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DOMINGO VEINTIDOS DEL TIEMPO ORDINARIO–A

 

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.» (Mateo 16, 24-28)

 

1º. Jesús, eres Dios y sabes mejor que yo para qué me has creado y como voy a ser realmente feliz.

Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar.

Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando.

Y amar es darse, entregarse.

Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo; pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.

Por eso hoy me recuerdas: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»

El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo: honores, dinero, diversiones, comodidad.

Pero si pierde su alma, no sabrá amar en la tierra y, por ello, no podrá amar en la otra vida.

Infeliz aquí, infeliz en la eternidad.

«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser dijeren te para unos y para otros» C. I. C.-1021)

Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en Ti.

Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra.

Que no me engañe pensando que Tú me perdonarás con tu gran misericordia.

Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión.

En el juicio, retribuirás «a cada uno según su conducta.»

 

2º. «El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia» (Forja.-760).

Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia.

Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido.

El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma.

Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a Ti sobre todas las cosas.

¿Cómo puedo tomar cada día mi cruz?

Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.

De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré.

«Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Jesús, Tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).

Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí.

Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma.

Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

También se puede meditar Nuestra Señora de los Ángeles del Puig

 

«Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su cos­tumbre entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangeli­zar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en 1ibertad a los oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor».

Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos él los ojos. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír Todos daban testimonio en favor de él y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? Entonces les dijo: Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuan­to hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún pro­feta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando duran­te tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán el Sirio.

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciu­dad para despeñarle. Pero él pasando por medio de ellos, se­guía su camino.» (Lucas 4, 16-30)

 

1º. Jesús, te aplicas la profecía de Isaías que habla del Mesías: eres el «enviado para anunciar la redención a los cautivos».

Todas las profecías del Antiguo Testamento se cumplen en Ti: desde el lugar de tu nacimiento, Belén, hasta tu muerte en manos de los jefes judíos.

Todo había sido anunciado siglos antes de que ocurriera.

Por eso, las profecías son un apoyo para nuestra fe.

Otro apoyo son los mila­gros, especialmente la Resurrección.

Pero tus conciudadanos no creen: «¿No es éste el hijo de José?»

Te han visto vivir una vida tan normal, trabajando día a día con José en el taller, que no acaban de creer en Ti.

Por eso te exigen más pruebas: «cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria».

Pero esa falta de fe les incapacita para re­cibir tus milagros.

Jesús, tengo suficiente con los milagros que has hecho y que na­rran los evangelios.

Si para que cada persona creyera en Ti, tuvieras que hacerle un milagro personalizado, ¿dónde estaría la fe?

Y si no hay fe, ¿dónde está el mérito, la libertad y el amor?

 

2º. «No soy «milagrero».  Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe. Pero me dan pena esos cristianos incluso piadosos, «¡apostólicos!» que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales.  Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe» (Camino.-583).

Jesús, he de huir de dos extremos: ser «milagrero»  ver mila­gros por todas partes, y ser escéptico.

Tú trabajaste duro con José para mantener la familia, sin utilizar los milagros para resolver pro­blemas personales.

Sin embargo, dan penalos escépticos, porque también ahora sigues haciendo milagros a través de hombres y mu­jeres de fe.

«Y si no vieren lo que ahora hay, no lo echen a los tiem­pos; que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sir­ve, siempre es tiempo» (Santa Teresa).

Jesús, ante cualquier problema, he de poner todos los medios humanos como si no existieran los sobrenaturales; y además, todos los sobrenaturales -oración y sacrificio- sabiendo que, entonces, Tú me escucharás y me darás lo que más me convenga.

Si tengo fe, veré muchos milagros en mi vida y en las vidas de los que me ro­dean.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1-Septiembre. NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES DEL PUIG

 

«María dijo:"Mi alma glorifica al Señor

 y mi espíritu se regocija en Dios,  mi salvador,

 porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava. 

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,

 porque el todopoderoso ha hecho conmigo cosas grandes, su nombre es santo;

 su misericordia de generación en generación para todos sus fieles.

 Ha desplegado la fuerza de su brazo, ha destruido los planes de los soberbios,

 ha derribado a los poderosos de sus tronos  y ha encumbrado a los humildes;

 ha colmado de bienes a los hambrientos  y despedido a los ricos con las manos vacías.

 Ha socorrido a su siervo Israel,  acordándose de su misericordia,

 como había prometido a nuestros padres, 

en favor de Abrahán  y su descendencia para siempre.» (Lucas 1, 46-55)

1º. Ante el raudal de alabanzas que se le prodiga, la humildad de María se vuelve hacia Dios para referírselo todo a El.

