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DOMINGO VEINTIUNO DEL TIEMPO ORDINARIO–A

 

También se puede meditar San Bartolomé

 

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho departe de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro.- ¡Apártate de mi, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.» (Mateo 16, 13-23)

 

1º. Jesús, después de preguntar qué piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?

¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

Para vivir cristianamente necesito tener fe.

Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

El Evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.

El Evangelio es la Palabra de Dios.

Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»

Desde entonces Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios.

Además, el Papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

 

2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que pasa.- 2).

Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio.

¿Qué les puedo decir?

Hoy me das la respuesta: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

Jesús, has escogido a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos.»

No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los obispos.

Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24-Agosto. San Bartolomé

 

«Al día siguiente determinó encaminarse hacia Galilea y encontró a Felipe. Y le dijo Jesús: Sígueme. Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Encontró Felipe a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael: ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? Le respondió Felipe: Ven y verás.

Vio Jesús a Natanael que venía y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael: ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas en la higuera, yo te vi. Respondió Natanael: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestó Jesús: ¿Porque te he dicho que te ví bajo la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar en torno al Hijo del Hombre.» (Juan 1, 43-51)

 

1º. Jesús, hoy considero la llamada de dos nuevos apóstoles: Felipe y Natanael (también conocido como Bartolomé).

Al primero lo llamas directamente: «Sígueme».

Pero para llamar al segundo, cuentas con la ayuda de Felipe, su amigo, para que te lo traiga.

Este es un claro ejemplo de apostolado cristiano.

Felipe tenía la necesidad de comunicar a su amigo la alegría de haberte encontrado.

Del mismo modo, si realmente te encuentro, Jesús, es natural que intente llevarte a mis amigos para que también ellos te encuentren.

Pero he de empezar por encontrarte de verdad, porque «sin una vida interior sólida, sin una auténtica unión con Jesucristo, sin piedad verdadera, no se puede ser apóstol» (San Pío X).

También era natural la fría acogida del amigo.

Natanael no cree en un principio el mensaje de Felipe.

Es lógico, porque Natanael aún no te conocía.

Cuando hablo de Ti a mis amigos, a veces recibo la misma respuesta de escepticismo.

Es la hora de decir, como Felipe: «ven y verás»; y llevar al amigo a los sacramentos o a hablar con un sacerdote.

Y, aunque no venga convencido, como no lo estaba Natanael cuando fue a verte llevado por Felipe, si es amigo, vendrá por amistad.

Y, cuando se encuentre cara a cara contigo, podrá decir también: «Tú eres el Hijo de Dios.»

 

2º. Mientras hablábamos, afirmaba que prefería no salir nunca del chamizo donde vivía, porque le gustaba más contar las vigas de «su» cuadra que las estrellas del cielo.

-Así son muchos, incapaces de prescindir de sus pequeñas cosas, para levantar los ojos al cielo: ¡ya es hora de que adquieran una visión de más altura! (Surco.-116).

«¿Porque te he dicho que te vi bajo la higuera crees? Cosas mayores verás».

Jesús, a veces tengo una visión pequeñita, encogida, ridícula de lo que es ser cristiano.

Y me quedo en mis cositas sin importancia: en mis preocupaciones de aquí abajo.

Me paso el tiempo comparando marcas de ropa, escuchando el último disco de mi grupo favorito, probando unos nuevos videojuegos, etc.

No es que esté mal, Señor, pero a veces me quedo sólo en eso, en «la higuera», y no miro más allá.

Ayúdame a «levantar los ojos al cielo» para poder ver «el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar en torno al Hijo del Hombre.»

Jesús, al hablar contigo, mis ideales se ensanchan.

No me conformo ya con «ir tirando»; sacar aprobadillos para no tener que estudiar en verano; llegar cuanto antes al fin de semana para salir; tener una moto más potente que la de mis amigos: ir a la mía.

Necesito ser útil: servir a los demás; hacer las cosas lo mejor posible por amor a Ti; entregarme más al ideal cristiano de la santidad; hacer lo posible para que el mundo te conozca mejor, y sepa que has nacido y has muerto por nosotros, por amor.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían.

¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: El jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado. ¡Necios y ciegos! ¿ Qué es más: el oro o el Templo que santifica el oro? Y el jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él queda obligado. ¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar; jura por él y por lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.» (Mateo 23, 13-22)

 

1º. Jesús, te quejas duramente de los escribas y fariseos porque son «guías ciegos», que en vez de ayudar a las almas a que se salven, «ni entran, ni dejan entrar a los demás» en el Reino de los Cielos.

¡Qué importante es tener un buen guía en la vida interior!

Pero ese buen guía debe ser, antes que nada, una persona que luche de verdad por ser santo, por entrar en el Reino de los Cielos.

Jesús, el guía más ciego -lo sé por propia experiencia- soy yo mismo.

Mi capacidad de autoexcusarme es inmensa y, por definición, siempre veo lo que me pasa de modo subjetivo.

Me falta la objetividad que necesito para decidir acertadamente lo que más me conviene.

«Dicen que los hombres se convierten en simples máquinas y pierden la dignidad de la naturaleza humana cuando se guían por la palabra de otro. Y me gustaría saber lo que llegarían a ser siguiendo su propia voluntad. Por cada persona que ha sido perjudicada por seguir la dirección de otro, cientos de personas se han arruinado guiándose por su propia voluntad» (Card. J.H. Newman)

Por eso, Jesús, mi empeño por seguirte, por encontrarte y por amarte, sería ineficaz sin la ayuda constante de la dirección espiritual.

Y para obtener fruto de este medio de formación, necesito vivir especialmente dos virtudes humanas: la sinceridad y la docilidad.

Sinceridad para decir todo lo que me pasa, y docilidad para poner por obra lo que me aconsejen.

 

2º. ¡Cuánto cuesta vivir la humildad!, porque -afirma la sabiduría cristiana- «la soberbia muere veinticuatro horas después de haber muerto la persona».

Por lo tanto, cuando -en contra de lo que te dice quien ha recibido gracia especial de Dios, para orientar tu alma-piensas que tú tienes razón, convéncete de que no tienes razón ninguna». (Forja, 599)

La sinceridad y la docilidad son dos aspectos de una virtud más importante -de hecho, es la virtud humana más importante-: la humildad.

Pero ¡cuánto cuesta vivir la humildad!

Siempre creo que tengo la razón, que lo hago todo bien.

Y cuando hago algo mal, ¡cómo me cuesta contarlo en la dirección espiritual!

Jesús, ayúdame a ser más humilde, que no significa tener poco carácter o madurez, sino al contrario: la persona humilde no se esconde cobardemente, ni se engaña a sí misma, sino que sabe reconocer sus virtudes y defectos, y pone los medios para mejorar.

Precisamente una de las mejores maneras de ganar en humildad es ser sincero y dócil en la dirección espiritual: abrir el alma de par en par; dejarme ayudar, y luego, poner esfuerzo en aquellos puntos que me han aconsejado.

Jesús, tachas a los escribas y fariseos de hipócritas. ¡Cómo te duele la hipocresía, y -por el contrario- como te alegra la humildad!

Por eso has escogido a la Virgen Maña para ser tu madre: «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1,48).

Ayúdame a ser sincero y dócil en la dirección espiritual, y así seré cada vez más humilde.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer; sin omitir aquéllas. ¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que limpiáis por fiera la copa y el plato, mientras por dentro quedan llenos de carroña e inmundicia. Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa, para que llegue a estar limpio también el exterior» (Mateo 23, 23-26)

 

1º. Jesús, no recriminas a los jefes de los judíos por lo que hacen, sino por lo que no hacen: las omisiones.

No es que hagan cosas malas, sino que dejan de hacer cosas buenas, «lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad».

Su error no consistía en hacer el mal, sino en no hacer el bien que Tú esperabas de ellos: «estas cosas había que hacer, sin omitir aquéllas».

