EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
"Sacramentum Caritatis"
AL EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Índice
INTRODUCCIÓN
1. Sacramento de la caridad, 1 la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace
de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este
admirable Sacramento se manifiesta el amor " más grande ", aquél que impulsa a
" dar la vida por los propios amigos " (cf. Jn 15, 13). En efecto, Jesús " los
amó hasta el extremo " (Jn 13, 1).
Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de
Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los
pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos " hasta el extremo ", hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué
emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras
del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en
nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del altar, el Señor va al
encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), acompañándole en su
camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre
hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace
auténticamente libres (cf. Jn 8, 36),
Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un
penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el
hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante
algo que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que
puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo
exclama: " ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad? ".2 En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo
inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, " el
camino, la verdad y la vida " (Jn 14, 6),
se dirige al corazón anhelante del hombre, que se siente peregrino y sediento,
al corazón que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la
Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia
sí. " Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su
orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza,
se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se reencuentra ".3 En particular, Jesús nos
enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la
esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre
y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se
compromete constantemente a anunciar a todos, " a tiempo y a destiempo " (2Tm 4, 2) que Dios es amor.4 Precisamente porque Cristo se
ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre,
invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al observar la historia bimilenaria de la
Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos
llenos de gratitud cómo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las
formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación.
Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en
los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual
romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san
Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en
cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como
fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda
su riqueza multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha
manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo
en ella la guía del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado
y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la
reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.5 El Sínodo de los Obispos ha
tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después de la cumbre
conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han constatado
también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no oscurecen el
valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún riquezas no
descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios indicados por
el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del
rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.6
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además, se ha de poner de relieve la
relación del reciente Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido
en los últimos años en la vida de la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el
Gran Jubileo de 2000, con el cual mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan
Pablo II, ha introducido la Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año
Jubilar se ha caracterizado indudablemente por un fuerte sentido eucarístico.
No se puede olvidar que el Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en
cierto sentido también preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con
gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año,
iniciado con el Congreso Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en
octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI
Asamblea Sinodal, con la canonización de cinco Beatos que se han distinguido
especialmente por la piedad eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los
presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga
y el religioso capuchino Félix de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas
por Juan Pablo II en la Carta apostólica Mane nobiscum Domine, 7 y
a las valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, 8
las diócesis y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas
iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarística,
para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la adoración
eucarística, así como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la
Eucaristía, llegara a los pobres. Por fin, es necesario mencionar la
importancia de la última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de
Eucharistia, 9 con la que nos ha dejado
una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística y un último testimonio
del lugar central que este divino Sacramento tenía en su vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se
propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la
reciente Asamblea General del Sínodo de los Obispos – desde los Lineamenta hasta
las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las
Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los Padres
sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados –, con la
intención de explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a
suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía. Consciente del
vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre
este Sacramento, 10 en el
presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de
los Padres sinodales, 11 que
el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico,
el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica
Deus
caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la
Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a
Dios como al prójimo: " el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se
entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de
la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para
seguir actuando en nosotros y por nosotros ".12
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CREER
" Éste es el trabajo que Dios quiere:
que creáis en el que él ha enviado " (Jn
6, 29)
La fe eucarística de la Iglesia
6. " Este es el Misterio de la fe ".
Con esta expresión, pronunciada inmediatamente después de las palabras de la
consagración, el sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su
admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la
sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En
efecto, la Eucaristía es " misterio de la fe " por excelencia: " es el compendio
y la suma de nuestra fe ".13
La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo
particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos
aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de
la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor
resucitado que se produce en los sacramentos: " La fe se expresa en el rito y
el rito refuerza y fortalece la fe ".14
Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial;
" gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo ".15 Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de
Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la
adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La
historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está
vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia
eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima
Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo
7. La primera realidad de la fe eucarística es
el misterio mismo de Dios, el amor trinitario. En el diálogo de Jesús con
Nicodemo encontramos una expresión iluminadora a este respecto: " Tanto amó
Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los
que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él " (Jn 3, 16-17). Estas palabras muestran
la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da " algo ", sino a
sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida,
manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que
el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús
que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los
panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la
sinagoga de Cafarnaúm: " Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo " (Jn 6, 32-33); y llega a identificarse
él mismo, la propia carne y la propia sangre, con ese pan: " Yo soy el pan vivo
que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan
que yo daré es mi carne, para la vida del mundo " (Jn 6, 51). Jesús se manifiesta así
como el Pan de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía
toda la historia de la salvación (cf. Ef
1, 10; 3, 8-11). En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es
amor (cf. 1Jn 4, 7-8), se une
plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya
apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22, 14-20; 1Co 11, 23-26), nos llega toda la
vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es
comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la
creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital
de Dios (cf. Gn 2, 7). Pero es
en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da
sin medida (cf. Jn 3, 34),
donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.16 Jesucristo, pues, " que, en
virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha "
(Hb 9, 14), nos comunica la
misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente
gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda
medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El "
misterio de la fe " es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia,
estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar
con san Agustín: " Ves la Trinidad si ves el amor ".17
Eucaristía: Jesús,
el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9. La misión para la que Jesús ha venido
entre nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de
la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf. Jn
12, 32), antes de " entregar el espíritu " dice: " Está cumplido " (Jn 19, 30). En el misterio de su
obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8), se ha cumplido la nueva y
eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado
definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para
siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el
Hijo de Dios (cf. Hb 7, 27; 1Jn 2, 2; 4, 10). Como he tenido ya
oportunidad de decir: " En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios
contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es el amor en su forma más radical ".18
En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del
mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la
" nueva y eterna alianza ", estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20). Esta meta última de su
misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto,
cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: " Éste es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo " (Jn 1, 19). Es significativo que la
misma expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la
invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: " Éste es el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del
Señor ". Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido
espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva
y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos
propone de nuevo en cada celebración.19
Institución de la Eucaristía
10. De este modo llegamos a reflexionar sobre
la institución de la Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de
una cena ritual con la que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del
pueblo de Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual,
relacionada con la inmolación de los corderos (Ex 12, 1- 28.43-51), era
conmemoración del pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es
decir, anuncio de una liberación futura. En efecto, el pueblo había
experimentado que aquella liberación no había sido definitiva, puesto que su
historia estaba todavía demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El
memorial de la antigua liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de
una salvación más profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el
contexto en el cual Jesús introduce la novedad de su don. En la oración de
alabanza, la Berakah, da gracias al Padre no sólo por los grandes
acontecimientos de la historia pasada, sino también por la propia " exaltación
". Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el
Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Al mismo tiempo, se
revela como el verdadero cordero inmolado, previsto en el designio del
Padre desde la fundación del mundo, como se lee en la primera Carta de San
Pedro (cf. 1, 18-20). Situando en este contexto su don, Jesús manifiesta el
sentido salvador de su muerte y resurrección, misterio que se convierte en el
factor renovador de la historia y de todo el cosmos. En efecto, la institución
de la Eucaristía muestra cómo aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se
ha transformado en Jesús en un supremo acto de amor y de liberación definitiva
del mal para la humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este modo Jesús inserta su novum radical
dentro de la antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya
no es necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura
transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado
paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.20 Con el mandato " Haced
esto en conmemoración mía " (cf. Lc
22, 19; 1Co 11, 25), nos
pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el
Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su
Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía
del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de
su total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su " hora ".
" La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos
solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la
dinámica de su entrega ".21
Él " nos atrae hacia sí ".22
La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre
introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de "
fisión nuclear ", por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros, que se
produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un proceso de
transformación de la realidad, cuyo término último será la transfiguración del
mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos (cf. 1Co 15, 28).
El Espíritu
Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su palabra, y con el pan y el vino,
el Señor mismo nos ha ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La
Iglesia, su Esposa, está llamada a celebrar día tras día el banquete
eucarístico en conmemoración suya. Introduce así el sacrificio redentor de su
Esposo en la historia de los hombres y lo hace presente sacramentalmente en
todas las culturas. Este gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que
la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los
diversos lugares.23 A este
propósito es necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo
que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la
profundización de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para los
creyentes, 24 que actúa ya
en la creación (cf. Gn 1, 2),
está plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto,
Jesucristo fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1, 18; Lc 1, 35); al comienzo de su misión
pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3, 16 y par.); en este mismo
Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10, 21), y por Él se ofrece a sí
mismo (cf. Hb 9, 14). En los
llamados " discursos de despedida " recopilados por Juan, Jesús establece una
clara relación entre el don de su vida en el misterio pascual y el don del
Espíritu a los suyos (cf. Jn 16, 7).
Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la pasión, Él infunde
el Espíritu (cf. Jn 20, 22),
haciendo a los suyos partícipes de su propia misión (cf. Jn 20, 21). Será el Espíritu quien
enseñe después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que
Cristo ha dicho (cf. Jn 14, 26),
porque corresponde a Él, como Espíritu de la verdad (cf. Jn 15, 26), guiarlos hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13). En el
relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre los Apóstoles reunidos
en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2, 1-4), y los anima a la
misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por tanto, Cristo mismo,
en virtud de la acción del Espíritu, está presente y operante en su Iglesia,
desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este horizonte se comprende el papel
decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en
lo que se refiere a la transustanciación. Todo ello está bien documentado en
los Padres de la Iglesia. San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis,
recuerda que nosotros " invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo
Espíritu sobre las ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el
pan en cuerpo de Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu
Santo es santificado y transformado totalmente ".25 También san Juan Crisóstomo hace notar que el
sacerdote invoca el Espíritu Santo cuando celebra el Sacrificio 26 : como Elías – dice –, el ministro invoca el
Espíritu Santo para que, " descendiendo la gracia sobre la víctima, se
enciendan por ella las almas de todos ".27
Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más
claramente de la riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por
Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para
que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se
conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que " toda la
comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo ".28 El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los
dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los
fieles " en un sólo cuerpo ", haciendo de ellos una oferta espiritual agradable
al Padre.29
Eucaristía e
Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el Sacramento eucarístico Jesús
incorpora a los fieles a su propia " hora "; de este modo nos muestra la unión
que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En
efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia
como su esposa y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre
la relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2, 21-23) y de la nueva Eva, la
Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la muerte: del
costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19, 34), símbolo de los
sacramentos.30 El contemplar
" al que atravesaron " (Jn 19, 37)
nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía
y la Iglesia. En efecto, la Iglesia " vive de la Eucaristía ".31 Ya que en ella se hace presente el sacrificio
redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo que " hay un influjo
causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia ".32 La Eucaristía es Cristo que se nos entrega,
edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva
correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su
vez la Eucaristía, 33 la
primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y
adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el
mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La
posibilidad que tiene la Iglesia de " hacer " la Eucaristía tiene su raíz en la
donación que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un
aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: " Él nos ha amado primero " (1Jn 4, 19). Así, también nosotros
confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el
influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la
precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos " amado
primero ". Él es eternamente quien nos ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser
y del actuar de la Iglesia. Por eso la antigüedad cristiana designó con las
mismas palabras Corpus Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el
Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de Cristo.34 Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a
aumentar en nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la
Iglesia. El Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, ha
preanunciado eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es significativo
que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de
este modo la oración por la unidad de la Iglesia: " que el Espíritu Santo
congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo
". Este pasaje permite comprender bien que la res del Sacramento
eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial. La
Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.35
Ya en su Encíclica Ecclesia
de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre
la relación entre Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de
Cristo como la " suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia
".36 La unidad de la
comunión eclesial se revela concretamente en las comunidades cristianas y se
renueva en el acto eucarístico que las une y las diferencia en Iglesias
particulares, " in quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica
exsistit ".37
Precisamente la realidad de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis
en torno al propio Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias
particulares subsisten in y ex Ecclesia. En efecto, " la unicidad
e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su
Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible. Desde el centro
eucarístico surge la necesaria apertura de cada comunidad celebrante, de cada
Iglesia particular: del dejarse atraer por los brazos abiertos del Señor se
sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso ".38 Por este motivo, en la celebración de la Eucaristía
cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo.
En esta perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión
eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza católica.39 Subrayar esta raíz
eucarística de la comunión eclesial puede contribuir también eficazmente al
diálogo ecuménico con las Iglesias y con las Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Sede de Pedro. En efecto, la Eucaristía
establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia católica y
las Iglesias ortodoxas que han conservado la auténtica e íntegra naturaleza del
misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el relieve dado al carácter
eclesial de la Eucaristía puede convertirse también en elemento privilegiado en
el diálogo con las Comunidades nacidas de la Reforma.40
Eucaristía y
sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
16. El Concilio Vaticano II ha recordado que
" los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las
obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La
sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia,
es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los
hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y llevados
a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con
Cristo ".41 Esta relación
íntima de la Eucaristía con los otros sacramentos y con la existencia cristiana
se comprende en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia como
sacramento.42 A este
propósito, el Concilio Vaticano II afirma que " La Iglesia es en Cristo como un
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano ".43
Ella, como dice san Cipriano, en cuanto " pueblo convocado por el unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ", 44
es sacramento de la comunión trinitaria.
El hecho de que la Iglesia sea " sacramento universal de salvación "45 muestra cómo la " economía "
sacramental determina en último término el modo cómo Cristo, único Salvador,
mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en sus circunstancias
específicas. La Iglesia se recibe y al mismo tiempo se expresa en
los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios influye
concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se
convierta en culto agradable a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aquí
algunos elementos, señalados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a
comprender la relación de todos los sacramentos con el misterio eucarístico.
