CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO-B
«En el
sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea,
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa
de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella
estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se
turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y
el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios:
concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.
Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no
tendrá fin.
María dijo
al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel
y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios
(...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu
palabra. Y el ángel se retiró de su presencia». (Lucas 1,
26-38)
1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la
anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que
Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.
«No
temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»
No tengas
miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria
la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.
«¿De que
modo se hará esto, pues no conozco varón?»
Madre, te
habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación
de tu virginidad.
¿Cómo
ahora te pide Dios ser madre?
No
preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la
petición divina.
Preguntas
para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.
«El
Espíritu Santo descenderá sobre ti.»
Dios te
quiere, a la vez, Madre y Virgen.
«Virgen
antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo
IV).
«He aquí
la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»
Madre, una
vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.
¡Qué
ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!
Madre,
ayúdame a ser generoso con Dios.
Que, una
vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.
Sé
que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.
2º. «Nuestra Madre
es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos
dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...)
Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa
delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de
aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente.
Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende,
pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad
divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la
maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que
la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve
íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es
Cristo que pasa.-173).
Madre, hoy
se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no
quiere ser esclavo de nada ni de nadie.
Paradójicamente,
se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar
a la esclavitud de sus propias flaquezas.
Tú
me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene
precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio
desinteresado a los demás.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
22 de Diciembre
«María
exclamó: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi
Salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; por eso desde
ahora me llamarán bienaventurada todas las naciones. Porque ha hecho en mi
cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santa, cuya misericordia se
derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder
de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su
trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los
ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su
misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su
descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se
volvió a su casa». (Lucas 1, 46-56)
1º.El Evangelio de hoy se conoce como el canto del Magníficat,
porque así empieza este discurso de la virgen en latín: «Magníficat anima
mea Dominum - Mi alma glorifica al Señor. Mi espíritu se alegra en Dios mi
Salvador»: saberse querido por Dios, que me salva de mis pecados y se
preocupa de mis necesidades, es la fuente de la verdadera alegría.
En
el Magníficat, madre, abres tu corazón purísimo y me das a conocer algo tu
unión íntima con Dios: «Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su
esclava».
Te
das perfecta cuenta de que todo lo que tienes se lo debes a Dios, y de que Él
te lo ha dado porque se ha fijado en tu humildad.
Esta
es la virtud humana más importante, la única sobre la que Dios puede construir
el edificio de la santidad: «dispersó a los soberbios de corazón y ensalzó a
los humildes.»
¿Cómo
va mi humildad?
¿Me
doy cuenta de que todo lo que tengo inteligencia, familia, amigos, posición
social se lo debo a Dios?
Madre,
ayúdame a que nunca pierda esto de vista.
«Cuya
misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.»
Madre,
me recuerdas también que Dios está siempre dispuesto a perdonar, a compadecerse
de mi, si yo reconozco mis culpas, si tengo ese temor filial que es el temor a
perder la gracia, la amistad con Dios.
Madre,
que no me acostumbre al pecado, pues en ese caso haría inefectiva la
misericordia de Dios.
2º.«Recordad la escena de la Anunciación: baja el
Arcángel, para comunicar la divina embajada -el anuncio de que sería Madre de
Dios-, y la encuentra retirada en oración. María está enteramente recogida en
el Señor cuando San Gabriel la saluda: «Dios te salve, ¡oh, llena de gracia!,
el Señor es contigo». Días después rompe en la alegría del Magníficat -ese
canto mariano, que nos ha transmitido el Espíritu Santo por la delicada
fidelidad de San Lucas-, fruto del trato habitual de la virgen Santísima con
Dios.
Nuestra
Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos
del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han
sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la
misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta
ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón
inmaculado: «mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo
en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava».
Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella,
y también nosotros podemos y debemos aprender»
(Amigos de Dios.-241).
Madre,
quiero aprender de ti a tener ese trato habitual con Dios. No es un trato
teórico: tu oración te lleva a vivir los acontecimientos más corrientes metida
en Dios, con visión sobrenatural, con afán de servicio.
«La
oración de la Virgen
María, en su Fiat y en su Magníficat, se caracteriza por la
ofrenda generosa de todo su ser en la fe» (C. I.
C.-2622).
Madre,
el Magníficat es una prueba de lo mucho que has meditado la Sagrada Escritura.
