Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 4 de enero de 2006
Cristo, primogénito de toda
criatura,
primogénito de entre los muertos
(Colosenses 1, 12-20)
Queridos hermanos y hermanas:
1. En esta primera audiencia general del nuevo año vamos a meditar el
célebre himno cristológico que se encuentra en la carta a los Colosenses: es
casi el solemne pórtico de entrada de este rico escrito paulino, y es también
un pórtico de entrada de este año. El himno propuesto a nuestra
reflexión, es introducido con una amplia fórmula de acción de gracias (cf. vv.
3. 12-14), que nos ayuda a crear el clima espiritual para vivir bien estos
primeros días del año 2006, así como nuestro camino a lo largo de todo el año
nuevo (cf. vv. 15-20).
La alabanza del Apóstol, al igual que la nuestra, se eleva a "Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo" (v. 3), fuente de la salvación, que se
describe primero de forma negativa como "liberación del dominio de las
tinieblas" (v. 13), es decir, como "redención y perdón de los
pecados" (v. 14), y luego de forma positiva como "participación en la
herencia del pueblo santo en la luz" (v. 12) y como ingreso en "el reino
de su Hijo querido" (v. 13).
2. En este punto comienza el grande y denso himno, que tiene
como centro a Cristo, del cual se exaltan el primado y la obra tanto en la
creación como en la historia de la redención (cf. vv. 15-20). Así pues, son dos
los movimientos del canto. En el primero se presenta a Cristo como
"primogénito de toda criatura" (v. 15). En efecto, él es la
"imagen de Dios invisible", y esta expresión encierra toda la carga
que tiene el "icono" en la cultura de Oriente: más que la
semejanza, se subraya la intimidad profunda con el sujeto representado.
Cristo vuelve a proponer en medio de nosotros de modo visible al "Dios
invisible" —en él vemos el rostro de Dios— a través de la naturaleza común
que los une. Por esta altísima dignidad suya, Cristo "es
anterior a todo", no sólo por ser eterno, sino también y sobre todo
con su obra creadora y providente: "Por medio de él fueron creadas
todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles (...). Todo
se mantiene en él" (vv. 16-17). Más aún, todas las cosas fueron creadas
también "por él y para él" (v. 16).
Así san Pablo nos indica una verdad muy importante: la historia tiene
una meta, una dirección. La historia va hacia la humanidad unida en Cristo, va
hacia el hombre perfecto, hacia el humanismo perfecto. Con otras palabras, san
Pablo nos dice: sí, hay progreso en la historia. Si queremos, hay una
evolución de la historia. Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así nos
acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo. Estas indicaciones implican
también un imperativo para nosotros: trabajar por el progreso, que
queremos todos. Podemos hacerlo trabajando por el acercamiento de los hombres a
Cristo; podemos hacerlo configurándonos personalmente con Cristo, yendo así en
la línea del verdadero progreso.
3. El segundo movimiento del himno (cf. Col 1, 18-20) está dominado por la
figura de Cristo salvador dentro de la historia de la salvación. Su obra se
revela ante todo al ser "la cabeza del cuerpo, de la Iglesia" (v.
18): este es el horizonte salvífico privilegiado en el que se manifiestan
en plenitud la liberación y la redención, la comunión vital que existe entre la
cabeza y los miembros del cuerpo, es decir, entre Cristo y los cristianos. La mirada
del Apóstol se dirige hasta la última meta hacia la que, como hemos dicho,
converge la historia: Cristo es el "primogénito de entre los
muertos" (v. 18), es aquel que abre las puertas a la vida eterna,
arrancándonos del límite de la muerte y del mal.
En efecto, este es el pleroma, la
"plenitud" de vida y de gracia que reside en Cristo mismo, que a
nosotros se nos dona y comunica (cf. v. 19). Con esta presencia vital, que nos
hace partícipes de la divinidad, somos transformados interiormente, reconciliados,
pacificados: esta es una armonía de todo el ser redimido, en el que Dios
será "todo en todos" (1Co
15, 28). Y vivir como cristianos significa dejarse transformar
interiormente hacia la forma de Cristo. Así se realiza la reconciliación, la
pacificación.
4. A este grandioso misterio de la Redención le dedicamos ahora una
mirada contemplativa y lo hacemos con las palabras de san Proclo de
Constantinopla, que murió en el año 446. En su primera homilía sobre la
Madre de Dios, María, presenta el misterio de la Redención como
consecuencia de la Encarnación.
En efecto —dice san Proclo—, Dios se hizo hombre para salvarnos y así
arrancarnos del poder de las tinieblas, a fin de llevarnos al reino de su Hijo
querido, como recuerda este himno de la carta a los Colosenses. "El
que nos ha redimido no es un simple hombre —comenta san Proclo—, pues todo el
género humano era esclavo del pecado; pero tampoco era un Dios sin naturaleza
humana, pues tenía un cuerpo. Si no se hubiera revestido de mí, no me habría
salvado. Al encarnarse en el seno de la Virgen, se vistió de condenado. Allí se
produjo el admirable intercambio: dio el espíritu y tomó la carne"
(8: Testi mariani del primo millennio, I, Roma 1988, p. 561).
Por consiguiente, estamos ante la obra de Dios, que ha realizado la
Redención precisamente por ser también hombre. Es el Hijo de Dios, salvador,
pero a la vez es también nuestro hermano, y con esta cercanía nos comunica el
don divino. Es realmente el Dios con nosotros. Amén.