I. Eucaristía
e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
17. Puesto que la Eucaristía es
verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, el
camino de iniciación cristiana tiene como punto de referencia la posibilidad de
acceder a este sacramento. A este respecto, como han dicho los Padres
sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras comunidades cristianas se
percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que hay entre el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía.46
En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a
la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una
comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del
Bautismo, mediante el cual nos conformamos con Cristo, 47 nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en
hijos de Dios, es la puerta para todos los sacramentos. Con él se nos integra
en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1Co
12, 13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1Co 12) y para un mayor testimonio evangélico en el
mundo.48 Así pues, la
santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el
centro y el fin de toda la vida sacramental.49
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este respeto es necesario prestar
atención al tema del orden de los Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia
hay tradiciones diferentes. Esta diversidad se manifiesta claramente en las
costumbres eclesiales de Oriente, 50
y en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciación de los
adultos, 51 a diferencia de
la de los niños.52 Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de la propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1P 3, 15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de tener siempre presente que toda
la iniciación cristiana es un camino de conversión, que se debe recorrer con la
ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es
el adulto mismo quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares
de primera evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son
los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo
llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación
cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la
familia cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la
Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos
decisivos no sólo para la persona que los recibe sino también para toda la
familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad
eclesial, con la participación de sus diversos miembros.53 Quisiera subrayar aquí la importancia de la primera
Comunión. Para tantos fieles este día queda grabado en la memoria con razón
como el primer momento en que, aunque de modo todavía inicial, se percibe la
importancia del encuentro personal con Jesús. La pastoral parroquial debe
valorar adecuadamente esta ocasión tan significativa.
II. Eucaristía
y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
20. Los Padres sinodales han afirmado que el
amor a la Eucaristía lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la
Reconciliación.54 Debido a
la relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido
de la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial
(cf. 1Co 11, 27-29).
Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran
inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, 55 favoreciendo una actitud
superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para
acercarse dignamente a la comunión sacramental.56 En realidad, perder la conciencia de pecado comporta
siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor
mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro
del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo
tiempo la misericordia de Dios.57
Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el
pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una
herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo.
Por esto la Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es
laboriosus quidam baptismus, 58
subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión supone el
restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo
a la Eucaristía.59
Algunas observaciones pastorales
21. El Sínodo ha recordado que es cometido
pastoral del Obispo promover en su propia diócesis una firme recuperación de la
pedagogía de la conversión que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los
fieles la confesión frecuente. Todos los sacerdotes deben dedicarse con
generosidad, empeño y competencia a la administración del sacramento de la
Reconciliación.60 A este
propósito se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén
bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a los
Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la
Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a
los casos previstos, 61
siendo la celebración personal la única forma ordinaria.62 Frente a la necesidad de redescubrir el perdón
sacramental, debe haber siempre un Penitenciario 63 en todas las diócesis. En fin, una praxis
equilibrada y profunda de la indulgencia, obtenida para sí o para los
difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva toma de conciencia de la
relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la indulgencia se gana " la
remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo
referente a la culpa ".64 El
recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas
no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda
la comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, implicando, además
de la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, la de la comunión de los
santos, enseña " la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ".65 Esta práctica de la
indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino de conversión y
a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la vida cristiana, ya que
las condiciones que prevé su misma forma incluye el acercarse a la confesión y
a la comunión sacramental.
III.
Eucaristía y Unción de los enfermos
22. Jesús no ha enviado solamente a sus
discípulos a curar a los enfermos (cf. Mt
10, 8; Lc 9, 2; 10, 9),
sino que ha instituido también para ellos un sacramento específico: la Unción
de los enfermos.66 La
Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en
la primera comunidad cristiana (cf. 5, 14-16). Si la Eucaristía muestra cómo
los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción
de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo
ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal manera que él también pueda,
en el misterio de la comunión de los santos, participar en la redención del
mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta, además, en el momento
en que se agrava la enfermedad: " A los que van a dejar esta vida, la Iglesia
ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático ".67 En el momento de pasar al
Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como
semilla de vida eterna y potencia de resurrección: " El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día " (Jn 6, 54). Puesto que el santo
Viático abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario
asegurarle su recepción.68.
La atención y el cuidado pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio
espiritual de toda la comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más
pequeño se lo hemos hecho a Jesús mismo (cf. Mt 25, 40).
IV. Eucaristía
y sacramento del Orden
In persona Christi
capitis
23. La relación intrínseca entre Eucaristía y
sacramento del Orden se desprende de las mismas palabras de Jesús en el
Cenáculo: " haced esto en conmemoración mía " (Lc 22, 19). En efecto, la víspera de
su muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el
sacerdocio de la nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima y altar: mediador
entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb 5,
5-10), víctima de expiación (cf. 1Jn 2, 2; 4, 10) que se ofrece a sí
mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir " esto es mi cuerpo " y " éste
es el cáliz de mi sangre " si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El
Sínodo de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del sacerdocio
ordenado, tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio 69 como a la formación
de los candidatos.70 Ahora,
a la luz del diálogo tenido en la última Asamblea sinodal, creo oportuno
recordar algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante
todo, se ha de reafirmar que el vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía
se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el presbítero
en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición
imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.71 En efecto, " en el servicio eclesial del ministerio
ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su
cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor ".72 Ciertamente, el ministro
ordenado " actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la
oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico ".73 Es necesario, por tanto, que
los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus
opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento
de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la
identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que
esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos,
se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que
el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el
corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la
sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero
profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un
humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía san
Agustín, es amoris officium, 74
es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10, 14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los Padres sinodales han querido subrayar
que el sacerdocio ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración
con Cristo. Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es
necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado
justamente como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de
elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran
estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto,
esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo
conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios.75 El hecho de que Cristo
mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz
en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido
de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. Así pues, no basta con
comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales. En
realidad, representa una especial conformación con el estilo de vida del propio
Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una identificación con el
corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la gran
tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II 76 y con los Sumos Pontífices predecesores míos, 77 reafirmo la belleza y la
importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que
expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de
Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El
celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y dedición, es una grandísima
bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A propósito del vínculo entre el
sacramento del Orden y la Eucaristía, el Sínodo se ha detenido sobre la
preocupación que ocasiona en muchas diócesis la escasez de sacerdotes. Esto
ocurre no sólo en algunas zonas de primera evangelización, sino también en
muchos países de larga tradición cristiana. Ciertamente, una distribución del
clero más ecuánime favorecería la solución del problema. Es preciso, además,
hacer un trabajo de sensibilización capilar. Los Obispos han de implicar a los
Institutos de Vida consagrada y a las nuevas realidades eclesiales en las
necesidades pastorales, respetando su propio carisma, y pidan a todos los
miembros del clero una mayor disponibilidad para servir a la Iglesia allí dónde
sea necesario, aunque comporte sacrificio.78 En el Sínodo se ha discutido también sobre las
iniciativas pastorales que se han de emprender para favorecer, sobre todo en
los jóvenes, la apertura interior a la vocación sacerdotal. Esta situación no
se puede solucionar con simples medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los
Obispos, movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de clero, omitan
un adecuado discernimiento vocacional y admitan a la formación específica, y a
la ordenación, candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio
sacerdotal.79 Un clero no
suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido discernimiento,
difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar en otros el
deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La pastoral
vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en
todos sus ámbitos.80
Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso
a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don
de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En
síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la
radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es necesario tener mayor fe y esperanza
en la iniciativa divina. Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca
debe faltar la confianza de que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando
cualquier otra ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los
sagrados misterios, a la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral.
Deseo aprovechar esta ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia
entera, a todos los Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia
misión con dedicación y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia
es también para los diáconos, a los cuales se les impone las manos " no para el
sacerdocio sino para el servicio ".81
Como ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un agradecimiento especial
a los presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa
dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia,
edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida.82 En fin, hay que dar gracias
a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la propia
vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que significa
ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de testimonios conmovedores que pueden
inspirar a tantos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando
así la vida verdadera.
V. Eucaristía
y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La Eucaristía, sacramento de la caridad,
muestra una particular relación con el amor entre el hombre y la mujer unidos
en matrimonio. Profundizar en esta relación es una necesidad propia de nuestro
tiempo.83 El Papa Juan Pablo
II ha tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de la
Eucaristía y su peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: " La
Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo,
de la Esposa ".84 Por otra
parte, " toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y
de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio
nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de
bodas, la Eucaristía ".85 La
Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de
cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo conyugal
se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo
y la Iglesia esposa (cf. Ef 5, 31-32).
El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo, y que los
constituye en comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión
eucarística. En efecto, en la teología paulina, el amor esponsal es signo
sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto
culminante en la Cruz, expresión de sus " nupcias " con la humanidad y, al
mismo tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por eso, la Iglesia manifiesta
una cercanía espiritual particular a todos los que han fundado sus familias en
el sacramento del Matrimonio86. La
familia –iglesia doméstica 87
– es un ámbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente por el papel
decisivo respecto a la educación cristiana de los hijos.88 En este contexto, el Sínodo ha recomendado también
destacar la misión singular de la mujer en la familia y en la sociedad, una
misión que debe ser defendida, salvaguardada y promovida.89 Ser esposa y madre es una realidad imprescindible
que nunca debe ser menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28. Precisamente a la luz de esta relación
intrínseca entre matrimonio, familia y Eucaristía se pueden considerar algunos
problemas pastorales. El vínculo fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo
con la Iglesia, y que tiene su expresión sacramental en la Eucaristía, se
corresponde con el dato antropológico originario según el cual el hombre debe
estar unido de modo definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2, 24; Mt 19, 5). En este orden de ideas, el
Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la praxis pastoral respecto a
quien, proviniendo de culturas en que se practica la poligamia, se encuentra
con el anuncio del Evangelio. Quienes se hallan en dicha situación, y se abren
a la fe cristiana, deben ser ayudados a integrar su proyecto humano en la
novedad radical de Cristo. En el proceso del catecumenado, Cristo los asiste en
su condición específica y los llama a la plena verdad del amor a través de las
renuncias necesarias, en vista de la comunión eclesial perfecta. La Iglesia los
acompaña con una pastoral llena de comprensión y también de firmeza, 90 sobre todo enseñándoles la
luz de los misterios cristianos que se refleja en la naturaleza y los afectos
humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor
irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella
requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a
la que aspira todo verdadero amor.91
Por tanto, es más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha
dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran bastantes fieles que,
después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y
contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo,
una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera
creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la
verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar
espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.92 El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de
la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10, 2-12), de no admitir a los
sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición
de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia
que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados
vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia,
que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible,
cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo
con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental
contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es
preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico, 93 que haya tribunales eclesiásticos
en el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta
actuación.94 En cada
diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el
adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que " es una
obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los
tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ".95 Sin embargo, se ha de evitar que la preocupación
pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se
debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de
encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca
es abstracta, sino que " se integra en el itinerario humano y cristiano de cada
fiel ".96 Por esto, cuando
no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones
objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a
estos fieles a esforzarse en vivir su relación según las exigencias de la ley
de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa
eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que
semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los
pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la
bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles
sobre del valor del matrimonio.97
Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en
muchos países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la
formación de los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre
los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio.
Un discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes,
movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades
que luego no sabrían respetar.98
El bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la
familia fundada sobre él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de
este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que
deben ser promovidas y protegidas de cualquier equívoco posible sobre su
auténtica verdad, porque el daño que se les hace provoca de hecho una herida a
la convivencia humana como tal.
Eucaristía y
escatología
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es cierto que los sacramentos son una
realidad propia de la Iglesia peregrina en el tiempo99 hacia la plena manifestación de la victoria de
Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la
liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia
el cual se encamina todo hombre y toda la creación (cf. Rm 8, 19 ss.). El hombre ha
sido creado para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios
puede dar. Pero nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible, ya
desde ahora, experimentar algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo
hombre, para poder caminar en la justa dirección, necesita ser orientado hacia
la meta final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor,
vencedor del pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en
la Celebración eucarística. De este modo, aún siendo todavía como " extranjeros
y forasteros " (1P 2, 11) en
este mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida resucitada. El
banquete eucarístico, revelando su dimensión fuertemente escatológica, viene en
ayuda de nuestra libertad en camino.
El banquete escatológico
31. Reflexionando sobre este misterio,
podemos decir que, con su venida, Jesús se ha puesto en relación con la
expectativa del pueblo de Israel, de toda la humanidad y, en el fondo, de la
creación misma. Con el don de sí mismo, ha inaugurado objetivamente el tiempo
escatológico. Cristo ha venido para congregar al Pueblo de Dios disperso (cf.
Jn 11, 52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a
cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23, 3; 31, 10; Lc 1, 55.70). En la llamada de los
Doce, que tiene una clara relación con las doce tribus de Israel, y en el
mandato que se les hace en la última Cena, antes de su Pasión redentora, de
celebrar su memorial, Jesús ha manifestado que quería trasladar a toda la
comunidad fundada por Él la tarea de ser, en la historia, signo e instrumento
de esa reunión escatológica, iniciada en Él. Así pues, en cada Celebración
eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de
Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete
final, anunciado por los profetas (cf. Is
25, 6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como " las bodas del cordero
" (Ap 19, 7-9), que se ha de celebrar
en la alegría de la comunión de los santos.100
Oración por los difuntos
32. La Celebración eucarística, en la que
anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección, en la espera de su
venida, es prenda de la gloria futura en la que serán glorificados también
nuestros cuerpos. La esperanza de la resurrección de la carne y la posibilidad
de encontrar de nuevo, cara a cara, a quienes nos han precedido en el signo de
la fe, se fortalece en nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra
salvación. En esta perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera
recordar a todos los fieles la importancia de la oración de sufragio por los
difuntos, y en particular la celebración de santas Misas por ellos, 101 para que, una vez
purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión
escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en
nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm 5, 2; Tt 2, 13).