Nunca se queda la Virgen con la gloria.

La gloria es de Dios.

«Engrandece mi alma al Señor, y exulta mi espíritu en Dios.»

En estos dos verbos está contenida la actividad espiritual de María Santísima.

Esta es la actitud de la Virgen, colmada ella como nadie de la plenitud del Espíritu Santo.

Toda su vida es así: llena de gracia y de exultación, cantar la gloria de Dios.

Pero hay dos verbos también, en el Magnificat, que expresan la acción de Dios sobre la Virgen: «Miró la humillación de su esclava, hizo en ella cosas grandes»

La mirada de Dios sobre la actitud humilde de la Virgen que se hace pequeña y se anonada y se considera -se sabe- esclava del Señor.

¡Cómo descansa la mirada de Dios en una persona así!

Este verbo indica una mirada de predilección.

La mirada preferencial de Dios.

Mirada de amor absolutamente preferencial por la Virgen, por la pequeñez de la Virgen, por su profundísima humildad.

«Hizo en mí cosas grandes.»

Dios es el Hacedor.

Dios hizo el cielo y la tierra; Dios hizo el mar y cuanto contiene; Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza...

Cosas grandes ciertamente.

Pero Dios hizo cosas grandes sobre todo en María: la hizo Inmaculada desde el primer instante de su concepción, la colmó de gracia, la llevó hasta los linderos de la divinidad por la grandeza de la divina maternidad, la hizo corredentora al pie de la Cruz, la constituyó Medianera de todas las gracias, la llevó en cuerpo y alma a la gloria del cielo, la coronó como Reina y Señora de todo lo creado...

Esta es la actitud de Dios con la Virgen.

¿Y cuál la actitud de los hombres?

Ella lo dice en una palabra: me llamarán dichosa.

Nosotros, según la enseñanza de Cristo, llamamos dichosos, bienaventurados, a los pobres, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia...

Pero todos estos adjetivos se concentran en María.

Llamamos dichosa a María.

Clamaría después una mujer del pueblo hablando con Jesús: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lucas 11, 27).

Y todas las generaciones del mundo harán lo mismo: «me felicitarán.»

Desgraciado aquel que no lo haga, que se niegue a proclamarla bienaventurada y a bendecirla precisamente a causa de su disponibilidad, su amor y entrega a Dios.

Pienso que quien la alabe y la felicite de todo corazón tendrá en sí el alma de María, el espíritu de María, para engrandecer a Dios y exultar de gozo en el Señor.

La actitud del cristiano con María es manifestativa de la actitud del cristiano con Dios.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

«Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les en­señaba. Y se quedaban admirados de su doctrina, porque su palabra iba acompañada de potestad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio im­puro, y gritó con gran voz: Déjanos, ¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres tú, el Santo de Dios. Y Jesús le increpó diciendo: Calla y sal de él. Y el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Quedaron todos atemorizados, y se decían unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen? Y se divulga­ba su fama por todos los lugares de la región.» (Lucas 4, 31-37)

 

1º. Jesús, hoy realizas el milagro de expulsar de aquel hombre el «espíritu impuro».

Esa persona era exteriormente como las demás; in­cluso iba al templo el sábado, como era costumbre entre los judíos.

Pero su espíritu impuro le separaba de Dios: «¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno?»

No quiere tener ningún trato contigo, aun sabiendo que eres el «Santo de Dios.»

Jesús, la impureza es una enfermedad del alma, y por ello no se manifiesta exteriormente de la misma manera que las enfermedades del cuerpo.

Cuando una persona tiene un cáncer, su enfermedad es cada vez más visible, y aquella persona intenta poner los medios para vencer la enfermedad antes de que sea demasiado tarde.

La im­pureza es como un cáncer en el alma, y aunque no es tan patente ha­cia el exterior, si no se cura a tiempo, produce inevitablemente la muerte espiritual.

Jesús, que no me engañe: la impureza me separa de Ti, produ­ciendo peores daños que los que puede causar la peor de las enfer­medades físicas.

Y aunque nadie lo note exteriormente, destroza mi vida cristiana porque me hace perder la gracia.

Por eso he de poner todos los medios para vivir una vida limpia, acudiendo prontamente a la confesión si lo necesito.

«La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hom­bre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. «La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir; mo­vido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa» (GS 17) (C. I. C.-2339).

 

2º. «Para vencer la sensualidad -porque llevaremos siempre este borriquillo de nuestro cuerpo a cuestas-, has de vivir generosa­mente, a diario, las pequeñas mortificaciones -y, en ocasiones, las grandes-; y has de mantenerte en la presencia de Dios, que jamás deja de mirarte» (Forja.-90).

