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DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA-B

 

«Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: -Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación; la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y a tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada 37y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.» (Lucas 2, 22-40)

 

1º. José y María suben a Jerusalén para cumplir dos preceptos de la ley: la purificación y el rescate del hijo primogénito.

La purificación era el rito que hacía pura a la mujer que había concebido un varón, cuarenta días después del nacimiento.

El rescate del primer hijo consistía en ofrecer en sacrificio, un par de tórtolas o dos pichones, si la familia, como en el caso de la Sagrada Familia, era pobre.

Maria no había quedado impura, pues su concepción fue obra milagrosa del Espíritu Santo y no de un hombre.

Pero la Virgen quiere cumplir la ley y se purifica.

Jesús, cuántas veces no he sabido cumplir tu ley, tus mandamientos.

Yo si necesito purificarme. Primero con una confesión bien hecha.

Y luego, me puedo purificar más con más oración, con pequeños sacrificios, o ganando indulgencias.

 

2º. Jesús, como cuando te encontró Simeón, hoy también estás en el Templo: en el sagrario de cada iglesia.

Que no me acostumbre a pasar por delante de una iglesia sin decirte nada.

Que me admire siempre de que te hayas quedado tan cerca para que pueda adorarte.

Madre, cuando Jesús murió en la cruz, comprendiste hasta qué punto era cierta la profecía de Simeón: «y a tu misma alma la traspasará una espada».

Maria, ante semejante plan divino tu respuesta fue heroica: fuiste fiel a Dios, y aceptaste aquel dolor intensísimo a los pies de tu Hijo agonizante.

De tal manera te uniste al sacrificio de Jesús, ofre­ciendo tu dolor por la salvación de todos los hombres, que la Iglesia te llama, con razón, Corredentora: redentora junto con Cristo.

Madre, has aceptado la muerte de tu Hijo, para que yo tenga vida divina.

¡Cómo será el amor que me tienes! Qué poco me entero... ¡perdóname!

Quiero, desde ahora, apoyarme más en ti, pedirte todo lo que necesite. ¿Cómo me vas a fallar, si te he costado tanto?

 

3º. Jesús, Ana servía a Dios «con ayunos y oraciones».

La oración y la mortificación son dos pilares importantes de mi vida interior, y los mejores medios de apostolado: por eso Ana podía hablar de Ti «a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.»

¿Cómo es mi oración: la hago cada día; pongo la cabeza y el corazón en esos mi­nutos para enamorarme más de Ti; hago al menos un propósito cada día para mejorar en mi trabajo, en mi vida interior o en mi apostolado?

¿Cómo es mi mortificación? ¿Tengo concretado hacer algún pequeño sacrificio en las comidas, en la puntualidad, en el orden, en detalles de servicio?

Y si ya lo tengo concretado, ¿lo ofrezco por alguna intención particular?

¿Puedo ser más generoso en mi mortificación?

Tal vez debería hacer una lista con cuatro o cinco pequeños sacrificios para ofrecértelos durante el día.

Sé que si soy un alma fuerte, sacrificada, también te podré querer más.

Y, sobretodo, mediante esos pequeños sacrificios me estoy uniendo a Ti en la cruz, estoy ayudándote a hacer la redención.

Ana vivía «sin apartarse del Templo noche y día».

Yo, Jesús, no puedo estar todo el día en la iglesia.

Tampoco es lo que me pides.

Lo que me pides es que -esté donde esté y haga lo que haga- te tenga presente: que te ofrezca el trabajo haciéndolo lo mejor posible, que me preocupe de las necesidades materiales y espirituales de los demás.

4º. Jesús, vas creciendo como un niño normal.

Eres Dios y por eso estás «lleno de sabiduría»; pero en lo humano vas aprendiendo de José y de María.

De José aprendiste a trabajar con perfección, aprovechando todos los recursos del momento y añadiéndole ese convencimiento de que tu trabajo era el medio de unirte a Dios y de servir a los demás.

De María aprenderías a estar pendiente de los más pequeños detalles, y posiblemente de Ella aprenderías tus primeras oraciones: oraciones que recitarías juntamente con tu madre y José al empezar y acabar el día, antes y después de comer,...

¡Dios mismo, aprendiendo a rezar!

Jesús, yo sí necesito aprender.

No puedo darme por satisfecho en mi formación profesional ni en mi formación cultural y humana.

Y, con mayor motivo, no puedo conformarme nunca con mi formación ascética -formación para mejorar en mi vida espiritual- ni con mi formación sobre la doctrina de la Iglesia.

