DOMINGO
TERCERO DE PASCUA-A
«El mismo día, dos de ellos
iban a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Y
conversaban entre sí de todo lo que había acontecido. Y sucedió que, mientras
comentaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos; pero sus
ojos estaban incapacitados para reconocerle. Y les dijo: ¿Qué conversación
lleváis entre los dos mientras vais caminando y por qué estáis tristes? Uno de
ellos, de nombre Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en
Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? El les dijo: ¿Qué ha
pasado? Y le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso
en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes
de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que lo condenaran a
muerte y lo crucificaron. Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien
redimiera a Israel Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado
estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros
nos han sobresaltado porque fueron al sepulcro de madrugada y, al no encontrar
su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, los
cuales les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al
sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le
encontraron. Entonces Jesús les dijo: ¡Oh necios y tardos de corazón para creer
todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera
estas cosas y así entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los
Profetas les interpretaba en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Llegaron cerca del pueblo a donde iban y él hizo ademán de continuar adelante.
Pero le retuvieron diciéndole: Quédate con nosotros, porque ya está
anocheciendo y va a caer el día. Y entró con ellos. Y estando juntos a la mesa
tomó el pan, lo bendijo, y partiéndolo se lo dio. Entonces se les abrieron los
ojos y le reconocieron, pero él desapareció Dios su presencia. Entonces se dijeron
uno a otro: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras
nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y al instante se
levantaron y regresaron a Jerusalén y encontraron reunidos Señor los Once y a
los que estaban con ellos, que decían: El Señor ha resucitado realmente y se ha
aparecido a Simón. Y ellos contaban lo que había pasado en el camino, y cómo le
habían conocido en la fracción del pan.» (Lucas 24, 13-35)
1º. Jesús, ¡quédate conmigo!
¿No es verdad que cuando me acompañas en mi camino; cuando te acercas a mí
y me hablas, cuando me doy cuenta de que me quieres sin medida, arde mi
corazón, y tengo la necesidad de contar a otros esta dicha?
Pero a veces Tú me tienes que decir: «¡necio
y tardo de corazón!» ¡No te
enteras! Me tienes aquí, a tu lado, caminando contigo, y tú haces tu vida, vas
a la tuya.
Jesús, eres Tú entonces quien me dices: ¡quédate conmigo!
Búscame durante el día, trátame en la oración, venme a ver al sagrario,
tenme presente mientras estudies o trabajes; porque Yo estoy allí, junto a Ti.
¿Qué vas a contar a los demás, si no me descubres tú primero?
«Cuando Dios os concede la
gracia de sentir su presencia y desea que le habléis como al amigo más querido,
exponedle vuestros sentimientos con todo libertad y confianza. Se anticipa a
darse a conocer a los que le anhelan (Sabiduría 6, 14). Sin esperar a que os
acerquéis a él, se anticipa cuando deseáis su amor: y se os presenta,
concediéndoos las gracias y remedios que necesitáis. Sólo espera de vosotros
una palabra para demostraros que está a vuestro lado y dispuesto a escucharos y
consolaros» (San Alfonso María de Ligorio).
Jesús, te puedo encontrar especialmente en la Misa.
Sobre la mesa del altar, te haces presente en las especies eucarísticas del
pan y del vino.
Cada día podemos experimentar lo que vivieron aquellos dos discípulos en
Emaús: «Y estando juntos a la mesa tomó
el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y
le reconocieron.»
La Eucaristía es el sacramento de nuestra fe, como decimos después de la consagración.
Aumenta mi fe para que te sepa reconocer en cada Misa, en cada comunión, y
para que tu amor me encienda.
2º. « Se termina el trayecto al
encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la
palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les
saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor
Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la
pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y
rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se
hace de noche.
Así somos: siempre poco
atrevidos, quizá por insinceridad o quizá por pudor. En el fondo, pensamos:
quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas, y sólo Tú
eres luz, sólo Tú puedes calmar esta ansia que nos consume.
Y Jesús se quedo. Se abren
nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y
aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de
emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque
tanta alegría no cabe en un pecho solo.
Camino de Emaús. Nuestro
Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el
Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra» (Amigos de Dios.-314).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de
Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Lunes
«Al día siguiente, la multitud que estaba al otro lado
del mar vio que no había allí más que una sola barca, y que Jesús no había
subido a la barca con sus discípulos, sino que éstos se habían marchado solos.
