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DOMINGO SEXTO DE PASCUA-A

 

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.» (Juan 14, 15-21)

 

1. Jesús, los discípulos debían estar tristes ante tus palabras de despedida: un poco y el mundo ya no me verá.

Ellos lo habían dejado todo, habían recorrido Palestina de arriba a bajo, habían visto tus milagros, oído tus palabras; habíais caminado, comido, reído juntos. Y los ibas a dejar.

¿Cómo no sentirse hundidos, destrozados, desconcertados?

Ante esta situación, les aseguras: No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Jesús, vas a volver después de la Resurrección y vas a estar con ellos durante cuarenta días.

Pero luego asciendes al Cielo, al lugar donde te corresponde: a la derecha del Padre. ¿Cómo permanecer unido a Ti, cuando estás otra vez tan lejos?

Has dejado dos medios imponentes que nos unen a Dios, uniéndonos también entre nosotros: la Eucaristía y el Espíritu Santo. Hoy me hablas del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros.

El Espíritu Santo, que es el Amor y la Verdad de Dios, está en mí, en mi alma en gracia. Dios dentro de mí: soy Templo de Dios, sagrario del Espíritu Santo. Por eso me puedo dirigir a El en todo momento.

¿Le tengo presente en mi comportamiento diario?

Así como la Eucaristía une a los miembros de la Iglesia en un mismo cuerpo, el Espíritu Santo nos une en un mismo espíritu.

«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios (...). Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual»(San Cirilo de Alejandría).

2º. «Cuando te parezca que el Señor te abandona, no te entristezcas: ¡búscale con más empeño! Él, el Amor no te deja solo.

-Persuádete de que «te deja solo» por Amo, para que veas con claridad en tu vida lo que es suyo y lo que es tuyo» (Forja.-250).

Jesús, a veces me parece que me dejas solo: tu presencia se me hace casi imperceptible. Y entonces me cuesta seguir luchando: hacer esas normas de piedad que antes cumplía con ilusión y ganas; trabajar cuidando los detalles; pensar en los demás...

¿Qué puedo hacer?

No te entristezcas: ¡búscale con más empeño! Él, el Amor, no te deja solo.

Jesús, que me convenza de que Tú no me abandonas.

Tal vez soy yo el que me he alejado poco a poco de Ti por no luchar suficientemente contra la tibieza, la comodidad, la pereza.

O tal vez es que Tú me has quitado conscientemente esas recompensas del sentimiento que me ayudaban a luchar, para que mi amor a Ti sea más puro. En todo caso, he de volver a empezar con más empeño, con brío renovado, aunque falten las ganas.

«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él».

Jesús, independientemente de cómo me sienta y de las ganas que tenga de seguirte, te amo más cuanto mejor cumplo tus mandamientos.

Sólo entonces te manifiestas a mí.

Por eso es un engaño pensar que haré más cuando lo sienta más.

Porque «esto» funciona al revés: lo sentiré más -te manifestarás más a mí-, cuando haga más: cuando me decida a vivir mejor los mandamientos y las normas de piedad.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Sexta Semana de Pascua. Lunes

 

«Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis. Seréis expulsados de las sinagogas; aún más, llega la hora en que todo el que os dé muerte pensará que hace un servicio a Dios. Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí. Pero os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que ya os las había anunciado. No os las dije al principio porque estaba con vosotros.» (Juan 15, 26 -16, 4)

 

1º. Jesús, has venido a mostrarnos el camino, la verdad y la vida de Dios.

Has venido a marcar, con tus pisadas, el camino que conduce a Dios;

has venido a enseñar, con tus palabras y tus milagros, cuál es la verdad sobre mi fin en la tierra y en la eternidad;

has venido a darme la vida de Dios, tu propia vida, a través de los sacramentos.

Pero ahora has de volver a la derecha del Padre.

¿Quién va a dar testimonio de ese camino, verdad y vida divina?

«El Paráclito que yo os enviaré departe del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mi.»