Yo
también debo meditarla -especialmente el Evangelio- para que pueda luego imitar
a Cristo en mi vida.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
23 de Diciembre
«Entre
tanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y oyeron sus
vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había mostrado, y se
con gratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían
ponerle el nombre del padre, Zacarías. Pero la madre dijo: De ninguna manera,
sino que se ha de llamar Juan. Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que se
llame con este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo
quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su
nombre. Lo que llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla,
se soltó la lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus
vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de
Judea; y cuantos los oían lo grababan en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis ha
de ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». (Lucas 1,
57-66)
1º. Hoy
contempla la Iglesia
el nacimiento de Juan el Bautista.
Varios
signos prodigiosos han rodeado el suceso: los padres ya no tenían edad para
tener hijos; además, Zacarías se queda mudo en el Templo y sólo recobra el
habla cuando le pone a su hijo el nombre de Juan.
Tan
llamativo era lo que pasaba que «se apoderó de todos sus vecinos el temor y
se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»
Mañana por
la noche será la Nochebuena,
el momento de recordar tu nacimiento, Jesús.
Eres mucho
más importante que Juan.
Sin
embargo, nadie se va a enterar de tu venida, a excepción de unos pocos
pastores.
José es un
simple carpintero desconocido; Zacarías, en cambio, era un sacerdote apreciado
en su comarca.
Sin
sucesos extraordinarios, sin afluencia de familiares y vecinos, sin comodidades
de ningún tipo. Así vas a nacer, Jesús.
¿No me
dice nada esto?
¿Por
qué estoy siempre empeñado en que me vean, reconozcan lo que hago o, al menos,
estén pendientes de mí?
¡Cómo
me gusta llamar la atención!
Tu
nacimiento me enseña a no buscar el aplauso de los hombres, la aparatosidad, la
vistosidad.
Ayúdame
a trabajar con perfección, esforzándome en mil detalles escondidos que sólo Tú
puedes apreciar y valorar.
2º. «Para ti,
todavía joven y que acabas de emprender el camino, este consejo: como Dios se
lo merece todo, procura destacar profesionalmente, para que puedas después
propagar tus ideas con mayor eficacia» (Surco.-928).
Jesús, no
quieres que haga las cosas para que me vean, para que me halaguen.
Pero sí
quieres que el mensaje cristiano llegue al máximo de gente posible.
«Quienes
con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido
libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a
anunciar por todas partes en el mundo la Buena Noticia» (C. I.
C.- 3).
Y
para anunciar el Evangelio en el mundo, necesito prestigio profesional.
¿Cómo
voy a presentar a mis amigos el camino de la santidad, si luego resulta que soy
un mal estudiante o un mal profesional?
Por
eso debo procurar destacar profesionalmente, rectificando si hace falta
la intención: Jesús, no quiero el prestigio para mí, sino para que tu luz
brille desde más arriba y así pueda alumbrar a más gente.
«Y
se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»
Jesús,
hoy más que en ninguna época es fácil comunicar las noticias de un sitio a
otro.
En
poco tiempo puede saberse un acontecimiento en todo el mundo.
¿Cómo
es, entonces, que aún eres tan poco conocido?
Hacen
falta personas de prestigio en cada actividad que trabajen con visión
cristiana, que te traten, que luchen por ser santos.
Y
yo debo ser una de esas personas.
«Porque la
mano del Señor estaba con él.»
Jesús, Tú
te has metido en mi alma al ser bautizado.
¿Cómo no
se va a notar en mi vida?
Por
un lado, me pides naturalidad -no buscar el aplauso de la gente- y por otro, me pides prestigio profesional
para propagar tu doctrina con mayor eficacia.
Ayúdame
a conseguir ambas metas.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
24 de Diciembre
«Y
Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:
Bendito
sea el Señor el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y,
ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo,
según lo había anunciado en los siglos pasados por boca de sus santos profetas;
para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de cuantos nos odian:
ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza,
conforme al juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre, de concedernos que,
libres de las manos de los enemigos, le sirvamos sin temor; con santidad y
justicia en su presencia todos los días de nuestra vida.
Y ti,
niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor para
preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la ciencia de la salvación para el
perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, por
las que el Sol naciente ha venido a visitarnos desde lo alto, para iluminar a
los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el
camino de la paz». (Lucas 1, 67-79)
1º. Este canto de Zacarías se conoce como el Benedictus, pues
en latín comienza con esta palabra. «Bendito sea el Señor, el Dios de
Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.»
