HOMILÍA DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
DURANTE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EL MIÉCOLES DE CENIZA
Basílica de Santa Sabina, 1 de marzo
de 2006
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos hermanos y hermanas:
La procesión penitencial, con la que hemos iniciado
esta celebración, nos ha ayudado a entrar en el clima típico de la Cuaresma,
que es una peregrinación personal y comunitaria de conversión y renovación
espiritual. Según la antiquísima tradición romana de las "estaciones"
cuaresmales, durante este tiempo los fieles, juntamente con los peregrinos,
cada día se reúnen y hacen una parada —statio— en una de las muchas
"memorias" de los mártires, que constituyen los cimientos de la
Iglesia de Roma. En las basílicas, donde se exponen sus reliquias, se celebra
la santa misa precedida por una procesión, durante la cual se cantan las
letanías de los santos. Así se recuerda a los que con su sangre dieron
testimonio de Cristo, y su evocación impulsa a cada cristiano a renovar su
adhesión al Evangelio. A pesar del paso de los siglos, estos ritos conservan su
valor, porque recuerdan cuán importante es, también en nuestros tiempos, acoger
sin componendas las palabras de Jesús: "El que quiera venir en pos
de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" (Lc 9, 23).
Otro rito simbólico, gesto propio y exclusivo del primer día de
Cuaresma, es la imposición de la ceniza. ¿Cuál es su significado más hondo?
Ciertamente, no se trata de un mero ritualismo, sino de algo más profundo, que
toca nuestro corazón. Nos ayuda a comprender la actualidad de la advertencia
del profeta Joel, que recoge la primera lectura, una advertencia que conserva
también para nosotros su validez saludable: a los gestos exteriores debe
corresponder siempre la sinceridad del alma y la coherencia de las obras.
En efecto, ¿de qué sirve —se pregunta el autor
inspirado— rasgarse las vestiduras, si el corazón sigue lejos del Señor, es
decir, del bien y de la justicia? Lo que cuenta, en realidad, es volver a Dios,
con un corazón sinceramente arrepentido, para obtener su misericordia (cf. Jl 2, 12-18). Un corazón nuevo y un
espíritu nuevo es lo que pedimos en el Salmo penitencial por excelencia, el Miserere,
que hoy cantamos con el estribillo "Misericordia, Señor: hemos
pecado". El verdadero creyente, consciente de que es pecador, aspira con
todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— al perdón divino, como a una nueva
creación, capaz de devolverle la alegría y la esperanza (cf. Sal 50, 3. 5. 12. 14).
Otro aspecto de la espiritualidad cuaresmal es el que podríamos
llamar "agonístico", y se refleja en la oración colecta de
hoy, donde se habla de "armas" de la penitencia y de
"combate" contra las fuerzas del mal. Cada día, pero especialmente en
Cuaresma, el cristiano debe librar un combate, como el que Cristo libró en el
desierto de Judá, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo, y
luego en Getsemaní, cuando rechazó la última tentación, aceptando hasta el
fondo la voluntad del Padre.
Se trata de un combate espiritual, que se libra contra el pecado y,
en último término, contra satanás. Es un combate que implica a toda la persona
y exige una atenta y constante vigilancia. San Agustín afirma que quien quiere
caminar en el amor de Dios y en su misericordia no puede contentarse con evitar
los pecados graves y mortales, sino que "hace la verdad reconociendo
también los pecados que se consideran menos graves (...) y va a la luz
realizando obras dignas. También los pecados menos graves, si nos descuidamos,
proliferan y producen la muerte" (In Io. evang. 12, 13, 35).
Por consiguiente, la Cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es
un combate sin pausa, en el que se deben usar las "armas" de la
oración, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal, contra cualquier
forma de egoísmo y de odio, y morir a sí mismos para vivir en Dios es el
itinerario ascético que todos los discípulos de Jesús están llamados a recorrer
con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia.
El dócil seguimiento del divino Maestro convierte a los cristianos en
testigos y apóstoles de paz. Podríamos decir que esta actitud interior nos
ayuda también a poner mejor de relieve cuál debe ser la respuesta cristiana a
la violencia que amenaza la paz del mundo. Ciertamente, no es la venganza, ni
el odio, ni tampoco la huida hacia un falso espiritualismo. La respuesta de los
discípulos de Cristo consiste, más bien, en recorrer el camino elegido por él,
que, ante los males de su tiempo y de todos los tiempos, abrazó decididamente
la cruz, siguiendo el sendero más largo, pero eficaz, del amor. Tras sus
huellas y unidos a él, debemos esforzarnos todos por oponernos al mal con el
bien, a la mentira con la verdad, al odio con el amor.
En la encíclica Deus caritas est quise
presentar este amor como el secreto de nuestra conversión personal y eclesial.
Comentando las palabras de san Pablo a los Corintios: "Nos apremia
el amor de Cristo" (2Co 5, 14),
subrayé que "la conciencia de que en él Dios mismo se ha entregado por
nosotros hasta la muerte tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros
mismos, sino para él y, con él, para los demás" (n. 33).
El amor, como reafirma Jesús en el pasaje
evangélico de hoy, debe traducirse después en gestos concretos en favor del
prójimo, y en especial en favor de los pobres y los necesitados, subordinando
siempre el valor de las "obras buenas" a la sinceridad de la relación
con el "Padre celestial", que "ve en lo secreto" y
"recompensará" a los que hacen el bien de modo humilde y desinteresado
(cf. Mt 6, 1. 4. 6. 18).
La concreción del amor constituye uno de los
elementos esenciales de la vida de los cristianos, a los que Jesús estimula a
ser luz del mundo, para que los hombres, al ver sus "buenas obras",
glorifiquen a Dios (cf. Mt 5, 16).
Esta recomendación llega a nosotros muy oportunamente al inicio de la Cuaresma,
para que comprendamos cada vez mejor que "la caridad no es una especie de
actividad de asistencia social (...), sino que pertenece a su naturaleza y es
manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Deus caritas est,
25). El verdadero amor se traduce en gestos que no excluyen a nadie, a ejemplo
del buen samaritano, el cual, con gran apertura de espíritu, ayudó a un
desconocido necesitado, al que encontró "por casualidad" a la vera
del camino (cf. Lc 10, 31).
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado,
queridos religiosos, religiosas y fieles laicos, a quienes saludo con gran
cordialidad, entremos en el clima típico de este tiempo litúrgico con estos
sentimientos, dejando que la palabra de Dios nos ilumine y nos guíe. En
Cuaresma escucharemos con frecuencia la invitación a convertirnos y creer en el
Evangelio, y se nos invitará constantemente a abrir el espíritu a la fuerza de
la gracia divina.
Aprovechemos estas enseñanzas que nos dará en abundancia la Iglesia
durante estas semanas. Animados por un fuerte compromiso de oración, decididos
a un esfuerzo cada vez mayor de penitencia, de ayuno y de solicitud amorosa por
los hermanos, encaminémonos hacia la Pascua, acompañados por la Virgen María,
Madre de la Iglesia y modelo de todo auténtico discípulo de Cristo.