Toda la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- se pone en movimiento para que yo no me pierda; y envías, Jesús, de parte del Padre, al Espíritu Santo para que me recuerde constantemente el Camino, la Verdad, y la Vida.

«El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu Santo tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad» (C. I. C.-244)

Dios Espíritu Santo, tengo que aprender a oírte porque Tú hablas bajo y hay mucho ruido en el exterior.

He de aprender a escucharte porque yo también debo dar testimonio de Jesús, ser apóstol suyo: «También vosotros daréis testimonio.»

Dios no quiere dejarte a Ti, Espíritu Santo, todo el peso del apostolado; sino que espera que yo también dé ejemplo de camino cristiano, de verdad coherente con la fe, de vida eterna.

He de aprender a oírte en el silencio de la oración, y también en el ajetreo de la vida diaria.

 

2º. «También los primeros Doce eran extranjeros en las tierras que evangelizaban, y tropezaban con gentes que construían el mundo sobre bases diametralmente opuestas a la doctrina de Cristo.

-Mira: por encima de esas circunstancias adversas, se sabían depositarios del mensaje divino de la Redención. Y clama el Apóstol: «¡desventurado de mí si no lo predicare!» (Forja.-668).

Jesús, muchas veces tengo que dar testimonio de vida cristiana en un ambiente adverso, con gente que a lo mejor no me va a perseguir y matar como hicieron con los apóstoles, pero que tampoco me va a alabar por ello.

Es más, será frecuente que, algunos de los que no entienden se metan conmigo, y que se rían e intenten desprestigiarme.

Son personas que construyen el mundo sobre bases diametralmente opuestas a la doctrina de Cristo.

«Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí»

Los que se burlan de mi apostolado, lo hacen porque no te conocen, Jesús, ni conocen al Padre.

No los puedo juzgar, puesto que no sé lo que han recibido.

Tal vez Tú esperas que esas personas puedan conocerte a través de mi ejemplo, devolviendo cariño por burla, amor por desprecio.

«Por encima de esas circunstancias adversas, se sabían depositarios del mensaje divino de la Redención.»

Nada puede detenerme en el apostolado si me doy cuenta de que soy testigo del camino, la verdad y la vida que Tú, Jesús, has venido a mostrar al mundo.

Aún más cuando sé que, en esta labor, está colaborando el Espíritu Santo por deseo expreso de la Trinidad.

Que me dé cuenta de que las dificultades externas no son nunca un obstáculo si, por dentro, me mantengo encendido, vibrante, lleno de amor a Ti: lleno de la luz y el fuego y el amor del Espíritu Santo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Sexta Semana de Pascua. Martes

 

También se puede meditar Santa Catalina de Siena

 

«Ahora voy a quien me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza; mas yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré. Y cuando venga Él, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.» (Juan 16, 5 -11)

 

1º. Jesús, en esta última cena, sigues intentando animar a los apóstoles para que superen la prueba que les espera con la crucifixión.

Vuelves al Padre, y eso significa que les dejas.

Por eso se quedan tristes, abatidos: «porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza.»

¿Cómo no estar hundidos cuando se está a punto de perder a la persona más amada, a quien se ha dado toda la vida?

«Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros.»

Jesús, ¿quién será el Paráclito -el Espíritu Santo- como para que compense tu pérdida?

¿Es posible que salga ganando con el Espíritu Santo en lugar de verte a Ti, Jesús, cara a cara?

Tú dices que sí.

Y Tú sabes más.

«Del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos privados de luz [...J), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a su conocimiento» (San Hilario).

Sentimentalmente parece que pierdo, porque no te veo, no oigo tu voz, ni me siento atraído por la fuerza de tus palabras o el cariño de tu mirada.

Pero ahora, por la gracia del Espíritu, te puedo tener más cerca que nunca: en mí, dentro de mí.

Y esa cercanía -que es «convivencia»- hace posible que entienda los misterios de Dios; y que, entendiendo, ame.

Señor Espíritu Santo: llena mi corazón de amor de Dios; quema con tu fuego mis apegamientos terrenos, mis egoísmos, mi pereza, mi sensualidad.

