DOMINGO
QUINTO DE PASCUA-A
«No se turbe vuestro
corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas
moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar; y cuando
haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto
a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; a donde yo voy, sabéis
el camino. Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el
camino? Le respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino
por mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora
te conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor; muéstranos al Padre y nos
basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me
has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú:
Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las
palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí,
realiza las obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, y si no,
creed por las obras mismas. » (Juan 14, 1-12)
1º. Jesús, ésta es la gran pregunta de cada hombre, de mí mismo:
«¿cómo podremos saber el
camino?», ¿cómo sé por dónde debo ir para alcanzar la
vida eterna, la felicidad en la tierra y, después, en el cielo?
¿Cómo puedo ser feliz?
«Yo buscaba el camino para
adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba,
hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre
también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los
siglos, que me llamaba y me decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»(San Agustín).
«Yo soy el Camino; nadie va
al Padre sino por mí.»
Nadie.
Jesús, sólo hay un modo de llegar a Dios, y eres Tú: seguir el ejemplo de
tu vida, vivir esa vida de la gracia que me das en los sacramentos, que es tu
misma vida: «Yo soy la Vida» Toda otra vida es efímera, todo otro objetivo es superficial, si
se aparta de ese «Camino» que lleva a la verdadera felicidad.
Toda «verdad» en dirección opuesta es mentira, porque sólo Tú eres la «Verdad».
Jesús, a veces me dejo convencer por esas felicidades inmediatas pero
huecas que produce mi egoísmo: comodidad, pereza, sensualidad, orgullo.
Ayúdame a no apartarme de tu camino; y si me aparto -aunque la desviación
sea pequeña-, que vuelva cuanto antes a él por la confesión.
Gracias, Jesús, porque con tu vida me has dejado un sendero claro, me has
marcado el camino que conduce a la felicidad.
Un camino que, a veces, es difícil de ver, porque pasa por el sacrificio,
por darse a los demás, por no buscarme a mi mismo.
Jesús, Tú eres el hombre más feliz que jamás ha existido ni existirá en la
tierra, y la segunda persona más feliz es la Virgen María.
Pero cuanto habéis sufrido también...
Sin embargo, no ha sido un sacrificio inútil, sino por amor, y ése
sacrificio es el que aumenta la capacidad de amar y, por tanto, de ser feliz.
2º. «Yo soy el camino, la verdad, y la
vida. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la
vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna. Yo soy el camino: Él es la
única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Le declara a todos los hombres,
pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho
que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos, de
modo que Dios se halle siempre presente en nuestros pensamientos, en nuestros
labios y en todas las acciones nuestras, también en aquellas más ordinarias y corrientes.
Jesús es el camino. Él ha
dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles
que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar» (Amigos de Dios.-127).
Jesús, has dejado unas huellas imborrables que marcan el camino, unas
señales indelebles que me indican dónde está la verdad, unas fuentes
inagotables de donde mana la vida espiritual: los sacramentos.
La vida cristiana -que es esencialmente sobrenatural- se nutre de los
sacramentos que Tú has dejado a la
Iglesia.
Sin el apoyo de los sacramentos, la oración se convierte en cavilación, y
las buenas obras en sentimentalismo.
Jesús, Tú eres la única senda que enlaza el Cielo con la tierra.
Y esa senda está marcada por los sacramentos, en especial por aquéllos que
podemos recibir más a menudo: la
Comunión y la
Confesión.
¿Cuántas veces comulgo o me confieso?
¿Cómo comulgo y cómo me confieso?
Quiero estar preparado, Jesús, para que también a mi me puedas decir: «os llevaré junto a mí para que, donde yo
estoy, estéis también vosotros.»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de
Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta
Semana de Pascua. Lunes
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el
que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me
manifestaré a él.
