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DOMINGO QUINTO DE PASCUA-A

 

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar; y cuando haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; a donde yo voy, sabéis el camino. Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? Le respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora te conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor; muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza las obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, y si no, creed por las obras mismas. » (Juan 14, 1-12)

 

1º. Jesús, ésta es la gran pregunta de cada hombre, de mí mismo:

«¿cómo podremos saber el camino?», ¿cómo sé por dónde debo ir para alcanzar la vida eterna, la felicidad en la tierra y, después, en el cielo?

¿Cómo puedo ser feliz?

«Yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»(San Agustín).

«Yo soy el Camino; nadie va al Padre sino por mí.»

Nadie.

Jesús, sólo hay un modo de llegar a Dios, y eres Tú: seguir el ejemplo de tu vida, vivir esa vida de la gracia que me das en los sacramentos, que es tu misma vida: «Yo soy la Vida» Toda otra vida es efímera, todo otro objetivo es superficial, si se aparta de ese «Camino» que lleva a la verdadera felicidad.

Toda «verdad» en dirección opuesta es mentira, porque sólo Tú eres la «Verdad».

Jesús, a veces me dejo convencer por esas felicidades inmediatas pero huecas que produce mi egoísmo: comodidad, pereza, sensualidad, orgullo.

Ayúdame a no apartarme de tu camino; y si me aparto -aunque la desviación sea pequeña-, que vuelva cuanto antes a él por la confesión.

Gracias, Jesús, porque con tu vida me has dejado un sendero claro, me has marcado el camino que conduce a la felicidad.

Un camino que, a veces, es difícil de ver, porque pasa por el sacrificio, por darse a los demás, por no buscarme a mi mismo.

Jesús, Tú eres el hombre más feliz que jamás ha existido ni existirá en la tierra, y la segunda persona más feliz es la Virgen María.

Pero cuanto habéis sufrido también...

Sin embargo, no ha sido un sacrificio inútil, sino por amor, y ése sacrificio es el que aumenta la capacidad de amar y, por tanto, de ser feliz.

 

2º. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Yo soy el camino: Él es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Le declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.

Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar» (Amigos de Dios.-127).

Jesús, has dejado unas huellas imborrables que marcan el camino, unas señales indelebles que me indican dónde está la verdad, unas fuentes inagotables de donde mana la vida espiritual: los sacramentos.

La vida cristiana -que es esencialmente sobrenatural- se nutre de los sacramentos que Tú has dejado a la Iglesia.

Sin el apoyo de los sacramentos, la oración se convierte en cavilación, y las buenas obras en sentimentalismo.

Jesús, Tú eres la única senda que enlaza el Cielo con la tierra.

Y esa senda está marcada por los sacramentos, en especial por aquéllos que podemos recibir más a menudo: la Comunión y la Confesión.

¿Cuántas veces comulgo o me confieso?

¿Cómo comulgo y cómo me confieso?

Quiero estar preparado, Jesús, para que también a mi me puedas decir: «os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Quinta Semana de Pascua. Lunes

 

«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.

Judas, no el Iscariote, le dijo: Señor ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? Jesús contestó y le dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morado en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.» (Juan 14, 21-26)

 

1º. Jesús, ante la desorientación que hay en el mundo -tanta gente sufriendo y luchando sin sentido; tantos que queman sus vidas por ideales que no valen la pena; tantos sin ideales, cuyo único norte es el placer a corto plazo y que no cosechan más que tristezas y odios-, ante esta panorámica desoladora, a mí también me nace esta pregunta de lo más hondo del alma: «Señor, ¿y qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús, ¿por qué yo he tenido la suerte de conocerte, de entenderte, de amarte?

¿Por qué no te manifiestas a los demás, que tanta falta les hace?

Tu contestación parece que no responde: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él»

Sin embargo es la mejor respuesta -la más profunda- al por qué de este aparente desentendimiento divino por los hombres.

Jesús, Tú no puedes manifestarte directamente: si aparecieras milagrosamente, tu presencia sería abrumadora y los hombres no tendrían otra opción que obedecerte; pero Tú quieres que te obedezca libremente, por amor.