Eucaristía y la Virgen María.
33. La relación entre la Eucaristía y cada
sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en
su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto
espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos
nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra
esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que
todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María,
Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para
nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo,
nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace
pregustar ya desde ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental
con que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura
humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la
persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su
Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a
la Palabra divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada
instante ante la acción de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sintonía
con la voluntad divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de
Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo
(cf. Lc 2, 19.51). María es la
gran creyente que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios,
abandonándose a su voluntad.102
Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, " la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie
(cf. Jn 19, 25), sufrió
intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que,
llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima.
Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo
con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo ".103 Desde la Anunciación hasta la Cruz, María es
aquélla que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el
silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo
entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos " hasta el
extremo " (Jn 13, 1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y
Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al
sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales
han afirmado que " María inaugura la participación de la Iglesia en el
sacrificio del Redentor ".104
Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa
manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la
Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a
recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía.
SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
" Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi
Padre el que os da el verdadero pan del cielo " (Jn 6, 32)
Lex orandi y lex credendi
34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado
mucho sobre la relación intrínseca entre fe eucarística y celebración, poniendo
de relieve el nexo entre lex orandi y lex credendi, y subrayando
la primacía de la acción litúrgica. Es necesario vivir la Eucaristía
como misterio de la fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de
que " el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con
la acción litúrgica de la Iglesia ".105
En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden
sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica
nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe.
En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo
acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza y liturgia
35. La relación entre el misterio creído y
celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la
belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está
vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la
liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos
atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir san
Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes.106 Este atributo al que nos
referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y
nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros
mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor.107 Ya en la creación, Dios se
deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13, 5; Rm 1, 19-20). Encontramos después en
el Antiguo Testamento grandes signos del explendor de la potencia de Dios, que
se manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo
elegido (cf. Ex 14; 16, 10; 24, 12-18; Nm 14, 20-23). En el Nuevo Testamento
se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios en
Jesucristo.108 Él es la
plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo
resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1, 14; 8, 54; 12, 28; 17, 1). Sin
embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; " el más bello de los
hombres " (Sal 45[44], 33) es también, misteriosamente, quien no tiene "
aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante el cual se
ocultan los rostros " (Is 53, 2).
Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el
misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el
resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera
belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio
pascual.
La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente
de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la
tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de
aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y
Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante
ellos (cf. Mc 9, 2). La
belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más
bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su
revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la
acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La celebración eucarística,
obra del " Christus totus "
Christus totus in capite
et in corpore
36. La belleza intrínseca de la liturgia
tiene como sujeto propio a Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo
que, en su actuación, incluye a la Iglesia.109 En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las
palabras de san Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia
de la Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al
Misterio eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: "
Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios,
es el cuerpo de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz,
santificado por la palabra de Dios, es sangre de Cristo. Por medio de estas
cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y sangre, que derramó para la remisión
de nuestros pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo
que habéis recibido ".110
Por lo tanto, " no sólo nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo
mismo ".111 Podemos
contemplar así la acción misteriosa de Dios que comporta la unidad profunda
entre nosotros y el Señor Jesús: " En efecto, no se ha de creer que Cristo esté
en la cabeza sin estar también en el cuerpo, sino que está enteramente en la
cabeza y en el cuerpo ".112
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto que la liturgia eucarística es
esencialmente actio Dei que nos une a Jesús a través del Espíritu, su
fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la
moda del momento. En esto también es válida la afirmación indiscutible de san
Pablo: " Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo
" (1Co 3, 11). El Apóstol de
los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la Eucaristía, no
nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez, ha recibido (cf.
1Co 11, 23). En efecto, la
celebración de la Eucaristía implica la Tradición viva. A partir de la
experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia
celebra el Sacrificio eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo. Por este
motivo, al inicio, la comunidad cristiana se reúne el día del Señor para la
fractio panis. El día en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, el
domingo, es también el primer día de la semana, el día que según la tradición
veterotestamentaria representaba el principio de la creación. Ahora, el día de
la creación se ha convertido en el día de la " nueva creación ", el día de
nuestra liberación en el que conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.113
Ars celebrandi
38. En los trabajos sinodales se ha insistido
varias veces en la necesidad de superar cualquier posible separación entre el
ars celebrandi, es decir, el arte de celebrar rectamente, y la
participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el
primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el
Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es
la mejor premisa para la actuosa participatio.114 El ars celebrandi proviene de la obediencia
fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de
celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los
creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de
Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1P
2, 4-5.9).115
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de
Dios participa en la Liturgia eucarística, en el correcto ars celebrandi tienen
un papel imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos,
sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la
celebración como su deber principal.116
En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como " primer dispensador
de los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guía, el
promotor y custodio de toda la vida litúrgica ".117 Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia
particular, no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para que
toda celebración en su territorio sea legítima, sino también porque él mismo es
por excelencia el liturgo de su propia Iglesia.118 A él corresponde salvaguardar la unidad concorde de
las celebraciones en su diócesis. Por tanto, ha de ser un " compromiso del
Obispo hacer que los presbíteros, diáconos y los fieles comprendan cada vez
mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos litúrgicos, y así se les
guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y fructuosa ".119 En particular, exhorto a
cumplir todo lo necesario para que las celebraciones litúrgicas oficiadas por
el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente el ars celebrandi,
de modo que puedan ser consideradas como modelo para todas las iglesias de su
territorio.120
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40. Por consiguiente, al subrayar la
importancia del ars celebrandi, se pone de relieve el valor de las
normas litúrgicas.121 El
ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las
formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito,
los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la
celebración eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral
litúrgica se esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las
respectivas normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General
del Misal Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En
las comunidades eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y
aprecian, pero a menudo no es así. En realidad, son textos que contienen
riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios
a lo largo de dos milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi
es igualmente importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas
por la liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo,
colores litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su
naturaleza una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser
humano. La sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en
el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen más que la
artificiosidad de añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la
estructura propia del ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del
carácter de la Eucaristía como don, expresan la disposición del ministro para
acoger con dócil gratitud dicho don inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La relación profunda entre la belleza y
la liturgia nos lleva a considerar con atención todas las expresiones
artísticas que se ponen al servicio de la celebración.122 Un elemento importante del arte sacro es
ciertamente la arquitectura de las iglesias, 123 en las que debe resaltar la unidad entre los
elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede.
A este respecto, se ha de tener presente que el objetivo de la arquitectura
sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra los misterios de la fe, en
particular la Eucaristía, el espacio más apto para el desarrollo adecuado de su
acción litúrgica.124 En
efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica
misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son
las piedras vivas del templo (cf. 1P 2,
5).
El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y
la escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la
mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte
sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los
que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras
relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación
de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como
materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las
normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía
haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la
decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y
ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la
unidad de la fe y refuercen la devoción.125
El canto litúrgico
42. En el ars celebrandi desempeña un
papel importante el canto litúrgico.126
Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: " El hombre nuevo conoce el
cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos
atentamente, función de amor ".127
El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia,
en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos
que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no
podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha
de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no
respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe
estar en consonancia con la identidad propia de la celebración.128 Por consiguiente, todo – el texto, la melodía, la
ejecución – ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes
del rito y a los tiempos litúrgicos.129
Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones
tan loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore
adecuadamente el canto gregoriano130
como canto propio de la liturgia romana.131
Estructura de
la celebración eucarística
43. Después de haber recordado los elementos
básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales,
quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la
estructura de la celebración eucarística que requieren un especial cuidado en
nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación
litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran
tradición eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante todo, hay que considerar la unidad
intrínseca del rito de la santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la
catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión
yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística –además de los ritos de introducción y conclusión– " están
estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de culto ".132 En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están
intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe
(cf. Rm 10, 17); en la
Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual.133 Así pues, " la Iglesia
recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de
Dios y del Cuerpo de Cristo ".134
Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que
la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin
connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia
de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto,
recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la
proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos. Nunca
olvidemos que " cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios
mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio
".135 Si las circunstancias
lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles
a una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser
escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con
el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es
el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14),
y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su permanencia de
manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya
que Él mismo está presente en la acción litúrgica. En esta perspectiva
sacramental de la revelación cristiana, 136
el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en
toda su verdad la afirmación, según la cual " desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo ".137
Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los
tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas
pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas
bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una
experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la
salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en
la celebración eucarística.138
Homilía
46. La necesidad de mejorar la calidad de la
homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto,
ésta " es parte de la acción litúrgica "; 139 tiene el cometido de favorecer una mejor
comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso
los ministros ordenados han de " preparar la homilía con esmero, basándose en
un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura ".140 Han de evitarse homilías genéricas o
abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía
ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración
sacramental 141 y con la
vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y
vigor de la Iglesia.142 Se
ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la
homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a
los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los
grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los
cuatro " pilares " del Catecismo
de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de
la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración
cristiana.143
Presentación de las ofrendas
47. Los Padres sinodales han puesto también
su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un "
intervalo " entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras
razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes
interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido
muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es
asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre.144 En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que
todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su
auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas.
Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para
realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que
mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria eucarística
48. La Plegaria eucarística es " el centro y
la cumbre de toda la celebración ".145
Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias
eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición
viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación
General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos
fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación,
epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación,
intercesión y doxología conclusiva.146
En particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan
al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del
Espíritu Santo y el relato de la institución, 147 en la que " se realiza el sacrificio que el mismo
Cristo instituyó en la última Cena ".148
En efecto, " la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la
fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres
queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y
para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la
salvación de quienes la reciben ".149
Rito de la paz
49. La Eucaristía es por su naturaleza
sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la
celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata
indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14, 27). En nuestro tiempo, tan
lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la
sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más
como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y
para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el
corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y
reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad,
dirigiéndola a Aquél que " es nuestra paz " (Ef 2, 14), y que puede pacificar a
los pueblos e individuos aun cuando fracasan las iniciativas humanas. Por ello
se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en
la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de
los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede
adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea
precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del
gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima
adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los
más cercanos.150
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro momento de la celebración, al que es
necesario hacer referencia, es la distribución y recepción de la santa
Comunión. Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que,
debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la
Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto,
en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor
Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta,
me remito a los documentos emanados recientemente.151 Todas las comunidades cristianas han de atenerse
fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el
amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se
descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además
de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en
silencio.152
A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con
el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de
que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas
con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes,
asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde
hace años, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir
los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras
confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se
producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las
grandes ciudades de en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la
necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el
sentido de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se
den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre
el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir
la Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios.153
Despedida: " Ite, missa est "
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los
Padres sinodales han dicho sobre el saludo de despedida al final de la Celebración
eucarística. Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al
pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar
la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la
antigüedad, " missa " significaba simplemente " terminada ". Sin
embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La
expresión " missa " se transforma, en realidad, en " misión ". Este saludo
expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto,
conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice
en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil
disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la
bendición final que expresen dicha relación.154
Actuosa
participatio
Auténtica participación
52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis
particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de
Dios en la celebración eucarística.155
Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables
progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar
el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el
sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta
palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la
celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha
de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de
conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana.
Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum concilium, que
exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística " como espectadores
mudos o extraños ", sino a participar " consciente, piadosa y activamente en la
acción sagrada ".156 El
Concilio prosigue la reflexión: los fieles, " instruidos por la Palabra de
Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a
Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo
por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día
a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ".157
Participación y ministerio sacerdotal
53. La belleza y armonía de la acción
litúrgica se manifiestan de manera significativa en el orden con el cual cada
uno está llamado a participar activamente. Eso comporta el reconocimiento de
las diversas funciones jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil
recordar que, de por sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar
un ministerio particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los
fieles una confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas
funciones que corresponden a cada uno en la comunión eclesial.158 En particular, es preciso que haya claridad sobre
las tareas específicas del sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de
la Iglesia, quien preside de modo insustituible toda la celebración
eucarística, desde el saludo inicial a la bendición final. En virtud del Orden
sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, cabeza de la Iglesia y, en
la manera que le es propia, también a la Iglesia misma.159 En efecto, toda celebración de la Eucaristía está
dirigida por el Obispo, " ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus
colaboradores ".160 Es
ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la
celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el
Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la
oración universal, distribuir la Eucaristía a los fieles.161 En relación con estos ministerios vinculados al
sacramento del Orden, hay también otros ministerios para el servicio litúrgico,
que desempeñan religiosos y laicos preparados, lo que es de alabar.162
Celebración eucarística e inculturación
54. A partir de las afirmaciones
fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la
importancia de la participación activa de los fieles en el Sacrificio
eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones
apropiadas a los diversos contextos y culturas.163 El hecho de que haya habido algunos abusos no
disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con
las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de
Cristo en situaciones culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús,
precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre
perfecto (cf. Ga 4, 4), está en
relación directa no sólo con las expectativas expresadas en el Antiguo
Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha
manifestado que Dios quiere encontrarnos en nuestro contexto vital. Por tanto,
para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es
útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración
eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la
Ordenación General del Misal Romano, 164 interpretadas a la luz de los criterios fijados por
la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de
los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994, 165 y de las directrices dadas
por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa,
Ecclesia in
America, Ecclesia
in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa.166 Para
lograr este objetivo, encomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan
el adecuado equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas
adaptaciones, 167 siempre de
acuerdo con la Sede Apostólica.
