Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 1 de febrero de 2006
Himno a la grandeza y bondad de
Dios
(Salmo 144 -I-)
Queridos hermanos y hermanas:
1. Acabamos de orar con la plegaria del salmo 144, una gozosa
alabanza al Señor que es ensalzado como soberano amoroso y tierno, preocupado
por todas sus criaturas. La liturgia nos propone este himno en dos momentos
distintos, que corresponden también a los dos movimientos poéticos y
espirituales del mismo salmo. Ahora reflexionaremos en la primera parte, que
corresponde a los versículos 1-13.
Este salmo es un canto elevado al Señor, al que se invoca
y describe como "rey" (cf. Sal
144, 1), una representación divina que aparece con frecuencia en otros
salmos (cf. Sal 46; 92; 95; y 98). Más aún, el centro espiritual de
nuestro canto está constituido precisamente por una celebración intensa y
apasionada de la realeza divina. En ella se repite cuatro veces —como para
indicar los cuatro puntos cardinales del ser y de la historia— la palabra
hebrea malkut, "reino" (cf. Sal 144, 11-13).
Sabemos que este simbolismo regio, que será central también en la
predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios, el cual
no es indiferente ante la historia humana; al contrario, con respecto a ella
tiene el deseo de realizar con nosotros y por nosotros un proyecto de armonía y
paz. Para llevar a cabo este plan se convoca también a la humanidad entera, a
fin de que cumpla la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a
todos los "hombres", a "todas las generaciones" y a
"todos los siglos". Una acción universal, que arranca el mal del
mundo y establece en él la "gloria" del Señor, es decir, su presencia
personal eficaz y trascendente.
2. Hacia este corazón del Salmo, situado precisamente en el centro de
la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz
de todos los fieles y quisiera ser hoy el portavoz de todos nosotros. En
efecto, la oración bíblica más elevada es la celebración de las obras de
salvación que revelan el amor del Señor con respecto a sus criaturas. En este
salmo se sigue exaltando "el nombre" divino, es decir, su
persona (cf. vv. 1-2), que se manifiesta en su actuación histórica: en
concreto se habla de "obras", "hazañas",
"maravillas", "fuerza", "grandeza", "justicia",
"paciencia", "misericordia",
"gracia", "bondad" y "ternura".
Es una especie de oración, en forma de letanía, que proclama la intervención
de Dios en la historia humana para llevar a toda la realidad creada
a una plenitud salvífica. Nosotros no estamos a merced de fuerzas oscuras, ni
vivimos de forma solitaria nuestra libertad, sino que dependemos de la acción
del Señor, poderoso y amoroso, que tiene para nosotros un plan, un
"reino" por instaurar (cf. v. 11).
3. Este "reino" no consiste en poder y dominio, triunfo y
opresión, como por desgracia sucede a menudo en los reinos terrenos, sino que
es la sede de una manifestación de piedad, de ternura, de bondad, de gracia, de
justicia, como se reafirma en repetidas ocasiones a lo largo de los versículos
que contienen la alabanza.
La síntesis de este retrato divino se halla en el
versículo 8: el Señor es "lento a la cólera y rico en piedad".
Estas palabras evocan la presentación que hizo Dios de sí mismo en el Sinaí,
cuando dijo: "El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente,
tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad" (Ex 34, 6). Aquí tenemos una
preparación de la profesión de fe en Dios que hace el apóstol san Juan, cuando
nos dice sencillamente que es Amor: "Deus caritas est" (1Jn 4, 8. 16).
4. Además de reflexionar en estas hermosas palabras, que nos muestran
a un Dios "lento a la cólera y rico en piedad", siempre dispuesto a
perdonar y ayudar, centramos también nuestra atención en el siguiente
versículo, un texto hermosísimo: "el Señor es bueno con todos, es
cariñoso con todas sus criaturas" (v. 9). Se trata de palabras que
conviene meditar, palabras de consuelo, con las que el Señor nos da una certeza
para nuestra vida.
A este propósito, san Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en
el Segundo discurso sobre el ayuno: ""Son grandes las
obras del Señor". Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la
creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto,
el profeta dijo: "Son grandes las obras de Dios"; y en otro
pasaje añade: "Su misericordia es superior a todas sus obras".
La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (...) Precisamente
por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó
cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la
tregua de la penitencia. (...) Precisamente por eso, confía plenamente en la
misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia:
"Misericordia, Dios mío —dice— por tu bondad" (Sal 50, 3)" (42, 4-5: Discursos
1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp.
299. 301).
Así decimos también nosotros al Señor: "Misericordia, Dios mío,
por tu bondad".