Por eso, aunque te manifiestas un poco más a los apóstoles, porque son los primeros, también les has de exigir más -el martirio- para que su amor tenga mérito.

Jesús, Tú quieres manifestarte a los demás a través de mí -metido en mí- con el ejemplo de obras que reflejen el amor que te tengo.

De esta manera, te manifiestas sin imponerte, respetando la libertad.

Si yo te amo de verdad y guardo tu palabra, es decir, si te amo con obras, entonces me amarás y vendrás a mí: la Trinidad habitará en mi pobre alma humana, y desde ahí se manifestará al mundo.

Santidad y apostolado son dos caras de la misma moneda.

«En esto consiste la perfección de la vida cristiana: en que, hechos participes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con nuestro género de vida, la virtualidad de este nombre» (San Gregorio de Nisa).

 

2º. ¡Poder de hacer milagros!: a cuántas almas muertas, y hasta podridas, resucitarás, si permites a Cristo que actúe en ti.

En aquellos tiempos, narran los Evangelios, pasaba el Señor; y ellos, los enfermos, le llamaban y le buscaban. También ahora pasa Cristo con tu vida cristiana y, si le secundas, cuántos le conocerán, le llamarán, le pedirán ayuda y se les abrirán los ojos a las luces maravillosas de la gracia» (Forja.-665).

Jesús, te quieres manifestar a todo el mundo, pero quieres hacerlo a través de mí, de mi vida cristiana.

Para ello tengo que permitir que Tú actúes en mí: que estés en mí, en mi alma en gracia; que te ame y guarde tu palabra.

Entonces se repetirán los milagros que hiciste en los primeros tiempos: ¡cuántas personas podrán mejorar espiritualmente, y también materialmente, si los cristianos somos consecuentes con nuestra fe!

Jesús, ¡qué responsabilidad tan grande la mía!

Si no te amo como me pides, si sólo busco mis intereses, si me dejo llevar egoístamente de lo que me apetece o me preocupa, entonces te quedas fuera.

No puedes hacer morada en mí ni llegar a los que me rodean.

De alguna manera, estoy haciendo inútil la redención.

Jesús, quiero amarte; quiero que puedas contar conmigo para mostrarte a los demás.

Ayúdame Dios Espíritu Santo a no olvidarme de estas cosas, tal como Jesús ha prometido:

«El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Quinta Semana de Pascua. Martes

 

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: Me voy y vuelvo a vosotros. Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues viene el príncipe del mundo; contra mi no puede nada, pero el mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó. ¡Levantaos, vámonos de aquí!»  (Juan 14, 27-31)

 

1º. Jesús, me dejas tu paz.

«Mi paz os doy.»

¿Cuál es esa paz?

«No os la doy como os la da el mundo.»

Jesús, tu paz no es la paz del mundo: no es ausencia de dolor, ausencia de sacrificio.

¿Qué es tu paz? Tu paz es plenitud de sentido en todo: alegrías, sufrimientos; es darse cuenta de que vale la pena cualquier esfuerzo si se hace por amor.

Tu paz consiste en buscar la felicidad en el amor, que es darse, y no en el egoísmo, que es buscarse a sí mismo.

«No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.»

Si pongo mi felicidad en amar a Dios, ¿qué me va a acobardar, qué me va a quitar la paz?

Si me doy cuenta de que soy hijo de Dios, si pongo mi confianza en El porque sé que me quiere y se preocupa de mí, ¿qué dificultad no podré superar?

«Viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada»

Jesús, quedan pocas horas para tu muerte, que es la hora del príncipe de este mundo, del demonio.

Pero Tú eres más fuerte, y me vas a rescatar del poder del demonio precisamente con tu sacrificio en la Cruz.

«La victoria sobre el «príncipe de este mundo» se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su vida» (C. I. C.- 2853)

Esto también es un motivo de paz: puedo superar todas las tentaciones del demonio con tu ayuda, con la ayuda de la gracia que me has ganado en la cruz y que recibo en los sacramentos; todo lo puedo, si me apoyo en la oración.