Condiciones personales para una " actuosa participatio "
55. Al considerar el tema de la actuosa
participatio de los fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han
resaltado también las condiciones personales de cada uno para una fructuosa
participación.168 Una de
ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar
la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la
liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la
propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento
y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno
y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con
Dios permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a
los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos
Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su
totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor
de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos
también personalmente al altar para recibir la Comunión.169 No obstante, se ha de poner atención para que esta
afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como
si por el sólo hecho de encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga
ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun
cuando no es posible acercarse a la comunión sacramental, la participación en
la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En
estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo,
practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II 170 y recomendada por los
Santos maestros de la vida espiritual.171
Participación de los cristianos no católicos
56. Al tratar el tema de la participación nos
encontramos inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias
o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia
Católica. A este respecto, se ha de decir que la unión intrínseca que se da
entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por
un lado, el día en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo
la divina Eucaristía y expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que
Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17, 21). Por otro lado, el respeto
que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él
un simple " medio " que se usa indiscriminadamente para alcanzar esta misma
unidad.172 En efecto, la
Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino
que implica también la plena communio con la Iglesia. Éste es, pues, el
motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos
no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia
y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la comunión eucarística y la
comunión eclesial se corresponden tan íntimamente que hace imposible
generalmente por parte de los cristianos no católicos la participación en una
sin tener la otra. Menos sentido tendría aún una concelebración propia y
verdadera con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales no en plena
comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la
salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no
católicos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los
enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales,
caracterizadas por condiciones bien precisas.173 Éstas están indicadas claramente en el Catecismo
de la Iglesia Católica 174 y en su Compendio.175
Todos tienen el deber de atenerse fielmente a ellas.
Participación a través de los medios de comunicación social
57. Debido al gran desarrollo de los medios
de comunicación social, la palabra " participación " ha adquirido en las
últimas décadas un sentido más amplio que en el pasado. Todos reconocemos con
satisfacción que estos instrumentos ofrecen también nuevas posibilidades en lo
que se refiere a la Celebración eucarística.176 Eso exige a los agentes pastorales del sector una
preparación específica y un acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la
santa Misa que se transmite por televisión adquiere inevitablemente una cierta
ejemplaridad. Por tanto, se ha de poner una especial atención en que la
celebración, además de hacerse en lugares dignos y bien preparados, respete las
normas litúrgicas.
Por lo que se refiere al valor de la participación en la santa Misa que los
medios de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones ha de
saber que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical. En
efecto, el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce
en sí misma.177 Si es loable
que ancianos y enfermos participen en la santa Misa festiva a través de las
transmisiones radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien, mediante
tales transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración
eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.
" Actuosa participatio " de los enfermos
58. Teniendo presente la condición de los que
no pueden ir a los lugares de culto por motivos de salud o edad, quisiera
llamar la atención de toda la comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de
asegurar la asistencia espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su
casa como a los que están hospitalizados. En el Sínodo de los Obispos se ha
hecho referencia a ellos varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y
hermanas nuestros puedan recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al
reforzar así la relación con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su
propia vida integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante
la ofrenda del propio sufrimiento en unión con el sacrificio de nuestro Señor.
Se ha de reservar una atención particular a los discapacitados; si lo permite
su condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su participación en la
celebración en un lugar de culto. A este respecto, se ha de procurar que los
edificios sagrados no tengan obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso
de los minusválidos. Se ha de dar también la comunión eucarística, cuando sea
posible, a los discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben
la Eucaristía también en la fe de la familia o de la comunidad que los
acompaña.178
Atención a los presos
59. La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo
una indicación específica de Cristo (cf. Mt
25, 36), ha reconocido en la visita a los presos una de las obras de
misericordia corporal. Los que se encuentran en esta situación tienen una
necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en el sacramento de la
Eucaristía. Sentir la cercanía de la comunidad eclesial, participar en la
Eucaristía y recibir la santa Comunión en un período de la vida tan particular
y doloroso puede ayudar sin duda en el propio camino de fe y favorecer la plena
reinserción social de la persona. Interpretando los deseos manifestados en la
asamblea sinodal pido a las diócesis que, en lo posible, pongan los medios
adecuados para una actividad pastoral que se ocupe de atender espiritualmente a
los presos.179
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
60. Al plantearse el problema de los que se
ven obligados a dejar la propia tierra por diversos motivos, el Sínodo ha
expresado particular gratitud a los que se dedican a la atención pastoral de
los emigrantes. En este contexto, se ha de prestar una atención especial a los
emigrantes que pertenecen a las Iglesias católicas orientales y a los que,
lejos de su propia casa, tienen dificultades para participar en la liturgia
eucarística según el propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, se
les conceda poder ser asistidos por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido a
los Obispos que acojan en la caridad de Cristo a estos hermanos. El encuentro
entre los fieles de diversos ritos puede convertirse también en ocasión de
enriquecimiento recíproco. Pienso particularmente en el beneficio que puede
aportar, sobre todo para el clero, el conocimiento de las diversas tradiciones.180
Las grandes concelebraciones
61. La asamblea sinodal ha considerado la
calidad de la participación en las grandes celebraciones que tienen lugar en
circunstancias particulares, en las que, además de un gran número de fieles,
concelebran muchos sacerdotes.181
Por un lado, es fácil reconocer el valor de estos momentos, especialmente
cuando el Obispo preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro,
en estas circunstancias se pueden producir problemas por lo que se refiere a la
expresión sensible de la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria
eucarística y en la distribución de la santa Comunión. Se ha de evitar que
estas grandes concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de prever
modos adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera que
permita a los presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En
todo caso, se ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter
excepcional y limitadas a situaciones extraordinarias.
Lengua latina
62. No obstante, lo dicho anteriormente no
debe ofuscar el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso en las
celebraciones que tienen lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez
más frecuentes. Éstas han de ser valoradas debidamente. Para expresar mejor la
unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el
Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: 182 exceptuadas las
lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas
celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones
más conocidas 183 de la tradición
de la Iglesia y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general,
pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen
para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos
latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las
oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la
liturgia.184
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
63. Una situación muy distinta es la que se
da en algunas circunstancias pastorales en las que, precisamente para lograr
una participación más consciente, activa y fructuosa, se favorecen las
celebraciones en pequeños grupos. Aun reconociendo el valor formativo que
tienen estas iniciativas, conviene precisar que han de estar en armonía con el
conjunto del proyecto pastoral de la diócesis. En efecto, dichas experiencias
perderían su carácter pedagógico si se las considerara como antagonistas o
paralelas respecto a la vida de la Iglesia particular. A este respecto, el
Sínodo ha subrayado algunos criterios a los que atenerse: los grupos pequeños
han de servir para unificar la comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto
debe ser evaluado en la praxis concreta; estos grupos tienen que favorecer la
participación fructuosa de toda la asamblea y preservar en lo posible la unidad
de cada familia en la vida litúrgica.185
La celebración
participada interiormente
Catequesis mistagógica
64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia
nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse en
corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento
a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación
del mundo entero. Por este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que
los fieles tengan una actitud coherente entre las disposiciones interiores y
los gestos y las palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy
animadas que fueren, correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se
ha de promover una educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a
vivir personalmente lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio
personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos?
A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis
de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.186 En
particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi
y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que " la mejor
catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada ".187 En efecto, por su propia
naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles
en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario
formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar
la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter
de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con
Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en
los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis
y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía. De esta
estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la exigencia de un
itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres
elementos:
a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los
acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia.
Efectivamente, la celebración de la Eucaristía contiene en su infinita riqueza
continuas referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y
resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la
realidad (cf. Ef 1, 10). Desde
el principio, la comunidad cristiana ha leído los acontecimientos de la vida de
Jesús, y en particular el misterio pascual, en relación con todo el itinerario
veterotestamentario.
b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el
significado de los signos contenidos en los ritos. Este cometido es
particularmente urgente en una época como la actual, tan imbuida por la
tecnología, en la cual se corre el riesgo de perder la capacidad perceptiva de
los signos y símbolos. Más que informar, la catequesis mistagógica debe despertar
y educar la sensibilidad de los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos
que, unidos a la palabra, constituyen el rito.
c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el
significado de los ritos en relación con la vida cristiana en todas sus
facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la
actividad y el descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la
relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad
misionera de los fieles. En este sentido, el resultado final de la mistagogía
es tomar conciencia de que la propia vida es transformada progresivamente por
los santos misterios que se celebran. El objetivo de toda la educación
cristiana, por otra parte, es formar al fiel como " hombre nuevo ", con una fe
adulta, que lo haga capaz de testimoniar en el propio ambiente la esperanza
cristiana que lo anima.
Para desarrollar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa,
hay que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de
Dios ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana
está llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se
celebran en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado
la conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida
consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas,
pueden aportar un renovado impulso a la formación cristiana.188 También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga
la efusión de sus dones para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la
cual corresponde difundir la fe y educarla hasta su madurez.189
Veneración de la Eucaristía
65. Un signo convincente de la eficacia que
la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en
ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede
comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la
Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los
fieles.190 Pienso, en
general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante
los momentos principales de la plegaria eucarística. Para adecuarse a la
legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes
culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en
toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de
manera humilde en los signos sacramentales.
Adoración y
piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y
adoración
66. Uno de los momentos más intensos del
Sínodo fue cuando, junto con muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de
San Pedro para la adoración eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea
de los Obispos quiso llamar la atención, no sólo con palabras, sobre la
importancia de la relación intrínseca entre celebración eucarística y
adoración. En este aspecto significativo de la fe de la Iglesia se encuentra
uno de los elementos decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación
litúrgica querida por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus
primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la
relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo
Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la
observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado,
sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la
Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía
san Agustín: " nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit;
[...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes
adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos ".191 En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a
nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si
no la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma
el acto más grande de adoración de la Iglesia.192 Recibir la Eucaristía significa adorar al que
recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en
cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial.
La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la
misma celebración litúrgica. En efecto, " sólo en la adoración puede madurar
una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de
encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la
Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros,
sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros
".193
Práctica de la adoración eucarística
67. Por tanto, unido a la asamblea sinodal,
recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la
práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria.194 A este respecto, será de
gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la
importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con
mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en
los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que
se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la
formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera
Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar junto a
Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.
Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida
consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la
adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que
se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar
a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta
práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para
toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los
individuos y de las comunidades.
Formas de devoción eucarística
68. La relación personal que cada fiel
establece con Jesús, presente en la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con
toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su pertenencia al
Cuerpo de Cristo. Por eso, además de invitar a los fieles a encontrar
personalmente tiempo para estar en oración ante el Sacramento del altar, pido a
las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de adoración
comunitaria. Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción
eucarística ya existentes. Pienso, por ejemplo, en las procesiones
eucarísticas, sobre todo la procesión tradicional en la solemnidad del Corpus
Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta Horas, en los Congresos eucarísticos
locales, nacionales e internacionales, y en otras iniciativas análogas. Estas
formas de devoción, debidamente actualizadas y adaptadas a las diversas
circunstancias, merecen ser cultivadas también hoy.195
Lugar del sagrario en la iglesia
69. Sobre la importancia de la reserva
eucarística y de la adoración y veneración del sacramento del sacrificio de
Cristo, el Sínodo de los Obispos ha reflexionado sobre la adecuada colocación
del sagrario en nuestras iglesias.196
En efecto, esto ayuda a reconocer la presencia real de Cristo en el Santísimo
Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan las
especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en
la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de
tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las
iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en
el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y
adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante. En
las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del
presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el
presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro
punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al
sagrario, del cual debe cuidarse también el aspecto artístico. Obviamente, se
ha tener en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación General del
Misal Romano.197 En todo
caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.
TERCERA PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
" El Padre que vive me ha enviado y
yo vivo por el Padre;
del mismo modo, el que come, vivirá por mí " (Jn 6, 57)
Forma
eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12, 1)
70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha
hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que
" quien coma de este pan vivirá para siempre " (Jn 6, 51). Pero esta " vida eterna "
se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico
realiza en nosotros: " El que come vivirá por mí " (Jn 6, 57). Estas palabras de Jesús
nos permiten comprender cómo el misterio " creído " y " celebrado " contiene en
sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de
la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más
adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones
sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter
paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: " Soy el manjar de los
grandes: creces, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el
alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ".198 En efecto, no es el alimento eucarístico el que se
transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos
por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; " nos
atrae hacia sí ".199
La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y
culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el
inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía.200 A este respecto, las palabras
de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la
Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: "
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como
hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable " (Rm 12, 1). En esta exhortación se ve
la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión
con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros
cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada
desencarnado. A este propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que "
éste es el sacrificio de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un
solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del
altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que
en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ".201 En efecto, la doctrina católica afirma que la
Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y
por tanto de los fieles.202
La insistencia sobre el sacrificio – " hacer sagrado " – expresa aquí toda la
densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra
realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp
3, 12).
Eficacia integradora del culto eucarístico
71. El nuevo culto cristiano abarca todos los
aspectos de la vida, transfigurándola: " Cuando comáis o bebáis o hagáis
cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios " (1Co 10, 31). El cristiano está
llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí
toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La
Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible,
día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia
imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8, 29 s.).
Todo lo que hay de auténticamente humano – pensamientos y afectos, palabras y
obras – encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser
vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad
radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana
no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su
naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo.
