Recursos
  Recursos litúrgicos
  Almudí Valencia
  Consultas
  Meditaciones

DOMINGO CUARTO DE PASCUA-A

 

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera. Cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen se voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.

Entonces dijo de nuevo Jesús: En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para roba, matar y destruir Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia.» (Juan 10, 1-10)

 

1º. Jesús, has venido a buscarme, me has llamado por mi nombre y yo he oído tu voz.

Por eso te sigo.

Quiero seguirte a Ti, no a un extraño que se haga pasar por Ti.

Quiero seguir tu doctrina, la doctrina verdadera, la que has dejado a tu Iglesia.

Obedeciendo la doctrina y las indicaciones de los pastores de la Iglesia en unión con el Papa, encuentro pasto abundante, el verdadero alimento que me da vida, la vida de la gracia.

«La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas» (LG.-6)» (C. I. C.-754).

Jesús, oigo también otras voces que me llaman y que quieren que las siga.

Presentan otros caminos, otros pastos, otras felicidades y otros placeres.

«No te pases», «es un rollo», «me lo pide el cuerpo», «sé tú mismo», etc.

Son eslóganes sugestivos, y muchas ovejas siguen su voz.

«Yo vine para que tengan Vida y la tengan en abundancia.»

Que me dé cuenta, Jesús, de que Tú eres el buen pastor, el amo de las ovejas, y por tanto sólo quieres mi bien.

Y sabes mejor que nadie qué camino lleva a la felicidad verdadera, aunque cueste; aunque haga pendiente y sea más fácil quedarse en los pastos secos al lado del camino.

 

2º. «Son muchos los cristianos persuadidos de que la Redención se realizará en todos los ambientes del mundo, y de que debe haber algunas almas -no saben quiénes- que con Cristo contribuyen a realizarla. Pero la ven a un plazo de siglos, de muchos siglos...: serían una eternidad, si se llevara a cabo al paso de su entrega.

Así pensabas tú, hasta que vinieron a despertarte» (Surco.-1).

Jesús, Tú llamas continuamente a las almas, y les invitas a seguirte.

«Llama sus propias ovejas por sus nombres, camina delante de ellas y las ovejas te siguen porque conocen su voz»

Vas por delante, pero tu paso es un paso ligero porque es mucho lo que resta por hacer.

También a mí me llamas por mi nombre y me invitas a seguirte, a despertarme de esa postura cómoda que piensa que ya hay otros que te siguen, que ya hay otros que te ayudan a realizar la Redención en los diversos ambientes del mundo.

No, no hay otros.

Nadie puede sustituir mi generosidad.

Sólo yo puedo responder cuando me llamas por mi nombre.

Y me llamas, y me preguntas: ¿tú, qué haces por Mí?

Yo lo he dado todo y ahora te necesito; ¿qué respondes?

No digas que no puedes, porque Yo voy delante marcando el paso: el paso de Dios.

«Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Jesús, Tú eres el Cordero de Dios: con tu muerte y resurrección nos has redimido.

De mí depende que tu Redención llegue a todos los lugares, empezando por los que están a mi alrededor.

Que oiga tu voz, tu llamada, y que la siga.

Y encontraré pastos abundantes para mí y para muchos otros.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Lunes

 

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa-, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pasto,; conozco las mías y las mías me conocen. Como el Padre me conoce a mi, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor.» (Juan 10, 11-18)

 

1º. Jesús, Tú eres el Buen Pastor: has dado tu vida por mí, me conoces y yo te conozco.

Eres Dios y te preocupas de mí como el buen pastor de su rebaño o como la madre cuida a su hijo pequeño.

¿Cómo reacciono yo ante tanto amor?

Todo un Dios pendiente de mí y yo, a veces, ni me entero.

Es como un niño pequeño que sigue jugando distraído sin darse cuenta de que su madre está ahí al lado, pendiente de él continuamente, cuidándole, amándole.

Así estas Tú, Señor: mirándome con mirada de padre y de madre.

¿Cómo te lo agradezco?

Jesús, si Tú te cuidas de mí, ¿qué me puede preocupar?

El saberme hijo de Dios, oveja de tu rebaño, es la fuente más sólida de paz y de alegría.

Porque sé que todo lo que me ocurra es para mi bien: ¡todo!

Hasta lo que humanamente parece un gran fracaso o un gran sufrimiento.

Las penas se convierten en alegrías, y las alegrías en mayores alegrías aún, cuando me doy cuenta de que soy hijo de Dios.

Todo alegrías, todo alegrías.

Por eso, no hay nadie más alegre que el que se sabe hijo de Dios.

«A ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un sola pastor.»