Por eso, tu primer saludo después de la Resurrección vuelve a ser de paz: «La paz sea con vosotros» (Juan 20,19).

2º. «¡Cómo vas a salir de ese estado de tibieza, de lamentable languidez, si no pones los medios! Luchas muy poco y, cuando te esfuerzas, lo haces como por rabieta y con desazón, casi con deseo de que tus débiles esfuerzos no produzcan efecto, para así auto justificarte: para no exigirte y para que no te exijan más.

-Estás cumpliendo tu voluntad; no la de Dios. Mientras no cambies, en serio, ni serás feliz, ni conseguirás la paz que ahora te falta.

-Humíllate delante de Dios, y procura querer de veras» (Surco.-146).

Jesús, a veces quiero conseguir la paz a base de equilibrios: contentar un poco a todo el mundo, a Ti y a mis gustos.

Pero ese equilibrio es inestable, y se acaba rompiendo una y otra vez: Tú me pides más, y yo no quiero lo suficiente como para dártelo; o, a la hora de hacer un propósito, se me olvida o no puedo.

¿Qué me pasa?

Me pasa que estoy cumpliendo mi voluntad, no la de Dios.

Jesús, me pasa que lucho muy poco y acabo no haciendo tu voluntad sino la mía.

Me doy cuenta de que esto me ocurre porque no te quiero de veras, porque me da miedo darme más, porque creo que si me olvido de mí -de mis comodidades y mis gustos, de mis inclinaciones, de mis necesidades, de mi tiempo- perderé la paz y la alegría.

En el fondo, me falta fortaleza para exigirme y acabo justificándome con cualquier excusa.

«Mientras no cambies, en serio, ni serás feliz, ni conseguirás la paz que ahora te falta.»

Jesús, Tú me has dado una paz distinta, una paz que no es como la da el mundo; una paz que requiere lucha, lucha contra uno mismo, esfuerzo, sacrificio.

Pero esa paz y esa felicidad, son una paz y una felicidad mucho más profundas y estables, pues no se apoyan en las circunstancias externas siempre cambiantes, sino en hacer la voluntad de Dios, que es quien sabe lo que más me conviene en cada momento.

Ayúdame a que también yo pueda decir: «El mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Quinta Semana de Pascua. Miércoles

 

«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.» (Juan 15, 1-8)

 

1º. Jesús, ésta es una de tus comparaciones más profundas en todo el Evangelio.

«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.»

Tú eres el tronco de donde me viene la vida espiritual, tu misma vida: la vida de la gracia.

Si estoy unido a Ti, recibiré la savia que me hace crecer y dar fruto. «Permaneced en mí y yo en vosotros.»

Tú quieres vivir en mí, en mi alma, pero necesitas que yo quiera permanecer en Ti, que te ame por encima de todas las cosas.

Si me desengancho o si sigo unido pero sin aprovechar la savia -los medios que me das para dar fruto-, Dios Padre me cortará, es decir, me echará fuera, no me reconocerá como de su familia; pierdo entonces la condición de hijo de Dios y también la herencia que le es propia: el Cielo.

Si estoy unido a Ti, Jesús, si recibo tu gracia a través de la oración, los sacramentos y las buenas obras, daré fruto; y entonces Dios Padre me podará: «todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.»

Por eso, no me puedo quejar cuando me envías algún sufrimiento: son sacrificios que me mejoran por dentro, que me unen más a Ti y, por ello, son como la poda, que duele pero que posibilita el dar más fruto.

 

2º. «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos». Ha llegado septiembre y están las cepas cargadas de vástagos largos, delgados, flexibles y nudosos, abarrotados de fruto, listo ya para la vendimia. Mirad esos sarmientos repletos, porque participan de la savia del tronco: sólo así se han podido convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente, aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos, agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad. «Porque sin mino podéis hacer nada» (Amigos de Dios.- 254).

Jesús, sin Ti no puedo nada.

Al menos, nada en el plano espiritual; y también puedo muy poco en el plano humano, porque cuando las cosas cuestan me desanimo y me echo para atrás.

