DOMINGO VEINTE DEL TIEMPO ORDINARIO–A
«Después que Jesús partió
de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea,
venida de aquellos contornos, se puso a gritar: ¡Señor Hijo de David, apiádate
de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio. Pero él no le
respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo:
Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El respondió:
No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no
obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor ayúdame! El le
respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
Pero ella dijo: Es verdad, Señor pero también los perrillos comen de las
migajas que caen de las mesas de sus amos. Entonces Jesús le respondió: ¡Oh
mujer grande es tu fe! Hágase como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel
instante. (Mateo 15, 21-28)
1º.
Jesús, la mujer cananea del Evangelio de hoy me enseña una gran lección
-lección de fe, lección de humildad y lección de perseverancia- a la hora de pedirte lo que necesito para mi
o para mis seres queridos.
Ojalá aprenda de ella esta triple lección, y como ella consiga de Ti las gracias que necesito.
+Lección de fe.
La
fe es el primer requisito para que mi oración sea escuchada.
Jesús,
Tú siempre pides fe antes de hacer un milagro.
«Todo es
posible para el que cree» (Marcos
9,23).
A
veces, como en el caso de hoy, pones esa fe a prueba.
Incluso
puede parecer que no me escuchas, que no me quieres.
Haces
como el padre que enseña a andar a su hijo: se separa unos pasos, y cuando el
niño -con gran esfuerzo- va a llegar a su padre, él se separa un poco más.
No
se separa porque no le quiera, sino para que aprenda a caminar.
Cuando
me pides más fe, no me dejas sólo.
Me
estás esperando, para poder decirme: «¡grande es tu fe!
Hágase como tú quieres.»
+Lección de humildad.
«Se acercó y se postró ante él, diciendo: ¡Señor,
ayúdame!»
Esta
es la actitud del alma humilde que se ve necesitada.
Yo
también he de acercarme a Ti, y pedirte con humildad: ¡Jesús,
ayúdame! Sé que no me merezco nada, después de lo poco que he hecho por Ti.
«Es verdad Señor, pero también los perrillos comen
de las migajas que caen de las mesas de sus amos».
Aunque
no me lo merezca, Jesús, ¡ten piedad de mí!
2º.
«Persevera en la oración. -Persevera, aunque tu
labor parezca estéril. -La oración es siempre fecunda» (Camino.-101)
+Lección de
perseverancia.
Los
discípulos te piden que atiendas a la mujer cananea pues «viene
gritando detrás de nosotros.»
No
se cansa de pedir, a pesar de que Tú no le respondes.
Ni
siquiera se rinde cuando le pones a prueba diciendo que has sido enviado sólo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
«No
por eso desmaye y deje la oración y de
hacer lo que todas, que a las
veces viene el Señor muy tarde, y paga tan bien y tan junto como
pagó en muchos anos» (Santa
Teresa.-Camino de perfección).
Esta mujer no se
cansa, y por eso recibe.
Persevera en la oración.
Jesús,
que no me canse de pedir siempre lo mismo, si hace falta.
Sé
que me escuchas y que me atiendes, pero soy como un niño pequeño que, a veces,
pide lo que no conviene o en un momento que no conviene.
Lo
que puedo aprender de los niños pequeños es su perseverancia en el pedir: piden
y piden, hasta que reciben.
«Persevera,
aunque tu labor parezca estéril.»
Jesús,
aunque parezca inútil mi esfuerzo, mi dedicación, mi petición, Tú quieres que
siga pidiendo.
El
simple hecho de pedirte cosas, me fortalece espiritualmente: aumenta mi fe, mi
esperanza y mi amor a Ti, me aumenta la gracia.
Por
eso, a veces, Tú prefieres esperar un poco, y aprovechar esa necesidad mía para
que pida más y, por tanto, para darme más gracia.
Que
me convenza, Jesús, de que la oración
es siempre fecunda.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de
Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A.
Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Lunes
«Y se le acercó uno, y le dijo: Maestro, ¿qué
cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? El le respondió: ¿Por qué
me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno. Por lo demás, si quieres
entrar en la Vida,
guarda los mandamientos. Le preguntó: ¿Cuáles? Jesús le respondió: No matarás,
no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre
y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Díjole el joven: Todo esto lo he guardado. ¿Qué me
falta aún? Jesús le respondió: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes
y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme. Al
oír el joven estas palabras se marchó triste, pues tenía muchas posesiones.» (Mateo
19, 16-22)
1º. Jesús, hoy considero contigo la escena del joven rico.
Quería saber qué «cosas buenas» debía hacer para ser
santo, para «alcanzar la vida
eterna».
Tu respuesta es sencilla: «guarda los mandamientos.»
Algunos mandamientos están escritos
en forma negativa no porque se trate de «no hacer» cosas malas, sino porque el
único límite está en el mínimo.
Guardar los mandamientos -que es más que el
simple cumplir- consiste en hacer cosas buenas, y ahí
-en lo positivo- no hay límite.
«El Decálogo se comprende ante todo
cuando se lee en el contexto del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador
de Dios en el centro de la antigua Alianza. Las «diez palabras», bien sean
formuladas como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos
positivos (como «honra a tu padre y a tu madre»), indican las condiciones de
una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de
vida» (C. I. C.-2057).
No hay límite en amar a los padres o
al prójimo; no hay límite en la virtud de la sinceridad, de la pureza o de la
justicia; y mucho menos hay límite en amar a Dios sobre todas las cosas.
«¿Qué
cosas buenas debo hacer? Guarda los mandamientos».
Jesús, que no me confunda: guardar
los mandamientos no es un conjunto de limitaciones, sino una guía, un compendio
de direcciones que debo seguir para «entrar
en la Vida.»
Esas direcciones que marcan los
mandamientos son las virtudes; especialmente las virtudes teologales -fe,
esperanza y caridad- y las virtudes morales -prudencia, justicia, fortaleza y
templanza-.
Mi vida cristiana consiste en luchar
por mejorar en las virtudes.
Por eso, la Iglesia no proclama santa
a una persona sin demostrar antes que ha vivido las virtudes en grado heroico.
2º. «Me dices, de ese amigo tuyo, que
frecuenta sacramentos, que es de vida limpia y buen estudiante. -Pero que no
«encaja»: si le hablas de sacrificio y apostolado, se entristece y se te va.
No te preocupe. -No es un fracaso de
tu celo: es, a la letra, la escena que narra el Evangelista: «si quieres ser
perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres» (sacrificio)... «y
ven después y sígueme» (apostolado).
El adolescente «abiit
tristis» -se
retiró también entristecido: no quiso corresponder a la gracia»
(Camino.-807).
Jesús, guardar los mandamientos,
crecer en las virtudes, es un programa válido para todo cristiano.
La llamada a la santidad es
universal: de todos esperas esa lucha por vivir las virtudes en grado heroico.
Pero a algunos les pides más,
dándoles una gracia interior que les hace preguntarse: «¿qué
me falta aún?»
¿No podría hacer más por Ti?
«Vende
cuanto tienes y dalo a los pobres; luego ven y sígueme.»
Jesús, cuando llamas a alguien a
seguirte más de cerca, no le pides solamente unas cosas buenas, sino todo: recursos
materiales, ilusiones profesionales, tiempo, y -sobre todo- el corazón; ese
corazón que has creado para amar y que, al entregártelo, se hace aún más capaz
de amar.
De esta manera, Jesús, el apóstol
vive en el mundo con un corazón ensanchado, engrandecido por tu cercanía y por
el trato íntimo contigo, pues Tú eres el verdadero Amor.
Y ese Amor se vuelca en obras de
caridad para con las demás personas, y tiene como fruto característico la
alegría: una alegría inmensa -lo
contrario de la tristeza con la que se marchó el joven rico- que nada ni nadie
puede arrebatar.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de
Navarra. S. A. Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Martes.
«Jesús dijo entonces a sus
discípulos: En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los
Cielos. Es mas, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una
aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.