El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las
circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser
vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de
Dios es el hombre viviente (cf. 1Co
10, 31). Y la vida del hombre es la visión de Dios.203
" Iuxta dominicam viventes " – Vivir según el domingo
72. Esta novedad radical que la Eucaristía
introduce en la vida del hombre ha estado presente en la conciencia cristiana
desde el principio. Los fieles han percibido en seguida el influjo profundo que
la Celebración eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de
Antioquía expresaba esta verdad calificando a los cristianos como " los que han
llegado a la nueva esperanza ", y los presentaba como los que viven " según el
domingo " (iuxta dominicam viventes).204 Esta fórmula del gran mártir antioqueno
ilumina claramente la relación entre la realidad eucarística y la vida
cristiana en su cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de
reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de
Cristo – según el relato de san Justino mártir 205 – es el hecho que define también la forma de la
existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio – "
vivir según el domingo " – subraya también el valor paradigmático que este día
santo posee respecto a cualquier otro día de la semana. En efecto, su
diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una
especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos
siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace
memoria de la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día
en que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a la que
está llamado a vivir constantemente. " Vivir según el domingo " quiere decir
vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia
vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste
plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente.
Vivir el precepto dominical
73. Los Padres sinodales, conscientes de este
nuevo principio de vida que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado
la importancia del precepto dominical para todos los fieles, como fuente de
libertad auténtica, para poder vivir cada día según lo que han celebrado en el
" día del Señor ". En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el
deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la
victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con
todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en
Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo
la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es
síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la
libertad de los hijos de Dios.206
A este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan
Pablo II en la Carta apostólica Dies Domini.207 a propósito de las
diversas dimensiones del domingo para los cristianos: es dies Domini, con referencia a
la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva creación y del
don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies Ecclesiae como
día en que la comunidad cristiana se congrega para la celebración; dies
hominis como día de alegría, descanso y caridad fraterna.
Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial en la que cada fiel,
en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido del
tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia y un
nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte.
Por tanto, es bueno que en el día del Señor los grupos eclesiales organicen en
torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones propias de la comunidad
cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para formar la fe de niños,
jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y diversos momentos de
oración. Ante estos valores tan importantes – aún cuando el sábado por la
tarde, desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al domingo y esté permitido
cumplir el precepto dominical– es preciso recordar que el domingo merece ser
santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día " vacío de Dios ".208
Sentido del descanso y del trabajo
74. Es particularmente urgente en nuestro
tiempo recordar que el día del Señor es también el día de descanso del trabajo.
Esperamos con gran interés que la sociedad civil lo reconozca también así, a
fin de que sea posible liberarse de las actividades laborales sin sufrir por
ello perjuicio alguno. En efecto, los cristianos, en cierta relación con el
sentido del sábado en la tradición judía, han considerado el día del Señor
también como el día del descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un
significado propio, al ser una relativización del trabajo, que debe
estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el
trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se emancipa de
una posible forma de esclavitud. Como he tenido ocasión de afirmar, " el
trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el
desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle
siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común.
Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el
trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y
definitivo de la vida ".209
En el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida
y también de la actividad laboral.210
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
75. Al profundizar en el sentido de la
Celebración dominical para la vida del cristiano, se plantea espontáneamente el
problema de las comunidades cristianas en las que falta el sacerdote y donde,
por consiguiente, no es posible celebrar la santa Misa en el día del Señor. A
este respecto, se ha de reconocer que nos encontramos ante situaciones bastante
diferentes entre sí. El Sínodo, ante todo, ha recomendado a los fieles
acercarse a una de las iglesias de la diócesis en que esté garantizada la
presencia del sacerdote, aún cuando eso requiera un cierto sacrificio.211 En cambio, allí donde las
grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación en la
Eucaristía dominical, es importante que las comunidades cristianas se reúnan
igualmente para alabar al Señor y hacer memoria del día dedicado a Él. Sin embargo,
esto debe realizarse en el contexto de una adecuada instrucción acerca de la
diferencia entre la santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de
sacerdote. La atención pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando
que la liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección de un diácono o de
un responsable de la comunidad, al que se le haya confiado debidamente este
ministerio por la autoridad competente, se cumpla según un ritual específico
elaborado por las Conferencias episcopales y aprobado por ellas para este fin.212 Recuerdo que corresponde a
los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la comunión en dichas
liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la opción. Además, se ha
de evitar que dichas asambleas provoquen confusión sobre el papel central del
sacerdote y la dimensión sacramental en la vida de la Iglesia. La importancia
del papel de los laicos, a los que se ha de agradecer su generosidad al
servicio de las comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el ministerio
insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia.213 Así pues, se ha de vigilar atentamente que las
asambleas sin sacerdote no den lugar a puntos de vista eclesiológicos en
contraste con la verdad del Evangelio y la tradición de la Iglesia. Es más,
deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande santos
sacerdotes según su corazón. A este respecto, es conmovedor lo que escribía el
Papa Juan Pablo II en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de
1979, recordando aquellos lugares en los que la gente, privada del sacerdote
por parte del régimen dictatorial, se reunía en una iglesia o santuario, ponía
sobre el altar la estola que conservaba todavía y recitaba las oraciones de la
liturgia eucarística, haciendo silencio " en el momento que corresponde a la
transustanciación desciende en medio de ellos ", dando así testimonio del ardor
con que " desean escuchar las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden
pronunciar eficazmente ".214
Precisamente en esta perspectiva, teniendo en cuenta el bien incomparable que
se deriva de la celebración del Sacrificio eucarístico, pido a todos los
sacerdotes una activa y concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo
posible las comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no
permanezcan demasiado tiempo sin el Sacramento de la caridad.
Una forma eucarística de la vida cristiana,
la pertenencia eclesial
76. La importancia del domingo como dies
Ecclesiae nos lleva a la relación intrínseca entre la victoria de Jesús
sobre el mal y sobre la muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En
efecto, en el Día del Señor todo cristiano descubre también la dimensión
comunitaria de la propia existencia redimida. Participar en la acción
litúrgica, comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo quiere decir, al mismo
tiempo, hacer cada vez más íntima y profunda la propia pertenencia a Él, que ha
muerto por nosotros (cf. 1Co 6, 19 s.;
7, 23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido
profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con el
Misterio eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una
connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los
hermanos y hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el
don eucarístico. " Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con
el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el
manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario ".215 Así pues, llamados a ser
miembros de Cristo y, por tanto, miembros los unos de los otros (cf. 1Co 12, 27), formamos una realidad
fundada ontológicamente en el Bautismo y alimentada por la Eucaristía, una
realidad que requiere una respuesta sensible en la vida de nuestras
comunidades.
La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y
comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su
pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las
parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio
particular. Asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades –con la
vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro
tiempo–, así como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de
ofrecer su contribución específica para favorecer en los fieles la percepción
de pertenecer al Señor (cf. Rm
14, 8). El fenómeno de la secularización, que comporta aspectos
marcadamente individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre todo en las
personas que se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El
cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una red de
relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la
Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo.
Espiritualidad y cultura eucarística
77. Es significativo que los Padres sinodales
hayan afirmado que " los fieles cristianos necesitan una comprensión más
profunda de las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La
espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción
al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera ".216 Esta consideración tiene hoy un particular
significado para todos nosotros. Se ha de reconocer que uno de los efectos más
graves de la secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe
cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil respecto al
desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir
" como si Dios no existiera " está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita
redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina
abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de
renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la
vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en
vida " según el Espíritu " (cf. Rm 8, 4
s.;. Ga 5, 16.25).
Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en
que invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la
necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: " Y no os ajustéis a
este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis
discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto "
(12, 2). De esta manera, el Apóstol de las gentes subraya la relación entre el
verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida
y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma
eucarística de la vida cristiana, " para que ya no seamos niños sacudidos por
las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina " (Ef 4, 14).
Eucaristía y evangelización de las culturas
78. De todo lo expuesto se desprende que el
Misterio eucarístico nos hace entrar en diálogo con las diferentes
culturas, aunque en cierto sentido también las desafía.217 Se ha de reconocer el carácter intercultural de este
nuevo culto, de esta logiké latreía. La presencia de Jesucristo y la
efusión del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden confrontarse siempre
con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente,
esto comporta el compromiso de promover con convicción la evangelización de las
culturas, con la conciencia de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre
y de toda la historia humana. La Eucaristía se convierte en criterio de
valorización de todo lo que el cristiano encuentra en las diferentes
expresiones culturales. En este importante proceso podemos escuchar las muy
significativas palabras de san Pablo que, en su primera Carta a los
Tesalonicenses, exhorta: " examinadlo todo, quedándoos con lo bueno " (5, 21).
Eucaristía y fieles laicos.
79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su
Cuerpo, todos los cristianos forman " una raza elegida, un sacerdocio real, una
nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del
que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa " (1P 2, 9). La Eucaristía, como
misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición en que se
encuentra, haciendo que viva cotidianamente la novedad cristiana en su
situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico alimenta y
acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por el cual
todos estamos llamados a la santidad, 218
esto debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o estados de
vida en que se encuentra cada cristiano. Éste, viviendo la propia vida como
vocación, se convierte día tras día en culto agradable a Dios. Ya desde la
reunión litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía nos compromete en la realidad
cotidiana para que todo se haga para gloria de Dios.
Puesto que el mundo es " el campo " (Mt
13, 38) en el que Dios pone a sus hijos como buena semilla, los laicos
cristianos, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, y fortalecidos por la
Eucaristía, están llamados a vivir la novedad radical traída por Cristo
precisamente en las condiciones comunes de la vida.219 Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía
influya cada vez más profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en
testigos visibles en su propio ambiente de trabajo y en toda la sociedad.220 Animo de modo particular a
las familias para que este Sacramento sea fuente de fuerza e inspiración. El
amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se
revelan como ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su
capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido.221 Los Pastores siempre han de apoyar, educar y animar
a los fieles laicos a vivir plenamente su propia vocación a la santidad en el
mundo, al que Dios ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo para que se
salve por Él (cf. Jn 3, 16).
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
80. La forma eucarística de la existencia
cristiana se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La
espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística. La semilla de esta
espiritualidad se puede encontrar ya en las palabras que el Obispo pronuncia en
la liturgia de la Ordenación: " Recibe la ofrenda del pueblo santo para
presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y
conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor ".222 El sacerdote, para dar a su vida una forma
eucarística cada vez más plena, ya en el período de formación y luego en los
años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida espiritual.223 Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador
de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los
hombres. Una vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en
comunión con el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo
su testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por
esto, junto con los Padres del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes " la
celebración cotidiana de la santa Misa, aun cuando no hubiera participación de
fieles ".224 Esta
recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito
de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular
eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es
formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la
conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación.
Eucaristía y vida consagrada
81. En el contexto de la relación entre la
Eucaristía y las diversas vocaciones eclesiales resplandece de modo particular
" el testimonio profético de las consagradas y de los consagrados, que
encuentran en la Celebración eucarística y en la adoración la fuerza para el
seguimiento radical de Cristo obediente, pobre y casto ".225 Los consagrados y las consagradas, incluso
desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana y en la
atención a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, saben
que el objetivo principal de su vida es " la contemplación de las cosas divinas
y la unión asidua con Dios ".226
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en
el orden del ser que en el del hacer. En este contexto, quisiera subrayar la
importancia del testimonio virginal precisamente en relación con el misterio de
la Eucaristía. En efecto, además de la relación con el celibato sacerdotal, el
Misterio eucarístico manifiesta una relación intrínseca con la virginidad
consagrada, ya que es expresión de la consagración exclusiva de la Iglesia a
Cristo, que ella con fidelidad radical y fecunda acoge como a su Esposo.227 La virginidad consagrada
encuentra en la Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total a
Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso para ser, también
en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios para con la
humanidad. A través de su testimonio específico, la vida consagrada se
convierte objetivamente en referencia y anticipación de aquellas " bodas del
Cordero " (Ap 19, 7-9), meta de
toda la historia de la salvación. En este sentido, es una llamada eficaz al
horizonte escatológico que todo hombre necesita para poder orientar sus propias
opciones y decisiones de vida.
Eucaristía y transformación moral
82. Descubrir la belleza de la forma
eucarística de la vida cristiana nos lleva a reflexionar también sobre la
fuerza moral que dicha forma produce para defender la auténtica libertad de los
hijos de Dios. Con esto deseo recordar una temática surgida en el Sínodo sobre
la relación entre forma eucarística de la vida y transformación moral.
El Papa Juan Pablo II afirmaba que la vida moral " posee el valor de un ‘‘culto
espiritual'' (Rm 12, 1; cf. Flp 3, 3) que nace y se alimenta de
aquella inagotable fuente de santidad y glorificación de Dios que son los
sacramentos, especialmente la Eucaristía; en efecto, participando en el
sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y
se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y
comportamientos de vida ".228
En definitiva, " en el ‘‘culto'' mismo, en la comunión eucarística, está
incluido a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no
comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma ".229
Esta referencia al valor moral del culto espiritual no se ha de interpretar
en clave moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del dinamismo del
amor en el corazón que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la
verdadera libertad. La transformación moral que comporta el nuevo culto
instituido por Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder al
amor del Señor con todo el propio ser, no obstante la conciencia de la propia
fragilidad. Todo esto está bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo
(cf. Lc 19, 1-10). Después de
haber hospedado a Jesús en su casa, el publicano se ve completamente
transformado: decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro
veces más a quienes había robado. El impulso moral, que nace de acoger a Jesús
en nuestra vida, brota de la gratitud por haber experimentado la inmerecida
cercanía del Señor.
Coherencia eucarística
83. Es importante notar lo que los Padres
sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada
objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un
acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al
contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale
para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes,
por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre
valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su
concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre
hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien
común en todas sus formas.230
Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores
católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse
particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para
presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza
humana.231 Esto tiene además
una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1Co 11, 27-29). Los Obispos han de
llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su
responsabilidad para con la grey que se les ha confiado.232
Eucaristía,
misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión
84. En la homilía durante la Celebración
eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro,
decía: " Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el
Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la
amistad con él ".233 Esta
afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico.