Jesús, cuánta división entre cristianos...

Es necesario volver a una sola Iglesia: un solo rebaño con un solo pastor.

¿Qué puedo hacer?

Ante todo, pedir a Dios por la unidad de los cristianos.

«La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores. Pero hay que ser conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana». Por eso hay que poner toda la esperanza «en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo» (C. I. C.- 822).

Además, debo fomentar la unidad de la Iglesia defendiéndola de los ataques, no criticando a unos o a otros, buscando los puntos comunes y comprendiendo el trabajo de los demás.

 

2º. «Permitidme un consejo: si alguna vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario. (...) La insistencia de Cristo -¿no veis con qué cariño habla de pastores y de ovejas, del redil y del rebaño?- es una demostración práctica de la necesidad de un buen guía para nuestra alma. (...) Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pasto, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo» (Es Cristo que pasa.-34).

Jesús, necesito un buen guía para mi alma, alguien que me ayude a seguirte a Ti, que eres el buen pastor.

Ese guía no puede ser cualquiera, sino alguien que me conozca, que comprenda mis circunstancias, y -sobre todo- alguien que esté cerca de Ti, que luche por ser santo, que dé su vida por los demás.

Tendrá sus defectos también, pero no importa si no actúa cobardemente, como el mercenario, que huye ante el peligro; no importa si es una persona humilde, que quiere mi bien y que, por eso, sabrá exigirme cuando convenga.

Jesús, que no quiera ir por mi cuenta, estar solo ante el peligro.

Porque veo venir al lobo: las tentaciones, los desánimos, la cobardía, la comodidad de quedarme en una lucha a medias... y, entonces, necesitaré un buen pastor que me ayude y me defienda en mi camino de santidad.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Martes

 

«Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Paseaba Jesús por el Templo, en el pórtico de Salomón. Entonces le rodearon los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Les respondió Jesús: Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Pudre que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.» (Juan 10, 22-30)

 

1º. Jesús, los judíos te pedían más claridad: que les digas de una vez quién eres de manera explícita.

Tú ya se lo has dicho claramente a otra gente, como a la samaritana o al ciego de nacimiento, pero a estos judíos no se lo vas a decir tan abiertamente.

No quieren creer sino que buscan una declaración explícita en la que te hagas como Dios, para tener con qué acusarte.

A pesar de todo, te las arreglas para contestarles la verdad sin que te puedan acusar: «Yo y el Padre somos uno.»

«Las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí.»

Les pides que crean, al menos, por los milagros que haces.

«Si un rey enviara una carta sellada con su sello, nadie osaría decir que aquella carta no provenía de la voluntad del rey. Ahora bien, todo lo que los santos creyeron y nos transmitieron sobre la fe de Cristo, está sellado con el sello de Dios. Este sello son las obras que ninguna criatura puede hace,; es decir; los milagros, con los que Cristo confirmó las palabras de los Apóstoles y los santos» Santo Tomás.- Sobre el Credo

Pero no: «os lo he dicho y no lo creéis.»

La fe no depende sólo de tu voluntad, Jesús, depende también de mi libertad.

Por más que expliques, por más gracia que me des, si no quiero escuchar tu voz ni seguirte, todo es inútil.

Por más sol que haya, si no quiero abrir los ojos, no veré, me quedaré a oscuras.

Pero la culpa no será del sol, será mía.

Ayúdame Jesús a escuchar tu voz, a estar abierto a esas gracias que me envías

2º. «No os preocupe si por vuestras obras «os conocen». -Es el buen olor de Cristo. -Además, trabajando siempre exclusivamente por El, alegraos de que se cumplan aquellas palabras de la Escritura: «Que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Camino.-842).

Jesús, las obras que Tú haces dan testimonio de Ti y molestan a los judíos, porque muestran que eres el Mesías.

No lo vas anunciando a todo el mundo, no haces mucha publicidad.

Lo dices a quien le puede aprovechar, a quien está preparado o al menos abierto a entender la verdad.

Al curioso superficial o al malintencionado, le dejas que juzgue por los hechos: «las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí.»

Jesús, mi apostolado no consiste en tener largas y acaloradas discusiones filosóficas con mis amigos sobre la vida y la muerte.

Consiste, más bien, en que las obras que haga -mi trabajo, mis relaciones con los demás, mi actitud de servicio- den testimonio de quién soy: soy cristiano, esto es, hijo de Dios.

No puedo tener vergüenza de que se note que no soy como los que no tienen fe.

Es más, lo natural es que se note la diferencia, que vean mis buenas obras «y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

No es humildad ni naturalidad acomodarse a los usos del ambiente cuando éste no es cristiano.