¿Cómo me he esforzado en asistir a los medios de formación necesarios para ser mejor cristiano: círculos, charlas, meditaciones, clases de doctrina, etc..?

¿Cómo los he aprovechado?

¿Me tomo suficientemente en serio un medio de formación tan importante como es la dirección espiritual?

Que no caiga en el defecto -que es soberbia- de pensar que ya no necesito formación.

Sólo entonces «la gracia de Dios» estará y crecerá en mí.

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29 de Diciembre

 

«Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor como está mandado en la Ley del Señor. Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador al que has puesto ante la faz de todos los pueblos, como luz que ilumine a los gentiles y gloria de Israel, tu pueblo.

Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones». (Lucas 2, 22-35)

 

1º. José y María suben a Jerusalén para cumplir dos preceptos de la ley: la purificación y el rescate del hijo primogénito.

La purificación era el rito que hacía pura a la mujer que había concebido un varón, cuarenta días después del nacimiento.

El rescate del primer hijo consistía en ofrecer en sacrificio un cordero si la familia era rica, o un par de tórtolas o dos pichones si la familia, como en el caso de la Sagrada Familia, era pobre.

Maria no había quedado impura, pues su concepción fue obra milagrosa del Espíritu Santo y no de un hombre.

Pero la Virgen quiere cumplir la ley y se purifica.

Jesús, cuántas veces no he sabido cumplir tu ley, tus mandamientos.

Yo si necesito purificarme.

Primero con una confesión bien hecha.

Y luego, me puedo purificar más con más oración, con pequeños sacrificios, o ganando indulgencias.

«Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él»

Jesús, como cuando te encontró Simeón, hoy también estás en el Templo: en el sagrario de cada iglesia.

Que no me acostumbre a pasar por delante de una iglesia sin decirte nada.

Que me admire siempre de que te hayas quedado tan cerca para que pueda adorarte.

 

2º. «En el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a «los que pasaban por allí y blasfemaban» (Mateo 27, 39) (...) Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27, 46) ¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor Redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso -como una espada afilada- que traspasaba su Corazón puro» (Amigos de Dios.-288).

Madre, cuando Jesús murió en la cruz, comprendiste hasta qué punto era cierta la profecía de Simeón: «y a tu misma alma la traspasará una espada».

Porque «la espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la dela Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado «ante todos los pueblos» (C. I. C.-529).

Maria, ante semejante plan divino tu respuesta fue heroica: fuiste fiel a Dios, y aceptaste aquel dolor intensísimo a los pies de tu Hijo agonizante.

De tal manera te uniste al sacrificio de Jesús, ofreciendo tu dolor por la salvación de todos los hombres, que la Iglesia te llama, con razón, Corredentora: redentora junto con Cristo.

Madre, has aceptado la muerte de tu Hijo, para que yo tenga vida divina.

¡Cómo será el amor que me tienes!

Qué poco me entero... ¡perdóname!

Quiero, desde ahora, apoyarme más en ti, pedirte todo lo que necesite.

¿Cómo me vas a fallar, si te he costado tanto?

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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30 de Diciembre

 

«Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada, y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él». (Lucas 2, 36-40)

 

1º. Jesús, Ana servía a Dios «con ayunos y oraciones».

La oración y la mortificación son dos pilares importantes de mi vida interior, y los mejores medios de apostolado: por eso Ana podía hablar de Ti «a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.»

¿Cómo es mi oración: la hago cada día; pongo la cabeza y el corazón en esos minutos para enamorarme más de Ti; hago al menos un propósito cada día para mejorar en mi trabajo, en mi vida interior o en mi apostolado?

¿Cómo es mi mortificación? ¿Tengo concretado hacer algún pequeño sacrificio en las comidas, en la puntualidad, en el orden, en detalles de servicio?

Y si ya lo tengo concretado, ¿lo ofrezco por alguna intención particular?

¿Puedo ser más generoso en mi mortificación?

Tal vez debería hacer una lista con cuatro o cinco pequeños sacrificios para ofrecértelos durante el día.

Sé que si soy un alma fuerte, sacrificada, también te podré querer más.

Y, sobretodo, mediante esos pequeños sacrificios me estoy uniendo a Ti en la cruz, estoy ayudándote a hacer la redención.

Ana vivía «sin apartarse del Templo noche y día».

Yo, Jesús, no puedo estar todo el día en la iglesia.

Tampoco es lo que me pides.

«Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influyo en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas» (C. I. C.-2660).

Lo que me pides es que -esté donde esté y haga lo que haga- te tenga presente: que te ofrezca el trabajo haciéndolo lo mejor posible, que me preocupe de las necesidades materiales y espirituales de los demás.