 

2º. «La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo -que viene a inhabitar en nuestras almas-, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante.

Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo -no me cansaré de repetirlo- tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida. Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno» (Forja.-429).

«Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros.»

Jesús, hacía falta que nos redimieras primero del pecado para poder enviar al Espíritu Santo.

Sin la Redención, nuestra alma era incapaz de recibir la gracia. Por eso convenía que te fueras, aunque ello supusiese un terrible mazazo para los apóstoles.

Tu marcha, me acerca a Ti; tu muerte me da vida: la vida de los hijos de Dios.

Y esa vida es posible por la acción del Espíritu Santo en mi alma.

Jesús, me doy cuenta de que la santidad -ese camino al que estoy llamado por ser cristiano, hijo de Dios- es un don y una tarea: es una combinación del auxilio de tu gracia y de la lucha mía por corresponder a esa gracia.

Sólo así puedo ir hacia arriba en mi vida cristiana, sólo así puedo irte amando cada vez más: con tu gracia y con mi esfuerzo.

«La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante.»

«Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno.»

Luchando contra el pecado, buscando en todo momento hacer tu voluntad para recibir la gracia del Espíritu Santo, llevaré la justicia y la paz al mundo, y estaré preparado en el día del juicio para recibir el premio de la vida eterna.

Se cumplirán entonces tus palabras: «cuando venga Él argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.»

Y entenderé con mayor claridad por qué convenía que me dejaras, aunque el no verte físicamente me llene el corazón de tristeza.

Y volveré a recuperar esa alegría que es propia de los que se saben hijos de Dios.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29-Abril. Santa Catalina de Siena

 

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Y te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quiera revelarlo». (Mateo 11, 25-27)

 

1º. Hoy se habla mucho de ciencia.

Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

Por eso me recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas 6,39-45) y no al revés.

«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.»

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. «¡Qué buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!» (Camino.-892).

Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar         -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar» el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

 

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Sexta Semana de Pascua. Miércoles

 

«Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarías ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la Verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir: Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por esto dije que recibe de lo mío y os lo anunciará.» (Juan 16, 12-15)

 

1º. Jesús, en estos años con los apóstoles, ¡cuántas cosas les has dicho!

En parábolas, sin parábolas, a través de tu ejemplo y de tus milagros, les has hablado del Padre, del Reino de los Cielos, del amor entre los hombres, de la entrega, del sacrificio.

Pero aún es poco: «Todavía tengo que deciros muchas cosas.»

Queda mucho por explicar, por aclarar.

Y sobretodo, queda poner en práctica, en las distintas circunstancias históricas de cada momento, el mensaje perenne del Evangelio.

¿Quién nos va a decir estas cosas?

¿Quién ha de completar esa vida y esas palabras tuyas que están recogidas en el Evangelio?

«El Espíritu de la Verdad, os guiará hacia toda la verdad.»

Jesús, el Evangelio sólo no basta.

Quedan muchas cosas por decir.

Y has querido que sea el Espíritu Santo quien las diga.

Pero ¿cómo las dice?

¿Cómo ha hablado, habla y hablará el Espíritu de la Verdad?

El Espíritu Santo habla bajo, poniendo en mi alma en gracia esos buenos propósitos, afectos e inspiraciones que necesito para seguirte, Jesús.

Además tengo otras dos frentes para escucharle con voz clara: la voz de la Iglesia y la voz de los santos.

La doctrina que enseña la Iglesia y el ejemplo de la vida de los santos, son dos altavoces de sus palabras, porque es el Espíritu Santo el que habla a través de ellos.

«Ya no huyen, ya no se ocultan por miedo a los judíos; ahora despliegan más energía en predicar que antes desplegaban en disimular. Esta transformación, que es obra del Altísimo, aparece claramente en el príncipe de los apóstoles; ayer amedrentado por la voz de una sirvienta, ahora se tiene inquebrantable bajo los golpes de los jefes de los sacerdotes (...). ¿Quién podría dudar de la venida del Espíritu de fuerza, cuya potencia invisible iluminó sus corazones? Igualmente, lo que el Espíritu obra en nosotros da testimonio de su presencia.»