Jesús, por más que quiera, llevo este borriquillo a cuestas: es el cuerpo que, al quedar desordenado tras el pecado original, busca desordenadamente lo placentero, lo fácil, lo cómodo.

¿Cómo puedo vencer esta tendencia que, a veces, se me presenta de un modo tan sugestivo que me parece incontrolable?

¿Qué puedo hacer entonces para comportarme como un hijo de Dios en vez de dejarme llevar por mis pasiones?

Primero he de poner los medios humanos: huir de las ocasiones de pecado, y enreciar mi voluntad haciendo pequeñas mortifica­ciones, luchando contra la comodidad en el trabajo o estudio, aprove­chando el tiempo, etc...

Y luego, he de poner los medios sobrenatura­les: oración, mortificación, frecuencia de sacramentos, mantenerme en presencia de Dios -que jamás deja de mirarme-, y pedir ayuda a la Virgen ante la tentación.

Hay un medio que tiene efectos a la vez sobrenaturales y huma­nos: la mortificación, que consiste en hacer un pequeño sacrificio ofreciéndolo a Dios por alguna intención.

Por eso me recuerdas: para vencer la sensualidad, has de vivir generosamente, a diario, las pequeñas mortificaciones -y, en ocasiones, las grandes.

Jesús, que sea generoso y que sepa unirme a Ti en la cruz, haciendo cada día -al menos- una pequeña mortificación.

De esta manera me será más fácil vencer las tentaciones y mantener mi alma limpia, para poder amarte y amar a los demás.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desa­pareció. Y al instante, se levantó y se puso a servirles.

Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diver­sas dolencias, los traían a él. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Y él, increpándoles, no les dejaba hablar; porque sabían que él era el Cristo.

Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba, llegaron hasta él, y lo detenían para que no se apartara de ellos. Pero él les dijo: Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea.» (Lucas 4, 38-44)

 

1º. Jesús, cuando curas a la gente de sus enfermedades no sólo buscas su mejora física -si eso fuera lo único importante, quitarías el dolor y sufrimiento de todo el mundo, cosa que no haces- sino que además buscas su mejora espiritual: que crean más que Tú eres el Mesías, «el Hijo de Dios.»

Sin embargo, haces callar a los demonios «porque sabían que eras el Cristo.»

Esta es una de las grandes dificultades de tu misión: has de re­velar al mundo que eres Dios, pero poco a poco, de modo que no te ajusticien inmediatamente por blasfemo, sino que la gente vaya en­tendiendo con el tiempo.

A pesar de estas precauciones, en varias ocasiones te intentan apedrear porque te haces igual a Dios (cf. Juan 10,31).

Lle­gado el momento oportuno, lo declaras abiertamente ante los dirigentes judíos, que  por ello te condenarán a muerte.

Jesús, yo también he de aprender a hacer apostolado con esta prudencia: revelando a mis amigos la doctrina y exigencias de la fe poco a poco, como llevándolos por un plano inclinado, a medida que puedan entender.

Además, más que a base de predicaciones o argumentos, el apostolado requiere amistad y ejemplo, es decir: tiempo.

 

2º. «Deseo que tu comportamiento sea como el de Pedro y el de Juan: que lleves a tu oración, para hablar con Jesús, las necesida­des de tus amigos, de tus colegas..., y que luego, con tu ejemplo, puedas decirles: «respice in nos!» -miradme! (Forja.-36).

Jesús, en el Evangelio de hoy curas a muchos porque sus parien­tes o amigos «los traían a Ti».

Eso es lo que me pides a mí también en el apostolado: que te traiga a muchos para que los cures imponien­do las manos sobre cada uno.

Podrías haber curado a la vez a todos los enfermos de la ciudad con un simple pensamiento.

Pero no: cu­ras uno a uno -sólo a los que habían sido traídos a tu casa-, im­poniéndoles tus manos.

«¡A cuántos hombres es preciso llevar todavía a la fe! Cuántos hombres es preciso reconquistar para la fe que han perdido, siendo a veces esto más difícil que la primera conversión a la fe. Sin em­bargo la Iglesia consciente de aquel gran don, del don de la Encar­nación de Dios, no puede nunca detenerse, no puede pararse jamás» (Juan Pablo II).

Jesús, quieres que lleve a mis parientes y amigos a tu casa, que es la Iglesia, para que les impongas las manos en los sacramentos, en especial el de la Confesión.

Para acercarlos a Ti, he de compor­tarme como Pedro y Juan: rezar por ellos, y darles ejemplo de vida cristiana.