 

2º. «Si eres sensato, humilde, habrás observado que nunca se acaba de aprender… Sucede lo mismo en la vida; aun los más doctos tienen algo que aprender hasta el fin de su vida; si no, dejan de ser doctos» (Surco.-272).

Jesús, vas creciendo como un niño normal.

Eres Dios y por eso estás «lleno de sabiduría»; pero en lo humano vas aprendiendo de José y de María.

De José aprendiste a trabajar con perfección, aprovechando todos los recursos del momento y añadiéndole ese convencimiento de que tu trabajo era el medio de unirte a Dios y de servir a los demás.

De María aprenderías a estar pendiente de los más pequeños detalles, y posiblemente de Ella aprenderías tus primeras oraciones: oraciones que recitarías juntamente con tu madre y José al empezar y acabar el día, antes y después de comer,...

¡Dios mismo, aprendiendo a rezar!

Jesús, yo sí necesito aprender.

Nunca se acaba de aprender.

 No puedo darme por satisfecho en mi formación profesional ni en mi formación cultural y humana.

Y, con mayor motivo, no puedo conformarme nunca con mi formación ascética -formación para mejorar en mi vida espiritual- ni con mi formación sobre la doctrina de la Iglesia.

Jesús, hoy que casi ha acabado un año más, me puedo preguntar: ¿cómo me he esforzado en asistir a los medios de formación necesarios para ser mejor cristiano: círculos, charlas, meditaciones, clases de doctrina, etc...?

¿Cómo los he aprovechado?

¿Me tomo suficientemente en serio un medio de formación tan importante como es la dirección espiritual?

Que no caiga en el defecto -que es soberbia- de pensar que ya no necesito formación.

Sólo entonces «la gracia de Dios» estará y crecerá en mí.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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31 de Diciembre

 

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios». (Juan 1, 1-13)

 

1º. Jesús, éste es el inicio del Evangelio de San Juan, tu discípulo amado, el que recostó su cabeza sobre tu pecho en la última cena, el que estuvo al pie de la Cruz.

Tú le revelaste tus secretos más íntimos y le confiaste tu mayor tesoro: tu madre Santa María.

Este Evangelio es distinto a los otros tres.

Juan lo escribe mucho más tarde, cerca del año cien, con una intención clara: mostrar que Tú, Jesús, eres efectivamente el Hijo de Dios; que Tú eres Dios, no sólo un gran profeta.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios».

Verbo significa palabra.

Jesús, eres la Palabra de Dios. Dios, espíritu puro, tiene inteligencia y voluntad perfectas y, por tanto, puede conocer y amar sin límite.

El Hijo es el conocimiento, el concepto de Dios Padre sobre sí mismo, tan perfecto que es Dios.

Por eso decimos que el Hijo procede del Padre.

El Espíritu Santo es el Amor entre el Padre y el Hijo, tan perfecto que es Dios. Por eso decimos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

Jesús, eres Dios y hombre verdadero.

«La fe católica enseña que debemos reconocer en nuestro Salvador dos naturalezas: aunque cada una conserva sus propiedades, están unidas ambas en una tan perfecta unidad que nosotros, desde el momento en que el Verbo se hizo carne en el seno de la bienaventurada Virgen por amor al género humano, no podemos pensar en la divinidad sin lo que es hombre, ni tampoco en el hombre sin lo que es Dios». ((San Lechón Magno).

 

2º. «Hijos de Dios. -Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor; en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.

El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna» (Forja.-1).

Jesús, soy hijo de Dios.

«Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios.»

Tú, que eres el Hijo de Dios, has venido al mundo precisamente para eso, para hacerme hijo de Dios, capaz de vivir vida divina por la gracia.

La gracia es esa luz que brilla en las tinieblas, en las tinieblas de un mundo sin Dios, sin sentido, sin motivo.

Jesús, quieres servirte de mí como antorcha, para que tu luz ilumine a los demás.

«¡De mí depende que muchos no permanezcan en tinieblas!»

Quieres iluminar, con mi ejemplo, a los que me rodean.

Para eso debo empezar por ser una buena antorcha, capaz de llevar tu luz: debo estar en gracia, no oscurecer tu luminosidad con las manchas de mis fallos personales.

Hoy es el último día del año.

Jesús, ¿cómo he iluminado a mí alrededor durante estos doce meses?

¿Estás contento de mí?

Te pido perdón por mis errores, a veces graves.

Te doy gracias por todo lo que me has dado: alegrías y sufrimientos, que siempre tienen su sentido sobrenatural.

