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DOMINGO TREINTA DEL TIEMPO ORDINARIO–A

 

«Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.» (Mateo 22, 34-40)

 

1º. Jesús, «el mayor y primer mandamiento» no tiene límites: «con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente».

Por eso, siempre puedo vivirlo mejor.

No se trata de un nivel mínimo que debo superar, sino de un objetivo para toda mi vida.

De hecho, es el gran objetivo de la vida cristiana, la santidad: amarte a Ti sobre todas las cosas.

«El segundo es semejante a éste».

Jesús, amar al prójimo es «semejante» a amarte a Ti.

De hecho, es el mismo amor: el amor de entrega a los demás, de interesarse por sus necesidades, de buscar lo mejor para ellos, sin pensar en uno mismo.

El amor a Ti y a los demás es el verdadero amor, el amor que llena y que me hace mejor persona.

Es el amor «hacia fuera», que es lo opuesto al egoísmo o amor «hacia adentro»: buscar lo cómodo, lo placentero o lo fácil.

«Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en   otra» (C. I. C.-2067).

«De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.»

Aunque te habían pedido sólo «el mandamiento principal de la Ley», Tú les respondes con dos porque, en el fondo, son inseparables: nadie puede amar a Dios de verdad si no ama a los demás; y el que intenta amar más a Dios, acaba amando más al prójimo.

Al final, o aprendo a amar al prójimo -y el primer prójimo es Dios, porque a Él se lo debo todo- o me amaré sólo a mí mismo.

Por eso es tan importante que aprenda a olvidarme de mí mismo, y que  -en cambio- dedique más tiempo a pensar en los demás.

 

2º. «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración «Jesús, te amo», oyó esta respuesta del cielo: «Obras son amores y no buenas razones».

Piensa si acaso tú no mereces también este cariñoso reproche» (Camino.-933).

Jesús, no es suficiente con tener buenos deseos o con no hacer daño a nadie.

El amor se demuestra con obras: Obras son amores.

Donde no hay obras, tampoco hay amores, a pesar de que haya buenas razones, buenas intenciones.

Tú me has amado con obras, hasta el punto de entregar tu vida por mí.

Yo, ¿qué hago por Ti?; ¿qué hago por los demás?

Jesús, quiero querer con obras, pero... ¡soy tan poco generoso!

Me cuesta mucho hacer un servicio a otra persona.

Ni siquiera me entero de lo que necesitan los que están a mi alrededor

Y si no me doy cuenta de cuáles son sus necesidades, preocupaciones o dificultades es porque, en el fondo, me interesan poco.

Y si me interesan poco es porque les amo poco.

¿Qué puedo hacer para amar más a los demás y así amarte también más a Ti?

Jesús, ayúdame a pensar más en los que me rodean, a servirles sin que se note.

Porque las obras no sólo demuestran mi amor, sino que lo acrecientan.

Jesús, que me tome en serio el servicio a los demás en cosas pequeñas y concretas.

Que no pase ningún día sin haber dado una alegría a alguien de los que conviven conmigo.

De esta manera te estaré dando también una alegría a Ti, porque estaré cumpliendo lo que Tú pediste a tus discípulos de todos los tiempos: «En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros» (Juan 13,35).

Jesús, ayúdame a crecer cada día en esta capacidad de amar, porque nada es más importante que aprender a olvidarme de mí mismo para darme a los demás.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

 

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Rabia una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla. Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados». Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado?» Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?» A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía. (Lucas 13,10-17)

 

1º. Jesús, hay algo en esta curación que la hace distinta a las demás.

Normalmente, el que quiere ser curado viene a ti y te pide el milagro.

Entonces Tú pruebas a aquella persona para ver si tiene fe.

Una vez probada su fe, le curas diciendo: «tu fe te ha salvado».

En este caso no, Tú tomas la iniciativa: ves a aquella pobre mujer que «estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo,» te apiadas de ella y la curas.

