Discurso del Santo Padre en la
Plaza de la Virgen
Sábado 8 de julio de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Al llegar a Valencia, he querido ante todo visitar el lugar que representa
el centro de esta antiquísima y floreciente Iglesia particular que me recibe:
su bella Catedral, donde he orado ante el Santísimo Sacramento y me he detenido
ante la renombrada reliquia del Santo Cáliz. Allí he saludado a los Obispos, a
los sacerdotes, religiosos y religiosas, que según su propio ministerio y carisma
se esfuerzan por mantener viva la luz de la fe.
Después, ante la Virgen de los Desamparados, que los valencianos veneran con
gran fervor y profunda devoción, le he implorado que sostenga su fe y llene de
esperanza a todos sus hijos. Allí, acompañando a las familias de las víctimas
del Metro, he rezado también con ellas un Padrenuestro por el eterno descanso
de sus seres queridos.
Ahora deseo saludaros con afecto, queridos seminaristas,
acompañados de vuestros familiares, que viven con gozo la dicha de vuestra
vocación. El amor, entrega y fidelidad de los padres, así como la concordia en
la familia, es el ambiente propicio para que se escuche la llamada divina y se
acoja el don de la vocación. Vivid intensamente los años de preparación en el
seminario, con la ayuda y el discernimiento de los formadores, y con la
docilidad y confianza total de los Apóstoles, que siguieron a Jesús
prontamente. Aprended de la Virgen María cómo se acoge sin reservas esta
llamada, con alegría y generosidad. Esto lo recordamos y lo pedimos
precisamente en la bella oración del Ángelus que a continuación rezaremos todos
juntos, rogando también «al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies»
(Mt 9, 38).
Y ahora, con amor filial y en valenciano, me dirijo a la Virgen, vuestra
Patrona. «Davant de la Cheperudeta vullc dirli: “Ampareumos nit i dia en totes
les necessitats, puix que sou, Verge María, Mare dels Desamparats”.»