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CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO-B

 

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia». (Lucas 1, 26-38)

 

1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.

«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»

No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.

«¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón?»

Madre, te habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.

¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?

No preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.

Preguntas para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»

Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.

«Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV).

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»

Madre, una vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.

¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!

Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.

Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.

Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.

 

2º. «Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).

Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de nadie.

Paradójicamente, se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud de sus propias flaquezas.

Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los demás.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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22 de Diciembre

 

«María exclamó: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las naciones. Porque ha hecho en mi cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santa, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa». (Lucas 1, 46-56)

 

1º.El Evangelio de hoy se conoce como el canto del Magníficat, porque así empieza este discurso de la virgen en latín: «Magníficat anima mea Dominum - Mi alma glorifica al Señor. Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»: saberse querido por Dios, que me salva de mis pecados y se preocupa de mis necesidades, es la fuente de la verdadera alegría.

En el Magníficat, madre, abres tu corazón purísimo y me das a conocer algo tu unión íntima con Dios: «Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava».

Te das perfecta cuenta de que todo lo que tienes se lo debes a Dios, y de que Él te lo ha dado porque se ha fijado en tu humildad.

Esta es la virtud humana más importante, la única sobre la que Dios puede construir el edificio de la santidad: «dispersó a los soberbios de corazón y ensalzó a los humildes.»

¿Cómo va mi humildad?

¿Me doy cuenta de que todo lo que tengo inteligencia, familia, amigos, posición social  se lo debo a Dios?

Madre, ayúdame a que nunca pierda esto de vista.

«Cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.»

Madre, me recuerdas también que Dios está siempre dispuesto a perdonar, a compadecerse de mi, si yo reconozco mis culpas, si tengo ese temor filial que es el temor a perder la gracia, la amistad con Dios.

Madre, que no me acostumbre al pecado, pues en ese caso haría inefectiva la misericordia de Dios.

 

2º.«Recordad la escena de la Anunciación: baja el Arcángel, para comunicar la divina embajada -el anuncio de que sería Madre de Dios-, y la encuentra retirada en oración. María está enteramente recogida en el Señor cuando San Gabriel la saluda: «Dios te salve, ¡oh, llena de gracia!, el Señor es contigo». Días después rompe en la alegría del Magníficat -ese canto mariano, que nos ha transmitido el Espíritu Santo por la delicada fidelidad de San Lucas-, fruto del trato habitual de la virgen Santísima con Dios.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: «mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava». Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender» (Amigos de Dios.-241).

Madre, quiero aprender de ti a tener ese trato habitual con Dios. No es un trato teórico: tu oración te lleva a vivir los acontecimientos más corrientes metida en Dios, con visión sobrenatural, con afán de servicio.

«La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magníficat, se caracteriza por la ofrenda generosa de todo su ser en la fe» (C. I. C.-2622).

Madre, el Magníficat es una prueba de lo mucho que has meditado la Sagrada Escritura.

Yo también debo meditarla -especialmente el Evangelio- para que pueda luego imitar a Cristo en mi vida.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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23 de Diciembre

 

«Entre tanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había mostrado, y se con gratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre del padre, Zacarías. Pero la madre dijo: De ninguna manera, sino que se ha de llamar Juan. Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que se llame con este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su nombre. Lo que llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó la lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían lo grababan en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis ha de ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». (Lucas 1, 57-66)

 

1º. Hoy contempla la Iglesia el nacimiento de Juan el Bautista.

Varios signos prodigiosos han rodeado el suceso: los padres ya no tenían edad para tener hijos; además, Zacarías se queda mudo en el Templo y sólo recobra el habla cuando le pone a su hijo el nombre de Juan.

Tan llamativo era lo que pasaba que «se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»

Mañana por la noche será la Nochebuena, el momento de recordar tu nacimiento, Jesús.

Eres mucho más importante que Juan.

Sin embargo, nadie se va a enterar de tu venida, a excepción de unos pocos pastores.

José es un simple carpintero desconocido; Zacarías, en cambio, era un sacerdote apreciado en su comarca.

Sin sucesos extraordinarios, sin afluencia de familiares y vecinos, sin comodidades de ningún tipo. Así vas a nacer, Jesús.

¿No me dice nada esto?

¿Por qué estoy siempre empeñado en que me vean, reconozcan lo que hago o, al menos, estén pendientes de mí?

¡Cómo me gusta llamar la atención!

Tu nacimiento me enseña a no buscar el aplauso de los hombres, la aparatosidad, la vistosidad.

Ayúdame a trabajar con perfección, esforzándome en mil detalles escondidos que sólo Tú puedes apreciar y valorar.