Cuando oyeron esto sus
discípulos, quedaron muy asombrados y decían: Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús, fijando su mirada en ellos, les dijo: Para el hombre esto es imposible,
para Dios, sin embargo, todo es posible. Entonces Pedro tomó la palabra y le
dijo: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué
recompensa tendremos?
Jesús respondió: En verdad os
digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de
gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce
tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa,
hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre,
recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros
serán últimos y muchos últimos serán primeros.» (Mateo
19, 23-30)
1º. Jesús, ante la respuesta negativa del joven
rico cuando Tú le llamas a dejarlo todo y seguirte, adviertes a tus discípulos:
«difícilmente entrará un rico en el
Reino de los Cielos.»
Quieres aprovechar el
ejemplo para enseñarles que «no se puede servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6,24).
Son dos fines que se
excluyen: o Tú eres mi último fin o, en el fondo, mi último fin soy yo mismo:
tener, dominar, pasármelo bien, sobresalir.
El tema no es tanto el
tener más o menos riquezas, sino el «servir a Dios o a las
riquezas», ser pobre o rico de espíritu.
Por eso, en las
Bienaventuranzas, dices: «Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»
(Mateo 5,3).
Se puede «servir a las riquezas» con muy
poco dinero, y al revés: con mucho dinero se puede «servir
a Dios».
Por eso, he de tener
cuidado de cómo pongo el corazón en las cosas materiales: un coche de tal
marca, un artículo de lujo, un capricho, una comodidad.
¿Uso lo que tengo con
moderación y con cuidado para que dure?
¿Me creo necesidades
superfluas?
Jesús, me pides que
tenga el corazón desprendido de lo material, que sepa prescindir de lo que
otros «necesitan» por lujo, capricho, comodidad o vanidad.
Sólo así seré pobre de
espíritu, que significa libre de espíritu: libre para amar a Dios y a los
demás.
2º. Te falta «vibración».
-Esa es la causa de que arrastres a tan pocos. -Parece como si no estuvieras
muy persuadido de lo que ganas al dejar por Cristo esas cosas de la tierra.
Compara: ¡el ciento por uno y la vida eterna!
-¿Te parece pequeño el «negocio»?» (Camino.-791).
Jesús, tu promesa es clara:«el ciento por uno y la vida eterna».
¿Qué más puedo pedir?
En ningún negocio voy a
obtener mayor rentabilidad.
Pero ocurre que, a
veces, no estoy muy persuadido de esto.
Para empezar, no te
acabo de dar ese uno que me pides: estudiar más en serio; dedicar tiempo
a mi familia, o al apostolado, o a algún servicio de caridad; o, tal vez,
entregar esos lazos de la sangre o de tipo profesional: «padre
o madre, o hijos, o campos».
Especialmente me pides
ese uno a la hora de dedicarte el tiempo que te mereces, acudiendo
frecuentemente a los sacramentos y a la oración.
Su amor es grande. Si
deseas prestarle, El está dispuesto. Si quieres sembrar El vende semilla; si
construir; Él te está diciendo: edifica en mis solares. ¿Por qué corres tras
los hombres, que nada pueden? Corre en pos de Dios, que por cosas pequeñas te
da otras que son grandes» (San Juan Crisóstomo)
Jesús, me falta
generosidad para darte el uno, y por eso no experimento el ciento que Tú me has
prometido.
Además, me falta fe para
captar la importancia de tu promesa: «la vida eterna».
¡Si tan sólo me diera
cuenta de que todo es nada en comparación con la vida eterna!
Aumenta, Jesús, mi fe y
mi generosidad para darte el uno que me pides, aunque ese uno sea el todo.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles
«El Reino de los Cielos es
semejante a un amo que salió al amanecer a contratar obreros para su viña.
Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su
viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la
plaza parados, y les dijo: Íd también vosotros a mi viña y os daré lo que sea
justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo
lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir v todavía encontró a otros
parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? Le
contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi
viña. A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a
los obreros y dales el jornal empezando por los últimos hasta llegar a los
primeros. vinieron los de la hora undécima y percibieron un
denario cada uno. Al
venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un
denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo, diciendo: A estos
últimos que han trabajado sólo una hora los has equiparado a nosotros, que
hemos soportado el peso del día y del calor: El respondió a uno de ellos:
Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conveniste conmigo en un
denario? toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No
puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que
yo sea bueno? Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.»