Te pido que el año que empieza mañana sea muy feliz, y que me sirva para seguir avanzando por el sendero que lleva hasta la vida eterna.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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1-Enero. Santa María, Madre de Dios

 

«Y vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño. Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.

Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno». (Lucas 2, 16-21)

 

1º. Jesús, hoy empieza un nuevo año.

Quiero que sea realmente un año próspero, como nos deseamos unos a otros en las felicitaciones de Navidad.

¡Cuántos planes!

¡Cuántas ilusiones!

«Este sí va a ser mi año», piensan los optimistas.

Y es bueno ser optimista, porque -como cristiano- tengo la seguridad de que Tú cuidas de mí.

Jesús, te ofrezco ya, hoy, las cosas buenas que voy a hacer; te agradezco todo lo que me envíes porque, de alguna forma, será para mi bien; y te pido ayuda para que, al acabar el año, puedas estar contento de mí.

Porque ¿qué ganaría triunfando en mi vida profesional, en el deporte, etc., si, al final, no me hubiera acercado más a Tí?

Que sepa seguir el ejemplo de estos pastores: «vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre.»

Que sepa buscarte con cierta prisa, porque el tiempo pasa rápido: ya ha comenzado un año más.

Que te busque con ganas de encontrarte.

Y seguro que te encuentro si te busco donde está María y José.

Teniéndoles devoción a ellos, también te encontraré a Ti y, entonces, me maravillaré como aquellas personas que escucharon a los pastores.

 

2º. «En el Nacimiento de su Hijo contemplo las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como lo de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea.

El Santo Evangelio, brevemente, nos facilita el camino para entender el ejemplo de Nuestra Madre: «Maria conservaba todas estos cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón». Procuremos nosotros imitarla, tratando con el Señor en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta de los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios.

Si nuestro fe es débil, acudamos o Maria» (Amigos de Dios.- 284-285).

Hoy, además de ser el primer día del año, es el santo de la Virgen: Santa María, Madre de Dios.

¡Felicidades, Madre!

Como también eres mi madre, quiero aprender un poco de ti: aprender a querer a Jesús.

Y hoy me enseñas un gran secreto: la oración, ver con ojos de fe todo lo que me pasa y lo que he de hacer, paro descubrir en cada circunstancia la Voluntad de Dios.

María, todo lo que le ocurre a Jesús lo ponderas, lo guardas en tu corazón, y sacas conclusiones de esos sucesos para vivir más unida a tu Hijo, para entender más qué espera Él de ti.

Por eso el Catecismo me recuerda que «María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ello al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado acogemos a la Madre de Jesús, hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ello y a ella» (C. I. C.-2679).

Madre, en el fondo, eres la primera que medita el Evangelio.

Lo estás meditando a medida que va pasando en la realidad.

Ayúdame a tomarme en serio la meditación de la vida de Jesús, a ser constante en estos minutos de oración, para que mi vida se vaya pareciendo cada vez más a la vida de tu Hijo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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2 de Enero

 

«Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos le enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntaran: ¿Tú quién eres? Entonces él confesó la verdad y no la llegó, y declaró: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías? Y dijo: No lo soy. ¿Eres tú el Profeta? Respondió: No. Por último le dijeran: ¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo? Contestó: Yo soy la voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor como dijo el profeta Isaías.

Los enviados eran de los fariseos. Le preguntaron: ¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. El es el que viene después de mí a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando». (Juan 1, 19-28)

 

1º. «Entonces él confesó la verdad y no la negó.»

Juan se había ganado un gran prestigio entre los judíos.

Muchos lo tenían ya como el profeta que había de venir, como el Mesías esperado.

Hasta los sacerdotes le preguntan si él es o no el Mesías.

Y Juan dijo claramente: «Yo no soy el Cristo.»

Podía haber evitado una respuesta tan clara para así mantener la fama que se estaba creando en torno a él. Pero no; aunque sabe que va a «perder puntos» con esta declaración, «él confesó la verdad.»

Jesús, ¡cómo me gusta quedar bien!

Que vean las cosas buenas que hago.

Al menos, que piensen que lo hago bien.

Y, a veces, para que parezca más coherente, puedo llegar a mentir o a no decir toda la verdad.

Perdóname.

Que me dé cuenta de que esa conducta no me dará prestigio, porque «antes se coge a un mentiroso que a un cojo».

«La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra lo verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerlo. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor» (C. I. C.- 2484).