Algo parecido ocurre con otro paralítico que llevaba treinta y ocho años esperando ser curado en la piscina de los cinco pórticos, pero que no tenía nadie que le ayudara: «no tengo hombre que me introduzca en la piscina» (Juan 5,7).

Tú te acercas a él, sabiendo que llevaba ya mucho tiempo y le dices: «¿Quieres ser curado?» (Juan 5,6).

Estos dos casos me enseñan una lección importante: cuando una persona no tiene los medios necesarios para conocerte, cuando no puede «enderezarse de ningún modo» o no tiene a nadie que la introduzca a los Sacramentos y la vida de gracia, Tú aún puedes salvarlos, si encuentras un corazón recto y bien dispuesto.

No tienen fe, pero la habrían tenido si alguien les hubiera ayudado, si hubieran conocido el Evangelio.

«Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» (C. I. C.-847).

 

2º. «Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana» (Forja.-718).

Jesús, no te quedas callado ante la acusación del jefe de la sinagoga, por muy «indignado» que estuviera.

Y le respondes con energía «-¡Hipócritas!»  desvelando la falta de lógica contra la dignidad de la persona que estaba aplicando: esa mujer vale más que cualquier buey o asno, porque es «hija de Abraham,» hija de Dios.

Del mismo modo he de esforzarme y mover a otros para que en mi lugar de trabajo y en la sociedad en que vivo, se respeten los principios que rigen una concepción cristiana de la vida.

En esta concepción, la persona alcanza su mayor dignidad, puesto que es un hijo o hija de Dios.

Jesús, por ser cristiano, no me puedo callar ante las injusticias sociales, ante un ambiente pervertido o un gobierno totalitario.

Las instituciones y estructuras humanas pueden facilitar que mucha gente responda personalmente a la vocación cristiana o pueden ahogar cualquier intento de vivir la fe en la práctica.

Que me sienta responsable y que anime a muchos a trabajar por la paz, la libertad, y la justicia en mi entorno familiar, profesional y social.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

 

También se puede meditar San Simón y San Judas, Apóstoles

 

«Y decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios y con qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo echó en su huerto, y creció y llegó a ser un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas».

Y dijo también: «¿Con qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y mezcló con tres medidas de harina hasta que fermentó todo». (Lucas 13, 18-21).

 

1º. Jesús, cuando te refieres al Reino de Dios en la tierra, te refieres a la Iglesia.

«El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo presente ya en misterio» (C. I. C.-763).

Los judíos esperaban que el Mesías restableciera el reino de Israel, echando a los romanos de su territorio con prodigios y acciones espectaculares.

Estaba tan enraizada esta creencia en aquellos tiempos, que te cuesta hacerte entender.

Una y otra vez les tienes que decir: «El reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: vedlo aquí o allí; porque, mirad, el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lucas 17,20-21).

Jesús, el reino que has venido a instaurar es sobre todo un reino espiritual, porque se realiza en el interior de los hombres.

Aunque tenga signos visibles, lo más importante de tu Iglesia no se ve a simple vista: es un crecimiento espiritual, una transformación interna que procede de la gracia y de la correspondencia personal a Dios.

El Reino de Dios -la Iglesia- además de estructura y jerarquía es crecimiento, transformación, por eso «no viene con espectáculo», y es difícil de explicar:

¿A qué es semejante el Reino de Dios y con qué lo compararé?

 

2º. «En las horas de lucha y contradicción cuando quizá «los buenos» llenen de obstáculos tu camino, alza tu corazón de apóstol: oye a Jesús que habla del grano de mostaza y de la levadura. -Y dile: «edissere nobis parabolam» -explícame la parábola.

Y sentirás el gozo de contemplar la victoria futura: aves del cielo, en el cobijo de tu apostolado, ahora incipiente; y toda la masa fermentada» (Camino.-695).

Jesús, buscas comparaciones asequibles a aquellos hombres, en los que se ponga de manifiesto esa realidad oculta, pero esencial en tu Iglesia: el crecimiento, la transformación que la gracia produce en el alma si no pone obstáculos.