(Mateo 20, 1-16)
1º. Jesús, hoy también
llamas a los hombres a trabajar en tu viña.
A unos los llamas «al amanecer», a primera
hora, en plena juventud: les pides que trabajen toda la vida por Ti y por el
Reino de los Cielos.
A otros les llamas «hacia la hora de tercia, de sexta o de nona», a lo
largo de su madurez familiar y profesional, para que -a través de sus
obligaciones familiares y profesionales- trabajen también en tu campo.
Finalmente, llamas a
otros al final de su vida, para que se conviertan y puedan merecer el premio
final.
Antes o después, Jesús,
llamas a todos, porque Tú quieres que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad.
A todos llamas a la
santidad, de todos esperas amor y correspondencia a la gracia de la Redención.
No quieres que nadie
esté parado, ocioso, o perdiendo su vida en actividades que no dan frutos de
eternidad.
«¿Cómo
estáis aquí todo el día ociosos?»
Jesús, que cuando me
veas, no me tengas que preguntar: ¿qué estás haciendo?, ¿cómo es que estás
espiritualmente ocioso, en vez de estar trabajando en mi viña?
No
es que no haga nada, pero tal vez no hago las cosas en presencia de Dios, por
El y para El.
Las mismas cosas que
hago -trabajo, deporte, vida social- hechas con amor de Dios, podrían dar
frutos de santidad.
2º. «Has tenido una
conversación con éste, con aquél, con el de más allá, porque te consume el celo
por las almas.
Aquél cogió miedo; el
otro consultó a un «prudente», que le ha orientado mal... -Persevera: que
ninguno pueda después excusarse afirmando «quia nemo nos conduxit» -nadie nos
ha llamado» (Surco.-205).
Jesús, ésta es
precisamente la respuesta de aquellos hombres que habían derrochado el día
ociosamente: «nadie nos ha contratado», nadie
nos ha llamado para que vayamos y trabajemos en la viña.
Gracias, Jesús, porque a
mí me has llamado.
Por ser cristiano, estoy
llamado a ser santo, a trabajar por el bien de tu viña, que es la Iglesia.
«No os apenéis ni os
llenen de abatimiento. También los Apóstoles eran para unos olor de muerte, y
paro otros olor de vida. No demos nosotros motiva alguno a la maledicencia y
estaremos libres de toda culpa, o, para decirlo mejor, mayor aún será nuestro
gozo ante esas falsas acusaciones. Brille, pues, el ejemplo de nuestra vida, y
no hagamos ningún caso de las críticas. No es posible que quien de verdad se
empeñe por ser santo deje de tener muchos que no le quieran. Pero eso no
importa, pues hasta con tal motivo aumenta la corona de su gloria. Por eso, a
una sola cosa hemos de atender: a ordenar con perfección nuestra propia
conducta. Si hacemos esto, conduciremos a una vida cristiana a los que anden en
tinieblas» (San Juan Crisóstomo).
Que ninguno pueda después excusarse afirmando:
nadie nos ha llamado.
Jesús, es misión mía,
por cristiano, el anunciar la
Buenanueva
del Evangelio a los que están a mi alrededor.
Me pides que con el
ejemplo y con la palabra lleve a tu campo a los que -tal vez ocupados en mil
tareas «importantes»- están derrochando su vida de hijos de Dios.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Jueves
«Jesús les habló de nuevo en
parábolas diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró
las bodas de su hijo, y envió a sus criados a llamar a los invitados a las
bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros criados
ordenándoles: Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete,
se ha hecho la matanza de mis terneros y reses cebadas, y todo está a punto;
venid a las bodas. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon uno a sus campos,
otro a sus negocios; los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y
dieron muerte. El rey se encolerizó y enviando a sus tropas, acabó con aquellos
homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego dijo a sus criados: Las bodas
están preparadas pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de
los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Los criados, saliendo a
los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó
de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se
fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: Amigo, ¿cómo has
entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. Entonces dijo el rey a
sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí
será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero
pocos los elegidos.» (Mateo 22, 1-14)
1º. Jesús, Tú eres el Hijo del rey.