En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el
Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el
mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la
Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también
de su misión: " Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera
".234 También nosotros
podemos decir a nuestros hermanos con convicción: " Eso que hemos visto y oído
os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros " (1Jn 1, 3). Verdaderamente, nada hay
más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. Además, la
institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el corazón de la misión
de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3, 16-17; Rm 8, 32). En la última Cena Jesús
confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha
hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros.
No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese
movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a
llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte
constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.
Eucaristía y testimonio
85. La misión primera y fundamental que
recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con
nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo imprime en
nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor.
Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de
ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio
con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia,
invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios,
por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el
testigo fiel y veraz (cf. Ap 1, 5;
3, 14); ha venido para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18, 37). Con estas reflexiones
deseo recordar un concepto muy querido por los primeros cristianos, pero que
también nos afecta a nosotros, cristianos de hoy: el testimonio hasta el don de
sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado siempre en la historia de la
Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual: " Presentar vuestros cuerpos
" (Rm 12, 1). Se puede
recordar, por ejemplo, el relato del martirio de san Policarpo de Esmirna,
discípulo de san Juan: todo el acontecimiento dramático es descrito como una
liturgia, más aún como si el mártir mismo se convirtiera en Eucaristía.235 Pensemos también en la
conciencia eucarística que Ignacio de Antioquía expresa ante su martirio: él se
considera " trigo de Dios " y desea llegar a ser en el martirio " pan puro de
Cristo ".236 El cristiano
que ofrece su vida en el martirio entra en plena comunión con la Pascua de
Jesucristo y así se convierte con Él en Eucaristía. Tampoco faltan hoy en la
Iglesia mártires en los que se manifiesta de modo supremo el amor de Dios. Sin
embargo, aun cuando no se requiera la prueba del martirio, sabemos que el culto
agradable a Dios implica también interiormente esta disponibilidad, 237 y se manifiesta en el
testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente
allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.
Jesucristo, único Salvador
86. Subrayar la relación intrínseca entre
Eucaristía y misión nos ayuda a redescubrir también el contenido último de
nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón
del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a
Cristo. No es sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su
misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado
todavía bastante. La Eucaristía, como sacramento de nuestra salvación, nos
lleva a considerar de modo ineludible la unicidad de Cristo y de la salvación
realizada por Él a precio de su sangre. Por tanto, la exigencia de educar
constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo centro es el anuncio de
Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico, creído y celebrado.238 Así se evitará que se
reduzca a una interpretación meramente sociológica la decisiva obra de
promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización.
Libertad de culto
87. En este contexto, deseo hablar de lo que
los Padres han afirmado durante la asamblea sinodal sobre las graves
dificultades que afectan a la misión de aquellas comunidades cristianas que viven
en condiciones de minoría o incluso privadas de la libertad religiosa.239 Realmente debemos dar
gracias al Señor por todos los Obispos, sacerdotes, personas consagradas y
laicos, que se esfuerzan por anunciar el Evangelio y viven su fe arriesgando la
propia vida. En muchas regiones del mundo el mero hecho de ir a la Iglesia es
un testimonio heroico que expone a las personas a la marginación y a la
violencia. En esta ocasión, deseo confirmar también la solidaridad de toda la
Iglesia con los que sufren por la falta de libertad de culto. Allí dónde falta
la libertad religiosa, lo sabemos, falta en definitiva la libertad más
significativa, ya que en la fe el hombre expresa su íntima convicción sobre el
sentido último de su propia vida. Pidamos, pues, que aumenten los espacios de
libertad religiosa en todos los Estados, para que los cristianos, así como
también los miembros de otras religiones, puedan vivir personal y
comunitariamente sus convicciones libremente.
Eucaristía,
misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo
88. " El pan que yo daré es mi carne para la
vida del mundo " (Jn 6, 51).
Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de la propia
vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él
tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los
sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y
los pecadores (cf. Mt 20, 34; Mc 6, 54; Lc 9, 41). Mediante un sentimiento
profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los
hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística
actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la
Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía
Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana.
Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con
el prójimo, que " consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a
la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a
cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido
en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a
mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la
perspectiva de Jesucristo ".240
De ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por
los que el Señor ha dado su vida amándolos " hasta el extremo " (Jn 13, 1). Por consiguiente, nuestras
comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes
de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía
impulsa a todo el que cree en Él a hacerse " pan partido " para los demás y,
por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la
multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue
exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: "
dadles vosotros de comer " (Mt 14, 16).
En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con
Jesús, pan partido para la vida del mundo.
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
89. La unión con Cristo que se realiza en el
Sacramento nos capacita también para nuevos tipos de relaciones sociales: " la
‘‘mística'' del Sacramento tiene un carácter social ". En efecto, " la unión
con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se
entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en
unión con todos los que son suyos o lo serán "241 A este respecto, hay que explicitar la relación
entre Misterio eucarístico y compromiso social. La Eucaristía es sacramento de
comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual
ha hecho de judíos y paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que
los separaba (cf. Ef 2, 14).
Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación permite comulgar dignamente
con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Mt
5, 23- 24).242
Cristo, por el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los
hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que
aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la
justicia. No hay duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera
son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón.243 De esta toma de conciencia nace
la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el
respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. La
Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este compromiso, transforma en
vida lo que ella significa en la celebración. Como he tenido ocasión de
afirmar, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una batalla política
para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo, tampoco puede ni debe
quedarse al margen de la lucha por la justicia. La Iglesia " debe insertarse en
ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas
espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias,
no puede afirmarse ni prosperar ".244
En la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos, los
Padres sinodales han recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de
liberación que nos interpela y provoca continuamente. Dirijo por tanto una
llamada a todos los fieles para que sean realmente operadores de paz y de
justicia: " En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en
construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de
modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la
explotación sexual ".245
Todos estos problemas, que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son
los que despiertan viva preocupación. Sabemos que estas situaciones no se
pueden afrontar de un manera superficial. Precisamente, gracias al Misterio que
celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del
hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan
alto de cada persona.
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
90. No podemos permanecer pasivos ante
ciertos procesos de globalización que con frecuencia hacen crecer
desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre ricos y pobres. Debemos
denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades
que claman al cielo (cf. St 5, 4).
Por ejemplo, es imposible permanecer callados ante " las imágenes
sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas
partes del mundo— acogidos en precarias condiciones para librarse de una suerte
peor, pero necesitados de todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos
y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas
legítimas de felicidad que los demás? ".246
El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las
situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son
situaciones cuya causa implica a menudo un clara e inquietante responsabilidad
por parte de los hombres. En efecto, " se puede afirmar, sobre la base de datos
estadísticos disponibles, que menos de la mitad de las ingentes sumas
destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de
manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres. Esto
interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por la verdad puede
y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven bajo el umbral de
la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las relaciones
internacionales políticas, comerciales y culturales, que por circunstancias
incontroladas ".247
El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas
del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por
falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la
construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el
principio compartir sus bienes (cf. Hch
4, 32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15, 26). La colecta en las
asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es también
una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia, en
particular Caritas en sus diversos ámbitos, desarrollan el precioso
servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres.
Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el sacramento de la
caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo encomio
y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.
Doctrina social de la Iglesia
91. El misterio de la Eucaristía nos capacita
e impulsa a un trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles
aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de
Dios. La oración que repetimos en cada santa Misa: " Danos hoy nuestro pan de
cada día ", nos obliga a hacer todo lo posible, en colaboración con las
instituciones internacionales, estatales o privadas, para que cese o al menos
disminuya en el mundo el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren
tantos millones de personas, especialmente en los Países en vías de desarrollo.
El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está
llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para
que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante
una educación concreta a la caridad y a la justicia. Por eso, como ha pedido el
Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a
conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas.248 En este precioso patrimonio, procedente de la más
antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda
sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales
candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se
caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos
equívocos o utopías ilusorias.
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación
92. Para desarrollar una profunda
espiritualidad eucarística que pueda incidir también de manera significativa en
el campo social, se requiere que el pueblo cristiano tenga conciencia de que,
al dar gracias por medio de la Eucaristía, lo hace en nombre de toda la
creación, aspirando así a la santificación del mundo y trabajando intensamente
para tal fin.249 La
Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo
el cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo
acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se
comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma eucarística de la
vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el
modo de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa a todo esto
cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una
oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, " fruto de la tierra
", " de la vid " y del " trabajo del hombre ". Con estas palabras, además de
incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito
nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo
necesario para nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera
materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano.
Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros
estamos llamados a ser hijos e hijas en el Unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1, 4-12). La fundada preocupación
por las condiciones ecológicas en que se encuentra la creación en muchas partes
del mundo encuentra motivos de tranquilidad en la perspectiva de la esperanza
cristiana, que nos compromete a actuar responsablemente en defensa de la
creación.250 En efecto, en
la relación entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de
Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la "
nueva creación ", inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella
participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2, 12 s.), y así se le abre
a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del
mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén
baja del cielo, desde Dios, " ataviada como una novia que se adorna para su
esposo " (Ap 21, 2).
Utilidad de un Compendio eucarístico
93. Al final de estas reflexiones, en las que
he querido fijarme en las orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger
también una petición que hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a
creer, celebrar y vivir cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por
los Dicasterios competentes se publicará un Compendio que recogerá
textos del Catecismo de la
Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas
del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión,
celebración y adoración del Sacramento del altar.251 Espero que este instrumento ayude a que el memorial
de la Pascua del Señor se convierta cada vez más en fuente y culmen de la vida
y de la misión de la Iglesia. Esto impulsará a cada fiel a hacer de su propia
vida un verdadero culto espiritual.
CONCLUSIÓN
94. Queridos hermanos y hermanas, la
Eucaristía es el origen de toda forma de santidad, y todos nosotros estamos
llamados a la plenitud de vida en el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho
auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística! Desde san Ignacio de
Antioquía a san Agustín, de san Antonio Abad a san Benito, de san Francisco de
Asís a santo Tomás de Aquino, de santa Clara de Asís a santa Catalina de Siena,
de san Pascual Bailón a san Pedro Julián Eymard, de san Alfonso María de
Ligorio al beato Carlos de Foucauld, de san Juan María Vianney a santa Teresa
de Lisieux, de san Pío de Pietrelcina a la beata Teresa de Calcuta, del beato Piergiorgio
Frassati al beato Iván Mertz, sólo por citar algunos de los numerosos nombres.
La santidad ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía.
Por eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con
devoción y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que
Jesús hace en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de
nuestra vida está en la participación en la vida trinitaria, que en Él se nos
ofrece de manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la
Eucaristía nos permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a
él hasta unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la
comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada
hombre, son aspectos imprescindibles de la logiké latreía, del culto
espiritual, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12, 1), en el que toda nuestra
realidad humana concreta se transforma para su gloria. Invito, pues, a todos
los pastores a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad
cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos
los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos servicios,
realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo para el propio
camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos los laicos, en
particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor
de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la
presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que
manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la belleza de
pertenecer totalmente al Señor.
95. A principios del s. IV, el culto
cristiano estaba todavía prohibido por las autoridades imperiales. Algunos
cristianos del Norte de África, que se sentían en la obligación de celebrar el
día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron martirizados mientras
declaraban que no les era posible vivir sin la Eucaristía, alimento del Señor: sine
dominico non possumus.252
Que estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho
de la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la
fidelidad al encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir
sin participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta
dominicam viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día
del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué
tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por
Cristo con el misterio de la Eucaristía?
96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca
de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del
Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia realizada del
modo más perfecto. La Iglesia ve en María, " Mujer eucarística " – como la ha
llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II 253
-, su icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida
eucarística. Por eso, en presencia del " verum Corpus natum de Maria Virgine
" sobre el altar, el sacerdote, en nombre de la asamblea litúrgica, afirma con
las palabras del canon: " Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa
siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor ".254 Su santo nombre se invoca y
venera también en los cánones de las tradiciones cristianas orientales. Los
fieles, por su parte, " encomiendan a María, Madre de la Iglesia, su vida y su
trabajo. Esforzándose por tener los mismos sentimientos de María, ayudan a toda
la comunidad a vivir como ofrenda viva, agradable al Padre ".255 Ella es la Tota pulchra, Toda hermosa, ya
que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la
liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un
fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a convertirnos en personas
eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros, según la
expresión de san Pablo, " inmaculados " ante el Señor, tal como Él nos ha
querido desde el principio (cf. Col 1,
21; Ef 1, 4).256
97. Que el Espíritu Santo, por intercesión de
la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los
discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35),
y renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza
que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia
del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y volvieron de
prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los hermanos y hermanas en la
fe. En efecto, la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda
entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La Eucaristía nos hace
descubrir que Cristo muerto y resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el
misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio
de amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa
Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra
con la que Jesús se despidió de sus discípulos: " Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta al fin del mundo " (Mt
28, 20).
En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del
Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.
Notas:
1 Cf. Sto. Tomás de
Aquino, Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3.
2In
Iohannis Evangelium Tractatus, 26, 5: PL 35, 1609.
3 A los participantes
en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe (10
febrero 2006): AAS 98 (2006), 255.
4 Discurso a los
participantes en la III reunión del XI Consejo Ordinario del Sínodo de los
Obispos (1 junio 2006): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española
(9 junio 2006), p. 18.
5 Cf. Propositio 2.
6 Me refiero a la
necesidad de una hermenéutica de la continuidad con referencia también a una
correcta lectura del desarrollo litúrgico después del Concilio Vaticano II: cf.