El grano de mostaza, aun siendo «la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra» (Marcos 4,31) crece hasta transformarse en un árbol frondoso.

Una pequeña cantidad de levadura fermenta -transforma- toda la masa.

Pero la transformación personal produce a la vez -necesariamente- una reacción en cadena: el cristiano transformado por la gracia se convierte en transmisor de esa misma gracia.

Porque el crecimiento espiritual lleva siempre al apostolado, al deseo de que muchos otros te conozcan, Jesús, y te amen.

Por eso el Reino de Dios en la tierra es una fuerza en expansión, un organismo vivo y vibrante; la Iglesia es, por definición, misionera.

Jesús, yo intento que tu Reino crezca en mí y me transforme.

Sé que sólo así podré ser apóstol tuyo y ayudarte a cambiar el mundo.

Si lucho por cumplir mi plan de vida y mejorar en las virtudes cristianas, no habrá obstáculos capaces de frenar mi labor apostólica.

Y para que no dude, me susurras al oído: ¡Animo! Sigue adelante.

 Y sentirás el gozo de contemplar la victoria futura: aves del cielo, en el cobijo de tu apostolado, ahora incipiente, y toda la masa fermentada.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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28-Octubre. San Simón y San Judas, Apóstoles

 

«Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar; y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano; y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.» (Lucas 6, 12-19)

 

1º. Jesús, vas a escoger a los apóstoles, que serán las columnas de tu Iglesia.

Tan importante es esta decisión, que pasas toda la noche en oración a Dios.

¿Qué le decías a tu Padre en esas largas horas de conversación con El?

Seguramente le pedías por cada uno de aquellos hombres que ibas a llamar, para que fueran fieles.

Pedirías especialmente por Pedro, tu representante en la tierra, cabeza del colegio apostólico y de la Iglesia entera.

Pedirías también especialmente por Judas, que te iba a entregar.

Jesús, en la última cena recuerdas a los apóstoles este momento: «no me habéis elegido vosotros a mi, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca».(Juan 15,16).

Los has elegido porque te ha dado la gana, no por sus cualidades humanas o espirituales.

La mayoría eran pescadores, con escasa cultura, sin relaciones con las personas influyentes.

Tampoco sobresalen por sus virtudes: tienen miedo, envidia, se pelean entre ellos,...

Pero Tú les llamas.

 

2º. «Un día -no quiero generalizar; abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El.

No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: «elegit nos in ipso ante mundi constitutionem -dice San Pablo- ut essemus sancti». Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos. Yo sé que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras, pero el mérito es del artista. Nosotros -los cristianos- somos sólo instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres» (Es Cristo que pasa.-1).

Jesús, Tú llamas también hoy.

En cada generación buscas personas para que te sigan más de cerca, siendo apóstoles -testigos de la resurrección- en la sociedad en la que viven.

Y hoy como entonces, llamas a gente corriente: con defectos, con las mismas cualidades humanas que muchos otros.

«Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida y que la adornan con profusión» (San Bernardino de Siena).

La gran diferencia es que Tú das más gracia a quien más pides, y ruegas al Padre especialmente por aquellos que has escogido.

Yo, como cristiano, he sido escogido desde antes de la constitución del mundo para ser instrumento tuyo.

Ayúdame a ser fiel a esa llamada a la santidad, como lo fueron -menos Judas- los primeros apóstoles.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

 

«Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaban hacia Jerusalén. Y uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». El les contestó: «Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos". Y os responderá: "No sé de dónde sois". Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas". Y os diré: "No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad".

Allí será el llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera.

Y vendrán de Oriente y de Occidente y del Norte y el Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». (Lucas 13, 22-30)

 

1º. Jesús, ¿cuál es esta puerta angosta? Porque cuando la puerta se cierre no se volverá a abrir aunque la golpeemos con fuerza.