Es más bien todo lo contrario: una manifestación de soberbia, de temor a quedar mal, a hacer el ridículo.

Es una falta de naturalidad y de coherencia.

Sin hacer cosas raras, también yo debo poder decir: «las obras que hago en nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí».

Jesús, si Tú eres mi modelo, si he de intentar imitarte en todo, también he de imitarte en esto.

Ayúdame a ser valiente, a ser cristiano, las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Miércoles

 

«El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas. Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, ya que no he venido a juzgar al mundo sino a salvar al mundo. Quien me desprecia y no recibe mis palabras tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado ésa le juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que he de decir y habla': Y sé que su mandato es vida eterna; por tanto, lo que yo hablo, según me lo ha dicho el Padre, así lo hablo.» (Juan 12, 44-50)

 

1º. Jesús, no has venido a condenar al mundo sino a salvarlo.

No has venido a buscar mis defectos y ponerlos en evidencia, sino a sacar lo bueno que hay en mí y darme tu gracia, tu ayuda, para mejorar.

No has venido a poner prohibiciones sino objetivos, objetivos de amor: «que os améis unos a otros como yo os he amado». (Juan 13,34).

Tus mandamientos son el camino para ser feliz en la tierra y para llegar al cielo: «sé que su mandato es vida eterna.»

Para seguir tus mandamientos y conseguir estos objetivos me das la clave: imitarte a Ti, ver todo con esa luz nueva que eres Tú mismo: «Yo soy la luz del mundo.»

«Todo lo tenemos en Cristo; todo es Cristo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico. Si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial Si estás oprimido por la iniquidad, Él es justicia. Si tienes necesidad de ayuda, Él es fuerza. Si temes la muerte, El es vida. Si deseas el cielo, Él es el camino. Si refugio de las tinieblas, Él es la luz». (San Ambrosio).

Para no equivocarme, para no perderme, para no quedarme a oscuras, éste es el secreto: imitar tu vida, intentar actuar en cada momento como creo que lo harías Tú si estuvieras en mis circunstancias concretas.

Esta es una pregunta muy práctica, que me puedo hacer muchas veces al día: Jesús, ¿cómo harías esto si estuvieras en mi lugar?

¿Cómo aprovecharías el tiempo esta tarde de domingo?

¿Cómo ayudarías a los que tengo al lado, en mi trabajo, en clase, en casa?

¿Cómo les querrías?

¿Cómo les sabrías perdonar aquella falta?

¿Cómo te alegrarías con sus alegrías?

¿Cómo le exigirías al hijo o al subordinado que, por falta de esfuerzo, hace las cosas mal?

¿Cómo responderías aquella crítica malintencionada y sin fundamento?

¿Cómo harías valer tus derechos ante una injusticia?

 

2º. «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo» (Camino.-2).

«Y si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le jugo; la palabra que he hablado esa le juzgará en el último día»

Jesús, he tenido la suerte de conocerte, de conocer tu vida y tus palabras.

Que las sepa guardar, esto es, que las sepa poner en práctica.

De nada me valdría haber leído tu vida si no se manifestara en mis acciones, en mi compostura, en mi conversación.

Jesús, a lo mejor tengo que empezar por conocerte mejor: por conocer bien el Evangelio o leer lo que, sobre Ti, han escrito los santos y otros autores espirituales.

Por eso es aconsejable leer cada día un poco del Evangelio y de algún libro espiritual.

Basta con cinco minutos diarios de Evangelio y diez de lectura espiritual para ir adquiriendo un conocimiento sólido de tu vida, Jesús, que me permita luego intentar actuar como Tú lo harías.

Es conveniente, también, preguntar en la dirección espiritual qué libro debo leer, y que me aconsejen.

Hay libros que comentan el Evangelio y me dan nuevas luces; otros que son de espiritualidad o tocan una virtud concreta que me puede ir bien; y también ayudan las biografías de santos, que muestran diversos caminos para imitarte, Jesús, y que me animan a luchar porque me muestran que el camino de santidad es posible y llena de felicidad al que lo sigue.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Jueves

 

«En verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su señor ni el enviado más que quien le envió. Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados. No lo digo por todos vosotros: yo sé a quiénes elegí; sino para que se cumpla la Escritura: El que come mi pan levantó contra mí su calcañal: Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que yo soy En verdad, en verdad, os digo: quien recibe al que yo envíe, a mime recibe, y quien a mime recibe, recibe al que me ha enviado.» (Juan 13, 16-20)

 

1º. Jesús, estas palabras las dices al acabar de lavar los pies a tus discípulos, al principio de la última cena.