2º. «No te asustes -y, en la medida que puedas, reacciona- ante esa conjuración del silencio, con que quieren amordazar a la Iglesia. Unos no dejan que se oiga su voz; otros no permiten que se contemple el ejemplo de los que la predican con las obras; otros borran toda huella de buena doctrina..., y tantas mayorías no la soportan.

No te asustes, repito, pero no te canses de hacer de altavoz a las enseñanzas del Magisterio» (Forja.-585).

Jesús, estoy abarrotado de noticias: me bombardean con todo tipo de opiniones, críticas, descubrimientos, acontecimientos, sucesos, y hazañas.

No es malo saber de todo un poco, o un mucho.

El problema es que, con tanto ruido, puedo no oír lo importante; con tanta información puedo no enterarme de lo que más necesito para vivir una vida cristiana recta, llena de sentido, que sea también luz para los demás.

Tú también tienes muchas cosas que decirme, y he de estar atento a no perder tu onda.

Estamos en la «sociedad de la información», y sin embargo observo como una conjuración del silencio: es noticia lo que es escabroso, espectacular, injusto o anormal.

No es noticia la ejemplaridad, la vida santa de tantas y tantos que hacen más justo el mundo en el que vivimos.

No es noticia tampoco lo que dice la Iglesia ante tanta deshumanización, mientras silo es el criterio de unos políticos que, en su afán de poder, sólo pretenden agradar a las mayorías.

Jesús, si quiero hacer de altavoz a las enseñanzas del Magisterio, primero tengo que procurar escuchar al Espíritu Santo en el silencio de mi oración personal; además he de entenderle mejor leyendo y enterándome bien de las enseñanzas del Magisterio -el Papa y los Obispos- sobre los temas de actualidad: el aborto, la eutanasia, la doctrina social, la pena de muerte, la solidaridad; finalmente, debo oír sus llamadas a través del ejemplo de los santos, aprendiendo de sus vidas e intentando imitar su amor a Ti.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1-Mayo. San José, Obrero

 

«Y, llegado a su ciudad, les enseñaba en su sinagoga, de manera que se admiraban y decían: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre noso­tros? ¿De dónde, pues, le viene todo esto? Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta menospreciado sino en su tierra y en su casa. Y no hizo allí muchos milagros a cau­sa de su incredulidad». (Mateo 13, 54-58)

 

1º. La confusión que se produce entre la gente del pueblo de Jesús, nos hace pensar en la naturalidad con la que había vivido tantos años.

Era uno más, «el hijo del artesano».

Y, a la vez, era el Mesías esperado durante siglos, el Hijo de Dios.

Durante todo este tiempo no se distingue haciendo cosas extraordinarias; no hizo milagros patentes, a pesar de que conocería casos de gente enferma, pobre, necesitada.

Lo que sí haría es trabajar lo mejor posible, atender al que más lo necesitaba con especial dedicación, servir con alegría en casa y en el taller de José.

«Por su sumisión a María y a José, así como por su humilde trabajo durante largos años en Nazaret, Jesús nos da el ejemplo de santidad en la vida cotidiana de la familia y del trabajo» (C. I. C.-564).

Jesús, ha venido a traer fuego a la tierra (Lucas 12,48), ha venido a salvar a los hombres, a hacernos hijos de Dios, a llamarnos a la santidad.

Y está cumpliendo su misión desde el primer día, también durante esos años que llamamos de «vida oculta», porque no aparecen en el Evangelio.

Para mí, esos años son años de luz, porque ésa es la vida que tengo que imitar si quiero parecerme a Ti, si quiero ser otro Cristo.

Nosotros queremos hacer cosas grandes: queremos triunfar en nuestra vida profesional, queremos tener una familia feliz, queremos tener muchos amigos...

