de todas las gracias, la llevó en cuerpo y alma a la gloria del
cielo, la coronó como Reina y Señora de todo lo creado...
Esta es la actitud de Dios con la Virgen.
¿Y cuál es la actitud de los
hombres, de nosotros?
Ella lo dice en una palabra: «me
llamarán dichosa.»
Nosotros, según la enseñanza de
Cristo, llamamos dichosos, bienaventurados, a los pobres, a los mansos, a los
que tienen hambre y sed de justicia...
Pero todos estos adjetivos se
concentran en María.
Llamamos dichosa a María.
Clamaría después una mujer del
pueblo hablando con Jesús: «Dichoso el
vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Y todas las generaciones del mundo
harán lo mismo: «me felicitarán.»
Desgraciado aquel que no lo haga,
que se niegue a proclamarla bienaventurada y a bendecirla precisamente a causa
de su disponibilidad, su amor y entrega a Dios.
Pienso que quien la alabe y la
felicite de todo corazón tendrá en sí el alma de María, el espíritu de María,
para engrandecer a Dios y exultar de gozo en el Señor.
La actitud del cristiano con María
es manifestativa de la actitud del cristiano con Dios.
3º. San Lucas termina este pasaje diciendo que la visita de
María duró unos tres meses, es decir, hasta el tiempo en que Isabel dio a luz.
Duró su visita mientras hizo falta,
mientras fueron necesarios sus servicios.
«Y luego volvió a su casa» -dice el evangelio.
Es el don de la oportunidad, que en
sumo grado tenía la Virgen.
También estará en las bodas de Caná,
ayudando, sirviendo, dándose cuenta la primera de que escaseaba el vino, y
luego desapareciendo otra vez.
Hacer y desaparecer.
Es el gozo de servir.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Diecinueve Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
«Entonces le presentaron unos niños, para que les impusiera las manos y
orase; pero los discípulos les reñían. Ante esto, Jesús, dijo: Dejad a los
niños que vengan a mí, porque de éstos es el Reino de los Cielos. Y después de
imponerles las manos, se marchó de allí» (Mateo 19, 13-15)
1º. Jesús, ¿por qué los discípulos riñen a los que te
presentaban a esos niños?
Claramente esas personas tienen una
buena intención: que les impongas tus manos y que ores por ellos.
Sin embargo, probablemente los
discípulos pensaran que era una pérdida de tiempo para el Maestro tener que
atender a unos niños, pues todavía no eran capaces de entender tu mensaje.
Tu respuesta es clara: «dejad
a los niños que vengan a mí».
Hay gente que no quiere bautizar a
los niños porque prefieren esperar a que puedan decidir por sí solos.
Tal vez sin darse cuenta, les están
impidiendo que se acerquen a Ti.
Además, de esta manera, les
dificultan la posibilidad de que te encuentren en el futuro.
Al igual que una buena madre da a
sus hijos pequeños el mejor alimento, sin dejar que escojan, es lógico que les
den también el mejor alimento espiritual, la puerta de toda gracia: el
Bautismo.
«Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el
pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo
para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la
libertad de los hijos de Dios, a la que todos lo hombres están llamados. La
pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el
bautismo de niños. Por tanto, la
Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia
inestimable de ser hijos de Dios si no le administraran el Bautismo poco
después de su nacimiento.» (C. I. C.-1250)
«Porque de éstos es el Reino de los
Cielos.»
Jesús, quieres que yo también sea
pequeño en mi vida espiritual: que me sienta necesitado de tu ayuda, que confíe
plenamente en Ti, que no me asuste ante las dificultades, que no me avergüence
confesar mis pecados, que sepa amar con ternura, que me invada la seguridad,
alegría y paz propia de saberme hijo pequeño de Dios.
2º. «Cuando éramos pequeños, nos pegábamos a nuestra madre, al pasar por
caminos oscuros o por donde había perros.
Ahora, al sentir las tentaciones de la carne, debemos juntarnos
estrechamente a Nuestra Madre del Cielo, por medio de su presencia bien cercana
y por medio de las jaculatorias.
Ella nos defenderá y nos llevará a la luz» (Surco 847).
María, Jesús quiso -desde la Cruz- que te tratara como
madre.
Sabía que, aunque la gracia que me
estaba consiguiendo con su sacrificio es más que suficiente para que me haga
santo, iba a necesitar la ayuda de aquélla que era Inmaculada y Reina del
Universo.
María, tú me quieres con amor de
madre, me comprendes, me disculpas, estás pendiente de mí, como lo está una
madre de su hijo pequeño.
El problema es que, a veces, yo no
estoy tan pendiente de ti: voy a mi aire, por mi cuenta, sin atender a tus
consejos y a tus cuidados.
Y en los momentos de debilidad, al
sentir las tentaciones de la carne, me encuentro solo, perdido, sin fuerzas.
He querido ser mayor en la vida
espiritual, y me he olvidado de que el Reino de los Cielos es para los que se
hacen como niños.
Madre, me podrás ayudar en los
momentos difíciles si te tengo a mi lado por medio de tu presencia bien cercana
y por medio de las jaculatorias.
Si me esfuerzo en saludar a tus
imágenes tal vez llevando una estampa en
la cartera, como los novios tienen el retrato de la novia para mirarla de vez
en cuando, si trato de rezar el rosario con atención, el Ángelus a mediodía y
las tres avemarías por la noche, cuando me encuentre a oscuras o en peligro, tú
me defenderás y me llevarás a la luz.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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