San Juan se da cuenta muy bien de que este hecho tiene una significación especial: «Sabiendo Jesús que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó» (Juan 13,3-4).

Jesús, la conciencia de tu divinidad y de tu poder te impulsan a servir a los que te rodean.

Es una reacción contraria a la que sentimos muchas veces los hombres: buscamos poder para ser servidos, no para servir.

Por eso, al acabar de lavar los pies a los apóstoles, les dices: «Si comprendéis esto y lo hacéis seréis bienaventurados.»

Esta es la «bienaventuranza nueva», que nos enseñas pocos minutos antes del mandamiento nuevo: es la bienaventuranza del servicio.

Bienaventurado el que sirve a los demás -vienes a decir- porque de él es el Reino de los Cielos.

Si comprendéis que servir es la reacción propia del ser espiritual         -porque es lo propio de Dios- y lo hacéis, seréis bienaventurados.

Por eso también el servicio es propio de los ángeles, especialmente de cada ángel de la guarda, de mi ángel custodio.

Que le sepa pedir muchos favores, porque él está para servirme a mí y, sirviéndome, es bienaventurado, esto es, feliz.

Para servir a los demás no tengo que hacer, necesariamente, cosas extraordinarias.

No sirve más el que se va más lejos, sino el que más pone el corazón en los que le rodean. «El artesano, el soldado, el labrador; el comerciante, todos sin excepción contribuyen al bien común y al provecho del prójimo (...). El que sólo vive para sí y desprecia a los demás, es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, si no aprendo a servir, no sólo soy mal cristiano, sino también menos persona.

2º. «Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

-¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios! (Camino.- 440).

Jesús, la primera condición del servicio es que no imposibilite mis deberes ordinarios.

Si tengo una familia o un trabajo, o estoy estudiando, etc. .., no me puedo comprometer a hacer cosas que me impidan cumplir con mis obligaciones normales, a no ser que exista una causa grave.

Toda virtud tiene un orden, y no te gustaría que, por «afán de servicio», descuidara mi manera más inmediata de servir: mi familia, mi trabajo.

Por eso, cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, y no al revés, a no ser que una urgencia requiera cambiar el orden.

Pero siempre se puede encontrar la manera de ayudar a los demás.

No hay que quitar tiempo al estudio o al trabajo, ni a la familia.

El tiempo hay que buscarlo, con sacrificio, de esas horas que pierdo miserablemente delante de la televisión, durmiendo desordenadamente, en ratos de trabajo a medio ritmo, e incluso recortando un poco el saludable tiempo para el deporte, o para las aficiones, o para la diversión.

La mejor manera de servir es la que no se nota: servir con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

Así, lo hago por él, para ayudarle, y por Ti, Jesús, para imitarte; no por mi, para que me lo agradezcan o me deban un favor.

¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!: es haber comprendido lo que hiciste al lavar los pies a tus apóstoles y, por ello, es ser bienaventurado, feliz.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Viernes

 

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar; y cuando haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; a donde yo voy, sabéis el camino. Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Le respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí.» (Juan 14, 1-6)

 

1º. Jesús, ésta es la gran pregunta de cada hombre, de mí mismo: «¿cómo podremos saber el camino?», ¿cómo sé por dónde debo ir para alcanzar la vida eterna, la felicidad en la tierra y, después, en el cielo?

¿Cómo puedo ser feliz?

«Yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»(San Agustín).

«Yo soy el Camino; nadie va al Padre sino por mí.»

Nadie.

Jesús, sólo hay un modo de llegar a Dios, y eres Tú: seguir el ejemplo de tu vida, vivir esa vida de la gracia que me das en los sacramentos, que es tu misma vida: «Yo soy la Vida» Toda otra vida es efímera, todo otro objetivo es superficial, si se aparta de ese «Camino» que lleva a la verdadera felicidad.

Toda «verdad» en dirección opuesta es mentira, porque sólo Tú eres la «Verdad».

Jesús, a veces me dejo convencer por esas felicidades inmediatas pero huecas que produce mi egoísmo: comodidad, pereza, sensualidad, orgullo.

Ayúdame a no apartarme de tu camino; y si me aparto -aunque la desviación sea pequeña-, que vuelva cuanto antes a él por la confesión.

Gracias, Jesús, porque con tu vida me has dejado un sendero claro, me has marcado el camino que conduce a la felicidad.

Un camino que, a veces, es difícil de ver, porque pasa por el sacrificio, por darse a los demás, por no buscarme a mi mismo.

Jesús, Tú eres el hombre más feliz que jamás ha existido ni existirá en la tierra, y la segunda persona más feliz es la Virgen María.