 

2º. «Para ti, todavía joven y que acabas de emprender el camino, este consejo: como Dios se lo merece todo, procura destacar profesionalmente, para que puedas después propagar tus ideas con mayor eficacia» (Surco.-928).

Jesús, no quieres que haga las cosas para que me vean, para que me halaguen.

Pero sí quieres que el mensaje cristiano llegue al máximo de gente posible.

«Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Noticia» (C. I. C.- 3).

Y para anunciar el Evangelio en el mundo, necesito prestigio profesional.

¿Cómo voy a presentar a mis amigos el camino de la santidad, si luego resulta que soy un mal estudiante o un mal profesional?

Por eso debo procurar destacar profesionalmente, rectificando si hace falta la intención: Jesús, no quiero el prestigio para mí, sino para que tu luz brille desde más arriba y así pueda alumbrar a más gente.

«Y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»

Jesús, hoy más que en ninguna época es fácil comunicar las noticias de un sitio a otro.

En poco tiempo puede saberse un acontecimiento en todo el mundo.

¿Cómo es, entonces, que aún eres tan poco conocido?

Hacen falta personas de prestigio en cada actividad que trabajen con visión cristiana, que te traten, que luchen por ser santos.

Y yo debo ser una de esas personas.

«Porque la mano del Señor estaba con él.»

Jesús, Tú te has metido en mi alma al ser bautizado.

¿Cómo no se va a notar en mi vida?

Por un lado, me pides naturalidad -no buscar el aplauso de la gente-  y por otro, me pides prestigio profesional para propagar tu doctrina con mayor eficacia.

Ayúdame a conseguir ambas metas.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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24 de Diciembre

 

«Y Zacarías, su padre, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:

Bendito sea el Señor el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y, ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, según lo había anunciado en los siglos pasados por boca de sus santos profetas; para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de cuantos nos odian: ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza, conforme al juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre, de concedernos que, libres de las manos de los enemigos, le sirvamos sin temor; con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida.

Y ti, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la ciencia de la salvación para el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, por las que el Sol naciente ha venido a visitarnos desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz». (Lucas 1, 67-79)

 

1º. Este canto de Zacarías se conoce como el Benedictus, pues en latín comienza con esta palabra. «Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.»

Zacarías está hablando proféticamente de lo que va a empezar a suceder a partir de esta noche, la Nochebuena: Dios va a visitarme y a redimirme; Dios va a nacer, va a vivir como uno más entre los hombres, va a predicar y a hacer milagros, y morirá en una cruz para salvarme.

¡Gracias, Señor!

Cumpliendo tu promesa hecha a Abrahán, te haces hombre, descendiente de David, para «concedernos que, libres de las manos de los enemigos, te sirvamos sin temor, con santidad y justicia en tu presencia todos los días de nuestra vida.»

Jesús, con tu vida y con tu muerte me has hecho hijo de Dios, me has dado tu gracia, me has dejado los sacramentos.

Por fin estoy libre -si quiero- de las manos de los enemigos de mi alma: el mundo, el demonio y la carne.

Ahora me pides que te sirva sin temor -pues soy tu hijo- y que busque la santidad y la justicia, viviendo en presencia de Dios cada día.

«El Sol naciente ha venido a visitarnos desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.»

Jesús, Tú eres ese Sol naciente que ha venido a visitarme.

Vas a nacer esta noche, vas a vivir conmigo para darme tu luz -«Yo soy la luz del mundo» (Juan 8,12)- y para mostrarme el camino que conduce a la paz y a la alegría.

 

2º. «Navidad. Me escribes: «al hilo de la espera santa de Maria y de José, yo también espero, con impaciencia, al Niño. ¡Qué contento me pondré en Belén!: presiento que romperé en una alegría sin límite. ¡Ah!: y, con Él, quiero también nacer de nuevo...».

-¡Ojalá sea verdad ese querer tuyo!» (Surco.-62).

Jesús, mañana es Navidad.

Ha pasado ya todo el Adviento, tiempo en el que me he estado preparando para tu venida.

¿Cómo crees que lo he aprovechado?

¿Estás contento de mí: de mis esfuerzos por mejorar cada día un poco; de mis luchas contra los defectos que me apartan de Ti; de mi empeño por trabajar con perfección y espíritu de servicio?

Sea como sea, aquí estoy -a pocas horas de tu nacimiento- haciendo un poco de oración.

Yo quiero también nacer de nuevo...

Sé que no es sencillo; sé que a veces me canso porque parece que no avanzo nada.

Pero también sé que al nacer, me has dado la mayor prueba de que no me abandonas.

