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Tenía razón Time Magazine cuando, al declararlo “hombre del año”, subrayaba que Karol Wojtyla proclamó con una rectitud –que sus adversarios llamarán temeridad– su idea del bien, urgiendo al mundo a seguirla
El anuncio de la próxima beatificación de Juan Pablo II no solamente ha alegrado a los católicos. También muchas otras personas —de distinta fe o de ninguna— han visto con satisfacción esa noticia. Por lo que he podido comprobar, su punto de coincidencia con el papa viajero ha sido su constante insistencia en los derechos humanos.
Su tenaz reiteración de que «los derechos del hombre son también derechos de Dios», atrajo la atención de cientos de miles de personas. Atención que se convirtió en respeto al comprobar que Juan Pablo II no se limitaba a decir frases bellas, también las vivía.
Cuando lo vimos abrazando a los desheredados de las favelas brasileñas, a los moribundos de los hospitales de Calcuta o a los enfermos de sida en muchos países de África, supimos que Juan Pablo II estaba llenando de contenido la expresión “derechos humanos”.
Así lo entendió el diario La Repubblica cuando, hace unos años, lo calificaba de “portavoz planetario de los derechos humanos”. Portavoz no solo en sus encíclicas, sino también en la palestra diaria, que es donde se juega el ser o no de la dignidad de la persona.
Pide a Castro —y lo logró— la libertad de trescientos presos políticos. Intercede ante el gobernador de una penitenciaría tejana por la vida de un recluso condenado a muerte: lo rescata in extremis de la inyección letal. Condena ante la puerta de Brandeburgo a las dictaduras que la convirtieron en un muro o que fueron escenario de sus paradas militares.
Es una de las pocas autoridades mundiales que se atreve a decir que «ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente, no hay privilegios ni excepciones para nadie». Su rechazo de cualquier forma de racismo —incluido el cromosómico, que tiende a eliminar vidas afectadas por el síndrome de Down— es frontal.
Hizo de su vida una cruzada constante de lo que llamó la “conjura contra la vida”, que veía en el cuadro más amplio de una “guerra de los poderosos contra los débiles”.
Cuando el 1 de mayo Benedicto XVI beatifique a Juan Pablo II lo estará haciendo con un hombre que no sólo intentó amar a Dios sobre todas las cosas, sino que captó con toda intensidad su reflejo en la criatura humana. De ahí que no cesara de denunciar los grandes escándalos del tiempo que vivió: los genocidios y los crímenes contra la humanidad; la tortura y la pobreza; las agresiones contra las libertades cívicas, los derechos políticos o los económico; los ataques contra el derecho a la vida o la discriminación de las minorías, incluidas las religiosas. Tenía razón Time Magazine cuando, al declararlo “hombre del año”, subrayaba que Karol Wojtyla proclamó con una rectitud —que sus adversarios llamarán temeridad— su idea del bien, urgiendo al mundo a seguirla.
El relativismo está lanzando su larga sombra también sobre los derechos humanos. Para Juan Pablo II, en esta materia no podemos dejarnos coaccionar por el “chantaje de la duda”: nos encontramos en un punto de no retorno, pues el hombre es algo más que un complejo maleable de electrones y protones, apto para ser manipulado, torturado o eliminado.
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