Me convierto entonces en ese palitroque seco, agostado, estéril, tirado en el suelo, enterrado en mis propios defectos, comodidades y deseos, que sólo sirve para el fuego o para que los demás lo pisoteen con desprecio.

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá.»

Jesús, prometes escucharme en la oración si te pido con una fe real, no la del sarmiento seco que, por fuera, sigue unido a la vid pero es incapaz de recibir la savia.

«La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (C. I. C.- 2732).

Jesús, Tú esperas que dé mucho fruto: fruto de santidad y de apostolado, fruto de trabajo bien hecho, fruto de solidaridad con los que más lo necesitan, fruto de paz, de comprensión con todos los hombres, fruto de amistad verdadera, fruto de amor y de servicio a los que me rodean, fruto de fidelidad a tu Iglesia.

Ayúdame a no separarme nunca de Ti.

«En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Quinta Semana de Pascua. Jueves

 

«Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo.» (Juan 15, 9-11)

 

1º. Jesús, hoy me revelas claramente el secreto de la felicidad: «Os he dicho esto para que vuestro gozo sea completo.»

¿Cómo no voy a seguir fielmente una receta que viene de Dios, que es el que me conoce mejor?

Aunque a veces me pueda parecer un contrasentido, ¿me voy a fiar más de mí que de mi Creador?

¿Quién puede darme mejores pistas sobre qué debo hacer, que aquel que me conoce mejor que yo mismo?

Tú me has creado de la nada a tu imagen y semejanza: Tú eres el «inventor», y por ello sabes mejor que nadie cómo funciono, y qué efectos tienen en mí mis propias acciones.

Tú sabes bien lo que, en el fondo, me perfecciona como persona o me envilece.

Y no sólo eres mi Creador, sino que me amas con amor infinito: «Como el Padre me amó, asíos he amado yo.»

Me amas, Jesús, con amor de Dios, con amor divino.

¿Qué he hecho yo para merecer tanto amor?

¿Cómo no voy a estar seguro, sereno, lleno de paz y de alegría, cuando Tú me proteges y me mimas con mil cuidados, cuando eres capaz de dar tu vida por mí?

Esta combinación de confianza en tus conocimientos de Creador, y confianza en tus buenas intenciones de Padre, deberían dejarme bien claro que la mejor opción para mi decisión libre, la opción más inteligente, es la obediencia a tus mandatos, el seguimiento de tu voluntad.

«Permaneced en mi amor.»

Por eso, Jesús, sólo me pides que no te abandone, que no traicione a ese amor tan grande que me tienes, que te devuelva amor por Amor: que te quiera sobre todas las cosas.

Y ¿cómo?

Guardando tus mandamientos.

«Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.»

Jesús, ayúdame a guardar tus mandamientos, a estar siempre en gracia, a permanecer en tu amor.

Es justo que te ame así, porque Tú me has amado primero.

«Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (...). Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de «las diez palabras». Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios» (C. I. C.- 2083).

 

2º. «Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios» (Camino.- 286).

Jesús, Tú quieres que mi alegría sea completa, máxima, y para eso me das este consejo: permanece en Mí, permanece en estado de gracia, porque entonces Yo estoy en tu alma y mi gozo está en Ti.

No se trata de estar en gracia sólo en el momento de la muerte para así conseguir la vida eterna.

Eso ya es mucho, pero puede ser muy poco si me he pasado la vida haciendo equilibrios con la gracia.

Puede ser muy poco porque, efectivamente, nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios.

Que me dé cuenta de una vez, Jesús.

No vale la pena nada que pueda apartarme de Ti.

En el fondo ya lo sé; lo que ocurre es que, a veces, me falta fortaleza para guardar tus mandamientos en determinadas circunstancias o ambientes, o con aquellos amigos, etc....; y pierdo la cabeza.

Ayúdame Tú, Jesús.

Yo, por mi parte, te prometo poner todos los medios a mi alcance:

-cuidar la vista;

-no ir a  -o dejar de ver- ciertos espectáculos o películas;

-ser sobrio en las comidas; aprovechar bien el tiempo;

-trabajar con perfección;

-acudir con regularidad a los sacramentos;

-no dejar suelta la imaginación;

-aconsejarme sobre los libros que leo;

-ser sincero en la dirección espiritual;

-tener devoción a la Virgen, etc.

