HOMILÍA DEL PAPA
BENEDICTO XVI
EN LA SOLEMNE MISA DE APERTURA DE
LA
XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS
Basílica Vaticana
Domingo 2 de octubre de 2005
Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
La lectura tomada del profeta Isaías y el evangelio de este día ponen
ante nuestros ojos una de las grandes imágenes de la sagrada Escritura:
la imagen de la vid. En la sagrada Escritura el pan representa todo lo que el
hombre necesita para su vida diaria. El agua da fertilidad a la tierra:
es el don fundamental, que hace posible la vida. El vino, en cambio, expresa la
exquisitez de la creación, nos da la fiesta, en la que superamos los límites de
lo cotidiano: el vino, dice el Salmo, "alegra el corazón". Así,
el vino y con él la vid se han convertido también en imagen del don del amor,
en el que podemos experimentar de alguna manera el sabor de lo divino. Y así la
lectura del profeta, que acabamos de escuchar, comienza como cántico de
amor: Dios plantó una viña. Es una imagen de su historia de amor con la
humanidad, de su amor a Israel, que él eligió. Por consiguiente, el primer
pensamiento de las lecturas de hoy es este: al hombre, creado a su
imagen, Dios le infundió la capacidad de amar y, por tanto, la capacidad de
amarlo también a él, su Creador.
Con el cántico de amor del profeta Isaías, Dios quiere hablar al
corazón de su pueblo y también a cada uno de nosotros. "Te he creado a mi
imagen y semejanza", nos dice. "Yo mismo soy el amor, y tú eres mi
imagen en la medida en que brilla en ti el esplendor del amor, en la medida en
que me respondes con amor". Dios nos espera. Quiere que lo amemos:
¿no debe tocar nuestro corazón esta invitación? Precisamente en esta hora, en
la que celebramos la Eucaristía, en la que inauguramos el Sínodo sobre la
Eucaristía, él viene a nuestro encuentro, viene a mi encuentro. ¿Hallará una
respuesta? ¿O nos sucede lo que a la viña de la que habla Isaías: Dios
"esperaba que diese uvas, pero dio agrazones"? ¿Nuestra vida
cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino? ¿Auto-compasión,
conflicto, indiferencia?
Con esto hemos llegado automáticamente al segundo pensamiento
fundamental de las lecturas de hoy. Como hemos escuchado, hablan ante todo de
la bondad de la creación de Dios y de la grandeza de la elección con la que él
nos busca y nos ama. Pero también hablan de la historia desarrollada
sucesivamente, del fracaso del hombre. Dios plantó cepas muy selectas y, sin
embargo, dieron agrazones. Y nos preguntamos: ¿En qué consisten estos
agrazones? La uva buena que Dios esperaba -dice el profeta-, sería el derecho y
la justicia. En cambio, los agrazones son la violencia, el derramamiento de
sangre y la opresión, que hacen sufrir a la gente bajo el yugo de la
injusticia.
En el evangelio la imagen cambia: la vid produce uva buena, pero
los labradores se quedan con ella. No quieren entregársela al propietario.
Apalean y matan a sus mensajeros y asesinan a su Hijo. Su motivación es
simple: quieren convertirse en propietarios; se apoderan de lo que no les
pertenece. En el Antiguo Testamento destaca la acusación por violación de la
justicia social, el desprecio del hombre por el hombre. Pero, en el fondo, es
evidente que despreciar la Torah, el derecho dado por Dios, es despreciar a
Dios mismo; sólo se quiere gozar del propio poder.
Este aspecto resalta plenamente en la parábola de Jesús: los
labradores no quieren tener un amo, y esos labradores constituyen un espejo
también para nosotros. Los hombres usurpamos la creación que, por decirlo así,
nos ha sido dada para administrarla. Queremos ser sus únicos propietarios.
Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de
modo ilimitado. Dios es un estorbo para nosotros. O se hace de él una simple
frase devota o se lo niega del todo, excluyéndolo de la vida pública, de modo
que pierda todo significado. La tolerancia que, por decirlo así, admite a Dios
como opinión privada, pero le niega el ámbito público, la realidad del mundo y
de nuestra vida, no es tolerancia sino hipocresía. Sin embargo, donde el hombre
se convierte en único amo del mundo y propietario de sí mismo, no puede existir
la justicia. Allí sólo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses.
