HOMILÍA DEL PAPA
BENEDICTO XVI
durante el rezo de las primeras
vísperas
del primer domingo de Adviento
Sábado 26 de noviembre de 2005
Queridos hermanos y hermanas:
Con la celebración de las primeras Vísperas del primer
domingo de Adviento iniciamos un nuevo Año litúrgico. Cantando juntos los
salmos, hemos elevado nuestro corazón a Dios, poniéndonos en la actitud
espiritual que caracteriza este tiempo de gracia: "vigilancia
en la oración" y "júbilo en la alabanza" (cf. Misal romano, Prefacio
II de Adviento). Siguiendo el ejemplo de María santísima, que nos enseña a
vivir escuchando devotamente la palabra de Dios, meditemos sobre la breve
lectura bíblica que se acaba de proclamar. Se trata de dos versículos que se
encuentran al final de la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (1Ts 5, 23-24). El primero expresa el
deseo del Apóstol para la comunidad; el segundo ofrece, por decirlo así, la
garantía de su cumplimiento. El deseo es que cada uno sea santificado por Dios
y se conserve irreprensible en toda su persona —"espíritu, alma y
cuerpo"— hasta la venida final del Señor Jesús; la garantía de que esto va
a suceder la ofrece la fidelidad de Dios mismo, que consumará la obra iniciada
en los creyentes.
Esta primera carta a los Tesalonicenses es la primera de todas las cartas de
san Pablo, escrita probablemente en el año 51. En ella, aún más que en las
otras, se siente latir el corazón ardiente del Apóstol, su amor paterno, es
más, podríamos decir materno, por esta nueva comunidad; y también su gran
preocupación de que no se apague la fe de esta Iglesia nueva, rodeada por un contexto
cultural contrario a la fe en muchos aspectos. Así, san Pablo concluye su carta
con un deseo, podríamos incluso decir, con una oración. El contenido de la
oración, como hemos escuchado, es que sean santos e irreprensibles en el
momento de la venida del Señor. La palabra central de esta oración es venida.
Debemos preguntarnos qué significa venida del Señor. En griego es parusía,
en latín adventus, adviento, venida. ¿Qué es esta venida? ¿Nos concierne
o no?
Para comprender el significado de esta palabra y, por tanto, de esta oración
del Apóstol por esta comunidad y por las comunidades de todos los tiempos,
también por nosotros, debemos contemplar a la persona gracias a la cual se
realizó de modo único, singular, la venida del Señor: la Virgen María. María
pertenecía a la parte del pueblo de Israel que en el tiempo de Jesús esperaba
con todo su corazón la venida del Salvador, y gracias a las palabras y a los
gestos que nos narra el Evangelio podemos ver cómo ella vivía realmente según
las palabras de los profetas. Esperaba con gran ilusión la venida del Señor,
pero no podía imaginar cómo se realizaría esa venida. Quizá esperaba una venida
en la gloria. Por eso, fue tan sorprendente para ella el momento en el que el
arcángel Gabriel entró en su casa y le dijo que el Señor, el Salvador, quería
encarnarse en ella, de ella, quería realizar su venida a través de ella.
Podemos imaginar la conmoción de la Virgen. María, con un gran acto de fe y de
obediencia, dijo "sí": "He aquí la esclava del
Señor". Así se convirtió en "morada" del Señor, en verdadero
"templo" en el mundo y en "puerta" por la que el Señor
entró en la tierra.
Hemos dicho que esta venida del Señor es singular. Sin embargo, no sólo
existe la última venida, al final de los tiempos. En cierto sentido, el Señor
desea venir siempre a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro
corazón: ¿estás dispuesto a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es
la voz del Señor, que quiere entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en
la historia humana a través de nosotros. Busca también una morada viva, nuestra
vida personal. Esta es la venida del Señor.
Esto es lo que queremos aprender de nuevo en el tiempo del Adviento: que el
Señor pueda venir a través de nosotros.
Por tanto, podemos decir que esta oración, este deseo expresado por el
Apóstol, contiene una verdad fundamental, que trata de inculcar a los fieles de
la comunidad fundada por él y que podemos resumir así: Dios nos llama a
la comunión consigo, que se realizará plenamente cuando vuelva Cristo, y él
mismo se compromete a hacer que lleguemos preparados a ese encuentro final y
decisivo. El futuro, por decirlo así, está contenido en el presente o, mejor
aún, en la presencia de Dios mismo, de su amor indefectible, que no nos deja
solos, que no nos abandona ni siquiera un instante, como un padre y una madre
jamás dejan de acompañar a sus hijos en su camino de crecimiento.
Ante Cristo que viene, el hombre se siente interpelado con todo su ser, que
el Apóstol resume con los términos "espíritu, alma y cuerpo",
indicando así a toda la persona humana, como unidad articulada en sus
dimensiones somática, psíquica y espiritual. La santificación es don de Dios e
iniciativa suya, pero el ser humano está llamado a corresponder con todo su ser,
sin que nada de él quede excluido.
Y es precisamente el Espíritu Santo, que formó a Jesús, hombre perfecto, en
el seno de la Virgen, quien lleva a cabo en la persona humana el admirable
proyecto de Dios, transformando ante todo el corazón y, desde este centro, todo
el resto. Así, sucede que en cada persona se renueva toda la obra de la
creación y de la redención, que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo van
realizando desde el inicio hasta el final del cosmos y de la historia. Y como
en el centro de la historia de la humanidad está la primera venida de Cristo y,
al final, su retorno glorioso, así toda existencia personal está llamada a
confrontarse con él —de modo misterioso y multiforme— durante su peregrinación
terrena, para encontrarse "en él" cuando vuelva.
Que María santísima, Virgen fiel, nos guíe a hacer de este tiempo de
Adviento y de todo el nuevo Año litúrgico un camino de auténtica santificación,
para alabanza y gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.