Si me ves empeñado en guardar tus mandamientos, te volcarás y me harás saborear -ya en este mundo y, después, en la vida eterna- esa alegría profunda que hoy me prometes: «para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Quinta  Semana de Pascua. Viernes

 

También se puede meditar San Marcos Evangelista

 

«Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando, que os améis los unos a los otros.» (Juan 15, 12-17)

 

1º. Jesús, me llamas amigo.

¡A mi!

A mí, que te he vuelto tantas veces la espalda, o que he pasado de largo con indiferencia cuando me pedías algo.

Pagas bien por mal.

Gracias.

Que sepa responder a tu amistad tratando de cumplir tu voluntad, que está bien clara: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.»

Jesús, ¿cómo me has amado?

«Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.»

Tú me has amado con el amor más grande posible: dando tu vida por mí; y ahora me pides que te imite.

Ayúdame a pensar en los demás, a servir a los que me rodean: mi familia, mis compañeros, mis amigos, mis vecinos.

«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.»

Jesús, me has elegido Tú: te has puesto a mi alcance, me has llenado de gracias.

No es mérito mío el ser cristiano; es un don tuyo, un talento valiosísimo que me has prestado para que lo haga rendir.

Porque no quieres que entierre mis talentos -los dones que me das-, sino que los haga fructificar: «el treinta por uno, el sesenta por uno, y el ciento por uno» (Mateo 4,8).

La   nueva es llamada 'ley de amor', porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; 'ley de gracia', porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; 'ley de libertad' porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»(C. I. C.-1972).

 

2º. «Si el Señor te ha llamado «amigo», has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador» (Surco.-629).

Jesús, eres Tú el que me has llamado, el que te has metido en mi vida, casi sin darme cuenta.

No soy yo el que te he elegido: Tú has querido contar conmigo.

Por eso, no tengo derecho a dejarte; no puedo quedarme en una posición cómoda, de simple espectador, cuando Tú me estás pidiendo más: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.»

Jesús, me pides que dé fruto.

¿Pero qué fruto?

Fruto de santidad,

fruto de apostolado,

fruto de trabajo bien hecho,

fruto de servicio a los demás.

Este es el fruto que me pides después de decirme que has dado tu vida por mí y que ya no puedes mostrarme más el amor que me tienes; después de llamarme amigo «porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.»

¿Cómo no voy a responder a tu llamada?

¿Cómo no voy a intentar ir a paso rápido, al paso de Dios?

Pero necesito ayuda, y por eso me aseguras que «todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá.»

Padre, te pido más corazón, para corresponder al amor que me tienes;

te pido más fortaleza, para no conformarme con «ir tirando», sino que me ponga a luchar en serio en el camino de la santidad;

te pido más generosidad, para saber dar la vida por Ti y por los demás como ha hecho Jesús;

te pido más lealtad, para no traicionar la amistad que Jesús me ha dado, rechazando el pecado con todas mis fuerzas;

te pido más vibración apostólica, para que sepa dar ejemplo y hablar de Ti a mis familiares y amigos: para dar fruto, y que ese fruto permanezca.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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25-Abril. San Marcos Evangelista

 

«En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

— «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.

El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.

A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban». (Marcos 16, 15-20).

 

1º.«Nuestro Señor funda si Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia del Espíritu Santo (…).

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos fervorosos. ¿Qué podrían hacer los Apóstoles? No contaban con nada; no eran ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa» (San Josemaría.-Homilía: “Lealtad a la Iglesia”).

Para el que hubiera contemplado aquella escena habría creído que se trataba de una empresa condenada al fracaso.

Sin embargo, aquellos hombres tuvieron fe, fueron fieles y comenzaron a predicar por todas partes aquella doctrina insólita.

Y gracias a la fe de estos hombres y a los que siguieron, el mundo entero conoció que Jesús es el Salvador.

