Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 15 de junio de 2005
El Señor, esperanza del pueblo.
Queridos hermanos y hermanas:
Por desgracia, habéis sufrido bajo la lluvia. Ahora esperamos que el tiempo
mejore.
1. Jesús, en el evangelio, afirma con gran fuerza
que el ojo es un símbolo que refleja el yo profundo, es un espejo del alma (cf.
Mt 6, 22-23). Pues bien, el
salmo 122, que se acaba de proclamar, incluye un entramado de miradas: el
fiel eleva sus ojos hacia el Señor y espera una reacción divina, para captar un
gesto de amor, una mirada de benevolencia. También nosotros elevamos nuestra
mirada y esperamos un gesto de benevolencia del Señor.
A menudo en el Salterio se habla de la mirada del
Altísimo, el cual "observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si
hay alguno sensato que busque a Dios" (Sal 13, 2). El salmista, como hemos
escuchado, utiliza la imagen del esclavo y de la esclava, que están pendientes
de su señor a la espera de una decisión liberadora.
Aunque la escena corresponde a la situación del mundo antiguo y a sus
estructuras sociales, la idea es clara y significativa: esa imagen, tomada
del mundo del Oriente antiguo, quiere exaltar la adhesión del pobre, la
esperanza del oprimido y la disponibilidad del justo con respecto al Señor.
2. El orante espera que las manos divinas se
muevan, porque actúan según la justicia, destruyendo el mal. Por eso, en el
Salterio el orante a menudo eleva los ojos hacia el Señor poniendo en él su
esperanza: "Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis
pies de la red" (Sal 25, 15),
mientras "se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios" (Sal 68, 4).
El salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se
une a la de toda la comunidad. En efecto, el Salmo pasa de la primera persona
singular —"A ti levanto mis ojos"— a la plural "nuestros
ojos" y "Dios mío, ten misericordia de nosotros" (cf. vv. 1-3).
Se expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para derramar dones
de justicia y libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda
su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro
de los Números: "Ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea
propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 25-26).
3. La segunda parte del Salmo, caracterizada por la
invocación: "Misericordia, Dios mío, misericordia" (Sal 122, 3), muestra cuán importante
es la mirada amorosa de Dios. Está en continuidad con el final de la primera
parte, donde se reafirma la confianza "en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia" (v. 2).
Los fieles necesitan una intervención de Dios, porque se encuentran en una
situación lamentable de desprecio y burlas por parte de gente prepotente. El
salmista utiliza aquí la imagen de la saciedad: "Estamos saciados de
desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del
desprecio de los orgullosos" (vv. 3-4).
A la tradicional saciedad bíblica de alimento y de años, considerada un
signo de la bendición divina, se opone una intolerable saciedad, constituida
por una cantidad exorbitante de humillaciones. Y nos consta que hoy también
numerosas naciones, numerosas personas realmente están saciadas de burlas,
demasiado saciadas del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los
orgullosos.
Pidamos por ellos y ayudemos a estos hermanos nuestros humillados.
Por eso, los justos han puesto su causa en manos del Señor y él no permanece
indiferente a esos ojos implorantes, no ignora su invocación, y la nuestra, ni
defrauda su esperanza.
4. Al final, demos la palabra a san Ambrosio, el gran arzobispo de
Milán, el cual, con el espíritu del salmista, pondera poéticamente la obra que
Dios realiza a favor nuestro en Jesús, nuestro Salvador: "Cristo lo
es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si
tienes sed, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia;
si necesitas ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo,
es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas alimento, es
comida" (La virginidad, 99: SAEMO, XIV, 2, Milán-Roma
1989, p. 81).