Judas, no el Iscariote, le dijo: Señor ¿y qué ha pasado
para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? Jesús contestó y le
dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a
él y haremos morado en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra
que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo
esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre
enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os
he dicho.» (Juan 14, 21-26)
1º. Jesús, ante la desorientación que hay
en el mundo -tanta gente sufriendo y luchando sin sentido; tantos que queman
sus vidas por ideales que no valen la pena; tantos sin ideales, cuyo único
norte es el placer a corto plazo y que no cosechan más que tristezas y odios-,
ante esta panorámica desoladora, a mí también me nace esta pregunta de lo más
hondo del alma: «Señor, ¿y qué ha pasado
para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús, ¿por qué yo
he tenido la suerte de conocerte, de entenderte, de amarte?
¿Por qué no te
manifiestas a los demás, que tanta falta les hace?
Tu contestación
parece que no responde: «Si alguno me
ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada
en él»
Sin embargo es la
mejor respuesta -la más profunda- al por qué de este aparente desentendimiento
divino por los hombres.
Jesús, Tú no puedes
manifestarte directamente: si aparecieras milagrosamente, tu presencia sería
abrumadora y los hombres no tendrían otra opción que obedecerte; pero Tú
quieres que te obedezca libremente, por amor.
Por eso, aunque te
manifiestas un poco más a los apóstoles, porque son los primeros, también les
has de exigir más -el martirio- para que su amor tenga mérito.
Jesús, Tú quieres
manifestarte a los demás a través de mí -metido en mí- con el ejemplo de obras
que reflejen el amor que te tengo.
De esta manera, te
manifiestas sin imponerte, respetando la libertad.
Si yo te amo de
verdad y guardo tu palabra, es decir, si te amo con obras, entonces me amarás y
vendrás a mí: la Trinidad
habitará en mi pobre alma humana, y desde ahí se manifestará al mundo.
Santidad y
apostolado son dos caras de la misma moneda.
«En esto consiste la perfección de la vida cristiana: en
que, hechos participes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de
cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y
con nuestro género de vida, la virtualidad de este nombre» (San Gregorio de
Nisa).
2º. ¡Poder
de hacer milagros!: a cuántas almas muertas, y hasta podridas, resucitarás, si
permites a Cristo que actúe en ti.
En aquellos tiempos, narran los Evangelios, pasaba el
Señor; y ellos, los enfermos, le llamaban y le buscaban. También ahora pasa
Cristo con tu vida cristiana y, si le secundas, cuántos le conocerán, le
llamarán, le pedirán ayuda y se les abrirán los ojos a las luces maravillosas
de la gracia» (Forja.-665).
Jesús, te quieres
manifestar a todo el mundo, pero quieres hacerlo a través de mí, de mi vida
cristiana.
Para ello tengo que
permitir que Tú actúes en mí: que estés en mí, en mi alma en gracia; que te ame
y guarde tu palabra.
Entonces se
repetirán los milagros que hiciste en los primeros tiempos: ¡cuántas personas
podrán mejorar espiritualmente, y también materialmente, si los cristianos
somos consecuentes con nuestra fe!
Jesús, ¡qué
responsabilidad tan grande la mía!
Si no te amo como me
pides, si sólo busco mis intereses, si me dejo llevar egoístamente de lo que me
apetece o me preocupa, entonces te quedas fuera.
No puedes hacer
morada en mí ni llegar a los que me rodean.
De alguna manera,
estoy haciendo inútil la redención.
Jesús, quiero
amarte; quiero que puedas contar conmigo para mostrarte a los demás.
Ayúdame Dios
Espíritu Santo a no olvidarme de estas cosas, tal como Jesús ha prometido:
«El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él
os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta
Semana de Pascua. Martes
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da
el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os
he dicho: Me voy y vuelvo a vosotros. Si me amarais os alegraríais de que vaya
al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que
suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues
viene el príncipe del mundo; contra mi no puede nada, pero el mundo debe
conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó. ¡Levantaos, vámonos de
aquí!» (Juan 14, 27-31)
1º. Jesús, me dejas tu paz.
«Mi paz os doy.»
¿Cuál es esa paz?
«No os la doy como os la da el mundo.»
Jesús, tu paz no es
la paz del mundo: no es ausencia de dolor, ausencia de sacrificio.
¿Qué es tu paz? Tu paz es plenitud
de sentido en todo: alegrías, sufrimientos; es darse cuenta de que vale la pena
cualquier esfuerzo si se hace por amor.