Pero a veces nos perdemos en los grandes planes mientras descuidamos el pequeño deber de cada día: el horario, el trabajo bien acabado, los detalles de servicio, el cumplimiento del plan de vida, el apostolado.

Que aprendamos de la vida oculta de Jesús a cuidar esos pequeños detalles y, entonces, Jesús hará de nuestra vida algo grande.

2º. «Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas» (Camino.-825).

Queremos... cambiar el mundo.

Queremos que la gente conozca a Jesús como le conocemos nosotros.

Entonces la gente le querrá, y se querrán entre ellos al saberse hijos del mismo Padre, hermanos de Jesús.

Como Jesús, también nosotros queremos traer fuego a la tierra: ese fuego del amor; que no destruye, sino que purifica y une.

Pero, ¿qué podemos hacer  para ayudarle en esta tarea?

Lo que nos pide Jesús es que le imitemos en su vida oculta.

Que sigamos en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora: haz lo que tengas que hacer en cada momento, con la mayor perfección posible.

Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras.

El trabajo de Jesús en el taller de José también era humilde, monótono, pequeño.

Pero con cuánto amor lo realizaría, con qué perfección -acabando los detalles, aunque nadie se fuera a fijar en ellos-, con qué espíritu de servicio.

Si somos fieles en lo pequeño, Él nos dará la gracia de la otra labor              -grande, ancha, honda- con la que sueño.

Nuestra vida será fecunda en el terreno profesional y familiar; en el campo apostólico, en el servicio a Jesús y a los demás.

Y cuando la gente se pregunte: «¿de dónde le viene a éste todo esto?» -¿de dónde le viene esa alegría, esa ilusión profesional, esa facilidad para querer a los demás?-, les sabremos responder: nos viene de imitar a Jesús en su vida oculta, de ofrecer a Dios cada cosa que hacemos, cada pequeño vencimiento.

 

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Sexta Semana de Pascua. Viernes

 

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque llegó su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá.» (Juan l6, 20-23)

 

1º. Jesús, con el ejemplo de la madre que va a dar a luz, me explicas la experiencia tan humana de que lo que vale, cuesta: cuesta esfuerzo, cuesta sacrificio.

«Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.»

Cuando hago el esfuerzo y consigo lo que buscaba, estoy feliz.

Lo que vale, cuesta: cuesta hacer bien el trabajo, estudiar al máximo de mis posibilidades, subir un monte, ganar en cualquier deporte, y también cuesta la santidad.

Pero vale la pena.

Al revés también se cumple: lo que no cuesta, no vale.

En un primer momento puede parecer que sí compensa, precisamente porque no cuesta esfuerzo; pero luego aquello me deja vacío.

Si al clavar un clavo para colgar un cuadro, el clavo entra sin resistencia en la pared, al principio parece una suerte el que no cueste clavarlo, pero luego el clavo no aguanta el cuadro, y se viene todo abajo.

En mi camino de santidad -de mi amor a Dios- no me puede extrañar que encuentre dificultades y resistencias.

De esta manera, Jesús, me afianzas y me robusteces para que mi amor a Ti crezca y no te abandone en el tiempo de prueba.

«Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor sino que crece (...). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta» (Santo Tomás).

Jesús, la sociedad en la que vivo se mueve con una visión distinta.

Su lema es: «busca el máximo de placer y de poder con el mínimo esfuerzo».

Si puedes aprobar estudiando menos o –incluso- copiando, ¿por qué no?

El que estudie más de lo justo está «haciendo el primo».

Si puedes ganar más dinero trabajando menos, o con un «chanchullo», ¿por qué no?

El que trabaja más de lo justo está «haciendo el primo».

Señor, sin querer, se me pega por todos lados esta forma de vivir.

¿Qué puedo hacer?

 

2º. «La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón..., no es difícil conseguirla en este mundo.   -Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

¿Vas a perder por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?» (Camino.-29).

Jesús, sólo tengo un procedimiento para no caer en la tentación de la vida fácil, de la postura egoísta: probar seriamente los beneficios de una vida entregada, sacrificada pero con sentido, por amor.