Las vírgenes fatuas conservaban la castidad, la gracia y la modestia para propia utilidad, pero no eran útiles a nadie. Por eso fueron arrojadas fuera. Así son los que no alivian el hambre de Cristo. Considera atentamente que ninguno de ellos es acusado por faltas privadas, fornicación, perjurio o cualquier otra cosa, sino únicamente por no haber sido útiles a los demás. Yo pregunto: ¿Es cristiano el que se conduce así? Si el fermento mezclado con la harina no la hace cambiar; ¿es verdadero fermento? Si el perfume no despide buen olor entre los circunstantes, ¿lo podremos llamar perfume?» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, de la misma forma, mi vida no podría llamarse cristiana si, aunque evitara el pecado, no hiciera el bien y practicara las virtudes: «la justicia, la misericordia, la fidelidad».

Por eso, mi fe no se puede reducir a una lista de cosas malas que no puedo hacer, sino que necesariamente va más allá: ¿qué cosas buenas quieres que haga? ¿qué esperas de mi hoy en mi vida familiar, profesional y social?

Jesús, cada noche debo hacer un pequeño examen personal, repasando mi día en tu presencia y preguntándome: ¿he hecho lo que esperabas de mí?; ¿qué cosas buenas he dejado de hacer?; ¿he sabido perdonar?; ¿he sabido ayudar?; ¿he obedecido a mis padres o superiores?; ¿he trabajado las horas que debía y con el esfuerzo que debía?; ¿me he acordado de rezar lo que me había propuesto?

 

2º. «Recupera el tiempo que has perdido descansando sobre los laureles de la complacencia en ti mismo, al creerte una persona buena, como si fuese suficiente ir tirando, sin roba¡ ni matar.

Aprieta el paso en la piedad y en el trabajo: ¡te queda tanto por recorrer aún!; convive a gusto con todos, también con los que te molestan; y esfuérzate para amar  ¡para servir! a quienes antes despreciabas» (Surco.-167).

Jesús, cuando te miro en la Cruz y pienso en mi vida de cristiano, siento que me dices  como un reproche cariñoso: ¡te queda tanto por recorrer aún!

Creía, tal vez, que ya hacía demasiado intentando cumplir los mandamientos y no pecar.

Y sin darme cuenta, estaba perdiendo el tiempo, a la vez que me conformaba con ir tirando.

Pero, Jesús, desde la Cruz me dices que no. Que no has venido al mundo ni has muerto para que yo no robe ni mate.

Has venido para hacerme hijo de Dios, y, por tanto, heredero del Cielo.

Pero ser hijo de Dios implica imitarte a Ti y, por tanto, requiere una lucha decidida por ser santo, como Tú eres santo.

Y entonces, me susurras al oído: Aprieta el paso en la piedad y en el trabajo; y esfuérzate para amar -¡para servir!- a todos los que conviven contigo.

Jesús, estas son como las tres dimensiones de mi vida cristiana: piedad, trabajo y servicio a los demás.

¿Qué cosas buenas me faltan por hacer en estos tres campos?

¿Cómo puedo apretar el paso para mejorar en cada uno de ellos?

Ayúdame, Jesús, a descubrir lo que me pides que mejore en mi vida de piedad, trabajo y servicio.

Y a repasar los propósitos que haga en el examen de conciencia cada noche, para que no tengas que quejarte de mis omisiones, ni nunca me crea una persona buena, sin nada que mejorar.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre. Así también vosotros por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis las tumbas de los justos, y decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así, pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.» (Mateo 23, 27-32)

 

1º. Jesús, comparas la hipocresía de los jefes judíos con «sepulcros blanqueados»: bonitos por fuera, pero «llenos de toda podredumbre» por dentro.

Por fuera, cara a los hombres, aparecen justos y sabios; por dentro, cara a Dios, no son más que «huesos de muertos».

La comparación es muy dura, pero deja claro el posible contraste entre los dos mundos -exterior e interior-, y también que lo más importante -porque influye en toda la persona- es lo que uno es «por dentro», cara a Dios.

Jesús, te importa mi vida entera, y por eso necesito fortalecer mi vida interior: la vida de la gracia en mi alma, que puede aumentar a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras; pero que también puede disminuir -con mis omisiones y pecados veniales-, e incluso puede morir por el pecado mortal.

