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RAMOS Y SEMANA SANTA-C
Domingo de Ramos (28.III)
Lunes Santo (29.III)
Martes Santo (30.III)
Miércoles Santo (31.III)
Jueves Santo (1.IV)
Viernes Santo (2.IV)
Sábado Santo (3.IV)
Tomado de Almudi.org
DOMINGO
DE RAMOS-C
«Al día siguiente las
muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a
Jerusalén, tomaron ramos de palmas, salieron a su encuentro y gritaban:
Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor; el Rey de Israel
Jesús encontró un borriquillo y se montó sobre él, conforme a lo que
está escrito: No temas, hija de Sión. Mira a tu rey, que llega montado
en un pollino de asna. Sus discípulos no comprendieron esto de momento,
pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas
estaban escritas acerca de él y que fueron precisamente las que le
hicieron.»
(Juan 12, 12-16)
1º.
Jesús, empieza la Semana Santa.
En pocos días vas a
culminar tu misión en la tierra.
Vas a dejar tu mandamiento
nuevo, el mandamiento del amor; vas a lavar los pies a tus discípulos y
a rogar por ellos, no para que se aparten del mundo, sino para que el
Padre los preserve del mal; vas a pedir por los cristianos de todos los
tiempos, para que permanezcan unidos; y te vas a entregar en el acto de
donación más sublime jamás visto: la Eucaristía.
Vas a sudar sangre
mientras pides al Padre que pase de Ti este cáliz, pero que se haga su
voluntad. Te van a apresar; tus discípulos -tus amigos- te abandonarán.
Te azotarán y golpearán;
se van a burlar de Ti.
Y llevarás la Cruz de tu
muerte y de mi salvación hasta la cima del Calvario.
Allí estará tu Madre; y
Juan, tu discípulo amado, a quien la vas a confiar. Allí morirás después
de salvar al buen ladrón y pedir perdón al Padre por los que te
ajusticiaban.
Todos estos pensamientos
se agolpan en tu cabeza en este día triunfal, como un eco que resuena
tras los gritos de la gente que te aclama: «¡Hosanna; bendito el que
viene en nombre del Seño, el Rey de Israel!»
Que me dé cuenta, Jesús,
de que para conseguir la gloria, he de pasar primero por la Cruz.
Observa que Cristo llegó a
la gloria a través de su pasión: «¿No era menester que el Cristo
padeciese todo esto, y entrase así en su gloria?» (Lucas 24, 26).
De esta manera nos
enseñaba el camino de la gloria a nosotros: «Es necesario que pasemos
por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Hechos
14, 21)
2º.
«Cristo debe reinar; antes que nada, en nuestra alma. Pero qué
responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le
contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante:
únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración,
hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la
sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey.
Si pretendemos que Cristo
reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón.
Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin
sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría,
utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.
Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, frese
contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón
para desesperamos. Pero «no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que
viene sentado sobre un borrico». (...) No en el burro viejo y terco,
rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino
joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en
el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más
hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para
presentarse como Rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no
sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones
fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la
alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los
ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el
alma»
(Es Cristo que pasa.-181).
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Lunes Santo
«Jesús, seis días antes de
la Pascua, fue a Betania donde vivía Lázaro, al que Jesús resucitó de
entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro
era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de
perfume muy caro, de nardo puro, ungió los pies de Jesús y los secó con
sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Dijo
entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a
entregarle: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos
denarios y se ha dado a los pobres? Pero esto lo dijo no porque él se
preocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y, como tenía la
bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Entonces dijo Jesús: Dejadle
que lo emplee para el día de mi sepultura; pues a los pobres los tenéis
siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.» (Juan 12, 1-8)
1º.
María necesita demostrar de manera extraordinaria el amor que te tiene y
te limpia los pies con un perfume muy caro.
No te importa tanto,
Jesús, la calidad del perfume como la calidad del amor que María te
tiene.
Está mostrándote que vales
más para ella que todo lo que cuesta aquel perfume tan caro y todo lo
que ha sacrificado al gastar su dinero para comprarlo.
Porque el amor se
demuestra en el sacrificio.
Jesús, sabes que te quedan
pocos días de vida.
Vas a darlo todo por
salvarnos.
También Tú te podías haber
quedado y realizar más milagros en favor de los pobres.