Tu paz consiste en
buscar la felicidad en el amor, que es darse, y no en el egoísmo, que es
buscarse a sí mismo.
«No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.»
Si pongo mi
felicidad en amar a Dios, ¿qué me va a acobardar, qué me va a quitar la paz?
Si me doy cuenta de
que soy hijo de Dios, si pongo mi confianza en El porque sé que me quiere y se
preocupa de mí, ¿qué dificultad no podré superar?
«Viene el príncipe del mundo; contra mí no puede nada»
Jesús, quedan pocas
horas para tu muerte, que es la hora del príncipe de este mundo, del demonio.
Pero Tú eres más
fuerte, y me vas a rescatar del poder del demonio precisamente con tu
sacrificio en la Cruz.
«La victoria sobre el «príncipe de este mundo»
se adquirió de una vez por todas en la
Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para
darnos su vida» (C. I. C.- 2853)
Esto también es un
motivo de paz: puedo superar todas las tentaciones del demonio con tu ayuda,
con la ayuda de la gracia que me has ganado en la cruz y que recibo en los
sacramentos; todo lo puedo, si me apoyo en la oración.
Por eso, tu primer
saludo después de la
Resurrección vuelve a ser de paz: «La paz sea con vosotros» (Juan 20,19).
2º. «¡Cómo
vas a salir de ese estado de tibieza, de lamentable languidez, si no pones los
medios! Luchas muy poco y, cuando te esfuerzas, lo haces como por rabieta y con
desazón, casi con deseo de que tus débiles esfuerzos no produzcan efecto, para
así auto justificarte: para no exigirte y para que no te exijan más.
-Estás cumpliendo tu voluntad; no la de Dios. Mientras no
cambies, en serio, ni serás feliz, ni conseguirás la paz que ahora te falta.
-Humíllate delante de Dios, y procura querer de veras» (Surco.-146).
Jesús, a veces
quiero conseguir la paz a base de equilibrios: contentar un poco a todo el
mundo, a Ti y a mis gustos.
Pero ese equilibrio
es inestable, y se acaba rompiendo una y otra vez: Tú me pides más, y yo no
quiero lo suficiente como para dártelo; o, a la hora de hacer un propósito, se
me olvida o no puedo.
¿Qué me pasa?
Me pasa que estoy
cumpliendo mi voluntad, no la de Dios.
Jesús, me pasa que
lucho muy poco y acabo no haciendo tu voluntad sino la mía.
Me doy cuenta de que
esto me ocurre porque no te quiero de
veras, porque me da miedo darme más, porque creo que si me olvido de mí -de
mis comodidades y mis gustos, de mis inclinaciones, de mis necesidades, de mi
tiempo- perderé la paz y la alegría.
En el fondo, me
falta fortaleza para exigirme y acabo justificándome con cualquier excusa.
«Mientras no cambies, en serio, ni serás feliz, ni
conseguirás la paz que ahora te falta.»
Jesús, Tú me has
dado una paz distinta, una paz que no es como
la da el mundo; una paz que requiere lucha, lucha contra uno mismo,
esfuerzo, sacrificio.
Pero esa paz y esa
felicidad, son una paz y una felicidad mucho más profundas y estables, pues no
se apoyan en las circunstancias externas siempre cambiantes, sino en hacer la
voluntad de Dios, que es quien sabe lo que más me conviene en cada momento.
Ayúdame a que
también yo pueda decir: «El mundo debe
conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta
Semana de Pascua. Miércoles
«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo
sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para
que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado.
Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí
mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en
mí es echado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los echan
al fuego y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid lo que queráis y se os concederá. En esto es glorificado mi Padre, en que
deis mucho fruto y seáis discípulos míos.» (Juan 15, 1-8)
1º. Jesús, ésta es una de tus
comparaciones más profundas en todo el Evangelio.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.»
Tú eres el tronco de
donde me viene la vida espiritual, tu misma vida: la vida de la gracia.
Si estoy unido a Ti,
recibiré la savia que me hace crecer y dar fruto. «Permaneced en mí y yo en vosotros.»