«Y así como hay cosas que ayudan a la devoción, así también hay cosas que la impiden, entre las cuales la primera son los pecados, no sólo los mortales sino también los veniales, porque éstos, aunque no quitan la caridad, quitan el fervor de la caridad, que es casi lo mismo que la devoción; por donde es razón evitarlos con todo cuidado, ya que no fuese por el mal que nos hacen, a lo menos por el grande bien que nos impiden» (San Pedro de Alcántara)

Jesús, ayúdame a que mi vida interior no sólo esté viva -en gracia- sino que crezca cada día en el camino hacia la santidad.

Y así como para desarrollar los músculos y crecer en el cuerpo necesito alimento y ejercicio, en el alma también: el alimento son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; el ejercicio es la lucha por vivir las virtudes cristianas en la piedad, en el trabajo y en el servicio a los demás.

 

2º. Te falta vida interior: por que no llevas a la oración las preocupaciones de los tuyos y el proselitismo; porque no te esfuerzas en ver claro, en sacar propósitos concretos y en cumplirlos; porque no tienes visión sobrenatural en el estudio, en el trabajo, en tus conversaciones, en tu trato con los demás...

-¿Qué tal andas de presencia de Dios, consecuencia y manifestación de tu oración? (Surco.-447).

Jesús, quiero tener una vida interior grande, que me ayude a vivir cristianamente -con presencia de Dios  en medio de mis ocupaciones diarias.

Y en la base de mi vida interior está la oración. ¿Hago cada día un rato de oración?

Pero no es suficiente con hacerla; he de hacerla bien, de manera que dé fruto.

¿Te pido por mis preocupaciones, por las de los que me rodean, por el apostolado, por la Iglesia?

¿Me esfuerzo por entender lo que Tú me pides cada día, en sacar propósitos concretos y en cumplirlos?

Jesús, en cada rato de oración he de hacer algún propósito concreto: algún detalle que puedo mejorar; y que me pides que me esfuerce en ponerlo por obra.

Y para no olvidarme de ese propósito, es bueno apuntarlo en un cuaderno personal, de modo que, en el examen de conciencia, por la noche, y en el siguiente rato de oración, pueda comprobar si lo he cumplido o no.

Jesús, no quiero ser un «sepulcro blanqueado»: bonito por filera, pero con una vida interior raquítica o muerta.

Y para tener vida interior, he de hacer bien, cada día, un rato de oración, sacando propósitos concretos y luchando luego por cumplirlos.

Entonces mi vida corriente se llenará de presencia de Dios y de afán de servicio a los demás.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Velad, pues, ya que no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor Sabed esto, que si el amo supiera a qué hora de la noche habría de venir el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que le horadasen su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que no sabéis vendrá el Hijo del Hombre.

¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a su tiempo? Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así. En verdad os digo que le pondrá al frente de su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y pensara en su interior: Mi señor tardará, y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, el día que menos espere y a una hora desconocida vendrá el amo de ese siervo, y le dará el mayor castigo y le hará correr la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 24, 42-51)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas que he de estar vigilante siempre, que en cualquier momento puedes venir a llamarme para la otra vida.

Y que, por tanto, he de estar siempre preparado, siempre en gracia de Dios.

«Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así»

Porque dejará de ser siervo, para formar parte de la familia de Dios, en el Cielo.

«Pero si ese siervo fuese malo...»

Hay gente que piensa que la mejor combinación es ser malo en la tierra -vivir al margen de la ley de Dios, guiándose por sus gustos e intereses personales- y arrepentirse en el último momento, para así coger también «lo bueno» de la otra vida.

No se enteran de que la vida superficial y egoísta no conduce a la verdadera alegría en la tierra.

Y además se engañan pensando en el arrepentimiento de última hora, porque Tú les puedes llamar «el día que menos esperan y a una hora desconocida.»

Pero hay un problema aún mayor: la persona que sólo vive para sí misma en esta vida, es muy difícil que quiera cambiar a la hora de la muerte, aunque Tú le intentes ayudar con gracias especiales.

