Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 7 de septiembre de 2005
Cristo, primogénito de toda
criatura
y primer resucitado de entre los muertos
(Colosenses 1, 12-20)
Queridos hermanos y hermanas:
1. En catequesis anteriores hemos contemplado el grandioso cuadro de
Cristo, Señor del universo y de la historia, que domina el himno recogido al
inicio de la carta de san Pablo a los Colosenses. En efecto, este
cántico marca las cuatro semanas en que se articula la liturgia de las
Vísperas.
El núcleo del himno está constituido por los versículos
15-20, donde entra en escena de modo directo y solemne Cristo, definido
"imagen de Dios invisible" (v. 15). San Pablo emplea con frecuencia
el término griego ekån, icono. En sus cartas lo usa nueve veces,
aplicándolo tanto a Cristo, icono perfecto de Dios (cf. 2Co 4, 4), como al hombre, imagen y
gloria de Dios (cf. 1Co 11, 7).
Sin embargo, el hombre, con el pecado, "cambió la gloria del Dios
incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible" (Rm 1, 23), prefiriendo adorar a los
ídolos y haciéndose semejante a ellos.
Por eso, debemos modelar continuamente nuestro ser y
nuestra vida según la imagen del Hijo de Dios (cf. 2Co 3, 18), pues Dios "nos ha
sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo
querido" (Col 1, 13).
Este es el primer imperativo de nuestro himno: modelar nuestra vida según
la imagen del Hijo de Dios, entrando en sus sentimientos y en su voluntad, en
su pensamiento.
2. Luego, se proclama a Cristo "primogénito (engendrado antes)
de toda criatura" (v. 15). Cristo precede a toda la creación (cf. v. 17),
al haber sido engendrado desde la eternidad: por eso "por él y para
él fueron creadas todas las cosas" (v. 16). También en la antigua
tradición judía se afirmaba que "todo el mundo ha sido creado con vistas
al Mesías" (Sanhedrin 98 b).
Para el apóstol san Pablo, Cristo es el principio de cohesión
("todo se mantiene en él"), el mediador ("por él") y el
destino final hacia el que converge toda la creación. Él es el
"primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8, 29), es decir, el Hijo por
excelencia en la gran familia de los hijos de Dios, en la que nos inserta el
bautismo.
3. En este punto, la mirada pasa del mundo de la
creación al de la historia: Cristo es "la cabeza del cuerpo:
de la Iglesia" (Col 1, 18)
y lo es ya por su Encarnación. En efecto, entró en la comunidad humana para
regirla y componerla en un "cuerpo", es decir, en una unidad
armoniosa y fecunda. La consistencia y el crecimiento de la humanidad tienen en
Cristo su raíz, su perno vital y su "principio".
Precisamente con este primado Cristo puede llegar a ser el
principio de la resurrección de todos, el "primogénito de entre los
muertos", porque "todos revivirán en Cristo. (...) Cristo como
primicia; luego, en su venida, los de Cristo" (1Co 15, 22-23).
4. El himno se encamina a su conclusión
celebrando la "plenitud", en griego pleroma, que
Cristo tiene en sí como don de amor del Padre. Es la plenitud de la
divinidad, que se irradia tanto sobre el universo como sobre la humanidad,
trasformándose en fuente de paz, de unidad y de armonía perfecta (cf. Col 1, 19-20).
Esta "reconciliación" y "pacificación" se realiza por
"la sangre de la cruz", que nos ha justificado y santificado. Al
derramar su sangre y entregarse a sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el
lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica
extendida a toda la realidad creada.
Por eso, el himno concluye con un luminoso horizonte de reconciliación,
unidad, armonía y paz, sobre el que se yergue solemne la figura de su artífice,
Cristo, "Hijo amado" del Padre.
5. Sobre este denso texto han reflexionado los
escritores de la antigua tradición cristiana. San Cirilo de Jerusalén, en uno
de sus diálogos, cita el cántico de la carta a los Colosenses para
responder a un interlocutor anónimo que le había preguntado:
"¿Podemos decir que el Verbo engendrado por Dios Padre ha sufrido por
nosotros en su carne?". La respuesta, siguiendo la línea del cántico, es
afirmativa. En efecto, afirma san Cirilo, "la imagen de Dios invisible, el
primogénito de toda criatura, visible e invisible, por el cual y en el cual
todo existe, ha sido dado ―dice san Pablo― como cabeza a la Iglesia; además, él
es el primer resucitado de entre los muertos", es decir, el primero en la
serie de los muertos que resucitan. Él ―prosigue san Cirilo― "hizo suyo
todo lo que es propio de la carne del hombre y "soportó la cruz sin miedo
a la ignominia" (Hb 12, 2).
Nosotros decimos que no fue un simple hombre, colmado de honores, no sé cómo,
el que uniéndose a él se sacrificó por nosotros, sino que fue crucificado el
mismo Señor de la gloria" (Perché Cristo è uno, Colección de textos
patrísticos, XXXVII, Roma 1983, p. 101).
Ante este Señor de la gloria, signo del amor supremo del Padre, también
nosotros elevamos nuestro canto de alabanza y nos postramos para adorarlo y
darle gracias.