Discurso a la Curia Romana (22
diciembre 2005): AAS 98 (2006), 44-45.
7 Cf. AAS
97(2005), 337-352.
8 Cf. Año de la
Eucaristía. Sugerencias y propuestas (14 octubre 2004): L'Osservatore
Romano (15 octubre 2004), Suplemento.
9 Cf. AAS 95(2003),
433-475. Recuérdese también la Instrucción de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004): AAS 96 (2004), 549-601, querida
expresamente por Juan Pablo II.
10 Por recordar sólo los
principales: Conc. Ecum. de Trento, Doctrina et canones de ss. Missae
sacrificio, DS 1738-1759; León XIII, Carta enc. Mirae Caritatis
(28 mayo 1902): ASS (1903), 115- 136, 115-136; Pío XII, Carta enc. Mediator
Dei (20 noviembre 1947): AAS 39 (1947), 521-595; Pablo VI, Carta
enc. Mysterium Fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 753-774;
Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia
de Eucharistia (17 abril 2003): AAS 95(2003), 433-475;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Eucharisticum
mysterium (25 mayo 1967): AAS 59 (1967), 539-573; Instr.
Liturgiam authenticam (28 marzo 2001): AAS 93 (2001), 685-726.
11 Cf. Propositio 1.
12 N.
14: AAS 98 (2006), 229.
13 Catecismo de la
Iglesia Católica, 1327.
14 Propositio
16.
15 Homilía en la Misa
de toma de posesión de la Cátedra de Roma (7 mayo 2005): AAS 97 (2005),
752.
16 Cf. Propositio 4.
17 De Trinitate, VIII,
8, 12: CCL 50, 287.
18 Carta enc. Deus
caritas est (25 diciembre
2005), 12: AAS 98 (2006), 228.
19 Cf. Propositio 3.
20 Breviario Romano, Himno
en el Oficio de lectura de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo.
21 Carta enc. Deus
caritas est (25 diciembre
2005), 13: AAS 98 (2006), 228.
22 Homilía en la
explanada de Marienfeld (21
agosto 2005): AAS 97 (2005), 891-892.
23 Cf. Propositio 3.
24 Cf. Misal Romano, Plegaria
Eucarística IV.
25Catequesis XXIII, 7: PG 33, 1114s.
26 Cf. Sobre el
sacerdocio, VI, 4: PG 48, 681.
27 Ibíd., III,
4: PG 48, 642.
28 Propositio
22.
29 Cf. Propositio
42: " Este encuentro eucarístico se realiza en el Espíritu Santo que nos
transforma y santifica. Él despierta en el discípulo la decidida voluntad de
anunciar con audacia a los demás lo que se ha escuchado y vivido, para
acompañarlos al mismo encuentro con Cristo. De este modo, el discípulo, enviado
por la Iglesia, se abre a una misión sin fronteras ".
30Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 3; véase, por ejemplo, S. Juan
Crisóstomo, Catequesis 3, 13-19: SC 50, 174-177.
31 Juan Pablo II, Carta
enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 1: AAS 95(2003) 433.
32 Ibíd., 21: AAS
95 (2003), 447.
33 Cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316; Carta ap. Dominicae Cenae
(24 febrero 1980), 4: AAS 72 (1980), 119-121.
34 Cf. Propositio 5.
35 Cf. Sto. Tomás de
Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4.
36 N.
38: AAS 95 (2003), 458.
37 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, 23.
38 Congregación para la
Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, sobre algunos aspectos de la
Iglesia como comunión (28 mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844-845.
39 Propositio 5: "
El término “católico” expresa la universalidad que proviene de la unidad que la
Eucaristía, que se celebra en cada Iglesia, favorece y edifica. En la Eucaristía,
las Iglesias particulares tienen el papel de hacer visible en la Iglesia
universal su propia unidad y su diversidad. Esta relación de amor fraterno deja
entrever la comunión trinitaria. Los concilios y los sínodos expresan en la
historia este aspecto fraterno de la Iglesia ".
40 Cf. ibíd.
41 Decr.Presbyterorum ordinis, 5.
42Cf.
Propositio 14.
43Const.
dogm. Lumen gentium, 1.
44De Orat. Dom., 23: PL 4, 553.
45Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen
gentium, 48; cf. también ibíd., 9.
46Cf.
Propositio 13.
47Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 7.
48 Cf. ibíd., 11;
Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 9.13.
49 Cf. Juan Pablo II,
Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 7: AAS 72 (1980),
124-127; Conc. Ecum. Vat. II,
Decr.Presbyterorum ordinis, 5.
50 Cf. Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 710.
51 Cf. Rito de la
iniciación cristiana de los adultos, Introd. gen., n. 34-36.
52 Cf. Rito del
Bautismo de los niños, Introd. n. 18-19.
53 Cf. Propositio
15.
54 Cf. Propositio
7. Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 36: AAS 95 (2003),
457-458.
55 Cf. Juan Pablo II, Exhort.
ap. postsinodal Reconciliatio
et paenitentia (2 diciembre 1984), 18: AAS 77 (1985), 224-228.
56 Cf. Catecismo de la
Iglesia Católica, 1385.
57 A este respecto, se
puede pensar en el Confiteor o en las palabras del sacerdote y de la
asamblea antes de acercarse al altar: " Señor, no soy digno de que entres en
mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme ". La liturgia prevé
justamente algunas oraciones muy bellas para el sacerdote, transmitidas por la
tradición y que le recuerdan la necesidad de ser perdonado, como, por ejemplo,
las que se pronuncian en voz baja antes de invitar a los fieles a la comunión
sacramental: " líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de
todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y
jamás permitas que me separe de ti ".
58 Cf. S. Juan Damasceno,
Sobre la recta fe, IV, 9: PG 94, 1124C; S. Gregorio Nacianceno, Discurso
39, 17: PG 36, 356A; Conc. Ecum. de Trento, Doctrina de sacramento
paenitentiae, cap. 2: DS 1672.
59Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm.Lumen gentium, 11; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Reconciliatio
et paenitentia (2 diciembre 1984), 30: AAS 77 (1985), 256-257.
60 Cf. Propositio 7.
61 Cf. Juan Pablo II,
Motu proprio Misericordia
Dei (7 abril 2002): AAS 94 (2002), 452-459.
62 Junto con los Padres
sinodales, recuerdo que las celebraciones penitenciales no sacramentales,
mencionadas en el ritual del sacramento de la Reconciliación, pueden ser útiles
para aumentar el espíritu de conversión y de comunión en las comunidades
cristianas, preparando así los corazones a la celebración del sacramento: cf. Propositio
7.
63 Cf. Código de
Derecho Canónico, can. 508.
64 Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum
doctrina (1 enero 1967), Normae, n. 1: AAS 59 (1967), 21.
65 Ibíd., 9:
AAS 59 (1967), 18-19.
66 Cf. Catecismo de la
Iglesia Católica, 1499-1531.
67 Ibíd.,
1524.
68 Cf. Propositio
44.
69 Cf. Sínodo de los
Obispos, II Asamblea General, Documento sobre el sacerdocio ministerial
Ultimis temporibus (30 noviembre 1971): AAS 63 (1971), 898-942.
70 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 42-69: AAS
84 (1992), 729-778.
71Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 10; Congregación para la Doctrina
de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones concernientes al ministro de la
Eucaristía Sacerdotium ministeriale (6 agosto 1983): AAS 75
(1983), 1001-1009.
72 Catecismo de la
Iglesia Católica, 1548.
73Ibíd., 1552.
74Cf. In
Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: PL 35, 1967.
75Cf. Propositio 11.
76Cf. Decr. Presbyterorum ordinis,
16.
77 Cf. Juan XXIII, Carta
enc.Sacerdotii nostri primordia (1 agosto 1959): AAS 51 (1959),
545-579; Pablo VI, Carta enc.Sacerdotalis coelibatus (24 junio 1967):
AAS 59 (1967), 657-697; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores
dabo vobis (25 marzo 1992), 29: AAS
84 (1992), 703-705; Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana ( 22
diciembre 2006): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (29
diciembre 2006), p. 7.
78 Cf. Propositio
11.
79Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Optatam totius, 6;
Código de Derecho Canónico, can. 241, § 1 y can. 1029; Código de los Cánones de
las Iglesias Orientales, can. 342,
§ 1 y can. 758; Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992) 11.34.50: AAS
84 (1992), 673-675; 712-714; 746-748; Congregación para el Clero, Directorio
para el ministerio y la vida de los presbíteros Dives Ecclesiae (31
marzo 1994), 58: LEV,
1994, pp. 56-58; Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los
criterios de discernimiento vocacional sobre las personas con tendencias
homosexuales con vistas a su admisión al Seminario y a las Órdenes sagradas (4
noviembre 2005): AAS 97 (2005), 1007-1013.
80 Cf. Propositio
12; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo
1992) 41: AAS
84 (1992), 726-729.
81Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29.
82Cf. Propositio 38.
83 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Familiaris
consortio (22 noviembre 1981), 57: AAS 74 (1982), 149-150.
84 Carta ap.Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS
80 (1988), 1715-1716.
85 Catecismo de la
Iglesia Católica, 1617.
86Cf. Propositio
8.
87Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11.
88Cf. Propositio 8.
89 Cf. Juan Pablo II,
Carta ap. Mulieris
dignitatem (15 agosto 1988): AAS 80 (1988), 1653-1729;
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia
Católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el
mundo (31 mayo 2004): AAS 96 (2004), 671-687.
90 Cf. Propositio 9.
91 Cf. Catecismo de la
Iglesia Católica, 1640.
92 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Familiaris
consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 184-186;
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia
Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles
divorciados y vueltos a casar Annus Internationalis Familiae (14
septiembre 1994): AAS 86 (1994), 974-979.
93 Cf. Consejo Pontificio
para los Textos Legislativos, Instrucción sobre las normas que han de
observarse en los tribunales eclesiásticos en las causas matrimoniales Dignitas
connubii (25 enero 2005), Ciudad del Vaticano, 2005.
94 Cf. Propositio
40.
95 Discurso al
Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la inauguración del año judicial
(28 enero 2006): AAS 98 (2006), 138.
96 Cf. Propositio
40.
97 Cf. ibíd.
98Cf.
ibíd.
99Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48.
100Cf. Propositio 3.
101 A este propósito,
quisiera recordar las palabras llenas de esperanza y de consuelo de la
Plegaria eucarística II: " Acuérdate también de nuestros hermanos que
durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en
tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro ".
102
Cf. Homilía (8
diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15-16.
103Const. dogm. Lumen gentium, 58.
104Propositio 4.
105Relatio post disceptationem, 4: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.
106 Cf. Serm. 1,
7; 11, 10; 22, 7; 29, 76: Sermones dominicales ad fidem codicum nunc denuo
editi, Grottaferrata, 1977, pp.135, 209 s., 292 s., 337; Benedicto XVI, Mensaje
a los Movimientos Eclesiales y a las Nuevas Comunidades (22 mayo 2006):
AAS 98 (2006), 463.
107Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past.Gaudium et spes, 22.
108Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm.Dei verbum, 2.4.
109
Propositio 33.
110 Sermo 227, 1:
PL 38, 1099.
111S. Agustín, In Iohannis
Evangelium Tractatus, 21, 8: PL 35, 1568.
112 Ibíd., 28, 1:
PL 35, 1622.
113 Cf. Propositio
30. La santa Misa que la Iglesia celebra durante la semana, y a la que se
invita a los fieles a participar, tiene también su paradigma en el día del
Señor, el día de la resurrección de Cristo; Propositio 43.
114 Cf. Propositio 2.
115 Cf. Propositio
25.
116 Cf. Propositio
19. La Propositio 25 especifica: " Una auténtica acción litúrgica
expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta debería reflejarse en las
palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios,
tanto con los fieles como por ellos ".
117 Ordenación General
del Misal Romano, 22; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 41; Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum(25 marzo 2004), 19-25: AAS 96 (2004), 555-557.
118Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Christus dominus, 14; Const. Sacrosanctum concilium, 41.
119 Ordenación General
del Misal Romano, 22.
120Cf. ibíd.
121Cf. Propositio 25.
122Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
concilium, 112-130.
123 Cf. Propositio
27.
124 Cf. ibíd.
125 Con referencia a
estos aspectos, es necesario atenerse fielmente a lo establecido en la Ordenación
General del Misal Romano, 319-351.
126 Cf. Ordenación
General del Misal Romano, 39-41; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 112-118.
127 Sermo 34, 1:
PL 38, 210.
128 Cf. Propositio 25:
" Como todas las expresiones artísticas, también el canto debe armonizarse íntimamente
con la liturgia y contribuir eficazmente a su finalidad, es decir, ha de
expresar la fe, la oración, la admiración y el amor a Jesús presente en la
Eucaristía ".
129 Cf. Propositio
29.
130 Cf. Propositio
36.
131 Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. Sacrosanctum concilium, 116; Ordenación General del
Misal Romano, 41.
132 Ordenación General
del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.Sacrosanctum
concilium, 56; Sagrada
Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967), 3:
AAS 57 (1967), 540-543.
133 Cf. Propositio
18.
134
Ibíd.
135 Ordenación General
del Misal Romano, 29.
136 Cf. Juan Pablo II,
Carta. enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999), 15-16.
137S.
Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17; cf. Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm. Dei verbum, 25.
138 Cf. Propositio
31.
139 Cf. Ordenación
General del Misal Romano, 29; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 7.33.52.
140Propositio 19.
141Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
concilium, 52.
142Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 21.
143 Para este fin, el
Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales basados en el leccionario
trienal, que ayuden a unir intrínsecamente la proclamación de las lecturas
previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio 19.
144 Cf. Propositio
20.
145 Ordenación General
del Misal Romano, 78.