Zacarías
está hablando proféticamente de lo que va a empezar a suceder a partir de esta
noche, la Nochebuena:
Dios va a visitarme y a redimirme; Dios va a nacer, va a vivir como uno más entre
los hombres, va a predicar y a hacer milagros, y morirá en una cruz para
salvarme.
¡Gracias,
Señor!
Cumpliendo
tu promesa hecha a Abrahán, te haces hombre, descendiente de David, para «concedernos
que, libres de las manos de los enemigos, te sirvamos sin temor, con santidad y
justicia en tu presencia todos los días de nuestra vida.»
Jesús,
con tu vida y con tu muerte me has hecho hijo de Dios, me has dado tu gracia,
me has dejado los sacramentos.
Por fin
estoy libre -si quiero- de las manos de los enemigos de mi alma: el mundo, el
demonio y la carne.
Ahora
me pides que te sirva sin temor -pues soy tu hijo- y que busque la santidad y
la justicia, viviendo en presencia de Dios cada día.
«El Sol
naciente ha venido a visitarnos desde lo alto, para iluminar a los que yacen en
tinieblas, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»
Jesús, Tú
eres ese Sol naciente que ha venido a visitarme.
Vas a
nacer esta noche, vas a vivir conmigo para darme tu
luz -«Yo soy la luz del mundo» (Juan 8,12)- y para mostrarme el
camino que conduce a la paz y a la alegría.
2º. «Navidad.
Me escribes: «al hilo de la espera santa de Maria y de José, yo también espero,
con impaciencia, al Niño. ¡Qué contento me pondré en Belén!: presiento que
romperé en una alegría sin límite. ¡Ah!: y, con Él, quiero también nacer de
nuevo...».
-¡Ojalá
sea verdad ese querer tuyo!» (Surco.-62).
Jesús,
mañana es Navidad.
Ha pasado
ya todo el Adviento, tiempo en el que me he estado preparando para tu venida.
¿Cómo
crees que lo he aprovechado?
¿Estás
contento de mí: de mis esfuerzos por mejorar cada día un poco; de mis luchas
contra los defectos que me apartan de Ti; de mi empeño por trabajar con
perfección y espíritu de servicio?
Sea como
sea, aquí estoy -a pocas horas de tu nacimiento- haciendo un poco de oración.
Yo quiero
también nacer de nuevo...
Sé que no
es sencillo; sé que a veces me canso porque parece que no avanzo nada.
Pero
también sé que al nacer, me has dado la mayor prueba de que no me abandonas.
Y
si Tú has hecho esto por mi, ¿qué no voy a hacer yo por Ti?
« ¿Quién
tendrá un corazón tan bajo y tan ingrato como para no gozar y saltar de alegría
por lo que sucede? Es una fiesta común de toda la creación» (San
Basilio).
La Navidad
es el día más alegre, la fiesta más entrañable: porque Dios ha querido vivir
con los hombres.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
25-Diciembre.
NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR
«En
aquellos días se promulgó un edicto del César Augusto, para que se empadronase
todo el mundo. Este primer empadronamiento fue hecho cuando Quirino era
gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como
era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la
ciudad de David llamada Belén, en Judea para empadronarse con María, su esposa,
que estaba encinta. Y sucedió que, estando allí le llegó la hora del parto, y
dio a luz a su hijo primogénito, lo en volvió en pañales y lo recostó en un
pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.
Había unos
pastores por aquellos con tornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su
rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó y la
gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor El ángel les
dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para
todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el
Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto
en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una
muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios
en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». (Lucas 2,
1-14)
1º. ¡Ha
nacido Jesús!
Todo ha
valido la pena.
José, ya
puedes descansar un poco.
Después
del viaje desde Nazaret, caminando, con María encinta sobre el borrico; después
de buscar un lugar para pasar la noche, llamando de puerta en puerta sin
encontrar un sitio para el Dios-Niño; después de limpiar el Pesebre y
acondicionarlo mínimamente para que María pudiera tener a Jesús; al fin, Dios ha nacido.
Llora
Jesús, recién nacido.
Llora
José, que no quiere contenerse.
María, la Madre de Dios, sonríe.
Una mula y
un buey, únicos espectadores mudos del gran suceso: Jesús,
que es Dios, está ahí, en una cuna.
Jesús, no
dices nada.
Te has
dormido.
Sin
embargo, lo dices todo: el Rey del mundo en un establo.
Estas
son tus riquezas: frío, pobreza, soledad.
¿Por qué?
¿Qué
mensaje me vienes a traer, para empezar enseñándome que todo lo terreno no vale
nada, y menos que nada, si es un estorbo para cumplir tu voluntad?
