EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
«Sacramentum Caritatis»
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Índice
INTRODUCCIÓN
1. Sacramento de la caridad, 1 la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace
de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este
admirable Sacramento se manifiesta el amor « más grande », aquél que impulsa a
« dar la vida por los propios amigos » (cf. Jn 15, 13). En efecto, Jesús « los
amó hasta el extremo » (Jn 13, 1).
Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de
Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los
pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos « hasta el extremo », hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué
emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras
del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en
nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del altar, el Señor va al
encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), acompañándole en su
camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre
hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace
auténticamente libres (cf. Jn 8, 36),
Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un
penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el
hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante
algo que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que
puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo
exclama: « ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad? ».2 En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo
inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el
camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6),
se dirige al corazón anhelante del hombre, que se siente peregrino y sediento,
al corazón que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la
Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia
sí. « Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su
orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza,
se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se reencuentra ».3 En particular, Jesús nos
enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la
esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre
y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se
compromete constantemente a anunciar a todos, « a tiempo y a destiempo » (2Tm 4, 2) que Dios es amor.4 Precisamente porque Cristo se
ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre,
invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al observar la historia bimilenaria de la
Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos
llenos de gratitud cómo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las
formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación.
Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en
los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual
romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san
Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en
cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como
fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda
su riqueza multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha
manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo
en ella la guía del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado
y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la
reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.5 El Sínodo de los Obispos ha
tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después de la cumbre
conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado
también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el
valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún riquezas no
descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por
el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del
rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.6
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además, se ha de poner de relieve la
relación del reciente Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido
en los últimos años en la vida de la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el
Gran Jubileo de 2000, con el cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan
Pablo II, ha introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año
Jubilar se ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucarístico.
No se puede olvidar que el Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en
cierto sentido también preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con
gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año,
iniciado con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en
octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI
Asamblea Sinodal, con la canonización de cinco Beatos que se han distinguido
especialmente por la piedad eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los
presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga
y el religioso capuchino Félix de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas
por Juan Pablo II en la Carta apostólica Mane nobiscum Domine, 7 y
a las valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, 8
las diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas
iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarística,
para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la adoración
eucarística, así como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la
Eucaristía, llegara a los pobres. Por fin, es necesario mencionar la
importancia de la última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de
Eucharistia, 9 con la que nos ha dejado
una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística y un último testimonio
del lugar central que este divino Sacramento tenía en su vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se
propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la
reciente Asamblea General del Sínodo de los Obispos – desde los Lineamenta hasta
las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las
Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los Padres
sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados –, con la
intención de explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a
suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía. Consciente del
vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre
este Sacramento, 10 en el
presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de
los Padres sinodales, 11 que
el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico,
el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica
Deus
caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la
Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a
Dios como al prójimo: « el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se
entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de
la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para
seguir actuando en nosotros y por nosotros ».12
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CREER
« Éste es el trabajo que Dios quiere:
que creáis en el que él ha enviado » (Jn
6, 29)
La fe eucarística de la Iglesia
6. « Este es el Misterio de la fe ».
Con esta expresión, pronunciada inmediatamente después de las palabras de la
consagración, el sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su
admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la
sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En
efecto, la Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio
y la suma de nuestra fe ».13
La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo
particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos
aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de
la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor
resucitado que se produce en los sacramentos: « La fe se expresa en el rito y
el rito refuerza y fortalece la fe ».14
Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial;
« gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo ».15 Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de
Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la
adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La
historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está
vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia
eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima
Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo
7. La primera realidad de la fe eucarística es
el misterio mismo de Dios, el amor trinitario. En el diálogo de Jesús con
Nicodemo encontramos una expresión iluminadora a este respecto: « Tanto amó
Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los
que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él » (Jn 3, 16-17). Estas palabras muestran
la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da « algo », sino a
sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida,
manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que
el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús
que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los
panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la
sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 32-33); y llega a identificarse
él mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese pan: « Yo soy el pan vivo
que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan
que yo daré es mi carne, para la vida del mundo » (Jn 6, 51). Jesús se manifiesta así
como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía
toda la historia de la salvación (cf. Ef
1, 10; 3, 8-11). En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es
amor (cf. 1Jn 4, 7-8), se une
plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya
apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22, 14-20; 1Co 11, 23-26), nos llega toda la
vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es
comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la
creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital
de Dios (cf. Gn 2, 7). Pero es
en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da
sin medida (cf. Jn 3, 34),
donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.16 Jesucristo, pues, « que, en
virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha »
(Hb 9, 14), nos comunica la
misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente
gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda
medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El «
misterio de la fe » es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia,
estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar
con san Agustín: « Ves la Trinidad si ves el amor ».17
Eucaristía: Jesús,
el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9. La misión para la que Jesús ha venido
entre nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de
la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf. Jn
12, 32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Está cumplido » (Jn 19, 30). En el misterio de su
obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8), se ha cumplido la nueva y
eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado
definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para
siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el