Llegaron otras barcas de Tiberíades, junto al lugar donde habían comido el pan
después de haber dado gracias el Señor: Cuando vio la multitud que Jesús no
estaba allí ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a
Cafarnaún buscando a Jesús. Y al encontrarle al otro lado del mar, le
preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? Jesús les respondió: En verdad, en
verdad os digo que vosotros me buscáis no por haber visto los milagros, sino
porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento
que perece sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo
del Hombre, pues a éste lo confirmó con su sello Dios Padre. Ellos le
preguntaron: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? Jesús les respondió:
Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado.» (Juan 6, 22-29)
1º. Jesús, esta gente rema por el mar de
Tiberíades durante varios kilómetros para verte.
Se han pasado el día
en la barca buscándote.
Y cuando, al fin, te encuentran, les recibes con un
reproche: «me buscáis no por haber visto
los milagros, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado.»
No han entendido el
significado espiritual del milagro; sólo ven la ganancia material, tu capacidad
para resolver sus problemas humanos.
Jesús, Tú les
quieres mostrar el alimento «que perdura
hasta la vida eterna,» que es tu
propio cuerpo y sangre en la
Eucaristía, pero no acaban de entender que Tú eres aquel a
quien «confirmó con su sello Dios
Padre,» es decir, el Mesías.
Por eso cuando te
preguntan qué hacer, les respondes: creed en Mí. «Esta es la obra de Dios, que creáis en quien El ha enviado.»
Sólo creyendo
primero en Ti, Podré luego creer en la Eucaristía.
«La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la
verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, 'no se conoce por los sentidos,
dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios». (C. I. C.- 1381).
Jesús, a veces yo
también me muevo con entusiasmo para buscarte. Pero, ¿con qué intención?
¿Te busco para que
me pidas lo que quieras e intentar hacerlo; o te busco sólo para sentirme
tranquilo con mi conciencia, o a gusto con mis sentimientos espirituales?
2º. «Al
contemplar esa alegría ante el trabajo duro, preguntó aquel amigo: pero ¿se
hacen todas esas tareas por entusiasmo? -Y le respondieron con alegría y con
serenidad: «¿por entusiasmo?..., ¡nos habríamos lucido!»; «per Dominum Nostrum
Jesum Christum!» -¡por Nuestro Señor Jesucristo!, que nos espera de continuo».
(Surco.- 773).
Jesús, he de hacer
las cosas con entusiasmo, pero no
necesariamente por entusiasmo. Quiero
hacer en cada momento lo que creo que debo hacer, es decir, lo que creo que me
estás pidiendo.
Puede que sea lo que
más me entusiasme o puede que no.
Pero al hacerlo por
Ti, por agradarte a Ti, lo hago con alegría: con la alegría de un buen hijo que
hace algo porque se lo ha pedido su padre, y por ello, lo intenta hacer lo
mejor que puede, poniendo los cinco sentidos en esa labor.
Si sólo hiciera lo
que me gusta y porque me gusta, ¡me
habría lucido!
¿Qué mérito tiene
eso?
¿Acaso no se
comporta igual, es decir, egoístamente, cualquier ateo y aún cualquier animal?
Sólo el hombre tiene
la capacidad -porque es una capacidad espiritual- de comportarse en contra de
lo que le apetece, si cree que eso es lo que debe hacer.
«Obrad no por el alimento que perece sino por el que
perdura hasta la vida eterna.»
Ayúdame, Jesús, a
obrar con rectitud de intención; es decir, con la intención recta, con la
intención correcta, porque es la que perdura, porque es la Tuya.
Ayúdame a buscar en
todo momento tu voluntad, y a ponerla en práctica con todo el entusiasmo
posible.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Martes
«Le dijeron: ¿Pues qué milagro haces tú, para que lo
veamos y te creamos? ¿Qué obras realizas tú? Nuestros padres comieron el maná
en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del Cielo. Les respondió
Jesús: En verdad, en verdad os digo que no os dio Moisés el pan del Cielo, sino
que mi Padre os da el verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha
bajado del Cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre
de este pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mino
tendrá hambre, y el que cree en mino tendrá nunca sed.» (Juan 6, 30-35)
1º. Jesús, Tú eres «el
verdadero pan del Cielo. Pues el pan de Dios es el que ha bajado del Cielo.»
Esa es tú obra, ése
tú milagro: el gran milagro después de la Resurrección.
Todo tu empeño es
hacerme ver que, tras la
Redención, puedo ser hijo de Dios, tener una vida espiritual,
divina.
Y esa vida eres Tú: «Yo soy el pan de vida».
