DISCURSO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
a los participantes en la
Conferencia Internacional sobre el
Genoma Humano
Domingo 19 de noviembre de 2005
Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y señoras:
Saludo a todos con afecto y agradezco en particular al señor cardenal Javier
Lozano Barragán las amables palabras de saludo que me ha dirigido en nombre de
los presentes. Saludo de modo especial a los obispos y a los sacerdotes que
participan en esta Conferencia, así como a los relatores, que durante estos
días han dado una contribución ciertamente cualificada sobre los problemas
afrontados: sus reflexiones y sugerencias serán objeto de atenta
valoración por parte de las instancias eclesiales competentes.
Situándome en la perspectiva pastoral propia del Consejo pontificio que ha
organizado esta Conferencia, me complace notar cómo hoy, sobre todo en el
ámbito de las nuevas aportaciones de la ciencia médica, se ofrece a la Iglesia
una posibilidad ulterior de realizar una valiosa obra de iluminación de las
conciencias, para que todo descubrimiento científico contribuya al bien
integral de la persona, en el respeto constante de su dignidad.
Al subrayar la importancia de esta tarea pastoral, quisiera decir ante todo
una palabra de aliento a quienes se encargan de promoverla. El mundo actual se
caracteriza por el proceso de secularización que, a través de complejas circunstancias
culturales y sociales, no sólo ha reivindicado una justa autonomía de la
ciencia y de la organización social, sino también, a menudo, ha cancelado el
vínculo de las realidades temporales con su Creador, llegando incluso a
descuidar la salvaguardia de la dignidad trascendente del hombre y el respeto
de su misma vida. Sin embargo, hoy la secularización, en la forma del
secularismo radical, ya no satisface a los espíritus más conscientes y atentos.
Esto quiere decir que se abren espacios posibles, y tal vez nuevos, para un
diálogo fecundo con la sociedad y no sólo con los fieles, especialmente sobre
temas importantes como los que atañen a la vida.
Esto es posible porque en las poblaciones de larga tradición cristiana
siguen presentes semillas de humanismo a las que no han afectado las disputas
de la filosofía nihilista; semillas que, en realidad, tienden a reforzarse
cuanto más graves son los desafíos. Por lo demás, el creyente sabe bien que el
Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la
naturaleza humana. La imagen de Dios está tan profundamente grabada en el alma
del hombre, que difícilmente puede silenciarse del todo la voz de la
conciencia. Con la parábola del sembrador, Jesús nos recuerda en el Evangelio
que existe siempre un terreno fértil en el que la semilla echa raíces, germina
y da fruto.
También los hombres que no se reconocen ya como miembros de la Iglesia o que
incluso han perdido la luz de la fe siguen estando atentos a los valores
humanos y a las contribuciones positivas que el Evangelio puede aportar al bien
personal y social.
Es fácil darse cuenta de esto, sobre todo reflexionando en lo que constituye
el objeto de vuestra Conferencia: los hombres de nuestro tiempo, que se
han vuelto más sensibles a causa de los terribles acontecimientos que han
ensombrecido el siglo XX y el inicio del actual, pueden comprender bien que la
dignidad del hombre no se identifica con los genes de su ADN y no disminuye por
la posible presencia de diferencias físicas o de defectos congénitos.
El principio de "no discriminación" sobre la
base de factores físicos o genéticos ha penetrado profundamente en las
conciencias y está formalmente enunciado en las Cartas sobre los derechos
humanos. Este principio tiene su fundamento más verdadero en la dignidad ínsita
en todo hombre por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios
(cf. Gn 1, 26). Por otra parte,
el análisis sereno de los datos científicos lleva a reconocer la presencia de
esta dignidad en cada fase de la vida humana, comenzando desde el primer
momento de la fecundación. La Iglesia anuncia y propone estas verdades no sólo
con la autoridad del Evangelio, sino también con la fuerza que deriva de la
razón, y precisamente por esto siente el deber de apelar a todos los hombres de
buena voluntad, con la certeza de que la aceptación de estas verdades no puede
por menos de favorecer a las personas y a la sociedad. En efecto, es preciso
evitar los riesgos de una ciencia y de una tecnología que pretenden ser
completamente autónomas con respecto a las normas morales inscritas en la
naturaleza del ser humano.
No faltan en la Iglesia organismos profesionales y academias capaces de
evaluar las novedades en el ámbito científico, especialmente en el mundo de la
biomedicina; hay, además, organismos doctrinales dedicados específicamente a
definir los valores morales que hay que salvaguardar y a formular las normas
que requiere su tutela eficaz; por último, hay dicasterios pastorales, como el
Consejo pontificio para la pastoral de la salud, a los que corresponde elaborar
las metodologías oportunas para asegurar una presencia eficaz de la Iglesia en
el ámbito pastoral. Este tercer momento es valioso no sólo para una humanización
cada vez más adecuada de la medicina, sino también para asegurar una respuesta
oportuna a las expectativas, por parte de las personas, de una eficaz ayuda
espiritual.
Por consiguiente, es necesario dar nuevo impulso a la pastoral de la salud. Esto
implica una renovación y una profundización de la misma propuesta pastoral, que
tenga en cuenta el aumento del conjunto de conocimientos difundidos por los
medios de comunicación en la sociedad y del nivel de instrucción más elevado de
las personas a las que se dirige.
No se puede descuidar el hecho de que, cada vez con más frecuencia, no sólo
los legisladores, sino también los mismos ciudadanos están llamados a expresar
su pensamiento sobre problemas también científicamente cualificados y difíciles.
Si falta una instrucción adecuada, más aún, una formación adecuada de las
conciencias, en la orientación de la opinión pública fácilmente pueden
prevalecer falsos valores o informaciones inexactas.
Adecuar la formación de los pastores y de los educadores, a fin de
capacitarlos para asumir sus responsabilidades de modo coherente con su fe y al
mismo tiempo en un diálogo respetuoso y leal con los no creyentes, es la tarea
imprescindible de una pastoral actualizada de la salud. En particular, en el
campo de las aplicaciones de la genética, hoy las familias pueden carecer de
las informaciones adecuadas y tener dificultades para mantener la autonomía
moral necesaria para permanecer fieles a sus opciones de vida.
Por tanto, en este sector se requiere una formación profunda y clara de las
conciencias. Los actuales descubrimientos científicos afectan a la vida de las
familias, impulsándolas a opciones imprevistas y delicadas, que hay que
afrontar con responsabilidad. Así pues, la pastoral en el campo de la salud
necesita consejeros formados y competentes. Esto permite entrever cuán compleja
y exigente es hoy la gestión de este sector de actividades.
Ante estas mayores exigencias de la pastoral, la Iglesia, a la vez que sigue
confiando en la luz del Evangelio y en la fuerza de la gracia, exhorta a los
responsables a estudiar la metodología adecuada para prestar ayuda a las
personas, a las familias y a la sociedad, conjugando fidelidad y diálogo,
profundización teológica y capacidad de mediación. Para ello cuenta, en
particular, con el apoyo de cuantos como vosotros, reunidos aquí para
participar en esta Conferencia internacional, se interesan por los valores
fundamentales en los que se basa la convivencia humana. Aprovecho de buen grado
esta circunstancia para expresar a todos mi gratitud y mi aprecio por la
contribución en un sector tan importante para el futuro de la humanidad. Con
estos sentimientos, imploro del Señor copiosas luces sobre vuestro trabajo y,
como testimonio de estima y afecto, os imparto a todos una especial bendición.