En lugar de eso, como el
frasco de perfume que María derrama sobre tus pies, te entregas a los
judíos para derramar tu sangre: «sangre de la alianza nueva y eterna
que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón
de los pecados» (Rito de la Consagración).
Jesús, dejas a María
dedicar dinero a tu persona habiendo muchos pobres, y dejas a muchos
enfermos en la tierra cuando te entregas a la muerte para salvarnos del
pecado.
¿No será que la pobreza y
la enfermedad no son un mal tan grave como el pecado?
¿No será que Tú mereces,
también en lo humano, un trato de Rey?
2º.«Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con
rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser
espléndidos en el culto de Dios.
-Todo el lujo, la majestad
y la belleza me parecen poco.
-Y contra los que atacan
la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza
de Jesús:
“una buena obra ha hecho conmigo“» (Camino.-527).
Jesús, algunos no
entienden que la Iglesia intente móstrate su amor y veneración a través
de lugares y medios lo más espléndidos posible, dentro de un orden.
Sin embargo, esos mismos,
a sus seres queridos no les regalan una madera o una piedra, sino un
anillo de oro o unos pendientes de calidad.
Tampoco los que se quejan
utilizarían una bicicleta para llevar al Rey de su país o al Presidente.
En cambio para llevar la
Eucaristía, que es llevarte a Ti, Jesús, Rey de reyes, les parece mucho
utilizar algún material noble.
Eso no es amor a los
pobres, como no lo era el de Judas.
Eso es, simplemente, falta
de Fe, visión humana, que tampoco permite luego tener verdadero amor por
los pobres.
La pobreza de espíritu no
está necesariamente ligada al dinero que se tiene, sino a su uso.
«Por eso, muchos ricos
poseen este espíritu, pues ponen la abundancia al servicio no de su
prestigio sino de las obras de beneficencia. Para ellos, la mayor
ganancia está en lo que emplean para aliviar la miseria y los trabajos
del prójimo»
(San León Magno).
Jesús, que sea generoso
contigo, con tu culto.
No sólo en dinero, sino
también en tiempo.
En la medida que sepa ser generoso contigo, que eres mi Dios y mi Rey,
también lo sabré ser con los demás, especialmente con los que más lo
necesitan, porque Tú mismo has dicho: «Y el Rey en respuesta les
dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos
más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Martes
Santo
«Cuando dijo esto se turbó
en su espíritu, y declaró: En verdad, verdad os digo que uno de vosotros
me entregará. Los discípulos se miraban unos a otros no sabiendo a quién
se refería. Estaba recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos,
el que Jesús amaba. Simón Pedro le hizo señas y le dijo: Pregúntale de
quién habla. Él, que estaba recostado sobre el pecho de Jesús, le dice:
Señor ¿quién es? Jesús responde: Es aquel a quien dé el bocado que voy a
mojar Mojando, pues, el bocado, lo toma y se lo da a Judas, hijo de
Simón Iscariote. Entonces, tras el bocado entró en él Satanás. Y Jesús
le dijo: lo que vas a hacer; hazlo pronto. Pero ninguno de los que
estaban a la mesa entendió con qué fin le dijo esto, pues algunos
pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: Compra lo que
necesitamos para la fiesta, o da algo a los pobres Aquél, después de
tomar el bocado, salió enseguida. Era de noche.»
(Juan 13, 21-30)
1º.
Jesús, te turba, te conmueves: después de lo que has hecho por
Judas, te va a traicionar.
No es uno de los judíos
que lleva tiempo buscando matarte;
no es uno de los que
interpretaban torcidamente tus palabras o atribuían tus milagros al
demonio.
Es... Judas, uno de los
doce amigos íntimos que lleva tres años contigo.
¡Cuántas muestras de
cariño habías tenido personalmente con él; cuántas conversaciones en
privado; cuántos momentos felices; cuántas bromas, cansancios, risas,
preocupaciones; cuántos milagros había presenciado!...
Jesús, yo también soy uno
de tus íntimos: ¡soy cristiano, hijo de Dios!
Me has cuidado de modo
especial; me has dado gracias inmensas; me has dado tu misma vida
-cuerpo y sangre- para que pueda estar contigo.
Y ¿qué hago?
¿cómo correspondo?
¿No te estaré traicionando
con mi vida de poca lucha, mediocre; con mis pecados?
Jesús, ya no más.
No quiero fallarte más.