Jesús, hoy curas a la suegra de Simón porque te rogaron por ella.

¿Qué no harás por mis parientes y amigos si te pido por ellos?

Pero quieres que, a la vez que rezo, les dé buen ejemplo, ejemplo de santidad- de modo que como los apóstoles pueda decirles -con la humildad del que sabe sólo instrumento-: ¡miradme!

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«Sucedió que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pes­cadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo en una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud.

Cuando terminó de hablar; dijo a Simón: Guía mar aden­tro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. Y habiéndolo hecho recogieron gran canti­dad de peces, tantos que las redes se rompían. Entonces hicie­ron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos bar­cas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apode­rado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hom­bres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.» (Lucas 5, 1-11)

 

1º. Jesús, qué lección de fe me da Pedro.

Él sabía más que nadie de pesca.

El Maestro podía enseñar sobre cualquier tema, pero sobre pesca... ¡y más en aquel lago!

A pesar de todo, Pedro confía en Ti.

A veces me falta fe para lanzar mi red apostólica y hablar con la gente que me rodea, precisamente porque los conozco mejor que nadie, y estoy convencido de que no van a cambiar.

Jesús, aumenta mi fe para que confíe más en Ti.

Entonces, me maravillaré del resultado.

«Nadie debe dudar acerca de la fe, sino creer las cosas de la fe más que las que puede ver; porque la vista del hombre puede enga­ñarse, pero la sabiduría de Dios jamás se equívoca» (Santo Tomás).

 

2º. «Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor; «ansiosas de escuchar la palabra de Dios». ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros -sin culpa de su parte- no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y aunque no lo admi­tan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor.

Cuando acabó su catequesis, ordenó a Simón: «guía mar aden­tro, y echad vuestras redes para pescar.

«Replicole Simón: Maestro, durante toda la noche hemos esta­do fatigándonos, y nada hemos cogido». La contestación parece ra­zonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: «no obstante, sobre tu palabra echaré la red». Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se comprome­te a trabajar fiado en la Palabra del Señor ¿ Qué sucede entonces? «Habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces, que la red se rompía».

Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con hu­mildad «apártate de mí, Señor; que soy un hombre pecador», Nues­tro Señor responde: «no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar». Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los após­toles, a pesar de sus personales miserias» (Amigos de Dios.-260-261).

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Pero ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayu­nan con frecuencia y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos; en cambio los tuyos comen y beben? Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arreba­tado el esposo; ya ayunarán en aquellos días. Y les decía tam­bién una parábola: Nadie pone a un vestido viejo una pieza cortándola de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, la pieza del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; pues entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: el añejo es mejor» (Lucas 5, 33-39)

 

1º. Jesús, los discípulos de Juan y los de los fariseos «ayunan con frecuencia y hacen oraciones».

 ¿Por qué los tuyos no? ¿Es que vienes a traer una religión sin oración ni mortificación, una religión «fá­cil»?

No.

Sin embargo, vas llevando a tus discípulos poco a poco por el camino cristiano.

Ya se sacrificarán, hasta dar la vida por Ti, cuando llegue el momento.

Jesús, no vienes a cambiar la oración y la mortificación  el ayuno es una forma de mortificación  como medios de unión con Dios, sino que vienes a darles un nuevo sentido que los llena de ple­nitud: el sentido de la filiación divina.

Has venido al mundo para ha­cerme hijo de Dios; por ello, las oraciones y ayunos del Antiguo Testamento ya no son suficientes.

«La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al «Padre que ve en lo secreto», por oposición al deseo de «ser visto por los hombres». Su oración es el Padre Nuestro» C. I. C.-1969).

«El vino nuevo debe echarse en odres nuevos.»

 No es que no haya que rezar o mortificarse, sino que hay que hacerlo de una ma­nera nueva, con nueva perspectiva.

Los moldes antiguos  -odres viejos-, las antiguas tradiciones y prácticas, han de dar paso a otros nuevos: Dios, sin dejar de ser el Todopoderoso, es Padre.

 

2º. «Minutos de silencio». Dejadlos para los que tienen el cora­zón seco.

Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos» (Camino.-115).

Llegado el momento oportuno, cuan do los apóstoles pueden entender el vino nuevo de la filiación divina, les explicas cómo deben rezar: «vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los cie­los» (Mateo 6,9).

Jesús, quieres que los católicos, hijos de Dios, hablemos con Dios como Tú hablas con El: como hijos con su padre.

Por eso la oración no consiste en permanecer en silencio, que es lo propio de los que no tienen a nadie a quien dirigirse.

«Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles» (Mateo 6,7).

La oración es una conversación natural de un hijo con su Padre.

No se hace más oración cuanta más gente está a mi alrededor, ni cuanto más se canta, ni cuanto más ruido se hace.

«Por el contrario, cuando te pongas a orar; entra en tu aposento y cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensara» (Mateo 6,6).

La mortificación de los hijos de Dios no es tampoco como la de los fariseos, que «desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mateo 6,16).

Al contrario, es un sacrificio hecho cara a Dios, sin ruido, sin extravagancias.

«Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará» (Mateo 6,17-18).

Jesús, ayúdame a hacer la oración y la mortificación como Tú me has enseñado con tu palabra y con tu ejemplo: con la intimidad y confianza propias de los hijos de Dios.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Veintidós Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

«Sucedió un sábado que, al atravesar los sembrados, sus dis­cípulos arrancaban espigas y desgranándolas con las manos, las comían. Algunos fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado? Y Jesús respondiéndoles dijo: ¿No habéis leído loque hizo David, cuando tuvo hambre él y los que estaban con él; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición y comió, y dio a los que estaban con él, siendo así que sólo está permitido comerlos a los sacerdotes? Y les de­cía: El Hijo del Hombre es Señor del sábado.» (Lucas 6,1-5).

 

1º. Jesús, ante la pregunta de los fariseos respondes con dos razones: una para que puedan entender dentro de sus esquemas -porque es un ejemplo del Antiguo Testamento- y otra que supone un rompi­miento, un cambio: «El Hijo del Hombre es Señor del sábado».

La ra­zón de tener un día dedicado a Dios es, precisamente, el poder darle gloria.

Lo importante no es el día en sí, sino Dios.

Y Tú eres Dios.

Sin embargo, no niegas la importancia de los preceptos judíos, que tenían un buen fin: ayudar al pueblo de Israel a dirigirse a Dios.

No eran los mandamientos de la ley de Dios dados a Moisés, sino otros preceptos añadidos posteriormente para concretar el culto di­vino.

Igualmente, la Iglesia ha concretado el modo de dar culto a Dios mediante cinco preceptos conocidos como los mandamientos de la Iglesia.

«Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El ca­rácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la auto­ridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.» (C. I. C.-2041).

Estos preceptos son: oír Misa entera todos los domingos y fies­tas de guardar; confesar los pecados mortales al menos una vez al año o si se ha de comulgar; comulgar por Pascua de Resurrección; ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Ma­dre Iglesia; y ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

 

2º. «Dos razones hay, entre otras, se decía aquel amigo, para que desagravie a mi Madre Inmaculada todos los sábados y vísperas de sus fiestas.

-La segunda es que los domingos y las fiestas de la Virgen (que suelen ser fiestas de pueblos), en vez de dedicarlos las gentes a la oración, los dedican -basta abrir los ojos y ver- a ofender con pecados públicos y crímenes escandalosos a Nuestro Jesús.

La primera: que los que queremos ser buenos hijos no vivimos, quizá empujados por Satanás, con la atención debida esos días de­dicados al Señor y a su Madre.

-Ya te das cuenta de que, por desgracia, siguen muy de actua­lidad esas razones, para que también nosotros desagraviemos» (Forja.-434)

Jesús, el tercer mandamiento de la Ley de Dios es santificar las fiestas.

Hoy me recuerdas que no se trata de cumplir una serie de prácticas más o menos estrictas.

Es mucho más; se trata de aprove­char esos días para pensar más en Ti: para adorarte porque eres Dios, para darte gracias -porque me has dado todo lo que tengo, en especial la gracia y la fe-, para pedirte lo que necesito -porque eres mi Padre- y también para pedirte perdón -por mis pecados y por los de los demás, para desagraviarte.

Los domingos son días dedicados a Ti, Jesús. Y la mejor mane­ra de unirme a Ti es asistiendo a Misa y recibiendo la Comunión.

La Misa es el mejor momento para adorarte, darte gracias, pedirte por lo que necesito, y pedirte perdón. De hecho, éstos son los cuatro fi­nes de la Misa.

¿Intento no caer en la rutina cuando voy a Misa, tra­tando de vivir sus cuatro fines lo mejor posible?

Los sábados son los días dedicados ala Virgen.

Madre, quiero ser buen hijo tuyo y vivirlos con la atención debida.

Una buena for­ma de concretar esta intención es Rezar el Rosario, o una Salve.

También es un buen día para hacer algo especial en servicio de los demás: una visita a gente necesitada, dedicar más tiempo a la fami­lia, etc...

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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