Tú quieres vivir en
mí, en mi alma, pero necesitas que yo quiera permanecer en Ti, que te ame por
encima de todas las cosas.
Si me desengancho o
si sigo unido pero sin aprovechar la savia -los medios que me das para dar
fruto-, Dios Padre me cortará, es decir, me echará fuera, no me reconocerá como
de su familia; pierdo entonces la condición de hijo de Dios y también la
herencia que le es propia: el Cielo.
Si estoy unido a Ti,
Jesús, si recibo tu gracia a través de la oración, los sacramentos y las buenas
obras, daré fruto; y entonces Dios Padre me podará: «todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.»
Por eso, no me puedo
quejar cuando me envías algún sufrimiento: son sacrificios que me mejoran por
dentro, que me unen más a Ti y, por ello, son como la poda, que duele pero que
posibilita el dar más fruto.
2º. «Yo
soy la vid y vosotros los sarmientos». Ha llegado septiembre y están las cepas
cargadas de vástagos largos, delgados, flexibles y nudosos, abarrotados de
fruto, listo ya para la vendimia. Mirad esos sarmientos repletos, porque
participan de la savia del tronco: sólo así se han podido convertir en pulpa
dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente,
aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos
palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos,
agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad. «Porque sin mino
podéis hacer nada» (Amigos de Dios.- 254).
Jesús, sin Ti no
puedo nada.
Al menos, nada en el
plano espiritual; y también puedo muy poco en el plano humano, porque cuando
las cosas cuestan me desanimo y me echo para atrás.
Me convierto
entonces en ese palitroque seco, agostado, estéril, tirado en el suelo,
enterrado en mis propios defectos, comodidades y deseos, que sólo sirve para el
fuego o para que los demás lo pisoteen con desprecio.
«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en
vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá.»
Jesús, prometes
escucharme en la oración si te pido con una fe real, no la del sarmiento seco
que, por fuera, sigue unido a la vid pero es incapaz de recibir la savia.
«La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra
falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en
preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios
mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el
momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias. En cualquier
caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición
propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (C. I. C.- 2732).
Jesús, Tú esperas
que dé mucho fruto: fruto de santidad y de apostolado, fruto de trabajo bien
hecho, fruto de solidaridad con los que más lo necesitan, fruto de paz, de
comprensión con todos los hombres, fruto de amistad verdadera, fruto de amor y
de servicio a los que me rodean, fruto de fidelidad a tu Iglesia.
Ayúdame a no
separarme nunca de Ti.
«En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto
y seáis discípulos míos.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta
Semana de Pascua. Jueves
«Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en
mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto
para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea completo.» (Juan 15, 9-11)
1º. Jesús, hoy me revelas claramente el
secreto de la felicidad: «Os he dicho
esto para que vuestro gozo sea completo.»
¿Cómo no voy a
seguir fielmente una receta que viene de Dios, que es el que me conoce mejor?
Aunque a veces me
pueda parecer un contrasentido, ¿me voy a fiar más de mí que de mi Creador?
¿Quién puede darme
mejores pistas sobre qué debo hacer, que aquel que me conoce mejor que yo mismo?
Tú me has creado de
la nada a tu imagen y semejanza: Tú eres el «inventor», y por ello sabes mejor
que nadie cómo funciono, y qué efectos tienen en mí mis propias acciones.
Tú sabes bien lo
que, en el fondo, me perfecciona como persona o me envilece.
Y no sólo eres mi
Creador, sino que me amas con amor infinito: «Como el Padre me amó, asíos he amado yo.»
Me amas, Jesús, con
amor de Dios, con amor divino.
¿Qué he hecho yo
para merecer tanto amor?
¿Cómo no voy a estar
seguro, sereno, lleno de paz y de alegría, cuando Tú me proteges y me mimas con
mil cuidados, cuando eres capaz de dar tu vida por mí?
Esta combinación de
confianza en tus conocimientos de Creador, y confianza en tus buenas
intenciones de Padre, deberían dejarme bien claro que la mejor opción para mi
decisión libre, la opción más inteligente, es la obediencia a tus mandatos, el
seguimiento de tu voluntad.
«Permaneced en mi amor.»