2º. «He
procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de
esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía
es Niño y no dice nada, verlo cómo Doctor como Maestro. Necesito considerarle
de este modo: porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que tratar
de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el
Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar
terreno de Jesús.
Porque
hemos de reproducir en la nuestra, la vida de Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura
y de meditarla, a fuerza de hacer oración, como ahora, delante del pesebre. Hay
que entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está
recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los
hombres» (Es Cristo que pasa.-14).
Hoy
es un día de paz y alegría: es Navidad.
«¿Qué cosa
mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la fiesta de
hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del
Señor? (...) El fruto propio de esta paz es que se unan a Dios aquellos que el
Señor ha segregado del mundo» (San León Magno).
Todos
se desean la paz, pero sólo los ángeles me descubren como conseguirla: «paz
en la tierra a los hombres de buena voluntad.»
Tener
buena voluntad, para un cristiano -para mí-, es seguir a Cristo, unirse a Dios;
y para eso necesito aprender de Ti, Jesús, de esa vida que hoy empiezas.
«Porque
hemos de reproducir en la nuestra, la vida de Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura
y de meditarla, a fuerza de hacer oración.»
Quiero
conocerte bien, para poder seguirte, para poder amarte.
Entonces
me llenarás de paz y de alegría, y podré transmitirlas luego a los que me
rodean.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones
26-Diciembre.
San Esteban
«Guardaos
de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus
sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para
que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os
preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado
lo que habéis de decir: Pues no sois vosotros los que vais a hablar sino el
Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano
entregará a la muerte al hermano y el padre al hijo; y se levantarán los hijos
contra los padres para hacerles morir. Y seréis odiados de todos por causa de
mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo.» (Mateo
10, 17-22)
1º. Hoy se celebra
la fiesta del primer mártir, San Esteban, «hombre lleno de fe y del Espíritu
Santo» (Hechos 6,5), que fue uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia.
«Esteban,
lleno de gracia y de poder hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo». (Hechos
6,8).
Por eso,
los jefes de diversas sinagogas le acusaron ante el Sanedrín -el consejo judío
más alto de la época- pero «no podían resistir la sabiduría y el Espíritu
con que hablaba» (Hechos 6,10).
En lugar
de escuchar y aprender de Esteban, «al oír esto, ardían de ira en sus
corazones» (Hechos 7,54), «taparon sus oídos y se lanzaron contra él y
sacándole fuera de la ciudad le lapidaron» (Hechos 7,57-58).
Se cumplen
en Esteban, al pie de la letra, las palabras del Evangelio de hoy.
Hoy
sigue habiendo cristianos martirizados por su fe.
Los ha
habido siempre.
«El
martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio
que llega hasta la muerte» (C. I. C.-2473).
Sin
embargo, lo más normal es que no sufra persecuciones de este estilo.
Sí, en
cambio, puedo sufrir otro tipo de contratiempos por dar testimonio de la
verdad de la fe: el desprecio, la indiferencia, la
crítica injusta.
También
hoy, Jesús, hay gente que prefiere taparse los oídos para no enterarse de tu
mensaje.
2º.« ¡Influye tanto el ambiente!», me has dicho.
Y hube de
contestar: sin duda. Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que
llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar «vuestro tono» a la
sociedad con la que conviváis.
Y,
entonces, si has cogido ese espíritu, estoy seguro de que me dirás con el pasmo
de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se
obraban por sus manos en nombre de Cristo: « ¡Influimos tanto en el ambiente!» (Camino.-
376).
Jesús,
como en los tiempos de los primeros cristianos, la sociedad en la que vivo no
está para «temas espirituales».
Hay mucha
competencia y, a la vez, mucha comodidad.
Lo que
cuenta es triunfar en los negocios para tener una vida desahogada en lo
material.
Y, luego...,
« ¡a disfrutar que son dos días'.».
Este
es el «ambiente» que, sin duda, influye.
«Por eso
es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad,
vuestro propio ambiente, para dar «vuestro tono» a la sociedad con la que
conviváis».
Jesús, San
Esteban pudo ir contra corriente porque te había seguido durante tu vida
pública, porque había escuchado y meditado tus enseñanzas, porque te había
pedido consejo en sus dudas y ayuda en sus luchas.
Yo
también debo formarme bien, si quiero cristianizar el ambiente en el que me
muevo.