Hijo de Dios (cf. Hb 7, 27; 1Jn 2, 2; 4, 10). Como he tenido ya
oportunidad de decir: « En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios
contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es el amor en su forma más radical ».18
En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del
mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la
« nueva y eterna alianza », estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20). Esta meta última de su
misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto,
cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: « Éste es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo » (Jn 1, 19). Es significativo que la
misma expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la
invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: « Éste es el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del
Señor ». Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido
espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva
y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos
propone de nuevo en cada celebración.19
Institución de la Eucaristía
10. De este modo llegamos a reflexionar sobre
la institución de la Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de
una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del
pueblo de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual,
relacionada con la inmolación de los corderos (Ex 12, 1- 28.43-51), era
conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es
decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el pueblo había
experimentado que aquella liberación no había sido definitiva, puesto que su
historia estaba todavía demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El
memorial de la antigua liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de
una salvación más profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el
contexto en el cual Jesús introduce la novedad de su don. En la oración de
alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no sólo por los grandes
acontecimientos de la historia pasada, sino también por la propia « exaltación
». Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el
Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se
revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del
Padre desde la fundación del mundo, como se lee en la primera Carta de San
Pedro (cf. 1, 18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el
sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el
factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución
de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se
ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva
del mal para la humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este modo Jesús inserta su novum radical
dentro de la antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya
no es necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura
transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado
paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.20 Con el mandato « Haced
esto en conmemoración mía » (cf. Lc
22, 19; 1Co 11, 25), nos
pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el
Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su
Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía
del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de
su total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su « hora ».
« La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos
solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la
dinámica de su entrega ».21
Él « nos atrae hacia sí ».22
La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre
introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «
fisión nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se
produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de
transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del
mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1Co 15, 28).
El Espíritu
Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su palabra, y con el pan y el vino,
el Señor mismo nos ha ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La
Iglesia, su Esposa, está llamada a celebrar día tras día el banquete
eucarístico en conmemoración suya. Introduce así el sacrificio redentor de su
Esposo en la historia de los hombres y lo hace presente sacramentalmente en
todas las culturas. Este gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que
la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los
diversos lugares.23 A este
propósito es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo
que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la
profundización de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para los
creyentes, 24 que actúa ya
en la creación (cf. Gn 1, 2),
está plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto,
Jesucristo fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1, 18; Lc 1, 35); al comienzo de su misión
pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3, 16 y par.); en este mismo
Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10, 21), y por Él se ofrece a sí
mismo (cf. Hb 9, 14). En los
llamados « discursos de despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una
clara relación entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del
Espíritu a los suyos (cf. Jn 16, 7).
Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la pasión, Él infunde
el Espíritu (cf. Jn 20, 22),
haciendo a los suyos partícipes de su propia misión (cf. Jn 20, 21). Será el Espíritu quien
enseñe después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que
Cristo ha dicho (cf. Jn 14, 26),
porque corresponde a Él, como Espíritu de la verdad (cf. Jn 15, 26), guiarlos hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13). En el
relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre los Apóstoles reunidos
en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2, 1-4), y los anima a la
misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo mismo,
en virtud de la acción del Espíritu, está presente y operante en su Iglesia,
desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este horizonte se comprende el papel
decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en
lo que se refiere a la transustanciación. Todo ello está bien documentado en
los Padres de la Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis,
recuerda que nosotros « invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo
Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el
pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu
Santo es santificado y transformado totalmente ».25 También san Juan Crisóstomo hace notar que el
sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando celebra el Sacrificio 26 : como Elías – dice –, el ministro invoca el
Espíritu Santo para que, « descendiendo la gracia sobre la víctima, se
enciendan por ella las almas de todos ».27
Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más
claramente de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por
Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para
que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se
conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que « toda la
comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo ».28 El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los
dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los
fieles « en un sólo cuerpo », haciendo de ellos una oferta espiritual agradable
al Padre.29
Eucaristía e
Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el Sacramento eucarístico Jesús
incorpora a los fieles a su propia « hora »; de este modo nos muestra la unión
que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En
efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia
como su esposa y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre
la relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2, 21-23) y de la nueva Eva, la
Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la muerte: del
costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19, 34), símbolo de los
sacramentos.30 El contemplar
« al que atravesaron » (Jn 19, 37)
nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía
y la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».31 Ya que en ella se hace presente el sacrificio
redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo que « hay un influjo
causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia ».32 La Eucaristía es Cristo que se nos entrega,
edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva
correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su
vez la Eucaristía, 33 la
primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y
adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el
mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La
posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la
donación que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un
aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4, 19). Así, también nosotros
confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el
influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la
precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos « amado
primero ». Él es eternamente quien nos ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser
y del actuar de la Iglesia. Por eso la antigüedad cristiana designó con las
mismas palabras Corpus Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el
Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de Cristo.34 Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a
aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la
Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, ha
preanunciado eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es significativo
que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de
este modo la oración por la unidad de la Iglesia: « que el Espíritu Santo
congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo
». Este pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento
eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La
Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.35
Ya en su Encíclica Ecclesia
de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre
la relación entre Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de
Cristo como la « suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia
».36 La unidad de la
comunión eclesial se revela concretamente en las comunidades cristianas y se
renueva en el acto eucarístico que las une y las diferencia en Iglesias
particulares, « in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica
exsistit ».37
Precisamente la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis
en torno al propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias
particulares subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, « la unicidad
e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su
Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro
eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada
Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Señor se
sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso ».38 Por este motivo, en la celebración de la Eucaristía
cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo.