Ciertamente, se puede echar al Hijo fuera de la viña y asesinarlo, para gozar
de forma egoísta, solos, de los frutos de la tierra. Pero entonces la viña se
transforma muy pronto en un terreno yermo, pisoteado por los jabalíes, como
dice el salmo responsorial (cf. Sal
80, 14).
Así llegamos al tercer elemento de las lecturas de
hoy. El Señor, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, anuncia
el juicio a la viña infiel. El juicio que Isaías preveía se realizó en las
grandes guerras y exilios por obra de los asirios y los babilonios. El juicio
anunciado por el Señor Jesús se refiere sobre todo a la destrucción de
Jerusalén en el año 70. Pero la amenaza de juicio nos atañe también a nosotros,
a la Iglesia en Europa, a Europa y a Occidente en general. Con este evangelio,
el Señor nos dirige también a nosotros las palabras que en el Apocalipsis
dirigió a la Iglesia de Éfeso: "Arrepiéntete. (...) Si no, iré donde
ti y cambiaré de su lugar tu candelero" (Ap 2, 5). También a nosotros nos
pueden quitar la luz; por eso, debemos dejar que resuene con toda su seriedad
en nuestra alma esa amonestación, diciendo al mismo tiempo al Señor:
"Ayúdanos a convertirnos. Concédenos a todos la gracia de una verdadera
renovación. No permitas que se apague tu luz entre nosotros. Afianza nuestra
fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para que podamos dar frutos buenos".
Sin embargo, en este punto nos surge la
pregunta: "Pero, ¿no hay ninguna promesa, ninguna palabra de
consuelo en la lectura y en la página evangélica de hoy? ¿La amenaza es la
última palabra?". ¡No! La promesa existe, y es la última palabra, la
palabra esencial. La escuchamos en el versículo del Aleluya, tomado del
evangelio según san Juan: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto" (Jn 15, 5).
Con estas palabras del Señor, san Juan nos ilustra
el desenlace último, el verdadero desenlace de la historia de la viña de Dios.
Dios no fracasa. Al final, él vence, vence el amor. En la parábola de la viña
propuesta por el evangelio de hoy y en sus palabras conclusivas se encuentra ya
una velada alusión a esta verdad. También allí la muerte del Hijo no es tampoco
el fin de la historia, aunque no se narra directamente el desenlace del relato.
Pero Jesús expresa esta muerte mediante una nueva imagen tomada del
Salmo: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra
angular" (Mt 21, 42; Sal 118, 22). De la muerte del Hijo
brota la vida, se forma un nuevo edificio, una nueva viña. Él, que en Caná
transformó el agua en vino, convirtió su sangre en el vino del verdadero amor, y
así convierte el vino en su sangre. En el Cenáculo anticipó su muerte, y la
transformó en el don de sí mismo, en un acto de amor radical. Su sangre es don,
es amor y, por eso, es el verdadero vino que el Creador esperaba. De este modo,
Cristo mismo se ha convertido en la vid, y esta vid da siempre buen
fruto: la presencia de su amor por nosotros, que es indestructible.
Así, estas parábolas desembocan al final en el
misterio de la Eucaristía, en la que el Señor nos da el pan de la vida y el
vino de su amor, y nos invita a la fiesta del amor eterno. Celebramos la
Eucaristía con la certeza de que su precio fue la muerte del Hijo, el
sacrificio de su vida, que en ella sigue presente. Cada vez que comemos de este
pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva,
dice san Pablo (cf. 1Co 11, 26).
Pero sabemos también que de esta muerte brota la vida, porque Jesús la
transformó en un gesto de ofrenda, en un acto de amor, cambiándola así
profundamente: el amor ha vencido a la muerte. En la santa Eucaristía,
él, desde la cruz, nos atrae a todos hacia sí (cf. Jn 12, 32) y nos convierte en
sarmientos de la vid, que es él mismo. Si permanecemos unidos a él, entonces
daremos fruto también nosotros, entonces ya no produciremos el vinagre de la
autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el vino bueno
de la alegría en Dios y del amor al prójimo. Pidamos al Señor que nos conceda
su gracia, para que en las tres semanas del Sínodo que estamos iniciando no
sólo digamos cosas hermosas sobre la Eucaristía, sino que sobre todo vivamos de
su fuerza. Invoquemos este don por medio de María, queridos padres sinodales, a
quienes saludo con gran afecto, así como a las diversas comunidades de las que
provenís y que aquí representáis, para que, dóciles a la acción del Espíritu
Santo, podamos ayudar al mundo a convertirse, en Cristo y con Cristo, en la vid
fecunda de Dios.
Amén.