Tu boda es la nueva
alianza que nos has ganado con tu muerte en la cruz y que se realiza a través
de la Iglesia.
Es la boda de Cristo con
su Iglesia: tu compromiso indisoluble de ayudar a los hombres con tu gracia, de
darte a ellos mediante los sacramentos, de estar con ellos «hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20)
«La Iglesia que es llamada
también «la Jerusalén
de arriba» y «madre nuestra», se la describe como la esposa inmaculada del
Cordero inmaculado. Cristo la amó y se entregó por ella para santificaría; se
unió a ella en alianza indisoluble, la alimenta y la cuida sin cesar»
(C. I. C.-757)
Dios envía a sus siervos
a «llamar a los invitados a las bodas», que
eran los judíos: a ellos les fue predicado el Evangelio en primer lugar.
«Pero éstos no querían acudir».
Maltrataron a los
profetas -enviados de Dios- y acabaron matándote a Ti.
No aceptaron la
invitación de venir a las bodas, a la nueva y definitiva alianza que es la Iglesia.
Pero «las bodas están preparadas», y por
eso mandas llamar «a todos cuantos
encontréis».
La llamada se convierte
así en una invitación universal.
Todos judíos y no judíos, de todas las naciones,
razas, condición social, sexo y edad quedan invitados a participar de esta nueva alianza que nos hace hijos
de Dios por la gracia.
2º. «Me gusta comparar la
vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El
tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como
fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia,
aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas...,
pero no eres penitente -o al revés-, tu vida interior no es -por decirlo así-
cabal» (Surco.-249).
Estar en la Iglesia, no es condición
suficiente para participar del banquete celestial.
Para entrar en el Cielo
es necesario tener «el traje de bodas»: estar
en gracia de Dios, haber vivido en la tierra una vida cristiana profunda,
interior, espiritual.
Esa vida interior se
compone de hábitos o prácticas de
piedad que, como fibras, dan vigor a la tela.
Mi tarea en esta vida es
ir tejiendo este traje espiritual, para que al final pueda merecer el premio
eterno.
Todos los mandamientos y
todas las virtudes son importantes: no seria cabal practicar sólo las
que mejor me parezca, o sólo en determinadas circunstancias.
La vida interior tiene
una unidad que no debo romper.
Por eso, Jesús, no
quieres que tenga como una doble vida: a ratos cristiana y a ratos pagana.
Quieres que siempre y en
todo, mi vida sea ejemplarmente cristiana: en el trabajo, en el descanso, en la
diversión; cuando estoy con mi familia, con mis amigos o con mis compañeros;
cuando estoy contento, y también cuando atravieso alguna dificultad.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Viernes
También se puede meditar Santa María Reina
«Los fariseos, al oír que había
hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de
la ley, le preguntó para tentarle: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal
de la Ley? Él le
respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con
toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es
semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos pende toda la Ley
y los Profetas.» (Mateo 22, 34-40)
1º. Jesús, «el mayor y primer
mandamiento» no tiene límites: «con
todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente».
Por eso, siempre puedo
vivirlo mejor.
No se trata de un nivel
mínimo que debo superar, sino de un objetivo para toda mi vida.
De hecho, es el gran
objetivo de la vida cristiana, la santidad: amarte a Ti sobre todas las cosas.
«El
segundo es semejante a éste».
Jesús, amar al prójimo
es «semejante» a amarte a Ti.
De hecho, es el mismo
amor: el amor de entrega a los demás, de interesarse por sus necesidades, de
buscar lo mejor para ellos, sin pensar en uno mismo.
El amor a Ti y a los
demás es el verdadero amor, el amor que llena y que me hace mejor persona.