Sé que te turba, que te
duele de manera especial la traición de tus amigos.
Y yo soy tu amigo.
Dame más fortaleza, más
amor, para no decirte nunca más que no.
Ayúdame a tener el cariño
recio de Juan, que supo permanecer a tu lado en los momentos de prueba.
«Me hace temblar aquel
pasaje de la segunda epístola a Timoteo, cuando el Apóstol se duele de
que Demas escapó a Tesalónica tras los encantos de este mundo... Por una
bagatela, y por miedo a las persecuciones, traicionó la empresa divina
un hombre, a quien San Pablo cita en otras epístolas entre los santos.
Me hace temblar; al
conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad al Señor hasta en
los sucesos que pueden parecer como indiferentes, porque, si no me
sirven para unirme más a Él, ¡no los quiero»
(Surco.-343)
Jesús, las grandes
traiciones, como la de Judas o Demas, vienen precedidas de pequeñas
compensaciones egoístas.
Los edificios no se
desmoronan de repente -si no es por una catástrofe- sino que empiezan a
salir grietas pequeñas, que se van abriendo, hasta que aquello cae.
Para no bajar la guardia
en la lucha contra el pecado, es bueno tener siempre presente que, al
final, Tú me vas a juzgar por mis acciones.
«El mensaje del Juicio
final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres
todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Corintios 6,
2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del
Reino de Dios» C. I. C.- 1041)
Uno de los dones del
Espíritu Santo es el del temor de Dios.
Jesús, no es que pida
tenerte miedo, sino tener miedo a perderte, a perderme.
Me hace temblar; al
conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad.
Jesús, Tú me necesitas
fiel.
No te puedo fallar.
Para ello debo ser fiel en
lo poco, en lo de cada día, hasta en los sucesos que pueden parecer como
indiferentes:
en la puntualidad en el
trabajo y en las normas de piedad;
en los detalles de
servicio; en la sobriedad en las comidas y gastos; en la lucha por
cumplir los propósitos de la dirección espiritual, etc. ..
Así podrás decirme: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has
sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho» (Mateo 25,21).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Miércoles Santo
«Entonces, uno de los doce,
llamado Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes, y dijo:
¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron
treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una oportunidad para
entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús
y le dijeron: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Jesús
respondió: Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: El Maestro
dice: mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis
discípulos. Los discípulos hicieron como les había mandado Jesús y
prepararon la Pascua. Al anochecer se puso a la mesa con los doce
discípulos. Y mientras comían dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me
va a traicionar: Y, muy afligidos, comenzaron cada uno a decirle: ¿Acaso soy
yo, Señor? Pero él respondió: El que come conmigo en la misma fuente, ¡ése
me va a entregar! Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito
acerca de él; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es
entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido.» (Mateo 26, 14-24)
1º.
Los apóstoles se quedan muy afligidos por tu anuncio de la traición.
«El que come conmigo en la
misma fuente ¡ése me va a entregar!»
Saben que Tú eres el Mesías
enviado por Dios, y te quieren de verdad: lo han dejado todo para seguirte.
Pero admiten humildemente la
posibilidad de traicionarte; se sienten débiles, capaces de los peores
errores y crímenes: «¿Acaso soy yo, Señor?»
Jesús, yo también soy capaz de
todos los errores y de todos los horrores.
Que sea lo suficientemente
humilde para pedirte ayuda constantemente, como el niño pequeño no se suelta
de la mano de su madre.
No quiero soltarme de la mano
de mi Madre la Iglesia: esas indicaciones, esos consejos, esos medios -los
sacramentos- que me dan la fuerza necesaria para no tropezar.
«Ciertamente el Hijo del
Hombre se va, según está escrito acerca de él»
Jesús, te entregas
voluntariamente a la muerte, tal y como estaba dispuesto por el Padre.
Sin embargo, el que estuviera
previsto un traidor, no reduce la culpabilidad personal de Judas: «Más le
valiera a ese hombre no haber nacido.»
Con el tiempo, se puede
descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de
las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. (...)
Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del
Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la
superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación
de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte
en un bien» (C. I.
C.- 312).
2º. «¿Cómo
vas a tener paz, si te dejas arrastrar -contra los «tirones» de la gracia-
por esas pasiones, que ni siquiera intentas dominar?
El cielo empuja para arriba;
tú -¡sólo tú: no busques excusas!-, para abajo... -Y de este modo te
desgarras»
(Surco.-851).
