Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 28 de septiembre de 2005
Himno a Dios, realizador de
maravillas
(Salmo 134 -I-)
Queridos hermanos y hermanas:
1. Se presenta ahora ante nosotros la primera parte del salmo 134, un
himno de índole litúrgica, entretejido de alusiones, reminiscencias y
referencias a otros textos bíblicos. En efecto, la liturgia compone a menudo
sus textos tomando del gran patrimonio de la Biblia un rico repertorio de temas
y de oraciones, que sostienen el camino de los fieles.
Sigamos la trama orante de esta primera sección (cf. Sal 134, 1-12), que se abre con una
amplia y apasionada invitación a alabar al Señor (cf. vv. 1-3). El llamamiento
se dirige a los "siervos del Señor que estáis en la casa del Señor, en los
atrios de la casa de nuestro Dios" (vv. 1-2).
Por tanto, estamos en el clima vivo del culto que se desarrolla en el
templo, el lugar privilegiado y comunitario de la oración. Allí se experimenta
de modo eficaz la presencia de "nuestro Dios", un Dios
"bueno" y "amable", el Dios de la elección y de la alianza
(cf. vv. 3-4).
Después de la invitación a la alabanza, un solista proclama la profesión de
fe, que inicia con la fórmula "Yo sé" (v. 5). Este Credo constituirá
la esencia de todo el himno, que se presenta como una proclamación de la
grandeza del Señor (ib.), manifestada en sus obras maravillosas.
2. La omnipotencia divina se manifiesta continuamente en el mundo
entero, "en el cielo y en la tierra, en los mares y en los océanos".
Él es quien produce nubes, relámpagos, lluvia y vientos, imaginados como
encerrados en "silos" o depósitos (cf. vv. 6-7).
Sin embargo, es sobre todo otro aspecto de la actividad divina el que se
celebra en esta profesión de fe. Se trata de la admirable intervención en la
historia, donde el Creador muestra el rostro de redentor de su pueblo y de
soberano del mundo. Ante los ojos de Israel, recogido en oración, pasan los
grandes acontecimientos del Éxodo.
Ante todo, la conmemoración sintética y esencial de las "plagas"
de Egipto, los flagelos suscitados por el Señor para doblegar al opresor (cf.
vv. 8-9). Luego, se evocan las victorias obtenidas por Israel después de su
larga marcha por el desierto. Se atribuyen a la potente intervención de Dios,
que "hirió de muerte a pueblos numerosos, mató a reyes poderosos" (v.
10). Por último, la meta tan anhelada y esperada, la tierra prometida:
"Dio su tierra en heredad, en heredad a Israel, su pueblo" (v. 12).
El amor divino se hace concreto y casi se puede experimentar en la historia
con todas sus vicisitudes dolorosas y gloriosas. La liturgia tiene la tarea de
hacer siempre presentes y eficaces los dones divinos, sobre todo en la gran
celebración pascual, que es la raíz de toda otra solemnidad, y constituye el
emblema supremo de la libertad y de la salvación.
3. Recogemos el espíritu del salmo y de su alabanza a Dios,
proponiéndolo de nuevo a través de la voz de san Clemente Romano, tal como
resuena en la larga oración conclusiva de su Carta a los Corintios. Él
observa que, así como en el salmo 134 se manifiesta el rostro del Dios
redentor, así también su protección, que concedió a los antiguos padres, ahora
llega a nosotros en Cristo: "Oh Señor, muestra tu rostro sobre
nosotros para el bien en la paz, para ser protegidos por tu poderosa mano, y
líbrenos de todo pecado tu brazo excelso, y de cuantos nos aborrecen sin
motivo. Danos concordia y paz a nosotros y a todos los que habitan sobre la
tierra, como se la diste a nuestros padres que te invocaron santamente en fe y
verdad. (...) A ti, el único que puedes hacer esos bienes y mayores que esos
por nosotros, a ti te confesamos por el sumo Sacerdote y protector de nuestras
almas, Jesucristo, por el cual sea a ti gloria y magnificencia ahora y de
generación en generación, y por los siglos de los siglos" (60, 3-4; 61,
3: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, pp. 234-235).
Sí, esta oración de un Papa del siglo primero la podemos rezar también
nosotros, en nuestro tiempo, como nuestra oración para el día de hoy:
"Oh Señor, haz resplandecer tu rostro sobre nosotros hoy, para el bien de
la paz. Concédenos en estos tiempos concordia y paz a nosotros y a todos los
habitantes de la tierra, por Jesucristo, que reina de generación en generación
y por los siglos de los siglos. Amén".