Jesús, ¿qué me das
con la Eucaristía?;
¿qué significa no tener más hambre ni tener más sed?
Cuando tomo un
alimento cualquiera, lo convierto en parte de mi organismo, en parte de mí
mismo: lo que tenía menos vida pasa a formar parte de lo que tiene más.
Pero cuando comulgo,
cuando como el Pan de Vida, no te asimilo; soy yo el que paso a tener tu vida,
el que me divinizo.
Lo que el alimento material produce en nuestra
vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida
espiritual. La Comunión
con la Carne de
Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva,
acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo» (C. I. C.-
1392).
Jesús, en la Eucaristía no sólo
recibo gracia, como en cualquier otro sacramento, sino que te recibo a Ti
mismo, el Autor de la gracia; y aún más, al recibirte me hago Tú –Cristo- y
puedo pedir al Padre en tu nombre, y puedo darle gracias, y pedir perdón por
mis pecados y por los pecados de todos los hombres; y puedo amarle con el amor
tuyo, Jesús, con el auténtico amor filial del único Hijo de Dios.
2º. «El más grande
loco que ha habido y habrá es Él ¿Cabe mayor locura que entregarse como Él se
entrega, y a quienes se entrega?
Porque locura hubiera sido quedarse hecho un Niño
indefenso; pero, entonces, aun muchos malvados se enternecerían, sin atreverse
a maltratarle. Le pareció poco: quiso anonadarse más y darse más. Y se hizo
comida, se hizo Pan.
-¡Divino loco! ¿Cómo te tratan los hombres?... ¿Yo
mismo?». (Forja.-824).
Jesús, si te
hubieras quedado como un niño, hubiera sido sentimentalmente enternecedor.
Ni siquiera los
malvados se hubieran atrevido a maltratarte o a ofenderte.
Pero mi unión
contigo sería meramente superficial: te podría cuidar, besar, querer, e incluso
adorar.
Pero la Eucaristía es mucho
más: al recibirte me convierto en Ti; tal es la unión contigo que se realiza al
comulgar.
Si cabe imaginarse
lo irrespetuoso que sería cogerte a Ti, en forma de niño, con unas manos
sucias, ¿qué será cuando no sólo es tocarte, sino convertirme en Ti?
¿Cómo voy a
atreverme a recibirte con el alma manchada por el pecado, si Tú eres «el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo»?
¿Cómo voy a dar un
cuerpo espiritualmente muerto para convertirse en tu Cuerpo?
Jesús, no quiero ni
pensar en ello.
Si no estoy en
gracia, primero he de irme a confesar.
Y si no puedo, no
comulgo, aunque quede mal, porque no tengo derecho a maltratarte de esa manera.
«Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá
hambre.»
Jesús, que me dé
cuenta de una vez de lo que significa comulgar.
Entonces entenderé
con claridad que no hay nada en la tierra más importante que recibirte en la Eucaristía.
Por eso, vale la
pena hacer cualquier sacrificio para comulgar diariamente.
Porque se puede, si
se entiende... y se ama.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Miércoles
«Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene
a mí no tendrá hambre, y el que cree en mino tendrá nunca sed. Pero os lo he
dicho: me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y
al que viene a mino lo echaré fuera, porque he bajado del Cielo no para hacer
mi voluntad sino la voluntad de Aquél que me ha enviado. Esta es la voluntad
del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo
resucite en el último día. Esta es, pues, la voluntad de mi Padre: que todo el
que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último
día.» (Juan 6, 35-40)
1º. Jesús, has bajado del Cielo no para
hacer tu voluntad sino la
Voluntad de tu Padre Dios.
Eres la persona más
libre, porque eres «la Verdad» (Juan 14,6) «y la verdad os hará libres». (Juan 8,32).
Tú conoces todo y
puedes escoger lo mejor con plena libertad, no como el engañado, o el
ignorante, o el que está cegado por sus pasiones.
Tú, que escoges con
la libertad más plena y escoges lo mejor, escoges la obediencia.
¿Por
qué?
Parece un
contrasentido: eres el ser más inteligente y más libre, eres Dios, y escoges no
hacer tu voluntad, sino obedecer.
¿Es eso libertad?
Jesús, sabes bien
que sí, porque sabes a quién obedeces: no hay nada más inteligente que obedecer
a Dios, pues Él sólo busca mi bien y además sabe mejor que yo cómo conseguirlo.
«En la medida en que el hombre hace más el bien, se va
haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del
bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de
la libertad y conduce a «la esclavitud del pecado» (cf. Romanos 6,17)» (C. I. C.-1733).