Entonces me daré cuenta de que la felicidad del egoísta es una felicidad pobre y relativa, y poco duradera.

Pero tengo que decidirme seriamente, de verdad, a seguirte.

Porque no hay nada peor que la entrega a medias, que el sacrificio por compromiso o la vida tibia.

Para encontrar la verdadera alegría, la paz que más llena, hay que entregarse de veras, coger la Cruz cada día, darse a los demás, olvidarse de uno mismo.

Un día y otro día, con cansancio, con dificultades, con esfuerzo.

«Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.»

Entonces sí.

Entonces vienen los frutos: el gozo del trabajo bien hecho; el gozo de ser útil a los demás; el gozo de ayudarte un poco, Jesús, en la tarea de la Redención.

«Y nadie os quitará vuestro gozo.»

Jesús: nada ni nadie podrá quitarme esta alegría, porque está por encima de mis éxitos personales, de mis fracasos, de mis preocupaciones humanas.

Ni siquiera la muerte me podrá apartar de esa alegría, puesto que, tanto para mí como para mis seres queridos, la muerte será la puerta de «la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Sexta Semana de Pascua. Sábado

 

También se puede meditar Santos Felipe y Santiago

 

«En aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. Os he dicho estas cosas por medio de comparaciones. Llega la hora en que ya no os hablaré por comparaciones, sino que abiertamente os anunciaré las cosas acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre.» (Juan 16, 23-28)

 

1º. Jesús, quieres que pida cosas al Padre en tu nombre, pues si lo hago así, recibiré.

Pero no porque Tú ruegues al Padre, sino porque Dios Padre me ama.

Entonces, ¿por qué pedir en tu nombre?

Porque el Padre me ama en la medida en que yo te amo a Ti, en la medida en que me parezco a Ti, en la medida en que me puede reconocer como hijo suyo, como otro Jesús.

El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado.

Y ¿cuál es la mejor manera de pedir en tu nombre, Jesús?

Sin duda alguna, la comunión.

En la comunión, al recibir tu cuerpo y sangre en mi alma en gracia, por unos minutos, todo lo que pida lo pido en tu nombre.

Es más: eres Tú mismo, Jesús, quien lo pide al Padre.

En esos momentos, Dios Padre me atiende como si Tú mismo se lo estuvieras pidiendo, porque así es: al recibirte, me conviertes en Ti, me haces Cristo, intercesor entre Dios y los hombres.

Que no desaproveche esos pocos minutos, los más importantes del día.

Que me dé cuenta de la fuerza que tiene lo que pida en la comunión.

Por la comunión puedo hacer que Tú, Jesús, le pidas al Padre todo aquello que me interesa o me preocupa.

Y también puedo hacer que le des gracias por tantas cosas buenas que he recibido; y que le pidas perdón por mí, por mis faltas de amor.

Y puedo alabar al Padre con tus propias palabras: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños.» (Mateo 11,25).

 

2º. «Antes, solo, no podías... -Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (Camino.-513).

Madre, Jesús ha querido, desde la Cruz, darme otro camino para llegar al Padre: la petición confiada a ti.

Por eso, el segundo mejor modo de pedir es acudir a la Señora; acudir a ti, María, que eres mi madre, que me conoces bien, que sabes lo que necesito para ser mejor hijo tuyo, mejor hijo de Dios.

Contigo, ¡qué fácil!

«Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (LG 61) (C. I. C.- 969).

Madre, aunque es bueno pedirte todo tipo de necesidades, eres especialista en conceder aquellas gracias que necesito en mi vida espiritual, para parecerme más a tu hijo Jesús.

Entre otras virtudes, el pueblo cristiano te ha visto desde el principio como modelo de pureza, y te ha llamado Virgen e Inmaculada.

También se han compuesto oraciones para pedirte por la pureza como el «Bendita sea tu pureza»- y existe la costumbre de rezar tres avemarías cada noche, al acostarse, pidiendo por esta virtud.

«Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo.»

Jesús, Tú quieres que pida, y que pida por intercesión de tu madre Santa María.

Y yo sé que la oración que más le gusta a ella es el Rosario, porque lo ha dicho varias veces.

Por eso, quiero hacer un propósito concreto: rezar cada día el Rosario pidiendo, en cada misterio, al menos por una intención; a la vez que intento meterme en lo que esta pasando en cada decena, para acompañar a la Virgen como hijo suyo que soy.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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3-Mayo. Santos Felipe y Santiago, Apóstoles

 

«Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora te conocéis y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor; muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza las obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré». (Juan 14, 7-14)

 

1º. Jesús, hoy me prometes tu intercesión ante Dios Padre.

Te vas, pero no me dejas solo.

Te vas con el Padre pero sigues pendiente de mí: de mis necesidades, de las necesidades de los que me rodean.

«Si me pidiereis algo en mi nombre, yo lo haré».

Jesús, éste es tu nombre.

A Ti te tengo que pedir ayuda cuando lo necesite.

Gracias porque no te olvidas de mí, porque me haces más fácil pedir cosas a Dios: qué fácil pedirte a Ti, Jesús, sabiendo que me escuchas siempre.

Yo te pido lo que creo que necesito o que necesitan los demás.

Te pido que les soluciones este problema o aquel otro; que me saques de un apuro; que logre aquel objetivo.

Lo que no sé es si lo que te pido soluciona realmente lo más importante: el crecimiento interior, la felicidad verdadera y eterna, la unión contigo.

«Podéis pedir cosas temporales, nos dice san Agustín; mas siempre con la intención de que os serviréis de ellas para gloria de Dios, para salvación de vuestra alma y la de vuestro prójimo; de lo contrario, vuestras peticiones procederían del orgullo o de la ambición; y entonces, si Dios rehúsa concederos lo que pedís, es porque no quiere perderos»

Por eso, cuando te pido algo, siempre añado: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42); haz lo que más convenga.

Tú sabes mejor que yo qué conviene y qué no.

Los ojos humanos son bastante torpes.

A veces, un fracaso a lo humano es la mejor medicina espiritual, como una operación quirúrgica que, aunque duele, cura.

 

2º. «El Rosario no se pronuncia sólo con los labios, mascullando una tras otra las avemarías. Así, musitan las beatas y los beatos. -Para un cristiano, la oración vocal ha de enraizarse en el corazón, de modo que, durante el rezo del Rosario, la mente pueda adentrarse en la contemplación de cada uno de los misterios» (Surco, 477.)

Jesús, aún me has dado otro camino más fácil para pedir cosas a Dios: pedírselas a la Virgen María, que es mi madre y tu madre, la Madre de Dios.

Es muy típico en una familia que, cuando hay que pedir algo difícil de conseguir, se empiece pidiéndoselo a la madre, para que, cuando ella esté convencida, se lo diga al padre.

¡Qué cosa más natural pedir lo que necesito a mi madre, Santa María!

Ella me comprende, me quiere como sólo las madres saben querer, y ella puede conseguir todo lo que quiera, porque Dios no le niega nada de lo que pide.

Madre mía, yo sé que te gusta que te recen el Rosario.

Lo sé porque lo has dicho en tus últimas pariciones, especialmente en Lourdes y en Fátima.

Quieres que te rece el Rosario y que te pida muchas cosas: una intención en cada misterio, como mínimo.

Y no sólo que te pida cosas para mí o para los míos, sino también grandes intenciones: por la Iglesia y el Papa; por la unidad de los cristianos; por la paz en el mundo.

Y luego, Madre, también he de aprovechar cada misterio para pensar un poco en la escena que se contempla: cómo estarías en esa circunstancia de gozo, de dolor o de gloria; y acompañarte lo mejor que sepa en esas alegrías o penas.

Y decirte que te quiero; y darte gracias por tus cuidados maternales; y pedirte perdón porque no sé comportarme como un buen hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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