Pero cuanto habéis sufrido también...

Sin embargo, no ha sido un sacrificio inútil, sino por amor, y ése sacrificio es el que aumenta la capacidad de amar y, por tanto, de ser feliz.

 

2º. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Yo soy el camino: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Le declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.

Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar» (Amigos de Dios.-127).

Jesús, has dejado unas huellas imborrables que marcan el camino, unas señales indelebles que me indican dónde está la verdad, unas fuentes inagotables de donde mana la vida espiritual: los sacramentos.

La vida cristiana -que es esencialmente sobrenatural- se nutre de los sacramentos que Tú has dejado a la Iglesia.

Sin el apoyo de los sacramentos, la oración se convierte en cavilación, y las buenas obras en sentimentalismo.

Jesús, Tú eres la única senda que enlaza el Cielo con la tierra.

Y esa senda está marcada por los sacramentos, en especial por aquéllos que podemos recibir más a menudo: la Comunión y la Confesión.

¿Cuántas veces comulgo o me confieso?

¿Cómo comulgo y cómo me confieso?

Quiero estar preparado, Jesús, para que también a mi me puedas decir: «os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones

 

Cuarta Semana de Pascua. Sábado

 

«Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora te conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor; muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza las obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré.» (Juan 14, 7-14)

 

1º. Jesús, hoy me prometes tu intercesión ante Dios Padre.

Te vas, pero no me dejas solo.

Te vas con el Padre pero sigues pendiente de mí: de mis necesidades, de las necesidades de los que me rodean.

«Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré».

Jesús, éste es tu nombre.

A Ti te tengo que pedir ayuda cuando lo necesite.

Gracias porque no te olvidas de mí, porque me haces más fácil pedir cosas a Dios: qué fácil pedirte a Ti, Jesús, sabiendo que me escuchas siempre.

Yo te pido lo que creo que necesito o que necesitan los demás.

Te pido que les soluciones este problema o aquel otro; que me saques de un apuro; que logre aquel objetivo.

Lo que no sé es si lo que te pido soluciona realmente lo más importante: el crecimiento interior, la felicidad verdadera y eterna, la unión contigo.

«Podéis pedir cosas temporales, nos dice san Agustín; mas siempre con la intención de que os serviréis de ellas para gloria de Dios, para salvación de vuestra alma y la de vuestro prójimo; de lo contrario, vuestras peticiones procederían del orgullo o de la ambición; y entonces, si Dios rehúsa concederos lo que pedís, es porque no quiere perderos»

Por eso, cuando te pido algo, siempre añado: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42); haz lo que más convenga.

Tú sabes mejor que yo qué conviene y qué no.

Los ojos humanos son bastante torpes.

A veces, un fracaso a lo humano es la mejor medicina espiritual, como una operación quirúrgica que, aunque duele, cura.

 

2º. «El Rosario no se pronuncia sólo con los labios, mascullando una tras otra las avemarías. Así, musitan las beatas y los beatos. -Para un cristiano, la oración vocal ha de enraizarse en el corazón, de modo que, durante el rezo del Rosario, la mente pueda adentrarse en la contemplación de cada uno de los misterios» (Surco, 477.)

Jesús, aún me has dado otro camino más fácil para pedir cosas a Dios: pedírselas a la Virgen María, que es mi madre y tu madre, la Madre de Dios.

Es muy típico en una familia que, cuando hay que pedir algo difícil de conseguir, se empiece pidiéndoselo a la madre, para que, cuando ella esté convencida, se lo diga al padre.

¡Qué cosa más natural pedir lo que necesito a mi madre, Santa María!

Ella me comprende, me quiere como sólo las madres saben querer, y ella puede conseguir todo lo que quiera, porque Dios no le niega nada de lo que pide.

Madre mía, yo sé que te gusta que te recen el Rosario.

Lo sé porque lo has dicho en tus últimas pariciones, especialmente en Lourdes y en Fátima.

Quieres que te rece el Rosario y que te pida muchas cosas: una intención en cada misterio, como mínimo.

Y no sólo que te pida cosas para mí o para los míos, sino también grandes intenciones: por la Iglesia y el Papa; por la unidad de los cristianos; por la paz en el mundo.

Y luego, Madre, también he de aprovechar cada misterio para pensar un poco en la escena que se contempla: cómo estarías en esa circunstancia de gozo, de dolor o de gloria; y acompañarte lo mejor que sepa en esas alegrías o penas.

Y decirte que te quiero; y darte gracias por tus cuidados maternales; y pedirte perdón porque no sé comportarme como un buen hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

Subir

 

Volver a Meditaciones