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Presencia de Dios

12 diciembre 2012. Jaime Nubiola Article Rating
Presencia de Dios

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Quizá resulta fuerte expresarlo así, pero me parece que si queremos llevar una vida plena, si queremos vivir en el presente, si, en última instancia, queremos ser felices, debemos sustituir la omnipresencia del dinero por la presencia de Dios

      Desde hace años me interesa mucho el tema de la atención: ¿qué es la atención? Y, sobre todo, ¿cómo se logra? Una primera gran luz —de la mano de la filósofa francesa Simone Weil— fue descubrir que la atención no nace del esfuerzo, pues el propio empeño por prestar atención a menudo nos distrae. Se trata más bien de un esfuerzo negativo que lleva a despejar las distracciones hacia afuera —anotándolas a veces en un papel para poder atenderlas luego— y dejarse así llenar por el objeto al que queremos atender, sea un libro, una clase, una película, una persona o al mismo Dios.

      Frente a la fragmentación espacial de la atención que lleva a tantas personas a la multitarea, a hacer muchas cosas a la vez y casi siempre todas ellas de modo insatisfactorio, defiendo siempre el hacer una cosa detrás de otra, con una sonrisa y con paz, poniendo en esa actividad toda nuestra atención, y si por falta de tiempo no llegamos a hacerlas todas reconocerlo así sencillamente. Por ejemplo, una de las cosas que más me cautiva del escribir es precisamente que solo puede hacerse bien cuando esa tarea ocupa por entero nuestra inteligencia. Sin duda, un futbolista podría decir lo mismo de un partido o un artista de su actuación musical. La atención es siempre una medida de la calidad —al menos subjetiva— de la obra que estemos realizando: la calidad nunca es fruto del azar.

      Me impresionaba leer esta semana en el New York Times un artículo de mi admirado Pico Iyer sobre la dislocación temporal de la atención que hace desgraciadas a tantas personas. En vez de atender al presente, al aquí y al ahora, cuántas veces andamos agobiados por cosas futuras que escapan por completo a nuestro control y sobre las que realmente nada podemos hacer o, en otros casos, nos dejamos enredar por lamentables acontecimientos del pasado que afligen nuestra memoria y que ya no podemos modificar.

      Una valiosa alumna me recomendó hace unos meses El poder del ahora de Eckhart Tolle, un best seller que tiene como subtítulo: “Un camino hacia la realización espiritual”. El libro —que me resultó un tanto farragoso y repetitivo— aspira a enseñar a sus lectores a vivir en el presente sin dejarse arrastrar por la imaginación o la memoria y llegar así a ser dueños de la propia vida. Traigo esto a colación porque hace unos días —por invitación de Javier Aranguren— tuve ocasión de impartir una sesión en el colegio Gaztelueta de Bilbao sobre “La fe como actitud vital del profesor” en el marco del Año de la Fe. No sé cómo en el breve turno final de preguntas salió este tema de disfrutar del presente porque —les decía— solo en el presente están tanto Dios como los demás. Dios no está en nuestra memoria —el pasado— ni en nuestra imaginación —el futuro— y tampoco lo están los demás. Al salir se me acercó uno de los profesores y me preguntó como con cierta vergüenza mi opinión sobre ese best seller de autoayuda. Le dije que estaba del todo de acuerdo con su tesis principal, aunque quizá no hicieran falta doscientas páginas para explicarla.

      Todo esto vino a mi cabeza ayer cuando en la recopilación póstuma de textos La Biblia según Mark Twain me tropecé con un pasaje en el que Reginald Selkirk, el filósofo loco, le dice a “la cabeza de la raza humana en funciones”:

      «Nuestra civilización es maravillosa en ciertos sentidos espectaculares y engañosos. Maravillosa en prodigios científicos y en milagros de invención. Maravillosa en la inflación material a la que llama avance, progreso y otros apelativos cariñosos. Maravillosa en su investigación de los profundos secretos de la Naturaleza… y en la derrota de sus rígidas leyes. Maravillosa en sus extraordinarios logros financieros y comerciales. Maravillosa en su hambre de dinero y su indiferencia respecto de los medios de adquirirlo. [...] Es una civilización que ha destruido la sencillez y el reposo de la vida, reemplazando su contento, su poesía, sus dulces sueños y fantasías de amor por la fiebre de dinero, los ideales sórdidos, las ambiciones vulgares y el sueño que no descansa. Ha inventado mil lujos inútiles y los ha convertido en necesidades. Ha creado mil apetitos despiadados y no satisface ninguno. Ha destronado a Dios y puesto en Su lugar al dinero».

      Me impactó mucho esta última afirmación, pues me pareció que permutar a Dios por el dinero viene a ser lo mismo que cambiar el presente por el futuro. Poner el dinero como objeto de nuestra atención equivale a hipotecar nuestras vidas, a renunciar a vivir el presente por el señuelo de un futuro mejor. Por aquí debe de encontrarse la causa última de la crisis económica que tanto nos afecta en España. Quizá resulta fuerte expresarlo así, pero me parece que si queremos llevar una vida plena, si queremos vivir en el presente, si, en última instancia, queremos ser felices, debemos sustituir la omnipresencia del dinero por la presencia de Dios.

Jaime Nubiola

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