HOMENAJE
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
a los miembros de la
Comisión Teológica Internacional
Jueves 1 de diciembre de 2005
Reverendísimo presidente;
excelencias;
ilustres profesores;
queridos colaboradores:
Me alegra acogeros en este encuentro familiar, que despierta en mí el
recuerdo de una colaboración prolongada y profunda con muchos de vosotros. Fui
nombrado miembro de la Comisión teológica internacional en 1969 y luego, desde
1982, fui su presidente. Ante todo, deseo expresar mi sincero agradecimiento
por las palabras de saludo que me ha dirigido el arzobispo monseñor Levada, que
participa por primera vez en calidad de presidente en una sesión de la Comisión
teológica internacional. Le expreso mis mejores deseos y le aseguro mi oración
para que la luz y la fuerza del Espíritu lo acompañen en la realización de la
tarea que se le ha encomendado.
Con la sesión plenaria que se está celebrando en estos días prosiguen
los trabajos del séptimo "quinquenio" de la Comisión, iniciados el
año pasado, cuando yo era aún su presidente. Aprovecho de buen grado la ocasión
para animaros a cada uno de vosotros a continuar la reflexión sobre los temas
elegidos para el estudio en los próximos años. El recordado Papa Juan Pablo II,
al recibir a los miembros el 7 de octubre del año pasado, había destacado la
gran importancia de dos temas que son actualmente objeto de estudio: el
de la suerte de los niños muertos sin el bautismo en el contexto de la voluntad
salvífica universal de Dios, de la mediación única de Jesucristo y de la
sacramentalidad de la Iglesia, y el de la ley moral natural. Este último tema
es de especial relevancia para comprender el fundamento de los derechos
arraigados en la naturaleza de la persona y, como tales, derivados de la
voluntad misma de Dios creador. Anteriores a cualquier ley positiva de los
Estados, son universales, inviolables e inalienables; y, por tanto, todos deben
reconocerlos como tales, especialmente las autoridades civiles, llamadas a promover
y garantizar su respeto. Aunque en la cultura actual parece haberse perdido el
concepto de "naturaleza humana", es un hecho que los derechos humanos
no se pueden comprender sin presuponer que el hombre, en su mismo ser, es
portador de valores y de normas que hay que descubrir y reafirmar, y no
inventar o imponer de modo subjetivo y arbitrario.
En este punto, es de gran importancia el diálogo con el mundo
laico: debe mostrarse con evidencia que la negación de un fundamento
ontológico de los valores esenciales de la vida humana desemboca
inevitablemente en el positivismo y hace que el derecho dependa de las
corrientes de pensamiento dominantes en una sociedad, pervirtiendo así el
derecho en un instrumento del poder en vez de subordinar el poder al derecho.
No menor importancia reviste el tercer tema, determinado durante la
sesión plenaria del año pasado, es decir, el estatuto y el método de la
teología católica. La teología no puede menos de nacer de la obediencia al
impulso de la verdad y del amor que desea conocer cada vez mejor a aquel que
ama, en este caso a Dios mismo, cuya bondad hemos reconocido en el acto de fe
(cf. Donum veritatis, 7). Conocemos a Dios porque él, en su infinita
bondad, se dio a conocer en la creación y sobre todo en su Hijo unigénito, que
se hizo hombre por nosotros, y murió y resucitó por nuestra salvación.
En consecuencia, la revelación de Cristo es el principio normativo
fundamental para la teología. Esta se ejerce siempre en la Iglesia y para la
Iglesia, Cuerpo de Cristo, único sujeto con Cristo, y así también con fidelidad
a la Tradición apostólica. Por tanto, la actividad del teólogo debe realizarse
en comunión con la voz viva de la Iglesia, es decir, con el magisterio vivo de
la Iglesia y bajo su autoridad. Considerar la teología como un asunto privado
del teólogo significa desconocer su misma naturaleza. Sólo dentro de la
comunidad eclesial, en comunión con los legítimos pastores de la Iglesia, tiene
sentido la actividad teológica, que ciertamente requiere competencia
científica, pero también y sobre todo el espíritu de fe y la humildad de quien
sabe que el Dios vivo y verdadero, objeto de su reflexión, supera infinitamente
la capacidad humana. Sólo con la oración y la contemplación se puede adquirir
el sentido de Dios y la docilidad a la acción del Espíritu Santo, que darán
fecundidad a la investigación teológica para el bien de toda la Iglesia y,
podríamos decir, para toda la humanidad.
Aquí se podría objetar: una teología definida
así, ¿sigue siendo ciencia y está de acuerdo con nuestra razón y su
libertad? Sí; racionalidad, cientificidad y pensar en la
comunión de la Iglesia no sólo no se excluyen, sino que van juntas.
El Espíritu Santo introduce a la Iglesia en la
plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13),
la Iglesia está al servicio de la verdad y su guía es educación en la verdad.
Deseando que vuestras jornadas de estudio estén animadas por la
comunión fraterna en la búsqueda de la Verdad que la Iglesia quiere anunciar a
todos los hombres, suplico a María santísima, Sede de la Sabiduría, que guíe
vuestros pasos en la alegría y en la esperanza cristiana. Con estos
sentimientos, a la vez que os renuevo a todos la expresión de mi estima y de mi
confianza, os imparto de corazón la bendición apostólica.