146 Cf. ibíd.
78-79.
147 Cf. Propositio
22.
148 Ordenación General
del Misal Romano, 79d.
149 Ibíd. 79c.
150 Teniendo en cuenta
costumbres antiguas y venerables, así como los deseos manifestados por los
Padres sinodales, he pedido a los Dicasterios competentes que estudien la
posibilidad de colocar el rito de la paz en otro momento, por ejemplo, antes de
la presentación de las ofrendas en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría
de manera significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de
reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf. Mt 5, 23 s.): cf. Propositio
23.
151 Cf. Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 80-96: AAS 96 (2004), 574-577.
152 Cf. Propositio
34.
153 Cf. Propositio
35.
154 Cf. Propositio
24.
155 Cf. Const. Sacrosanctum
concilium, 14-20; 30 s.; 48 s.; Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 36-42: AAS 96 (2004), 561-564.
156
N. 48.
157
Ibíd.
158 Cf. Congregación para
el Clero y otros Dicasterios de la Curia Romana, Instr. Sobre algunas
cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado
ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio (15 agosto 1997):
AAS 89 (1997), 852-877.
159 Cf. Propositio
33.
160 Ordenación General
del Misal Romano, 92.
161Cf.
ibíd., 94.
162Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 24; Ordenación General del
Misal Romano, n. 95-111; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 43-47: AAS 96 (2004), 564-566;
Propositio 33: " Se han de introducir estos ministerios de acuerdo con un
mandato específico y las exigencias reales de la comunidad que celebra. Las
personas encargadas de estos servicios litúrgicos laicales han de ser elegidas
con mucha atención, bien preparadas y acompañadas con una formación permanente.
Su nombramiento ha de ser temporal. Dichas personas deben ser conocidas por la
comunidad y recibir de ella el debido reconocimiento ".
163Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 37-42.
164Cf.
n. 386-399.
165AAS 87 (1995), 288-314.
166Cf.
Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 55-71; Exhort.
ap. postsinodal Ecclesia in America (22 enero 1999), 16.40.64.70-72:
AAS 91 (1999), 752-753; 775-776; 799; 805-809; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia
in Asia (6 noviembre 1999), 21s.: AAS
92 (2000), 482-487; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Oceania (22
noviembre 2001), 16: AAS 94 (2002), 382- 384; Exhort. ap. postsinodal
Ecclesia in Europa (28 junio 2003), 58- 60: AAS
95 (2003), 685-686.
167 Cf. Propositio
26.
168 Cf. Propositio
35; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 11.
169 Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1388;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
concilium, 55.
170 Cf. Carta enc.Ecclesia de Eucharistia (17
abril 2003), 34: AAS 95
(2003), 456.
171 Así, por ejemplo,
Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 1, 2; Sta. Teresa
de Jesús, Camino de perfección, cap. 35. La doctrina ha sido confirmada
con autoridad por el Concilio de Trento, sess. XIII, c. VIII.
172 Cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 8: AAS 87 (1995), 925-926.
173 Cf. Propositio
41; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, 8, 15; Juan Pablo II, Carta enc.
Ut unum sint (25 mayo 1995), 46:
AAS 87 (1995), 948; Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril
2003), 45-46: AAS 95
(2003), 463- 464; Código de Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4; Consejo Pontificio para la
Unidad de los Cristianos, Directoire pour l'application des principes et des
normes sur l'œcuménisme (25 marzo 1993), 125, 129-131: AAS 85
(1993), 1087, 1088-1089.
174Cf. n. 1398-1401.
175Cf. n. 293.
176 Cf. Consejo
Pontificio de las Comunicaciones Sociales, Instr. past. sobre las
Comunicaciones Sociales en el 20o aniversario de la " Communio et
progressio ", Aetatis
novae (22 febrero 1992): AAS 84 (1992), 447-468.
177 Cf. Propositio
29.
178 Cf. Propositio
44.
179 Cf. Propositio
48.
180 Este conocimiento se
puede adquirir también en los años de formación de los candidatos al sacerdocio
en el seminario mediante iniciativas apropiadas: cf. Propositio 45.
181 Cf. Propositio
37.
182 Cf. Const.
Sacrosanctum concilium, 36
y 54.
183
Propositio 36.
184 Cf. ibíd.
185 Cf. Propositio
32.
186 Cf. Propositio
14.
187
Propositio 19.
188 Cf. Propositio
14.
189 Cf. Homilía en las
primeras Vísperas de Pentecostés (3 junio 2006): AAS 98
(2006), 509.
190 Cf. Propositio
34.
191 Enarrationes in
Psalmos 98, 9 CCL XXXIX 1385; cf. Discurso a la Curia Romana
(22 diciembre 2005): AAS 98
(2006), 44-45.
192 Cf. Propositio 6.
193 Discurso a la
Curia Romana (22 diciembre 2005):
AAS 98 (2006), 45.
194 Cf. Propositio 6;
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio
sobre la piedad popular y liturgia (17 diciembre 2001), n. 164-165, Ciudad
del Vaticano 2002; Sagrada Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum
Mysterium (25 mayo 1967): AAS 57 (1967), 539-573.
195Cf.
Relatio post disceptationem, 11: L'Osservatore Romano (14 octubre
2005), p. 5.
196 Cf. Propositio
28.
197 Cf. n. 314.
198
VII, 10, 16: PL 32, 742.
199 Homilía en la
Explanada de Marienfeld, (21
agosto 2005): AAS 97 (2005), 892; cf. Homilía en la Vigilia de
Pentecostés (3 junio 2006):
AAS 98 (2006), 505.
200Cf.
Relatio post disceptationem, 6, 47: L'Osservatore Romano (14 octubre
2005), pp. 5. 6; Propositio 43.
201 De civitate Dei, X,
6: PL 41, 284.
202 Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1368.
203 Cf. S. Ireneo, Contra
las herejías IV, 20, 7: PG 7, 1037.
204 A los Magnesios, 9,
1-2: PG 5, 670.
205 Cf.I Apología 67,
1-6; 66: PG 6, 430 s. 427. 430.
206 Cf.Propositio
30.
207 Cf. AAS 90
(1998), 713-766.
208
Propositio 30.
209 Homilía (19
marzo 2006): AAS 98 (2006), 324.
210 Señala a este respecto
el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 258: " El descanso
abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una
libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4, 9-10). El descanso permite a
los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la Creación hasta la
Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2, 10), y dar gracias por su vida
y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor ".
211 Cf. Propositio
10.
212 Cf. ibíd..
213 Cf. Discurso a los
obispos de la conferencia episcopal de Canadá – Quebec en visita ad limina
Apostolorum (11 mayo 2006): L'Osservatore Romano (12 mayo 2006), p.
5.
214
N. 10: AAS 71(1979), 414-415.
215 Audiencia general del
29 marzo 2006: L'Osservatore Romano, ed. en
lengua española (31 marzo 2006), p. 16.
216Propositio 39.
217Cf.
Relatio post disceptationem, 30: L'Osservatore Romano (14 octubre
2005), p. 6.
218Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium sobre la Iglesia, 39-42.
219 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 14.16:
AAS 81 (1989), 409-413; 416-418.
220 Cf. Propositio
39.
221 Cf. ibíd.
222 Pontifical Romano.
Ordenación del Obispo, de Presbíteros y de Diáconos, Rito de la
ordenación del presbítero, n. 150.
223 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 19-33; 70-81: AAS
84 (1992), 686-712; 778-800.
224
Propositio 38.
225 Propositio 39.
Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo
1996), 95: AAS
88 (1996), 470-471.
226 Código de Derecho
Canónico, can. 663, § 1.
227 Cf. Juan Pablo II,
Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 34: AAS 88 (1996), 407-408.
228 Carta enc.Veritatis
splendor (6 agosto 1993), 107:
AAS 85 (1993), 1216-1217.
229 Carta enc. Deus
caritas est (25 diciembre 2005), 14: AAS 98 (2006), 229.
230 Cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Evangelium vitae
(25 marzo 1995): AAS 87 (1995), 401-522; Benedicto XVI, Discurso a un
congreso organizado por la Academia Pontificia para la vida (27 febrero 2006): AAS 98
(2006), 264-265.
231 Cf. Congregación para
la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunas cuestiones con respecto
al comportamiento de los católicos en la vida política (24 noviembre 2002):
AAS 95 (2004), 359-370.
232 Cf. Propositio
46.
233
AAS (2005), 711.
234
Propositio 42.
235 Cf. Martirio de
Policarpo, XV, 1: PG 5, 1039. 1042.
236 A los Romanos,
IV, 1: PG 5, 690.
237Cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia,
42.
238 Cf. Propositio
42; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. sobre la unicidad y la
universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia Dominus Iesus (6
agosto 2000), 13-15: AAS 92 (2000), 754-755.
239 Cf. Propositio
42.
240 Carta enc. Deus
caritas est (25 diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006), 232.
241
Ibíd., n. 14.
242 Durante la asamblea
sinodal hemos escuchado conmovidos testimonios muy significativos acerca de la
eficacia del sacramento en la obra de pacificación. Se afirma al respecto en la
Propositio 49: " Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en
conflicto se han podido reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su
anuncio profético de reconciliación a través del perdón gratuito, recibir la
gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo pan y en el mismo
cáliz ".
243 Cf. Propositio
48.
244 Carta enc. Deus
caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 239.
245
Propositio 48.
246 Discurso al Cuerpo
Diplomático acreditado ante la Santa Sede (9 enero 2006), 28: AAS 98
(2006), 127.
247
Ibíd.
248 Cf. Propositio 48.
A este respecto es muy útil el Compendio de la doctrina social de la Iglesia.
249 Cf. Propositio
43.
250 Cf. Propositio
47.
251 Cf. Propositio
17.
252 Acta SS. Saturnini, Dativi et aliorum
plurimorum martyrum in Africa, 7. 9. 10: PL 8, 707.709-710.
253 Cf. Carta enc. Ecclesia
de Eucharistia (17 abril 2003), 53:
AAS 95 (2003), 469.
254 Plegaria
Eucarística I (Canon Romano).
255
Propositio 50.
256
Cf. Homilía (8
diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15.
I N D I C E
Introducción [1]
Alimento de la verdad [2]
Desarrollo del rito eucarístico [3
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía [4]
Objeto de la presente Exhortación [5]
PRIMERA PARTE:
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
La fe eucarística de la Iglesia [6]
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo [7]
Don gratuito de la Santísima Trinidad [8]
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero [9]
Institución de la Eucaristía [10]
Figura transit in veritatem
[11]
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo [12]
Espíritu Santo y Celebración eucarística [13]
Eucaristía e Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia [14]
Eucaristía y comunión eclesial [15]
Eucaristía y Sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia [16]
I. Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana [17]
Orden de los sacramentos de la iniciación [18]
Iniciación, comunidad eclesial y familia [19]
II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca [20]
Algunas observaciones pastorales [21]
III. Eucaristía y Unción de los enfermos [22]
IV. Eucaristía y sacramento del Orden
In persona Christi
capitis [23]
Eucaristía y
celibato sacerdotal [24]
Escasez de clero y pastoral vocacional [25]
Gratitud y esperanza [26]
V. Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal [27]
Eucaristía y unidad del matrimonio [28]
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio [29]
Eucaristía y escatología
Eucaristía: don al hombre en camino [30]
El banquete escatológico [31]
Oración por los difuntos [32]
Eucaristía y la Virgen María [33]
SEGUNDA PARTE:
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
Lex orandi y lex credendi [34]
Belleza y liturgia [35]
La Celebración eucarística, obra del " Christus totus "
Christus totus in capite et
in corpore [36]
Eucaristía y Cristo resucitado [37]
Ars celebrandi [38]
El Obispo, liturgo por excelencia [39]
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos [40]
El arte al servicio de la celebración [41]
El canto litúrgico [42]
Estructura de la celebración eucarística [43]
Unidad intrínseca de la acción litúrgica [44]
Liturgia de la Palabra [45]
Homilía [46]
Presentación de las ofrendas [47]
Plegaria eucarística [48]
Rito de la paz [49]
Distribución y recepción de la eucaristía [50]
Despedida: " Ite, missa est " [51]
Actuosa participatio
Auténtica participación [52]
Participación y ministerio sacerdotal [53]
Celebración eucarística e inculturación [54]
Condiciones personales para una " actuosa participatio " [55]
Participación de los cristianos no católicos [56]
Participación a través de los medios de comunicación social [57]
" Actuosa participatio " de los enfermos [58]
Atención a los presos [59]
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía [60]
Las grandes concelebraciones [61]
Lengua latina [62]
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos [63]
La celebración participada interiormente
Catequesis mistagógica [64]
Veneración de la Eucaristía [65]
Adoración y piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y adoración [66]
Práctica de la adoración eucarística [67]
Formas de devoción eucarística [68]
Lugar del sagrario en la iglesia [69]
TERCERA PARTE:
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm
12, 1) [70]
Eficacia integradora del culto eucarístico [71]
" Iuxta dominicam viventes " – Vivir según el domingo [72]
Vivir el precepto dominical [73]
Sentido del descanso y del trabajo [74]
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote [75]
Una forma eucarística de la existencia cristiana, la pertenencia eclesial [76]
Espiritualidad y cultura eucarística [77]
Eucaristía y evangelización de las culturas [78]
Eucaristía y fieles laicos [79]
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal [80]
Eucaristía y vida consagrada [81]
Eucaristía y transformación moral [82]
Coherencia eucarística [83]
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión [84]
Eucaristía y testimonio [85]
Jesucristo, único Salvador [86]
Libertad de culto [87]
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo [88]
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico [89]
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre [90]
Doctrina social de la Iglesia [91]
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación [92]
Utilidad de un Compendio eucarístico [93]
Conclusión [94]
Notas