En esta perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión
eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza católica.39 Subrayar esta raíz
eucarística de la comunión eclesial puede contribuir también eficazmente al
diálogo ecuménico con las Iglesias y con las Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Sede de Pedro. En efecto, la Eucaristía
establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia católica y
las Iglesias ortodoxas que han conservado la auténtica e íntegra naturaleza del
misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el relieve dado al carácter
eclesial de la Eucaristía puede convertirse también en elemento privilegiado en
el diálogo con las Comunidades nacidas de la Reforma.40
Eucaristía y
sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
16. El Concilio Vaticano II ha recordado que
« los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las
obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La
sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia,
es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los
hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y llevados
a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con
Cristo ».41 Esta relación
íntima de la Eucaristía con los otros sacramentos y con la existencia cristiana
se comprende en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia como
sacramento.42 A este
propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo como un
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano ».43
Ella, como dice san Cipriano, en cuanto « pueblo convocado por el unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo », 44
es sacramento de la comunión trinitaria.
El hecho de que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »45 muestra cómo la « economía »
sacramental determina en último término el modo cómo Cristo, único Salvador,
mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en sus circunstancias
específicas. La Iglesia se recibe y al mismo tiempo se expresa en
los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios influye
concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se
convierta en culto agradable a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aquí
algunos elementos, señalados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a
comprender la relación de todos los sacramentos con el misterio eucarístico.
I. Eucaristía
e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
17. Puesto que la Eucaristía es
verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, el
camino de iniciación cristiana tiene como punto de referencia la posibilidad de
acceder a este sacramento. A este respecto, como han dicho los Padres
sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras comunidades cristianas se
percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que hay entre el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía.46
En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a
la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una
comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del
Bautismo, mediante el cual nos conformamos con Cristo, 47 nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en
hijos de Dios, es la puerta para todos los sacramentos. Con él se nos integra
en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1Co
12, 13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1Co 12) y para un mayor testimonio evangélico en el
mundo.48 Así pues, la
santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el
centro y el fin de toda la vida sacramental.49
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este respeto es necesario prestar
atención al tema del orden de los Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia
hay tradiciones diferentes. Esta diversidad se manifiesta claramente en las
costumbres eclesiales de Oriente, 50
y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciación de los
adultos, 51 a diferencia de
la de los niños.52 Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de la propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1P 3, 15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de tener siempre presente que toda
la iniciación cristiana es un camino de conversión, que se debe recorrer con la
ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es
el adulto mismo quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares
de primera evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son
los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo
llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación
cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la
familia cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la
Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos
decisivos no sólo para la persona que los recibe sino también para toda la
familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad
eclesial, con la participación de sus diversos miembros.53 Quisiera subrayar aquí la importancia de la primera
Comunión. Para tantos fieles este día queda grabado en la memoria con razón
como el primer momento en que, aunque de modo todavía inicial, se percibe la
importancia del encuentro personal con Jesús. La pastoral parroquial debe
valorar adecuadamente esta ocasión tan significativa.
II. Eucaristía
y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
20. Los Padres sinodales han afirmado que el
amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la
Reconciliación.54 Debido a
la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido
de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial
(cf. 1Co 11, 27-29).
Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran
inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, 55 favoreciendo una actitud
superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para
acercarse dignamente a la comunión sacramental.56 En realidad, perder la conciencia de pecado comporta
siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor
mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro
del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo
tiempo la misericordia de Dios.57
Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el
pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una
herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo.