Es el amor «hacia
fuera», que es lo opuesto al egoísmo o amor «hacia adentro»: buscar lo cómodo,
lo placentero o lo fácil.
«Los diez mandamientos
enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se
refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Como la
caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los
profetas, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos
en una tabla y siete en otra»
(C. I. C.-2067).
«De
estos dos mandamientos pende toda la
Ley y los Profetas.»
Aunque te habían pedido
sólo «el mandamiento principal de la Ley», Tú les
respondes con dos porque, en el fondo, son inseparables: nadie puede amar a
Dios de verdad si no ama a los demás; y el que intenta amar más a Dios, acaba
amando más al prójimo.
Al final, o aprendo a
amar al prójimo -y el primer prójimo es Dios, porque a Él se lo debo todo- o me
amaré sólo a mí mismo.
Por eso es tan
importante que aprenda a olvidarme de mí mismo, y que -en cambio- dedique más tiempo a pensar en
los demás.
2º. «Cuentan de un alma que,
al decir al Señor en la oración «Jesús, te amo», oyó esta respuesta del cielo:
«Obras son amores y no buenas razones».
Piensa si acaso tú no
mereces también este cariñoso reproche» (Camino.-933).
Jesús, no es suficiente
con tener buenos deseos o con no hacer daño a nadie.
El amor se demuestra con
obras: Obras son amores.
Donde no hay obras,
tampoco hay amores, a pesar de que haya buenas razones, buenas
intenciones.
Tú me has amado con
obras, hasta el punto de entregar tu vida por mí.
Yo, ¿qué hago por Ti?;
¿qué hago por los demás?
Jesús, quiero querer con
obras, pero... ¡soy tan poco generoso!
Me cuesta mucho hacer un
servicio a otra persona.
Ni siquiera me entero de lo que necesitan los que están a mi alrededor
Y si no me doy cuenta de
cuáles son sus necesidades, preocupaciones o dificultades es porque, en el
fondo, me interesan poco.
Y si me interesan poco
es porque les amo poco.
¿Qué puedo hacer para
amar más a los demás y así amarte también más a Ti?
Jesús, ayúdame a pensar
más en los que me rodean, a servirles sin que se note.
Porque las obras no sólo
demuestran mi amor, sino que lo acrecientan.
Jesús, que me tome en
serio el servicio a los demás en cosas pequeñas y concretas.
Que no pase ningún día
sin haber dado una alegría a alguien de los que conviven conmigo.
De esta manera te estaré
dando también una alegría a Ti, porque estaré cumpliendo lo que Tú pediste a
tus discípulos de todos los tiempos: «En esto conocerán que sois mis discípulos,
si os tenéis amor entre vosotros» (Juan 13,35).
Jesús, ayúdame a crecer
cada día en esta capacidad de amar, porque nada es más importante que aprender
a olvidarme de mí mismo para darme a los demás.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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22-Agosto.
Santa María Reina
«En el sexto mes fue enviado el
ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una
virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre
de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te
salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas
palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo:
No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu
seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será
llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.
María dijo al ángel: ¿De que modo se
hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu
Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria:
He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se
retiró de su presencia.» (Lucas 1, 26-38)
1º. Madre, el
Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste
con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había
estado preparando desde que naciste.
«No temas, María, porque
has hallado gracia delante de Dios.»
No tengas miedo, madre mía, pues
aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que
has recibido de parte de Dios.
«¿De que modo se hará esto, pues no
conozco varón?»
Madre, te habías consagrado a Dios
por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.
¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?
No preguntas con desconfianza, como
exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.
Preguntas para saber cómo quiere
Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.
«El Espíritu Santo descenderá sobre
ti.»
Dios te quiere, a la vez, Madre y
Virgen.
«Virgen antes del parto, en el parto
y por siempre después del parto» (Pablo IV).
«He aquí la esclava del Señor,
hágase en mi según tu palabra.»
Madre, una vez claro el camino, la
respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí
estoy, para lo que haga falta.
¡Qué ejemplo para mi
vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!
Madre, ayúdame a ser
generoso con Dios.