Jesús, a veces pienso que no
puedo hacer más, y me vienen ganas de justificar los errores -pecados
consentidos- que cometo por fragilidad.
«Es cosa del ambiente, de la
costumbre, de la juventud, de la madurez, de la vejez».
Siempre hay excusas.
Pero no me las acabo de creer:
noto también los tirones de la gracia, que me empujan para arriba.
Es tu voz, que me dice: venga,
puedes.... ¡y debes!, porque Yo he muerto por ti en una cruz para que venzas
las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne.
Como los apóstoles, necesito
ser más humilde: darme cuenta de que soy débil y poner todos los medios
sobrenaturales y humanos necesarios para no volver a pecar.
Todos los medios humanos como
si no hubiera medios sobrenaturales; y luego, todos los sobrenaturales, que
son los realmente importantes, pero que necesitan de los anteriores para ser
eficaces.
Entonces, en vez de desgarrarme, escucharé lo que dijiste a tus discípulos
después de la Resurrección: «La paz sea con vosotros» mayor
paz cuanta mayor lucha.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Jueves Santo
«La víspera de la fiesta de
Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el
corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, sabiendo Jesús
que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y
a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y
se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a
los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Después de
lavarles los pies tomó el manto, se puso de nuevo a la mesa, y les dijo:
¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y
el Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el
Maestro os he lavado los pies, vosotros también os debéis lavar los pies
unos a otros. Os he dado ejemplo para que como yo he hecho con vosotros, así
hagáis vosotros.»
(Juan 13, 1-15)
1º.
Jesús, son tus últimas horas.
¡Cómo quieres a esos
discípulos, a los que vas a dejar esta noche!
¡Cuánto van a sufrir!
¡Cuánto va a sufrir María, tu
madre, que ha querido acompañarte a Jerusalén sabiendo que ha llegado tu
hora!
¿Qué más puedes hacer?
Te queda una última cena para
decir lo más importante, lo que les debe quedar como testamento para que lo
puedan predicar después al mundo entero.
«Sabiendo Jesús que todo lo
habla puesto el Padre en sus manos y que habla salido de Dios y a Dios
volvía..., empezó a lavarles los pies a los discípulos.»
Eres Dios, y esa conciencia de
tu divinidad te impulsa a servir.
Y quieres hacer algo gráfico,
que entre por los ojos, inequívoco.
Al lavar los pies a los
apóstoles les estás grabando a fuego la clave de tu paso por la tierra: ser
de Dios es ser servidor de los demás.
No basta saberlo, hace falta
ponerlo en práctica cada día.
Por eso, al acabar, les dices:«si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados»
Ayúdame a poner por obra esta
enseñanza en mil pequeños detalles de cada día: en casa, en el trabajo,
buscando el modo de ayudar a los que más lo necesiten.
2º.
«Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque
sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en
parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última
que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.
Considerad la experiencia, tan
humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar
siempre juntas, pero el deber -el que sea- les obliga a alejarse. Su afán
seria continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por
grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se
cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan
encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más
porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.
Lo que nosotros no podemos, lo
puede el Señor: Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un
símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá
con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su
memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la
fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los
que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del
pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su
Alma y su Divinidad. (...)
La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se
ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si
aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia,
instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y -en lo que
nos es posible entender- porque, movido por su Amo, quien no necesita de
nada, no quiere prescindir de nosotros»
(Es Cristo que pasa.-83-84).Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Viernes Santo
«Entonces Pilato tomó a Jesús
y mandó que lo azotaran. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se
la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura. Y se
acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas.
Pilato salió de nuevo fuera y les dijo: He aquí que os lo saco fuera para
que sepáis que no encuentro en él culpa alguna. Jesús, pues, salió fuera
llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: He
aquí el hombre. Cuando le vieron los pontífices y los servidores, gritaron:
¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: Tomadlo vosotros y
crucificadlo pues yo no encuentro culpa en él Los judíos contestaron:
Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho Hijo
de Dios. (...). Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron,
pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de
la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos,
uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso
sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. (...).
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien
amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer he ahí a tu hijo. Después
dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la
recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya
consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí
un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una
caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre,
dijo: Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.»
(Juan 19, 1-7.16-19.25-30)
1º.Jesús, he llegado
al Calvario acompañando a tu Madre.