Jesús, a veces tengo
ganas de ir por mi cuenta, buscándome a mí mismo: lo que me gusta, lo que me
interesa, lo que «necesito».
Incluso el ambiente
actual quiere hacerme creer que así soy más libre, porque decido lo que yo
quiero, y no lo que quiere otro.
Que me dé cuenta de
lo estúpida que es esta postura.
Cuando busco hacer
tu voluntad, también decido lo que yo quiero, sólo que decido mejor.
2º. «Nos
quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar
atentamente aquel grito de San Pablo: «ésta
es la voluntad de Dios, vuestra santificación». Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os lo recuerdo también a
vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que
seamos santos.
»Para pacificar las almas con auténtica paz, para
transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del
mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal» (Amigos de Dios.-
294).
Jesús, Tú has venido
a hacer la voluntad del Padre Celestial y me has dado ejemplo de obediencia
hasta en los momentos más difíciles.
Ahora me pides que
siga ese ejemplo; que mi gran objetivo sea la fidelidad a esa voluntad de Dios
para mí que se me va manifestando día a día: mi santidad personal. Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra
santificación.
Pero, ¿cómo conocer la Voluntad de Dios?
Lo primero es estar
lo más unido posible a El.
¿Cómo?
Buscando unos
momentos al día para tratarle, para pensar en El, para pedirle cosas, para
darle gracias.
Así actuabas Tú,
Jesús.
Siempre encontrabas
la forma de retirarle un poco de la muchedumbre para rezar.
Rezar: éste es el
gran secreto para unirse a Dios.
La oración es
fundamental en mi camino hacia la santidad.
Y hay tres tipos de
oración:
+la oración mental, que son estos minutos
dedicados a hablar contigo;
+la oración vocal, que es rezar oraciones ya
hechas, entre la que destaca el Rosario;
+y la oración habitual, que es hacerlo todo en
presencia de Dios, convertirlo todo en oración: el estudio, el trabajo, el
descanso, el deporte, la diversión, etc.
Ayúdame a decir
sinceramente cada día: hoy, una vez más, me propongo luchar por cumplir tu
Voluntad, luchar por ser santo, luchar por convertir todo mi día en oración.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Jueves
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha
enviado, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Y
serán todos enseñados por Dios. Todo el que ha escuchado al que viene del
Padre, y ha aprendido viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino
aquél que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo
que el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná
en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo para que si
alguien come de él no muera. Yo soy el pan vivo que he bajado del Cielo. Si
alguno come de este pan vivirá eterna- mente; y el pan que yo daré es mi carne
para la vida del mundo.
Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne?» (Juan 6, 44-52)
1º. Jesús, das a conocer el misterio de la Eucaristía: «Yo soy el pan de vida; y el pan que yo
daré es mi carne».
¿Hablas en serio? El
mensaje es muy fuerte, absolutamente fuera de lo habitual, por lo que es lógico
que los judíos pregunten: «¿Cómo puede
éste darnos a comer su carne?»
Te piden una
explicación humana, pero la
Eucaristía es un fenómeno sobrenatural y, por tanto, se
escapa a las posibilidades de la razón natural o de las ciencias naturales.
Es un misterio, el
misterio de nuestra fe: «Este es el sacramento de nuestra fe», decimos después de la consagración,
porque, de alguna forma, al creer en la Eucaristía, creemos en las demás verdades de la
fe: la Encarnación,
la Resurrección,
etc.
«En resumen, la Eucaristía es el
compendio y la suma de nuestra fe» (C. I. C.- 1327).
Por eso, Tú no
hablas de conocer, sino de creer: «En
verdad os digo que el que cree tiene vida eterna.»
Y la fe la da Dios: «nadie puede venir a mí si no lo atrae el
Padre.»
Jesús, aumenta mi
fe.
Que no pretenda
entender con mi cabeza pequeña algo que supera lo estrictamente material,
cuando me cuesta tanto comprender hasta los procesos físicos más sencillos.
Que me fíe de Ti,
que te crea, que te crea firmemente: Jesús, creo firmemente que estás aquí, en la Eucaristía, y que me
ves, y que me oyes.
2º. «La frecuencia con
que visitamos al Señor está en función de dos factores: fe y corazón; ver la
verdad y amarla». (Surco.- 818).
Jesús, ¿con qué
frecuencia te visito?
¿Cuántas veces paso
al lado de un sagrario y me paro un segundo a decirte algo?
