Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 10 de agosto de 2005
Confiar en Dios
como un niño en brazos de su madre
Queridos hermanos y hermanas:
1. Hemos escuchado sólo pocas palabras, cerca de treinta en el original
hebreo del salmo 130. Sin embargo, son palabras intensas, que desarrollan un
tema muy frecuente en toda la literatura religiosa: la infancia
espiritual. De modo espontáneo el pensamiento se dirige inmediatamente a santa
Teresa de Lisieux, a su "caminito", a su "permanecer
pequeña" para "estar entre los brazos de Jesús" (cf. Manoscritto
"C", 2r°-3v°: Opere complete, Ciudad del Vaticano
1997, pp. 235-236).
En efecto, en el centro del Salmo resalta la imagen de una
madre con su hijo, signo del amor tierno y materno de Dios, como ya lo había
presentado el profeta Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo
amé (...). Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos
como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba
de comer" (Os 11, 1. 4).
2. El Salmo comienza con la descripción de la
actitud antitética a la de la infancia, la cual es consciente de su fragilidad,
pero confía en la ayuda de los demás. En cambio, el Salmo habla de la ambición
del corazón, la altanería de los ojos y "las grandezas y los
prodigios" (cf. Sal 130, 1).
Es la representación de la persona soberbia, descrita con términos hebreos que
indican "altanería" y "exaltación", la actitud arrogante de
quien mira a los demás con aires de superioridad, considerándolos inferiores a
él.
La gran tentación del soberbio, que quiere ser como Dios,
árbitro del bien y del mal (cf. Gn 3, 5),
es firmemente rechazada por el orante, que opta por la confianza humilde y
espontánea en el único Señor.
3. Así, se pasa a la inolvidable imagen del niño y
de la madre. El texto original hebreo no habla de un niño recién nacido, sino
más bien de un "niño destetado" (Sal 130, 2). Ahora bien, es sabido
que en el antiguo Próximo Oriente el destete oficial se realizaba alrededor de
los tres años y se celebraba con una fiesta (cf. Gn 21, 8; 1S 1, 20-23; 2M 7, 27).
El niño al que alude el salmista está vinculado a su madre por una relación
ya más personal e íntima y, por tanto, no por el mero contacto físico y la
necesidad de alimento. Se trata de un vínculo más consciente, aunque siempre
inmediato y espontáneo. Esta es la parábola ideal de la verdadera
"infancia" del espíritu, que no se abandona a Dios de modo ciego y
automático, sino sereno y responsable.
4. En este punto, la profesión de confianza del
orante se extiende a toda la comunidad: "Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre" (Sal 130, 3).
Ahora la esperanza brota en todo el pueblo, que recibe de Dios seguridad, vida
y paz, y se mantiene en el presente y en el futuro, "ahora y por
siempre".
Es fácil continuar la oración utilizando otras frases del
Salterio inspiradas en la misma confianza en Dios: "Desde el seno
pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios" (Sal 21, 11). "Si mi padre y mi
madre me abandonan, el Señor me recogerá" (Sal 26, 10). "Tú, Dios mío,
eres mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre
materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías" (Sal 70, 5-6).
5. Como hemos visto, a la confianza humilde se
contrapone la soberbia. Un escritor cristiano de los siglos IV y V, Juan
Casiano, advierte a los fieles de la gravedad de este vicio, que "destruye
todas las virtudes en su conjunto y no sólo ataca a los mediocres y a los
débiles, sino principalmente a los que han logrado cargos de responsabilidad
con el uso de la fuerza". Y prosigue: "Por este motivo el
bienaventurado David custodia con tanta circunspección su corazón, hasta el
punto de que se atreve a proclamar ante Aquel a quien ciertamente no se
ocultaban los secretos de su conciencia: "Señor, mi corazón no es
ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad".
(...) Y, sin embargo, conociendo bien cuán difícil es también para los
perfectos esa custodia, no presume de apoyarse únicamente en sus fuerzas, sino
que suplica con oraciones al Señor que le ayude a evitar los dardos del
enemigo y a no ser herido: "Que el pie del orgullo no me
alcance" (Sal 35, 12)"
(Le istituzioni cenobitiche, XII, 6, Abadía de Praglia, Bresseo di
Teolo, Padua 1989, p. 289).
De modo análogo, un antiguo texto anónimo de los Padres del desierto nos ha
transmitido esta declaración, que se hace eco del Salmo 130:
"No he superado nunca mi rango para subir más arriba, ni me he turbado
jamás en caso de humillación, porque todos mis pensamientos se reducían a pedir
al Señor que me despojara del hombre viejo" (I Padri del deserto. Detti,
Roma 1980, p. 287).