Y si Tú has hecho esto por mi, ¿qué no voy a hacer yo por Ti?

« ¿Quién tendrá un corazón tan bajo y tan ingrato como para no gozar y saltar de alegría por lo que sucede? Es una fiesta común de toda la creación» (San Basilio).

La Navidad es el día más alegre, la fiesta más entrañable: porque Dios ha querido vivir con los hombres.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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25-Diciembre. NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR

 

«En aquellos días se promulgó un edicto del César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento fue hecho cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, estando allí le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo en volvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

Había unos pastores por aquellos con tornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor El ángel les dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». (Lucas 2, 1-14)

 

1º. ¡Ha nacido Jesús!

Todo ha valido la pena.

José, ya puedes descansar un poco.

Después del viaje desde Nazaret, caminando, con María encinta sobre el borrico; después de buscar un lugar para pasar la noche, llamando de puerta en puerta sin encontrar un sitio para el Dios-Niño; después de limpiar el Pesebre y acondicionarlo mínimamente para que María pudiera tener a Jesús; al fin, Dios ha nacido.

Llora Jesús, recién nacido.

Llora José, que no quiere contenerse.

María, la Madre de Dios, sonríe.

Una mula y un buey, únicos espectadores mudos del gran suceso: Jesús, que es Dios, está ahí, en una cuna.

Jesús, no dices nada.

Te has dormido.

Sin embargo, lo dices todo: el Rey del mundo en un establo.

Estas son tus riquezas: frío, pobreza, soledad.

¿Por qué?

¿Qué mensaje me vienes a traer, para empezar enseñándome que todo lo terreno no vale nada, y menos que nada, si es un estorbo para cumplir tu voluntad?

 

2º. «He procurado siempre, al hablar delante del Belén, mirar a Cristo Señor nuestro de esta manera, envuelto en pañales, sobre la paja de un pesebre. Y cuando todavía es Niño y no dice nada, verlo cómo Doctor como Maestro. Necesito considerarle de este modo: porque debo aprender de Él. Y para aprender de Él, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús.

Porque hemos de reproducir en la nuestra, la vida de Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza de hacer oración, como ahora, delante del pesebre. Hay que entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres» (Es Cristo que pasa.-14).

Hoy es un día de paz y alegría: es Navidad.

«¿Qué cosa mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la fiesta de hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Señor? (...) El fruto propio de esta paz es que se unan a Dios aquellos que el Señor ha segregado del mundo» (San León Magno).

Todos se desean la paz, pero sólo los ángeles me descubren como conseguirla: «paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.»

Tener buena voluntad, para un cristiano -para mí-, es seguir a Cristo, unirse a Dios; y para eso necesito aprender de Ti, Jesús, de esa vida que hoy empiezas.

«Porque hemos de reproducir en la nuestra, la vida de Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla, a fuerza de hacer oración.»

Quiero conocerte bien, para poder seguirte, para poder amarte.

Entonces me llenarás de paz y de alegría, y podré transmitirlas luego a los que me rodean.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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26-Diciembre. San Esteban

 

«Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir: Pues no sois vosotros los que vais a hablar sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo.» (Mateo 10, 17-22)

 

1º. Hoy se celebra la fiesta del primer mártir, San Esteban, «hombre lleno de fe y del Espíritu Santo» (Hechos 6,5), que fue uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia.

«Esteban, lleno de gracia y de poder hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo». (Hechos 6,8).

Por eso, los jefes de diversas sinagogas le acusaron ante el Sanedrín -el consejo judío más alto de la época- pero «no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba» (Hechos 6,10).

En lugar de escuchar y aprender de Esteban, «al oír esto, ardían de ira en sus corazones» (Hechos 7,54), «taparon sus oídos y se lanzaron contra él y sacándole fuera de la ciudad le lapidaron» (Hechos 7,57-58).

Se cumplen en Esteban, al pie de la letra, las palabras del Evangelio de hoy.

Hoy sigue habiendo cristianos martirizados por su fe.

Los ha habido siempre.

«El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte» (C. I. C.-2473).

Sin embargo, lo más normal es que no sufra persecuciones de este estilo.

Sí, en cambio, puedo sufrir otro tipo de contratiempos por dar testimonio de la verdad de la fe: el desprecio, la indiferencia, la crítica injusta.

También hoy, Jesús, hay gente que prefiere taparse los oídos para no enterarse de tu mensaje.

 

2º.« ¡Influye tanto el ambiente!», me has dicho.

Y hube de contestar: sin duda. Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar «vuestro tono» a la sociedad con la que conviváis.