Por eso, Jesús, sólo
me pides que no te abandone, que no traicione a ese amor tan grande que me
tienes, que te devuelva amor por Amor: que te quiera sobre todas las cosas.
Y ¿cómo?
Guardando tus
mandamientos.
«Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.»
Jesús, ayúdame a
guardar tus mandamientos, a estar siempre en gracia, a permanecer en tu amor.
Es justo que te ame
así, porque Tú me has amado primero.
«Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en
estas palabras: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma
y con toda tu mente» (...). Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es
recordado en la primera de «las diez palabras». Los mandamientos explicitan a
continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios» (C. I. C.- 2083).
2º. «Nada hay mejor en el
mundo que estar en gracia de Dios» (Camino.- 286).
Jesús, Tú quieres
que mi alegría sea completa, máxima, y para eso me das este consejo: permanece
en Mí, permanece en estado de gracia, porque entonces Yo estoy en tu alma y mi
gozo está en Ti.
No se trata de estar
en gracia sólo en el momento de la muerte para así conseguir la vida eterna.
Eso ya es mucho,
pero puede ser muy poco si me he pasado la vida haciendo equilibrios con la
gracia.
Puede ser muy poco
porque, efectivamente, nada hay mejor en
el mundo que estar en gracia de Dios.
Que me dé cuenta de
una vez, Jesús.
No vale la pena nada
que pueda apartarme de Ti.
En el fondo ya lo
sé; lo que ocurre es que, a veces, me falta fortaleza para guardar tus
mandamientos en determinadas circunstancias o ambientes, o con aquellos amigos,
etc....; y pierdo la cabeza.
Ayúdame Tú, Jesús.
Yo, por mi parte, te
prometo poner todos los medios a mi alcance:
-cuidar la vista;
-no ir a -o dejar de ver- ciertos espectáculos o
películas;
-ser sobrio en las
comidas; aprovechar bien el tiempo;
-trabajar con perfección;
-acudir con
regularidad a los sacramentos;
-no dejar suelta la
imaginación;
-aconsejarme sobre
los libros que leo;
-ser sincero en la
dirección espiritual;
-tener devoción a la Virgen, etc.
Si me ves empeñado
en guardar tus mandamientos, te volcarás y me harás saborear -ya en este mundo
y, después, en la vida eterna- esa alegría profunda que hoy me prometes: «para que mi gozo esté en vosotros y
vuestro gozo sea completo.»
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta Semana de Pascua. Viernes
También se puede meditar San Marcos
Evangelista
«Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los
otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la
vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no
os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en
cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a
conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a
vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto
permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.
Esto os mando, que os améis los unos a los otros.» (Juan 15, 12-17)
1º. Jesús, me llamas amigo.
¡A mi!
A mí, que te he
vuelto tantas veces la espalda, o que he pasado de largo con indiferencia
cuando me pedías algo.
Pagas bien por mal.
Gracias.
Que sepa responder a
tu amistad tratando de cumplir tu voluntad, que está bien clara: «Este es mi mandamiento: que os améis los
unos a los otros como yo os he amado.»
Jesús, ¿cómo me has
amado?
«Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida
por sus amigos.»
Tú me has amado con
el amor más grande posible: dando tu vida
por mí; y ahora me pides que te imite.
Ayúdame a pensar en
los demás, a servir a los que me rodean: mi familia, mis compañeros, mis
amigos, mis vecinos.
«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros.»
Jesús, me has
elegido Tú: te has puesto a mi alcance, me has llenado de gracias.
No es mérito mío el
ser cristiano; es un don tuyo, un talento valiosísimo que me has prestado para
que lo haga rendir.
Porque no quieres
que entierre mis talentos -los dones que me das-, sino que los haga
fructificar: «el treinta por uno, el
sesenta por uno, y el ciento por uno» (Mateo 4,8).
La nueva
es llamada 'ley de amor', porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu
Santo más que por el temor; 'ley de gracia', porque confiere la fuerza de la
gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; 'ley de libertad' porque
nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a
obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la
condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de
Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»(C.