Aquella misión encomendada a los once hombres en un monte escondido en Galilea no ha terminado todavía: «id y predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» -Esto ha dicho Jesús y te lo ha dicho a ti» (Camino.-904).

Nos confía también a todos los cristianos la misión de extender su doctrina y la de corredimir con Él.

«La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado» (A. A.-2).

Y esto es para todos nosotros un gran honor y una grave responsabilidad.

Y «si los otros se tornan insípidos, vosotros les podéis volver su sabor; pero si esto os pasara a vosotros, con vuestra pérdida arrastraríais también a los demás. Por eso mayor fervor y cele necesitáis cuantos mayores cargos os ocupan» (San Juan Crisóstomo).

En cualquier circunstancia, a cualquier edad, en cualquier ambiente, los cristianos hemos de promover una auténtica vida cristiana entre las personas que nos rodean, siguiendo el mandato del Señor.

Los parientes, amigos, compañeros de trabajo, tienen el derecho a que les ayudemos a acercarse a Dios.

Nunca podrán echarnos en cara, que pudiendo hacerlo les privemos de esa ayuda que el Señor también había previsto.

«El verdadero cristiano busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: “Porque la caridad de Cristo nos urge» (2 Corintios 5,14). En el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol “Ay de mí si no evangelizara”(1 Corintios 9,16)». (A. A.-3).

Del mismo Cristo hemos recibido esta misión: «El derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado» (A. A.-6).

Y si tenemos fe y somos fieles veremos que ese apostolado hecho con la valentía y a la vez con naturalidad, es fecundo, porque los hombres están sedientos de Cristo, aunque ellos no lo reconozcan en ocasiones.

 

Nota: Esta meditación está sacada del “Evangelio de San Mateo” de Francisco Fernández Carvajal.-Cuadernos Palabra.-34.

 

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Quinta Semana de Pascua. Sábado

 

También se puede meditar San Isidoro Obispo y Doctor

 

«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo más que su señor Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Pero os harán todas estas cosas a causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.» (Juan 15, 18-21)

 

1º. Jesús, ¿qué quieres decir con eso de que no sois del mundo?

¿Es que acaso tengo que dejar este mundo para servirte porque el mundo es algo perverso, imposible de santificar?

El mundo y todo lo que conlleva -el trabajo, las relaciones familiares y sociales, la diversión, el deporte, la política, la ayuda a los más necesitados, la música- no puede ser malo, puesto que es creación de Dios.

Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad («Y vio Dios que era bueno... muy bueno»: Génesis 1).

Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada.

La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material.

Además, Jesús, Tú te has pasado la vida trabajando, santificando una vida de lo más corriente: en un pueblo pequeño, Nazaret, entre familiares y amigos, haciendo bien tu trabajo, cumpliendo tus deberes y viviendo con espíritu de servicio.

Jesús, con tu vida me enseñas que mi vida no es algo sin importancia: puede ser una vida santa si la vivo como la hubieras vivido Tú en mi lugar.

Un poco más adelante me das la respuesta: «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno». (Juan 17,15).

El mundo en sí no es malo: lo malo es ser «mundano».

Jesús, cuando dices: no sois del mundo, quieres recordarme que no puedo poner mi último fin en las cosas de este mundo -esto sería ser mundano-; que estoy llamado a una vida eterna.

Que no viva como si todo se acabara aquí abajo, porque es falso; es el gran engaño del Maligno: conseguir que me olvide de Ti la mayor parte del tiempo.

 

2º. «¡Madre! –Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha (Camino.-516).

Madre, si quiero comportarme como un buen cristiano, mi conducta chocará con el ambiente.

Estoy en el mundo, con los pies en la tierra, pero miro al cielo con visión sobrenatural, que es la visión más real: miro las cosas del mundo desde tu punto de vista.

Por eso no pierdo la alegría donde otros sólo descubren sufrimiento; trabajo lo mejor posible cuando otros sólo hacen lo justo; no calculo los favores que hago; intento servir en lo que puedo; lucho por mejorar cada día un poco; me mortifico; etc.

Sin embargo, a veces me canso de luchar o me cuesta especialmente ese ir contracorriente.