En cambio, si yo lucho por vivir en gracia de Dios, aunque tenga fallos, podré aprovechar tu ayuda para prepararme en ese momento final.

«Cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Santo Cura de Ars).

 

2º. «Un hijo de Dios no tiene miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.

Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?» (Forja.-987).

Jesús, el mejor modo de estar preparado para el momento de la muerte es vivir la filiación divina: sentirme y actuar en todo momento como lo que soy, hijo de Dios.

Viviendo así, ni la muerte ni ninguna otra cosa me puede atemorizar, porque estoy siempre en tus manos y Tú me quieres con amor de padre, con un amor infinito.

Jesús, vivir la filiación divina, significa que cuando algo me sale bien, no me creo el amo del mundo, sino que tengo muy claro que todo lo bueno que poseo te lo debo a Ti.

Por eso, mi primera reacción ante ese suceso exitoso será darte gracias.

A la vez, si algo no me sale como esperaba, no me desespero, sino que voy a Ti y te digo: Jesús, si Tú quieres esto, por algo será; hágase tu voluntad y no la mía.

Y ante el error personal, ante mis fallos, en vez de desanimarme iré de nuevo a Ti, como una criatura pequeña que necesita ayuda de sus padres, diciendo: Jesús, mira que soy flojo, que a veces no puedo con mis defectos, que necesito que me ayudes más.

No me sueltes de tu mano, porque me caigo.

Yo, por mi parte, intentaré no soltarme más de la tuya.

Jesús: gracias, perdóname, y ayúdame más.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

También se puede meditar Martirio de San Juan Bautista

 

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro! Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, Señor ábrenos! Pero él les respondió: En verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.» (Mateo 25, 1-13)

 

1º. Jesús, con esta parábola me alertas una vez más para que esté preparado, para que tenga siempre mi lámpara encendida, mi alma en gracia.

Para preparar mejor a las personas en trance de muerte, has instituido el sacramento de la Unción de los enfermos, que precisamente usa el aceite como materia.

«La Unción de los enfermos acaba por confirmarnos con la muerte y resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un escudo para defenderse en los últimos combates y entrar en la Casa del Padre» C. I. C.- 1523).

Tengo la responsabilidad de procurar que mis familiares y amigos en trance de muerte puedan recibir este sacramento.

Y si es tu voluntad, dame también a mí la oportunidad de recibirlo.

 

2º. El Evangelista cuenta que las prudentes han aprovechado el tiempo. Discretamente se aprovisionan del aceite necesario, y están listas, cuando avisan: ¡eh, que es la hora!, «mirad que viene el esposo, salidle al encuentro»: avivan sus lámparas y acuden con gozo a recibirlo.

Pero sigamos el hilo de la parábola. Y la fatuas, ¿qué hacen? A partir de entonces, ya dedican su empeño a disponerse a esperar al Esposo: van a comprar el aceite. Pero se han decidido tarde y, mientras iban, «vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas» (..).No es que hayan permanecido inactivas: han intentado algo... Pero escucharon la voz que les responde con dureza: «no os conozco». No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas horas, pero las desaprovecharon.

Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz» (Amigos de Dios.- 40-41).

Jesús, ayúdame a aprovechar bien el tiempo que me das, luchando por cumplir con orden el horario que tengo previsto.

El horario debe incluir el tiempo requerido para hacer bien el trabajo, unos momentos al día para mis normas de piedad -oración, misa, rosario, etc. ...-, y el espacio que se merecen mis obligaciones familiares.

Si lucho por vivir la puntualidad y el orden en el horario, mi horas se multiplicarán.