I. C.-1972).
2º. «Si
el Señor te ha llamado «amigo», has de responder a la llamada, has de caminar a
paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres
el riesgo de quedarte en simple espectador» (Surco.-629).
Jesús, eres Tú el
que me has llamado, el que te has metido en mi vida, casi sin darme cuenta.
No soy yo el que te
he elegido: Tú has querido contar conmigo.
Por eso, no tengo
derecho a dejarte; no puedo quedarme en una posición cómoda, de simple
espectador, cuando Tú me estás pidiendo más: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto
permanezca.»
Jesús, me pides que
dé fruto.
¿Pero qué fruto?
Fruto de santidad,
fruto de apostolado,
fruto de trabajo
bien hecho,
fruto de servicio a
los demás.
Este es el fruto que
me pides después de decirme que has dado tu vida por mí y que ya no puedes
mostrarme más el amor que me tienes; después de llamarme amigo «porque todo lo que oí de mi Padre os lo he
dado a conocer.»
¿Cómo no voy a
responder a tu llamada?
¿Cómo no voy a
intentar ir a paso rápido, al paso de Dios?
Pero necesito ayuda,
y por eso me aseguras que «todo lo que
pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá.»
Padre, te pido más
corazón, para corresponder al amor que me tienes;
te pido más
fortaleza, para no conformarme con «ir tirando», sino que me ponga a luchar en
serio en el camino de la santidad;
te pido más
generosidad, para saber dar la vida por Ti y por los demás como ha hecho Jesús;
te pido más lealtad,
para no traicionar la amistad que Jesús me ha dado, rechazando el pecado con
todas mis fuerzas;
te pido más
vibración apostólica, para que sepa dar ejemplo y hablar de Ti a mis familiares
y amigos: para dar fruto, y que ese fruto permanezca.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
25-Abril.
San Marcos Evangelista
«En aquel tiempo, se
apareció Jesús a los Once y les dijo:
—
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El
que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.
A
los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre,
hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno
mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán
sanos.»
Después
de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos
se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba
confirmando la palabra con las señales que los acompañaban». (Marcos 16, 15-20).
1º.«Nuestro Señor funda si Iglesia sobre la
debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a
los que promete la asistencia del Espíritu Santo (…).
La
predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de
unos cuantos fervorosos. ¿Qué podrían hacer los Apóstoles? No contaban con
nada; no eran ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa sobre los
hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa» (San Josemaría.-Homilía: “Lealtad a la Iglesia”).
Para el que hubiera contemplado aquella
escena habría creído que se trataba de una empresa condenada al fracaso.
Sin embargo, aquellos hombres tuvieron
fe, fueron fieles y comenzaron a predicar por todas partes aquella doctrina
insólita.
Y gracias a la fe de estos hombres y a
los que siguieron, el mundo entero conoció que Jesús es el Salvador.
Aquella misión encomendada a los once
hombres en un monte escondido en Galilea no ha terminado todavía: «id y
predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» -Esto ha dicho Jesús y te
lo ha dicho a ti» (Camino.-904).
Nos confía también a todos los
cristianos la misión de extender su doctrina y la de corredimir con Él.
«La
vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado» (A. A.-2).
Y esto es para todos nosotros un gran
honor y una grave responsabilidad.
Y «si
los otros se tornan insípidos, vosotros les podéis volver su sabor; pero si
esto os pasara a vosotros, con vuestra pérdida arrastraríais también a los
demás. Por eso mayor fervor y cele necesitáis cuantos mayores cargos os ocupan»
(San Juan Crisóstomo).
En cualquier circunstancia, a cualquier
edad, en cualquier ambiente, los cristianos hemos de promover una auténtica
vida cristiana entre las personas que nos rodean, siguiendo el mandato del
Señor.
Los parientes, amigos, compañeros de
trabajo, tienen el derecho a que les ayudemos a acercarse a Dios.
Nunca podrán echarnos en cara, que
pudiendo hacerlo les privemos de esa ayuda que el Señor también había previsto.
«El
verdadero cristiano busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra ya a
los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos,
confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: “Porque la caridad de Cristo nos urge» (2 Corintios 5,14). En el
corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol “Ay de mí si no evangelizara”(1
Corintios 9,16)». (A.