No puedo decir nada.
Estás allí, clavado en la
cruz, con la cara rota y el cuerpo destrozado y sangrante.
Apenas puedes respirar,
mientras te apoyas en tus manos atravesadas para tomar aliento.
La boca abierta.
La mirada triste, agonizante.
¡Jesús!, ¿que han hecho
contigo?
Me miras... y toda mi vida me
parece un sinsentido.
«Tengo sed...»
«Todo está consumado.»
«Acabamos de revivir el drama
del Calvario, lo que me atrevería a llamar la Misa primera y primordial,
celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su Hijo a la muerte. Jesús,
el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el que le habían de ajusticiar y
su sacrificio es aceptado por el Padre: como fruto de la Cruz, se derrama
sobre la Humanidad el Espíritu Santo.
La Semana Santa no puede
reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de
Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a
ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por
el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia
existencia, «para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios
por Jesucristo», para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de
obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre.
2º.Ahora, situados
ante ese momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha
manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para
examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con
un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios,
hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La
experiencia del pecado debe conducirnos al dolor a una decisión más madura y
más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de
perseverar cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que Él ha
encomendado a todos sus discípulos»
(Es Cristo que pasa.-96).
Anochece.
El pequeño grupo no
quiere abandonar a María, que llora en silencio.
Mientras, la gente se marcha«golpeándose el pecho» (Lucas 23,48).
Yo, envuelto también entre silencio y sollozos, te prometo ser fiel.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Sábado Santo
«Como era la Parasceve, para
que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, pues aquel sábado era
un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y
los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron las piernas al primero y al
otro que había sido crucificado con él Pero cuando llegaron a Jesús, como le
vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados
le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua. El que
lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la
verdad para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera
la Escritura: No le quebrantarán ni un hueso. Y también otro pasaje de la
Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Después de esto, José de
Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor a los
judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se
lo permitió. Vino, pues, y retiró su cuerpo. Nicodemo, el que había ido
antes a Jesús de noche, vino también trayendo una mezcla de mirra y áloe,
como de cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos,
con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. En el
lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro
nuevo en el que todavía no había sido sepultado nadie. Como era la Parasceve
de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.»
(Juan 19, 31-42)
1º.
Un soldado revienta el corazón de Jesús con una lanza.
El alma de María se
resquebraja con un dolor indescriptible.
«Cuando tu Jesús -que es de
todos, pero especialmente tuyo- rindió su espíritu, la lanza cruel no
alcanzó su alma. Si le abrió el costado, sin perdonarle, estando ya muerto,
sin embargo no le pudo causar dolor. Pero sí atravesó tu alma; en aquel
momento la suya no estaba allí, pero la tuya no podía en absoluto separarse
de él» (San
Bernardo).
Yo no puedo decir nada, Jesús.
Me quedo mirándote atónito,
sin fuerzas, mientras José y Nicodemo te descuelgan de la cruz, te envuelven
en lienzos y te llevan hacia el sepulcro.
Ya se ha acabado la obra de
nuestra redención.
Jesús, has cumplido esas
palabras tuyas: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida
por sus amigos» (Juan 15,13).
Lo has dado todo, hasta la
última gota de sangre que brota de tu corazón abierto.
Y yo, ¿qué hago ante este
derroche de amor?
José de Arimatea y Nicodemo
han aparecido con valentía en el momento de la desbandada.
Ante tu cuerpo muerto, Jesús,
ya no caben miedos ni respetos humanos; ni flojeras, ni tiempos reservados
para mis cosas, ni vanidad, ni nada.
Y sin pensarlo dos veces, te
cojo y te llevo hasta el sepulcro, mientras me dices por dentro, con voz
palpitante, que ahora me toca a mí, que ahora soy yo quien he de ser Cristo
en la tierra.
2º.
«Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con
frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos
repetir con un autor de hace siglos: “El cuerpo de Jesús es un retablo de
dolores”. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo
inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús
destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una
derrota.¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento
anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más
cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la
gloria que ha conquistado con su obediencia» (Es Cristo que pasa.-95).
Madre, ¡qué dolor te produce
dar el primer beso a Jesús muerto!
Sin embargo, junto a las lágrimas que brotan de tu amor fiel y materno,
mantienes firme tu esperanza: la certeza de la Resurrección de tu Hijo,
de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.