Que, una vez tenga claro el camino,
no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.
Sé que si te imito,
Madre, seré enteramente feliz.
2º. «Nuestra Madre es modelo de
correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz
para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de
aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada
combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud
de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con
atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no
sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la
esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa
María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a
Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que
descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).
Madre, hoy se ve a mucha gente que
no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni
de nadie.
Paradójicamente, se mueven
fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la
esclavitud de sus propias flaquezas.
Tú me enseñas hoy que el
verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la
obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los
demás.
Esta meditación está tomada de: “Una
cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Veinte Semana del Tiempo Ordinario. Sábado
«Entonces Jesús habló a las multitudes y a
sus discípulos diciéndoles: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas
y fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus
obras, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las
ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren
moverlas. Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus
filacterias y alargan sus franjas. Apetecen los primeros puestos en los
banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas,
y que la gente les llame Rabí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar
Rabí, porque sólo tino es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. A
nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro padre,
el celestial. Tampoco os hagáis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno
sólo: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce a
sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado.» (Mateo
23,1-12)
1º. Jesús, resumes la actitud de los escribas y
fariseos con estas palabras: «Hacen todas sus
obras para ser vistos por los hombres».
En vez de buscar la
gloria de Dios, van en busca de su propia gloria.
Lo que les importa es
que les vean los hombres y los aplaudan, sin darse cuenta de que, además, están
siendo vistos por Dios.
Jesús, cuántas veces yo
también busco «los primeros puestos y los saludos en las
plazas»: ese puesto de trabajo más brillante; ese deseo de
quedar bien a toda costa, de sobresalir, incluso deseando que a los demás no
les vaya tan bien.
Quiero ser el primero,
pero no para servir mejor a los demás, sino para recibir más honores y
felicitaciones.
«Muchas veces nuestra
débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos
humanos, se desvía, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en
serlo realmente. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se
le convierte en causa de separación de él» (San Gregorio
Magno).
Jesús, no me doy cuenta
de que estoy siempre en presencia de Dios, que me mira con ojos de Padre.
Lo que realmente vale la
pena es ser grande ante Dios, no ante los hombres.
Ayúdame a sentirme en
todo momento hijo de Dios.
De este modo, me
pareceré más a Ti, que «no has venido a ser servido sino a servir a
los demás» (Mateo 20,28).
Así seré grande ante
Dios: «el mayor entre vosotros sea vuestro servidor».
2º. ¡Cómo sería la mirada
alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede
contener su alegría -«Magnificat anima mea Dominum!»- y su alma glorifica al
Señor; desde que lo lleva dentro de sí y a su lado.
¡Oh, Madre!: que sea la
nuestra, como la tuya, la alegría de estar con El y de tenerlo»
(Surco.-95).
Madre, tú eres la
persona más unida a Dios «el
Señor es contigo» (Lucas 1,28), por eso, has sabido
servir más que nadie, hasta el punto de ser «la esclava del Señor».
(Lucas 1,38).
No puede ser de otra
manera, porque el alma unida a Dios, no busca su propia gloria, sino la Gloria de Dios -«Magnficat
anima mea Dominun!»: ¡mi alma glorifica al Señor!-, que se concreta en el
servicio a los demás.
En ti, Madre, se ha
cumplido de manera especial la promesa de tu Hijo: «el que se humille a sí mismo
será ensalzado».
Por eso eres la Reina del universo, y «te
llaman bienaventurada todas las generaciones». (Lucas 1,48).
Además, se cumple en ti otra promesa del
Señor: «más alegría está en dar que en recibir» (Hechos 20,35).
Por eso eres la criatura
más feliz. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con
El y de tenerlo.»
Madre, enséñame a vivir
siempre en presencia de Dios, sintiéndome hijo suyo querido, de manera que no
busque la gloria de los hombres, sino la de mi Padre Dios.
De este modo, mi vida
sólo tendrá sentido si sirve para ayudar a los que me rodean, y entonces experimentaré
la verdadera alegría cristiana, como fruto de mi generosidad.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo
ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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