Y sobre todo, esos vencimientos diarios, aunque son pequeñeces, serán el aceite que mantiene viva la llama de mi vida interior.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29-Agosto. Martirio de San Juan Bautista

 

«En efecto, el propio Herodes había mandado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual Herodes había tomado como mujer. Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano. Herodías le odiaba y quería matarle, pero no podía, porque Herodes tenía a Juan sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía, y al oírlo temía muchas dudas pero le escuchaba con gusto. Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban en la mesa. Dijo el rey a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo duré. (...) Quiero que en seguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. El rey se entristeció, pero, a causa del juramento y de los comensales, no quiso contrariarla; y, enviando un verdugo, el rey mandó traer su cabeza. Aquel marchó y lo decapitó en la cárcel.» (Marcos 6,17-28)

 

1º. Jesús, Juan el Bautista, el hombre fiel que te preparó el camino, había dicho de ti: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Juan 3,30) demostrando una gran humildad en momentos en que el pueblo entero de Israel le seguía como si fuera el Mesías.

El alma humilde busca la verdad, no la apariencia.

Jesús, a veces me importa más quedar bien que reconocer la verdad.

Ayúdame a aprender de Juan el Bautista, que por decir la verdad a Herodes, por no callarse, fue encarcelado y decapitado.

Jesús, a veces tengo la tentación de apañar la verdad para no quedar mal, o por temor a lo que puedan decir los demás.

Seguramente no tendré que defender la verdad hasta la muerte, sino en pequeñas cosas; pero ahí es donde esperas que me comporte como verdadero discípulo tuyo, que te imite.

Y Tú has dicho: «Yo soy la verdad» (Juan 14,6).

 

2º. «Os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y todos vuestros problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.

En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga» (Amigos de Dios.-15).

Jesús, ¡qué difícil es guiarme a mí mismo en temas de vida interior!

Enseguida me excuso; además, cuando estoy peor, menos me puedo ayudar, porque nadie da lo que no tiene.

Necesito que alguien me tienda una mano cuando estoy más desanimado, y también que me dé ideas nuevas para luchar eficazmente.

Os insisto en que os dejéis ayudar

Mostraos siempre muy sinceros.

Tú, Señor, eres la verdad, y amigo de la verdad; por eso, tus palabras más duras son contra los hipócritas.

«Es un hipócrita todo aquel que aparenta lo contrario de lo que es» (San Jerónimo).

Ayúdame a vencer la vergüenza natural de abrir mi alma al director espiritual, porque no soy perfecto pero quiero mejorar.

Y luego, Jesús, dame tu gracia para luchar en los propósitos de la dirección espiritual, porque no es suficiente con ser sincero.

También he de ser dócil e intentar poner por obra esos consejos.

Herodes oía con gusto a Juan el Bautista, pero no puso en práctica sus enseñanzas.

Y acabó cortándole la cabeza.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintiuna Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. Llegado el que había recibido los cinco talentos, presento otros cinco diciendo: Señor cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Llegado también el que había recibido los dos talentos, dijo: Señor dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: Señor sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. Le respondió su amo, diciendo: Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses. Por tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.

Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 25, 14-30)

 

1º. Jesús, la parábola de los talentos es una continua llamada a aprovechar el tiempo y los dones que me has dado.

Ayúdame a no enterrarlos cobardemente  o por comodidad  pues, al final de mi vida, me pedirás cuenta de cómo los he hecho fructificar.

«El tiempo es un don de Dios: es una interpelación del amor de Dios a nuestra libre y -si puede decirse- decisiva respuesta. Debemos ser avaros del tiempo, para emplearlo bien, con la intensidad en el obrar, amar y sufrir. Que no exista jamás para el cristiano el ocio, el aburrimiento. El descanso sí, cuando sea necesario, pero siempre con vistas a una vigilancia que sólo en el último día se abrirá a una luz sin ocaso» (Pablo VI).

 

2º. «Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. Se dedicará a matar los minutos, las horas, las jornadas, los meses, los años, ¡la vida!

¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad!

«Mío, mío, mío...», piensan, dicen y hacen muchos. (...). No pierdas tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto» (Amigos de Dios.- 45-47).

Madre mía, tú has sabido aprovechar el tiempo, hacer rendir tus talentos, mejor que nadie, sin hacer cosas aparatosas o deslumbrantes a los ojos de los hombres. Ayúdame a hacer fructificar los talentos que Dios me ha dado familia, virtudes, amigos, etc., buscando hacer en todo lo que El me pida.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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