¿Cuántas veces voy
expresamente a visitarte aunque no me venga de camino?
A lo mejor me falta
fe o corazón, o un poco de las dos cosas.
¿Qué puedo hacer
para creer más en Ti, para quererte más?
De la misma manera
que a andar se aprende andando, mi fe y mi amor crecerán con actos de fe y
actos de amor.
Un propósito sencillo
para mejorar será, por tanto, irte a visitar más a menudo, diariamente si
puedo.
Que la Eucaristía se entienda
por la fe y el amor no significa que sea irracional.
La cabeza también
puede entender algo, porque la
Eucaristía, aunque es sobrenatural, es razonable.
Los teólogos hablan
de «transubstanciación» o cambio de substancia: esto significa que, aunque lo
accidental -lo externo-, se mantenga igual, lo substancial -lo que aquello es
en realidad- ha cambiado.
Aunque el ejemplo no
es exacto, se parece a un cheque que, antes de firmar, es un papel; pero cuando
una persona autorizada lo firma, sin dejar de ser igual por fuera, cambia
substancialmente: ahora es dinero.
Igualmente, aunque
no exactamente, lo que antes era sólo pan y vino, sin dejar de serlo en lo
accidental, cambia de substancia con la «firma» de las palabras de la
consagración, y se convierte en tu cuerpo y sangre.
La única persona
«autorizada» para confeccionar la
Eucaristía es el sacerdote.
Hasta aquí la
cabeza.
Lo que me pides, sin
embargo, es fe: fe en tus palabras; fe en Ti, que eres Dios y sabes más.
Y también me pides
corazón, porque sólo por amor se entiende que hayas hecho esta locura de
milagro para no separarte de mí.
Que no sea yo el que
me separe de Ti, o me olvide de Ti. Que te vaya a visitar diariamente si puedo.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Viernes
«Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os
digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no
tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece
en mi y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así,
aquél que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del Cielo, no
como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá
eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún. Entonces,
oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: Dura es esta enseñanza, ¿quién
puede escucharla?» (Juan 6, 52-60)
1º. Jesús, no puedes ser más explícito: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre
verdadera bebida.»
Es decir: eres
verdadero alimento para mi vida.
Mi cuerpo necesita
alimento natural para mantenerse, fortalecerse y crecer.
Sin alimentarme
periódicamente, iría perdiendo fuerzas y me moriría.
Del mismo modo, mi
vida espiritual, que es vida de hijo de Dios, necesita el alimento espiritual
de la Eucaristía.
«Aquél que me come vivirá por mí.»
Jesús, al recibirte
en la comunión, recibo tu misma vida, la vida del Hijo de Dios que me hace hijo
de Dios, y por tanto, heredero del Cielo.
Al comerte, Jesús,
ya no soy yo el que vivo sino que eres Tú el que vives en mí, y Dios me
reconoce entonces como verdadero hijo suyo.
«Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo.
Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia¡» (C. I. C.- 1398).
Qué cosa más
impresionante es la comunión!
Nunca llegaré a
entender ni valorar suficientemente hasta qué punto me une a Ti y, a través de
Ti, a todos los cristianos, pues todos pasamos a ser tu mismo cuerpo.
Lo que sí entiendo
es que necesito comulgar más a menudo, porque necesito más alimento espiritual.
«Quien come de este pan vivirá eternamente.»
Pero no es sólo
cuestión de frecuencia, sino también de aprovechamiento: cuando comulgo, ¿qué
hago? ¿qué te digo? ¿cómo aprovecho esos minutos en los que estás viviendo
íntimamente conmigo?
2º. «Recordad
-saboreando, en la intimidad del alma, la infinita bondad divina- que, por las
palabras de la
Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia, con su Cuerpo, con
su Sangre, con su Almo y con su Divinidad. Adoradle con reverencia y con
devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento sincero de vuestro amor;
decidle sin miedo que le queréis; agradecedle esta prueba diaria de
misericordia tan llena de ternura, y fomentad el deseo de acercaros a comulgar
con confianza. Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre
corazón como trono, para no abandonarme si yo no me aparto de Él
»Reconfortados por la presencia de Cristo, alimentados de
su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida terrena, y luego, en el cielo,
junto a Jesús y a su Madre, nos llamaremos vencedores» (Es Cristo que
pasa.- 161).
Jesús, a través de la Eucaristía, buscas mi
pobre corazón.
Ese es el motivo de
que te hayas quedado: tu inmenso amor por mí.
Yo me pasmo ante
este misterio de Amor.