Por esto la Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es
laboriosus quidam baptismus, 58
subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión supone el
restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo
a la Eucaristía.59
Algunas observaciones pastorales
21. El Sínodo ha recordado que es cometido
pastoral del Obispo promover en su propia diócesis una firme recuperación de la
pedagogía de la conversión que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los
fieles la confesión frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con
generosidad, empeño y competencia a la administración del sacramento de la
Reconciliación.60 A este
propósito se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén
bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a los
Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la
Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a
los casos previstos, 61
siendo la celebración personal la única forma ordinaria.62 Frente a la necesidad de redescubrir el perdón
sacramental, debe haber siempre un Penitenciario 63 en todas las diócesis. En fin, una praxis
equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para sí o para los
difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva toma de conciencia de la
relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la indulgencia se gana « la
remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo
referente a la culpa ».64 El
recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas
no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda
la comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, implicando, además
de la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, la de la comunión de los
santos, enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ».65 Esta práctica de la
indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino de conversión y
a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la vida cristiana, ya que
las condiciones que prevé su misma forma incluye el acercarse a la confesión y
a la comunión sacramental.
III.
Eucaristía y Unción de los enfermos
22. Jesús no ha enviado solamente a sus
discípulos a curar a los enfermos (cf. Mt
10, 8; Lc 9, 2; 10, 9),
sino que ha instituido también para ellos un sacramento específico: la Unción
de los enfermos.66 La
Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en
la primera comunidad cristiana (cf. 5, 14-16). Si la Eucaristía muestra cómo
los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción
de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo
ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda,
en el misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del
mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento
en que se agrava la enfermedad: « A los que van a dejar esta vida, la Iglesia
ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático ».67 En el momento de pasar al
Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como
semilla de vida eterna y potencia de resurrección: « El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día » (Jn 6, 54). Puesto que el santo
Viático abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario
asegurarle su recepción.68.
La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio
espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más
pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25, 40).
IV. Eucaristía
y sacramento del Orden
In persona Christi
capitis
23. La relación intrínseca entre Eucaristía y
sacramento del Orden se desprende de las mismas palabras de Jesús en el
Cenáculo: « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22, 19). En efecto, la víspera de
su muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el
sacerdocio de la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar: mediador
entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb 5,
5-10), víctima de expiación (cf. 1Jn 2, 2; 4, 10) que se ofrece a sí
mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir « esto es mi cuerpo » y « éste
es el cáliz de mi sangre » si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El
Sínodo de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del sacerdocio
ordenado, tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio 69 como a la formación
de los candidatos.70 Ahora,
a la luz del diálogo tenido en la última Asamblea sinodal, creo oportuno
recordar algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante
todo, se ha de reafirmar que el vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía
se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el presbítero
en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición
imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.71 En efecto, « en el servicio eclesial del ministerio
ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su
cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor ».72 Ciertamente, el ministro
ordenado « actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico ».73 Es necesario, por tanto, que
los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus
opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento
de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la
identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que
esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos,
se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que
el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el
corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la
sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero
profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un
humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía san
Agustín, es amoris officium, 74
es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los Padres sinodales han querido subrayar
que el sacerdocio ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración
con Cristo. Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es
necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado
justamente como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de
elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran
estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto,
esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo
conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios.75 El hecho de que Cristo
mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz
en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido
de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. Así pues, no basta con
comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales. En
realidad, representa una especial conformación con el estilo de vida del propio
Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una identificación con el
corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la gran
tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II 76 y con los Sumos Pontífices predecesores míos, 77 reafirmo la belleza y la
importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que
expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de
Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El
celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedición, es una grandísima
bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A propósito del vínculo entre el
sacramento del Orden y la Eucaristía, el Sínodo se ha detenido sobre la
preocupación que ocasiona en muchas diócesis la escasez de sacerdotes. Esto
ocurre no sólo en algunas zonas de primera evangelización, sino también en
muchos países de larga tradición cristiana. Ciertamente, una distribución del
clero más ecuánime favorecería la solución del problema. Es preciso, además,
hacer un trabajo de sensibilización capilar. Los Obispos han de implicar a los
Institutos de Vida consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las
necesidades pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los
miembros del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde
sea necesario, aunque comporte sacrificio.78 En el Sínodo se ha discutido también sobre las
iniciativas pastorales que se han de emprender para favorecer, sobre todo en
los jóvenes, la apertura interior a la vocación sacerdotal. Esta situación no
se puede solucionar con simples medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los
Obispos, movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de clero, omitan
un adecuado discernimiento vocacional y admitan a la formación específica, y a
la ordenación, candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio
sacerdotal.79 Un clero no
suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido discernimiento,
difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar en otros el
deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La pastoral
vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en
todos sus ámbitos.80
Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso
a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don
de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En
síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la
radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es necesario tener mayor fe y esperanza
en la iniciativa divina. Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca
debe faltar la confianza de que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando
cualquier otra ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los
sagrados misterios, a la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral.
