Catequesis
del Papa Benedicto XVI
durante la Audiencia General del
miércoles 19 de abril de 2006
Que Dios me conceda ser
pastor manso y firme de su Iglesia
Queridos hermanos y hermanas:
Al inicio de esta audiencia general, que tiene lugar en el clima
gozoso de la Pascua, juntamente con vosotros quisiera dar gracias al Señor,
que, después de haberme llamado hace exactamente un año a
servir a la Iglesia como Sucesor del apóstol Pedro —¡Gracias por
vuestra alegría! ¡Gracias por vuestras aclamaciones!—, no deja de acompañarme
con su indispensable ayuda.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ya ha transcurrido un año desde que, de un modo
para mí absolutamente inesperado y sorprendente, los cardenales reunidos en
cónclave decidieron elegir a mi pobre persona para suceder al amado
siervo de Dios el gran Papa Juan Pablo II.
Recuerdo con emoción el primer impacto que tuve, desde el balcón central de
la basílica, inmediatamente después de mi elección, con los fieles reunidos en
esta misma plaza. Se me ha quedado grabado en la mente y en el corazón ese
encuentro, al que han seguido muchos otros, que me han permitido experimentar
la gran verdad de lo que dije durante la solemne concelebración con la que
inicié solemnemente el ejercicio del ministerio petrino: "Soy
consciente de que no estoy solo.
No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría llevar yo
solo". Y cada vez me convenzo más de que por mí mismo no podría cumplir
esta tarea, esta misión. Pero siento también que vosotros me ayudáis a
cumplirla. Así estoy en una gran comunión y juntos podemos llevar adelante la
misión del Señor.
Cuento con el insustituible apoyo de la celestial protección de Dios y de
los santos, y me conforta vuestra cercanía, queridos amigos, que me otorgáis el
don de vuestra indulgencia y vuestro amor.
¡Gracias, de corazón, a todos los que de diversas maneras me acompañan de
cerca o me siguen de lejos espiritualmente con su afecto y su oración. A cada
uno le pido que siga sosteniéndome, pidiendo a Dios que me conceda ser pastor
manso y firme de su Iglesia.
Narra el evangelista san Juan que Jesús, precisamente después
de su resurrección, llamó a Pedro a encargarse de su rebaño (cf. Jn 21, 15. 23). ¿Quién hubiera podido
imaginar humanamente entonces el desarrollo que lograría en el transcurso de
los siglos aquel pequeño grupo de discípulos del Señor? San Pedro y los
Apóstoles, y después sus sucesores, primero en Jerusalén y luego hasta los
últimos confines de la tierra, difundieron con valentía el mensaje evangélico,
cuyo núcleo fundamental e imprescindible es el Misterio pascual: la
pasión, la muerte y la resurrección de Cristo.
La Iglesia celebra en Pascua este misterio, prolongando su alegre resonancia
en los días sucesivos; canta el aleluya por el triunfo de Cristo sobre el mal y
la muerte.
"La celebración de la Pascua según una fecha del calendario —afirma el
Papa san León Magno— nos recuerda la fiesta eterna que supera todo tiempo
humano". "La Pascua actual —prosigue- es la sombra de la Pascua
futura. Por eso, la celebramos para pasar de una fiesta anual a una fiesta que
será eterna".
La alegría de estos días se extiende a todo el Año litúrgico y se renueva de
modo especial el domingo, día dedicado al recuerdo de la resurrección del
Señor. En él, que es como la "pequeña Pascua" de cada semana, la
asamblea litúrgica reunida para la santa misa proclama en el Credo que Jesús
resucitó el tercer día, añadiendo que esperamos "la resurrección de los
muertos y la vida del mundo futuro". Así se indica que el acontecimiento
de la muerte y resurrección de Jesús constituye el centro de nuestra fe y sobre
este anuncio se funda y crece la Iglesia.
San Agustín recuerda, de modo incisivo: "Consideremos, amadísimos
hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión
significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida
nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha
muerto en la cruz y ha sido sepultada en el bautismo. Ha sido sepultada la vida
vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de
forma que, cuando mueras, no mueras" (Sermón Guelferb. 9, 3).
Las narraciones evangélicas, que refieren las apariciones
del Resucitado, concluyen por lo general con la invitación a superar cualquier
incertidumbre, a confrontar el acontecimiento con las Escrituras, a anunciar
que Jesús, más allá de la muerte, es el eterno viviente, fuente de vida nueva
para todos los que creen. Así acontece, por ejemplo, en el caso de María
Magdalena (cf. Jn 20, 11-18), que
descubre el sepulcro abierto y vacío, e inmediatamente teme que se hayan
llevado el cuerpo del Señor. El Señor entonces la llama por su nombre y en ese
momento se produce en ella un cambio profundo: el desconsuelo y la
desorientación se transforman en alegría y entusiasmo. Con prontitud va donde
los Apóstoles y les anuncia: "He visto al Señor" (Jn 20, 18).
Es un hecho que quien se encuentra con Jesús resucitado queda transformado en
su interior. No se puede "ver" al Resucitado sin "creer" en
él. Pidámosle que nos llame a cada uno por nuestro nombre y nos convierta,
abriéndonos a la "visión" de la fe.
La fe nace del encuentro personal con Cristo resucitado y
se transforma en impulso de valentía y libertad que nos lleva a proclamar al
mundo: Jesús ha resucitado y vive para siempre. Esta es la misión de los
discípulos del Señor de todas las épocas y también de nuestro tiempo:
"Si habéis resucitado con Cristo —exhorta san Pablo—, buscad las cosas de
arriba (...). Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra" (Col 3, 1-2). Esto no quiere decir
desentenderse de los compromisos de cada día, desinteresarse de las realidades
terrenas; más bien, significa impregnar todas nuestras actividades humanas con
una dimensión sobrenatural, significa convertirse en gozosos heraldos y
testigos de la resurrección de Cristo, que vive para siempre (cf. Jn 20, 25; Lc 24, 33-34).
Queridos hermanos y hermanas, en la Pascua de su Hijo unigénito Dios se
revela plenamente a sí mismo y revela su fuerza victoriosa sobre las fuerzas de
la muerte, la fuerza del Amor trinitario.
La santísima Virgen María, que se asoció íntimamente a la pasión, muerte y
resurrección de su Hijo, y al pie de la cruz se convirtió en Madre de todos los
creyentes, nos ayude a comprender este misterio de amor que cambia los corazones
y nos haga gustar plenamente la alegría pascual, para poder comunicarla luego,
a nuestra vez, a los hombres y mujeres del tercer milenio.