Si quiero salvarme, he de encontrar esta puerta -que es la única entrada al Reino de los cielos- antes de que sea tarde.

Por suerte, Tú mismo me das la respuesta: «Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará» (Juan 10,9).

Jesús, Tú eres la puerta, la entrada a Dios.

Así como la puerta, perteneciendo a la casa, es parte también de la calle, así también Tú, Jesús, siendo Dios eres también hombre.

Por eso eres el mediador entre Dios y los hombres, y mi único camino hacia el Padre.

Y quieres que la Iglesia me guíe para que pueda entrar por esa puerta que eres Tú.

«De nadie puede decirse que sea puerta; esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros; por ello, Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles, y son pastores también todos los bu en os obispos» (Santo Tomás).

Tú eres la puerta que estaba cerrada en el Antiguo Testamento.

Con tu muerte en la cruz me la has abierto: me has dado tu gracia para que pueda entrar en tu casa, en tu vida.

Jesús, si te expulso de mi alma por el pecado, estoy volviendo a cerrar esa puerta que me comunica con Dios.

Ayúdame a no cerrarla nunca.

Y si alguna vez la cierro, que acuda con prontitud a la llave de la confesión para volverla a abrir.

«Esforzaos para entrar por la puerta angosta.»

Jesús, me recuerdas que la vida cristiana requiere esfuerzo.

La vida interior no es un sentimiento, sino una lucha continuada por hacer la voluntad de Dios.

La puerta no es ancha, no se amolda a las apetencias ni a las modas; la puerta es angosta, esto es, estrecha.

Y hay que esforzarse por entrar en ella.

 

2º. «Hablas continuamente de que hay que corregir, de que es preciso reformar. Bien...: ¡refórmate tú!  -que buena falta te hace-, y ya habrás comenzado la reforma. Mientras tanto, no daré crédito a tus proclamas de renovación» (Surco.-636).

Jesús, para entrar en el Reino de los cielos Tú vas a mirar mis obras.

No es suficiente con haber escuchado tu doctrina, o haber asistido a Misa los domingos.

«Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas», se excusan aquellas gentes.

Y oyen tu respuesta tajante: «Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad».

Son las obras las que definen nuestra cercanía a Dios en la tierra y, después, en la vida eterna.

Ni siquiera el que predica el Evangelio puede sentirse dispensado.

San Pablo lo tenía muy claro: «por eso mortifico mi cuerpo y lo castigo, no sea que habiendo predicado a otros sea yo desechado» (1 Corintios 9,27).

Para entrar por la puerta angosta es preciso esforzarse por hacer buenas obras, y para ello hay que luchar contra la comodidad, la sensualidad y el egoísmo: corregir esos vicios y flaquezas, reformar esos ideales egoístas, transformar la vida entera.

¡Refórmate tú! -que buena falta te hace-, y ya habrás comenzado la reforma.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

 

«En aquel momento se acercaron algunos fariseos diciéndole: «Sal y aléjate de aquí, porque Herodes te quiere matar». Y les dijo: «Íd a decir a ese zorro: he aquí que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día acabo. Pera es necesario que yo siga mi camino hoy y mañana y al día siguiente, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados; ¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste! He aquí que vuestra casa se os va quedar desierta. Os aseguro que no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor». (Lucas 13,31-35)

 

1º. Jesús, el evangelio de hoy me enseña cómo tienes perfecto dominio sobre tu vida -y sobre tu muerte-, a la vez que te muestras «impotente» ante la vida de los demás: ante su falta de generosidad y de correspondencia a tu Amor.

No es ninguna contradicción que esto sea así.

Lo que sería una contradicción es que Tú pudieras «obligarme» a ser generoso o a amar.

Porque, por definición, alguien es generoso cuando da más de lo que está obligado a dar; y alguien ama cuando «se da» libremente a otra persona.

Jesús, en muchas ocasiones demuestras que vas a morir libremente en la cruz para salvar al mundo.