Deseo aprovechar esta ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia
entera, a todos los Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia
misión con dedicación y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia
es también para los diáconos, a los cuales se les impone las manos « no para el
sacerdocio sino para el servicio ».81
Como ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un agradecimiento especial
a los presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa
dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia,
edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida.82 En fin, hay que dar gracias
a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia
vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que significa
ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de testimonios conmovedores que pueden
inspirar a tantos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando
así la vida verdadera.
V. Eucaristía
y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La Eucaristía, sacramento de la caridad,
muestra una particular relación con el amor entre el hombre y la mujer unidos
en matrimonio. Profundizar en esta relación es una necesidad propia de nuestro
tiempo.83 El Papa Juan Pablo
II ha tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de la
Eucaristía y su peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: « La
Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo,
de la Esposa ».84 Por otra
parte, « toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y
de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio
nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de
bodas, la Eucaristía ».85 La
Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de
cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo conyugal
se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo
y la Iglesia esposa (cf. Ef 5, 31-32).
El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo, y que los
constituye en comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión
eucarística. En efecto, en la teología paulina, el amor esponsal es signo
sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto
culminante en la Cruz, expresión de sus « nupcias » con la humanidad y, al
mismo tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por eso, la Iglesia manifiesta
una cercanía espiritual particular a todos los que han fundado sus familias en
el sacramento del Matrimonio86. La
familia –iglesia doméstica 87
– es un ámbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente por el papel
decisivo respecto a la educación cristiana de los hijos.88 En este contexto, el Sínodo ha recomendado también
destacar la misión singular de la mujer en la familia y en la sociedad, una
misión que debe ser defendida, salvaguardada y promovida.89 Ser esposa y madre es una realidad imprescindible
que nunca debe ser menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28. Precisamente a la luz de esta relación
intrínseca entre matrimonio, familia y Eucaristía se pueden considerar algunos
problemas pastorales. El vínculo fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo
con la Iglesia, y que tiene su expresión sacramental en la Eucaristía, se
corresponde con el dato antropológico originario según el cual el hombre debe
estar unido de modo definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2, 24; Mt 19, 5). En este orden de ideas, el
Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la praxis pastoral respecto a
quien, proviniendo de culturas en que se practica la poligamia, se encuentra
con el anuncio del Evangelio. Quienes se hallan en dicha situación, y se abren
a la fe cristiana, deben ser ayudados a integrar su proyecto humano en la
novedad radical de Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste en
su condición específica y los llama a la plena verdad del amor a través de las
renuncias necesarias, en vista de la comunión eclesial perfecta. La Iglesia los
acompaña con una pastoral llena de comprensión y también de firmeza, 90 sobre todo enseñándoles la
luz de los misterios cristianos que se refleja en la naturaleza y los afectos
humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor
irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella
requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a
la que aspira todo verdadero amor.91
Por tanto, es más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha
dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran bastantes fieles que,
después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y
contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo,
una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera
creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la
verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar
espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.92 El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de
la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10, 2-12), de no admitir a los
sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición
de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia
que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados
vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia,
que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible,
cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo
con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental
contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es
preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico, 93 que haya tribunales eclesiásticos
en el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta
actuación.94 En cada
diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el
adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una
obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los
tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ».95 Sin embargo, se ha de evitar que la preocupación
pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se
debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de
encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca
es abstracta, sino que « se integra en el itinerario humano y cristiano de cada
fiel ».96 Por esto, cuando
no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones
objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a
estos fieles a esforzarse en vivir su relación según las exigencias de la ley
de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa
eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que
semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los
pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la
bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles
sobre del valor del matrimonio.97
Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en
muchos países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la
formación de los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre
los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio.
Un discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes,
movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades
que luego no sabrían respetar.98
El bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la
familia fundada sobre él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de
este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que
deben ser promovidas y protegidas de cualquier equívoco posible sobre su
auténtica verdad, porque el daño que se les hace provoca de hecho una herida a
la convivencia humana como tal.
Eucaristía y
escatología
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es cierto que los sacramentos son una
realidad propia de la Iglesia peregrina en el tiempo99 hacia la plena manifestación de la victoria de
Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la
liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia
el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8, 19 ss.). El hombre ha
sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios
puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible, ya
desde ahora, experimentar algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo
hombre, para poder caminar en la justa dirección, necesita ser orientado hacia
la meta final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor,
vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en
la Celebración eucarística. De este modo, aún siendo todavía como « extranjeros
y forasteros » (1P 2, 11) en
este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida resucitada. El
banquete eucarístico, revelando su dimensión fuertemente escatológica, viene en
ayuda de nuestra libertad en camino.