A.-3).
Del mismo Cristo hemos recibido esta
misión: «El derecho del seglar al
apostolado deriva de su misma unión con Cristo Cabeza. Insertos por el bautismo
en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la
fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al
apostolado» (A. A.-6).
Y si tenemos fe y somos fieles veremos
que ese apostolado hecho con la valentía y a la vez con naturalidad, es
fecundo, porque los hombres están sedientos de Cristo, aunque ellos no lo
reconozcan en ocasiones.
Nota: Esta meditación está sacada del
“Evangelio de San Mateo” de Francisco Fernández Carvajal.-Cuadernos
Palabra.-34.
Subir
Volver a Meditaciones
Quinta
Semana de Pascua. Sábado
También se puede meditar San Isidoro Obispo
y Doctor
«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me
ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no
sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia.
Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo más que su señor Si me
han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi
doctrina, también guardarán la vuestra. Pero os harán todas estas cosas a causa
de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.» (Juan 15, 18-21)
1º. Jesús, ¿qué quieres decir con eso de
que no sois del mundo?
¿Es que acaso tengo
que dejar este mundo para servirte porque el mundo es algo perverso, imposible
de santificar?
El mundo y todo lo
que conlleva -el trabajo, las relaciones familiares y sociales, la diversión,
el deporte, la política, la ayuda a los más necesitados, la música- no puede
ser malo, puesto que es creación de Dios.
Salida de la bondad
divina, la creación participa en esa bondad («Y vio Dios que era bueno... muy bueno»: Génesis 1).
Porque la creación
es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es
destinada y confiada.
La Iglesia ha debido, en
repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del
mundo material.
Además, Jesús, Tú te
has pasado la vida trabajando, santificando una vida de lo más corriente: en un
pueblo pequeño, Nazaret, entre familiares y amigos, haciendo bien tu trabajo,
cumpliendo tus deberes y viviendo con espíritu de servicio.
Jesús, con tu vida
me enseñas que mi vida no es algo sin importancia: puede ser una vida santa si
la vivo como la hubieras vivido Tú en mi lugar.
Un poco más adelante
me das la respuesta: «No pido que los
saques del mundo, sino que los guardes del Maligno». (Juan 17,15).
El mundo en sí no es
malo: lo malo es ser «mundano».
Jesús, cuando dices:
no sois del mundo, quieres recordarme que no puedo poner mi último fin en las
cosas de este mundo -esto sería ser mundano-; que estoy llamado a una vida
eterna.
Que no viva como si
todo se acabara aquí abajo, porque es falso; es el gran engaño del Maligno:
conseguir que me olvide de Ti la mayor parte del tiempo.
2º. «¡Madre!
–Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu
Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la
ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha (Camino.-516).
Madre, si quiero
comportarme como un buen cristiano, mi conducta chocará con el ambiente.
Estoy en el mundo,
con los pies en la tierra, pero miro al cielo con visión sobrenatural, que es
la visión más real: miro las cosas del mundo desde tu punto de vista.
Por eso no pierdo la
alegría donde otros sólo descubren sufrimiento; trabajo lo mejor posible cuando
otros sólo hacen lo justo; no calculo los favores que hago; intento servir en
lo que puedo; lucho por mejorar cada día un poco; me mortifico; etc.
Sin embargo, a veces
me canso de luchar o me cuesta especialmente ese ir contracorriente.
Ayúdame Virgen
María, dame tu cariño de madre, consígueme gracia de tu hijo para que sea
fuerte.
No me dejes solo
ante las persecuciones del mundo, que es uno de los enemigos del alma: el
mundo, el demonio y la carne.
A lo mejor no sufro
una persecución como la de los apóstoles, pero el mundo me tienta ahora de manera
mucho más sutil y más mortífera: por ejemplo, cuando me aconseja quedar bien a
toda costa, cuando me dominan las cosas materiales o cuando no hago lo que debo
por pura comodidad.
Madre, cuando sienta
esas tentaciones -que parecen poca cosa pero que destruyen mi vida interior-
que sepa llamarte fuerte, fuerte, pidiéndote la fortaleza necesaria para no
dejarme atrapar por el ambiente mundano, pagano, superficial y hedonista que me
rodea.