Hoy desafías al mismo Herodes que gobierna en Galilea, y le dejas claro que no vas a morir allí, sino en Jerusalén.

Sabes cuándo, dónde y cómo van a matarte.

Para esto has venido.

Y aunque te va a costar sangre, vas a ser fiel al plan divino hasta el final.

En este punto nadie -ni el rey- puede cambiar tus planes.

En cambio, Jesús, en temas de amor y generosidad, Tú no te impones, no dominas: pides como un mendigo, suplicas como una madre, ruegas como un enamorado.

¡Cuántas veces has querido reunir a tu pueblo, y ellos no han querido!

Todo un Dios... abandonado.

Un Dios que se ha hecho hombre para estar cerca, y que ha dado su vida por cada uno, por mi.

«Porque vine a servir y no a ser servido. Yo soy amigo, y miembro y cabeza, y hermano y hermana y madre: todo lo soy, y sólo quiero contigo intimidad. Yo, pobre por ti, mendigo por ti, crucificado por ti, sepultado por ti; en el cielo, por ti ante Dios Padre; y en la tierra soy legado suyo ante ti. Todo lo eres para Mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres?» (San Juan Crisóstomo).

 

2º. «Por mi miseria, me quejaba yo a un amigo de que parece que Jesús está de paso... y de que me deja solo.

Al instante, reaccioné con dolor, lleno de confianza: no es así, Amor mío: yo soy quien, sin duda, se apartó de Ti: ¡ya no más!» (Forja.-159).

Jesús, a veces me parece que estás lejos, que no te preocupas de mí, que me dejas solo.

Y te echo la culpa de ese distanciamiento, pagándote con la indiferencia y la tibieza.

No me doy cuenta de que soy yo el que me he alejado primero, y de que mi conducta agrava a un más la situación.

Jesús, Tú estas siempre pendiente de mí y me quieres atraer a Ti «como la gallina a sus polluelos bajo las alas».

Pero quieres que mi amor a Ti sea libre; por eso no te impones ni me obligas a obedecerte.

Cuando, por mi culpa, me separo de Ti, sufres y me recuerdas de mil modos que Tú aún me quieres, y que me quieres santo.

Jesús: ¡ya no más!

No quiero separarme nunca más de Ti.

No me dejes de tu mano.

Trátame como al menor de tus hijos; como al polluelo más necesitado.

No quiero que mi alma se quede desierta, sin esa compañía sobrenatural del Espíritu Santo.

Quiero estar cerca de Ti y bendecir tu nombre muchas veces a lo largo de cada jornada.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

 

«Y sucedió que al entrar él un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, ellos le estaban observando. Y he aquí que se encontraba delante de él un hombre hidrópico. Y tomando la palabra, dijo Jesús a los doctores de la Ley y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado o no?». Pero ellos callaron. Y tomándolo, lo curó y lo despidió. Y les dijo:

«¿Quién de vosotros, si se le cae al pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida en día de sábado?». Y no pudieron responderle a esto.» (Lucas 14,1-6)

 

1º. Jesús, Tú obedeces la ley del sábado y me has enseñado a santificar las fiestas.

Muchas veces te vemos en la sinagoga en sábado, a la que acudías sin falta como un buen israelita.

A tu muerte, las mujeres guardan el descanso previsto en día de sábado y por ello no van a tu tumba hasta el domingo de madrugada.

Habían aprendido de ti a dedicar el sábado a Dios, respetando también el descanso previsto.

Sin embargo, Jesús, hoy me enseñas que las normas religiosas, incluso las más santas, se pueden llevar a extremos absurdos, que deforman el espíritu de la ley para aferrarse a la letra.

En concreto, preguntas: «¿Es lícito curar en sábado?»

Y para que no haya dudas, curas al que estaba enfermo delante de los fariseos allí presentes.

Jesús, tu enseñanza es clara: las prácticas religiosas tienen como objetivo aumentar el amor a Dios y, por Él, el amor a los demás: es decir, aumentar nuestra caridad.