Ayúdame Virgen María, dame tu cariño de madre, consígueme gracia de tu hijo para que sea fuerte.

No me dejes solo ante las persecuciones del mundo, que es uno de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.

A lo mejor no sufro una persecución como la de los apóstoles, pero el mundo me tienta ahora de manera mucho más sutil y más mortífera: por ejemplo, cuando me aconseja quedar bien a toda costa, cuando me dominan las cosas materiales o cuando no hago lo que debo por pura comodidad.

Madre, cuando sienta esas tentaciones -que parecen poca cosa pero que destruyen mi vida interior- que sepa llamarte fuerte, fuerte, pidiéndote la fortaleza necesaria para no dejarme atrapar por el ambiente mundano, pagano, superficial y hedonista que me rodea.

Que sepa ser, en medio de este mundo, un ejemplo de vida cristiana.

Que sepa vivir en el mundo con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo: metido de lleno en mi ambiente pero con una vida interior tan profunda que ayude también a otros a levantarse y volver a luchar.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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26-Abril. San Isidoro Obispo y Doctor

 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos». (Mateo 5, 13-16)

 

1º. Jesús nos pone imágenes claras para que entendamos nuestra misión apostólica: somos «la salde la tierra.»

«Es como si les dijera: “El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto muy mal dispuesto”. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”, enseña que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (San Juan Crisóstomo).

La sal sirve para preservar los alimentos de la corrupción y para dar sabor.

Su misión no es aparatosa: un poco de sal da sabor a todo un plato y casi ni se nota, porque desaparece mezclándose con los alimentos.

Así debe ser nuestra acción apostólica: discreta; hecha a base de ejemplo, de simpatía y de amistad; siendo uno más, pero con mucho amor de Dios, con contenido, con sabor, con vida sobrenatural que preserva a los demás de la corrupción.

2º. Jesús, también me dice que somos «la luz del mundo.»

La luz sirve para ver mejor la realidad, para distinguir lo verdadero de las sombras falsas.

La luz posibilita caminar por el camino oscuro de la vida.

La luz permite distinguir la belleza de los colores.

Así debemos ser nosotros para los demás: un punto de referencia -de luz-  donde encontrar la verdad divina; un alma de doctrina segura que enseñe el camino verdadero; un ejemplo de vida cristiana imitable, amable, que descubra la belleza y la profundidad y los colores de la enseñanza de Cristo.

3º. «Tu eres sal, alma de apóstol. -«Bonum est sal»- la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, «si autem evanuerit» -pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil.

Tú eres sal, alma de apóstol -Pero, si te desvirtúas.» (Camino.-921).

Jesús nos ha confiado una misión importante: ser sal de la tierra.

«Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.»

Si nosotros le fallamos a Cristo, ¿con quién podrá contar para cristianizar la sociedad?

¿Con qué sal salarás mi ambiente?

Este es uno de los grandes descubrimientos de la vida cristiana: darnos cuenta de que Cristo nos necesita.

Además, si un cristiano se comporta como uno que no tiene fe, se convierte en un estorbo, en instrumento inútil que nada vale.

4º. «No se enciende una luz para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa.»

La gracia que me da Cristo a través de los sacramentos es una gran luz.

Y esa luz no la ha encendido Cristo para que luego nosotros la ocultemos debajo del celemín -de la cama-; debajo de un montón de miserias personales que no queremos luchar por desarraigar; y que oscurecen el mensaje claro y luminoso del cristianismo.

Quiere que la pongamos en un lugar preferente en nuestra vida para que alumbre a todos: quiere que le tomemos en serio para que, a través de nuestra vida cristiana, pueda iluminar a los que nos rodean.

«Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Le pedimos a Jesús que nos ayude a estar a la altura de sus peticiones y deseos: que los demás se puedan apoyar -realmente- en nuestras buenas obras.

Obras de trabajo bien realizado, de detalles de servicio, de optimismo, de vida limpia, de sencillez, de sinceridad.

Así le haremos presente en la tierra, de modo que a nuestro alrededor todos «glorifiquen al Padre que está en el cielo.»

 

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