El banquete escatológico
31. Reflexionando sobre este misterio,
podemos decir que, con su venida, Jesús se ha puesto en relación con la
expectativa del pueblo de Israel, de toda la humanidad y, en el fondo, de la
creación misma. Con el don de sí mismo, ha inaugurado objetivamente el tiempo
escatológico. Cristo ha venido para congregar al Pueblo de Dios disperso (cf.
Jn 11, 52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a
cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23, 3; 31, 10; Lc 1, 55.70). En la llamada de los
Doce, que tiene una clara relación con las doce tribus de Israel, y en el
mandato que se les hace en la última Cena, antes de su Pasión redentora, de
celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería trasladar a toda la
comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la historia, signo e instrumento
de esa reunión escatológica, iniciada en Él. Así pues, en cada Celebración
eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de
Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete
final, anunciado por los profetas (cf. Is
25, 6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como « las bodas del cordero
» (Ap 19, 7-9), que se ha de celebrar
en la alegría de la comunión de los santos.100
Oración por los difuntos
32. La Celebración eucarística, en la que
anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección, en la espera de su
venida, es prenda de la gloria futura en la que serán glorificados también
nuestros cuerpos. La esperanza de la resurrección de la carne y la posibilidad
de encontrar de nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido en el signo de
la fe, se fortalece en nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra
salvación. En esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera
recordar a todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por los
difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por ellos, 101 para que, una vez
purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión
escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en
nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm 5, 2; Tt 2, 13).
Eucaristía y la Virgen María.
33. La relación entre la Eucaristía y cada
sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en
su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto
espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos
nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra
esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que
todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María,
Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para
nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo,
nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace
pregustar ya desde ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental
con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura
humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la
persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su
Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a
la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada
instante ante la acción de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sintonía
con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de
Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo
(cf. Lc 2, 19.51). María es la
gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios,
abandonándose a su voluntad.102
Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, « la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie
(cf. Jn 19, 25), sufrió
intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que,
llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima.
Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo
con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ».103 Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es
aquélla que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el
silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo
entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos « hasta el
extremo » (Jn 13, 1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y
Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al
sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales
han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia en el
sacrificio del Redentor ».104
Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa
manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la
Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a
recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía.
SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
« Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi
Padre el que os da el verdadero pan del cielo » (Jn 6, 32)
Lex orandi y lex credendi
34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado
mucho sobre la relación intrínseca entre fe eucarística y celebración, poniendo
de relieve el nexo entre lex orandi y lex credendi, y subrayando
la primacía de la acción litúrgica. Es necesario vivir la Eucaristía
como misterio de la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de
que « el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con
la acción litúrgica de la Iglesia ».105
En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden
sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica
nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe.
En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo
acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza y liturgia
35. La relación entre el misterio creído y
celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la
belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está
vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la
liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos
atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san
Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes.106 Este atributo al que nos
referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y
nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros
mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor.107 Ya en la creación, Dios se
deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13, 5; Rm 1, 19-20). Encontramos después en
el Antiguo Testamento grandes signos del explendor de la potencia de Dios, que
se manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo
elegido (cf. Ex 14; 16, 10; 24, 12-18; Nm 14, 20-23). En el Nuevo Testamento
se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios en
Jesucristo.108 Él es la
plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo
resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1, 14; 8, 54; 12, 28; 17, 1). Sin
embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; « el más bello de los
hombres » (Sal 45[44], 33) es también, misteriosamente, quien no tiene «
aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante el cual se
ocultan los rostros » (Is 53, 2).
Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el
misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el
resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera
belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio
pascual.
La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente
de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la
tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de
aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y
Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante
ellos (cf. Mc 9, 2). La
belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más
bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su
revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la
acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La celebración eucarística,
obra del « Christus totus »
Christus totus in capite
et in corpore
36. La belleza intrínseca de la liturgia
tiene como sujeto propio a Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo
que, en su actuación, incluye a la Iglesia.109 En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las
palabras de san Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia
de la Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al
Misterio eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: «
Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios,
es el cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz,
santificado por la palabra de Dios, es sangre de Cristo. Por medio de estas
cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y sangre, que derramó para la remisión
de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo
que habéis recibido ».110
Por lo tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo
mismo ».111 Podemos
contemplar así la acción misteriosa de Dios que comporta la unidad profunda
entre nosotros y el Señor Jesús: « En efecto, no se ha de creer que Cristo esté
en la cabeza sin estar también en el cuerpo, sino que está enteramente en la
cabeza y en el cuerpo ».112
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto que la liturgia eucarística es
esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del Espíritu, su
fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la
moda del momento. En esto también es válida la afirmación indiscutible de san
Pablo: « Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo
» (1Co 3, 11). El Apóstol de
los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la Eucaristía, no
nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez, ha recibido (cf.