Sería absurdo, por tanto, no vivir la caridad con los que me rodean escudándose en unas obligaciones religiosas que no podemos dejar de cumplir.

Porque cuando hay motivos serios de caridad, esas practicas religiosas dejan de obligar.

Pero esto no significa tampoco que, en circunstancias normales se deban dejar de cumplir.

Por otro lado, la vida cristiana no consiste en hacer unas prácticas.

La Iglesia marca unos mínimos necesarios, pero me alienta a hacer siempre más.

«La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual, preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días». (C. I. C.-1389).

2º. «Mirad que la justicia no se manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de los derechos y de los deberes, como en los problemas aritméticos que se resuelven a base de sumas y restas. La virtud cristiana es más ambiciosa: nos empuja a mostrarnos agradecidos, afables, generosos; a comportarnos como amigos leales y honrados, tanto en los tiempos buenos como en la adversidad; a ser cumplidores de las leyes y respetuosos con las autoridades legitimas; a rectificar con alegría, cuando advertimos que nos hemos equivocado al afrontar una cuestión. Sobre todo, si somos justos, nos atendremos a nuestros compromisos profesionales, familiares, sociales..., sin aspavientos ni pregones, trabajando con empeño y ejercitando nuestros derechos, que son también deberes. La caridad, que es como un generoso desorbitarse por la justicia, exige primero el cumplimiento del deber: se empieza por lo justo; se continua por lo más equitativo...: pero para amar se requiere mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad: en una palabra, seguir aquel consejo del apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo». Entonces sí: ya vivimos plenamente la caridad, ya realizamos el mandato de Jesús» (Amigos de Dios.-168, 169, 173).

Jesús, me pides que huya de dos extremos a la hora de vivir mi vida cristiana: el rigorismo y el sentimentalismo.

El rigorismo consiste en poner las reglas por encima de la caridad: hacer las cosas porque sí, sin atender al contenido de las prácticas de piedad que nos hemos propuesto, ni a las necesidades de los que nos rodean.

El sentimentalismo es la enfermedad contraria, y la más difundida en la actualidad. Consiste en hacer las cosas sólo cuando las siento o me resultan atrayentes.

Así no se puede avanzar en la vida de piedad y se acaba cayendo en un egoísmo sutil.

Tú no actuaste por gusto, sino por hacer la voluntad de tu Padre, aunque te costara la vida.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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Treinta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

 

También se puede meditar Festividad de Todos los Santos

 

«Y sucedió que al entrar él un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, ellos le estaban observando.

Proponía a los invitados una parábola al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos diciéndoles: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él, y al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: "Cede el sitio a éste"; y entonces empieces a buscar lleno de vergüenza, el último lugar:

Al contrario, cuando seas invitado, ve a sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: "Amigo, sube más arriba". Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado». (Lucas14, 1. 7-11).)

 

1º. Jesús, te han invitado a comer en la casa de uno de los principales fariseos.

Tú no rechazas la invitación.

Tú no rechazas ninguna invitación en la que te abran las puertas con intención de aprender.

No estás sólo con los ricos ni sólo con los pobres.

No atiendes únicamente a los poderosos ni únicamente a los humildes.

Todos caben en tu corazón si son capaces de amar de veras.

Para cada audiencia tienes un mensaje; para cada público utilizas los ejemplos que más se adapten a sus circunstancias y necesidades.

No hablas en abstracto ni en general: te preocupa cada uno; te fijas en los detalles más pequeños.

Por eso hoy, «al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos,» no te quedas callado, sino que les corriges finamente utilizando un ejemplo que pueden entender.

Jesús, si yo quiero imitarte, he de aprender a actuar así entre mis amigos y conocidos.

Mi apostolado no consiste en soltar prédicas generales sobre el bien y el mal, sino en «notar» las pequeñas cosas que otros pueden mejorar y hacérselo ver con ejemplos cercanos: en primer lugar, con mi propio ejemplo.