Que sepa ser, en
medio de este mundo, un ejemplo de vida cristiana.
Que sepa vivir en el
mundo con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo: metido de lleno en mi
ambiente pero con una vida interior tan profunda que ayude también a otros a
levantarse y volver a luchar.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
26-Abril.
San Isidoro Obispo y Doctor
«Vosotros sois la sal de la
tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para
tirarla fuera y que la pisotee la gente.
Vosotros sois la luz del
mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se
enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a
fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los
hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los Cielos». (Mateo 5, 13-16)
1º. Jesús nos pone imágenes claras para que entendamos nuestra misión
apostólica: somos «la salde la tierra.»
«Es como si les dijera: “El
mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de
transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni
a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los
profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo, por cierto
muy mal dispuesto”. Porque al decir: “Vosotros sois la sal de la tierra”,
enseña que los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado.
Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más
necesarias y útiles para el cuidado de los demás» (San Juan Crisóstomo).
La sal sirve para preservar los alimentos de la corrupción y para dar
sabor.
Su misión no es aparatosa: un poco de sal da sabor a todo un plato y casi
ni se nota, porque desaparece mezclándose con los alimentos.
Así debe ser nuestra acción apostólica: discreta; hecha a base de ejemplo,
de simpatía y de amistad; siendo uno más, pero con mucho amor de Dios, con
contenido, con sabor, con vida sobrenatural que preserva a los demás de la
corrupción.
2º. Jesús, también me dice que somos «la
luz del mundo.»
La luz sirve para ver mejor la realidad, para distinguir lo verdadero de
las sombras falsas.
La luz posibilita caminar por el camino oscuro de la vida.
La luz permite distinguir la belleza de los colores.
Así debemos ser nosotros para los demás: un punto de referencia -de luz- donde encontrar la verdad divina; un alma de
doctrina segura que enseñe el camino verdadero; un ejemplo de vida cristiana
imitable, amable, que descubra la belleza y la profundidad y los colores de la
enseñanza de Cristo.
3º. «Tu eres sal, alma de apóstol. -«Bonum est sal»- la sal es buena, se lee en
el Santo Evangelio, «si autem evanuerit» -pero si la sal se desvirtúa..., nada
vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil.
Tú eres sal, alma de
apóstol -Pero, si te desvirtúas.» (Camino.-921).
Jesús nos ha confiado una misión importante: ser sal de la tierra.
«Pero si la sal se vuelve sosa ¿con
qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.»
Si nosotros le fallamos a Cristo, ¿con quién podrá contar para cristianizar
la sociedad?
¿Con qué sal salarás mi ambiente?
Este es uno de los grandes descubrimientos de la vida cristiana: darnos
cuenta de que Cristo nos necesita.
Además, si un cristiano se comporta como uno que no tiene fe, se convierte
en un estorbo, en instrumento inútil que nada vale.
4º. «No se enciende una luz
para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que
alumbre a todos los de la casa.»
La gracia que me da Cristo a través de los sacramentos es una gran luz.
Y esa luz no la ha encendido Cristo para que luego nosotros la ocultemos
debajo del celemín -de la cama-; debajo de un montón de miserias personales que
no queremos luchar por desarraigar; y que oscurecen el mensaje claro y luminoso
del cristianismo.
Quiere que la pongamos en un lugar preferente en nuestra vida para que
alumbre a todos: quiere que le tomemos en serio para que, a través de nuestra
vida cristiana, pueda iluminar a los que nos rodean.
«Alumbre así vuestra luz a
los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre
que está en el cielo.»
Le pedimos a Jesús que nos ayude a estar a la altura de sus peticiones y
deseos: que los demás se puedan apoyar -realmente- en nuestras buenas obras.
Obras de trabajo bien realizado, de detalles de servicio, de optimismo, de
vida limpia, de sencillez, de sinceridad.
Así le haremos presente en la tierra, de modo que a nuestro alrededor todos
«glorifiquen al Padre que está en el
cielo.»
Subir
Volver a Meditaciones