Y, entonces, si has cogido ese espíritu, estoy seguro de que me dirás con el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo: « ¡Influimos tanto en el ambiente!» (Camino.- 376).

Jesús, como en los tiempos de los primeros cristianos, la sociedad en la que vivo no está para «temas espirituales».

Hay mucha competencia y, a la vez, mucha comodidad.

Lo que cuenta es triunfar en los negocios para tener una vida desahogada en lo material.

Y, luego..., « ¡a disfrutar que son dos días'.».

Este es el «ambiente» que, sin duda, influye.

«Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar «vuestro tono» a la sociedad con la que conviváis».

Jesús, San Esteban pudo ir contra corriente porque te había seguido durante tu vida pública, porque había escuchado y meditado tus enseñanzas, porque te había pedido consejo en sus dudas y ayuda en sus luchas.

Yo también debo formarme bien, si quiero cristianizar el ambiente en el que me muevo.

Si soy constante en la dirección espiritual; si asisto con regularidad a medios de formación cristiana; si no dejo la oración; entonces podré decir con el pasmo de los primeros discípulos: « ¡Influimos tanto en el ambiente!».

Jesús, hace un día que has nacido, y ya me recuerdas que hay que luchar; y que hay que luchar sin tregua.

Pero vale la pena, porque sólo quien persevere hasta el fin, ése será salvo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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27-Diciembre. San Juan Evangelista

 

«El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.

Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos caídos, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos caídos, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto con los lienzos, sino aparte, todavía en rollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. (Juan 20, 2-8)

 

1º. Jesús, hoy -fiesta del apóstol adolescente, del más joven de los que llamaste para ser tus testigos directos-, puedo aprender a quererte un poco más.

¡Cómo te quería Juan!

También Tú le mostraste un especial afecto.

Por eso Juan se llama a sí mismo el «discípulo al que Jesús amaba,» el discípulo amado.

Ojalá sea tal mi comportamiento diario que Tú puedas llamarme también así.

Jesús, cuando Juan el Bautista te señaló como «el Cordero de Dios» (Juan 1,36), Juan y su amigo Andrés te siguieron.

«Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora décima» (las cuatro de la tarde) (Juan 1,39).

¡Qué grabado se le quedó aquel primer encuentro contigo!; tanto que, aun cuando era ya muy mayor al escribir su Evangelio, se acordaba incluso de la hora en que ocurrió.

A partir de entonces, Juan empieza a hacer apostolado, contándole a su hermano Santiago lo que le habías explicado aquella tarde.

Juan fue conociéndote más día a día; mientras, Tú te ibas metiendo en su vida, llevándole por caminos de más entrega, de más amor.

Juan fue fiel en esta etapa de preparación para su llamada.

No quiso poner trabas ni limites.

No quiso acercarse... pero sólo a medias, para no complicarse la vida.

Por eso supo decir que sí y dejarlo todo cuando Tú le llamaste, junto con Santiago, a la orilla del mar de Galilea: «dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueran tras él» (Marcos 1,20).

 

2º. La pureza limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. - Los demás apóstoles huyen del Gólgota: él, con la Madre de Cristo, se queda.

-No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter». (Camino.-144).

Jesús, cuando la madre de Santiago y Juan te pide los mejores lugares para sus hijos, respondes: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Le dijeron: Podemos» (Mateo 20,22).

Juan pudo estar al pie de la cruz, porque tenía un amor recio, fuerte, porque era un hombre puro.

La pureza es el amor sin egoísmos sentimentales, sin frivolidades, sin mezclas.

«La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella» (C. I. C.-2338).

Jesús, en el momento más intimo de tu vida, en la última cena, Juan está a tu lado: «Estaba recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos, el que Jesús amaba» (Juan 13,23).

Su pensamiento y su corazón se identifican contigo.

Sabes bien a quién vas a dejar con tu madre: «He ahí a tu madre»  (Juan 19,27).

Desde entonces, Juan y, con él, todos los hombres -yo también- son hijos de Maria.

Jesús, quieres que sea un buen hijo de Maria, y para eso he de parecerme más a Ti, siguiendo el ejemplo del apóstol Juan.

Juan es el primer apóstol en llegar al sepulcro vacío después de tu Resurrección.

Sólo Pedro y él tienen el amor y la esperanza suficientes para hacer caso a las mujeres.

Espera fuera a Pedro, que es ya tu sucesor: el primer Papa.

Luego entrando él, «vio y creyó».

Tú le diste entonces esa fe gigante que convertiría miles de almas.

Dame, Jesús, la fe, esperanza y caridad -amor puro y fuerte- que hicieron de Juan tu discípulo amado.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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