Todos los cristianos somos oveja y pastor, porque tenemos la obligación de ayudarnos a ser santos.

«No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad» (San Bonifacio).

Ayúdame Jesús, a sentir esta responsabilidad apostólica siempre y con todos.

2º. «Imita a la Virgen Santa: sólo el reconocimiento cabal de nuestra nada puede hacernos preciosos a los ojos del Creador» Forja.-588).

Jesús, aprovechas el detalle de los invitados de hoy para repetir una de tus enseñanzas más básicas: «todo el que se ensalce será humillado; y el que se humilla será ensalzado».

Sin humildad, ninguna virtud es verdadera.

La humildad es la llave que abre la puerta de Dios, pues sólo el reconocimiento cabal de nuestra nada puede hacernos preciosos a los ojos del Creador.

Madre, tú eres modelo de humildad.

Eres la persona que mejor ha imitado a Jesús, que es «manso y humilde de corazón»

Te has humillado hasta el punto de hacerte la esclava del Señor; por eso Dios te ha ensalzado y te ha coronado Reina del Universo.

¿Cómo puedo imitarte en esta virtud?

¿Cómo puedo aprender de ti para ser más humilde?

Primero, pidiéndote la gracia de la humildad.

Más que en hacer cosas, la humildad consiste en dejar hacer al Espíritu Santo.

«Hágase en mí según tu palabra».

Por eso es muy importante pedir esta gracia con perseverancia.

Y segundo, conociendo mejor tu vida, en especial tu capacidad de servir a los demás con naturalidad, sin hacerse notar.

Ayúdame, Madre, a servir a los demás sin pensar en mí mismo, y así Dios me dará una humildad llena de alegría.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1-Noviembre. FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

«Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Ale graos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron.» (Mateo 5, 1-12)

 

1º. «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (C. I. C.- 1717).

Jesús, llamas bienaventurado -dichoso, feliz- al pobre de espíritu y al que llora.

La alegría no está en la posesión de riquezas o en la ausencia de dolor, sino en el amor con el que se vive.

El pobre de espíritu es el que está desprendido de lo que tiene, sea mucho o poco y, al no estar atado por el afán de las cosas materiales, tiene libertad para amar a los demás.

El que sufre con paciencia, agranda su capacidad de sacrificio, de entrega, y crece de esta manera también su capacidad de amar.

«Bienaventurados los mansos, los misericordiosos y los pacíficos.»

Estos saben pasar por alto los defectos de los demás, saben comprender sus flaquezas.

Sólo el que es capaz de comprender, de compadecerse, podrá luego amar de verdad.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, los que padecen persecución por la justicia.»

Si amo de verdad, no me conformaré con comprender a los demás, sino que intentaré que mejoren, que sean más felices.

No es el cristianismo un espíritu pasivo; pacífico sí, pero no pasivo.

Es, más bien, un espíritu inconformista: inconformista con la injusticia, con la insolidaridad, con la mentira, y con el egoísmo materialista.

 

2º. «Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, «cum gaudio et pace» -con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.

-Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, «que digan», siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: (...) bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa» (Forja.- 795).

Jesús, si alguien critica mi comportamiento, mi trabajo o mi apostolado, lo primero que debo hacer es considerar mis errores, y cambiar lo que esté mal.

Porque lo que importa es que vaya mejorando como persona y como cristiano que, en mi caso, coinciden en un solo objetivo: luchar por ser santo.

Pero si las críticas no son por mis errores, sino por tu causa, entonces: ¡adelante! Porque esa contradicción será fuente de felicidad.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»

Jesús, para descubrirte en los demás y en la Eucaristía, es necesario que en mi corazón no se meta el egoísmo de la impureza, de la avaricia o de la vanidad.

Estos tres egoísmos manchan el corazón y lo incapacitan para amarte de verdad, porque provocan una dependencia casi enfermiza con lo que produce placer personal, y atrofian la capacidad de servir; de darse a los demás: de amar.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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