No quiero
acostumbrarme a verte escondido en el sagrario, sabiendo que me esperas; no
quiero pasar con indiferencia delante de una Iglesia, sabiendo que Tú estás
allí, tal vez solo; no quiero recibirte sin darme cuenta de lo que me quieres
cuando te has hecho alimento para darme tu vida.
«Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?»
Jesús, yo puedo
escucharla, yo quiero escucharla, y creer en ella y vivir de ella.
Pero necesito tu ayuda:
dame más fe, Jesús, para que sepa apreciar, aunque sea mínimamente, lo que
significa la Eucaristía.
Y para prepararme
mejor a recibir la Comunión,
puedo repetir la oración de la
Comunión espiritual: Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella
pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el
espíritu y fervor de los Santos.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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Tercera
Semana de Pascua. Sábado
«Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos
murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? ¿Pues y si vierais al Hijo
del Hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es el que da la vida, la
carne de nada sirve: las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.
Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde
el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a
entrega. Y decía: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no le
fuera dado por el Padre. Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y ya
no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: ¿También vosotros queréis
marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras
de vida eterna; y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de
Dios.» (Juan 6, 61-69)
1º. Jesús, hoy aparecen dos respuestas
opuestas ante el misterio de la
Eucaristía que acabas de descubrirles: la respuesta de muchos
discípulos que se echan atrás y dejan de acompañarte, y la de los apóstoles.
«El primer anuncio de la Eucaristía dividió a
los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro
este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?”. La Eucaristía y la cruz
son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de
división: ¿también vosotros queréis marcharos?: esta pregunta del Señor resuena
a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él
tiene “palabras de vida eterna”, y que acoger en la fe el don de su Eucaristía
es acogerlo a El mismo (Catecismo, 1336).
«Jesús, conociendo en su interior...»
Jesús, Tú me conoces
bien, conoces mi interior: mis luchas, mis propósitos de mejora, mis victorias
y mis derrotas.
Sabes que, a veces,
me falta un poco más de fe, un poco más de ilusión por agradarte, un poco más
de capacidad de sacrificio. Y entonces me echo atrás; o me quedo quieto –sin
mejorar en nada- que al final es lo mismo; porque en la vida interior, el que
no avanza retrocede.
Jesús, con Pedro
quiero volver a decirte: «Tú tienes
palabras de vida eterna».
Ayúdame a vivir en
consecuencia.
Y la primera
consecuencia es la de intentar no abandonarte, sino seguir a tu lado.
Para ello necesito
la ayuda del Padre: «ninguno puede venir
a mí si no le juera dado por el Padre».
¿Cómo pido en la
comunión, en la oración, en el rosario, por mi fidelidad, para que no te deje nunca?
Jesús, quiero serte
fiel; ayúdame.
2º.
«Acude en confidencia segura, todos los días, a la Virgen Santísima.
Tu alma y tu vida saldrán reconfortadas. -Ella te hará participar de los
tesoros que guarda en su corazón, pues “jamás se oyó decir que ninguno de
cuantos han acudido a su protección ha sido desoído”»
Jesús, a veces me
asalta la tentación de abandonarte; al menos, de no seguirte tan de cerca.
Es demasiado
esfuerzo, pienso.
Que me acuerde,
entonces, de la respuesta de San Pedro: ¿a quién
iremos?: ¿a mi comodidad, a mis gustos, a mis caprichos, a mis defectos?
¿A quién voy a ir? Tú tienes palabras de vida eterna; yo
tengo sólo objetivos humanos, pasajeros.
Es el momento de
mirar a la Virgen.
Madre, tú eres la
que más conoces y quieres a Jesús, y me quieres también a mí porque soy tu
hijo.
¿A quién iremos?
María, quiero acudir
a ti, confiarte mis penas, mi cansancio, mis dificultades a la hora de superar
un defecto, de alcanzar una virtud o de llevar con visión sobrenatural un
sufrimiento.
«Jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido a
su protección ha sido desoído».
Madre, qué seguridad
me da saber que me escuchas y que me ayudas. Que me apoye más en tu protección
maternal.
¿Cómo?
Rezando con fe el
santo rosario, esa oración que tú misma has pedido a los cristianos que
recemos.
Que lo rece con la
seguridad de que soy escuchado, y no sólo para pedir cosas, sino para dar: para
decirte que te quiero, Madre; que quiero ser un hijo fiel, un hijo parecido a
tu Hijo.
Gracias, María, porque
no estoy solo, porque tengo siempre a quien acudir.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
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