 

2º. «Existen muchas personas  cristianas y no cristianos  decididas a sacrificar su honra y su fama por la verdad, que no se agitan en un salto continuo para buscar el «sol que más calienta». Son los mismos que, porque aman la sinceridad, soben rectificar cuando descubren que se han equivocado. No rectifica el que empieza mintiendo, el que ha convertido la verdad sólo en una palabra sonora para encubrir sus claudicaciones» (Amigos de Dios.-82).

Jesús, Tú también me has dado ejemplo de sinceridad.

Por decir que eras el Mesías, te llevaron a la Cruz.

«Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18,37).

¡Cuánto debes amar a las personas sinceras!

Y es que sólo el que es sincero se da cuenta de que tiene que mejorar se deja ayudar, y pone los medios necesarios para salir del error.

No rectifica el que empieza mintiendo.

Si empiezo a buscar quedar bien, luego seguiré justificando cualquier error que cometa, hasta no llegar a darme cuenta de que realmente tengo fallos.

Los que sí se darán cuenta son los demás, y entonces vendrán los roces.

El soberbio se cree casi perfecto, y ve continuamente fallos en los demás, a los que acaba echando la culpa incluso de sus faltas.

El soberbio se busca a sí mismo y busca que los demás le tengan en consideración, pero consigue exactamente lo contrario.

El humilde es sincero; sincero consigo mismo y sincero con los demás.

No se engaña, reconoce sus méritos y sus debilidades.

Y por eso es una persona querida y respetada.

Jesús, ayúdame a aprender de Ti, que eres la Verdad, que eres «humilde de corazón» (Mateo 11,29).

Que me dé cuenta de que si yo tengo fallos, también los demás los pueden tener; y que, por tanto, debo saber perdonarles, como ellos me perdonan a mí

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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3 de Enero

 

«Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo. Yo no le conocía, pero ha venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo: He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre el que veas que desciende el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautiza en el Espíritu Santo. Y yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios». (Juan 1, 29-34)

 

1º. Jesús, hoy Juan el Bautista te llama «el Cordero de Dios».

Este nombre había sido utilizado varias veces en el Antiguo Testamento, y todo buen judío sabía lo que significaba: el Cordero de Dios era el Mesías, el Salvador, que debía ser sacrificado por el pueblo para el perdón de los pecados; como el cordero pascual que sacrificaron los israelitas en Egipto y cuya sangre salvó a sus primogénitos del exterminio del ángel.

El pecado original rompió la unión entre Dios y los hombres.

Pero Tú prometiste un Salvador y los profetas lo habían ido anunciando.

Como la falta primera era infinita -porque infinito era el valor del ofendido-, se requería un rescate infinito.

Pero, a la vez, debía ser un hombre quien pagara el rescate en nombre de toda la humanidad.

Jesús, Tú eres «el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua» (C. I. C.-608).

Eres «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Con tu vida, que es vida de hombre y vida de Dios, y con tu muerte, que es un sacrificio de valor infinito, has vuelto a acercarme a Dios.

Que me dé cuenta de la maldad del pecado, pues por cada uno de ellos has muerto en la cruz.

Que valore estar en gracia, pues para que pudiera vivir vida sobrenatural -vida de hijo de Dios- has entregado tu vida.

 

2º. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor.., por ti.

-Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú.

Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras alma               -¡muchas!- sigan igual camino.» (Forja.-887).

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del inundo; dichosos los llamados a la cena del Señor.

Con estas palabras me dispongo a recibir la comunión.

Jesús, estás ahí en la Eucaristía.

Te has quedado por mí, para que te cuente mis cosas en la oración, estando física o mentalmente junto al sagrario.

Estás ahí para que te reciba en la comunión y así pueda ir enamorándome cada día más de Ti.

De este modo, como Juan, podré dar «testimonio de que Tú eres el Hijo de Dios.»

Jesús, veo que podría irte a visitar muchas más veces pero que, por otro lado, Tú quieres que viva una vida normal, en medio de mi familia y mis amigos.

No se trata de estar cada vez más horas rezando, sino de ir aprendiendo a encontrarte en cada una de mis actividades profesionales y sociales.

Pero, para ello, necesito el alimento de la comunión frecuente, y el encuentro diario contigo en la oración.

Que con mi vida responsable, alegre y servicial pueda decir en cada momento: «he aquí el Cordero de Dios»; Jesús está aquí: en este rato de deporte en el que no me irrito con el que lo hace peor; en este viaje en el que aprovecho para rezar un rosario; en este rato de estudio que ofrezco por la persona e intenciones del Papa; en esta comida que bendigo al empezar y doy gracias al acabar; en esta tarde con mi familia en la que me desvivo en pequeños detalles y paso por alto las impertinencias de un hermano pequeño, etc.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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