Si
soy constante en la dirección espiritual; si asisto con regularidad a medios de
formación cristiana; si no dejo la oración; entonces podré decir con el pasmo
de los primeros discípulos: « ¡Influimos tanto en el ambiente!».
Jesús,
hace un día que has nacido, y ya me recuerdas que hay que luchar; y que hay que
luchar sin tregua.
Pero
vale la pena, porque sólo quien persevere hasta el fin, ése será salvo.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones
Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Nota:
Si tienes dirección de internet y quieres recibir estas meditaciones
diariamente, pásale tu dirección de internet a D. José María Colomer y muy
prontos las recibirás.
Subir
Volver a Meditaciones
27-Diciembre.
San Juan Evangelista
«El primer
día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue a Simón Pedro y al otro
discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro
y no sabemos dónde lo han puesto. Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al
sepulcro.
Los dos
corrían juntos, pero el otro discípulo corría más aprisa que Pedro y llegó
primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos caídos, pero no entró.
Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos caídos, y el
sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto con los lienzos,
sino aparte, todavía en rollado, en un sitio. Entonces entró también el otro
discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. (Juan 20, 2-8)
1º. Jesús, hoy -fiesta del apóstol adolescente, del más joven
de los que llamaste para ser tus testigos directos-, puedo aprender a quererte
un poco más.
¡Cómo
te quería Juan!
También
Tú le mostraste un especial afecto.
Por
eso Juan se llama a sí mismo el «discípulo al que Jesús amaba,» el
discípulo amado.
Ojalá
sea tal mi comportamiento diario que Tú puedas llamarme también así.
Jesús,
cuando Juan el Bautista te señaló como «el Cordero de Dios» (Juan 1,36),
Juan y su amigo Andrés te siguieron.
«Fueron y
vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora
décima» (las cuatro de la tarde) (Juan 1,39).
¡Qué
grabado se le quedó aquel primer encuentro contigo!; tanto que, aun cuando era
ya muy mayor al escribir su Evangelio, se acordaba incluso de la hora en que
ocurrió.
A
partir de entonces, Juan empieza a hacer apostolado, contándole a su hermano
Santiago lo que le habías explicado aquella tarde.
Juan
fue conociéndote más día a día; mientras, Tú te ibas metiendo en su vida,
llevándole por caminos de más entrega, de más amor.
Juan
fue fiel en esta etapa de preparación para su llamada.
No quiso
poner trabas ni limites.
No quiso
acercarse... pero sólo a medias, para no complicarse la vida.
Por eso
supo decir que sí y dejarlo todo cuando Tú le llamaste, junto con Santiago, a
la orilla del mar de Galilea: «dejando a su padre Zebedeo en la barca con
los jornaleros, se fueran tras él» (Marcos 1,20).
2º. La pureza
limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. - Los demás apóstoles
huyen del Gólgota: él, con la
Madre de Cristo, se queda.
-No
olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter».
(Camino.-144).
Jesús,
cuando la madre de Santiago y Juan te pide los mejores lugares para sus hijos,
respondes: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de
beber? Le dijeron: Podemos» (Mateo 20,22).
Juan
pudo estar al pie de la cruz, porque tenía un amor recio, fuerte, porque era un
hombre puro.
La
pureza es el amor sin egoísmos sentimentales, sin frivolidades, sin mezclas.
«La
persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor
depositadas en ella» (C. I. C.-2338).
Jesús, en
el momento más intimo de tu vida, en la última cena, Juan está a tu lado: «Estaba
recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos, el que Jesús amaba»
(Juan 13,23).
Su
pensamiento y su corazón se identifican contigo.
Sabes bien
a quién vas a dejar con tu madre: «He ahí a tu madre» (Juan 19,27).
Desde
entonces, Juan y, con él, todos los hombres -yo también- son hijos de Maria.
Jesús,
quieres que sea un buen hijo de Maria, y para eso he de parecerme más a Ti,
siguiendo el ejemplo del apóstol Juan.
Juan es el
primer apóstol en llegar al sepulcro vacío después de tu Resurrección.
Sólo Pedro
y él tienen el amor y la esperanza suficientes para hacer caso a las mujeres.
Espera
fuera a Pedro, que es ya tu sucesor: el primer Papa.
Luego
entrando él, «vio y creyó».
Tú le
diste entonces esa fe gigante que convertiría miles de almas.
Dame,
Jesús, la fe, esperanza y caridad -amor puro y fuerte- que hicieron de Juan tu
discípulo amado.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad
de Navarra. S. A. Pamplona.
Subir
Volver a Meditaciones