1Co 11, 23). En efecto, la
celebración de la Eucaristía implica la Tradición viva. A partir de la
experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia
celebra el Sacrificio eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo. Por este
motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne el día del Señor para la
fractio panis. El día en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, el
domingo, es también el primer día de la semana, el día que según la tradición
veterotestamentaria representaba el principio de la creación. Ahora, el día de
la creación se ha convertido en el día de la « nueva creación », el día de
nuestra liberación en el que conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.113
Ars celebrandi
38. En los trabajos sinodales se ha insistido
varias veces en la necesidad de superar cualquier posible separación entre el
ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la
participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el
primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el
Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es
la mejor premisa para la actuosa participatio.114 El ars celebrandi proviene de la obediencia
fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de
celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los
creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de
Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1P
2, 4-5.9).115
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de
Dios participa en la Liturgia eucarística, en el correcto ars celebrandi tienen
un papel imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos,
sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la
celebración como su deber principal.116
En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como « primer dispensador
de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guía, el
promotor y custodio de toda la vida litúrgica ».117 Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia
particular, no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para que
toda celebración en su territorio sea legítima, sino también porque él mismo es
por excelencia el liturgo de su propia Iglesia.118 A él corresponde salvaguardar la unidad concorde de
las celebraciones en su diócesis. Por tanto, ha de ser un « compromiso del
Obispo hacer que los presbíteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez
mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y así se les
guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y fructuosa ».119 En particular, exhorto a
cumplir todo lo necesario para que las celebraciones litúrgicas oficiadas por
el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente el ars celebrandi,
de modo que puedan ser consideradas como modelo para todas las iglesias de su
territorio.120
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40. Por consiguiente, al subrayar la
importancia del ars celebrandi, se pone de relieve el valor de las
normas litúrgicas.121 El
ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las
formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito,
los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la
celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral
litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las
respectivas normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General
del Misal Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En
las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y
aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que contienen
riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios
a lo largo de dos milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi
es igualmente importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas
por la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo,
colores litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su
naturaleza una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser
humano. La sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en
el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen más que la
artificiosidad de añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la
estructura propia del ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del
carácter de la Eucaristía como don, expresan la disposición del ministro para
acoger con dócil gratitud dicho don inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La relación profunda entre la belleza y
la liturgia nos lleva a considerar con atención todas las expresiones
artísticas que se ponen al servicio de la celebración.122 Un elemento importante del arte sacro es
ciertamente la arquitectura de las iglesias, 123 en las que debe resaltar la unidad entre los
elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede.
A este respecto, se ha de tener presente que el objetivo de la arquitectura
sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los misterios de la fe, en
particular la Eucaristía, el espacio más apto para el desarrollo adecuado de su
acción litúrgica.124 En
efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica
misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son
las piedras vivas del templo (cf. 1P 2,
5).
El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y
la escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la
mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte
sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los
que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras
relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación
de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como
materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las
normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía
haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la
decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y
ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la
unidad de la fe y refuercen la devoción.125
El canto litúrgico
42. En el ars celebrandi desempeña un
papel importante el canto litúrgico.126
Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: « El hombre nuevo conoce el
cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos
atentamente, función de amor ».127
El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia,
en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos
que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no
podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha
de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no
respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe
estar en consonancia con la identidad propia de la celebración.128 Por consiguiente, todo – el texto, la melodía, la
ejecución – ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes
del rito y a los tiempos litúrgicos.129
Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones
tan loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore
adecuadamente el canto gregoriano130
como canto propio de la liturgia romana.131
Estructura de
la celebración eucarística
43. Después de haber recordado los elementos
básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales,
quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la
estructura de la celebración eucarística que requieren un especial cuidado en
nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación
litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran
tradición eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante todo, hay que considerar la unidad
intrínseca del rito de la santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la
catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión
yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística –además de los ritos de introducción y conclusión– « están
estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de culto ».132 En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están
intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe
(cf. Rm 10, 17); en la
Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual.133 Así pues, « la Iglesia
recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de
Dios y del Cuerpo de Cristo ».134
Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que
la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin
connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia
de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto,
recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la
proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos. Nunca
olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios
mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio
».135 Si las circunstancias
lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles
a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser
escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con
el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es
el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14),
y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su permanencia de
manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya
que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En esta perspectiva
sacramental de la revelación cristiana, 136
el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en
toda su verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo ».137
Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los
tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas
pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas
bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una
experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la
salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en
la celebración eucarística.138
Homilía
46. La necesidad de mejorar la calidad de la
homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto,
ésta « es parte de la acción litúrgica »; 139 tiene el cometido de favorecer una mejor
comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso
los ministros ordenados han de « preparar la homilía con esmero, basándose en
un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura ».140 Han de evitarse homilías genéricas o
abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía
ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración
sacramental 141 y con la
vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y
vigor de la Iglesia.142 Se
ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la
homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a
los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los
grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los
cuatro « pilares » del Catecismo
de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de
la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración
cristiana.143
Presentación de las ofrendas
47. Los Padres sinodales han puesto también
su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «
intervalo » entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras
razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes
interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido
muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es
asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre.144 En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que
todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su
auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas.
Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para
realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que
mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria eucarística
48. La Plegaria eucarística es « el centro y
la cumbre de toda la celebración ».145
Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias
eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición
viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación
General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos
fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación,
epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación,
intercesión y doxología conclusiva.146
En particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan
al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del
Espíritu Santo y el relato de la institución, 147 en la que « se realiza el sacrificio que el mismo
Cristo instituyó en la última Cena ».148
En efecto, « la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la
fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres
queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y
para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la
salvación de quienes la reciben ».149
Rito de la paz
49. La Eucaristía es por su naturaleza
sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la
celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata
indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14, 27). En nuestro tiempo, tan
lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la
sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más
como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y
para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el
corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y
reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad,
dirigiéndola a Aquél que « es nuestra paz » (Ef 2, 14), y que puede pacificar a
los pueblos e individuos aun cuando fracasan las iniciativas humanas. Por ello
se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en
la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de
los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede
adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea
precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del
gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima
adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los
más cercanos.150
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro momento de la celebración, al que es
necesario hacer referencia, es la distribución y recepción de la santa
Comunión. Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que,
debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la
Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto,
en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor
Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta,
me remito a los documentos emanados recientemente.151 Todas las comunidades cristianas han de atenerse
fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el
amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se
descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además
de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en
silencio.152
A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con
el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de
que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas
con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes,
asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde
hace años, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir
los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras
confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se
producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las
grandes ciudades de en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la
necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el
sentido de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se
den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre
el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir
la Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios.153
Despedida: « Ite, missa est »
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los
Padres sinodales han dicho sobre el saludo de despedida al final de la Celebración
eucarística. Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al
pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar
la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la
antigüedad, « missa » significaba simplemente « terminada ». Sin
embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La
expresión « missa » se transforma, en realidad, en « misión ». Este saludo
expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto,
conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice
en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil
disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la
bendición final que expresen dicha relación.154
Actuosa
participatio
Auténtica participación
52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis
particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de
Dios en la celebración eucarística.155
Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables
progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar
el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el
sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta
palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la
celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha
de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de
conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana.
Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum concilium, que
exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística « como espectadores
mudos o extraños », sino a participar « consciente, piadosa y activamente en la
acción sagrada ».156 El
Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos por la Palabra de
Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a
Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo
por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día
a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ».157
Participación y ministerio sacerdotal
53. La belleza y armonía de la acción
litúrgica se manifiestan de manera significativa en el orden con el cual cada
uno está llamado a participar activamente. Eso comporta el reconocimiento de
las diversas funciones jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil
recordar que, de por sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar
un ministerio particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los
fieles una confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas
funciones que corresponden a cada uno en la comunión eclesial.158 En particular, es preciso que haya claridad sobre
las tareas específicas del sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de
la Iglesia, quien preside de modo insustituible toda la celebración
eucarística, desde el saludo inicial a la bendición final. En virtud del Orden
sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, cabeza de la Iglesia y, en
la manera que le es propia, también a la Iglesia misma.159 En efecto, toda celebración de la Eucaristía está
dirigida por el Obispo, « ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus
colaboradores ».160 Es
ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la
celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el
Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la
oración universal, distribuir la Eucaristía a los fieles.161 En relación con estos ministerios vinculados al
sacramento del Orden, hay también otros ministerios para el servicio litúrgico,
que desempeñan religiosos y laicos preparados, lo que es de alabar.162
Celebración eucarística e inculturación
54. A partir de las afirmaciones
fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la
importancia de la participación activa de los fieles en el Sacrificio
eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones
apropiadas a los diversos contextos y culturas.163 El hecho de que haya habido algunos abusos no
disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con
las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de
Cristo en situaciones culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús,
precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre
perfecto (cf. Ga 4, 4), está en
relación directa no sólo con las expectativas expresadas en el Antiguo
Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha
manifestado que Dios quiere encontrarnos en nuestro contexto vital. Por tanto,
para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es
útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración
eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la
Ordenación General del Misal Romano, 164 interpretadas a la luz de los criterios fijados por
la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de
los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994, 165 y de las directrices dadas
por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales